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XXI ¡Por cada joya, una gota de sangre! Ibn Jad y su gente caminaron hacia el norte durante toda la noche. Aunque la negativa de Guinalda a seguir caminando supuso un retraso, lograron avanzar rápidamente al verse impelidos por las ansias que tenían de salir del valle con el botín antes de que pudieran descubrirlos o antes de que los caballeros que en aquel momento estaban acuartelados en el castillo y en la ciudad que, por fortuna, habían encontrado casi desierta se dispusieran a buscarlos. La avaricia les dio más fuerza y resistencia de la que era normal en ellos y, gracias a eso, al caer la noche habían llegado a la falda de la escarpada montaña que Ibn Jad estaba decidido a escalar en lugar de intentar asaltar el castillo que custodiaba el acceso al valle. Agotados, alcanzaron finalmente el paso situado justo por encima de la barbacana exterior que custodiaba el camino hacia la ciudad del Sepulcro. No los descubrió ninguno de los vigilantes que había en la zona, y por fin el último de ellos estuvo a salvo en el sendero que conducía al bajo collado que había en la falda de la montaña, detrás del cual se encontraba el manzil de los beduinos. Los defensores de la barbacana realizaron una salida ofensiva y se acercaron tanto por retaguardia que el caballero que dirigía la operación llegó a reconocer a Guinalda. Sin embargo, los disparos de mosquete efectuados por los hombres del desierto obligaron a los soldados mal pertrechados de Bohun a emprender la retirada, aunque el valiente caballero aferró la lanza y volvió a cargar hasta que tumbaron de un disparo al caballo, él quedó aplastado bajo su peso. Caía la noche cuando Ibn Jad y compañía llegaron caminando pesadamente a la entrada del manzil. Pese a caer exhaustos, el jeque sólo permitió una hora de sueño antes de dar orden de partida. Estaba claro que el jeque del fandí de al-Guad tenía cada vez más miedo de verse privado del tesoro y la muchacha antes de alcanzar las llanuras arenosas de su propio y árido beled. Dividió la pesada carga del tesoro en varios fardos, que se distribuyeron entre los seguidores en quienes más confiaba, mientras la custodia de la muchacha cautiva se confió a Fahd, cuya mirada maligna llenaba a la princesa de temor y aversión. Stimbol, que en secreto había oído hablar del tesoro y estaba al tanto de todas las locuras relacionadas con las mujeres bellas que los árabes pretendían encontrar en alguna ciudad fabulosa y oculta, se sorprendió al ver el éxito de los beduinos, que al principio atribuyó a las alucinaciones de sus febriles mentes. Debilitado, Stimbol caminaba inseguro por el sendero, tan arrimado a Fahd como era posible, ya que de todos los miembros del campamento sabía que aquella sabandija era la única persona dispuesta a ayudarle. Para Fahd, Stimbol significaba una gran riqueza. Aunque en la calenturienta mente del beduino anidaba otro propósito, ya que se había prendado locamente de la muchacha blanca. Había concebido un plan para conseguirla que estaba a punto de volverlo completamente loco. Fahd cayó en la cuenta de que con las riquezas prometidas por Stimbol podría permitirse poseer a esa adorable blanca, a la que, de otra forma, cualquier beduino vendería por el más alto precio que alcanzara. Por ello, Fahd tramaba planes y más planes con el solo objeto de disponer a sus anchas tanto de Guinalda como de Stimbol. Sin embargo, en sus planes siempre se interponía la obstinada figura del avaricioso jeque. Ibn Jad se volvió al este, al pie de las montañas del Sepulcro, para evitar pasar de nuevo por el territorio de Batando. Más allá del extremo este se volvería de nuevo hacia el sur, y más tarde emprendería el camino del oeste, justo por encima del territorio norte que, de forma nominal, pertenecía a Tarzán, ya que, aunque lo daban por muerto, temían una posible venganza por parte de los suyos. Era tarde cuando acamparon. Los preparativos para la cena se hicieron sin mayor dilación. Temblaban y parpadeaban las luces que despedían las fogatas para cocinar y las linternas