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5 - La Reunión de la Laguna
Llovió un poco durante la noche. Tras el temporal de
viento del día anterior las matas de calafate y los restantes arbustos
recobraron su verdor. Una franja de nubes cubría los
cerros hasta la mitad pero el cielo estaba claro y se presagiaba
un día bueno para salir a cazar. Irían hacia el este, como lo había
previsto el cacique Kooloue el día anterior, donde hallarían Mientras se efectuaban los preparativos previos a la partida, la figura de un hombre comenzó a destacarse en el horizonte, remarcado por la salida del sol. Avanzaba con lentitud hacia los toldos. Rápidamente corrió la voz y cada uno trataba de adivinar quién era. -Parece Kolke-, se animó a opinar Teshka. -Más bien podría ser Yalo, se lo ve muy corpulento-, repuso Ótilkel, escudriñando el horizonte con los ojos entrecerrados y haciendo visera con la mano. Poco a poco la figura del visitante fue creciendo hasta distinguirse plenamente, asomando desde atrás de las matas de calafate, a corta distancia de la toldería. -¡Gumelto!-, exclamaron varias gargantas, con sorpresa. Gumelto había sido condenado por la tribu a agujerear una piedra. Esto fue el verano anterior, cuando cruzaban la Meseta del viento. En una disputa inesperada, pelearon Gumelto y Makol. La bola perdida (kálken) de Gumelto cayó certera sobre la cabeza de Makol, que se tambaleó y luego se desplomó pesadamente para no levantarse más. El grupo de ancianos lo condenó a "La piedra del Gualicho", castigo consistente en agujerear una piedra. Cuando cumpliera la condena podría reintegrarse a la tribu. Y allí estaba. Saludó con una mano en alto y varios respondieron a su saludo, pero corrió un cuchicheo entre las mujeres. "¿Habrá cumplido el castigo?", se preguntaban. Gumelto se acercó lentamente, trayendo una piedra en la mano. El cacique Kooloue, salió a su encuentro. -¡Ua ingue euken Kooloue!-, saludó el recién llegado. -¡Ua ingue Gumelto!-, respondió el viejo cacique. Los dos hombres se miraron serenamente. Entonces el condenado extendió su mano entregando la piedra agujereada que recibió solemnemente el cacique, quien la miró complacido y alzándola para que todos la vieran anunció: -jGumelto cumplió la condena! Una algarabía coronó el momento. Toda la gente de la tribu se acercó a saludarlo con alegría, considerándolo reintegrado al grupo. -¡Saldremos a cazar en tu honor!- dijo uno de los paisanos. -¡Iré con ustedes, como antes...!-, respondió Gumelto. Al momento, los hombres iniciaron su marcha hasta perderse tras las mesetas grises, dividiéndose en dos grupos en hilera para formar el "aorke". Regresaron al atardecer trayendo el producto de su cacería. Los esperaban los fogones con las piedras calientes para asar la carne. Un coro de voces femeninas entonó primero el "gayau" de Gumelto y luego el canto de la raza. Comieron en silencio. Los chonkes aseguran que se debe comer en silencio, pues de surgir algún problema en la conversación se perjudicaría la comida. Después de comer, Gumelto narró su larga y solitaria permanencia en las mesetas, donde parte del día se ocupaba de raspar piedra con piedra, hasta lograr perforar la que se le había encomendado. Ya había cumplido y regresaba con alegría a ver a su gente. -Cuando pasemos por el "chenke" donde descansa Makol colocaré una piedra en su memoria -sentenció Gumelto-. Lamento mucho la desgracia. Éramos amigos, pero se cruzaron los malos espíritus... Ahora está cazando con Elal. Hubo un silencio, como un recogimiento en memoria de Makol. Luego todos se fueron a dormir, menos los niños que esperaban impacientes el momento de escuchar a la abuela Tama, con el relato prometido el día anterior. Ya reunidos alrededor del pequeño fogón, la anciana les recordó algo de lo narrado y continuó diciendo: -La presencia de los gigantes y los malos espíritus en la isla habitada por el pequeño Elal le complicaban la existencia... -¿Cómo se defendía de los gigantes?