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El
Gran Serafín
de Adolfo Bioy Casares
Bordeó los
acantilados para encontrar una playa un poco apartada. La
exploración fue breve, pues en aquel paraje ni la soledad
ni la lejanía misma estaban lejos. Aun en las playas
contiguas al pequeño espigón de pesca, bautizadas Negresco
y Miramar por la patrona de la hostería, era escasa la
gente. Alfonso Álvarez descubrió así un lugar que de modo
admirable correspondía al anhelo de su corazón: una
ensenada romántica, desgarrada, salvaje, a la que reputó
uno de los puntos más remotos del mundo, Última Tule, Seno
de la Última Esperanza o todavía más allá —Álvarez
ahora articuló su divagación en un arrobado murmullo—las
Largas y Prodigiosas Playas, Furdurstrandi. . . El mar
entraba encajonado en acantilados pardos y abruptos, en los
que se abrían cavernas. Hacia afuera, a los lados, empinábanse
picos o agujas, modelados por la erosión de la espuma, de
los huracanes y del tiempo. Todo ahí era grandioso para el
observador echado en la arena, que sin dificultad olvidaba
las dimensiones del paisaje, en verdad minúsculas. Despertó
Álvarez de su ensimismamiento, descalzó unos piecitos
blancos que, a la intemperie, resultaron patéticamente
desnudos, hurgó en una bolsa de lona, encendió la pipa,
contempló el mar y preparó el ánimo para un prolongado
paladeo de la beatitud perfecta. Con asombro advirtió que
no estaba feliz. Lo embargaba una desazón que apuntaba como
vago recelo. Miró en derredor y afirmó: "Nada ocurrirá."
Descartó la ilógica hipótesis de un asalto; escrutó la
conciencia, luego el cielo, por fin el mar y no descubrió
el motivo de su alarma.
Buscando
distracción, Álvarez meditó sobre la recóndita virtud
del mar, que nos urge a contemplarlo ávidamente. Se dijo:
"En el mar nunca pasa nada, si no es una lancha o la
consabida tropilla de toninas, que progresa con arreglo a
horario, a mediodía rumbo al sur, después al norte: tales
juguetes bastan para que en la costa la gente apunte con el
dedo y prorrumpa en júbilo. Moneda falsa únicamente cobra
el observador: sueños de viajes, de aventuras, de
naufragios, de invasiones, de serpientes y de monstruos, que
anhelamos porque no llegan." Se abandonó a ellos Álvarez,
cuya ocupación favorita era hacer proyectos. Sin duda creía
que viviría infinitamente y que siempre tendría por
delante tiempo para todo. Aunque su profesión concernía al
pasado—era profesor de historia en el Instituto
Libre—había sentido siempre curiosidad por el porvenir.
A ratos olvidó
su inquietud, y logró así una mañana casi agradable. Mañanas
y tardes agradables, noches bien dormidas, eran para él
necesarias. El médico había dictaminado:
—Cada vez
que usted abra la boca no me tragará una farmacia, óigame
bien; pero se me aleja de Buenos Aires, del trabajo y de las
obligaciones. Óigame bien: no salga de la urbe para recaer
en la muchedumbre de Mar del Plata o de Necochea. Su remedio
se llama tran-qui-li-dad, tran-qui-li-dad.
Álvarez habló
con el rector y obtuvo licencia. En el colegio todos
resultaron expertos en playas tranquilas. El rector recomendó
Claromecó, el jefe de celadores Mar del Sur, el profesor de
castellano San Clemente. En cuanto a F. Arias, su colega de
Oriente, Grecia y Roma (de puro displicente ni encendía ni
arrojaba la colilla pegada a perpetuidad en el labio
inferior), se reanimó para explicar:
—Va hasta
Mar del Plata, sale de Mar del Plata, deja a la izquierda
Miramar y Mar del Sur y a mitad camino a Necochea está San
Jorge del Mar, el balneario que usted busca.
Inexplicablemente
la elocuencia de F. Arias lo arrastró; compró un boleto,
preparó el maletín, subió al ómnibus. Viajó una larga
noche, cuya única imagen, evidente a través de cabeceos y
vigilias, era la de un tubo infinito, iluminado por una línea
de lámparas colgadas del techo.
La mañana
refulgía cuando divisó el arco del letrero que rezaba:
San Jorge
del Mar—Bienvenidos.
La muralla
donde el cartelón estaba sostenido se prolongaba a los
lados un buen trecho y en partes empezaba a desmoronarse.
Por debajo del arco entraron en una calle de tierra dura,
apisonada, rumbo a una arboleda próxima. A mano izquierda
quedaba el mar, le explicaron. La comarca no le pareció
triste. En esa primera visión predominaban los blancos y
colorados de las casitas y el verde del pasto. Murmuró:
"Verde de esperanza, de esperanza." No cabía
definir aquello como caserío, sino como campo tendido, con
algunas casas desparramadas. Entre todas, por la altura
descollaba una que tenía menos aspecto de vivienda que de
tinglado provisorio, con agudo mojinete asimétrico y el
techo ladeado, acaso por derrumbe, probablemente por
travesura arquitectónica. Antes de ver la cruz, Álvarez
entendió que se trataba de la capilla, pues como todo el
mundo tenía el ojo acostumbrado al estilo llamado moderno,
de rigor, por aquel entonces, para los ramos de administración
pública, clero y banca. Siguiendo un albo sendero de
conchillas penetraron en la arboleda—trémulos eucaliptos,
algún sauce claro—y pronto encontraron un basto bungalow
de madera, pintado de color té con leche: la hostería
El Bucanero Inglés, donde se hospedaría Álvarez. Con él
bajaron del ómnibus un anciano de piel vagamente traslúcida,
de la tonalidad blanca y celeste de las escamas, y una señora
joven, de anteojos oscuros con el aire ambiguo y atractivo
que suelen tener, en las fotografías de los periódicos,
las litigantes en pleitos de divorcio. En ese momento salía
de la hostería un pescador cargado de pescados, que automáticamente
ofreció:
—¿Pesche?
Era un viejo
de piel curtida, pipa en boca, ancho pecho en tricota azul
botas de goma: uno de tantos personajes típicos, entre
fabricados y genuinos, que se dan en todas partes.
Tras de
apartarse un poco del pescador, la señora joven respiró a
pleno pulmón y exclamó:
—Qué aire.
El pescador se
golpeó el pecho con la mano que empuñaba la pipa y afirmó
fatuamente:
—Aire puro.
Aire de mar. Ah, el mar.
Cuando ya no
se olía el humo dejado por el ómnibus, respiró con fuerza
Alvarez y comentó:
—En efecto,
qué aire.
No correspondía
al de sus recuerdos; tenía una carga, tal vez pesada, de
olor indefinido. ¿A pescados o algas? No, protestó para sí
Álvarez, de ninguna manera, aunque tan saludable
probablemente.
—¡Qué
flores!—ponderó la señora—. Esto parece una estancia,
no un hotel.
—Nunca vi
tantas juntas—observó el anciano.
Convino Álvarez:
—Yo tampoco,
salvo. . .
Lo invadió
una inopinada pesadumbre y no supo concluir la frase. La señora
rezongó:
—La casa está
muerta. Nadie sale a recibirnos.
No estaba
muerta. Adentro resonó un piano y los viajeros oyeron una
trillada melodía norteamericana, que Álvarez no identificó.
El viejo, momentáneamente rejuvenecido, tarareó:
—Cuando
los santos del cielo
vengan marchando. . .
esbozó un
zapateo criollo y se reintegró a la habitual flacidez. Por
una puerta de resorte, tras dos portazos aparecieron dos
mujeres: una criadita joven, alemana o suiza, rubia, rosada,
de sonrisa muy dulce, y la patrona, una bella mujer en la ósea
plenitud de los cincuenta años, erguida, majestuosa, a
quien pechos eminentes y peinado en torre conferían algo de
nave o de bastión.
