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«A fe mía que dudo
de que hubiera alguna vez un matadero como aquel barco.»
James Armitage
Tengo aquí unos papeles –me dijo mi amigo Sherlock
Holmes, sentados una noche invernal al lado del fuego– que creo de veras, Watson,
que merecerían un vistazo suyo. Se trata de los documentos acerca del
extraordinario caso de la Gloria Scott, y éste es el mensaje que tanto horrorizó
al juez de paz Trevor cuando lo leyó.
Había sacado
de un cajón un pequeño rollo de aspecto ajado y, desatando su cinta, me entregó
una breve nota garabateada en medio folio de papel gris pizarra. Decía:
«El
suministro de caza para Londres aumenta sin cesar. Al guardabosque en jefe
Hudson, según creemos, se le ha pedido ahora que reciba todos los encargos de
papel atrapamoscas y que preserve la vida de vuestros faisanes hembra.»
Al levantar
la vista, después de leer tan enigmático mensaje, vi que Holmes se reía de la
expresión que había en mi rostro.
–Parece un
tanto desconcertado –me dijo.
–No
comprendo que un mensaje como éste pueda inspirar horror. A mí me parece más
grotesco que cualquier otra cosa.
–Y no me
extraña en absoluto. Sin embargo, persiste el hecho de que el lector, que era un
anciano robusto y bien conservado, se desplomó al leerlo, como si le hubieran
asestado un culatazo con una pistola.
–Excita mi
curiosidad –dije–. ¿Por qué ha dicho hace un momento que había razones muy
particulares por las que yo debería estudiar estos documentos?
–Porque fue
el primer caso en el que yo intervine.
A menudo
había tratado yo de saber de labios de mi compañero qué había orientado por
primera vez su mente en la dirección de la investigación criminal, pero hasta el
momento nunca le había sorprendido en una vena comunicativa. Ahora se inclinó
adelante en su sillón y extendió los documentos sobre sus rodillas. Después
encendió su pipa y durante algún tiempo permaneció sentado, fumando y
hojeándolos.
–¿Nunca me ha oído hablar de Víctor
Trevor? –preguntó–. Fue el único amigo que tuve durante los dos años que pasé en
el colegio universitario. Yo nunca fui un individuo muy sociable, Watson, y
siempre preferí permanecer en mi habitación y desarrollar mis pequeños métodos
de pensamiento, de modo que nunca alterné mucho con los jóvenes de mi curso.
Excepto la esgrima y el boxeo, yo no tenía grandes aficiones atléticas y,
además, mi línea de estudios era muy distinta de la de los demás condiscípulos,
de modo que no teníamos ningún punto de contacto. Trevor era el único alumno al
que yo conocía, y precisamente debido al accidente ocasionado por su bull-terrier,
que plantó sus dientes en mi tobillo una mañana, cuando me dirigía a la capilla.
»Fue una
manera prosaica de forjar una amistad, pero resultó efectiva. Tuve que
permanecer echado diez días, y Trevor solía venir a preguntar cómo estaba. Al
principio sólo charlábamos un par de minutos, pero sus visitas no tardaron en
prolongarse y antes de que terminara el curso éramos íntimos amigos. El era un
muchacho cordial y saludable, lleno de ánimo y energía, el extremo opuesto a mi
en muchos aspectos, pero descubrimos que teníamos algunos intereses en común, y
se estableció un vinculo más cuando constaté que carecía de amigos igual que yo.
Finalmente me invitó a pasar una temporada en la casa de su padre en Donnithorpe,
Norfolk, y acepté su hospitalidad durante un mes de las vacaciones de verano.
»El viejo
Trevor era, evidentemente, un hombre de buena posición y de cierta categoría,
juez de paz y terrateniente. Donnithorpe es un pequeño caserío al norte de
Langmere, en la región de los Broads. La casa era un amplio y antiguo edificio,
con vigas de roble y obra de mampostería, con una bonita avenida flanqueada por
tilos que conducía hasta ella. Las oportunidades de cazar patos silvestres en
los pantanos eran excelentes, así como la pesca. Tenía además una pequeña pero
selecta biblioteca, procedente, según entendí, de un anterior ocupante, y una
cocina tolerable, de modo que muy remilgado había de ser el hombre que no
pudiera pasar allí un mes placentero.
»Trevor padre
era viudo, y mi amigo era su único hijo. Oí decir que hubo una hija, pero que
murió de difteria en el curso de una visita a Birmingham. El padre me interesó
extraordinariamente. Era un hombre de poca cultura, pero con un vigor
considerable tanto en el aspecto físico como mental. Apenas había leído libro
alguno, pero habla viajado extensamente, había visto gran parte del mundo y
había recordado todo lo que aprendió. Como persona, era un hombre grueso y
fornido, con una buena mata de cabellos grises, cara morena, curtida por la
intemperie, y unos ojos azules cuya agudeza lindaba en la ferocidad. Sin
embargo, gozaba de la reputación de ser un hombre bondadoso y caritativo en toda
la comarca y era bien conocida la benignidad de sus sentencias como juez.
»Una tarde,
poco después de mi llegada, saboreábamos un vasito de oporto como remate de la
cena, cuando el joven Trevor empezó a hablar acerca de aquellos hábitos de
observación y deducción que yo ya había convertido en un sistema, aunque todavía
no había reconocido el papel que habrían de desempeñar en mi vida.
Evidentemente, el anciano creyó que su hijo exageraba en su descripción de un
par de hechos triviales que yo había protagonizado.
»–Vamos,
señor Holmes –me dijo, riéndose con ganas–, yo soy un excelente sujeto, si es
que puede deducir algo de mí.
»–Temo que no
haya gran cosa –contesté yo–. Pero podría sugerir que en los doce últimos meses
ha temido usted algún ataque personal.
»La risa
desapareció de sus labios y me miró con viva sorpresa.
»–Pues es la
pura verdad –dijo–. Tú ya sabes, Víctor –añadió, volviéndose hacia su hijo–, que
cuando dispersamos aquella pandilla de cazadores furtivos, juraron apuñalarnos,
y de hecho sir Edward Hoby ha sido agredido. Desde entonces, yo siempre me he
mantenido en guardia, pero no tengo la menor idea de cómo puede usted saberlo.
