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El recuerdo
de Julieta bailando y un acordeón repentinamente triste
Ya no es lo mismo. Aunque seguimos respetando la costumbre de reunirnos en la plaza a las seis de la tarde y don Batista sigue tocando su acordeón desvencijado, todo resulta distinto. Falta ella. Y no podemos sentir la excitación y el júbilo que nos había deparado el espectáculo a lo largo de tantas jornadas, ni los dedos del viejo se muestran ágiles y entusiastas sobre las teclas sucias, ni la música representa un bálsamo vital y gratificante. Nos cuesta aceptarlo, admitir sin protesta que por culpa de la intolerancia y el despecho de unas solteronas ya no podemos gozar del esplendor y la algarabía que Julieta lograba conferirle a las últimas horas de la tarde. Instintivamente
aguardamos su regreso. Para seguir cumpliendo la cita
iniciada cinco meses atrás, cuando había dado por primera
vez una muestra de su destreza y contagiosa alegría al
detenerse frente a don Batista -que ubicado en un rincón de
la plaza, durante algunas horas apretaba el acordeón en un
intento por lograr que, en retribución por su tarea o por
simple conmiseración, la gente depositara algunas monedas
en la caja de madera que tenía al lado- y súbitamente
comenzó a moverse al ritmo de una tarantela. Ágil.
Sensual. Apasionada. Y desde entonces, al principio por
curiosidad y después por inocultable gusto y bienestar,
cada día fuimos más los que nos congregábamos allí,
subyugados por la presencia de esa muchacha que, al bailar
un vals o una polka, despertaba encendidos aplausos y gritos
de felicidad y admiración. Fue el inicio de
algo nuevo. El hecho que desvaneció la apatía del pueblo.
Impacientes esperábamos que dieran las seis para acudir a
la plaza. La casi indiferencia con que desde hacía tres o
cuatro años observábamos a don Batista instalarse allí
para tocar el acordeón como el único recurso para
sobrevivir después que la progresiva torpeza de sus manos
artríticas lo obligó a desertar del Sexteto Rojo donde
siempre había sido una figura destacada, dio paso a un
repentino interés. No por él, sino por Julieta, que tuvo
la virtud de hacernos vibrar de fervor y deslumbramiento por
la gracia que reflejaba en cada gesto, por la cara luminosa
de felicidad, por la belleza de sus piernas. Sin duda el más
beneficiado resultó el viejo, al comprobar el incremento de
sus ganancias de un modo que nunca había imaginado, pues el
placer y el agradecimiento parecían tornarnos a todos mucho
más generosos. Así
incorporamos a las costumbres arraigadas en el pueblo esos
instantes de recreo que, después de vegetar tanto tiempo en
un clima de chatura y casi imbatible melancolía, nos mantenía
excitados, disfrutando una desconocida cuota de júbilo y
entusiasmo. Y por eso la sorpresa se transformó de
inmediato en rechazo e indignación cuando empezaron a
surgir las reacciones adversas. La primera en
dar la voz de alarma fue Clotilde Macario. Qué vergüenza.
Esto es un escándalo para el pueblo, casi gritó como para
que todos pudieran oírla al cruzar la plaza rumbo a la
iglesia para asistir a la misa de la tarde. Sólo nos mereció
una sonrisa divertida, pues ese comentario correspondía a
la óptica sombría y de inexorable censura con que
observaba cualquier cambio en los hábitos establecidos por
la tradición. Pronto comprendimos que era algo más que una
protesta aislada. Otras solteronas, Zulma Zapattini y las
hermanas Blasco, tan agrias y reacias como ella para aceptar
cualquier manifestación de humor y distensión, la apoyaron
en la campaña por erradicar la perniciosa costumbre de
congregarse todas las tardes en la plaza para escuchar la música
interpretada por don Batista y observar a una muchacha
bailando de manera desenfadada, con gestos lascivos y
dejando parte de su cuerpo al descubierto en un claro
atentado al pudor y la decencia. Además de difundir sus
exagerados argumentos por todo el pueblo en busca de
adeptos, no tardaron en pasar a una acción más agresiva
para frustrar el espectáculo: ruidos con pedazos de lata y
madera, gritos de horror en defensa de la moralidad. Se
produjeron forcejeos, discusiones, cambio de improperios con
quienes estábamos dispuestos a defender esos momentos de
solaz y beneplácito. Ante el fracaso de sus intentos
buscaron el apoyo del padre Joaquín, quien, a través de
cada homilía, pidió a los habitantes que mantuvieran una
conducta decorosa, que no perdieran tiempo en diversiones frívolas,
que no hicieran exhibición obscena del cuerpo. Aunque evitó
cualquier referencia concreta, no hubo dudas de hacia dónde
apuntaban sus dardos. Y las consecuencias se notaron muy
pronto. Primero comenzó
a reducirse el grupo que se reunía todas las tardes en la
plaza. Después faltó Julieta. Súbitamente. Un día, dos,
tres. Muy pronto todas las conjeturas quedaron relegadas por
una realidad casi inaceptable: los padres, para evitar que
siguiera bailando y dejara de ser el centro de las habladurías
y las reconvenciones que sin duda los llenaban de bochorno y
vergüenza, decidieron enviarla a la casa de una tía en la
capital de la provincia. Por último, don Batista, ya sin
los bríos de tantas otras tardes, con un desánimo que
apenas le daba fuerzas para
apretar las teclas, dejaba escapar del acordeón un
sonido infinitamente triste y, alrededor, nosotros, los seis
o siete fieles que seguíamos acudiendo a la cita,
empecinados, con la remota pero acuciante esperanza de verla
otra vez a ella, contagiarnos del ímpetu y el goce con que
bailaba cada pieza, deslumbrarnos con la visión de su piel
blanca y tentadora. No. Ya no
ocurrirá nada de eso. Ahora, como para revelarnos que ha
concluido tan regocijante etapa, poco antes de las siete,
cuando las primeras campanadas llaman a misa, aparecen
Clotilde Macario o las hermanas Blasco o Zulma Zapattini, o
todas juntas, hieráticas y con aire de soberbia, casi sin
poder disimular una sonrisa de satisfacción y orgullo. Con
extrema lentitud, como si llevaran a cabo una ceremonia de
la que nadie debía perder ningún detalle, dejan caer
algunas monedas en la caja de don Batista. Súbitamente
caritativas. Con el claro propósito de reflejar un halo de
poder y superioridad. Para nosotros no
es más que la forma descarada de aplacar un atisbo de culpa
o dar una ínfima y ofensiva recompensa por los esplendentes
momentos que nos han robado.
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