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KALKEN
Leyenda de la boleadora azul
Durante la marcha desde Kárken Aike hacia el sur después de trasponer un
arroyo nacido en un manantial, los Chonkes caminaron sobre una pequeña planicie
de rocas volcánicas, donde avistaron una cuadrilla de guanacos que trataban de
encontrar algunas hebras de pasto entre el escorial que cubría el suelo. De
inmediato se reunieron en silencio para no ahuyentarlos y tras unas breves señas
ya conocidas y repetidas en iguales ocasiones desde épocas inmemoriales,
avanzaron sigilosamente en dos hileras, abriéndose en cuña. Están formando el «aorke»,
el que luego de completarse, se comienza a cerrar mientras se van acercando a
los animales y cuando éstos tratan de salir del cerco humano, los boleadores que
habían quedado ocultos, sorprenden a los guanacos con certeros tiros de
boleadoras al cogote. Los ayudantes se aprestan a cuerearlos y descuartizarlos
repartiendo la carne de acuerdo a una costumbre establecida, en la que cada uno
recibe lo que le corresponde, las partes más apetitosas son siempre para los
niños y las mujeres.
Al sacar el cuero, también sacan prolijamente los tendones del lomo del
animal, los que una vez secos les serán de suma utilidad para coser las capas,
los cueros del toldo o bien para atar o hacer pequeños botones y sortijas de
ajuste en los correajes. En fin, es el hilo patagónico, fuerte y durable.
Esa tarde acamparon en el aike Yaten Pol (Piedra Negra). Mientras las mujeres
armaban los toldos, los hombres estaqueaban los cueros de la jornada, utilizando
cuarenta y dos estaquitas para que queden bien estirados, garantizando una larga
duración.
Algunas madres dieron a sus hijos la orden de: «Tálenke keoto kake» (Chicos,
traigan leña), con lo que éstos salieron a los alrededores, juntando algunas
brazadas de moye y calafate seco, formando un montón al lado de los toldos,
levantados con la entrada hacia el N. E., para evitar el viento pampero y
aprovechar al máximo la tibieza del sol. Durante el viaje, habían transportado
las brasas encendidas dentro de una olla de barro, tapada con un trozo de cuero
ceñido con un tiento al borde superior. La olla Chonke tiene un agujero pequeño
cerca de la boca para que «respire», según me lo explicara hace tiempo el
anciano Marguazo.
Cuando las brasas consumen el aire, por diferencia de presión, expele el humo
y absorbe oxígeno, dando la apariencia de fumar.
Con los toldos armados y el fuego encendido, calentando las piedras para asar
la carne oreada, culmina una jornada en la vida de estos nómades patagónicos.
Alrededor del fuego se comentan las vicisitudes del día, especialmente lo
referente al «aorke» que les permitió cazar esas presas, alimento para unos días
y abrigo para mucho tiempo. Las mujeres armarían sus telares y trabajarían los
cueros para hacer capas y si en la zona hubiesen tobáceas de colores seguramente
juntarían para preparar las pinturas que luego utilizarían para decorar los «kai
ajnun» (quillangos pintados) y los interiores de los toldos, también para dejar
sus mensajes en las rocas o para pintarse la cara o el cuerpo según fuese
necesario.
Después de la guanaqueada, los hombres y los muchachos, recorrieron el
«corral», en busca de las bolas arrojadas. Los «shome» (dos bolas) y los
«kálken» (una bola) Esta última es conocida en la actualidad con el nombre de
«bola pampa» o «bola perdida», que es, en realidad, la más antigua expresión de
arma arrojadiza para golpear. Para recuperada se le atan algunas plumas
vistosas.
-De las tres que tiré, hallé una solamente. Comentó Caile.
-Yo perdí un «shome», acotó Yalo, pero lo halló Otilnau. Tengo que hacerle un
regalo en recompensa. Cuando agarre un «chaki», con el cuero del cogote, le vaya
hacer un lazo.
Durante largo rato comentaron la jornada recordando la cacería, incluso
algunas cosas jocosas como la caída sin consecuencia o un bolazo errado.
-Perdí mi «kálken», dijo Gumelto, pero en cambio hallé otro muy lindo y no es
de ningún conocido, tampoco tiene marca (Todas las prendas Chonkes, tienen la
marca del dueño)
-Estaba asomado apenas de la tierra. Es un «kálken kaltenk» (bola azul).
Estas palabras despertaron la curiosidad del grupo que se arremolinó para mirado
y elogiado, algunos demostrando un dejo envidia, pero guardaron silencio.
El «kálken kaltenk» que halló Gumelto era de color azul marino brillante y
llamativo; realmente una pieza desconocida para ellos. No se parecía a ninguna
de las piedras usuales.
-Mañana vamos a recorrer el «corral». Es posible que encontremos algunos más.
¿Quién viene conmigo? Propuso Olje.
-¡Yo... yo...! Se sumaban las voces, pero al día siguiente hubo duelo en el
aike. Había muerto inexplicablemente la hijita más pequeña de Gumelto y todos se
unieron en la tragedia. La llevaron envuelta en un cuero de avestruz al filo de
una loma donde la sepultaron, cubriéndola de piedras, como es costumbre
ancestral.
Tras los primeros días de congoja, la vida continuó desarrollándose
normalmente. Cuando la carne se agotó, el cacique ordenó salir a hacer un «aorke»
para cazar. Los ojeadores ubicaron un guanaco macho sobre un cerrito, de manera
que la tropilla estaría cerca. Vieron también rastros de avestruces y de pumas.
Cuando cerraron el corral, los boleadores iniciaron su tarea y rodaron por
tierra dos guanacos, además de un hombre con la cabeza partida de un bolazo. Se
había cortado el tiento del kálken kaltenk de Gumelto. La bola estaba allí, al
lado del hombre muerto.
A pocos días de este acontecimiento tétrico, decidieron cambiar de paradero y
se instalaron al pie de una barranca, frente a un hermoso valle. Esa noche, un
breve temblor de tierra, produjo el desprendimiento de algunos trozos de roca de
la barranca y una de ella aplastó parte del toldo de Gumelto, pereciendo tres
personas de su familia, lo que motivó un inmediato cambio de paradero.
Antes de abandonar el lugar, pintaron todos sus manos en las rocas, frente a
los huecos y cavidades con el propósito de no permitir a los malos espíritus,
salir de allí.
Durante el trayecto, se encontraron con otro grupo, compartiendo la comida y
las noticias. Al narrar Gumelto sus desgracias y también el hallazgo de la bola
azul, el anciano Kalacha sentenció: ¡Quién halle un kálken kaltenk, halla su
desgracia y la de su familia o su grupo!.
Para quitarse el mal, es necesario que quien la posea, la lleve una noche sin
luna, lo más lejos posible y la entierre muy hondo, para que nadie la encuentre.
El kálken káltenk tiene la facultad de aparecer en distintos sitios a una
misma persona, si ésta no lo levanta la primera vez. Para evitar su persecución,
bastará con hacer de inmediato un pozo donde se lo halle y enterrarlo,
pisoteando bien la tierra, si es posible cubrirlo de piedras pesadas para que no
salga.
Gumelto salió esa misma noche llevando la bola azul y al regresar a la mañana
siguiente, anunció que jamás diría donde la enterró. Luego, sentado en el suelo,
comenzó a golpear una piedra granítica, para hacerse un kálken.
Mario Echeverría Baleta
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