»–Tiene un
bastón muy elegante, señor Trevor –respondí–. Por la inscripción, he observado
que no hace más de un año que obra en su poder. Pero se ha tomado usted el
trabajo de agujerear su puño y verter plomo derretido en el orificio, a fin de
convertirlo en un arma formidable. He deducido que no tomaría tales precauciones
si no temiera algún peligro.
»–¿Algo más?
–preguntó, sonriendo.
»–En su
juventud, usted practicó muchísimo el boxeo.
»–¡Ha
acertado otra vez! ¿Y cómo lo ha sabido? ¿Acaso tengo la nariz algo desviada?
»–No
–contesté–. Se trata de sus orejas. Presentan el aplastamiento y la hinchazón
peculiares que delatan al boxeador.
»–¿Algo más?
»–A juzgar
por sus callosidades, se ha dedicado de firme a cavar.
»–Gané todo
mi dinero en los campos auríferos.
»–También ha
estado en Nueva Zelanda.
»–De nuevo ha
acertado.
»–Ha visitado
Japón.
»–Cierto.
»–Y ha estado
usted íntimamente asociado con alguien cuyas iniciales eran J.A., una persona a
la que después quiso olvidar por completo.
»El señor
Trevor se levantó lentamente, clavó en mi sus grandes ojos azules con una mirada
extraña, desenfocada, y acto seguido se desplomó, víctima de un profundo
desmayo, sepultando la cara entre las cáscaras de nuez que cubrían el mantel.
»Puede
imaginar, Watson, cuál fue la impresión que esto nos causó a su hijo y a mí. Sin
embargo, el ataque no duró mucho, y cuando le desabrochamos el cuello de la
camisa y rociamos su cara con el agua de un vaso, dio un par de boqueadas y se
incorporó.
»–¡Ay,
muchachos! –dijo, esforzándose en sonreír–. Espero no haberos dado un susto.
Pese a parecer tan fuerte, hay un punto débil en mi corazón y no se necesita
gran cosa para ponerme fuera de combate. No sé cómo se las arregla usted, señor
Holmes, pero tengo la impresión de que todos los detectives de la realidad y la
ficción serían como chiquillos en sus manos. Este es su camino en la vida,
señor, y puede creer en las palabras de un hombre que ha visto un poco el mundo.
»Y esta
recomendación, junto con la exagerada estimación de mis facultades que la
precedió, fue, puede usted creerme, Watson, lo primero que me hizo pensar que
cabía convertir en profesión lo que hasta entonces había sido mera afición. En
aquel momento, sin embargo, a mí me preocupaba demasiado el súbito
desvanecimiento de mi anfitrión para pensar en nada mas.
»–Espero no
haber dicho nada que le haya disgustado –murmure.
»–Desde
luego, me ha tocado en un punto de lo más sensible. ¿Puedo preguntarle cómo lo
sabe y qué es lo que sabe?
»Hablaba en
un tono como medio en broma, pero en el fondo de sus ojos todavía había una
expresión de terror.
»–No puede
ser más sencillo –contesté–. Cuando se arremangó un brazo para meter aquel pez
en la barca, vi que le habían tatuado «J.A.» en el brazo. Las letras todavía
eran legibles, pero se veía bien a las claras, a juzgar por su apariencia
borrosa y por el teñido de la piel a su alrededor, que se hablan hecho esfuerzos
conducentes a su desaparición. Era obvio, pues, que en otro tiempo aquellas
iniciales habían sido muy familiares y que, posteriormente, había querido
olvidarlas.
»–¡Qué vista
tiene usted, señor Holmes! –exclamó con un suspiro de alivio–. Es tal como usted
dice, pero no hablaremos de ello. Entre todos los fantasmas, los de nuestros
viejos amores son los peores. Venga a la sala de billar y fume tranquilamente un
cigarro.
»A partir de
aquel día, y a pesar de toda su cordialidad, siempre hubo una nota de suspicacia
en la actitud del señor Trevor conmigo. Hasta su hijo se dio cuenta. «Le diste
tal susto al jefe –me dijo– que nunca más volverá a estar seguro de lo que sabes
y de lo que no sabes.» Tengo la certeza de que él se esforzaba en no
manifestarlo, pero la sospecha estaba tan firmemente arraigada en su mente que
afloraba en cualquier ocasión. Finalmente, llegué a estar tan convencido de que
le causaba tal inquietud que di por concluida mi visita. Pero el mismo día de mi
partida, antes de marcharme, ocurrió un incidente que después demostraría tener
su importancia.
»Estábamos
sentados los tres en sillas del jardín y sobre el césped, tomando el sol y
admirando la vista a través de los Broads, cuando salió la sirvienta para decir
que ante la puerta había un hombre que deseaba ver al señor Trevor.
»–¿Cuál es su
nombre? –preguntó mi anfitrión.
»–No ha
querido dar ninguno.
»–¿Qué
quiere, pues?
»–Dice que
usted lo conoce y que sólo desea unos momentos de conversación.
»–Hazle
pasar aquí.
»Un momento
después apareció un hombrecillo apergaminado, con una actitud servil y unos
andares bamboleantes. Llevaba una chaqueta abierta, con una gran salpicadura de
alquitrán en la manga, una camisa a cuadros rojos y negros, pantalones de tela
basta y unas recias botas desgastadas. Tenía un rostro moreno, enjuto y sagaz,
con una perpetua sonrisa que mostraba una línea irregular de dientes amarillos,
y sus manos arrugadas estaban cerradas a medias, de un modo que es distintivo de
los marineros. Al acercarse, encorvado, a través del césped, oi que la garganta
del señor Trevor producía un ruido semejante a un hipo y, abandonando de un
salto su silla, corrió precipitadamente hacia la casa. Volvió al cabo de unos
momentos y, al pasar junto a mi, mi olfato captó una intensa vaharada de brandy.