Precedidos por
esta señora, seguidos por la criadita, prodigiosamente
cargada de equipajes, los viajeros entraron en la hostería.
En un cuaderno Álvarez firmó.
—Alfonso Álvarez—leyó
en voz alta la patrona, para agregar con una sonrisa
encantadoramente mundana—: A. A.: qué gracioso.
—Yo diría
monótono—acotó Álvarez, que más de una vez había oído
la observación.
—Aquí está
el teléfono—continuó la patrona, como quien da una
prueba de ingenio. Al mover la mano produjo un relumbrón
verde: lo originaba un anillo con esmeralda—. Y allá en
lo alto el alojamiento del señor: pieza trece. Hilda lo va
a acompañar.
Por una
escalera ruidosa, tal vez frágil, subieron. La pieza tenía
algo de cabina; desde luego, la estrechez. La mesita de
pinotea, la silla, el lavatorio, apenas dejaban lugar libre.
Álvarez, por un tiempo que le pareció interminable, se
mantuvo inmóvil: tan cerca estaba la muchacha. Para romper
esa incómoda quietud inclinó el cuerpo en sesgo, apoyó
una mano en el borde del lavatorio, con la otra abrió el
grifo. Como acróbata inseguro intentó una sonrisa. Ni bien
manó el agua reparó en un aroma que le trajo vagos
recuerdos.
—Olor a
azufre—explicó la criadita—. Ahora el agua sale termal,
dice la señora.
Él puso el
dedo en el chorro.
—Está
caliente—advirtió.
—Ahora toda
el agua se volvió caliente. Y allá—indicó en dirección
a la ventana—sale sola, en grandes chorros de la tierra.
El aire que la
muchacha movía al hablar le soplaba cosquillas en la nuca;
eso, por lo menos, creyó Álvarez. Pasó, como pudo, al
otro lado del lavatorio y miró por la ventana. Vio el jardín
de flores el sendero de granza blanca, una abertura en la
arboleda, más allá el campo. A lo lejos divisó un grupo
de gente y un humo tenue.
—El terreno
aquel es de la señora—prosiguió la criadita—. Mandó a
los peones cavar para descubrir qué hay abajo.
—En las
entrañas—murmuró Alvarez.
—¿Cómo?
—Nada.
Entonces la
miró de frente. Con una mano corta, graciosamente la
alemanita levantó la mecha que le caía sobre los ojos ladeó
su cara de cachorro, sonrió con extrema dulzura y partió.
Álvarez recorrió con la mirada el cuarto. Por vez
primera—¿desde cuándo? ya no recordaba— se encontró
feliz. Tenía en ello parte cierta vanidad un tanto
infantil, común a todos los hombres, y parte el cuartito
que le destinaron, con algo de celda de refugio; y también
la ventana sobre el campo. No importa sin embargo, el motivo
del contento; importa el hecho por su cronología por casi
inmediatamente preceder a la desazón y al temor en la
playa. Desde luego, por motivos imponderables, un
convaleciente pasa del bienestar a la depresión; pero la
verdad es que Álvarez bajó al mar con el ánimo alegre.
Estuvo en la
playa no menos de tres horas, al sol primero, luego a la
sombra del acantilado, porque recordó vagas historias de
veraneantes, inevitablemente comparados con camarones, que
por un momento de descuido o por una demasiado íntima
comunión con la naturaleza, tuvieron que envolver a la
noche en aceite blanco las quemaduras de segundo grado,
mientras el delirio les refería cuentos fantásticos. Álvarez
no quería que un percance tan trillado le arruinara las
vacaciones.
Como tampoco
quería disgustos con la patrona, a la una menos cuarto
emprendió el camino de vuelta. A pesar del acostumbramiento
del olfato, notó que el extraño olor marino aumentaba.
En una mesa de
largura interminable almorzaron Álvarez, el anciano de piel
traslúcida—que se llamaba Lynch y era profesor en un
colegio de Quilmes—y la patrona; según ésta explicó,
tanto su hija como la señora recién llegada y los demás
pensionistas, todos gente joven, no volverían a la hostería
hasta la caída del sol.
—¿Así que
usted es profesor en Quilmes?—preguntó Álvarez a
Lynch—. ¿De álgebra y de geometría?
—¿Y usted
en el Instituto Libre?—Lynch preguntó a Álvarez—. ¿De
historia?
Conversaron de
planes de estudio, de la juventud y de las consecuencias,
para la mente del profesor, de los sucesivos años de cátedra.
—Me gusta
enseñar, pero. . .—empezó Álvarez.
—Hubiera
querido otra cosa. ¡Yo también!—concluyó Lynch.
La
coincidencia los maravilló.
El comedor era
una vasta sala, con una araña de hierro en el centro. De la
araña colgaban, probablemente desde las fiestas de fin de año
guirnaldas de colores. La mesa estaba arrimada a un ángulo,
para dejar espacio libre a posibles parejas de bailarines.
Contra la pared se alineaban botellas; una puerta se abría
sobre una visión de cocinas, mesas con tachos y algún
atareado peón de campo, disfrazado de marmitón. En el otro
extremo del comedor había un piano vertical.
La alemanita
sirvió la mesa; entre plato y plato se sentaba detrás del
mostrador; cuando trajo la jarra de agua, la patrona dijo:
—Hoy yo bebo
vino blanco, Hilda. ¿Ustedes?
—¿Yo?—preguntó
Álvarez, que se había distraído—. Un poco de agua y,
para acompañar a la señora, vino blanco.
—Yo, agua,
siempre agua—exclamó el viejo Lynch.
—Ahora sale
termal—con satisfacción explicó la patrona—. Es un
algo fuerte, hay que acostumbrarse, rica en sales
sulfurosas, a mí me gusta.
—Pero no la
bebe—acotó el viejo.
—Tengo
grandes proyectos—anunció la patrona—. Habrá que
incorporar capitales foráneos y levantaremos un
conglomerado termal, llámelo nuestro Vichy, nuestro Contrexéville,
aun nuestro Cauterets.
—La señora—reconoció
el viejo—lleva la hotelería en las venas.
—Hasta aquí
viene el aroma—observo Álvarez, tras alejar el vaso.
—Más que
termal, podrida—puntualizó Lynch, en un intervalo entre
dos tragos.
—Óiganlo—comentó
graciosamente la patrona, moviendo con altivez la cabeza.
Álvarez
inquirió:
—Señora, ¿cuál
es el origen del nombre?
—¿Qué
nombre?—preguntó la señora.
—El de la
hostería.
—El bucanero
inglés fue un tal Dobson—explicó la señora—que a
fines del siglo dieciocho llegó a estas playas, con una
cotorra llamada Fantasía, posada en el hombro. Se
enamoró de la hija del cacique. . .
—Y adiós
cotorra—declaró Lynch—. El cuentito parece una alegoría
moral y también un emblema copiado de un libro de emblemas.
—Óiganlo—repitió
la patrona—. En un gran día, señores, llegaron ustedes.
Concurrirán después del almuerzo a las carreras. Espectáculo
romano. Carreras de caballos junto al mar. Y al final de la
tarde paseo; una caminata agradable los trasladará hasta
las nuevas emanaciones de humo, los chorros de agua, legítimos
géiseres y, ¿por qué no?, solfataras, de innegable valor
termal y turístico. En las grietas donde sale humo verán a
mi gente cavando. ¿Qué descubriremos? ¿Un volcán subterráneo?
Naturalmente tímido,
Álvarez interrogó:
—Si hay un
volcán abajo ¿agrandar las grietas no es imprudencia?
Ni le
contestaron. Álvarez, pensó: "Todo cobarde es un
solitario, un Robinsón."
