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Una sombra
entre ustedes
Sí.
Estuve esperando el momento oportuno para decírtelo. Quizá
no tuve otro objetivo en la vida. Ejercer venganza, cobrarme
todo lo que debí padecer por vos: falta de afecto, soledad,
sentirme casi una intrusa en nuestra propia casa. Porque
siempre ocupaste un lugar de privilegio. Desde que estabas
en la cuna y comencé a notar cómo tu presencia me quitaba
espacio en la atención y el cariño de nuestros padres, tenías
preferencia para obtener cualquier juguete o satisfacer con
premura el menor capricho. Al principio lloraba de amargura
al sentirme desprotegida, creciendo en un ambiente opresivo
y casi hostil, pero después, a medida que tomaba conciencia
de la soledad cada vez más lacerante, me fui armando de
vigor y coraje. En actitud defensiva. Dispuesta a repeler
cualquier ataque. Esperando la revancha. El placer más
anhelado, siempre esquivo, por momentos inalcanzable.
Mientras me dedicaba a vigilarte. Obsesiva. Comprobando tu
dichosa y casi arrogante postura ante las gratificaciones
que cosechabas: primero en la escuela, donde tu conducta sin
tacha y el esmero en los estudios te hicieron destacar entre
todos los alumnos; después, tu cuerpo convertido en el
centro de la atención, tanto de las mujeres que no podían
eludir una dosis de celos y envidia, como de los hombres que
llevaban a cabo un persistente acecho, ávidos por colmar su
deseo en la primera oportunidad; y por último, la conquista
de Aníbal Ortelli, sin duda el candidato más codiciado por
todas las muchachas del pueblo con ganas de casarse y
alcanzar un sustancioso poder económico. Lograste no sólo
encandilarlo sino también doblegar el aire de soberbia y
superioridad que parecía ubicarlo en un pedestal casi
inaccesible. Ocurrió ante la vista de todos. Sin disimulo.
La noche en que el Club Independiente celebraba sus
cincuenta años. Durante la fiesta a la que asistió todo el
pueblo, aceptaste las veces que te invitó a bailar, entre
sorprendida y gozosa al notar que las miradas estaban
concentradas en ustedes. Esa noche nada te resultó más
importante que él. Tanto por el deslumbramiento de ser la
elegida como por el orgullo de poder mostrar, abiertamente y
con gesto triunfal, que habías alcanzado una de las metas más
difíciles. Así me lo hiciste saber cuando regresamos a
casa. Atropelladamente. Como si de pronto hubieras cortado
todas las ligaduras y podías expresar sin reparo lo que
sentías. En un torbellino de palabras, me confiaste el
placer de haberlo tenido cerca y descubrir muchas cosas en
común y la esperanza de compartir un tiempo futuro. No
quise interrumpirte. Necesitaba escucharte y observar el
rostro resplandeciente y los brazos moviéndose en gestos
aparatosos, para tomar plena noción de la afrenta. Sin duda
la más cruel, pero también la última que estaba dispuesta
a soportar. Lo comprendí de pronto. Al sentir como una
bofetada tu desbordante felicidad. Entonces, la humillación
y el desplazamiento que durante años sobrellevé por tu
culpa hicieron crecer el afán de vengarme. Vorazmente.
Sobre todo a medida que la relación de ustedes se
consolidaba y eran cada vez más firmes los planes para el
casamiento. El modo de hacerlo surgió una de esas noches en
que él vino a visitarte y desde mi cuarto percibí tu voz
quejosa y autoritaria, no, basta, dejame, intentando frenar
las arremetidas que sin duda pretendían ser más audaces de
lo que estabas dispuesta a permitirle. Aníbal expresó su
malestar con la amenaza de una ruptura definitiva. Eso no te
preocupó. Segura, dueña de una situación de la que nadie
podía desplazarte, lo manejabas a tu antojo. Jugabas a la
estrategia de llevarlo al punto máximo de excitación y
después, fría y calculadora, lo rechazabas, generosa en
promesas de vivir los momentos más intensos y placenteros
apenas se formalizara el matrimonio. Hasta que una noche me
decidí. Ubicada a tres cuadras de la casa lo esperé. Era
ya la madrugada cuando lo vi acercarse. Por el aspecto
nervioso y desaliñado imaginé que una vez más habías
frustrado sus ardientes pretensiones. Debí parecerle una
figura fantasmal al cortarle el paso. Pero la acción
desvaneció muy pronto el desconcierto y la súbita parálisis.
Rápida. Contundente. No por efecto de palabras insinuantes
ni por deslumbrarlo con la belleza de mi cuerpo, sino por la
carga de bronca, malestar, deseo, que él ya no podía
soportar. Enceguecido me arrastró hasta un baldío.
Mientras lo dejaba desahogarse, te imaginé observándonos.
Horrorizada. Y sentí ganas de lanzar una carcajada.
Estruendosa. Triunfal. Feliz por concretar al fin una forma
de herirte, de cobrarme tantos años de postergaciones. No
se trata de amor, no cesaba de repetir él, con súbita
sensación de culpa y queriendo dejar bien claro que lo
ocurrido era algo fugaz, unos instantes de bienestar que no
iban a dejar ninguna huella. Será nuestro secreto, procuré
tranquilizarlo cada vez que nos encontramos después,
subrepticiamente, ansiosos y casi sin hablar, sólo
interesados en cumplir el rito que saciara el propósito de
cada uno: él, alcanzar el goce que vos le negabas, y yo,
sentir el sabor de una venganza largamente anhelada. Tácitamente
sabíamos que todo concluiría con el casamiento. Ese
casamiento que preparabas con tanto ardor: las invitaciones,
los detalles de la fiesta, la elección del vestido de
novia, los arreglos de la nueva casa. Todo eso que, al
llegar el día elegido, disfrutaste plenamente. Orgullosa.
Exultante. Convertida en protagonista del hecho que tuvo la
virtud de quebrar la espantosa monotonía del pueblo y
suscitar una mezcla de admiración, celos, envidia, en los
habitantes. Con el rostro luminoso durante la ceremonia
religiosa y saludando a la gente que colmaba la iglesia;
impetuosa y sin el menor cansancio en la frenética algarabía
de la fiesta. Te observé todo el tiempo. Aunque parezca
increíble, me agradaba verte así. Vital. Enfervorizada.
Porque iba a tener mayor efecto el golpe que había
preparado. Me limité a esperar el momento de dar la
estocada final. A punto de iniciar el viaje de boda, lo
hice. Te conté lo ocurrido entre Aníbal y yo. Bruscamente.
Y ahora sólo quiero gozar el fruto de mi obra, mientras
imagino tu total desánimo cuando quedaron solos en un
cuarto de hotel y él sin duda no llegó a tocarte,
paralizado por la sorpresa, incapaz de responder a la
pregunta repentina, artera, llena de furor, con que
pretendiste saber si era cierto que te había traicionado y
que yo para siempre sería una sombra destructora e
infranqueable entre ustedes.
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