»–Y bien,
buen hombre –dijo–, ¿qué puedo hacer por usted?
»El marinero
le miraba con ojos entrecerrados y con la misma e incesante sonrisa en su faz.
¿me conoce? –le preguntó.
»–¡Vaya,
hombre! ¡Pero si es Hudson! –exclamó el señor Trevor en un tono de sorpresa.
»–Y Hudson
soy, señor –dijo el marinero–. Es que han pasado más de treinta años desde la
última vez que le vi. Y aquí está usted en su casa y yo comiendo todavía mi
tasajo sacado del barril de a bordo.
»–Tranquilo,
hombre, pues verás que no he olvidado tiempos ya lejanos – dijo el señor Trevor
y avanzando hacia el marinero, le murmuró algo en voz baja. A continuación y en
voz alta añadió–: Ve a la cocina, allí te darán comida y bebida. Y no me cabe
duda de que te encontraré un empleo.
»–Gracias,
señor –repuso el marinero, llevándose la mano a la visera de la gorra–. Llevaba
ya dos años en un vapor de cabotaje que no pasaba de los ocho nudos y además con
poca tripulación y deseo tomarme un descanso. Pensé que lo conseguiría, ya fuera
con el señor Beddoes o con usted.
»–¡Ah! –gritó
el señor Trevor–. ¿Sabes dónde está el señor Beddoes?
»–Por favor,
señor, yo sé dónde están todos mis viejos amigos –dijo el hombre con una sonrisa
siniestra y se deslizó tras la sirvienta en dirección a la cocina. »El señor
Trevor murmuró algo acerca de haber navegado junto con aquel hombre cuando
volvió de las minas. Después entró en la casa, dejándonos a los tres fuera. Al
entrar nosotros una hora más tarde, lo encontramos borracho perdido, echado en
el sofá de la sala de estar. Todo el incidente dejó en mi mente una impresión
desagradable. Al día siguiente no me dolió abandonar Donnithorpe, pues pensaba
que mi presencia podía ser motivo de embarazo para mi amigo.
»Esto ocurrió
durante el primer mes de las vacaciones de verano. Yo volví a mis habitaciones
de Londres, donde pasé siete semanas dedicado a unos experimentos de química
orgánica. Un día, sin embargo, cuando el otoño ya estaba bastante avanzado y las
vacaciones tocaban a su fin, recibí un telegrama de mi amigo en el que me rogaba
que volviera a Donnithorpe a fin de recabar mi consejo y ayuda.
»Me recibió con el dog cart en la estación, y comprendí al primer vistazo que en
los dos últimos meses le hablan sometido a dura prueba. Había adelgazado y se
notaba que le agobiaba alguna inquietud, pues había perdido aquella actitud
amable y jovial que tanto le caracterizaba.
»–El jefe se
está muriendo –fueron sus primeras palabras.
»–¡Imposible!
–grité–. ¿Qué le ocurre?
»–Apoplejía.
Un choque nervioso. Todo el día ha estado al borde del final. Dudo de que lo
encontremos con vida.
–Como puede
imaginar, Watson, me sentí horrorizado por esta noticia inesperada.
»–¿Cuál ha
sido la causa? –pregunté. »–Ah, ésta es la cuestión. Sube y podremos comentarlo
durante el trayecto. ¿Recuerdas aquel individuo que llegó la tarde anterior a tu
partida?
»–Perfectamente.
»–¿Sabes a
quién dejamos entrar en casa aquel día?
»–No tengo ni
la menor idea.
»–¡Era el
Diablo, Holmes! –exclamo.
»Lo miré
estupefacto.
»- Si era el
Diablo personificado. Desde entonces no hemos tenido ni una hora de paz, ni una
sola. Desde aquella tarde, el jefe ya no volvió a levantar cabeza, y ahora le ha
sido arrebatada la vida y se le ha partido el corazón, todo debido a ese maldito
Hudson.
»–¿Qué poder
tiene, pues?
»–¡Ah, esto
es lo que yo desearía saber a cualquier precio! ¡El bueno del jefe, tan amable y
caritativo! ¿Cómo pudo caer en las manos de semejante rufián? Pero me alegra
tanto que hayas venido, Holmes... Confío muchísimo en tu buen juicio y en tu
discreción, y sé que me darás el mejor consejo.
»Avanzábamos a lo largo de la lisa y blanca carretera rural, y ante nosotros
brillaba el largo tramo de los Broads bajo la luz roja del sol poniente. En una
arboleda a nuestra izquierda, ya podía ver las altas chimeneas y el mástil de la
bandera que señalaban la mansión del squire.
»–Mi padre
nombró jardinero a aquel tipo –explicó mi compañero– y después, ya que esto no
le satisfizo, lo ascendió a mayordomo. Parecía como si la casa estuviera a su
merced; la recorría y hacia en ella cuanto se le antojaba. Las criadas se
quejaron de su afición a la bebida y de su lenguaje soez, y mi padre les aumentó
el sueldo a todas para compensarles de estas molestias. Aquel individuo
utilizaba la barca y la mejor escopeta de mi padre, y se regalaba con pequeñas
cacerías. Y todo esto lo hacía con una cara tan insolente y burlona que, si
hubiera sido un hombre de mi edad, veinte veces le hubiera tumbado de un
puñetazo. Te aseguro, Holmes, que en todo momento me he sometido a un férreo
control, pero ahora me pregunto si no hubiera obrado mucho mejor abandonándome
un poco más a mis impulsos.
»Pues bien,
entre nosotros las cosas fueron de mal en peor, y ese animal de Hudson se mostró
cada vez más entrometido, hasta que un día, al contestar con insolencia a mi
padre en mi presencia, lo agarré por un hombro y lo expulsé de la habitación. Se
retiró con un rostro lívido y unos ojos ponzoñosos, que proferían más amenazas
de las que hubiese podido pronunciar su lengua. No sé qué ocurrió entre mi pobre
padre y él después de esto, pero papá me llamó el día siguiente y me preguntó si
no podía yo ofrecer mis excusas a Hudson. Como puedes imaginar, me negué y a la
vez in-uirí cómo podía permitir mi padre que semejante granuja se tomara tantas
libertades con él y con el personal de la casa.