de papel en el bait del jeque, pero no tanto como para impedir que Ateja se percatara de que Fahd dejaba caer algo en el tazón de comida que ella había preparado para Ibn Jad, situado entre él y el hombre que quería asesinarlo. Cuando el jeque estiró el brazo para hacerse con el tazón, Ateja salió de la tienda de las mujeres y se lo quitó de un manotazo. Antes de que pudiera justificarse o acusar a Fahd por su villanía, el muy gusano, al darse cuenta de que habían descubierto su perfidia, se puso en pie de un salto, cogió el mosquete y penetró en la tienda de las mujeres, donde habían dejado a Guinalda bajo la atenta mirada de Hirfa y Ateja. Cogió a la muchacha de la muñeca y la arrastró hasta atravesar la tienda por la lona posterior, y desde allí se dirigieron a la tienda de Fahd. Para entonces, el mukad de Ibn Jad estaba de lo más alborotado. El jeque pedía explicaciones a Ateja por lo que había hecho, y seguía sin darse cuenta de que Fahd había escapado por la parte posterior de su tienda, ya que nadie le había seguido al interior de la tienda de las mujeres. -¡Puso simm en vuestra comida! -gritó Ateja-. Vi cómo lo hacía, y la prueba de ello es que ha huido en cuanto ha descubierto que yo lo sabía. -Billah -exclamó Ibn Jad-. ¿Ese hijo de un chacal quería envenenarme? ¡Cogedlo y traedlo a mi presencia! -¡Ha huido por la parte posterior de la tienda! -gritó Hirfa-. Se ha llevado a la Nasrawia. Los beduinos se pusieron en pie y después efectuaron un registro para buscar a Fahd, pero al llegar a su tienda se vieron obligados a retroceder cuando éste les disparó. En la tienda cogió a Stimbol, que dormía sobre un inmundo jergón, y lo obligó a ponerse en pie. -¡Aprisa! -susurró al oído del americano-. ¡Ibn Jad ha ordenado que te maten! ¡Rápido! ¡Sígueme, que yo te salvaré! Corrió de nuevo a la parte posterior de la tienda, de modo que cuando quienes querían apresarlo se acercaron por delante rabiosos aunque precavidos, Fahd, arrastrando a Guinalda y seguido por Stimbol, se escabulló del manzil al amparo de la oscuridad, en dirección oeste. Era de noche cuando James Blake, que había seguido el claro rastro dejado por Ibn Jad, superó finalmente el último obstáculo y dio de lleno con el sendero que conducía al mundo exterior que había más allá del valle del Sepulcro. A un centenar de metros a su derecha se alzaban las grises torres de la barbacana, y a su izquierda se hallaba el sendero que conducía al lugar donde se encontraba el objeto de su amor. A su alrededor, ocultos entre los arbustos, había soldados del rey Bohun del Sepulcro, aunque él ignoraba ese detalle, y no podía saber que los vigías habían observado atentamente su lento progreso. Agotado por tan penoso ascenso, después de horas de esfuerzos sin comer ni descansar y desarmado, Blake se sintió incapaz de resistirse o de intentar escapar cuando una docena de hombres armados surgió de entre los matojos cercanos para amenazarle con el acero. De ese modo, sir James de Nimmr fue apresado y conducido en presencia del rey Bohun. Cuando éste lo interrogó y descubrió que era el mismo caballero negro que había frustrado su intento de secuestro de la princesa Guinalda, apenas pudo contenerse. Después de asegurar a Blake que lo mataría tan pronto como Bohun fuera capaz de dar con una muerte proporcional al daño que había causado, el rey ordenó cargarlo de cadenas y, custodiado por guardias, el americano fue conducido a un foso oscuro que había bajo el castillo. Allí un herrero, junto al fuego de las forjas, forjó gruesos grilletes de duro acero que ataron los tobillos del preso a un húmedo muro de piedra. Blake vio a dos criaturas desnudas y demacradas a la luz de las forjas, encadenadas de manera similar, y en un lejano rincón atisbó un esqueleto entre cuyos huesos distinguió cadenas y argollas para los tobillos. Entonces, en silencio, los guardias y el herrero abandonaron la estancia sin olvidar llevarse las antorchas, y James Blake quedó a merced de la oscuridad y la desesperación. En la llanura, bajo la ciudad de Nimmr, Tarzán había alcanzado al grupo de