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Mariel
entre nosotros Sí.
Ya será casi imposible que pueda librarme de la sensación
de culpa o, al menos, alcanzar un grado de tregua o alivio.
Demasiado tarde para eso. Ahora sólo deberé sobrellevar el
hecho irrevocable de haber cometido un acto impulsivo, fruto
de largos días de bronca y resentimiento, sin medir las
consecuencias. Enceguecida. Ávida de ejercer una drástica
venganza. No había tenido otro propósito desde que ella
llegó al pueblo y se convirtió en la enemiga que
desbarataba el orden de mi vida y con una rapidez que no me
permitió superar la sorpresa ni armar una defensa me
arrebató lo más querido: Hernán. Me sentí burlada,
desmoronados de pronto los sueños que habíamos alimentado
juntos, con la atroz perspectiva de quedar confinada en una
aplastante soledad. No pude soportarlo. Y con tímida
esperanza me dediqué a esperar la oportunidad para sacarme
esa espina que me perforaba el pecho. Creí que podría
hacerlo cuando aparecieron dos policías de la capital de la
provincia y dijeron que estaban buscando a una mujer cuyas
características respondían perfectamente a las de quien en
el pueblo todos habíamos empezado a conocer con el nombre
de Mariel. Cada encuentro
tenía un viso de sorpresa e incertidumbre, porque hasta último
momento, hasta que no la tenía frente a él, se debatía en
la duda, con el persistente temor de que desapareciera de su
vida tan bruscamente como había surgido. Tal vez sea la
forma en que esto tenga mayor atractivo. Como si se tratara
de un juego fascinante y cargado de oscuros peligros.
Ninguna similitud con el modo de relación que durante casi
tres años había sostenido con Aurora en la cual todo
estaba previsto, el horario de los encuentros y el recato de
los besos y caricias y los proyectos elaborados para el cada
vez más cercano casamiento; y por eso no lamentó la
ruptura, ni el llanto histérico de ella, cuando su interés
por la mujer desconocida que había llegado al pueblo se
hizo tan evidente que ya no pudo ni se preocupó por
disimularlo. Sólo quería tenerla a mi lado. Sin que nada
ni nadie nos perturbara. La sorpresa, la intriga sobre su
pasado, el ignoto propósito que la animaba, todos los
interrogantes que llegaron a efectuarse por obra de su
repentina presencia no tuvieron para él ninguna relevancia.
No le importó de dónde venía, ni qué buscaba allí. Pero
nunca imaginó que le resultara tan difícil penetrar en su
mundo, tan arduo quebrar la coraza detrás de la cual ella
intentaba refugiarse, fría e inescrutable, ante el acoso de
él. Días y días la siguió por las calles del pueblo y
pretendió abordarla cada vez que salía de la relojería de
Loprete, donde había comenzado a trabajar. Hasta que al fin
llegó la primera sonrisa, el intercambio de algunas
palabras, la primera cita. Unos tímidos y
ya familiares golpes lo sorprendieron. Desalojando toda
incertidumbre, marchó hacia la puerta. Al abrirla, lo
invadió un renovado regocijo por verla allí. -Hola. (Todavía no
lograba alcanzar un estado de tregua, ni podía sustraerse
al tenaz recuerdo de lo ocurrido cinco meses atrás, ni
mucho menos librarse de la acechante figura de él. Tal vez
nunca lo conseguiré. Como si aún lo tuviera frente a mí.
Vigilándome. Imponiendo su voluntad en todo lo que debo
hacer. Con gritos o con golpes. Abrumada por la certeza de
resultar completamente inútil y sin sentido el acto fruto
de un súbito acceso de coraje, la culminación de un
interminable tiempo de oprobio y padecimientos- con que se
había sublevado, a través del cual quiso cerrar una etapa,
relegar para siempre al hombre que por seis o siete años
creyó estar unida por amor, sin darse cuenta o querer
admitir que poco a poco era llevada a una situación de
sutil, agobiante sometimiento. Hasta que estalló.
Fulminante. Antes
habían pasado muchos días de tensión, de una convivencia
sin huella de ternura ni armonía, cada vez más inmersos en
un clima de hostilidad y beligerancia. Te voy a dar la
paliza que merecés. La paliza más grande de tu vida. Las
palabras eran similares a las que siempre servían de
preludio al ritual de un castigo que ya formaba parte de la
rutina en que alternaban los momentos de amor e iracundia,
de apacible ternura y una descontrolada violencia, pero de
pronto presintió que sería más grave que otras veces. Tal
vez por la promesa proferida con absoluta serenidad. Frío.
