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Tierra del Fuego

TIERRA DEL FUEGO E ISLAS.jpg (46316 bytes)Aarón Cupit y Susana Gesumaría: se dedicaron a la literatura para niños y jóvenes, y escribieron varias obras, como autores individuales (Susana Gesumaría: "La flauta mágica de tía Sola"; "El árbol donde se hamaca el sol". Aarón Cupit: "Amigo Chum"; "La isla del cielo"; "Juguemos a imaginar"; "El astronauta de ojos azules") , y también en colaboración, como es el caso de "Cuentos para  siete colores" y  "Cuentos Argentinos con las Malvinas para jóvenes" (Editorial Plus Ultra) del que se han extraído estos textos. Aunque radicados en Buenos Aires, estos autores demostraron que los impactó el Sur Argentino.

EL NARWAL

El pingüino presiente la muerte y da sobre el agua un salto de tres metros para escapar de una foca leopardo hambrienta. Con veloces golpes de alas se aleja de su enemiga; feliz, se apresta a nadar o a danzar. El baile del pingüino en las aguas heladas es una sucesión de deslumbrantes figuras.

Mientras tanto, el pesquero Narwal navega lentamente. Su velocidad está condicionada. Es en suma un hermoso animal de madera que por los mares del Sur va en busca de la merluza de cola larga.

"Desprevenido, desprevenido como mi cachalote", piensa la ballena antes de resoplar.

Un sonido rasante, sordo, su grito al espirar, sobrepasa al de las olas más altas; un fantástico chorro de espuma, el mismo que alertó a los balleneros durante siglos, insuflándoles sanguinaria pasión, se eleva una vez más.

"Desprevenido", insiste la ballena, y desaparece con un chasquido seco. Su cola se agita en el aire.

  ¿Es un saludo; un anuncio, un presagio?

"Sabemos que hay peligro", tal vez se diga Rupp, contramaestre del Narwal, "pero con suerte lo sortearemos." Doscientas millas amenazadas por la flota inglesa, mas ellos no se hallan en esa franja.

En el archipiélago, los argentinos se defienden con bravura, coraje decisión. Los aviones de guerra atruenan el aire. Un misil puede ser el presagio de la ballena.

-¿Sucede algo, Luis...? -inquiere el contramaestre. -No. Todo marcha perfectamente.

Luis Wenz es maquinista del Narwal, el hombre que atiende su corazón de acero.

Conoce cada una de sus palpitaciones, piensa que no puede fallar. Ese corazón está acostumbrado a latir en el mar, a soportar el embate de fuertes tormentas, a resistir el peso de toneladas de pescado fresco. Es increíblemente fuerte.

Luis Wenz se queda pensativo con una herramienta en la mano. Julio César Rodríguez le pregunta:

-¿En qué estás pensando?

-En que pronto volveremos a casa. Por suerte la pesca fue buena.

Regresan cargados de merluza de cola larga. Saben que hay aviones en e! cielo, que el peligro acecha como un tiburón de afilados dientes, pero son simples pescadores. ¿Por qué el tiburón se ensañaría con ellos? No tendría sentido.

-Hay que trabajar, hay que vivir. ¿No te parece, Luis? ¿Qué haríamos varados en el puerto?

Una foca de Weddel se sumerge en el mar hasta los seiscientos metros, punto máximo de su inmersión.

¿Desafía sus propios límites o busca un refugio en cavernas frías y saladas?

Un albatros, señor de los vientos, está dando la vuelta al mundo para volver a la roca testigo de su primer amor. Sobrevuela al pesquero sin batir las alas, lo contempla azorado.

Él bailará feliz sobre la roca, con las alas desplegadas, en tomo de su hembra, pero ¿qué pasará con esos pescadores?

El albatros es un ave del cielo y sabe que en el cielo está el peligro. Los hombres no tienen alas, no pueden volar.

"Corre, Narwal, corre", grita el albatros en su ansiedad, mas ya el destino ha puesto en funcionamiento un oscuro reloj. Las agujas, igual que las alas del ave, giran desesperadas; luego se aquietan. El albatros apresura el rumbo de su instinto hacia la felicidad.

En la fría mañana sureña, el pesquero Narwal es el ser más desprotegido del océano.

No puede, como el albatros, remontar el viento o sumergirse como la foca de Weddel. Lo único que puede hacer es navegar con calma mientras Fredy silba jovial y despreocupado.

Quizás algún día pida a sus amigos marplatenses que le quiten el sobrenombre inglés, que lo llamen sencillamente Isidoro, pero hoy es Fredy y silba. ¿Por qué no silbar? ¿Debe permitir que el miedo lo acose?

No, los seres humanos que habitan el Narwal han aprendido a ahuyentar el miedo, estar solos con alegría.

