Se
llamaba Sacramento Álvarez. Era alto y flaco, y de puro
encorvado parecía un garabato. Era, además, el cuidador del
cementerio en ese pueblo de mala muerte donde hasta la muerte
podía ser una novedad. Aquel día, Sacramento Álvarez quedó
agotado: había muerto Luisa Rossi, la rubia enfermera de la clínica, y acontecimientos como
ése, claro está, incidían en su labor.
El
tuvo ocasión de escuchar las dispersas voces que propagaron la
noticia: una intoxicación, parece que diagnosticaron los médicos;
exceso de barbitúricos, repitieron vecinos menos piadosos,
aunque algunos agregaron: un descuido, quizá. Pero el rumor unánime
y subterráneo musitó: suicidio. A Sacramento Álvarez sólo le
quedó la pena de saber que ya no vería más a esa muchachita
frágil que todos los domingos, apenas asomaba el alba, se
acercaba hasta el cementerio para perderse entre sus minúsculos
senderos, un ramo de rosas en las manos y una mirada triste en
los ojos claros rumbeando, precisamente, para el lado ese al que
la habían llevado por la mañana, un lugar cercano a la
venerable bóveda de los Fernández Duval.
Vaya
pues con la coincidencia, pensó ese día y al siguiente, cuando
regresó para retirar las flores que, marchito su esplendor de
un día, proclamaban la fugaz persistencia de lo efímero.
Porque, miren que en su momento el pueblo habló y habló de
esos dos: de la enfermera rubia y del doctorcito aquel, recuerda
Sacramento Álvarez. Y si no insistieron más en la cosa, fue
por el alto cargo del hombre, por la prudencia de su propia
mujer, y por ese accidente en el que ambos murieron unos meses
atrás, poniendo
así fin al vértigo de conjeturas.
"Aquí
reposan los restos del doctor Elbio Fernández Duval, médico
ejemplar, y los de su mujer, María Teresa, esposa
abnegada", decía la leyenda al pie de las dos estatuas que
la solidaridad de la gente levantó en el lugar. Por pura
costumbre, Sacramento Álvarez volvió a leer la inscripción
ese día; pero algo insólito llamó su atención primero,
solicitó su asombro luego y concluyó alarmándolo: desde la
vecina tumba de Luisa Rossi, un leve trazo de pisadas nacía, se
prolongaba y concluía justo frente a la estatua del doctor Fernández.
Ajá, musitó, ya casi repuesto, como haciéndose cargo de la
cosa, más intrigado que sorprendido ante los dobles y
entremezclados rastros que desde la grava, el pasto húmedo y la
callejuela polvorienta, parecían deshacer, con agresivo
desparpajo, la intimidad de un secreto.
Ni
por un momento Sacramento Álvarez pensó que la influencia del
tinto, al cual era adicto, lo volvía propenso a divagar;
tampoco se imaginó víctima de alguna fantasía: simplemente se
supo depositario de un secreto y se quedó callado, sin decir ni
mu ese día ni los días siguientes. De algún modo, su silencio
fue el homenaje o la colaboración que pudo brindar a los
enamorados urgidos a concluir con tres vidas para poder
entenderse sin mañosos estorbos. Y hasta compadeció a la otra,
a la mujer de Fernández, de rostro inmutable, en vida, como las
ondulaciones de su traje de mármol entonces.
Durante
algunos meses las cosas siguieron tranquilas, dentro de su
sigilosa ambigüedad, hasta que se aproximó el primer
aniversario de los Fernández Duval.
Conocedor
de las circunstancias lugareñas, Sacramento Álvarez supo que
para esa fecha la gente sacudiría sus hábitos letárgicos y se
volcaría con flores, placas y discursos en el cementerio. La
tarea de él consistiría, entendió, en extremar cuidados a fin
de que la vieja grieta por la que tantas habladurías se habían
colado, no volviera a abrirse: así lo exigía el eterno reposo
de sus muertos, dictaminó.
Limpió
una tumba y la otra, repasó baldosas, mármoles y césped una
vez y otra vez y, en el anochecer de esa víspera, hasta marchó
de una sepultura a otra –de una sombra a la otra, habría que
decir para ser más exactos–, murmurando quién sabe qué;
aconsejando prudencia, pienso yo.
No
obstante, a la mañana siguiente, como sabiendo de antemano que
mal pueden dos enamorados acatar los consejos de un viejo,
apenitas el sol apuntó en la satura con que cielo y trigo
cercaban al pueblo por el lado del horizonte, Sacramento Álvarez
cargó con sus elementos de limpieza y marchó hacia el rincón
de sus desvelos, adelantándose al más madrugador de los
pobladores. No sería por él, no, que el secreto se propagaría
a los cuatro vientos, comunicando el extraño intercambio
sentimental que noche a noche allí se cumplía.
Pero,
al llegar al lugar, Sacramento Álvarez sonrió enternecido,
casi con agradecimiento, podría decirse, a esos dos enamorados
que, pese a sus conjeturas maliciosas, se habían abstenido del
encuentro o, por lo menos, evitaron dejar rastros que alertaran
a la gente del pueblo. Ante el sendero impecable, apenitas
salpicado con alguna gota de rocío, supo que estaban de más
sus cuidados. Y ya se volvía a su casa a fin de ponerse el
traje reservado para ocasiones como ésa, en que debía
presentarse con toda su dignidad, cuando descubrió algo que
esta vez sí lo enterneció de veras: las manos de María Teresa
Fernández, encogidas sobre su falda de mármol, estaban sucias
de tierra, salpicadas de grava y, en sus rodillas, restos de césped
atestiguaban el largo trajinar de quien se había adelantado a
los propios afanes de él, de Sacramento Álvarez.