Rotundo. Aunque ya no resultó una consecuencia del
trastorno producido por varias botellas de vino, o
disgustado por la forma en que había preparado alguna
comida, o cuando la falta de dinero agudizaba la depresión
y el malhumor, sino el brusco corolario de unos momentos que
tenían resabios del amor y la concordia y el respeto que
mucho tiempo atrás se habían jurado como algo permanente.
No sos buena ni para la cama. Ya me tenés podrido. Y
aplastada por el reproche, con la misma sensación de tantas
otras veces -un irrefrenable temblor, una piedra creciendo
en el fondo del estómago, la certeza de que el mundo iba a
desplomarse sobre ella-, permaneció rígida en la cama de
la cual él saltó y, ciego de indignación, marchó hasta
la silla donde había dejado la ropa. Después de unos
segundos se volvió, enrojecido el rostro, la mano derecha
aferrando un largo cinturón.) Sí. Fui la única
que tuvo el valor de denunciarla. Sin duda nadie en el
pueblo habría cargado con esa responsabilidad, pues desde
el momento en que llegó todos parecieron lograr un tácito
acuerdo para hacerla sentir cómoda y tranquila, sin duda
por obra de cierta compasión o ternura o un súbito afán
protector al notarla tan frágil, desvalida, como acosada
por un indefinido temor. A1 principio yo también experimenté
algo parecido, hasta darme cuenta del modo como pretendía
aprovechar esos privilegios y, de manera especial, cuando se
inmiscuyó arteramente en mi vida. Ya no pude soportarlo. Y
cuando ellos aparecieron en la estación de servicio buscándola,
no dudé un segundo. Sin preocuparme por indagar qué había
hecho. Únicamente vi la posibilidad de que la apartaran
para siempre de mi camino. Yo sé dónde pueden encontrarla,
les dije apenas la reconocí en la pequeña fotografía.
Como todas las noches, en el cuarto de Hernán. Sí. Desde
nuestra ruptura, era el refugio que ellos habían elegido
para encontrarse, para disfrutar las largas horas de amor y
placer que no me daban un segundo de tregua, agudizando el
dolor de sentirme desplazada y cada vez más sola. Entonces
comprendí que ellos se encargarían de concretar mi anhelo.
Y después de varios meses, fue la primera noche en que no
me acosaron los dos cuerpos desnudos en un acto febril y
arrebatador, sino que sólo pude imaginar, con voluptuoso
goce, los rostros despavoridos cuando vieran a los policías. Luego de cruzar
el umbral en actitud sigilosa pero con cierta premura, cerró
la puerta y quedó apoyada en ella, como si necesitara
recobrar las fuerzas o más bien alcanzar un estado de
sosiego. - Estás bien? -Sí No podía evitar
la pregunta, aunque casi ya se había habituado a verla así
-respirando agitada, como si hubiera realizado una fatigosa
carrera, observando en torno con cierta alarma y desazón-,
tanto por el anhelo de resguardarla de cualquier riesgo,
como por el interés y aun la necesidad de saber qué le
pasaba, cuál era la causa que la preocupaba y mantenía
nerviosa, incapaz de alcanzar un instante de serenidad. Tal
vez nunca lo conseguiré. Tal vez sea el secreto que no
quiere o no se atreve a revelar. Creyó comprenderlo desde
las primeras horas en que estuvieron a solas allí, en ese
cuarto, cuando advirtió la fuerza del abrazo, el ímpetu y
casi desesperación con que se aferró a él, como si su
cuerpo fuera el único sostén para evitar la caída, pero
sobre todo por la resistencia, el reparo casi instintivo que
demostró a medida que le iba quitando la ropa, pareciéndole
que al despojarla de cada prenda la dejaba no sólo desnuda
sino, peor aún, abiertamente expuesta, débil, sin el menor
amparo. -¿Qué es eso?
-no pudo reprimir la pregunta, entre la sorpresa y cierta
furtiva decepción, casi fastidio, al notar la mancha violácea
sobre el pecho izquierdo que de pronto destruía la armonía
y la belleza del cuerpo que por primera vez podía observar
desnudo. De manera
instintiva cubrió la mancha con una mano, turbada, como si
le hubieran descubierto una falta. -Oh, no es nada.
