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CAPÍTULO
PRIMERO He
vuelto
hace unos instantes de visitar a mi casero y ya se me figura
que ese solitario vecino va a
inquietarme
por más de una causa. En este bello país, que ningún misántropo
hubiese podido encontrar más agradable
en toda Inglaterra, el señor Heathcliff y yo habríamos
hecho una pareja ideal de compañeros. Porque
ese hombre me ha parecido extraordinario. Y eso que no mostró
reparar en la espontánea simpatía que
me inspiró. Por el contrario, metió los dedos más
profundamente en los bolsillos de su chaleco y sus ojos
desaparecieron entre sus párpados cuando me oyó pronunciar
mi nombre y preguntarle: -¿El
señor Heathcliff? Él
asintió con la cabeza. -Soy
Lockwood, su nuevo inquilino. Le visito para decirle que
supongo que mi insistencia en alquilar la «Granja
de los Tordos» no le habrá causado molestia. -Puesto
que la casa es mía -respondió apartándose de mí- no
hubiese consentido que nadie me molestase sobre
ella, si así se me antojaba. Pase. Rezongó
aquel «pase» entre dientes, con aire tal como si quisiera
mandarme al diablo. Ni tocó siquiera la puerta
en confirmación de lo que decía. Esto bastó para que yo
resolviese entrar, interesado por aquel sujeto,
al parecer más reservado que yo mismo. Y como mi caballo
empujase la barrera, él soltó la cadena de
la puerta y me precedió, con torvo aspecto, hacia el patio,
donde dijo a gritos: -¡José!
¡Llévate el caballo de este señor y danos vino! Puesto
que ambas órdenes se dirigían a un solo criado, juzgué
que toda la servidumbre se reducía a él. Por
eso entre las baldosas del patio medraban hierbajos y los
setos estaban sin recortar, sólo mordisqueadas sus
hojas por el ganado. José
era hombre entrado en años, aunque sano y fuerte. Lanzó un
contrariado «¡Dios nos valga!» y, mientras
se llevaba el caballo, me miró con tanta malignidad que
preferí suponer que impetraba el socorro divino
para digerir bien la comida y no con motivo de mi presencia. A
la casa donde vivía el señor Heathcliff se la llamaba «Cumbres
Borrascosas» en el dialecto local. El nombre
traducía bien los rigores que allí desencadenaba el viento
cuando había tempestad. Ventilación no faltaba
sin duda. Se advertía lo mucho que azotaba el aire en la
inclinación de unos pinos cercanos y en el hecho
de que los matorrales se doblegaban en un solo sentido, como
si se prosternasen ante el sol. El edificio
era sólido, de espesos muros a juzgar por lo hondo de las
ventanas, y protegidos por grandes guardacantones. Parándome,
miré los ornamentos de la fachada. Sobre la puerta, una
inscripción decía «Hareton Earnshaw,
15OO». Aves carniceras de formas extrañas y niños en
posturas lascivas enmarcaban la inscripción.
Aunque me hubiese gustado comentar todo aquello con el rudo
dueño de la casa, no quise aumentar
con esto la impaciencia que parecía evidenciar mientras me
miraba desde la puerta como instándome
a que entrase de una vez o me marchara. Por
un pasillo llegamos al salón que en la comarca llaman
siempre «la casa», y al que no preceden otras piezas.
Esa sala suele abarcar comedor y cocina, pero yo no vi
cocina, o mejor dicho no vi signos de que en el
enorme larse guisase nada. Pero en un ángulo oscuro se
percibía rumor de cacharros. De las paredes no pendían
cazuelas ni utensilios de cocina. En un rincón se levantaba
un aparador de roble con grandes pilas de
platos, sin que faltasen jarras y tazas de plata. Encima del
aparador había tortas de avena y perniles curados
de vaca, cerdo y carnero. Colgaban sobre la chimenea
escopetas viejas, de cañones herrumbrosos y unas
pistolas de arzón. Se veían encima del mármol tres tarros
de vivo colorido. El suelo era de piedra lisa y
blanca. Había sillas de forma antigua, pintadas de verde,
con altos respaldos. En
los rincones se acurrucaban perros. Una hembra con sus
cachorros se escondía bajo el aparador. Todo
era muy propio de la morada de uno de los campesinos de la
región, gente recia, tosca, con calzón corto
y polainas. Esas salas y esos hombres sentados en ellas ante
un jarro de cerveza espumeante abundan en
el país, mas Heathcliff contrastaba mucho con el ambiente.