»–Ah,
muchacho –me dijo–, hablar cuesta muy poco, pero tú no sabes cuál es mi
situación. Sin embargo, lo sabrás, Víctor. Yo me ocuparé de que lo sepas, ocurra
lo que ocurra. ¿Verdad que no crees que tu pobre y viejo padre haya cometido
nada malo?
»Estaba muy
emocionado y se encerró todo el día en el estudio donde, como pude ver a través
de la ventana, escribía afanosamente.
«Aquella
tarde se produjo lo que a mí me representó un gran alivio, pues Hudson nos
anunció que iba a dejarnos. Entró en el comedor, donde nosotros estábamos
sentados después de cenar, y manifestó su intención con la voz pastosa del
hombre medio bebido.
»–Ya estoy
harto de Norfolk –dijo–. Me iré a casa del señor Beddoes, en el Hampshire. Sé
que se alegrará tanto como usted cuando me vea.
«–Espero que
no irás a marcharte enfadado, Hudson –dijo mi padre con una docilidad que hizo
hervir mi sangre en las venas.
»–No me han
sido presentadas excusas –replicó él, ceñudo y mirando en mi dirección.
»–Víctor, ¿no
reconoces que has tratado con dureza a este buen hombre? – preguntó mi padre,
volviéndose hacia mi.
»–Muy al
contrario, creo que los dos hemos mostrado con él una paciencia extraordinaria
–repuse.
» ¿Ah, sí,
conque éstas tenemos? –gruñó Hudson–. Pues muy bien, hombre. ¡Ya nos ocuparemos
de ésto!
«Salió del
comedor con la cabeza gacha y media hora más tarde abandonó la casa, dejando a
mi padre en un estado de penoso nerviosismo. Noche tras noche, le oía pasear por
su habitación, y precisamente, cuando ya empezaba a recuperar la confianza en si
mismo, cayó por fin el golpe sobre él.
»–¿Y cómo
fue? –inquirí con afán.
»–Del modo
más extraordinario. Ayer por la tarde llegó una carta destinada a mi padre con
el matasellos de Fordingbridge. Mi padre la leyó, se llevó ambas manos a la
cabeza y empezó a caminar por la habitación, describiendo pequeños círculos,
como el hombre que ha perdido los sentidos. Cuando por fin le hice echarse en un
sofá, su boca y sus párpados se habían desviado a un lado y comprendí que había
sufrido un ataque de apoplejía. El doctor Fordham vino enseguida y acostamos a
mi padre, pero hoy la parálisis ha aumentado y no da señales de recuperar el
conocimiento. Creo muy difícil que aún lo encontremos vivo.
»–¡Me
horrorizas, Trevor! –exclamé–. ¿Qué podía haber leído en aquella carta, para que
causara un resultado tan espantoso?
»–Nada. Y
esto es lo inexplicable del asunto. El mensaje era tan absurdo como trivial.
¡Ah, Dios mío, como yo temía!
»Mientras
hablaba enfilamos la curva de la avenida de entrada y a la luz mortecina, vimos
que todas las persianas de la casa estaban echadas. Corrimos hacia la puerta, y
el semblante de mi amigo se convulsionó por el dolor al ver aparecer en el
umbral un caballero vestido de negro.
»–¿Cuándo ha
ocurrido, doctor? –preguntó Trevor.
»–Casi
inmediatamente después de marcharse usted.
»–¿Recobró el
conocimiento?
»–Por unos
momentos antes del final.
»–¿Algún
mensaje para mí?
»–Sólo que
los papeles están en el cajón posterior del armario japonés.
»Mi amigo
subió con el doctor a la cámara mortuoria, mientras yo permanecía en el estudio,
dando al asunto vueltas y más vueltas en mi cabeza y sintiéndome más apenado que
en ningún otro instante de mi vida. ¿Cuál debía ser el pasado de Trevor,
pugilista, viajero y buscador de oro, que se había puesto en manos de aquel
marinero de rostro patibulario? ¿Por qué, asimismo, había de desmayarse ante una
alusión a las iniciales medio borradas en su brazo, y morirse de miedo al
recibir una carta de Fordingbridge? Recordé entonces que Fordingbridge estaba en
el Hampshire, y que aquel señor Beddoes, al que había ido a visitar el marinero,
y presumiblemente a extorsionarle, también había sido mencionado como residente
en el Hampshire. Por consiguiente, la carta o bien podía proceder de Hudson, el
marinero, para anunciar que había traicionado el culpable secreto que parecía
existir, o bien haber sido escrita por Beddoes, a fin de advertir a un antiguo
confederado sobre la inminencia de esta delación. Hasta aquí la cosa parecía
bastante clara. Pero en este caso, ¿cómo podía el mensaje ser trivial y
grotesco, tal como lo describía el hijo? Debía de haberlo interpretado mal. Y si
era así, bien podía tratarse de uno de aquellos códigos secretos que quieren
decir una cosa mientras aparentan decir otra. Yo tenía que leer esa carta. Si
había en ella un significado oculto, yo confiaba en poder desentrañarlo.
Durante una hora permanecí sentado, meditando al respecto en la semiobscuridad,
hasta que finalmente una sirvienta llorosa trajo una lámpara. La seguía mi amigo
Trevor, que entró pálido pero sereno, con estos mismos papeles que ahora tengo
sobre mis rodillas. Se sentó ante mí, acercó la lámpara al borde de la mesa y me
entregó una breve nota escrita, como ve usted, en una sola cuartilla de color
gris. Decía: «El suministro de caza para Londres aumenta sin cesar. Al
guardabosque en jefe Hudson, según creemos, se le ha pedido ahora que reciba
todos los encargos de papel atrapamoscas y que preserve la vida de vuestros
faisanes hembra.