Un golpe. Hace mucho. -¿Accidental o
no? Casi de
inmediato se arrepintió de la pregunta, porque tuvo la
sensación de hundir un puñal en una vieja herida que ella
luchaba por cicatrizar. -No tiene
importancia. Lo bueno es que ya está desapareciendo -echó
una rápida mirada a la mancha, algo desdeñosa, con una
sonrisa que pretendía disimular una ráfaga de tristeza y
pesadumbre-. Cosas del pasado. Desde entonces
pareció quedar establecido un mutuo acuerdo. Procuraron
evitar cualquier indagación sobre sus vidas que no tuviera
referencia con ese presente pleno de fulgor y luminosidad
que deseaban aprovechar al máximo, sin tregua, libremente.
Sí. Dejar atrás todo. Ella, el bagaje de recuerdos que
trata de apartar con ardor, y yo, cualquier vínculo que
pueda unirme todavía a Aurora. Por eso ya no
necesitaban de las palabras. A través de los labios y las
manos lograban alcanzar no sólo una comunicación íntima,
desbordante de placer, sin horario ni sombras acechantes,
sino sobre todo hundirse en una zona apacible y de anhelado
olvido. Y fue esa noche,
cuando yacían exhaustos y satisfechos, trabados en un
abrazo que hubieran querido prolongar de modo indefinido,
que fueron sobresaltados por los golpes en la puerta. Secos.
Imperativos. (No. Basta.
Aunque el pensamiento surgió claro y preciso, despojada de
pronto del último resabio de paciencia con que había
soportado múltiples atropellos, no pudo moverse, paralizada
tal vez no tanto por el terror al verlo acercarse, con el
cinto en alto y a punto de atacar, sino por la incapacidad o
desorientación para saber qué hacer, cómo protegerse y
poner fin a una escena repetida hasta el hartazgo. -Ahora te voy
a enseñar cómo debés tratarme. No supo si
fue el tono amenazador con que gritó las palabras o el
dolor provocado por la fina lonja de cuero que restalló
sobre su pecho, lo que la movilizó. Bruscamente. Sobreponiéndose
a la pasividad nacida del miedo y la impotencia con que
tantas otras veces soportó las arremetidas de él, comenzó
a dar vueltas por la pieza en desesperado intento por eludir
los constantes latigazos. Acabar con esto para siempre.
Dejar de ser tratada como el insecto más miserable.
Entonces se le impuso la necesidad no sólo de presentar una
actitud defensiva sino, desechando por primera vez cualquier
síntoma de cobardía o debilidad, de concretar un acto
liberador. Urgentemente. Al tropezar con la mesa que estaba
en un rincón vio la botella de vino que él había bebido
poco antes. Con gesto torpe y presuroso, se la arrojó.
Mientras el brusco quejido se confundía con el estrépito
de los vidrios rotos, pudo salir del cuarto. Indecisa y
con la sensación de estar acorralada, se detuvo en el
centro del comedor. Bruscamente tuvo noción de lo que había
hecho, de la reacción instintiva que, si bien le concedió
unos efímeros instantes de libertad, sólo podría acentuar
el furor y el ansia vindicativa de él. Ahora querrá
matarme. Nunca habrá de perdonarme lo que le hice. Luchando
por conservar la calma y atenuar el creciente terror que iba
gobernándola, observó a su alrededor en busca de una
salida o de algo que le permitiera salvarse. Aunque la visión
del armario le hizo evocar de pronto fragmentos de escenas
atroces y humillantes, logró otorgarle una furtiva
esperanza. Si alguna vez se te ocurre engañarme, te mostraré
lo que voy a hacer, sacando del armario la diminuta pistola,
él parecía alcanzar una diversión inefable, morbosa,
mientras la exhibía en una lenta y casi interminable sección
de tortura, un tiro en el medio de la frente, rápido y
definitivo, entendés, así que andá sabiendo muy bien que
conmigo no vas a jugar. Sí. Lo único. De improviso creyó
distinguir una luz que le devolvía el aliento y la
seguridad. Con premura marchó hasta el armario. Mientras
hurgaba en uno de los cajones, la estremeció el golpe de
una puerta y la voz ronca, implacable: -Te dije
muchas veces que no te hagas la viva conmigo. Esta es la última
que me hacés. Te lo juro. Al darse vuelta lo vio: casi descomunal, el rostro desfigurado por una mueca agria, agitando el cinto. Recién cuando se abalanzó sobre ella pareció advertir el peso de la pistola. Apretándola entre las manos, convertida en tabla salvadora, disparó. Lo vio trastabillar, al tiempo que profería un grito desgarrador y abría los brazos en vano intento por aferrar algo. Volvió a disparar, una y otra vez, incontenible, quizá no tanto para asegurarse de que él no podría tocarla más, sino más bien como el modo de expresar la gratificante certidumbre de cerrar para siempre un período sombrío y desolador. Sólo cuando