Por lo moreno, parecía un gitano, pero tenía las
maneras y la ropa de un hombre distinguido y, aunque algo
descuidado en su indumentaria, su tipo era erguido
y gallardo. Dijeme
que muchos le tendrían por soberbio y grosero y que, sin
embargo, no debía ser ninguna de ambas
cosas. Por instinto imagine su reserva, hija del deseo de
ocultar sus sentimientos. Debía saber disimular
sus odios y simpatías y juzgar impertinente a quien se
permitiera manifestarle los suyos. Es
probable que yo me aventurase mucho al atribuir a mi casero
mi propio carácter. Quizá él regateara su mano
al amigo ocasional, por motivos muy diversos. Tal vez mi carácter
sea único. Mi
madre solía decirme que yo nunca tendría un hogar feliz y
lo que me ocurrió el verano último parece dar
la razón a mi progenitora, porque, hallándome en una playa
donde pasaba un mes, conocí a una mujer bellísima,
realmente hechicera. Aunque nada le dije, si es cierto que
los ojos hablan, los míos debían delatar mi
locura por ella. La joven lo notó y me correspondió con
una mirada dulcísima. ¿Y qué hice? Declaro avergonzado
que rectifiqué, que me hundí en mí mismo como un caracol
en su concha y que cada mirada de
la joven me hacía alejarme más, hasta que ella,
probablemente desconcertada por mi actitud y suponiendo
haber sufrido un error, persuadió a su madre de que se
fuesen. Esas
brusquedades y cambios me han valido fama de cruel, sin que
nadie, no siendo yo mismo, sepa cuánto
error hay en ello. Heathcliff
y yo nos sentamos silenciosos ante la chimenea. La perra,
separándose de sus cachorros, se acercó
a mí, fruncido el hocico y enseñando sus blancos dientes.
Cuando quise acariciarla emitió un gruñido
gutural. -Déjela
-dijo Heathcliff haciendo coro a la perra con otro gruñido
y asestándole un puntapié-. No está hecha
a caricias ni se la tiene para eso. Incorporóse,
fue hacia una puerta lateral y gritó: -¡José! José
masculló algo en el fondo de la bodega, mas no apareció.
Entonces su amo acudió en su busca. Quedé
solo con la perra y con otros dos mastines que me miraban
atentamente. No me moví, temeroso de sus
colmillos, pero pensé que la mímica no les molestaría y
les hice unas cuantas muecas. Fue una ocurrencia
muy desgraciada, porque la señora perra, ofendida sin duda
por alguno de mis gestos, se precipitó
sobre mis pantalones. La repelí y me di prisa a refugiarme
tras de la mesa, acto que puso en acción
a todo el ejército canino. Hasta seis demonios en cuatro
patas confluyeron desde todos los rincones en
el centro de la sala. Mis talones y los faldones de mi
levita fueron los más atacados. Quise defenderme con
el hurgón de la lumbre, pero no bastó y tuve que pedir
auxilio a voz en cuello. Heathcliff
y José subían con desesperada calma. La sala era un
infierno de ladridos y gritos, pero ellos no se
apresuraban nada en absoluto. Por suerte, una rolliza criada
acudió más deprisa, arremangadas las faldas, rojas
las mejillas por la cercanía del fogón, desnudos los
brazos y en la mano una sartén, merced a cuyos golpes,
acompañados por varios denuestos, se calmó en el acto la
tempestad. Al entrar Heathcliff, ella, agitada
como el océano tras un huracán, campeaba en medio de la
habitación. -¿Qué
diablos ocurre? -preguntó mi casero con tono que juzgué
intolerable tras tan inhospitalario acontecimiento. -De
diablos es la culpa -respondí-. Los cerdos endemoniados de
los Evangelios no debían encerrar más espíritus
malos que sus perros, señor Heathcliff. Dejar a un
forastero entre ellos es igual que dejarle entre un
rebaño de tigres. -Nunca
se meten con quien no les incomoda -dijo él-. La misión de
los perros es vigilar. ¿Un vaso de vino? -No,
gracias. -¿Le
han mordido? -En
ese caso lo habría conocido usted por lo que yo habría
hecho al que me mordiera. -Vaya,
vaya -repuso Heathcliff, con una mueca-. No se excite, señor
Lockwood, y beba un poco de vino. En
esta casa suele haber tan pocos visitantes que ni mis perros
ni yo acertamos a recibirles como merecen. ¡Ea,
a su salud! Comprendiendo
que sería absurdo formalizarme por la agresión de unos
perros feroces, me calmé y correspondí
al brindis. Además se me figuró que mi casero se mofaba de
mí y no quise darle más razones de
irrisión. En cuanto a él, debió juzgar necio el tratar
tan mal a un buen inquilino, y, mostrándose algo menos
conciso, empezó a charlar de las ventajas e inconvenientes
de la casa que me había arrendado, lo que
sin duda le parecía interesante para mí. Opiné que
hablaba con buen criterio y resolví decirle que repetiría
mi visita al día siguiente. Y, aun cuando él no mostrara
ningún entusiasmo al oírlo, he decidido volver.
Me parece mentira comprobar lo amigo del trato social que
soy, por comparación al dueño de mi
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