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EL REY DE LOS GUANACOSLeyenda calchaquí
Huachi y su hijo mayor, Rakuy, eran eximios cazadores. Vivían en los valles calchaquíes donde tenían su toldo, resguardado por la alta mole de los Andes, cuyas montañas, con sus cimas blancas de nieve en invierno, ofrecían sus laderas a las corrientes de agua que, en verano, bajaban impetuosas entre piedras y riscos a regar el valle. Esa misma montaña era la que les brindaba sus presas: vicuñas y talcas, en cuya caza eran tan diestros. Los naturales de los valles calchaquíes, entre ellos el cazador y su hijo, veneraban a la Pachamama y al Llastay, dos divinidades que eran dos protectores del pueblo clachaquí y de los animales útiles del valle. La primera, la Madre Tierra, era a quien se recurría en demanda de buenas cosechas, de la felicidad de la runa y de cualquier acontecimiento venturoso que a éstos pudiera alcanzar. El Llastay era menos amplio que la Pachamama. Se concretaba a ser el “Dueño de las Aves”, considerando tales a todos aquellos animales que, siendo útiles, no vuelan, como las vicuñas, los talcas, los suris, los quirquinchos, las huillas, etc. A ambas deidades era necesario hacerles ofrendas antes de salir de caza, para que ésta fuera abundante y el cazador estuviera protegido. En tal forma, decían, evitaban el peligro de apunarse, de tener algún desagradable accidente, o de ser alcanzados por alguna de esas intensas nevadas o terribles tormentas de agua o de granizo a que se exponen los hombres que se arriesgan en el cerro. En las apachetas, colocadas a lo largo de los caminos, depositaban las ofrendas, consistentes en raciones de coca, llicta, chicha, maíz y tabaco, al tiempo que invocaban a la Pachamama y al Llastay, con votos como el que sigue:
Pachamama, Santa Tierra,
Palabras que quieren decir, en esencia: Respetuosos como todos los indígenas, de las costumbres de sus mayores, Huachi y Rakuy, ese día, antes de dirigirse al cerro a cazar, recitaron con fe las palabras del voto y depositaron sus ofrendas. Ya estaban preparados para partir. Llevaban las libes que utilizaban para cazar; lazos para atar a los animales; charqui para alimentarse; coca y llicta para evitar apunarse y chicha para beber. Llegaron al cerro cuando el día brillaba en todo su esplendor. No perdieron tiempo y desde que algún animal se presentó ante su vista, arrojaron las boleadoras para darle caza. Eran tan diestros en estos menesteres, que al arrojar las libes al cuello de los guanacos o de las vicuñas, no había uno que se salvara. Al ser alcanzado, el animal daba un salto y caía desplomado en tierra, donde de inmediato se apoderaban de él los cazadores. Ya llevaban cazados una gran cantidad, cuando en un recodo de la montaña tuvieron una aparición que los dejó estupefactos. Era la Pachamama quien, deteniéndolos en su marcha con un ademán enérgico, les habló: - -Desde hoy, mando que sólo sea cazado un guanaco macho cada día. El cazador que cumpla mi mandato hallará cada noche en la roca un cogote de talca repleto de oro. Al que así no lo hiciere, mi castigo lo alcanzará… No dijo más y desapareció. Se miraron padre e hijo, dispuestos desde ese momento a cumplir lo dispuesto por la divinidad. Así lo hicieron durante varios días hasta que, en una ocasión, olvidando la orden y dejándose llevar por el entusiasmo que en él despertaba la caza, Huachi continuó arrojando la libes con destreza y echando por tierra a cuanto guanaco o tekecito se ponía a su alcance. Eso sucedió un día, y otro y otro más, hasta que cansada la Pachamama de la desobediencia del runa decidió castigarlo. Una tarde que, llevado por su pasión por la caza, se separó de su hijo, corriendo detrás de un hermoso ejemplar de guanaco, al que no pudo alcanzar, encontró al volver que su churi no estaba donde lo dejara al partir. Lo llamó, suponiendo que se hubiera alejado por algunos instantes; pero no obtuvo respuesta. Volvió a llamar con cierto temor: - ¡Rakuy!... ¡Rakuy!... Sólo el eco repitió ese nombre, que se fue transmitiendo de una a otra montaña. Seguro ya de que nada