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El junco

EL JUNCO

Leyenda Guaraní

VOCABULARIO
bulletGUAVIROBA: Canoa primitiva.
bulletYUCHÁN: Palo borracho.
bulletZUIÑANDÍ: Ceibo.
bulletCARAGUATÁ: Ágave o pita.
bulletAGUARIBAY: Molle (árbol)
bulletTIPOY: Especie de túnica.
bulletCHUMBÉ: Faja.
bulletPIRÍ: Junco.
bulletIVOPÉ: Algarrobo.
bulletATÍ: Gaviota.
bulletARAGÜIRÁ: Cierto pajarillo de lomo rojizo en cuyo pecho
y copete luce un hermoso color rojo.
bulletIBAGA: Cielo.
bulletYERUTÍ: Tórtola.
bulletYATITÁ: Caracol.
bulletMBUSÚ: Anguila.
bulletI YARÁ: El Dueño de las Aguas.
bulletI PORÁ: El Fantasma de las Aguas.
bulletTUPÁ: Dios bueno.

Las aguas del Paraná se recostaban en la playa, con la suavidad de sus ondas, en un ir y venir interminable.

Unas guavirobas, construidas con troncos de yuchán, estaban atadas al tronco  de varios zuñandíes, con cordeles hechos con fibras de hojas de caraguatá.

No lejos del lugar, resguardadas del fuerte sol por las copas frondosas de un grupo de aguaribais, varias doncellas, entre risas y parloteos, adelantaban en sus telares las labores comenzadas: tela de algodón para hacer un tipoy, una chumbé de colores y una manta de lana.

Cesaron las risas del alegre grupo cuando se acercó a ellas una grácil doncella de quince años más o menos, hermosa, de mirada vivaz, cuyas mejillas tersas denotaban desbordante juventud.

Bonita, alta, delgada, de movimientos gráciles y fresca risa, era Pirí, la recién llegada.

Coqueta y flexible, sus movimientos al caminar parecían seguir las ondulaciones de la brisa suave que acaricia las hojas de las plantas y mece las embarcaciones.

Había que lamentar, sin embargo, que Pirí, la hermosa Pirí, cuya belleza maravillaba, fuera coqueta y frívola, motivo por el cual era censurada duramente.

Conciente de su hermosura, no perdía oportunidad de lucirse y de provocar la admiración de los que la rodeaban.

Ese día, con paso elástico  se acercó a la orilla, se inclinó, y las aguas reflejaron su gentil silueta y su rostro hermoso enmarcado por el cabello renegrido que caía en dos trenzas brillantes.

Minutos después, otras dos figuras temblaron en el reflejo de las aguas movedizas del Paraná.

Eran Ivopé y Mbusú, que habían llegado siguiéndola.

El primero traía una orquídea maravillosa descansando sobre un nido de paina de yuchán para evitar que sufrieran los pétalos delicados. En esa forma podría entregarla intacta a la hermosa niña que gozaba de su admiración.

Mbusú tenía prisionero entre sus manos a un precioso aragüirá, cuyo copete rojo se movía nervioso entre los dedos que lo sujetaban.

Ambos muchachos alcanzaron a la bella Pirí y, dichosos de hallarse a su lado, como si se tratara de una diosa inalcanzable, le ofrendaron los presentes que llevaban para ella.

-          Toma, Pirí- le dice Ivopé alargándole la preciosa flor -. Esta orquídea la he conseguido en lo más profundo de la selva; pero es la única que conviene a tu belleza. Por eso la he traído, para que adornes con ella tus trenzas renegridas.

La hermosa muchacha lo mira complacida y tomando con sus dedos finos la rara flor, la entrelaza coqueta entre sus cabellos trenzados, donde se destaca como una brillante mancha morada con irisados reflejos.

Entrecierra sus grandes ojos negros la coqueta, y admira el efecto que la flor agrega a su belleza reproducida en las aguas del río.

Se vuelve luego hacia Ivopé y con la más encantadora de las sonrisas agradece el obsequio:

-          Gracias, Ivopé. Es muy hermosa tu flor- le dice con suavidad.

Se iluminan los ojos del muchacho halagado por el aprecio que ha merecido su regalo, cuando la joven, volviéndose hacia Mbusú, que espera ansioso la atención de la bella guaraní, le pregunta:

-          Y tú ¿qué me traes, Mbusú?

El tímido muchacho extiende hacia ella sus manos, donde se mantiene quietecito el diminuto animal, al tiempo que le pregunta:

-          ¿Te gusta el aragüirá? Lo he traído para ti.