beduinos liderados por Abd al-Aziz y, después de asegurarse de que la chica no iba entre ellos, se había vuelto sin revelar su presencia y se apresuraba hacia el norte para retomar el rastro del otro grupo. Necesitado de comida y descanso, se tumbó en el bosque de los leopardos durante lo más caluroso del día después de dar caza a Horta el jabalí, al que mató rápidamente. Con la tripa llena, el hombre mono descubrió un árbol con una sólida y elevada rama a la que los pesados leopardos no podían acceder, y allí durmió hasta que el sol se hundió a espaldas del manzil occidental, donde había acampado la gente de Ibn Jad durante su incursión en el valle del Sepulcro. Hacía un tiempo que había perdido el rastro de Blake, pero el de la chica aparecía de forma intermitente y, como rescatarla a ella tenía preferencia sobre cualquier otra consideración, siguió las huellas de Ibn Jad. Durante un tiempo se sintió intrigado por el hecho de que el rastro de Guinalda, bien señalado por las improntas de las diminutas sandalias de diseño medieval, no apareciera entre las huellas de quienes procedían del manzil beduino. Perdió algún tiempo buscando alrededor con la esperanza de descubrir la solución a aquel enigma, y al final dio con la verdad. Las sandalias ligeras de Guinalda acabaron destrozadas por el uso, por no mencionar que no debían de ser muy aconsejables para una larga caminata, y al parecer fueron sustituidas por unas de Ateja. Por ello fue más dificultoso diferenciar entre el rastro de las dos muchachas, que tenían en común el mismo peso y pie, lo cual hacía las huellas prácticamente idénticas. Por tanto, Tarzán se contentó con seguir el rastro del grupo, y de ese modo pasó por el lugar donde habían acampado la primera noche, donde Fahd secuestró a Guinalda de nuevo, sin descubrir que tres de sus miembros se habían alejado hacia el oeste, mientras el grupo principal de los árabes emprendía la marcha hacia el este. Y mientras Tarzán seguía el rastro de Ibn Jad, un centenar de robustos waziri se dirigieron al norte procedentes del abrevadero de la llanura, y rodearon las rocas hasta dar con el rastro de los beduinos. Los acompañaba Said, que les había suplicado con tanta vehemencia que le dejaron acompañarlos cuando pasaron por el poblado donde esperaba, que al final el subjefe se avino a razones. Cuando Tarzán dio con los árabes, éstos ya se dirigían hacia el sur después de rodear el extremo este de las montañas del Sepulcro. Vio las bolsas que cargaban y la evidente preocupación con que Ibn Jad las custodiaba y vigilaba, por lo que no tardó mucho en suponer que el astuto ladrón había encontrado el tesoro que tanto ansiaba. Sin embargo, no vio nada que indicara la presencia de la princesa. Al parecer, Stimbol también había desaparecido. Tarzán estaba furioso. Estaba furioso por haber permitido que los beduinos se hubieran atrevido a invadir su territorio, y también estaba molesto consigo mismo porque se sentía engañado. Tarzán tenía sus propios métodos de castigar a sus enemigos y tenía, también, su propio sentido del humor; un humor más bien negro. Cuando la gente hacía maldades se dedicaba a aprovecharse de aquello que les causaba mayores preocupaciones, y en eso era implacable con sus enemigos. Estaba seguro de que los árabes lo daban por muerto y en ese momento no le pareció buena idea sacarlos de su error. Le complacía la idea de que empezaran a acusar el peso de su rabia, y que probasen los primeros frutos de su maldad. Moviéndose en silencio a través de los árboles, pudo seguir sin problemas a los árabes, a quienes nunca perdía de vista. Ninguno de ellos vio a Tarzán; ni siquiera soñaban con que aquel salvaje par de ojos siguiera sus movimientos con quirúrgica precisión. Cinco hombres llevaban el tesoro, aunque su peso no era tan grande como para que un hombre muy fuerte no pudiera transportarlo un trecho. Tarzán no quitaba ojo a esos hombres, ni tampoco al jeque Ibn Jad. El sendero era espacioso. y el jeque caminaba junto a uno de los hombres que cargaban con el tesoro. Todo estaba muy silencioso en la jungla. Incluso