-Hola, Omar, ¿qué tal? -Bien, muy bien.

-Me alegro.

Y Fredy sigue silbando.

Lejos, sobre una playa áspera, lloran los ojos de un elefante marino. Es frecuente que esos ojos, golpeados por la arena seca, se muestren húmedos, quejosos, pero en cambio un delfín no puede llorar.

En esa mañana hay un delfín muy triste en el mar, tan triste como si estuviera prisionero en un inmensurable acuario. ¿Acaso oye o presiente algo que los hombres no pueden presentir?

El oído del delfín es magnífico; los mensajes llegan a su cerebro y, aunque él no posee cuerdas vocales, habla.

El delfín se apresura a comunicar algo a sus hermanos; emiten gritos en un código desesperado.

Tal vez por hallarse muy distante, el Narwal tampoco oye el quejido, lamento, mensaje triste de la ballena. Lo repite varias veces, escucha su eco, es ayudada por los cachalotes de la manada, pero impotente deja que el mar guarde su advertencia en su infinita caja de resonancia.

Instantes después, en la mañana en que delfines y ballenas gritaron, las olas tiemblan por la metralla.

Una bomba ha hecho blanco en el corazón del Narwal, otras se disparan desacertadas sobre la cubierta indefensa del pesquero.

Muchas voces humanas se unen en una sola voz trágica. Todo es caos, confusión.

Impotentes ante la muerte que viene del cielo, sin posibilidades de defensa, a los pescadores sólo les queda el único instinto que poseen todos los animales de la tierra: sobrevivir.

El mar recoge lanchas salvavidas repletas de hombres pálidos, hombres que se preguntan por qué continúan atacándolos con saña injusta.

El pesquero Narwal desaparece junto a Omar Rupp, su contramaestre, sangrando por las heridas de Luis Zaragoza o las de Lucio Brucetti.

Se va hundiendo lentamente el viejo pescador de madera, acariciado por las olas. Tal vez descienda con los ojos abiertos, ansioso por conocer el fantástico mundo de los abismos. Tantas historias ha oído, tantas historias ha contado...

Ahora, mientras la ballena, delfines y hombres lloran, él se va envuelto en el silencio, mas no está solo. Los peces abisales, luminiscentes, se apresuran a encender sus lámparas en la oscuridad, llegar a su encuentro.

"¿Quién viene a acompañamos a estas profundidades?", pregunta un pez hacha pleno de luz. "Acá dormitan eternamente antiguos barcos. ¿Quién es el nuevo?"

La anguila serpentea entre sus propios destellos; se cerciora antes de responder:

"Se llama Narwal, es un pesquero."

Así palpita el Narwal entre la vida, porque en los abismos del mar no hay muerte.

 

POR QUÉ RUGEN LOS MARES DEL SUD

Es la fiesta de las Once Mil Vírgenes y el mar ruge, amenazador. Es la fiesta de las Once Mil Vírgenes y el rostro de Hernando de Magallanes muestra extrema preocupación.

¿Siente su alma a la deriva? ¿Está navegando en los misterios de la nada?

La tripulación de su menguada flota sufre igual o parecida angustia. Además de la falta de víveres, esos rudos marinos desean saber dónde se encuentran, cuál será el fin de ese temerario viaje.

Aceptaron embarcarse en el sueño del marino portugués porque la aventura, como el amor a la libertad, está en el sueño de todos los hombres. ¿Puede haber libertad o aventura mayor que la de proyectar un viaje que intente descubrir la unión entre dos mundos? Selecciona aquí para ampliar la foto / Click here to enlarge picture...

Y ahí están, en un día del año 1520,junto a Magallanes a 52° de latitud Sur. Han recalado en una bahía, próximos a tierras que después de siglos y luchas se llamarían argenti­nas. Los hombres no están tranquilos, existen recelos: quieren saber por qué rugen tanto los mares del Sur, pero esa inquietud es sobrepasada por otras.

¿Existirá esa nueva ruta soñada por el visionario? ¿No será un sueño imposible donde morirán todos?

Magallanes lee tremendos interrogantes en los ojos de los hombres más pequeños y en el de los más grandes y valientes.

Es imposible que no teman, si él está temiendo. En ese día de la fiesta de las Once Mil Vírgenes, debe reconocer que se ha extraviado. La situación es gravísima y su sueño puede concluir en catástrofe.

5in embargo, decide salir adelante y envía dos barcos fuera de la bahía en reconocimiento.

Tiene que encontrar un camino en el mar inexplorado: existe, lo presiente. ¿Estará donde los rugidos del viento son casi insoportables y las olas más altas?

La pregunta obtiene del cielo una respuesta negativa. Tal vez como castigo a su audacia, un huracán amenaza convertir a su flota en astillas.