él dejó de agitarse y el silencio de la casa le resultó
sobrecogedor, casi como una mano que la asfixiaba, sintió
la urgencia de salir de allí. Arrojó la pistola al suelo y
luego se vistió presurosa. Iba a matarme. No podía hacer
otra cosa. Recorriendo las calles en incierto peregrinaje,
trató de hallar un justificativo, de aplacar el pánico y
la perturbación por lo que había hecho, hasta llegar a la
estación de tren. Agotada, se desplomó en un asiento del
solitario andén. Cuando la bocina estridente la despabiló,
subió a uno de los vagones, impaciente, como si fuera el
refugio más seguro. Después de
pasar incontables horas entre fugaces momentos de sueño y
una tensa vigilia, al considerar que ya se había alejado
bastante del hombre que, aun quieto y desarticulado como un
muñeco, le producía escozor y sobresalto, o porque ahora
cualquier sitio le iba a resultar igual, por fin decidió
bajar en la estación donde observó indiferente un letrero
que decía La Florida.) -¿Quién puede
ser? -No sé. -Será mejor
que... Los golpes se
repitieron. Más fuertes. Con una insistencia que llegaba a
la agresividad. -Parecen
dispuestos a romper la puerta -él saltó de la cama y,
mientras se ponía el pantalón, observó que ella tendía
una mano en un ademán para detenerlo, temblorosa y casi en
gesto suplicante. -No abras, por
favor. -¿Por qué? ¿Qué
te pasa? -No sé. Tengo
un mal presentimiento. De pronto la vio
desarmada, con una clara muestra de pavor, sin preocuparse
ya por denotar la imagen de manifiesta dureza, fría y
reacia a cualquier manifestación espontánea, qué siempre
había acentuado el comportamiento enigmático que de modo
infructuoso procuraba develar. La súbita posibilidad de
lograrlo le produjo una sensación en la que alternaban
cierto alivio y una brusca inquietud ante algo desconocido. -Calmate, por
favor -se esforzó por infundirle la serenidad que él tenía
cada vez menos, mientras daba unos pasos hacia el pasillo,
apremiado por los golpes perentorios-. ¿Quién es? -La policía. Y entonces no
supo qué hacer. Hundido de repente en una espesa niebla que
tornaba todo absurdo e incomprensible, observó atónito cómo
ella abandonaba la cama mientras estallaba en un grito, no,
no, y corría hasta la ventana, por donde salió antes de
que él pudiera moverse para detenerla; luego, convertido en
un sonámbulo, marchó por el pasillo rumbo a la puerta de
calle, impelido por la necesidad de acabar con los golpes
enloquecedores; y, por último, la presencia de los dos
hombres que lograron descorrer el velo sobre la zona oscura
e indescifrable de la mujer que identificaron con el nombre
de Mariel Acosta, cuya foto y datos correspondían a ella,
cuando expresaron el verdadero motivo por el que estaban allí,
buscándola: -Hace cinco
meses mató a su marido. Pasé la noche
sin dormir. Queriendo paladear con intensidad la idea de
saber que eran las últimas horas que ellos iban a pasar
juntos, pero sobre todo por esperar ansiosa la mañana que
me permitiría cosechar los frutos esperados. No fue así.
Apenas salí a la calle comprobé que el pueblo estaba
alborotado. Todos hablaban de ella. De pronto su vida surgía
sin ningún secreto. Cada uno pareció ser dueño del dato más
íntimo y revelador sobre su mundo. Y no pude sustraerme al
asombro y perplejidad a medida que conocía no sólo cada
detalle de su pasado -un matrimonio signado por el furor y
la intemperancia, los disparos con que ella quiso acabar con
una situación insostenible, el refugio que parecía haber
encontrado en nuestro pueblo-, sino especialmente por lo que
ocurrió esa noche: la enloquecida huida del cuarto de Hernán
cuando llegó la policía y después, al cruzar una esquina,
el choque sorpresivo contra un auto. La liberación más
inesperada. La que nunca llegué a imaginar. No. No quise
eso. Lo único que pude gritar frente a Hernán, tal vez no
tanto a la espera de un gesto de perdón sino apenas de
comprensión y consuelo. Inútil. Sin palabras, con sus ojos
fríos y lacerantes, reflejó la más despiadada acusación.
Y desde entonces no he podido recobrar la serenidad, ni
dejar de sentirme culpable por la muerte de Mariel, ni mucho
menos admitir que ya nunca podré recuperar el amor de él.
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