los árabes, tan gárrulos en condiciones normales, caminaban callados, ya que estaban muy cansados, el día era caluroso y no estaban acostumbrados al peso que estaban obligados a llevar, al haberles privado Batando de sus esclavos. . De pronto, sin previo aviso y con el siseo de su vuelo al surcar el aire a modo de única advertencia, una flecha atravesó el cuello a uno de los beduinos que caminaban junto a Ibn Jad. El hombre profirió un grito y cayó de bruces con las manos en el cuello mientras los árabes, advertidos por su jeque, amartillaron los mosquetes y se dispusieron a rechazar el ataque, aunque no había rastro del enemigo por ninguna parte. Aguardaron atentos, aguzaron el oído, pero no oyeron otro sonido aparte del cuchicheo de los insectos y el ocasional griterío de los pájaros. Al reemprender el camino, después de dejar tirado el cadáver de su compañero en el suelo, una voz profunda se dirigió a ellos desde la distancia. -¡Por cada joya, una gota de sangre! -gritó en tono dramático. El responsable del grito sabía lo intensamente supersticiosa que es la gente del desierto, y qué debía hacer para atemorizarlos. Una temblorosa columna de hombres reemprendió el camino, aunque no se hizo mención alguna de acampar hasta la puesta de sol, tan ansiosos estaban de poner tierra por medio, entre ellos y el tenebroso bosque que atravesaban. Pero el bosque persistió, y al final fue necesario acampar. Una vez instalados, los fuegos del campamento y la comida aliviaron la tensión de sus agotados nervios, y se animaron de tal modo que de nuevo volvieron a oírse risas y canciones en el manzil de Ibn Jad. El veterano jeque permanecía sentado en su mukad, rodeado por los cinco fardos del tesoro, uno de los cuales tenía abierto. Aprovechaba la luz de las linternas para inspeccionar su contenido. Sus compinches, más ocupados en sorber café, se apiñaban alrededor. De pronto algo cayó con fuerza en el suelo, ante el bait, y rodó hasta entrar en el mukad, donde se encontraban ellos. ¡Era la cabeza de un hombre! La misma persona cuyo cadáver habían abandonado en el camino los observaba con la mirada vacía. Se sentaron presa del terror contemplando la horripilante cabeza, cuando una voz procedente del exterior del tenebroso bosque volvió a gritar: -¡Por cada joya, una gota de sangre! Ibn Jad temblaba como una hoja. Los hombres del campamento se agruparon frente a la tienda del jeque. Todos tenían un mosquete en una mano, mientras con la otra tanteaban en busca de su hiyab. Todos ellos llevaban varios de esos amuletos, de los que estaban muy necesitados aquella noche; sobre todo del prescrito para ahuyentar genios, y es que estaban convencidos de que el responsable de su situación no podía ser de otra cosa que un genio. Hirfa estaba en el interior del mukad contemplando la cara muerta del hombre, mientras Ateja seguía tumbada en su estera en la tienda de las mujeres. No vio cómo se apartaba la cortina trasera, ni a la figura que penetraba silenciosamente en el interior de la tienda. El harén estaba a oscuras, ya que se filtraba poca luz de las linternas del mukad. Ateja sintió que una mano se cerraba en torno a su boca, al mismo tiempo que otra la cogía del hombro. Entonces, una voz susurró a su oído. -¡No hagas ruido! No voy a hacerte daño. Soy amigo de Said. Dime la verdad y no os haré daño a ninguno de los dos. ¿Dónde está la mujer que Ibn Jad trajo del valle? El que así hablaba acercó el oído a los labios de la muchacha, y quitó la mano que le impedía hablar. Ateja temblaba como una hoja. Jamás había visto a ningún genio, y, aunque no veía al ser que tenía tan cerca, sabía que era una de esas temibles criaturas de la noche. -¡Responde! -susurró la voz a su oído-. ¡Habla y dime la verdad si quieres salvar a Said! -Fahd sacó a la mujer de nuestro manzil anoche -dijo ahogando un grito-. No sé adónde fueron. Tal y como había llegado, en silencio, el ser desapareció y la aterrorizada muchacha quedó a solas. Cuando Hirfa fue poco después a buscarla, la encontró desmayada.
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