—Mañana,
otro gran día—continuó la patrona—. Mejor dicho: gran
noche. Fiesta en honor de mi hija Blancheta que cumple
dieciocho años. Comilona, convidados, cordialidad. Ya la
palparán ustedes: nuestra pequeña ciudad balnearia es
todavía un paraíso no corrompido. Somos como una familia
cariñosa, en San Jorge, libre de pelandrunes y hampones. ¿Hasta
cuándo le repetiré que no queremos delincuentes juveniles
peleados con el peluquero? ¡Afuera, mal entrazado!
Perplejos y
alarmados por el exabrupto, ambos pensionistas
interrumpieron la masticación de un caliente navarrín con
marcado sabor a azufre. Rápidamente se volvieron, porque a
sus espaldas resonó una voz masculina:
—No se
sulfure, doña. Me pidió Blanquita que le pidiera el
pic-nic.
—¿Qué
tiene que pedirle la Blancheta? Si lo veo junto a mi hija,
con estas propias manos lo acogoto.
Quien así
enojaba a la patrona era un tremendo muchachón, muy
arropado y muy desnudo, hirsuto y lampiño, sin duda torvo,
quizá afeminado, cuya redonda cabeza estaba rodeada de un círculo
completo de pelo rubio, de espesura y largo parejos en el
cuero cabelludo y en la barba. Desde el pelambre miraban dos
ojillos que se movían a impulsos jactanciosos o furtivos o
se aquietaban fríamente. Arropaban el busto una toalla, una
tricota y del breve taparrabos colorado emergían piernas
tan desprovistas de vello como las de una mujer; pero los
aspectos más evidentes del conjunto quizá fueran pelos
enmarañados y lanas sucias.
Incorporada a
medias, preguntó la patrona:
—¿Se
retira, joven Terranova, o de la oreja lo retiro?
Partió el
animalote; la patrona se dejó caer en la silla y ocultó la
cara entre las manos. Acudió, solícita, la criadita, con
un vaso de agua.
—No,
Hilda—protestó la patrona, que había recuperado la
compostura—. Hoy bebo vino blanco.
El almuerzo
concluyó por fin y cada cual se encaminó a su cuarto.
"Estoy débil
o el aire es muy fuerte", pensó Álvarez, que por poco
se duerme con el cepillo de dientes en la boca. Ya echado,
durmió un rato, hasta que lo despertó un peso en los pies.
Era Hilda, que se había sentado en el borde de la cama.
—Vine a
verlo—explicó la muchacha.
—Ya
veo—contestó Álvarez.
—Quería ver
si quería algo.
—Dormir.
—¿Dormía?
—Sí.
—Qué
suerte. Mañana a la noche es la fiesta de Blanquita.
—Ya sé.
—Terranova
no viene, porque a espetaperros lo sacaría madame Medor.
—¿Quién es madame Medor?
—La patrona.
Y la pobre Blanquita enamorada.
—¿De
Terranova?
—De
Terranova, que no la quiere. Él quiere dinero. Un malo, un
matón sin alma, carne y uña con Martín.
—¿Quién es
Martín?
—El
pianista. Madame Medor, que no traga a Terranova,
mete al cómplice en la casa, porque toca bien el piano.
Todo el mundo sabe que son agentes locales de la banda de
Miramar.
Oyeron la voz
de la patrona, que abajo gritaba:
—¡Hilda! ¡Hilda!
La muchacha
dijo:
—Me voy. Si
me pesca, me llama perra y palabras horribles.
Los pasos de
la alemanita descendieron la crujiente escalera, subió el
clamor de la reprimenda de madame Medor y acallando
todo resonó en el piano la Marcha de los santos.
Se levantó Álvarez,
porque ya no tenía ánimo para dormir. Estaba peor que
antes. A pesar de las precauciones en la playa, la cabeza le
dolía como si hubiera tomado mucho sol. Quería beber algo,
para sacarse el gusto a azufre y aplacar la sed; una gran
sed. Entró en el comedor. Martín machacaba Los santos en
el piano, la patrona, acodada en la mesa, tildaba facturas y
desde el mostrador Hilda miraba tiernamente.
—Un vinito
blanco, bien helado—pidió.
La patrona
ponderó:
—¡Qué
siesta! Corrían las horas y yo pensé: con el solazo y el
vinito el trece no aterriza hasta mañana. Es un hecho; no
llega a las carreras, pero todavía hay luz y puede
entretenerse con los géiseres.
Descorchó
Hilda la botella; Álvarez bebió dos vasos y dijo:
—Gracias.
La patrona
ordenó:
—Se la
guardas, chica. El señor a la noche incorpora lo que queda.
Preguntó Álvarez:
—¿Cómo
voy?
La patrona lo
acompañó hasta la puerta y lo encaminó. Siguió la calle
más allá de la arboleda, por campo abierto; de trecho en
trecho había un chalet, una vaca. La brisa marina
traía olor a podredumbre. Caía la tarde.
Cuando llegó
al lugar, la jornada había concluido; los peones, la pala
al hombro, emprendían el camino de regreso. Con un cura que
examinaba los chorros de agua caliente y la humosa excavación,
de borde a borde entabló diálogo Álvarez.
—No creí
que fuera tan profunda—gritó—. Da vértigo.
—¿Qué me
cuenta de la temperatura del suelo?—gritó a su vez el
cura—. Ponga la mano.
—Quema ¿Qué
buscan?
—No importa
lo que buscan, sino lo que encuentran—replicó el cura.
—¿Encuentran algo?
—Casi nada.
¡Mire!
A gritos no
caben sutilezas; de todos modos, la enfática exhortación a
mirar sugería, para las palabras casi nada, intención
irónica
—¿Dónde?—preguntó
Álvarez.
El cura se le
acercó, lo tomó paternalmente de los hombros y lo condujo
hasta un eucalipto. En el suelo, apoyadas contra el tronco
del árbol, vieron dos amplias alas y algunas plumas negras.
—¡Diablos!—exclamó
Alvarez—. Padre, perdone, pero estas alas, no me negará,
suponen un pajarraco infernal.
—No sé—contestó
el cura—. Con franqueza, ¿qué ave tiene in mente? —¿Un
águila?
—No es
bastante grande.
—¿Me
atreveré a decir: un cóndor?
—¿En estas
regiones? ¿Usted no lo reputaría un tanto improbable?
—Si usted lo permite, me vuelvo a la hostería—declaró
Álvarez.
—Lo acompaño—dijo
el cura—. Determinar la especie no es todo. . . Créame:
hay otras dificultades.
—Qué
barbaridad—comentó Álvarez, a quien el tema ya fatigaba.
—Si estaban
en la tierra ¿por qué no se pudrieron?
Álvarez,
aventuró:
—¿La acción
del fuego?
El cura lo miró
con indulgencia; después habló animadamente:
—Dejemos el
capítulo. Nadie está obligado a saber química, pero la
moral incumbe a todos. Vea a dónde lleva la curiosidad de
los hombres. O de las mujeres, que es lo mismo. Para la
incorregible curiosidad, un trofeo enigmático. Un castigo,
¿por qué no?
—¿De quién?—preguntó
Álvarez.
—No crea, la
madama tiene sus enemigos. Un tal Terranova, sin ir más
lejos, un cachorrón capaz de gastarse cada bromita.
—¿Opina que
se trata de una broma?
—¿Por qué
no?
Juntó coraje
Álvarez y preguntó:
—¿También
el agua caliente y el humo?
Envalentonado,
ahora devolvió la mirada indulgente.
—Estoy muy
cansado—protestó el cura—. Vamos yendo. Créame usted,
soy hombre de paz y de un año a esta parte me toca vivir en
plena guerra, entre los dos bandos del Comité para Obras de
la Capilla.
—¿Y si los
deja pelear entre ellos?—propuso Álvarez.
—Los
dejo—afirmó el cura—. Mañana voy de caza, con mi perro
Tom, aunque el comité sesione. Los tradicionalistas
porfían en pro del estilo moderno, los renovadores en pro
del gótico y el padre Bellod, este servidor, con moderación
de mártir, de tanto en tanto pone su semillita pro domo:
sepa usted, favorezco el románico. Cuando los dos
bandos se avengan no habrá capilla.
