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EL
CALVARIO REPETIDO
Aunque había considerado exagerada la inquietud de
Julia al enterarse que sus amigos iban a ofrecerle una
despedida de soltero, quién sabe qué piensan hacerte esos
degenerados, sin duda habrán preparado alguna barbaridad,
tené cuidado, ahora, al terminar de comer, pudo comprobar
que tenía razón. No sólo por las bromas referidas a los
inconvenientes y desventajas que debería enfrentar en su
futura vida matrimonial, sino cuando, incentivados por una
abundante dosis de vino, le tiraron un
balde de agua fría. Se levantó de un salto, con súbito
malhumor y
una espantosa sensación de ridículo, mientras la
carcajada general le revelaba que la fiesta adquiría un
cariz más
violento, casi despiadado. Sin posibilidad ya de
imponer su voluntad, debería someterse a los caprichos y
decisiones de los otros. Por favor, muchachos, no abusen,
abrió los brazos en ademán defensivo al ver que ellos, con
movimientos lentos y un aire gozoso y triunfal, comenzaban a
rodearlo. Luego de pronunciada la sentencia y, ya sin poder
hacer
nada
para modificarla, observó a los hombres y mujeres
que, rojas las caras y agitando los brazos, vociferaban
enardecidos su nombre. Por fin, cuando alguien le arrojó
una piedra, el grupo perdió todo control y, como
respondiendo a una tácita orden, se dispuso a iniciar el
ataque. Abroquelado en un rincón de la sala, le quitaron la
camisa con gestos imperiosos y, después, debió observar
impotente cómo se la pasaban entre ellos, alborozados por
el repentino juego. Vamos. Ya es hora de dar un paseo.
A rudos empujones lo llevaron hacia la calle, donde
se encontraba una camioneta. Dejarlos solos. Arruinarles la
fiesta que piensan disfrutar a costa mía. Aunque Julia habría
aprobado el repentino anhelo de huir, comprendió que ellos
no sólo iban a considerarlo un acto de cobardía o traición
imperdonable, sino, peor aún, derrumbaría para siempre el
sentimiento de amistad y afecto compartido desde la niñez.
Sí. Deberé pasar la prueba, por más fea y dolorosa que
sea. Se movilizaron de pronto. Incontenibles. Feroces.
Cuerdas en lacerantes latigazos le abrieron la piel, el
rostro fue cubierto poco a poco por oscuros salivazos y, por
último, le colocaron una corona de espinas sobre la cabeza.
Lo subieron a la caja de carga de la camioneta. Apenas
arrancó, tuvo el inquietante presagio de iniciar una
especie de aventura confusa e impredecible. Sobre todo
cuando empezaron a sacar de una bolsa algunos elementos.
Primero una soga, que antes de imaginar cuál sería su
utilidad, la usaron para atarle las manos; después, un
frasco de miel que derramaron por el torso desnudo; al fin
le sujetaron con cinta adhesiva un manojo de plumas sobre la
cabeza. No pudo contenerlos. Impetuosos. Concentrados en
cumplir la tarea que sin duda habían planeado en cada
detalle. Y satisfechos, se unieron en un canto cada vez más
fervoroso a medida que la camioneta ingresaba por las calles
del centro de la ciudad. Aquí va el rey de los enamorados.
Mírenlo. Su última noche de soltero. ¡Viva el rey!