»Le aseguro
que en mi cara se reflejó el mismo asombro que en la suya cuando leí por primera
vez este mensaje. Acto seguido lo releí cuidadosamente. Era, evidentemente, lo
que había pensado yo y una segunda versión había de ocultarse en esa extraña
combinación de palabras. ¿Y no podía ser que tuviera un significado ya
previamente convenido en palabras tales como «papel atrapamoscas» y «faisanes
hembra»? Este significado sería arbitrario y de ningún modo se le podría
deducir. Sin embargo, me sentía poco inclinado a creer que fuera éste el caso y
la presencia del nombre «Hudson» parecía indicar que el tema del mensaje era el
que yo había sospechado, y que procedía de Beddoes más bien que del marinero.
Probé la lectura hacia atrás, pero los resultados nada tenían de alentadores. A
continuación probé con palabras alternativas, pero tampoco pareció que el
sistema prometiera aportar alguna luz. Y a continuación, en un instante, tuve en
mis manos la clave del enigma, pues vi que cada tercera palabra, comenzando por
la primera, construía un mensaje que bien podía llevar al viejo Trevor a la
desesperación: «El juego ha terminado. Hudson lo ha contado todo. Huye para
salvar tu vida.»
Transcripción del mensaje
completo en su versión original inglesa: The supply of game lar London is going
steadily op. Head-keeper Hudson, we believe, has been now told to receive all!
orders lar Fly-paper and lar preservation of your hm pheasants life.
Cada tercera palabra, a partir de la primera: The garne is up. Hudson has told
all!. Fly lar your life.»
»Victor
Trevor hundió el rostro entre sus manos temblorosas.
»–Ha de ser
esto, supongo –dijo–. Y esto es peor que la muerte, porque significa también el
deshonor. Pero, ¿cuál es el significado de ese «guardabosque» y esos «faisanes
hembra»?
»–Nada
significan para el mensaje, pero podrían representar mucho para nosotros si no
tuviéramos otros medios para descubrir al remitente. El ha empezado por
escribir: «El... juego... ha...», y así sucesivamente. Y después, para ajustarse
al código acordado, ha tenido que meter dos palabras en cada espacio vacío. Como
es natural, utilizó las primeras palabras que acudieron a su mente, y por haber
entre ellas tantas que hacen referencia al deporte de la caza, cabe tener la
tolerable seguridad de que o bien es un apasionado de la caza o tiene interés
por la cría de animales. ¿Tú sabes algo de ese Beddoes?
»–Ahora que
lo mencionas –me contestó–, recuerdo que mi pobre padre recibía cada otoño una
invitación suya para ir a cazar en su vedado.
»-Entonces es
indudable que la nota procede de él –dije–. Sólo nos queda descubrir qué es este
secreto que el marinero blandía sobre las cabezas de estos dos hombres ricos y
respetados.
»–Por
desgracia, Holmes, mucho me temo que sea un pecado vergonzoso –manifestó mi
amigo–. Mas para ti yo no tengo secretos. He aquí la declaración que escribió mi
padre cuando supo que el peligro por parte de Hudson se habla hecho inminente.
La encontré en el armario japonés, tal como se lo dijo él al doctor. Léemela tu
mismo, pues yo no tengo fuerzas ni valor para hacerlo.
–Estos son
los mismos documentos, Watson, que él me entregó, y ahora se los leeré a usted
tal como aquella noche se los leí a él en el viejo estudio. Como ve, hay un
título bastante explícito: «Detalles del viaje de la corbeta Gloria Scott desde
que zarpó de Falmouth el 8 de octubre de 1855, hasta su destrucción en latitud
Norte 150 20’, longitud Oeste 250 14’, el 6 de noviembre.» Está presentado en
forma de carta y dice lo siguiente:
«Mi querido,
queridísimo hijo... Ahora, cuando una inminente desgracia empieza a oscurecer
los últimos años de mi vida, puedo escribir con toda veracidad y sinceridad que
no es el temor a la ley, ni la pérdida de mi posición en el condado, ni tampoco
mi caída a los ojos de todos aquellos que me han conocido lo que más destroza mi
corazón, sino la idea de que tengas que sonrojarte por mi culpa... tú, que me
quieres y que rara vez, quiero esperarlo, has tenido motivo para no respetarme.
Pero si cae el golpe que desde siempre me está amenazando, entonces desearía que
leyeras esto para que sepas a través de mí hasta qué punto se me puede culpar.
Por otra parte, si todo va bien (¡Así quiera concederlo Dios Todopoderoso!) y si
por azar este papel todavía pudiera ser destruido y cayera en tus manos, por la
memoria de tu querida madre y por el amor que existe entre nosotros, arrójalo al
fuego y nunca más vuelvas a dedicarle un solo pensamiento. En cambio, si tus
ojos recorren estas líneas, ello querrá decir que habré sido denunciado y
arrebatado de mi casa, o bien, lo que será más probable, pues ya sabes que tengo
un corazón débil, que yaceré con mi lengua sellada para siempre por la muerte.
Mi nombre, querido hijo, no es Trevor. Yo era James Armitage en mis años mozos,
y ahora comprenderás la impresión que me causó hace unas semanas, que tu amigo
del colegio me dirigiera unas palabras que daban a entender que había penetrado
en mi secreto. Como Armitage entré a trabajar en un banco de Londres. También
como Armitage fui acusado de quebrantar las leyes de mi país y sentenciado a la
deportación. No me juzgues con dureza, hijo mío: me vi obligado a pagar lo que
se llama una deuda de honor y para hacerlo, empleé dinero que no era mío, seguro
de que podría devolverlo antes de que hubiera la posibilidad de que lo echaran
en falta. Pero me persiguió el más atroz de los infortunios, el dinero con el
que yo había contado nunca llegó a mis manos y una prematura revisión de las
cuentas bancarias reveló mi desfalco. Mi caso hubiera podido ser juzgado con
benevolencia, pero hace treinta años las leyes eran aplicadas con mayor dureza
que ahora y el día en que cumplía veintitrés años me vi encadenado, como
cualquier delincuente y junto con otros treinta y siete presidiarios, en el
entrepuente de la Gloria Scott, con destino a Australia.
