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Remotos
y fascinantes fragmentos de la memoria Ahora despertaba un sentimiento de ternura o de infinita piedad cuando deambulaba por el pueblo a pasos nerviosos o, deteniéndose de pronto, efectuaba raras contorsiones con los brazos y el cuerpo mientras recitaba un poema o hacía la representación de una escena teatral. Nosotros, los que la conocíamos desde la niñez y habíamos compartido juegos, estudios y los sueños que pretendíamos concretar cuando fuéramos grandes, la observábamos impotentes, lastimados por su figura escuálida y cubierta con ropas deshilachadas y bastante sucias, con el deseo de reflejar algún signo de protesta o indignación al no poder hacer nada para librarla del ya imbatible desvarío. No. Nadie hubiera imaginado
algo así. Sobre todo porque desde muy chica parecía tener
marcado un destino luminoso y de notable relevancia, cuando
empezó a demostrar una especial cualidad para recitar un
poema o interpretar diversos personajes en las obras
representadas en la escuela para el 25 de Mayo, 9 de Julio y
las fiestas al final de los cursos de cada año. Poco a poco
resultó infaltable en la realización de cualquier acto. E
ardor y seriedad con que desempeñaba el rol asignado llegó
a definir su vocación. Aunque destinataria de los elogios y
las felicitaciones, sin duda era su madre quien más
disfrutaba de esa situación. La perspectiva de que llegara
a convertirse en una gran actriz la colmaba de orgullo y
justificaba la desmesurada cantidad de libros que compraba
en la única librería del pueblo con el propósito de
inculcarle el gusto por la lectura y el conocimiento por las
disciplinas artísticas. Las incontables actuaciones en
la escuela y después en el salón del Club Social con el
grupo de teatro independiente que había formado, nos
hicieron creer que se marcharía a la Capital o a una ciudad
importante donde iba a tener mayores posibilidades. Pero
todo se derrumbó. Abruptamente. Fue después de la muerte de la
madre. Si bien de pronto, al perder el pilar que siempre le
había brindado apoyo y orientación, se encontró desvalida
y sin saber qué hacer, la presencia del padre comenzó a
tener inusitada vigencia. Entonces nos percatamos del desdén
y aun el desprecio que le merecía lo que ella realizaba, no
sólo porque jamás había presenciado alguno de sus
trabajos sino por el tono despectivo con que solía
responder a cualquier comentario sobre ella. Ya está
demasiado grande para esas pavadas. Es hora de que haga algo
provechoso. El camino que con tanta obsesión la madre quiso
trazarle quedó bruscamente trunco y ella ya no tuvo el
valor ni la determinación para romper las ligaduras,
alejarse de la sombra nefasta del padre, intentar suerte en
otro lugar, luchar abiertamente para poder cumplir su auténtica
vocación. Nuestras ansias de ver su nombre en grandes
titulares y su figura embelleciendo las revistas y alguna
película quedaron definitivamente perdidas el día en que
empezó a trabajar en la tienda del padre. Como si fuera una propiedad de
todos los habitantes, tal vez por el afecto y la admiración
provocados por tantos momentos de emoción y alegría que
nos había regalado, no pudimos aceptar verla allí, detrás
del mostrador y trajinando con telas y clientes, bajo la
dura y vigilante mirada del padre. A principio tratamos de
sacarla de esa rutina exasperante, le pedimos que regresara
al grupo de teatro independiente, prometimos ayudarla para
realizar sus aspiraciones. En vano. Adusta, con un creciente
desapego por cuanto ocurría a su alrededor, rechazaba con
secos monosílabos cualquier ofrecimiento. Cada vez más nos
asaltó la idea de considerarla una prisionera. Aislada.
Indefensa. Y así, con la impotencia de no poder modificar
algo que ella ya parecía aceptar como una fatalidad, nos
convertimos en testigos de su paulatino desmejoramiento. A través de rumores y
comentarios pudimos develar el modo como se desarrollaba su
vida: el clima hostil que imperaba en la casa; las repetidas
discusiones con el padre entre llantos y gritos furibundos;
el rostro resplandeciente de él cada vez que se entregaba a
la tarea de quemar una pila de libros en el fondo del patio;
la marcha sigilosa de ella por la noche hasta la librería
donde, por algunas horas, la dueña le permitía saciar la
urgente necesidad de leer. Pero los signos de desequilibrio
empezaron a notarse a través de la conversación con los
clientes, ya que en vez de referirse a la operación
comercial, prefería decir algunos versos del Canto
General o parte del monólogo de Hamlet. A morir el padre, ya parecía
una anciana con sus cuarenta y tres años. La piel
extremadamente pálida, con una delgadez que insinuaba la
forma de los huesos, la mirada perdida en algún punto
indefinido. Sin noción de la realidad, regresó al tiempo
en que daba cauce a su incipiente vocación, cuando se
mostraba plena de vitalidad. Después de permanecer tantos años
enclaustrada en la casa, empezamos a verla cruzar otra vez
las calles. Presurosa. Observando todo con ansiedad y aun
deslumbramiento, como si tratara de adaptarse a un sitio
totalmente nuevo que descubría poco a poco. Hasta que,
deteniéndose en cualquier esquina, revivía a través de
gestos y palabras alguna de aquellas interpretaciones
realizadas en la infancia. Y para eso comenzamos a
esperarla. Ávidos por recuperar una época que tanto nos
había regocijado. El poema La bailarina de los pies
desnudos. La escena en que Yerma mata a su
marido. Los primeros versos de Hojas de hierba. Nos
bastaba pedir y ella, luego de unos segundos en que trataba
de encontrar en algún punto recóndito de su mente la
respuesta adecuada, nos complacía. Generosa. Entusiasta.
Entonces nuestros aplausos y gritos exultantes resultaban no
sólo una muestra de agradecimiento sino más bien el modo
de premiarla, de atenuar el sentido de la frustración que
la había marcado con un estigma indeleble y reconocer las
cualidades descubiertas años atrás. Nuestro propósito
quedaba colmado cuando dejaba aflorar una sonrisa. Dulce.
Gratificante. Que parecía otorgarle un fugaz momento de
lucidez, orgullosa y feliz por la retribución que recibía,
disfrutando el privilegio de representar el papel de la
actriz que siempre quiso ser.
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