Se
despidieron. Ni bien entró en la hostería, Álvarez divisó
a la alemanita al pie de la escalera. La muchacha miró
hacia arriba, corrió arriba y Álvarez quedó por un
instante inmóvil, dobló por fin hacia el comedor, embistió
con resolución al viejo Lynch.
—¿Qué le
pasa amigo? ¿En qué piensa?—preguntó el viejo.
—En
proverbios—contestó Álvarez—. Cazador sin munición...
Madame Medor
anunció:
—Voy a
presentarlo. El número trece...
—Álvarez—modestamente
agregó Álvarez.
—Mi hija
Blancheta...
La muchacha,
de pelo claro, suave y largo, de tez lechosa, de ojos
graves, casi tristes, de nariz delicadamente dibujada, era
pequeña y bonitilla..
—La señora
del once—prosiguió la patrona.
—La señora
de Bianchi Vionnet—corrigió la interesada.
—Martín,
nuestro hombre orquesta—dijo con voz firme la patrona—.
Él y su piano constituyen la totalidad de la orquesta que
anima nuestros bailes. Nunca hubo quejas, le ruego que tome
nota, por falta de animación y buena música.
—Deja a este
mozo en el tintero—observó el viejo.
Tratábase de
un joven alto, con el pelo cortado a modo de cepillo de
jabalí, con ojillos redondos, con risa permanente y cara de
expresión atribulada.
—Aquilino
Campolongo—dijo la patrona, moviendo los labios como quien
articula no un nombre, sino una mala palabra.
—Estudio
ciencias económicas—aclaró Campolongo.
En un aparte
poco menos que gritado—los viejos son invulnerables,
porque no esperan nada, y también sordos—comentó Lynch:
—Sálvese
quien pueda.
—¿Por qué?—preguntó
Álvarez.
—¿Cómo por
qué? ¿Es argentino y pregunta por qué? Si Adam Smith
viera su progenie de doctores en ciencias económicas, se
retorcería en la tumba. ¿Oímos las noticias?
El viejo puso
en funcionamiento el receptor de radio. El boletín
informativo había empezado. Nítidamente surgió una voz
que explicaba:
—. . .vastos
movimientos migratorios, comparables a las trágicas
evacuaciones de tiempos de guerra.
Como por
influjo de una asociación de ideas, ni bien fue pronunciada
la palabra guerra rompió con animación y dianas una
marcha militar. A dos manos retomó el viejo el receptor.
Afanarse era inútil. Todos los programas habían
desembocado en la misma marcha.
—Qué afición
por La avenida de las palmeras—comentó.
Reflexionó Álvarez
en voz alta:
—Culto el
viejo. Lo que es yo, no distingo una marcha de otra.
—Otra
revolución—vaticinó lúgubremente Campolongo—. Estos
militares. . .
Madame Medor
replicó en tono sarcástico:
—Mejor estaríamos
con los bolcheviques.—En un movimiento en espiral y
ascendente irguió el corpacho, dio la espalda al
mequetrefe, golpeó el piso con patadita irritada y, debajo
de las pirámides, las torres y los caireles del peinado,
orientó la cara, de suyo un poquito feroz, en dirección a
los otros pensionistas, la endulzó con una sonrisa mundana,
anunció-—Cuando gusten pueden sentarse a la mesa.
La
obedecieron. Durante la comida todos hablaron. Pasaron de la
política, que encona, a la situación del país, que
aviene.
—Aquí ¿quién
trabaja?
—Roba quien
puede.
—El ejemplo
llega de arriba: de los grandes ladrones públicos.
Aunque las
tendencias contrarias eran perceptibles, generosamente las
ahogaba cada cual, para fraternizar en un torneo de anécdotas
y hechos probatorios de nuestra bancarrota.
—No crea que
están mucho mejor en otras partes—dijo Martín.
—Sin ir más
lejos, el África negra—admitió la señora de Bianchi
Vionnet.
Suspiró Álvarez;
el diálogo lo aburría. Lo conocía de memoria, como si
fuera un libreto que él mismo hubiera escrito. Preveía
precisamente: ahora viene la pregunta retórica sobre el
valor del dinero, ahora la anécdota que ilustra el triunfo
de la codicia y lo mal que anda todo. Ahora dirán que
perdimos el coraje, "las ganas de pelear" como el
malevo del tango.
—No lo creerá—susurró
Álvarez al viejo—. Ya oí esta retahíla de punta a
punta.
El viejo empezó:
—A nuestra
edad...
—Cruz
diablo—replicó Álvarez.
—A nuestra
edad—replicó el viejo—, ¿quién no tiene un pasado
rico en conversaciones con chauffeures de taxi y
otros interlocutores ocasionales?
—Me dan
ganas de contarles lo que sentí en la playa.
—Anímese.
—Le contaba
al señor Lynch—levantando la voz, declaró Álvarez—
que esta mañana, en la playa...
Refirió que
tuvo miedo, como si presintiera un ataque o algo más
terrible. Concluyó:
—Una idea
fija que totalmente me arruinó la mañana.
—Un
ataque... ¿por la espalda?—inquirió Martín.
—¿Por qué
no?—respondió Álvarez—. O del lado del mar.
—¿Qué temía?—interrogó
Blanquita—, ¿que saliera un monstruo y lo tragara? Yo en
la playa sueño cada locura.
Intervino la
patrona
—Un
monstruo, sí pero tal vez mecánico, ¿qué opina el señor
Campolongo?
Este preguntó,
molesto:
—¿Yo? ¿Qué
tengo que ver?
—Exactamente—replicó
la patrona—. Es lo que me pregunto. ¿Qué tiene que ver
el señor Campolongo todas las tardes en la costa? O si
ustedes prefieren, ¿qué mira? o ¿quién lo mira? Cara al
mar hace gimnasia sueca. O haciéndose el sueco, hace señales.
¿A un pez espada, señor Campolongo? ¿A un submarino?
—A lo
mejor—opinó la de Bianchi Vionnet—el señor Álvarez
vio, sin saberlo, el submarino y se alarmó. Puede suceder.
—¿Por qué
no algo más raro?—a su vez preguntó Lynch—. ¿Conocen
la teoría de Dunne? Yo me paso la vida contándola. Pasado,
presente y futuro existen al mismo tiempo...
—O no lo
sigo—dijo Campolongo—o no hay relación alguna.
—Puede
haberla—afirmó Lynch—porque los tiempos ocasionalmente
empalman. Individuos extraordinarios, verdaderos videntes,
ven el pasado y el futuro. Le hago notar que si no existe el
futuro son inconcebibles las profecías. ¿Cómo ver lo que
no está?
Campolongo
interrogó:
—¿Usted
reputa profeta al señor Álvarez?
—De ningún
modo—aseveró Lynch—. Las personas más corrientes y
hasta vulgares empalman en otro tiempo, cuando se dan las
condiciones, ¿entiende o no? ¿Por qué el señor Álvarez
no tendría esta mañana una premonición del desembarco del
bucanero Dobson?
—Imposible—dictaminó
la patrona—. Dobson contaría hoy más de ciento cincuenta
años, edad a la que nadie llega.
Ignoró el
reparo Lynch y prosiguió:
—El color de
la cara del señor Álvarez, ¿no les dice que se le fue la
mano con el sol? He puesto el dedo en la llaga. Insolación,
infección, fiebre, según los entendidos, abren la puerta a
estas visiones extraordinarias.
—¿Por qué
suponer algo tan ingrato?—inquirió la señora de Bianchi
Vionnet—. ¿Por un momento siquiera, imaginan la grosería
de un bucanero de entonces?
—Un ser
tosco tiene su interés—afirmó madame Medor.
—Póngase al
día, señor Lynch—rogó Blanquita—. Yo prefiero cosas
modernas. Hoy la gente habla de platos voladores.