Corría el
año 1855. La guerra de Crimea estaba en su apogeo y los viejos barcos destinados
a los presidiarios eran utilizados en su mayor parte como transporte en el mar
Negro. Por consiguiente, el gobierno se veía obligado a emplear embarcaciones
más pequeñas y menos adecuadas para enviar a ultramar sus presidiarios. La
Gloria Scott había transportado té de China, pero era un buque anticuado, de
proa roma y gran manga, y los nuevos clippers lo habían arrinconado. Desplazaba
500 toneladas y, además de sus treinta y ocho presidiarios, llevaba a bordo una
tripulación de veintiséis hombres, dieciocho soldados, un capitán, tres pilotos,
un médico, un capellán y cuatro guardianes. En total, casi un centenar de almas
íbamos a bordo cuando zarpamos de Falmouth.
Los tabiques
entre las celdas de los presidiarios, en vez de ser de grueso roble, como es
usual en los barcos que transportan presidiarios, eran bastante delgados y
frágiles. El preso contiguo, en dirección a popa, ya me había llamado la
atención cuando recorrimos el muelle. Era un hombre joven, de cara blanca e
imberbe, nariz larga y delgada, y mandíbula bastante poderosa. Mantenía la
cabeza airosamente alta, caminaba con un cierto contoneo y destacaba, sobre
todo, por su extraordinaria altura. No creo que ninguno de nosotros le llegara
al hombro; estoy seguro de que no medía menos de seis pies y medio. Resultaba
extraño ver entre tantos rostros tristes y ajados una faz tan llena de energía y
determinación. Su visión fue para mí como la de una reconfortante hoguera en
plena tormenta de nieve. Me alegré al descubrir que era mi vecino, y todavía más
cuando, en plena noche, oí un susurro junto a mi oído y observé que se las había
arreglado para abrir un orificio en la delgada tabla que nos separaba.
–Hola,
compañero –me dijo–. ¿Cómo te llamas? ¿Por qué estás aquí?
Se lo dije y
pregunté, a mi vez, con quién hablaba.
–Soy Jack
Prendergast –me contestó– y por todos los cielos te aseguro que aprenderás a
bendecir mi nombre antes de lo que tarda en cantar el gallo.
Yo recordaba
haber oído hablar de su caso, pues había causado una sensación enorme en todo el
país, poco antes de mi propio arresto. Era hombre de buena familia y de una gran
capacidad, pero con hábitos torcidos e incurables y que, mediante un ingenioso
sistema de fraude, habla obtenido sumas enormes de los principales comerciantes
de Londres.
¡Ajá! ¿Conque
recuerdas mi caso? –exclamó con orgullo.
Y muy bien,
por cierto.
–Entonces tal
vez recuerdes algo extraño en él.
–¿El qué?
Yo me había
hecho casi con un cuarto de millón, ¿no es así?
–Así se dijo
-Pero no se
recuperó ni un céntimo, ¿verdad?
-No.
-Bien, ¿y
dónde crees que está el botín? –inquirió.
-No tengo ni
la menor idea.
-Pues aquí,
entre mi pulgar y el índice –me aseguró-. Por Dios que tengo más libras a mi
nombre que tu pelos en la cabeza. Y si tienes dinero, hijo mío y sabes cómo
manejarlo y hacerlo circular, ¡puedes lograr cualquier cosa! Y no irás a creer
que un hombre que puede hacer cualquier cosa se dispone a gastar el asiento de
sus pantalones sentado en la apestosa bodega de un mohoso carguero de las costas
de China, infestado por las ratas y las cucarachas y semejante a un ataúd viejo
y putrefacto. No, señor, un hombre como yo cuidará de sí mismo y cuidará de sus
amigos. ¡Puedes estar seguro de ello! Tú confía en él y tan cierto como la
Biblia que él te sacará adelante.
Tal era su
manera de hablar y, al principio, creí que nada significaba, pero al cabo de un
tiempo, cuando me hubo puesto a prueba y juramentado con toda la solemnidad
posible, me dio a entender que había realmente una conspiración para apoderarse
del barco. Una docena de presidiarios lo habían tramado antes de subir a bordo;
Prendergast era el jefe, y su dinero era el factor motivador.
–Yo tenía un
asociado –me dijo–, un hombre de rara valía y tan leal como la culata de un
fusil al cañón del mismo. Se ordenó como sacerdote, ¿y dónde crees que se
encuentra en este momento? Pues bien, es el capellán de este barco... ¡Nada
menos que el capellán! Subió a bordo con un abrigo negro y sus papeles en orden,
y en su caja lleva dinero suficiente para comprar este trasto desde la quilla
hasta lo alto del palo mayor. La tripulación es suya en cuerpo y alma. Pudo
comprarla a tanto la gruesa con descuento por pago al contado, y lo hizo incluso
antes de que firmaran el conocimiento de embarque. Cuenta con dos de los
guardianes y con Mercer, el segundo oficial, y conseguiría al propio capitán si
creyese que valía la pena.
–¿Qué hemos
de hacer, pues? –pregunté.
.–¿Qué te
figuras? –repuso–. Vamos a hacer que las casacas de estos soldados se vuelvan
más rojas que cuando las cortó el sastre.
–Pero ellos
están armados –alegué.
–Y también lo
estaremos nosotros, muchacho. Hay un par de pistolas para cada hijo de madre de
los nuestros, y si no podemos apoderarnos de este barco con una tripulación que
nos respalde, valdrá más que nos manden a todos a un pensionado de señoritas.
Habla esta noche con tu vecino de la izquierda y entérate de si se puede confiar
en él.
Así lo hice,
y averigüé que era un joven en una situación muy semejante a la mía, cuyo delito
había sido el de falsificación. Se llamaba Evans, pero después cambió de nombre,
igual que yo, y hoy es un hombre rico y próspero en el sur de Inglaterra. Estaba
más que dispuesto a unirse a la conspiración, como único medio para salvarnos, y
antes de haber cruzado el golfo de Vizcaya sólo dos de los presidiarios no
estaban enterados del secreto. Uno de ellos era un débil mental en el que no nos
atrevimos a confiar; el otro padecía una ictericia y no podía sernos de ninguna
utilidad.