Temeroso de ver rechazado su obsequio, Mbusú, tiende hacia ella la pequeña avecilla que aletea asustada.

Pirí la toma delicadamente entre sus manos, la acerca a su mejilla y la acaricia con dulzura, diciéndole palabras tiernas.

Las tejedoras, que desde lejos, han sido testigos de la escena, se miran sin decirse una palabra. No han necesitado hablar. Sus miradas han expresado claramente la indignación que sienten por el proceder de la incorregible coqueta.

De pronto, una sonora carcajada de la joven interrumpe este coloquio mudo de las tres amigas. La miran sorprendidas y comprueban que, como siempre, la tornadiza Pirí ha cambiado de parecer.

Arrepentida de la solicitud y benevolencia con que ha tratado a sus admiradores, los mira desdeñosa, al tiempo que, en un arranque de fastidio, abre la mano que aprisionaba al pequeño aragüirá.

El pajarillo, viéndose libre de los dedos que lo sujetaban, extiende sus alas pequeñas y se lanza al espacio en un ansia de infinita libertad.

Una exclamación ahogada se escapa de la garganta del desdeñado Mbusú, que interpreta ese proceder  de la hermosa Pirí como un desprecio hecho a su invariable admiración.

Radiante, al suponerse el preferido, aguarda a pocos pasos Ivopé.

Sin embargo, no es mayor su suerte. La orquídea que ofreciera minutos antes a la inconstante muchacha y que lucía complacida entrelazada en su cabello, cae al suelo en ese instante, arrancada con mano nerviosa por la bella Pirí, que mirándole con desdén pisotea sin lástima la delicada flor.

Sin decir una palabra y como si nada hubiera ocurrido, da media vuelta y, displicente, abandona la orilla en dirección al lugar donde las tejedoras, sin salir de su asombro, juzgan la acción indigna de la consentida Pirí.

Ivopé y Mbusú, cabizbajos y avergonzados, echan a andar en dirección contraria a la seguida por la muchacha.

Ella, en cambio, como si nada hubiera pasado, llega hasta donde se hallan sus amigas y las saluda sonriente:

-          ¿Qué tal, muchachas? ¿Cómo marchan los trabajos?

Ninguna le responde. Pirí no goza de las simpatías de las jóvenes de la tribu porque si bien reconocen y admiran su belleza y la gracia de sus movimientos, condenan sus procederes aviesos.

No se da por enterada la doncella y, dirigiéndose a Ibaga, vuelve a preguntar:

-          ¿Y tú Ibaga, qué haces con tanto afán?

-          No por cierto lo que haces tú- le responde hosca la aludida.

-          ¿Y puede saberse qué es lo que hago yo?- pregunta desdeñosa y ofendida la recién llegada.

-          ¿Eres inconciente o pretendes fingir ante nosotras como finges ante los valientes muchachos que no interpretan tus malintencionados procederes?- responde la aludida.

-          Ten cuidado, Pirí. Tupá puede castigarte. Él te ha dado belleza y gracia, pero no para que las utilices con fines reprobables…- la censura Yerutí.

Nada responde la muchacha, y para demostrar el poco aprecio que otorga a tales palabras, hace un gesto desdeñoso, se eleva sobre la punta de sus pies y corta una rama de aguaribay florecida. Saca las flores, hace un ramillete y lo coloca en su trenza, en el mismo lugar donde minutos antes la orquídea lucía su hermosura de flor codiciada.

Yerutí la mira con desprecio. Pirí es una coqueta sin corazón. Ella ha sido la causa de que sus dos hermanos, Yatitá y Atí, abandonaran la tribu en busca de tranquilidad, lejos de la despiadada coqueta.

En ese instante el sol, cumplida la trayectoria del día, se oculta detrás del horizonte que se tiñe de oro y carmín.

Las tejedoras abandonan sus trabajos. Recogen las labores empezadas y, con paso ágil y resuelto, vuelven a los toldos.

Pirí marcha a su lado sin conseguir que se le otorgue la atención a que está habituada.

Las jovencitas no congenian con ella: es frívola y egoísta y su compañía les desagrada porque la saben coqueta y perversa. Ella no repara en los medios a emplear a fin de proporcionarse un placer.

Las personas sensatas, las personas mayores de la tribu tienen, de la joven, la misma opinión y aunque han tratado de corregirla, todo ha sido inútil.

