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12 - Keengenkon

12- KEENGENKON (CREACIÓN DE LA LUNA)

Acababa de ponerse el sol mostrando un horizonte quebrado de montañas sobre el color imponente del cielo patagónico, siempre renovado. Por el lado opuesto del firmamento brilló con más esplendor la luna llena, remarcando los contornos del paisaje.

Un momento antes había regresado Algó, Batason y Teshka. Las tres mujeres habían ido a buscar barro (arcilla) a una laguna pequeña de aguas estancadas, por no tener salida, sobre un terreno de greda amarilla donde nada crecía, ni pastos, ni matas. Era la parte más baja de un guadal, cortado bruscamente por una loma cuya ladera caía a pique en la margen norte. Esta posición geográfica dejaba sin sol al lugar durante casi todo el año, motivo por el que lo habían elegido para extraer barro que usarían para hacer las clásicas ollas de usos múltiples.

La metodología es sencilla. Se amasa el barro hasta lograr la puesta a punto de plasticidad. Después se hacen barras, rotando la masa entre las manos para ir formando las paredes circulares de la futura vasija, la que es alisada cuidadosamente. Una vez terminada, se le efectúan uno o dos agujeros cerca de la boca y, en algunos casos, les hacían una serie de dibujos incisos.

Las niñas se interesaron en aprender este oficio y le pidieron a las mujeres mayores que les enseñen. Se estaba asegurando la continuidad del arte ancestral.

El acostumbrado grupo de niños estaba dentro del toldo de la abuela, ayudándole a sobar unos cueros para hacer un kai. Keóken, Losha y Átele habían salido un momento y regresaron anunciando la presencia de la luna llena, a lo que los varones, movidos por curiosidad, se asomaron a contemplarla, saludándola cada uno con el ademán de llevarse la mano a la cabeza.

-          ¿Cómo nació la Luna, abuela Tama?-, preguntó Tako, a lo que se sumaron los demás:

-          ¡Cuéntanos abuela!

La anciana, ubicándose en su milenario asiento, esperó brevemente el silencio y la atención de los pequeños para comenzar la acostumbrada narración:

-          Kooch ya había creado el Sol para que existiera el día iluminando todo, pero cuando éste se ocultaba tras el horizonte, Tons, la oscuridad, daba rienda suelta a sus hijos que eran los malos espíritus.

-          ¿Qué andaban haciendo?-, se interesó Güenta.

-          Maldades, sólo maldades-, informó la abuela.

-          Nadie los podía ver, porque eran espíritus y los espíritus son pensamientos que tienen poder en la oscuridad-, trató de explicar la abuela Tama.

Los niños se miraron consternados.

-          Aprovechando la oscuridad- continuó Tama-, también los gigantes Hol-Gok, asomados por los ojos de las maderas viejas, por los huecos de las rocas y desde la profundidad de las cavernas, acechaban a los paisanos para prodigarles sus males, enfermedades y desgracias.

-          ¿A los gigantes se los podía ver, verdad abuela?-, dijo Ótilkel.

-          A ellos se los podía ver de día, pero no de noche, por la oscuridad profunda que reinaba, en la que solamente ellos podían ver-, dijo la anciana.

-          Como las lechuzas-, aseveró Pol.

-          Para evitar los problemas ocasionados por la intensa oscuridad, Kooch creó la Luna llamándola Keengenkon, de manera que los gigantes y los malos espíritus pusieran fin a sus maldades, ya que ésta alumbraría de noche, como hoy…pero lo que al principio funcionó bien y pareció una solución definitiva duró poco.

-          ¿Por qué duró poco, abuela?-, preguntó Átele.

-          Al principio la luna salía en cuanto se ocultaba el sol y se iba al aclarar, hasta que las nubes, que vagaban por el cielo fueron presurosas a contarle al sol la buena nueva y tanto le hablaron de la pálida dama nocturna que decidió conocerla y una mañana asomó en el horizonte antes de lo acostumbrado; por su parte, Keengenkon no pudo resistir el atractivo del rubio madrugador y lo acompañó a través del cielo, hasta perderse en el horizonte quebrado de los Andes. A partir de entonces, cambió el ritmo de la luna, quedando desde ese momento como hasta hoy.

-          ¿Andan los malos espíritus en las noches cerradas?-, preguntó la pequeña Átele.

-          Sí, andan, por eso no hay que salir en las noches sin luna- recomendó la anciana narradora-,  pero hoy pueden salir a jugar.

-          ¡Mas itáinko koone Tama!-, se despidieron los niños.

-          ¡Mas itáinko tálenke!-, saludó la abuela.

Prólogo | Introducción | 1- Creación del Mundo | 2 - Creación del Sol | 3 - Creación de la Isla | 4 - Los Gigantes | 5 - La Reunión de la Laguna | 6 - Olje (Zorrino) | 7 - Kius (chorlo) | 8 - Kápenke | 9 - Kiken (Chingolito) | 10- Teuepen (Pecho colorado) | 11- Oóiu (Avestruz) | 12 - Keengenkon | 13 - Tons (noche) | 14 - Keóken | 15 - Terke | 16 - Goln, el puma | 17 - El Chalten | 18 - Shintaukel | 19 - Uekne | 20 - Takaurr | 21 - Uendeunk | 22 - Viaje al sol | 23 - Las pruebas | 24 - Otras pruebas | 25 - Elal y Teluj | 26 - Elal triunfa | 27 - El regreso de Elal | 28 - La muerte de Takaurr | 29 - Fin de Elal | Vocabulario | Frases | Bibliografía | Personajes mitológicos | Obras del autor

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