—En
efecto—corroboró Martín—. La juventud despierta se
agrupa en círculos para la observación de platos
voladores. Ya hay uno en Claromecó. Soy amigo del tesorero.
Henchido el
pecho, altiva la cabeza, madame Medor pronosticó:
—Si
Terranova también es amigote, poco les durará el tesoro a
los de Claromecó.
Álvarez
aquella noche durmió pesadamente, como quien está
envenenado. Al otro día, en procura de aire, abrió de par
en par la ventana. Pronto la cerró, porque en ese primer
momento, con el estómago vacío el olor de afuera se le
antojó nauseabundo. No le pareció mejor el gusto del café
con leche y hasta en la dulzura de la miel encontró un dejo
sulfuroso. Desayunó galletas viejas. Como pudo apartó a la
alemanita que insistía en hablarle. En el espejo del
corredor entrevistó su melancólica imagen de hombre
maduro, con chambergo desteñido, con pantalón de baño
y comentó airadamente: "El acabose." Cuando bajó
la escalera sintió la falta de aire, y por si acaso llevó
una mano a la baranda. Abajo estaba madame Medor.
—Va a tener
que abrir las ventanas—indicó Álvarez—. La atmósfera
aquí dentro está un poco pesada.
La señora
replicó:
—¿Ventilación?
¿Corrientes de aire? Ni loca. Además, cómo le diré
afuera usted nota la atmósfera cargada, comprometida del
fuerte olor.
—¿A
mar?—preguntó Álvarez.
La patrona se
encogió de hombros, irguió corpacho y testa, partió a sus
menesteres.
Cuando abrió
la puerta, Álvarez por poco se vuelve. Salir afuera esa mañana
era como entrar en un invernáculo: el aire libre estaba más
pesado que el de adentro; en cuanto al olor, le sugirió una
fantasía: el horizonte en círculo de carroñas
monumentales. Era un día tormentoso. Un chaparrón con
vendaval—reflexionó—, tal vez limpiara." Porque no
quería perder una mañana de playa—eran cortas y caras
estas vacaciones—encontró coraje para alejarse de la
hostería, para aventurar unos pasos en la turbiedad y el
mal olor. Al ver marchitas las flores de los canteros,
murmuró:
Perecen
las flores de todo jardín.
¿De dónde
había sacado el verso? Le pareció que estaba a punto de
recuperar recuerdos, para él exaltados y maravillosos. . .
Después de un rato de perplejidad resolvió que a la hora
del almuerzo consultara con Lynch. "El viejo leyó
mucho."
Cerca de la
costa el hedor aumentaba notablemente. Álvarez se dijo que
después de una breve fracción de tiempo uno se acostumbra
a cualquier olor y ya en el borde del acantilado se preguntó
si él aguantaría durante esa fracción. Advirtió que la
bajante de la marea había sido pronunciada y que había
descubierto un trecho de playa borrosa. En la superficie del
agua divisó grumos y espuma; luego, con sobresalto, vio que
los grumos y la espuma estaban quietos, que el mar estaba
quieto y por último reparó en la circunstancia que por su
misma extrañeza era más evidente: el ruido del mar había
cesado. Sólo graznidos de coléricas gaviotas interrumpían
el deprimido silencio. Álvarez descalzó los piecitos, como
un perro que escrupulosamente elige donde no caben
distinciones buscó un lugar para echarse y acampó en la
arena.
No se arrimó
a los acantilados, para que lo protegieran del sol, porque
un sucio manto de nubes cubría el firmamento. Cerró los
ojos. Al rato lo invadió el mismo vago recelo de la víspera.
Contrariado notó que la cargada atmósfera de la mañana
gravitaba sobre él narcóticamente. En cualquier orden
balbuceó las palabras: "Indefenso quedaré
dormido."
Estaba en el
centro de la playa, a mitad camino entre los acantilados y
el mar. Pensó: "Expuesto. Como en una bandeja. Junto a
los acantilados al menos tendría protegida la espalda. Una
idea nomás, pues bien podría el atacante surgir de pronto
en lo alto y dejarse caer. Pero no; del mar viene lo que
viene." Porque olvidó la conclusión o porque lo
dominaba el sueño, no se movió de donde estaba. Las
gaviotas—nunca hubo tantas— perdían altura, para
remontarse a último momento, con aleteos frenéticos y
graznidos furiosos. Un nuevo ruido, que silenció a las
gaviotas, evocó en la mente de Álvarez la mezcla final de
agua y aire que un sumidero traga. Vio que el mar estaba
todavía ahí y advirtió, en insólito movimiento en la
superficie, los borbotones del comienzo del hervor. Le
pareció después que la causa de toda esa agitación acuática
debía de ser un cuerpo extremadamente largo, que en
movimientos y planos desparejos emergía desde quién sabe
qué abismos. Con menos temor que interés dedujo: "Una
serpiente marina" Bajo el misterioso cuerpo pulularon
seres cuya actividad recordaba a los diligentes operarios
que entre un número y otro levantan la red y la jaula en la
pista del circo. La tendencia de tal actividad era hacia
adelante, hacia tierra; un movimiento único, de abajo
arriba, la terminó. En la quietud inmediata Álvarez vio un
arco; luego descubrió que era la boca de un largo túnel
que se hundía en la profundidad del océano; en esa boca, a
la oscuridad sucedieron colores, que se ordenaron para
componer una comitiva. El conjunto lentamente se adelantaba
hacia él, con pompa y determinación. Marchaba al frente un
sujeto corpulento, de exótico aspecto rumboso un rey en
quien la tiniebla verdosa de rostro y manos diríase
encuadrada enfáticamente por los estrepitosos colores del
atavío. Era Neptuno. Las fiestas rituales, las grandes
carreras de caballos, ahora se desataban en la playa.
Congraciadoramente, Alvarez elogió el espectáculo. El rey
respondió con tristeza
—Es el último.
Importaban las
tres palabras proferidas por Neptuno una revelación: había
llegado el fin del mundo. Cuando lo rozó un desbocado
caballo negro, gritando despertó.
Abrió los
ojos junto a una superficie oscura, reluciente como caballo
sudado, de mayor volumen, e instintivamente se apartó. La
mirada abarcó un pez. Absorto, reprimió como pudo el
miedo, el asco, y se dijo en tono de broma: "Que esto
me pase a mí, tan luego." Con estertores la monstruosa
mole moría.
Álvarez había
despertado a una pesadilla verdadera, pues desde los
acantilados hasta el mar colmaban la bahía enormes peces
enfermos o muertos. Olían a barro, también a podredumbre.
Huir cuanto antes fue su único anhelo. Se incorporó,
sinuosamente sorteó los monstruos, escaló el sendero por
donde un rato antes había bajado. En plena confusión y
temor, formuló una opinión concreta: "Más que pez
por su aspecto éste es cetáceo." Ya en lo alto, desde
una saliente, descubrió que en todas las playas—en
algunos sectores alcanzaban ahora proporciones nunca vistas,
de kilómetros tal vez, antes de llegar al mar—el tendal
de cetáceos gordos, de enormes peces, de no pocos
pececillos, infinitamente se repetía y se extendía.
Miró en rumbo
opuesto, tierra adentro. El aire estaba turbio de pájaros.
En la ofuscación de su mente los identificó por un segundo
con las gaviotas de allá abajo, ennegrecidas quién sabe cómo.
Eran cuervos, atraídos por la hecatombe de la playa.
Emprendió con
paso rápido el regreso, porque lo dominaba la incongruente
convicción de que en la hora del fin del mundo se hallaría
más protegido en la hostería que en la intemperie. Ante el
peligro quiso volver a casa, y ya se sabe que el viajero
confiere sin demora el carácter de tal a cualquier cuarto
de hotel, como en cualquier hombre ve a un padre el huérfano.
