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Deuda
saldada Vine.
Ya estoy aquí. Casi tuvo la necesidad de gritar las
palabras, no tanto para desalojar el gesto de incredulidad
reflejado en el rostro de él, sino más bien para
convencerse de que al fin se había atrevido a concretar el
acto postergado repetidas veces. Sí. Tal vez sea la única
salida. Trató de relegar cualquier síntoma de duda o miedo
sobre la decisión tomada. Por ellos. Por mi padre y por
Rodolfo. Comprendió que sólo ese justificativo había
logrado conferirle la fuerza, el valor, la determinación
para quebrar el estado de opresión y asfixia en que se
debatían. Convertidos en meras sombras, buscando el refugio
de un silencio agrio y pertinaz, prisioneros de la casa
demasiado grande. Sin poder definir ya el momento en que había
concluido la etapa de esparcimiento y júbilo, de camaradería
y euforia, cuando se reunían para celebrar un cumpleaños o
eran favorecidos por la suerte de una cosecha abundante o
marchaban al pueblo para participar en alguna fiesta de
bautismo casamiento. Casi de modo imperceptible, todo eso se
fue desmoronando. Tal vez volveremos a vivir como antes. Tal
vez ahora podremos recuperar aquel tiempo. Con pasos
sigilosos cruzó la galería y el comedor y el largo
pasillo, hasta detenerse frente a una puerta. Lentamente la
abrió, temiendo que el chirrido de los goznes oxidados
perturbara la quietud de la casa. Por fin penetró en el
estrecho cuarto saturado por el olor a humedad y casi a
tientas, guiado más por el hábito adquirido durante muchos
años que por la escasa luz que se filtraba por la ventana,
trató de abrirse paso entre el cúmulo de objetos -palas,
monturas, sogas-, hasta llegar a la pared donde estaba
colgada la escopeta. Matarlo. Como un perro. Al tomar el
arma una oleada de calor le recorrió el cuerpo y una sola
meta se le impuso, excluyente. Matarlo. Ahora. -Ya no puedo
esperar más, don Santiago. Cancela la deuda o tendrán que
abandonar el campo. Voy a esperar cinco días. Nada más. La voz de
Bartolomé Ortiz resonó clara y poderosa, mientras el gesto
de la mano derecha trasuntaba la amenaza contenida en las
palabras. No le sorprendió ni llegó a producirle un atisbo
de inquietud. Sí. Tenía que llegar este momento.
Admitiendo con una especie de inexorable fatalidad lo
presentido a través de diversos signos: la atroz y
devastadora enfermedad de Genoveva; la visión del campo
castigado por una persistente sequía; la falta de dinero y
1as deudas que iban creciendo con voracidad. Nada comparable
al cúmulo de sueños, proyectos, esperanzas, abrigado ocho
o diez años atrás, cuando el trabajo esporádico tornaba
asfixiante la existencia en San Carlos Centro y entonces las
noticias sobre las fértiles y generosas tierras de La
Florida se transformaron en una luz grávida de abundantes
promesas. Tal vez debemos probar suerte. Correr el riesgo de
conseguir una forma de vida algo mejor de la que llevamos
ahora. Tanto Genoveva como él creyeron que al fin podían
dejar atrás la rutina de los días chatos y desalentadores.
Soñando con labrar un futuro sólido y esplendoroso, no
tanto para ellos, sino especialmente para Matilde y Rodolfo.
Sin dejarse perturbar por los inciertos días venideros,
llevando unas reducidas pertenencias, pletóricos de
esperanzas, hicieron el trayecto hacia la incipiente
colonia. Enfervorizados por el cambio. Alquilaron un campo a
Bartolomé Ortiz, y deseando obtener lo necesario para pagar
el alquiler y vivir con dignidad, trabajaron con
empecinamiento, casi sin permitirse un recreo, ayudados por
los hijos a los que trataron de inculcarles el amor al pequeño
reducto de tierra sentido cada vez más como propio. Durante
ocho, diez años, celebraron jubilosos el fruto de las
buenas cosechas y afrontaron con amargura y bastante
resignación los estragos producidos por la sequía, una
granizada o la súbita baja de los precios. Hasta que la
progresiva enfermedad de Genoveva comenzó a socavar lo
construido tan laboriosamente. Invirtiendo los ahorros en médicos
y remedios, ya le resultó imposible cubrir las deudas. Como
si los esfuerzos y la dedicación de tantos años no
hubieran servido de nada. Y ahora la diaria presencia de
Bartolomé Ortiz lo precipitaba en el vacío, con las manos
atadas, impotente. -Cinco días de
plazo para pagar, don Santiago. Nada más. Pasá. Al fin
pareció vencer la perplejidad y una leve sonrisa logró
atenuar la habitual hosquedad del semblante de rasgos duros.