El ojo de la tormenta mira a la nave del intrépido comandante, y a la que la acompaña, capitaneada por su segundo hombre de confianza, y las sacude con furias que parecen provenir del mismo infierno. Los salva el abrigo de una rada, pero ¿qué les sucede a los otros dos barcos que partieron sin rumbo fijo?

Magallanes espere y desespera. Puede creer que ha perdido la mitad de su actual flota, puede desear hallarse en el mismo camino donde sus hombres navegan atónitos.

Ven que las bahías se suceden, que la marea es más fuerte, el agua intensamente salada. Esa lengua de mar parece no tener fin.

Los hombres deciden volver y avisar al comandante. Qué lujos de sentimientos brillan en el pecho de Magallanes al escuchar el relato de sus marinos. Ya no duda ni teme.

Debe ir hacia adelante, porque adelante está la esperanza. Hacia atrás sabe lo que le espera: la derrota, la frustración.

Adelante entonces hacia la esperanza. Los barcos comienzan a navegar con ansiedad y lentitud en una de las más grandes aventuras de la Humanidad.

Magallanes contempla extasiado moles rocosas, tierras heladas, vastedades desconocidas elevándose como fantasmas a los costados del estrecho que más tarde llevará su nombre.

¿Son fantasmas o espíritus que iluminan la penumbra? Desde los barcos, los hombres señalan fuegos y más fuegos en las tierras allende el mar. Esos fuegos les hacen pensar en el fin o en el principio de la vida.

Mientras tanto, el mar está enloquecido ante tal audacia. Lanza olas terroríficas, coronas de espuma, brumas que opacan el camino que Magallanes recorre para llegar, por último, a un océano que le parece tan calmo que la bautiza Pacífico.

Ha encontrado la ruta que se propuso, ha unido por un estrecho dos eternos mundos de agua, ha grabado su nom­bre en ta historia de los viajes más sorprendentes,

Pero hay algo que Magallanes ignora: es ese misterioso sentimiento que une al mar rugiente con la tierra de los fuegos fantásticos. Magallanes ignora la leyenda, porque ésta aún no ha nacido.

Su nacimiento está en el enigma de los tiempos. Sólo se sabe que surge en esas tierras de antorchas eternas que hoy se llama Tierra del Fuego.

Allí vivieron los indios yamanas. Ellos supieron, quizás por instinto, explicarse muchas cosas. Lo que jamás entendieron, como tampoco entendió Magallanes, por qué en esas latitudes el mar no encontraba jamás calma, reposo, serenidad, ¿Por qué, preguntaban los jóvenes yamanas a los viejos, el mar nos amenaza siempre? ¿Por qué vuelca nuestras canoas? Los viejos indios yamanas, los más sabios, eran entonces los responsables de ubicar las culpas, de repetir la historia de la Mujer de Alma Dura y de lo sucedido a las otras mujeres de la tribu.

Porque el mito yamán dice que en aquel entonces las mujeres eran soberbias, arrogantes, casi feroces, especialmente una de corazón pétreo y ciega furia.

Se erigió en diosa suprema, se llamó Tanuwa y exigió obediencia incondicional a sus caprichos. Las mujeres la siguieron para empequeñecer más y más el poder de los hombres. Ellos no tenían derechos; debían obedecerlas en todo.

Para vencer, Tanuwa recurrió a toda suerte de hechos y mentiras impunes. Hubo disfraces, máscaras, secretos, lugares que la Mujer de Alma Dura decretó sagrados, un Templo de Roca para reinar eternamente.

Pero Tanuwa ignoraba que el Sol era el verdadero dios, justo e imbatible.

Un día, porque en aquellos lejanísimos tiempos el Sol era una criatura humana que feliz paseaba por el bosque, descubrió horrorizado las supercherías de Tanuwa y sus seguidoras. De inmediato armó a los hombres para que se defendieran.

Dice la leyenda que en los combates que siguieron, el Sol transformó el mar en una ola gigantesca que arrasó el templo de Tanuwa. Y que desde aquel día, cada vez que el mar recuerda lo sucedido, rugen y soplan los vientos más poderosos.

No fue suficiente que Tanuwa y las mujeres fueran convertidas en animales marinos, no fueron suficientes los siglos que pasaron, porque los mares del Sur continúan protestando, se agitan y desesperan.

Ayer, hoy, ¿hasta cuándo?

"El dios Sol, el dios Mar, no quieren mentiras, disfraces, engaños", decían los viejos yamanas a los jóvenes. ¿Concluirá el castigo? Llegará el día en que los mares del Sur olviden, perdonen y descansen en paz? ¿Se restablecerá la justicia?

Material compilado y revisado por la educadora argentina
Nidia Cobiella (NidiaCobiella@Educar.Org)

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