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El
amor a través de la mirada Sí. Allí vienen. El lejano pero inconfundible sonido de algunas risas le reveló que había concluido la espera. Entonces clavó los ojos en el estrecho sendero apenas insinuado entre la mata de troncos, hojas y arbustos que se había ido formando junto a las ya inútiles vías del tren y divisó las dos siluetas. Con sigilosa rapidez se ubicó en el sitio ya habitual -oculto entre cartones y maderas, junto a una de las ventanas de la derruida estación-, dispuesto a ejercer, sin el temor de ser descubierto, una intensa y morosa vigilancia. El placer más grande. Sin duda el único que puedo disfrutar ahora. Una vez más comprendió que después de tanto tiempo -ya no tenía noción desde cuándo se limitaba a sobrevivir de la caridad de los otros, sin afanes ni sueños-, por fin ocurría algo que no sólo quebraba la opaca rutina sino, mejor aún, lograba infundirle una súbita cuota de ánimo, le otorgaba inusitado vigor a su cuerpo ya abrumado por el cansancio y los años. Como si otra vez sintiera lo mismo que ellos. Lleno de vitalidad y deseo. Ahora las voces le llegaron más nítidas, las palabras entrecortadas por estallidos de risas, como si disfrutaran de alguna broma íntima y secreta, despreocupados y felices, hasta que los vio detenerse en un pequeño claro entre los árboles que bordeaban la estación. De una bolsa extrajo una botella de vino y bebió un trago largo, tanto para aplacar la ansiedad como para festejar por anticipado cada detalle de la escena que iba a presenciar. Después permaneció rígido, sin efectuar el menor ruido. A la expectativa. Como siempre,
fue ella la que tomó la iniciativa. Suave, lentamente,
llevando a cabo una ceremonia en la que cada gesto parecía
destinado a otorgarle mayor interés y atractivo, le
desprendió la camisa y comenzó a sacársela. El muchacho
la dejó hacer, sin moverse, mientras las risas se
transformaban en susurros y contenidos jadeos. Cuando le tocó
el turno a él, todo se hizo más agitado. Súbitamente
presuroso, le quitó la blusa con evidente rudeza, urgido
por la impaciencia. Lo invadió una dosis de codicia,
placer, deslumbramiento, al surgir los pechos, blancos y
turgentes, que las manos del muchacho palparon en ávida
caricia. Si pudiera hacerlo yo. Si al menos una vez... La
certeza de no tener ya la oportunidad de protagonizar algo
semejante le hizo evocar, en un afán por atenuar la
frustración y alcanzar cierto consuelo, otra época, cuando
Hortensia lograba satisfacer las ansias de su cuerpo joven y
enardecido. Llevó otra vez la botella a la boca. La
necesidad de beber pareció crecer tanto como el ardor que
lo estremecía, mientras trataba de imaginarse otra vez
junto a Hortensia. Lo mismo que él con la muchacha, la
acostaba sobre el húmedo colchón formado por la gramilla,
y la poseía entre besos y caricias que lo llevaban cada vez
a un paroxismo de gritos y risas y palabras incoherentes.
Pero después, cuando ellos quedaron quietos y abrazados,
ajenos a cualquier otra cosa que no fuera seguir disfrutando
los instantes que habían vivido, sintió la boca reseca,
como si hubiera probado algo amargo, con súbita conciencia
de su soledad y del ya para siempre insatisfecho anhelo de
tocar otro cuerpo. Apenas ellos se
alejaron, estalló. Sin preocuparse ya por guardar silencio,
arrojó con violencia la botella vacía y golpeó los puños
contra la pared y profirió gritos que trasuntaban la carga
de furia, dolor e impotencia. Después comprendió que debía
conseguir otra botella de vino. Rápidamente. Para obtener
cierto desahogo y tranquilidad. Sintiendo todo el cuerpo
pesado y torpe, abandonó la estación y a pasos lentos
marchó hacia el pueblo. Debió golpear
muchas puertas y reflejar el mayor estado de indigencia,
antes de conseguir algunas monedas. Le alcanzó para comprar
dos botellas de vino y, apenas salió del boliche de Bottaro,
comenzó a beber. Aunque siempre había evitado hacerlo
mientras andaba por las calles del pueblo -después que la
enfermedad de Hortensia lo precipitó en la ruina y necesitó
apelar a la caridad de la gente para sobrevivir-, ya no le
importó que lo vieran. Bebió con avidez. Impaciente por
embriagarse y alcanzar cuanto antes un profundo sueño que
le hiciera olvidar la pérdida definitiva de Hortensia, que
aplacara el deseo despertado por la frenética relación de
ellos, que borrara la certidumbre de vegetar en un estado
bochornoso, sin esperanza ni dignidad. Como si marchara
a través de una humareda que desdibujaba las cosas y le
producía un creciente mareo, cada paso le resultó más difícil.
Después de un tiempo interminable pudo divisar el contorno
familiar de la estación. Cuando intentó cruzar las vías,
tropezó. Al perder el equilibrio, lanzó un grito y abrió
los brazos en busca de algo para sostenerse. Fue inútil. No
pudo evitar la caída y súbitamente sintió el golpe seco,
contundente, en la cabeza. Las manos de él
quedaron de pronto quietas, desganadas, sin terminar de
desabrocharle la blusa. -Vamos -ella lo
apremió, impaciente-. ¿Qué te pasa? Se apartó y echó
una furtiva mirada hacia la estación. -No sé. Ya no
puedo hacerlo aquí, ahora que el viejo no está mirándonos.
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