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EPÍLOGO Terminó el drama, y ¿por qué nadie se adelanta al proscenio a saludar? Porque hubo uno que sobrevivió al naufragio. Dio la casualidad de que a la desaparición del parsi ocupara yo el puesto del «hombre de proa» en la ballenera de Acab, y yo también el que se quedó atrás al caer los remeros al mar el último día. De modo que estaba flotando, al margen de toda la escena y presenciándola por entero cuando la succión del buque al hundirse me arrastró lentamente al torbellino final. Comencé a dar vueltas. acercándome cada vez más a la negra burbuja central. que reventó al llegar yo. Y allí. suelto gracias al resorte que le sostenía. surgió del mar el féretro-salvavidas. cayendo a mi lado. Sostenido por aquel ataúd estuve flotando un día entero v una noche en las aguas. Los tiburones, inofensivos se deslizaban junto a mí. Al segundo día se fue acercando un barco que me recogió. Era el Rachel, vagando siempre en su pertinaz búsqueda de sus hijos perdidos, y que, a Dios gracias, encontró otro huérfano. Yo.
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