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14- KEÓKEN (EL AMANECER)
Comenzó a pintarse el horizonte escalonado de las mesetas de un color rojo intenso, que se filtraba entre las nubes dando tonalidades multicolores y remarcando sus perfiles: abajo, granate; arriba, amarillo oro. La mañana se presentaba serena, duplicándose el paisaje en los espejos de agua. El dulce silencio comenzó a interrumpirse con los trinos armónicos de los pajaritos. El cielo, paulatinamente, se inundó de colores suaves y, poco a poco, avanzó la luz poniendo largas sombras en la tierra de los chonkes. El grupo de toldos semejaba una hilera de medios hongos junto a la barranca. Pequeños humos azules comenzaron a trepar la atmósfera, hasta confundirse en el aire donde planeaban los cóndores efectuando círculos, ya que, seguramente, habrían detectado algún animal muerto. Uno tras otro, los hombres se encaminaron hacia la orilla del arroyo para darse un rápido remojón y beber un trago de agua fresca; luego, regresaron. Le correspondía el turno a las mujeres, las que al retornar juntarían algunas ramas para el fuego y continuarían con sus tareas habituales. Los hombres habían cazado dos pumas 21 medianos, a los que cuerearon en bolsa, abriéndolos desde atrás. Después los salaron y los rellenaron de pasto seco, conservando la forma natural, colgándolos a secar tras coserles las bocas. Una vez que se secaran les quitarían el relleno quedando listos para guardar huevos, que serían colocados de punta para mayor resistencia. Una vez llenas de huevos, entre los que se pondrá grasa derretida para protegerlos, se colgarán las bolsas en lugares seguros y de difícil acceso, aunque con el solo hecho de ver y olfatear un “puma” difícilmente algún animal intente acercarse. También los huevos pueden ser enterrados en lugares secos y cubiertos de piedras. Esa noche los niños le llevaron dos huevos de avestruz a la abuela Tama, regalo que ella agradeció diciendo: - ¡Nákel, nákel! ¡Jauke shaionk oem oóiu! (¡Gracias, gracias! ¡Dos lindos huevos de avestruz!). Tomó uno y con una piedra afilada picó cuidadosamente el extremo redondo, abriendo un corte circular, volcó un poco de clara y apartando las brasas del fogón lo apoyó asegurándolo con las cenizas para que quedara en esa posición. Luego introdujo un palito, con el que revolvió varias veces, hasta que estuvo todo cocido. Comió la mitad con gran deleite y dejó el resto para el día siguiente. Ya ubicados en los lugares habituales, los niños se dispusieron a escuchar la narración acostumbrada. - ¡Qué hermosos colores tenía el cielo esta mañana!-, comentó Ótilkel. - ¡Y cómo se reflejaba en las lagunas!-, reconoció Losha. - ¿Por qué se pone rojo el cielo, abuela?-, inquirió Tankelou. - El cielo del amanecer no tenía color, era simplemente blanco lechoso-comenzó diciendo la anciana-, pero una noche, ya cercano el amanecer, el gigante Noshtek asesinó a la nube Teo y, para no ser descubierto, arrojó el cuerpo destrozado al espacio. - ¡Qué terrible!- exclamó Átele- ¡Pobre Teo! - La sangre que manaba del cuerpo de la infeliz nube inundó el cielo-continuó Tama-. Al comenzar a salir el sol alumbró la trágica escena y los indios asombrados vieron enrojecido el cielo. - ¿Cómo hoy, abuela?-, preguntó Pol. - Sí, tal cual-, confirmó la abuela. - ¿Hace mucho que ocurrió eso?-, consultó Güenta. - Tanto tiempo hace que es imposible pensarlo-, respondió la abuela, tratando de dar la sensación del infinito-. Por la tarde se repitió la misma escena y siempre seguirá así hasta el final del tiempo. Los niños se despidieron: - ¡Mas itáinko koone Tama! - Mas itáinko tálenke! En el cielo se esfumaron los últimos colores de la tarde. Los patagónicos suelen mirar extasiados los amaneceres y las puestas de sol, recordando en el silencio de las inmensidades el origen de los cielos más lindos de la tierra. 21 Pumas: También “León americano”. Felis concolor. Los ejemplares más grandes fueron hallados en Santa Cruz.
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