bueno podía haber sucedido al muchacho, lo buscó desesperadamente por los cerros y quebradas, llamándolo sin cesar, hasta que llegó la noche y las estrellas que tachonaban el cielo, testigos de su aflicción, lo oyeron llamar: - ¡Rakuy!... ¡Rakuy!... Impotente para seguir buscando en la oscuridad de la noche, extendió su yacolla en el suelo, al reparo de la montaña, y se echó a dormir. El alba lo halló despierto y ya en pie para continuar la búsqueda. Mucho llevaba andando, cuando al llegar junto a un hilo de agua que bajaba del cerro, lo halló… halló a su hijo que lo miraba desde lejos. Estaba completamente vestido de guanaco. Lo llamó con voz ansiosa en la que se hallaba contenida toda la laegría que le producía el hallazgo: - ¡Rakuy!... ¡Rakuy!... ¡Churi!... Poco duró su contento, porque recibió un relincho como respuesta y el muchacho, sin duda por obra de la Pachamama, volvió a desaparecer. Pasaron días… Pasó mucho tiempo y el cazador desobediente no volvió a ver a su hijo, retenido quién sabe dónde por la Madre de los Cerros. Un día, Huachi, que se resistía a ir al cerro del que tan malos recuerdos le quedaban, fue invitado por otros cazadores que iban a cazar vicuñas. Aceptó no de muy buen grado el runa y con ellos llegó a la montaña. Cuando estuvieron en ella, el sol, que hasta entonces había alumbrado con intensidad, fue cubierto por una espesa niebla que, bajando del cerro, envolvió a los cazadores, obligándolos a refugiarse en una cueva de la montaña. Comentando estaban el extraño e insólito fenómeno, cuando vieron pasar un hermoso talca completamente blanco, llevando como jinete a Rakuy, el hijo de Huachi, el cazador desobediente. Su hijo, que cumpliera la orden de la Pachamama, había recibido de ella su merecido y como un premio a su obediencia y respeto a las leyes de la Madre Tierra, lo había convertido en Rey de los Guanacos, distinguiéndolo con su consideración. Desde entonces tiene su reinado en la montaña, haciéndose visible algunas veces a las miradas humanas, según dicen algunos cazadores que aseguran haberlo visto.
REFERENCIAS El guanaco es un mamífero americano, salvaje, de la familia de los camélidos. Habita en la América del Sur en toda la extensión de la Cordillera de los Andes, siendo entre los cuadrúpedos salvajes de este continente el que alcanza mayor talla, que es de un metro diez. Su longitud es, desde el hocico hasta la base de la cola y con el cuello extendido, de un metro ochenta y cinco. La cabeza es pequeña, con orejas alargadas y puntiagudas; ojos negros y brillantes; boca con el labio superior hendido. La cabeza se une al cuerpo por un cuello largo, curvo, erguido. Las patas son largas, delgadas, terminadas en dos dedos. La cola es corta. Abundante, lanoso, suave y no muy largo es el pelaje que cubre su cuerpo y su cuello. El de la cabeza y patas es muy corto y liso. El colorido del pelo varía según la parte que cubre. Así, el del cuerpo es leonado, rojizo con tintes amarillentos y anaranjados: el de la parte anterior del cuello, el vientre, la parte interna y posterior de las patas, es blanco. Hay algunos ejemplares, aunque raros, cuyo pelo es completamente blanco. Es animal de galope muy ligero. Los doctores Cabrera y Yepes aseguran que, de acuerdo a serias documentaciones existentes, los camélidos tuvieron su origen en la América del Norte, donde actualmente no existen. Desde allí, en épocas remotas, la familia emigró al Asia por un lado, y por el otro, a la América del Sur, dando origen, allí a los camellos y en nuestro continente a las llamas y a sus parientes próximos entre los que se encuentran los guanacos. El nombre guanaco es de origen quichua; los araucanos lo llaman luan. A la cría de este animal, los primeros le llaman teke o tekecito: los araucanos, chulengo. Es un animal muy útil del que se emplea su carne, su cuero y su lana. Con los cueros de los chulengos o tekes, suaves y sedosos, se confeccionan los famosos quillangos.
Biblioteca "Petaquita de Leyendas", Leonor M. Lorda Perellón, Ed. Peuser,
Bs. As. 1952
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