Junto al bungalow oyó una música de iglesia, que le
recordó una noche en que llegó, muchos años atrás, a un
pueblito de las sierras de Córdoba, en cuya desmoronada
capilla, nítida a la luz de la luna, cantaban la misa coros
de chicos. Tan lejano como ese recuerdo le pareció de
pronto el mismo día de ayer, en que aún ignoraba la
irrevocable inminencia del fin de todo.
De rodillas en
el comedor las mujeres le rezaban al aparato de radio, que
transmitía el Requiem de Mozart. "Lo que me
faltaba—dijo para sí, Alvarez—. Como si no tuviera
bastante miedo. Ah, no—corrigió—la que faltaba
es ésta." En efecto, Blanquita salió de la cabina del
teléfono, entró en puntas de pie en el comedor, se
arrodilló. Hilda se recogió el flequillo y con una mirada
significativa buscó los ojos de Álvarez.
Concluida la
misa, la patrona se incorporó, empezó a mandar
—Hilda, la
comida. La vida sigue, chica.
Álvarez,
comentó:
—Hum.
—El buque se
hunde, pero el capitán se mantiene en el puente—observó
el viejo Lynch.
—Si me
permite, señor Álvarez, lo pongo al tanto—propuso
Campolongo—. El gobierno se arrancó la máscara. Las
radios informan sin tapujos, aunque alternando misas y
consejos paternales, fuera de lugar.
—¿Por qué
fuera de lugar?—protestó Lynch—. No hay que perder la
compostura.
Álvarez, que
no quería contradecirlo ante Campolongo, le susurró al
viejo:
—¿Compostura?
La palabra resulta irónica, mi amigo. Sospecho que la máquina
entera se nos descompone.
—No lo
dude—respondió Lynch.
—Parece que
el mar se pudre—declaró Blanquita—. Tanta agua abombada
debe de ser de lo más malsano. No me creerán, pero a mí
el agua abombada me da no sé qué.
—Qué
porquería—exclamó la de Bianchi Vionnet.
—Es un fenómeno
generalizado—puntualizó Martín—. ¿No oyeron el
telegrama de Niza? En toda la costa de Europa...
Dolido,
Campolongo argumentó:
—Deje en paz
a Niza y a Europa. La mirada fija en el extranjero es el
drama del argentino. ¿Hasta cuándo? Si aquí tenemos de
todo, señor Martín, y bien cerca, en Necochea, en Mar del
Sur, en Miramar, en Mar del Plata, los grandes caminitos de
hormiga del éxodo han comenzado pavorosamente. . .
—Una
tragedia. ¡A mí se me rompe el corazón!—afirmó
Blanquita—. La pobre gente carga con lo que puede y
engrosa la columna que marcha sin destino. Miren, se me caen
las lágrimas.
—Vanidosa,
pero compasiva—diagnosticó fríamente el viejo.
—Con tal que
una columna sin destino no se nos meta por acá—suspiró
gesticulando la de Bianchi Vionnet.
—El sentido
general de la marcha—aseguró Martín—es para adentro.
En este punto coincide Niza con las estaciones locales.
—Dale con
Niza—rezongó Campolongo.
Martín le
previno:
—Usted
aburre una vez más y lo dejo sin fin del mundo.
—Ahí el matón
intuye una verdad, amigo Álvarez—Lynch señaló—.
Asistir al
espectáculo es un privilegio único, por lo menos para
gente como usted y yo.
Involuntariamente
contestó Álvarez
—Hum.
—Lo que pido
es quedarme donde estoy—confió la de Bianchi Vionnet—.
Me muero si nosotros también formamos nuestra comparsa de
gitanos y tomamos la calle.
—¿Para qué?—interrogó
la patrona—. El sismo te prende donde vayas.
—Habrá que
ver si no se nos vuelve irrespirable el aire de mar—opinó
el viejo.
La señora de
Bianchi Vionnet lo contradijo:
—A la larga
uno se acostumbra a cualquier cosa.
—Mientras el
mar se pudre y el agua de la tierra se ha vuelto remedio
—declaró la patrona—la clientela del Bucanero Inglés
degustará hasta último momento bebidas de calidad y
refrescos finos. De regreso a casita no dejen de contarlo a
sus amistades: no pido propaganda mejor.
Apuntalado por
fenómenos cósmicos, el tema del fin del mundo duró todo
el almuerzo, pero a la altura del café había perdido
actualidad. Madre e hija se toparon en una disputa acre.
Analizó Blanquita:
—No te
resignas a mi dicha, a mi belleza, a mi juventud.
Madame Medor
replicó: —En verdad, eres joven, mi Blancheta, y te queda
una larga vida por delante.—Resoplando agregó:—Mientras
yo bufe, no te la arruinará el matasiete.
—Miren—pidió
Lynch.
La luz de
afuera variaba espectacularmente, como si estallaran en no
interrumpida sucesión auroras anacrónicas. Mientras los
demás miraban por la ventana Martín salió del comedor en
puntas de pie, y se encerró en la cabina del teléfono. Con
una mano de dedos cortos, Hilda recogió el flequillo y de
nuevo buscó los ojos de Álvarez; instantes después ella
también salió del comedor.
—Esto se veía
venir—aseguró madame Medor—. La locura del
dinero llegó al colmo. La dueña de La Legua vendió los
pinos, le prometo que centenarios, de la calle de entrada.
¡Y qué me cuentan de la política! ¿Saben quién tiene
una vara alta en la casa de gobierno? El loco del pueblo,
Palacin, mejor conocido por el Gran Palacin, que hasta ayer
pedía limosna en un caballo francamente impresentable.
—Aduce
causas morales. Aquí nadie toma en serio el fin del mundo
—lamentó Álvarez.
—Nadie cree
en el fin del mundo—confirmó el viejo; tras una pausa
preguntó—: ¿En qué piensa?
—En
nada—contestó Álvarez.
Mintió;
pensaba: "Con gente, quiero estar solo; solo, quiero
estar con gente." Volvió a mentir, dijo:
—Vuelvo en
seguida.
Salió del
comedor y, ni bien llegó al vestíbulo de entrada, no supo
qué hacer. Cuando vio a Hilda se decidió resueltamente por
la fuga. La muchacha alcanzó la manija de la puerta antes
que él.
—¿Qué
pasa?—preguntó Alvarez.
—Escuché la
conversación entre Martín y Terranova. Si usted levanta el
tubo en el escritorio, oye todo. Esta noche, a las doce, en
la fiesta de cumpleaños, madame Medor regala el
anillo a Blanquita. Al rato, Blanquita escapa de la fiesta y
baja a la playa de los acantilados, donde la espera el
Terranova. Ella está lo más creída que se va a fugar con
su gran amor, pero los matones tienen otro plan: de un tirón
le arrancan la esmeralda, le ponen un puntapié, no le digo
dónde dijeron, y enderezan para el Gran Buenos Aires, como
dos potentados. ¡Pobre Blanquita!
—No he visto
chica más vanidosa.
—Es buena.
¿Usted sabe la desilusión que se va a llevar?
—Usted no
tiene un pelo de sonsa, pero ¿qué importa una desilusión
ahora? Ya nada importa nada. ¿Cuándo les entrará en la
cabeza—preguntó, mientras con el revés de la mano tocaba
repetidamente la frente de Hilda—que ha llegado el fin del
mundo?
—Si nada
importa...—protestó interrogativamente la chica.
Álvarez dijo:
—Tan de
cerca la veo turbia.
Riendo
nerviosamente la esquivó; aprovechó la circunstancia de
que la mano de la muchacha había soltado el pomo de la
puerta, para empuñarlo, abrir y saltar afuera. Mientras comía
pensó: "Por suerte no me faltó coraje." Con
rapidez admirable se encontró a veinte o treinta metros de
la casa, en plena intemperie. Ahí lo sosegó otro miedo.
"Esto es horrible—dijo—. Qué colores. Todo se ha
puesto violeta Y un olor verdaderamente infecto. No sé por
qué huyo de Hilda. Para un viejo como yo... ¿Estaré
loco?"