En realidad,
desde el primer momento no hubo nada que pudiera impedirnos tomar posesión del
navío. La tripulación la formaban un grupo de rufianes, especialmente elegidos
para el trabajo. El supuesto capellán entraba en nuestras celdas para
exhortarnos, equipado con un maletín negro en apariencia lleno de folletos
religiosos, y tan a menudo nos visitaba que el tercer día cada uno de nosotros
ya había ocultado al pie del camastro una lima, un par de pistolas, una libra de
pólvora y veinte postas. Dos de los guardianes eran agentes de Prendergast y el
segundo oficial era su mano derecha. El capitán, los otros dos oficiales, el
doctor y el teniente Martín y sus dieciocho soldados, era a todo lo que
deberíamos enfrentarnos. No obstante, pese a esta providencia, decidimos no
descuidar ninguna precaución y efectuar nuestro ataque de repente y por la
noche. Sin embargo, se produjo antes de lo que esperábamos y del modo siguiente:
Una tarde,
alrededor de la tercera semana después de nuestra partida, el doctor había
bajado para visitar a uno de los presidiarios que estaba enfermo y, al poner la
mano en la parte inferior del catre, palpó el perfil de las pistolas. Si hubiera
guardado silencio, habría podido enviarlo todo al traste, pero era un
hombrecillo nervioso y lanzó una exclamación de sorpresa, y se puso tan pálido
que el otro supo al instante lo que ocurría y lo inmovilizó. Fue amordazado
antes de que pudiera dar la alarma y atado a la cama. Había dejado abierta la
puerta que conducía a cubierta y por ella salimos todos precipitadamente. Los
dos centinelas fueron abatidos a tiros y también un cabo que acudió corriendo
para saber qué ocurría. Había otros dos soldados ante la puerta del salón, mas
al parecer sus mosquetes no estaban cargados, ya que no llegaron a disparar
contra nosotros, y ambos fueron acribillados a balazos mientras trataban de
calar sus bayonetas. Corrimos entonces hacia el camarote del capitán, pero al
abrir la puerta se oyó una detonación en el interior y lo encontramos con la
cabeza apoyada en el mapa de Atlántico, sujeto con chinchetas a la mesa, y con
el capellán junto a él, con una pistola humeante en su mano. Los dos oficiales
habían sido hechos prisioneros por la tripulación y la situación parecía
totalmente dominada.
El salón era
contiguo al camarote; entramos en él y nos acomodamos en sus bancos, hablando
todos a la vez, pues nos enloquecía la sensación de gozar nuevamente de
libertad. Había armarios a nuestro alrededor, y Wilson, el falso capellán,
descerrajó uno de ellos y sacó una docena de botellas de jerez. Rompimos sus
golletes, vertimos el vino en vasos y los estábamos apurando, cuando de pronto,
sin la menor advertencia, llegó el rugido de los mosquetes a nuestros oídos y el
salón se llenó de humo, hasta el punto que no podíamos ver a través de la mesa.
Wilson y otros ocho hombres se retorcían en el suelo, unos sobre otros; y la
sangre y el jerez añejo sobre aquella mesa todavía me enferman cuando pienso en
ello. Tanto nos intimidó aquella visión, que creo que nos hubiéramos dado por
vencidos de no haber sido por Prendergast, que bramó como un toro y se precipitó
hacia la puerta con todos los supervivientes pisándole los talones. Nos habían
disparado a través de las lumbreras entreabiertas del salón. Salimos a cubierta
y allí, a popa, se encontraban el teniente y diez de sus hombres. Nos lanzamos
sobre ellos antes de que consiguieran cargar de nuevo sus mosquetes; se
defendieron con coraje, pero pudimos con ellos y, cinco minutos después, todo
había terminado. A fe mía que dudo que hubiera un matadero como aquel barco.
Prendergast parecía un demonio enfurecido y agarró a los soldados como si fueran
chiquillos y los arrojó por la borda, vivos o muertos. Había un sargento con
terribles heridas y, sin embargo, se mantuvo a nado durante un tiempo
sorprendente, hasta que alguien tuvo la misericordia de volarle la tapa de los
sesos. Cuando terminó la refriega, no quedaba con vida ninguno de nuestros
enemigos, excepto los guardianes, los oficiales y el doctor.
Precisamente
por causa de ellos se produjo la gran disputa. Muchos de nosotros nos dábamos
por satisfechos con la recuperación de nuestra libertad y no deseábamos cargar
con asesinatos nuestras conciencias. Una cosa era tumbar a los soldados armados
y otra presenciar cómo se mataban hombres a sangre fría. Ocho de nosotros, cinco
presidiarios y tres marineros, dijimos que no queríamos presenciar semejante
atrocidad, pero no hubo manera de convencer a Prendergast y sus seguidores. Dijo
que nuestra única probabilidad de salvación radicaba en efectuar un trabajo a
fondo, y que no dejaría una sola lengua capaz de hablar más tarde en el estrado
de los testigos. A punto estuvimos de correr la misma suerte de los rehenes pero
finalmente Prendergast dijo que, si queríamos, podíamos quedarnos con un bote de
salvamento y largarnos. Aceptamos en el acto, pues ya estábamos hartos de tantos
sucesos sangrientos y sabíamos que las cosas no harían sino empeorar. Nos
entregaron un traje de marinero a cada uno, dos barriles de agua y otros dos,
uno de tasajo y otro de galleta, y una brújula. Prendergast nos arrojó una carta
de navegación, nos dijo que éramos marineros cuyo buque había naufragado en los
50 lat. N y 250 long. O, y después cortó la amarra y nos dejó marchar.
