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XII ¡Mañana moriréis! Hubo grandes festejos en el poblado del jefe Batando la noche del regreso de Ulala. Se sacrificó una cabra y muchos pollos, y se sirvieron frutas, pan de tapioca y abundante cerveza del lugar para todos. También hubo música y baile. Por todo ello, era de día cuando se tumbaron en los camastros, y, por tanto, hasta pasada la tarde del día siguiente, Fejjuan no tuvo ocasión de tratar asuntos serios con Batando. Cuando finalmente fue a buscarlo, descubrió al anciano jefe sentado a la sombra de su tienda. Al parecer la orgía de la pasada noche le había sentado fatal. -He venido para hablar contigo, Batando -dijo-, acerca de la gente del desierto. Batando gruñó. Le dolía la cabeza. Ayer dijiste que los conducirías a la entrada del valle prohibido - recordó Fejjuan-. ¿Quisiste decir, entonces, que no te enfrentarías a ellos? -No será necesario enfrentarnos a ellos si los llevamos a la entrada del valle -respondió Batando. -Tus palabras son un misterio -dijo Fejjuan. -Escucha, Ulala -dijo el viejo jefe-. Cuando eras niño ellos te separaron de tu pueblo y te llevaron a su patria. Eras joven, y había muchas cosas que ignorabas, además de otras que has podido olvidar. No es difícil acceder al valle prohibido, sobre todo desde el norte. Cualquier galla sabe cómo encontrar el paso del norte a través de las montañas, o el túnel más allá de la cruz, que señala la entrada por el sur. Ésas son las únicas formas de entrar, y cualquier galla las conoce; pero también cualquier galla sabe que es imposible salir del valle prohibido. -¿Qué quieres decir, Batando? -preguntó Fejjuan-. Si hay dos accesos, tiene que haber dos salidas. -No, no hay salida -insistió el jefe-. Por mucho que nos remontemos en la memoria de los hombres, por las fábulas de nuestros padres y de los padres de nuestros padres sabemos que muchos hombres han entrado en el valle prohibido, y también que ninguno ha logrado salir de él. -¿Y por qué no pueden salir? -¿Quién sabe? -preguntó Batando mientras negaba con la cabeza-. Ni siquiera sabemos qué les sucede. -¿Qué tipo de gente habita en el valle? -preguntó Fejjuan. -No se sabe nada de ellos. Nadie los ha visto y ha vuelto para contarlo. Algunos dicen que son los espíritus de los muertos, otros, que el valle está protegido por leopardos; pero nadie lo sabe. De modo que ve, Ulala, y dile al jefe de la gente del desierto que los conduciremos a la entrada del valle. Si lo hacemos no tendremos que enfrentarnos a ellos ni volverán a molestarnos. -Y Batando se echó a reír ante la sutileza de su bromita. -¿Enviarás guías conmigo para llevar a los beduinos al valle? -preguntó Fejjuan. -No -respondió el jefe-. Diles que iremos dentro de tres días. Entre tanto me dedicaré a reunir guerreros de otras aldeas, ya que no puedo fiarme de la gente del desierto. De esa forma podremos dirigirlos a través de nuestro territorio. Explícaselo al jefe, y también que a modo de pago tendrá que liberar a todos los esclavos galla que le acompañen antes de penetrar en el valle. -Eso Ibn Jad no lo aceptará -dijo Fejjuan. -Quizá cuando se vea rodeado de guerreros galla sea capaz de hacer mucho más -replicó Batando. Y de esa forma, Fejjuan, el esclavo de galla, volvió junto a sus amos e informó de todo lo que Batando le había pedido informar. Al principio, Ibn Jad se negó a liberar a los esclavos, pero cuando Fejjuan le convenció de que bajo ninguna otra condición estaría dispuesto Batando a llevarlo hasta la entrada del valle, y que su negativa a liberar a los esclavos espolearía las hostiles intenciones de los galla, cambió de opinión y accedió. Sin embargo, su subconsciente tenía claro que antes de cumplir con su promesa debía encontrar una forma de evitar cumplirla. Sólo lamentaba Fejjuan traicionar a los beduinos por un detalle: su aprecio por Ateja. Pero como era un fatalista se consoló pensando que por mucho que él intentara evitarlo, pasaría lo que tuviese que pasar. Y mientras Ibn Jad aguardaba la llegada de los guías y Batando reunía a sus guerreros negros, venidos de todos los rincones del territorio, Tarzán de los Monos llegó al abrevadero de la