En ese momento
entrevió una sombra que se movía entre los árboles. Era
el cura, escopeta al hombro, con el perro Tom.
—Padre—balbuceó
Álvarez, un poco ahogado por el olor y la sorpresa—. ¿Usted,
en un día como hoy, va de caza?
—¿Por qué
no?—preguntó el padre Bellod.
—Lo
imaginaba atareado en la extremaunción para medio mundo.
—Todavía no
llegó el trance. Cuando llegue, habrá que darla al mundo
entero. Para ello un solo cura queda corto. Entonces yo
predico que cada cual siga la vida de todos los días. La
actividad del hombre (¡en estos momentos no le digo nada!)
tiene su lado de plegaria, porque es una prueba de fe en el
Creador.
—Predica con
el ejemplo y sale de caza.
—No seas
pedante, hijo. Siempre el hombre, en plena inocencia, ha
matado criaturas.
—¿Es
pedantería la compasión?
—No; lo malo
es que yo cavé mi propia tumba. Cuando dije: "Hay que
seguir como si nada", olvidé que había citado al
Comité pro Obras de la Capilla. No está bien que hoy yo me
escapé, pero, hijo mío, no tengo salud ni resignación
cristiana para entregar mi última tarde a esas fieras. Yo
me voy al campo, con mi perro Tom, que ha perdido el
habla con el susto. No se dirá que lo desamparo.
—¿Y usted
cree, padre, que realmente habrá llegado el fin del mundo?
—Es una cosa
en la que nadie íntimamente cree; pero tal vez importen
menos nuestras creencias que el mar podrido y el agua dulce
con olor a azufre.
—¿Olor a
Lucifer?
—Hablando en
serio, pienso que ustedes están mejor que yo, en materia de
líquido, porque la madama se ufana de buena bodega, y mis
reservas, todas de Lacrima Christi, no irán más allá de
tres o cuatro días.
—Las
nuestras, cuatro o cinco, seguramente. ¿Eso qué importa,
padre?
—La vida del
hombre siempre se contó por días.
—No por tan
pocos. Ahora uno más quizá nos exponga a asaltos de los
que no se resignan a morir. A lo mejor tienen razón. A lo
mejor no es el fin del mundo...
—Para cada
cual la muerte siempre fue el fin del mundo. Esta vez la
hora de preparar el alma llegó para todos. Cuando una
repartición tan acreditada como el Observatorio de La Plata
lanza la bomba de ese boletín, deja poco lugar a dudas. ¿Lo
oyeron ustedes en la radio?
—Me
entristece que dentro de pocos días no haya Observatorio,
ni La Plata, ni reparticiones públicas.
—Te ríes
porque eres valiente. El alma ha de sobrevivir y llegará
entonces la hora de echar mano a todo nuestro coraje.
—Hago bromas
para distraerme, porque soy cobarde. ¿Le cuento algo que es
verdad, que no tiene importancia y que me parece bastante
raro? Lo que está pasando en el mundo, continuamente me
trae a la memoria versitos olvidados, tan olvidados que si
yo fuera capaz de versificar los creería de mi cosecha. Por
ejemplo, ahora mismo oigo en la cabeza un sonsonete y estoy
diciendo:
Amigos, ya
veo acercarse la fin.
—Admirable,
admirable. Pronóstico que ha de llegar el día en que
aquilatarán tus quilates de vate.
—¿Y usted
cree que yo digo la fin?
—Una
licencia.
—En todo
caso, no quiero que me agarre el fin o la fin, sin haberle
preguntado al viejo de quién son estos versos. Pero tengo
tan mala memoria. . .
—Y yo me
pregunto si Tom y yo cobraremos hoy una sola pieza.
¿Como siempre volarán las perdices?
—A lo mejor
se animan, si los ven a ustedes dos. Aunque con esta luz,
francamente. . .
Caminaron
juntos un breve tramo y se despidieron. Álvarez volvió sus
pasos en dirección de la hostería, pues, aunque la tuviera
a la vista, temía extraviarla: los cambios de tonalidad en
la luz y la penumbra de aquel atardecer transfiguraban los
lugares. De pronto resonó cerca un relincho. Alarmado, Álvarez
divisó el caballo—testa y orejas levantadas, ojos
ariscos, belfo resoplante y abierto—que se aproximaba
nerviosamente. Recordó: "De los perros no hay que
huir", y se amonestó: "Hombre de ciudad, ¿quién
te manda salir al campo?" Ahora el caballo lo había
alcanzado, caminaba a su lado, como si la compañía lo
confortara. La caminata duró lo suficientemente para que Álvarez
también se tranquilizara y aun para que se apiadara de su
compañero, que se quedaría afuera.
Antes de
llegar a la hostería, oyó la Marcha de los santos. Estaba
la gente en el comedor. Por la ventana vio a Hilda, sobre la
mesa, descalza, plumero en mano, atareada en quitar el polvo
a las guirnaldas. "Es una chiquilina—se dijo—. No
puede ser", para prestamente agregar: "Y yo, lo
primero que veo, la chica." Martín tocaba el piano,
Lynch y la señora de Bianchi Vionnet, sentados como
espectadores, conversaban; Blanquita distribuía por la mesa
platos, servilletas panes, y madame Medor el torreón
del peinado sublime, el dedo con esmeralda activo y
relumbrante, daba órdenes. Aliviado de librarse del
caballo, entró en la casa; con sigilo subió la crujiente
escalera y se metió en su cuarto. Ni bien cerró la
puerta—puso llave, sin saber por qué—se enfrentó con
la situación. "Debe uno estar solo en su cuarto, para
entender las cosas", reflexionó, mientras un frío le
bajaba por la espalda. El pensamiento rápidamente degeneró
en imágenes más o menos fortuitas: una esquina de la
infancia, con el cupuloso colegio como postre gris o como
proa cuyo mascarón innegable era don Benjamin Zorrilla, en
busto diminuto; o la gallina de hierro que por monedas ponía
huevos confitados en el Pabellón de los Lagos. Para
recordarlas ¿no quedará nadie? En ese momento la realidad
de la historia se parecía a los sueños de un moribundo, y
si le dolía que cesaran con él recuerdos de sus padres, de
su casa y quizá totalmente la cara de alguna muchacha
(Ercilia Villoldo), la idea de que desaparecieran auténticos
bienes de la herencia universal—como la muerte en alta mar
de Mariano Moreno o como las promesas del Preámbulo de la
Constitución para nosotros, para nuestra posteridad y
para todos los hombres del mundo—le resultaba
intolerablemente patética. Se echó en la cama, trató de
dormir, aunque dormir, desde luego, no era posible. Mientras
pensaba esto soñaba con el olor a alucemas de un gran
armario oscuro con lunas de espejo. Ese perfume
persuasivamente evocador de la cercanía de su madre, le
comunicó una seguridad tan completa que se preguntó si no
soñaba y, angustiado, despertó. Asimismo tuvo parte en
despertarlo una suerte de clamor que atribuyó en el primer
momento a algún perro que arañaba una puerta y ululaba
lejos en la noche. De repente comprendió que arañazos y
ululatos ocurrían en su propia puerta y que parecían
lejanos de puro suaves. ¡Hilda temía a la patrona! La
chica suplicaba que le abrieran, lloraba y reía
sofocadamente, tuteaba, mimaba de palabra, prometía
caricias, prorrumpía en besos.
Providencialmente
resonó la voz de madame Medor:
—¡Hilda ¡Pronto!
¡Pícara
Corrió abajo
la chica. Álvarez, naturalmente compasivo, acotó: "Un
pobre animalito ahuyentado. Si lo dejan, terco, eso sí."