Y ahora, mi
querido hijo, viene la parte más sorprendente de mi historia. Durante la
rebelión, los marineros, para inmovilizar el barco, habían puesto en facha la
vela del trinquete, pero ahora, mientras nos alejábamos de ellos, la izaron de
nuevo y, puesto que soplaba un suave viento del nordeste –los alisios–, la
corbeta empezó a distanciarse lentamente de nosotros. Nuestro bote subía y
bajaba a merced del monótono oleaje, y Evans y yo, que éramos los más cultos del
grupo, estábamos sentados a popa calculando nuestra posición y planeando hacia
qué costa de África podíamos dirigirnos. Era una cuestión peliaguda, ya que cabo
Verde quedaba sólo a unas quinientas millas al noreste y Sierra Leona a unas
setecientas al este. En resumidas cuentas, visto que soplaban a favor los
vientos alisios, pensamos que la mejor opción sería Sierra Leona, y pusimos
rumbo en esta dirección, cuando la corbeta casi ocultaba ya su casco a estribor.
De pronto, mientras la estábamos mirando, vimos que brotaba de ella una densa
columna de humo, que se cernió sobre el horizonte como un árbol monstruoso. Unos
segundos más tarde, una explosión retumbó como un trueno en nuestros oídos y,
cuando la humareda se disipó un poco, no vimos ni rastro de la Gloria Scott.
Instantes después, viramos en redondo y remamos con todas nuestras fuerzas hacia
el lugar donde el humo que aún flotaba sobre el agua marcaba la escena de la
catástrofe.
Pasó una
larga hora antes de que llegáramos a ella y al principio temimos que fuera ya
demasiado tarde para salvar a alguien. Un bote hecho astillas y varias jaulas de
embalaje y restos de la arboladura, que se balanceaban sobre las olas, nos
señalaron dónde se había ido a pique la corbeta. Al no advertir indicios de vida
perdimos toda esperanza, y ya nos alejábamos cuando oímos un grito de auxilio y
vimos a cierta distancia unos restos del naufragio, con un hombre tendido sobre
ellos. Cuando lo subimos a bordo de nuestro bote, resultó ser un marinero
llamado Hudson, tan exhausto y lleno de quemaduras que hasta la mañana siguiente
no pudo contarnos lo ocurrido.
Al parecer,
después de marcharnos nosotros, Prendergast y su pandilla se habían dedicado a
dar muerte a los restantes rehenes: el tercer oficial y los dos guardianes
fueron muertos a tiros y arrojados por la borda. Seguidamente, Prendergast bajó
al entre-puente y con sus propias manos degolló al infortunado cirujano. Sólo
quedaba el primer oficial, un hombre audaz y decidido que, cuando vio al
presidiario acercarse a él con el cuchillo ensangrentado en la mano, se
desprendió de sus ligaduras que de algún modo había conseguido aflojar y,
echando a correr por la cubierta, se precipitó hacia la bodega de popa
Una docena
de presidiarios que bajaron pistola en mano en pos de él, lo encontraron con una
caja de cerillas en la mano, sentado junto a un barril de pólvora abierto, uno
del centenar que había a bordo y jurando que los haría volar a todos por los
aires si se le molestaba. Un instante después se produjo la explosión, aunque
Hudson creía que fue causada por la bala mal dirigida de uno de los presidiarios
y no por la cerilla del oficial. Pero cualquiera que fuese la causa, significó
el fin de la Gloria Scott y de la chusma que se había apoderado de la corbeta.
Tal es, mi
querido hijo, la historia de ese terrible asunto en el que me vi envuelto. Al
día siguiente nos recogió el bergantín Hodspur, con destino a Australia, cuyo
capitán no tuvo dificultad en creer que éramos los supervivientes de un barco de
pasaje que se había ido a pique. La Gloria Scott fue considerada por el
Almirantazgo como perdida en alta mar, y ni una sola palabra se ha sabido jamás
acerca de su verdadero sino. Tras un viaje excelente, el Hodspur nos desembarcó
en Sidney, donde Evans y yo cambiamos nuestros nombres y nos dirigimos a las
excavaciones en busca de oro, donde, entre la multitud allí concentrada,
procedente de todas las naciones, no tuvimos la menor dificultad en perder
nuestras anteriores identidades.
No es
necesario que relate el resto. Prosperamos, viajamos, volvimos a Inglaterra como
ricos colonos, y adquirimos propiedades rurales. Durante más de veinte años
hemos llevado una existencia pacífica y útil, y esperábamos que nuestro pasado
estuviera enterrado para siempre. Imagina, pues, mis sentimientos cuando en el
marinero que nos vino a ver reconocí al instante al hombre que habíamos salvado
del naufragio. De alguna manera había averiguado nuestro paradero y estaba
dispuesto a vivir a expensas de nuestro miedo.
Comprenderás
ahora por qué me esforcé en vivir en paz con él, y hasta cierto punto
compartirás conmigo los temores que me invaden, después de que se haya alejado
de mí e ido en busca de otra víctima con amenazas en su boca.
Debajo había
escrito con una mano tan temblorosa que el texto apenas resultaba legible: «Beddoes
escribe en clave que H. lo ha contado todo. ¡Que el Señor se apiade de nuestras
almas!»
–Tal fue la
narración que aquella noche le leí al joven Trevor, y yo creo, Watson, que,
dadas las circunstancias, era de lo más dramático. El buen muchacho se quedó con
el corazón destrozado a causa de ella y se marchó a las plantaciones de té de
Terai, donde, según he oído decir, se defiende bien. En cuanto al marinero y a
Beddoes, nunca más se volvió a saber de ellos desde el día en que fue escrita la
carta de advertencia. Ambos desaparecieron absolutamente. La policía no recibió
ninguna denuncia, de modo que Beddoes juzgó como un hecho lo que era tan sólo
una amenaza. A Hudson se le había visto acechar furtivamente en las cercanías, y
la policía llegó a creer que había liquidado a Beddoes y a continuación había
huido. Por mi parte, creo que la verdad fue exactamente lo opuesto. Considero
como lo más probable que Beddoes, movido por la desesperación y creyéndose ya
traicionado, se vengó de Hudson y huyó del país con todo el dinero al que pudo
echar mano. Tales son los hechos del caso, doctor, y si resultan de alguna
utilidad para su colección, le aseguro que los pongo gustosamente a su
disposición.
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