tranquilidad que había al rodear las rocas, y desde allí siguió el sendero por el que habían pasado los beduinos. Desde que supo por los negros de Blake que el joven americano había desaparecido, y también que no sabían nada de Stimbol desde que éste se separó de Blake y emprendió el camino hacia la costa, el hombre mono estaba cada vez más convencido de que Blake era el blanco al que los árabes habían hecho prisionero. Pese a todo, no se sentía muy preocupado por la seguridad del hombre, ya que si los beduinos tenían garantías de sacar tajada, no estarían dispuestos a matarle. Con esa convicción, Tarzán no se apresuró al emprender el camino por el que Ibn Jad y su gente habían pasado. Había dos hombres sentados en taburetes, en lados opuestos de una tosca mesa. Ante ellos, una lámpara de aceite con una mecha de algodón en su interior ardía débilmente e iluminaba un poco las losas de piedra que cubrían el suelo, y que proyectaban extrañas sombras de sí mismas sobre las paredes de piedra basta. A través de la amplia ventana, desprovista de cristal, el viento nocturno soplaba haciendo oscilar la llama de un lado a otro. Sobre la mesa, entre ambos, había un tablero cuadrado dividido en pequeños escaques y sobre él, varias figuras de madera. -Te toca a ti mover, Richard -dijo uno de los hombres-. Esta noche no pareces muy concentrado en el juego. ¿Qué sucede? -Estoy pensando en mañana, James, y mi corazón siente gran pesar - respondió el otro. -¿Y por qué? -preguntó Blake. -Malud no es el mejor espadachín de Ninnnr -respondió sir Richard-, pero... -titubeó. -Yo soy el peor -dijo Blake para completar la frase, antes de echarse a reír. Sir Richard levantó la mirada y sonrió. Vos siempre con vuestras chanzas, incluso en presencia de la muerte - dijo-. Me pregunto si todos los hombres del país de donde venís se parecerán a vos. -Te toca mover, Richard. -No perdáis de vista su acero por protegeros con el escudo, James - advirtió Richard-. Mantened siempre vuestros ojos pegados a los suyos, hasta que sepáis por dónde va a atacar; después, con el escudo preparado, podréis bloquear el golpe, porque él es lento y sus ojos siempre delatan dónde caerá la hoja de su espada. Bien lo sé, ya que algunas veces he practicado con él. -Y no te ha matado -recordó Blake. -No, pero sólo practicábamos. Mañana será diferente, ya que Malud se enfrenta a vos a muerte, en mortal lid, amigo mío, para lavar con sangre vuestra afrenta. -¿Y por esa razón quiere matarme? -preguntó Blake-. ¡Pienso proclamar a los cuatro vientos que es un maldito bellaco! -Si sólo fuera por eso, su honor podría verse satisfecho a primera sangre, pero ese caballero tiene mucho más en vuestra contra. -¿Más? ¿Qué? Apenas habré cruzado una docena de palabras con él - dijo Blake. -Está celoso. -¿Celoso? ¿De quién? -Le gustaría desposar a la princesa, y ha visto de qué forma la miráis - explicó Richard. -¡Tonterías! -gritó Blake. Sin embargo, se sonrojó. -No, él no ha sido el único en percatarse del particular -insistió Richard. -Estás loco -espetó Blake. -A menudo algunos han mirado así a la princesa, porque su belleza no tiene parangón, pero... -¿Malud los ha matado a todos? -preguntó el americano. -No, porque la princesa no correspondía a sus miradas. Blake se recostó en la pared y rió a gusto. -Ahora sí que has perdido la cabeza -gritó-; todos la habéis perdido. Admito que considero a la princesa una perita en dulce, pero seamos sinceros, amigo mío: ella ni siquiera me mira. -Basta de naderías que ni siquiera entiendo, James. No podéis confundirme acerca de esto ni convencerme de lo contrario. Los ojos de la princesa apenas se despegan de vos cuando practicáis en el patio, mientras los vuestros cuando la miráis son... ¿Alguna vez habéis visto a un perro mirar a su amo? -¡Anda ya! -exclamó Blake. -Por algo así, Malud quisiera apartaros de su camino, y por eso mismo es por lo que me lamento, puesto que he llegado a apreciaros mucho, amigo mío. Blake se levantó y se acercó a sir Richard. -Eres un viejo zorro, Richard -dijo mientras ponía afectuosamente una mano en el hombro del caballero-, pero no te preocupes, que todavía no estoy muerto. Sé que parezco algo