Consideró también que a él le convenía salir cuanto
antes del cuarto, no fueran de nuevo a ponerle sitio. Saltó
de la cama recordó la comida para Blanquita, se felicitó
por no perder la cabeza, echó mano a la muda nueva, en voz
baja repitió la palabra coraje, con temor entreabrió la
puerta, precavidamente se asomó, a pasos de tres escalones
bajó la escalera (que por poco se derrumba) y ni bien entró
en el comedor desembocó en Hilda. Mirándolo de frente, con
ojos que habían llorado la chica dijo:
—Tiene un
corazón de piedra. ¿Por qué no quiere que le hablen de
Blanquita?
—Oh las
mujeres—murmuró, para agregar algún lugar común sobre
la imposibilidad de entenderlas.
¿De veras
Hilda había acudido a su cuarto para interceder por la hija
de la patrona? Otro móvil le atribuyó él, tal vez por
influjo de sus propios deseos, pero ahora todo aquello era
un recuerdo, ¿cómo cotejarlo con las afirmaciones de la
muchacha? No estaba seguro de nada, salvo de que Blanquita
por tonta y vanidosa no merecía ningún sacrificio. ¿Qué
le importaba una desilusión para Blanquita, si en un rato
el mundo acabaría con ellos adentro? Todavía si fuera
Hilda la amenazada.. . Pensó: "Para mantener una
conducta, para cometer delitos o siquiera para caer en
tentaciones, hay que contar con un mínimo de futuro; el
universo lo niega, pero esta gente no lo descarta"
En confirmación
de tales reflexiones habló la patrona:
—A usted
quiero consultarlo—anunció, con el dedito de la esmeralda
en alto y una voz cuando se le escapaba, hombruna—. ¿Qué
opina de los planes de ahorró? Aquí tengo el prospecto de
una sociedad (¡piratas financieros, no lo dudo!) para las
ampliaciones que sueño, el establecimiento termal...
—Yo, en su
lugar, me emborracharía—contestó Álvarez.
—¿Me cree
tonta? ¿Qué estoy haciendo?—hipó la señora y tras un
mohín encantador le dio la espalda.
—Medio
alegrones en verdad estamos todos—le explicó la de
Bianchi Vionnet—. Pero usted ¿por qué no me quiere? No
sea pesado, soy una buena chica y echarse enemigos a la
larga embroma.
—La
humanidad es incorregible—Álvarez dijo al viejo.
—Incorregible—concedió
éste—pero voy a pedirle un favor. ¿Usted oyó hablar de
la velocidad de la luz? Yo descubrí lo que todo el mundo
sospechaba: que la luz no tiene velocidad. Al diablo con la
relatividad, al diablo con Einstein.
—Buen tema
para distraernos de las catástrofes—convino Álvarez.
Casi enojado
el viejo replicó:
—¿Qué me
importan las distracciones? Por favor, grábeselo en esa
mente: la luz no tiene velocidad. Al diablo con Einstein. Si
muero en el fin del mundo, dígales: Lynch descubrió que la
luz no tiene velocidad.
—Tú también—murmuró
Álvarez.
—No le
escucho—articuló finamente Campolongo.
—No le
oigo—corrigió Álvarez y para sí añadió—: Lo que es
yo no transijo. Al fin y al cabo siempre supe que moriría
solo.
Cuando trajo
la fuente de la carbonada, Hilda le susurró al oído:
—Mire la
Blanquita confiada. Tenga compasión.
Alvarez
preguntó:
—¿Qué
puedo hacer?—Agregó irritadamente:—Yo no transijo.
Se explicó a
sí mismo que no debía preocuparse por la suerte de
Blanquita porque a la vista del fin del mundo la suerte para
todos era pareja y lo que entretanto pudiera ocurrir,
retrospectivamente perdería significación. "La
preocupación—concluyó—no prueba que compadezco a la
chica sino que tengo una mente obsesiva: defecto que debo
corregir."
Apuntalada por
la mano derecha en un respaldo de silla y por la izquierda
en un hombro de Lynch, se incorporó la patrona; luego empuñó
concienzudamente una copa, que levantó en alto, y brindó:
—Por mi hija
Blancheta.
Entre aplausos
corrió la hija al abrazo de la madre.
—¡Por
muchos años!—gritó, ya frenético, Lynch.
—Martín, música—madame
Medor ordenó con dignidad irrefutable.
Por respuesta
la señora obtuvo el primer instante de completo silencio.
Todos se volvieron al taburete del piano. Martín no lo
ocupaba. ¡Sin que lo advirtieran el músico había
desaparecido! Significativamente Hilda buscó la mirada de
Álvarez.
Campolongo,
atento y ágil, puso en funcionamiento el aparato de radio,
que atronó con los acordes más fúnebres de la séptima
sinfonía de Beethoven. Manteniendo una soberbia rayana en
testas coronadas madame Medor llevó de su dedo a uno
de Blanquita el anillo de la esmeralda.
Campolongo
observó:
—De vez en
cuando riñen, pero mire cómo se quieren, ¡es humano!
—Grotesco.
Pura gente loca—protestó Álvarez
—No sé.
Pobre chica. Me da lástima—reconoció la de Bianchi
Vionnet.
—¡Por
favor!—argumentó él.
—Yo estoy
conmovida.
—Como en el
cine. Mientras despreciamos la película, lloramos. Yo no
transijo.
—¿Qué
tiene que ver el cine? Madre e hija: nada más natural.
—Fíjese—dijo
Álvarez en un arranque de orgullo—. Seguramente soy el más
cobarde, y ahora descubro que soy el único que tiene valor
para mirar las cosas de frente. ¿Usted cree que estoy con
ganas de aflojar? De ningún modo. Yo sigo así hasta el fin
¿Qué le parece?
—Que no ha
crecido, que es un chico. Nada más deprimente que un hombre
alardeando coraje.
Álvarez la
miró con detención, tomando tiempo para entender.
—Ah ¿usted
es partidaria de la compasión? Una mujer que conocí, una
muchacha joven, me pedía siempre que fuera compasivo.
Con instintiva
brusquedad replicó la de Bianchi Vionnet:
—Esa niña
era una hipócrita. Yo no creo en el sacrificio por el prójimo.
Álvarez
respondió suavemente:
—Alguna vez
hay que pensar por sí mismo. Yo creo en la compasión. La
virtud humana por excelencia.
—¡Malo!—la
de Bianchi Vionnet gimió mimosamente—: ¿Por qué te
gusta tanto esa niña?
Álvarez no oyó
la pregunta, porque seguía con los ojos a Blanquita a través
del comedor, del vestíbulo, hasta el cuarto de toilette.
Se excusó:
—Ya vuelvo.
Se levantó,
se dirigió al cuarto de toilette, entreabrió la
puerta, vio a la chica, peine en mano, ensimismada en el
espejo. Sacó la llave, que estaba en la cerradura, del lado
de adentro, y casi inaudiblemente murmuró:
—Aunque
patalee, con Beethoven no la oyen.
Con suavidad
cerró la puerta, echó llave. Al volverse encontró a
Hilda.
—Si lo ve al
cura—dijo Álvarez, arrimándose a la puerta que daba
afuera—le dice que los versos no eran míos. Que hice
memoria Que son de un tocayo.
—¿Adónde
va?—preguntó la chica, alarmada
Alvarez empuñó
el picaporte y contestó:
—A la playa.
A decirles a los rufianes que avisé a la policía y que se
larguen de San Jorge.
—Lo van a
matar.
—¿Nunca
entenderás, Hilda? Nada importa nada.
Álvarez
entreabrió la puerta y la chica repitió una pregunta que
en otra ocasión había formulado:
—¿Si nada
importa...?
—Yo
tampoco—respondió Álvarez.
Hilda tendió
ansiosamente la mano, pero a él un paso afuera le bastó
para ocultarse en esa noche horrible. Otros pasos dio, se
creyó perdido, hasta que divisó a lo lejos una luz en vaivén.
Orientado, se encaminó hacia allá.
(De
"Historias desaforadas" . 1986)
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