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Ellos,
al acecho
Sí.
Como si fuera la única que estoy aquí. Tuvo la repentina
certeza de ser el centro de la atracción de ellos.
Traspasada por las miradas lacerantes. Vos tenés la culpa.
Usás la ropa tan ajustada que volvés locos a los hombres.
Aunque era justificado el reproche de su madre, le causaba
regocijo el hecho de despertar interés, admiración,
envidia, cada vez que marchaba por la calle o entraba a
cualquier sitio. Creo que ésa puede ser. Vigilala bien.
Comprendió que resultaba innecesario el consejo del Fito.
Apenas ascendieron al vagón ella tuvo la virtud de
destacarse entre los otros pasajeros. Alta, tensos y grandes
los pechos, exhibiendo provocativa las piernas desnudas.
Como si se tratara de un desafío, no bajó la cabeza ante
la fijeza con que se dedicaban a observarla los dos
muchachos apostados junto a una de las puertas. Sí. Todos
quieren obtener una sola cosa. Pero debió admitir que
ninguno como ellos se había atrevido a revelarle su propósito
tan abiertamente, sin disimulo. Si Ezequiel estuviera aquí
ya les hubiera dado una trompada. Sería la consecuencia lógica
del malhumor y furia que siempre experimentaba por las
palabras insinuantes y las miradas procaces de quienes
pasaban a su lado, trastornado por unos celos casi
enfermizos que, si bien le conferían el halago de saber cuánto
la amaba, por momentos le otorgaban el carácter de una
prisionera, sin el menor asomo de libertad. Si te molesta
tanto cómo me visto y lo que me dicen por la calle, será
mejor que busques otra compañía. La amenaza solía
contenerlo, indicarle que el amor no le daba derecho a
utilizarla como propiedad privada, sujeta a sus gustos y
caprichos. Blanca y limpia y perfumada. Era fácil
imaginarla así, cuando sus ojos voraces ya habían logrado
despojarla de la diminuta pollera y la blusa fina y
escotada. Conocer algo nuevo. Mejor. Esa fascinante
perspectiva le produjo no sólo un repentino hormigueo en
todo el cuerpo, sino también, de pronto, lo llenó de
bronca y desazón al considerar que siempre había tenido
que sacarse las ganas con la Graciela o la Turca Zamaro,
pues nunca tuvo dinero para aspirar a otra cosa. Casi
acostumbrándose a eso. Por necesidad o desesperación.
Desde aquel atardecer en que, junto al Cholo Lamberti y los
hermanos Piacenza, había penetrado sigilosamente en la casa
vieja y con escasa iluminación, donde, luego de una espera
en la que se mezclaban el deseo, la ansiedad y el miedo, se
encontró a solas con la mujer en el cuarto saturado de olor
a tabaco y perfume. Vamos, no puedo estar con vos toda la
noche. Impaciente al notarlo tan indeciso y avergonzado, lo
ayudó a desvestirse y después lo guió en el acto breve,
arrebatador, que no llegó a depararle el anhelado placer
sino más bien una sensación de tristeza y extrema laxitud.
Fue similar las veces siguientes. Sin poder definir si era
por el clima casi asfixiante o la voz plena de urgencia o la
piel sudorosa y arrugada por la caricia de tantas otras
manos. Para conseguir mujeres hermosas y un auto y cualquier
cosa que te guste, se necesita plata. Mucha plata. El Fito
insistía con el único medio que iba a liberarlo no sólo
de la frustración y desesperanza que ya habían comenzado a
gobernarlo al recorrer todos los días la ciudad buscando y
vendiendo cartones y botellas para ayudar a su madre en los
gastos, sino también permitirle abandonar alguna vez el mísero
reducto de madera donde vivían amontonados como ratas y
tener dinero para disfrutar las mujeres más atractivas. Si
querés, puedo ayudarte a vivir de otra manera. De vos
depende. La propuesta llevaba implícita una seductora
promesa de poder y esplendor. Presintió la oportunidad tan
anhelada. Sobre todo por comprobar encandilado cómo el Fito
había dejado atrás el estado de pena e indigencia que
compartieron en el barrio y podía andar orgulloso en una
moto reluciente, estar acompañado por una mujer distinta
cada semana, disponer siempre de un abultado fajo de
billetes, como si fueran las cosas más naturales del mundo.