Y mientras
lo sujetaban en
alto,
procuraron
exhibirlo como una especie de trofeo o
figura destacada
ante las escasas personas que deambulaban a esa hora
de la madrugada. Aunque su cuerpo quebrantado no soportaba
la enorme cruz de madera y cayó reiteradas veces, no le
concedieron la posibilidad de un descanso. Obligado a seguir
la marcha por los golpes y las voces imperativas. Sólo
algunas mujeres, en actitud algo tímida y de infinita
misericordia, se atrevían a secarle la cara sudorosa y
darle un poco de agua para beber. Por eso, no llegó a
definir si cada paso hacia el lugar del sacrificio
acrecentaba la sensación de
angustia y temor o, más bien, apresuraba el momento
del alivio definitivo. Hubiera querido gritar o efectuar algún
gesto de alarma y desagrado con la furtiva esperanza de
recibir una ayuda de las personas que observaba al paso de
la camioneta. Supo que nunca podría hacerlo. Apresado entre
los cuerpos de ellos, apagada cualquier palabra por el
ensordecedor sonido de la bocina y los gritos que repetían
su nombre entre expresiones burlonas y soeces. Al fin se
detuvieron. Un escalofrío estremeció su cuerpo exhausto
cuando sintió el filo de los clavos en las manos y los
pies. Oscuramente presintió que la parte fundamental de su
misión estaba a punto de cumplirse y, cuando fue elevado en
la cruz, echó una mirada sobre los hombres y mujeres que
permanecían en torno, expectantes, no tanto a manera de
despedida sino más bien con una mezcla de piedad, amor y
desolación. Al notar que se encontraban frente a la plaza
central, no llegó a experimentar la placidez y júbilo de
otras veces. De improviso le pareció un sitio triste y lóbrego,
en el que sin duda ellos pensaban culminar del modo más
espectacular el acto celebratorio. Cuando descendieron de la
camioneta, dio unos pasos, algo asombrado de poder moverse
con cierta libertad. Ya es suficiente, muchachos. Basta, por
favor. Le resultó casi desconocida la voz. Pero supo de
inmediato que, para concluir la pesadilla de esa noche, el
ruego debía ir unido a una acción rápida y efectiva.
Entonces, sin rumbo definido y por impulso del pavor y la
ansiedad, comenzó a correr. Pareció ser la señal esperada
por los otros. Sin demora iniciaron la persecución.
Jubilosos. Con gestos y gritos amenazantes.
Sí. Perdonarlos. Porque no saben lo que hacen.
Aceptar este sacrificio por el bien de ellos, para lavarlos
de todo pecado. Mientras marchaba por los senderos de lajas
y trataba de sortear los canteros de flores, se vio abrumado
por los proyectiles: huevos, tomates, bombas de crema. Hasta
que, al tropezar con un mosaico, cayó. Luego de rodar
varias veces, quedó recostado sobre un cantero de rosas.
Vencido,
con la molestia de tener el cuerpo atrozmente sucio,
asfixiado por el acoso de ellos. Sí. Tenía razón
Julia. Son capaces de cualquier cosa. Sin importarles si me
gusta o quiero participar en este juego. Antes de poder
incorporarse, se inclinaron sobre él. Mientras algunos se
esforzaban por inmovilizarlo y aplacar cualquier
resistencia, otros le quitaron el pantalón. Hay que colocar
al rey en su trono. Vamos. Bruscamente lo levantaron y
desnudo, con el bochorno de presentir un sacrificio cruel y
ya incontenible, se vio empujado hacia donde estaba el mástil
de la bandera.
Poco
a
poco el dolor
convirtió el cuerpo en una masa amorfa, sin fuerzas.
Obnubilado. Con la sensación de ir
cayendo
en
un
pozo.
Tengo sed. La queja
resultó casi inaudible entre las múltiples voces
que se elevaban a su alrededor. Pero no tardó en observar
que un hombre le acercaba una esponja y, a
manera de un nuevo castigo, sintió el desagradable
sabor del vinagre en los labios
resecos.
Después
perdió
la noción de todo.
Hundido en el mayor desamparo y con el último
aliento, sólo atinó a proferir un grito,
mientras una repentina oscuridad lo cubría como una
mano cálida y liberadora.
El sentido de la derrota se impuso contundente
cuando lo ataron de espaldas contra el metal helado.
¡Viva el rey de los enamorados! ¡Viva! Durante largo rato
repitieron la
exclamación entre aplausos y señas de sumisa y
burlona reverencia, hasta que, por obra del cansancio o ya
aburridos de ese modo de diversión, comenzaron a alejarse.
Entonces un creciente terror se fue apoderando de él a
medida que tomaba conciencia de estar allí, maniatado y
desvalido en la plaza desierta, sin defensa para guarecerse
del frío sobrecogedor, clamando por ayuda en una súplica
ronca y cada vez más inútil.
Material
compilado y revisado por la educadora argentina
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