Y enseguida -mientras el tono de la voz más que una
invitación, parecía dictar una orden- creyó que los ojos
horadantes la despojaban de la ropa. Como siempre. Como si
no hubiera tenido otra intención desde la primera vez que
me vio. Y no pudo eludir el sentimiento de malestar y
aprensión que la embargaba cada vez que le tocaba estar
frente a ese hombre, a lo largo de muchos años simplemente
viéndolo conversar con su padre por asuntos de negocios,
pero sobre todo en los últimos meses al convertirse en
asiduo visitante que exigía el pago del alquiler. Le
resultaron tan agobiadores el gesto prepotente y las
palabras insinuantes con que la acosaba como notar la
humillación y el sentido de la derrota que minaba cada vez
más a su padre. No quisiera echarlos del campo. La cuestión
del alquiler podemos arreglarla. Depende de vos. Convertida
casi en la única fuente de salvación, sobre todo después
de concederle a su padre cinco días para pagar la deuda o
serían echados del campo. Sin alternativa para el rechazo o
la protesta. Ya es tarde para el arrepentimiento. Ahora debo
hacerlo. Y maquinalmente cruzó el umbral. A medida que
marchaba por el camino desparejo, bordeado de paraísos, el
odio y la indignación superaban el cansancio. Impaciente
por descargar la tensión que parecía crecer a cada paso.
Le demostraré que Matilde nunca será para él. Nunca. Ningún
otro objetivo resultaba más urgente: eliminar al hombre que
se mostraba cada vez más interesado por su hermana, dos
labios abiertos en una sonrisa provocadora, arrogante, en
permanente espera del momento oportuno para caer sobre ella.
Incapaz de aceptar que le arrebatara el afecto y la compañía
de Matilde. Con el carácter de un robo. Lo mataré antes de
que le toque un cabello. La decisión había surgido rápida
y perentoria ante la mera idea de perder al único ser que,
luego de la muerte de su madre, le ayudó a sobrellevar el
dolor y la soledad. No. Nunca lo permitiré. Al fin se
detuvo frente a la casa. Lentamente revisó las paredes y
aberturas, en afanosa búsqueda de un resquicio por donde
introducirse. Estaba a punto de abandonar ese propósito
cuando una ventana cedió a su presión. Con infinito
cuidado saltó hacia el interior, y luego de quedar unos
segundos quieto, sosteniendo con firmeza la escopeta, comenzó
a escudriñar cada rincón, a la expectativa. Muy pronto
algunas palabras entrecortadas por accesos de risa le
sirvieron de guía. Sí. Es él. Tratando de mantener la
serenidad, marchó hasta la puerta entreabierta. Luego de
darle un empujón, quedó en el umbral. Estupefacto. No
tanto por ver sobre la cama el cuerpo desnudo y corpulento
del hombre odiado, sino por reconocer, apretujada por el
recio abrazo, la figura de ella. Matilde. Me sentí
traspasada por el grito. Desgarrante. Expresando el dolor más
profundo. Y aunque conocía muy bien esa forma de
reaccionar, por primera vez era provocada por mi culpa. Yo,
que siempre lo mimé como un chico indefenso y quise
resguardarlo de cualquier daño, ahora le daba el golpe más
terrible. Y comprendí que era tarde e inútil gritarle que
no lo había traicionado, que no estaba acostada con Ortiz
por gusto sino para salvarnos, para evitar que nos echara
del campo. Porque ya había elegido la escopeta para
alcanzar la paz y liberación. Sin control. Fulminante.
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