-, consultó Ótilkel. -Los animalitos lo cuidaban y lo escondían. Elal creció, siendo muy precoz. Pronto demostró tener una gran inteligencia,-aclaró la anciana-. Cierto día Terr Ver decidió convocar a una reunión en la orilla de una laguna, donde todos expondrían sus ideas para proteger mejor a Elal y eludir a los enemigos. Entonces encomendó al Piche, al Zorrino, al Chorlo y al Chingolito (5), que les avisaran a todos los amigos. Llamó al Piche y le dijo: -Avísales a los que encuentres, pero cuídate para que nadie te escuche ni se dé cuenta en qué andas... -Así lo haré, con mucha cautela -respondió el Piche- y salió con la cabeza agachada, como era su costumbre. -Tú irás entre las matas -le pidió al Zorrino-, para qUe no te vean, y si te ven, que no imaginen siquiera qué misión tienes. Y salió enseguida el Zorrino haciéndose el distraído, como si buscara algo para comer, con los ojos entrecerrados, husmeando el suelo y escarbando de vez en cuando. -Esos animalitos son muy lerdos -opinó Güenta-, ¿Cómo no le encomendó a la Mara (6) o al Zorro que corren mucho? -Precisamente por eso. Si los gigantes los veían correr podrían sospechar y espiarlos. Además, son muy grandes y pueden ser vistos con más facilidad -repuso sabiamente la anciana-. Lo mismo ocurrió con los pajaritos. Terr Ver los eligió, porque ellos desde el aire ubican rápidamente a ]os amigos. -Y el chingolito está siempre mirando hacia todos los lados, como temiendo la presencia de los enemigos-, aseveró Tako, que era muy observador de las costumbres de los animales. -¡Muy bien Tako!-, aprobó la abuela Tama y continuó con su relato tan interesante. -¡Chingolito!, ordenó Terr Ver, tú irás por este lado, pero no hagas vuelos largos; más bien salta de mata en mata y de esta manera nadie sospechará. Al momento la avecilla comenzó su misión, como si anduviera persiguiendo mosquitos. -El chorlo suele volar más alto-, dijo Tako y no va directamente al lugar, sino que, hace varias paradas en distintas direcciones mientras observa alrededor. -Por eso fue elegido por Terr Ver -confirmó la anciana-. Entonces le indicó al Chorlo: Tú irás por este otro lado, por las tierras más altas. El color de tu plumaje no será visto fácilmente en las barrancas. Y salió el Chorlo a cumplir su mandato. Tras un corto silencio, la abuela se despidió de los niños: -¡Mas itáinko tálenke! -¡Mas itáinko koone Tama!-, respondieron los niños y se fueron con la esperanza de regresar al día siguiente para escuchar la continuación de la historia.
(5) Zorrino: Conepatus Humboldti. Mamífero omnívoro. Desde la cabeza a la punta de la cola, mide unos sesenta cm. Altura 15 cm. Pelo negro con dos líneas blancas desde la frente hasta la cola. Cola de pelo largo. Se defiende arrojando un líquido pestilente, accionando una glándula que tiene en la base de la cola, sobre el ano. Se domestica fácilmente. Chorlo cabezón: Oreopholus ruficollis El más grande de los chorlos. Muy caminador, vuela poco. Chingolito: Zonotrichia capensis. Muy común en la Patagonia. Se distingue por su canto armonioso. De la cabeza a la punta de la cola, mide unos doce centímetros. (6) Mara: Dolichotís Patagonum. Llamada también "liebre Patagónica" Mide unos setenta y cinco cm. de largo y unos treinta y cinco de alto. Pesa alrededor de diez kilos. En la actualidad son muy escasas en Santa Cruz. Mario Echeverría Baleta
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