Entonces no dudó. Estoy decidido. Decime lo que tengo que
hacer. Al notar que el tren aminoraba la marcha no pudo
definir si experimentaba alivio por librarse del feroz
acecho de ellos o cierta desazón al concluir esa especie de
juego cargado de sugerencias, gestos contenidos, miradas que
parecían trasuntar turbios secretos, del cual resultaba la
principal protagonista. Excitada. Gozosa. Como si hubiera
estado haciendo el amor. Le resultó fácil imaginar la
reacción entre sorprendida y horrorizada de su madre y,
sobre todo, de Ezequiel, si les confesara lo que había
llegado a sentir durante el viaje. Tené mucho cuidado
ahora. No la pierdas de vista. Y conservá la calma. Desde
que habían comenzado a trabajar juntos, casi un mes atrás,
resultaban rutinarias las palabras del Fito cuando llegaba
el momento de actuar. Pero ahora eran inútiles. No sólo
porque ya había aprendido todos los trucos del engaño y la
sagacidad para obtener con éxito el botín apetecido, sino
más bien porque ninguna presa logró despertarle tanto
interés y codicia como esa muchacha. Tenerla. Sólo para mí.
El único anhelo, el trofeo que hubiera compensado tantos años
de tristeza y desolación y, sobre todo, borrado el sabor
amargo que casi siempre le dejaba cada fugaz encuentro con
la Turca o la Graciela. Sí. Ahora empezaré a tener lo que
siempre fueron sólo sueños. Al lado del Fito pudo adquirir
un reconfortante sentimiento de fuerza y seguridad, cada vez
más dispuesto a conquistar cualquier objetivo, sin temor,
como si le bastara tender la mano para lograrlo. Aferrando
el bolso, marchó presurosa hacia una de las puertas.
Sofocada. Impaciente por respirar aire puro. Debía tener
enrojecida la cara, reflejando la ráfaga de excitación y
goce que la había arrebatado. Desvió la mirada hacia los
causantes de ese estado. No. Nunca llegarán a saber lo que
me hicieron sentir. Luego desaparecieron de su visión,
cubiertos por los hombres y mujeres que, como si hubieran
recibido una orden, se movilizaron con premura al detenerse
el tren. Más que por propia voluntad, traspuso la puerta
por la presión de los otros cuerpos. Vamos. No hay que
perder tiempo. La voz del Fito sonó seca y perentoria. La
orden que no admitía réplica. Sí. Para eso estamos aquí.
Para trabajar. Procuró desplazar el hecho de haberse dejado
embargar por el deslumbrante placer de quitarle la ropa a la
muchacha y sentir la suave tibieza de su piel y poseerla sin
apuro, olvidado de todo, con el deseo de prolongar
indefinidamente ese momento. Apurate. El grito del Fito y la
mano imperiosa sobre un hombro le hicieron avanzar entre la
gente, forcejeando con rudeza por abrirse paso, los ojos
clavados en la presa elegida. Al descender del tren la vio
alejarse por el andén. Debés actuar con serenidad y
rapidez. Tomar el objeto deseado y disparar a toda carrera.
La reiterada recomendación le martilleó la cabeza cuando
la tuvo a escasos metros, tentadoramente deseada en el
zigzagueante movimiento de su cuerpo. Ahora. Ahora. No logró
definir si el mandato provenía de la voz del Fito a sus
espaldas o por comprender que había llegado el momento
oportuno. Entonces tendió una mano hasta el bolso de la
muchacha. Un gesto ágil. Violento. Y, como tantas otras
veces, no necesitó volver la cabeza para adivinar el empujón
del Fito y la caída de ella. El grito desesperado fue
suficientemente revelador. Y tanto para dejar de oírlo como
para ponerse a salvo, aceleró la marcha. El único objetivo
después de concretar el asalto. Correr.
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