torpe con la espada, pero he aprendido mucho acerca de sus posibilidades en todos estos días de prácticas, y creo que a sir Malud le esperan algunas sorpresas. -Vuestro coraje y vuestra confianza os llevarán lejos, James, pero no pueden compararse a toda una vida de experiencia con la espada, y ésa es la ventaja que Malud tiene sobre vos. -¿Apoya el príncipe Gobred las aspiraciones de Malud? -preguntó Blake. -¿Por qué no? Malud es un poderoso caballero, posee un gran castillo y muchos caballos y sirvientes. Además, dispone de una docena de caballeros y un centenar de soldados. -Pero hay más caballeros que tienen sus propios castillos. -Una veintena, quizá. -¿Y viven cerca del castillo de Gobred? -Al pie de la colina, a unas tres leguas de distancia -explicó Richard. -¿Y nadie más vive en este extenso valle? -preguntó Blake. -¿Habéis oído hablar de Bohun? -Sí, a menudo... ¿Por qué? -Se hace llamar a sí mismo rey, pero nosotros nunca nos dirigimos a él como tal. Él y sus partidarios moran en la parte opuesta del valle. Son, quizá, tantos como nosotros, y siempre hemos estado en guerra con ellos. -Pero he oído hablar sobre un gran torneo para el que los caballeros se preparan desde hace un tiempo. Creí que Bohun y los suyos tomarían parte. Y así es. El torneo se organiza una vez al año. Empieza el primer domingo de Cuaresma y se celebra durante tres días, que se han declarado, desde tiempos inmemoriales, de tregua entre los Delanteros y los Posteriores. Es aprovechando dicha tregua que celebramos un gran torneo; un año lo hacemos en la llanura que media ante la ciudad de Nimmr y al año siguiente, en la llanura que hay ante la ciudad del Sepulcro, tal y como ellos la llaman. -¡Delanteros y Posteriores! ¿Qué diablos significa eso? -preguntó Blake. -¿Sois caballero de Nimmr y aún no sabéis que significa? -exclamó Richard. -Lo que yo sé de la caballería cabría en la cáscara de una nuez -admitió Blake. -Tendríais que saberlo, de modo que os lo voy a explicar. Disponeos, pues, a escucharme -dijo Richard-, ya que debo remontarme al principio de todo. -Sirvió dos copas de vino de una jarra que había en el suelo, junto a él; tomó un trago largo y siguió adelante con su historia-. Ricardo I se hizo a la mar en Sicilia, en la primavera del año 1191, en compañía de todos sus grandes rumbo a Acre, donde debía reunirse con el rey francés, Felipe Augusto, y arrebatar Tierra Santa de manos de los sarracenos. Pero Ricardo se entretuvo a medio camino para conquistar Chipre y castigar al vil déspota que había insultado a Berengaria, con quien Ricardo debía desposarse. Cuando el gran ejército se hizo a la vela rumbo a Acre, había a bordo muchas doncellas de Chipre, ocultas por caballeros que se habían enamorado de sus adorables rostros, y así sucedió que dos de las naves, al verse azotadas por una tormenta, se desviaron de su rumbo y embarrancaron en la costa de África. »Una de las compañías de caballeros estaba comandada por un caballero llamado Bohun, y la otra por un Gobred, y aunque hicieron camino juntos, se mantuvieron separados excepto cuando los atacaban. De esa guisa, cuando buscaban Jerusalén, llegaron a este valle, que los partidarios de Bohun afirmaron que se trataba del valle del Santo Sepulcro, y que por tanto su cruzada había concluido. Quitaron sus cruces, que lucían en el pecho como hacen todos los cruzados que no han alcanzado su objetivo, para coserlas a la espalda, para dar á entender que su cruzada había terminado y que habían llegado a casa. -Gobred insistió en que éste no era el valle del Santo Sepulcro y que la cruzada no había concluido. Por tanto, él y sus seguidores conservaron las cruces en el pecho y construyeron una ciudad y un gran castillo para defender la entrada al valle, e impedir así que Bohun y sus seguidores volvieran a Inglaterra hasta que llevaran a buen puerto su misión. -Bohun cruzó el valle y construyó una ciudad y un castillo para impedir que Gobred avanzara en la dirección hacia la que, más tarde, supo que se encontraba el verdadero Sepulcro. Así, durante siete siglos y medio los descendientes de Bohun han impedido a los descendientes de Gobred seguir adelante y conquistar Tierra