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Cuentos con zorros Visita al cielo Para la persona aventurera, toda aventura es poca. En cada una de ellas se propone que: «esta será la última», sin embargo, en cuanto concluye una, siente la imperiosa necesidad de meterse en otro lío. Jamás escarmienta. En realidad, el mundo crece y evoluciona, gracias a los aventureros. El Zorro, es el nato aventurero, el curioso, el del ingenio y la picardía. Hastiado de sus aventuras en la tierra, cierto día se dijo: -Si Elal se fue al cielo y regresó, ¿por qué no puedo ir yo? Y sin mayores averiguaciones, lo convenció al Cisne para que lo lleve, a cambio de promesas que nunca cumpliría, por supuesto. Se sabe que el embustero, siempre encuentra quien le crea! El viaje fue al primer cielo, al país de las estrellas, donde viven eternamente los paisanos que se mueren y que no se alimentan como los terrestres, sino que subsisten de humo y de vapor, por lo que, lógicamente, no defecan. Para nutrirse de humo y de vapor, los habitantes del primer cielo, se han hecho coser el ano. El Zorro, acostumbrado a comer normalmente, así lo hizo el primer día. Esto fue comentado por la gente del lugar, que de inmediato le dijeron: -Para permanecer en este lugar, debes adaptarte a nuestro sistema. Tienes que coserte y vivirás eternamente de humo y de vapor. -¡Es tan lindo comer! Manifestó el Zorro. -Nosotros no tenemos ni memoria de lo que es la comida! Aseguró un hombre. -¡Coman como yo! Insistió el Zorro. ¡Verán que cambio tan grande! -No podemos, Hace mucho que estamos cosidos. Dijo otro hombre. -Prueben, ábranse la costura y ya verán! ¡No saben lo que se pierden! Comentó el Zorro en tono convincente.
Poco después, viendo que allí no había comida, solo humo y vapor, y sin poder bajar, decidió hacerse la operación y vivir eternamente en ese lugar, que por otra parte, le resultaba agradable y cómodo. Sin embargo, el espíritu aventurero del Zorro, no podía aplacarse. Se aburría y añoraba sus correrías en la tierra. El esperaba que llegara el Cisne que lo había traído pero eso no ocurría y mientras caminaba absorto en sus pensamientos por un pastizal, pensó que si hacía un largo lazo trenzando pastos, se podría descolgar, hasta alcanzar la tierra. Durante largo tiempo estuvo trenzando Junquillos, hasta que lo creyó suficiente, entonces ató una punta a una pequeña estrella y comenzó a descender. Faltando un poco para llegar, se le terminó la cuerda, pero se arriesgó dejándose caer. Fue tan grande el golpe que estuvo mucho tiempo sin sentido, tanto que cuando despertó, le había crecido en la cabeza, una mata negra y ya estaba cubierta de flores blancas. Mario Echeverría Baleta
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