Un día, reunidas en un claro del bosque, deciden consultar a la hechicera a fin de pedir la ayuda de los genios protectores para que hagan de Pirí un ser de buenos sentimientos, útil a sus semejantes.

La machi tiene fe en I Yará, el genio de las aguas, al que invoca. Acude el genio, solícito al llamado, y le promete intervenir para lograr tan noble aspiración.

Un tiempo después, el día se presenta cálido y tranquilo. Al atardecer, una brisa suave mueve las hojas de los árboles. Las aguas mansas del Paraná se agitan perezosas lamiendo las arenas de la playa.

A la orilla llegó Pirí deseosa de gozar de la caricia fresca del aire. Ella también marcha como las aguas, mecida por el soplo de la brisa.

Con los ojos grandes, muy abiertos, admira su bella figura en el espejo que le ofrece el río y una expresión satisfecha se le pinta en el rostro.

Se sienta en la arena y sus ojos siguen la dirección de la corriente. Los camalotes forman islas que se mueven impulsadas por las aguas.

Los nenúfares florecidos agregan una nota de belleza al paisaje.

De pronto, un flamenco hermoso, de vivo color rosado, se posa en la orilla. Es I Yará que, dispuesto a cumplir su promesa, se acerca a la bella Pirí.

Ella ni lo toma en cuenta. Jugueteando con las aguas, que se deslizan por sus dedos, no repara en que el flamenco llama en su ayuda al fantasma de las aguas.

I Porá surge bajo la forma de un negro alto y robusto. Sale del agua y se encamina a la orilla, al lugar donde Pirí descansa perezosa. No dice una palabra, pero cuando está al lado de la joven, la toma entre sus brazos fuertes y venciendo los desesperados esfuerzos que hace ella por librarse de los férreos lazos que la sujetan, la sumerge en el río, llevándola a los dominios de I Yará.

Instantáneamente el flamenco desaparece.

Llega I Porá al palacio de I Yará en el fondo del río, conduciendo a la hermosa Pirí, que aún se debate inútilmente.

Allí está el genio de las aguas, en su trono de cristal, aguardando a la coqueta.

Cuando la tiene ante sí, la reprende duramente, enrostrándole su coquetería y su inutilidad, que la han convertido en un ser duro, egoísta y sin corazón.

Las palabras brotan ásperas de los labios del genio cuando le dice:

-          Todo ser humano tiene misión noble que realizar en la tierra. Así lo quiere Tupá. Los que se niegan a cumplirla, merecen un castigo. Ese es tu caso, Pirí. Tú pudiste hacer mucho bien entre tus semejantes; pero te negaste a ello. Por eso, yo te condeno a perder tu forma humana y a convertirte en un ser útil a los que fueran tus semejantes y que trataste tan mal. Quedarás convertida desde este momento en una planta tan alta, fina y esbelta como tú, y que como tú también se moverá con gracia y soltura mecida por la brisa. Tendrá tu mismo nombre: Pirí.

Desapareció en ese instante la niña, que escuchaba azorada, y en su lugar apareció la planta de que hablara I Yará.

Las aguas la levantaron hasta la superficie, y de allí surgió fina y esbelta buscando la luz brillante del sol y la suave caricia de la brisa.

Desde entonces, Pirí crece en las orillas de ríos, arroyos y lagunas, ofreciéndose humilde a aquellos que, con su trabajo, la convierten en obra útil para los demás.

REFERENCIAS

El junco es una planta que pertenece a la familia de las juncáceas, en la cual más de las dos terceras partes del total son especies de esta planta.

Sus tallos, de unos setenta centímetros de altura, son lisos, cilíndricos, flexibles, terminados en punta.

Por dentro, son blancos y esponjosos, siendo por fuera consistentes y de color verde muy oscuro. Cuando están secos, son amarillentos.

Las hojas son estrechas, formando una vainilla delgada.

Las flores verdosas, de inflorescencia cimosa, forma cabezuelas y se dan casi en la extremidad de las cañas.

El fruto, en cápsulas, tiene abundantes semillas.

Vive en las orillas de ríos, arroyos y lagunas, principalmente en los países templados y fríos. Al lugar poblado por esta planta se le llama juncal.

Se llama junco, por extensión, a las cañas o tallos de esta planta que se utilizan para hacer ataduras y para fabricar cestos tejidos, cortinas, asientos de sillas, etc.

Biblioteca Petaquita de Leyendas, Leonor M. Lorda Perellón.

ALLPAMISQUI (Miel), Tomo VII, Ediciones Peuser Buenos Aires 1953

 

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