Santa a los sarracenos, mientras que los descendientes de Gobred impedían a los descendientes de Bohun volver a Inglaterra y deshonrar a la caballería. -Gobred tomó el título de príncipe y Bohun, el de rey, y dichos títulos han pasado de padres a hijos a lo largo de todos estos siglos. Los seguidores de Gobred siguen llevando la cruz en el pecho y, por tanto, se les conoce como los Delanteros, mientras que los seguidores de Bohun lucen la cruz en la espalda y se les llama Posteriores. -¿Y aún seguís empeñados en seguir adelante y liberar Tierra Santa? - preguntó Blake. -Sí -respondió Richard-, y los Posteriores quieren volver a Inglaterra; pero desde hace tiempo nos hemos percatado de la futilidad de nuestros respectivos empeños, ya que estamos rodeados por un vasto ejército de sarracenos. Somos pocos para enfrentarnos a ellos. ¿Creéis que hacemos lo correcto permaneciendo aquí, sometidos a tantos problemas? - inquirió. -En fín, sería toda una sorpresa veros aparecer en Jerusalén, o en Londres, tanto da -admitió Blake-. Desde mi punto de vista, Richard, lo mejor que podríais hacer sería quedaros aquí. Verás, después de setecientos años muchos se han olvidado de vosotros, e incluso los sarracenos podrían sorprenderse mucho si os vieran cargando hacia Jerusalén. -Quizás estéis en lo cierto, James -dijo Richard-, y además aquí somos muy felices, ya que no conocemos ningún otro lugar. Ambos permanecieron en silencio durante un rato, pensando en sus respectivos asuntos. Blake fue el primero en hablar. -Este gran torneo me interesa -dijo-. Dices que empieza el primer domingo de Cuaresma. No falta mucho. -No, no mucho. ¿Por qué? -Me preguntaba si estaría en forma para tomar parte en él. A medida que pasan los días mejoro con la lanza. Sir Richard lo miró con tristeza y negó con la cabeza. -Mañana moriréis -dijo. -¡Vamos hombre! ¡Eres más alegre que unas castañuelas! -exclamó Blake. -Me limito a ser sincero, amigo mío -replicó Richard-. Mucho apena mi corazón el que pueda estar en lo cierto, pero la verdad es... que mañana no venceréis a sir Malud. Si pudiera ocupar vuestro lugar en el combate... Mas no es posible. Sin embargo, me consuela pensar que os comportaréis con coraje y moriréis como todo buen caballero aspira a morir: sin mácula en el penacho. Grande será el consuelo que sienta la princesa Guinalda al saber que habéis muerto como debíais. -¿Eso crees? -preguntó Blake. -Ciertamente. -¿Y si no muero? ¿Crees que la decepcionaría? -preguntó Blake. -¡Decepcionarla! ¿Decepcionarla por qué? -Entonces se alegrará -aventuró Blake. -Yo no diría tanto -admitió Richard-, puesto que algo es seguro, y es que ninguna dama se alegraría de ver que su prometido resulta vencido y muerto, y si vos no morís mañana, será porque habéis matado a Malud. -¿Es su prometida? -preguntó Blake. -Es algo que todos damos por hecho, aunque aún no se hayan formalizado sus votos. -Es tarde. Si mañana tengo que morir, mejor será que duerma un poco esta noche. Al tumbarse entre las sábanas de algodón, extendidas sobre un camastro que habían colocado sobre el suelo de piedra en una esquina de la estancia comprobó que tenía menos sueño del que creyó tener en un principio. El saber que al día siguiente habría de enfrentarse a un caballero medieval en mortal lid le preocupaba mucho, pero Blake confiaba demasiado en sí mismo, y era tan joven que apenas contemplaba la posibilidad de morir. Sabía que era posible, pero no estaba dispuesto a permitir que ese pensamiento le quitara el sueño. Sin embargo, sí le quitaba el sueño otra cosa. Algo que le preocupaba mucho y que le hizo sentirse molesto cuando se descubrió pensando en ello: la proposición de matrimonio de sir Malud de Castillo Oeste a Guinalda, princesa de Nimmr. Pensó que quizás había sido un idiota al enamorarse de esa princesita medieval. Quizá Guinalda ni siquiera lo consideraba digno de tales sentimientos. ¿Qué haría con Malud? ¿Y si conseguía vencerlo a la mañana siguiente? En fin, ¿por qué preocuparse? Si lo mataba haría desdichada a la princesa. Si no lo mataba, entonces... ¿qué? Sir James no supo qué responderse a sí mismo.
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