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Cuentos con zorrosCon el Piche La conversación entre un Zorro y un Piche, versaba sobre la fuerza y la valentía de distintos personajes conocidos o mentados de la región, con los que cada uno había tenido en algún momento, algo que ver. En estos casos, tanto el hecho en sí, como los ejemplos puestos por cada uno de los narradores, son exagerados al extremo. Ninguno de los dos desmiente al otro para tener oportunidad de fantasear libremente. -Vea amigo, no basta tener fuerza, sino que hay que saber usada y de eso puedo dar fe. ¡No hay nadie que me doblegue! Comenzó diciendo el Piche. -Le creo amigo, confirmó el Zorro, en eso somos parejos. ¡A mí tampoco! Nadie es capaz de doblegarme. Para que usted tenga una idea, le cuento que una vez paré al viento. -¡Cómo no le vaya creer, si yo una vez atajé un remolino y lo dejé aplastado con una piedra! ¿Ve aquella piedra grande? Bueno, ahí está. ¡No se le ocurra levantarla! Mintió el Piche sin pestañar. -¡No creo que haya alguien más fuerte que yo, ni siquiera usted, amigo Piche! Dijo en tono desafiante el Zorro. -¡Usted no se puede comparar conmigo! ¡He dado muchas muestras de lo que soy y de lo que puedo hacer! Dijo el Piche, con aire de superioridad. -¡Se ve que no me conoce bien! Arguyó el Zorro. -Me gustaría competir con usted, para demostrarle lo que soy capaz de hacer. -Si es un desafío, me gusta, le doy a elegir la prueba de fuerza que usted quiera. Repuso en tono desafiante el Piche. -¡Enlazar un guanaco y voltearlo! Manifestó entusiasmado el Zorro.-¿Qué le parece amigo Piche? Salvo que usted no se anime... Apuró el Zorro con tono burlón. -¡ Lo que usted quiera, para mí será un juego de niños! Acotó el Piche. -¡Prepare su lazo y salgamos enseguida! Invitó el Zorro. Cada cual con su lazo en la mano, caminaron hasta una meseta cercana, donde había tropillas de guanacos pastando, vigilados por el Relincha. Se quedaron esperando tras un parapeto de rocas volcánicas, aguardando el momento en que la tropilla pasara por allí. A la puesta del sol, los guanacos, uno tras otra, se encaminaron a los dormidera s, pasando precisamente frente al parapeto donde aguardaban los apostadores. El Zorro revoleó el lazo y lanzó la armada con precisión sobre la cabeza del guanaco macho, que, cuando se sintió apresado, emprendió veloz carrera cuesta abajo. El Zorro le dio lazo y se afirmó para darle el tirón, pero no pudo contener la fuerza del animal, que lo llevó a la rastra azotándolo contra las matas de calafate y las piedras esparcidas por el faldeo. Por su parte, el Piche enlazó un chulengo chico y de inmediato penetró en la cueva, abriendo las estrías de su caparazón, con lo que pudo contener el cimbrón y el tironeo del chulenguito, hasta que este se cansó, entonces montó sobre su lomo y fue en busca de su amigo el Zorro, al que encontró casi muerto, acurrucado junto a una mata negra. -¿Qué le ocurrió amigo? Preguntó socarrón el Piche. -Ya lo tenía dominado, amigo Piche, ¡Pero se me cortó el lazo! Balbuceó el dolorido Zorro. Mario Echeverría Baleta
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