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IX TIERNOS CONFLICTOS -Jo, querida, estoy inquieta a causa de Beth. -¿Por qué, mamá? Me ha parecido estar mucho mejor desde que nacieron los nenes. -No es su salud lo que me inquieta en este momento, sino su ánimo. Estoy segura de que algo la preocupa o aflige y quiero que tú descubras qué es. -¿Qué es lo que te hace pensar eso, mamá? -Se sienta sola a menudo y no conversa con su padre tanto como antes. El otro día me la encontré llorando con los chiquitos en los brazos. Ya no canta más que canciones tristes y de cuando eh cuando veo en su cara una expresión que no comprendo. Ésta no es nuestra Beth de siempre, Jo. -¿Le has preguntado algo? -Lo he intentado una o dos veces, pero ella o elude mis preguntas o pone una cara tan angustiada que tengo que desistir. Nunca me gustó obtener por fuerza la confianza de mis hijas y es raro que la tenga que esperar mucho tiempo. La señora March miraba a Jo mientras hablaba, pero la cara que tenía enfrente parecía no tener conciencia de ninguna otra inquietud que la relativa a Beth, y después de coser un minuto eh silencio Jo dijo: -Creo que Beth está creciendo y por eso comienza a tener sueños, esperanzas y temores, sin poder explicarlos. No te olvides, mamá, que Beth ya tiene dieciocho años, pero no nos damos cuenta y la seguimos tratando como a una nena, cuando ya va siendo mujer. -Así es, querida. ¡Dios mío, cómo crecéis! -respondió la madre con un suspiro. -Es inevitable, mamita, así que debes resignarte a que tus pajaritos salten fuera del nido, uno por uno. Por mi parte, prometo no saltar nunca demasiado lejos, si eso te conforma algo. -Me consuela mucho, Jo. Cuando tú estás en casa siempre me siento fuerte, ahora que Meg se ha ido. Beth es demasiado débil y Amy bastante joven como para contar con ellas. Pero cuando hay que luchar, ahí estás tú, siempre dispuesta. -Ya sabes que no me importa demasiado hacer trabajos fuertes, y siempre tiene que haber por lo menos una fregona en cada familia. Amy es espléndida para las grandes cosas, pero yo estoy en mi elemento cuando hay que levantar las alfombras o cuando la mitad de la familia cae enferma al mismo tiempo. Mientras Amy se distingue en el extranjero, yo estoy aquí para todo lo que se presente. -Dejo a Beth en tus manos entonces, pues a su Jo le va a abrir el tierno corazón antes que a ningún otro. Sé muy suave y no le dejes sospechar que la estamos observando o hablando de ella. Si se pusiese de nuevo fuerte, sana y alegre otra vez, no pediría de la vida ninguna otra cosa... -¡Tienes suerte! Yo tengo montones más de cosas que desear. -¿Qué son, mi querida? -Primero resolveré los conflictos de Beth y luego te diré los míos. No son de los que desaparecen, de manera que pueden esperar. Aunque aparentemente ocupada de sus propios asuntos, Jo comenzó a observar a Beth, y después de muchas conjeturas contradictorias se resolvió finalmente por una que parecía explicar el cambio operado en ella. Fue un incidente trivial el que dio a Jo la clave del misterio, según lo creyó. Afectaba estar muy ocupada escribiendo, un sábado a la tarde, solas ella y Beth; y mientras escribía no perdía de vista a su hermana, que parecía más quietecita que nunca. Sentada a la ventana, a Beth se le caía a cada rato la costura sobre las faldas y a veces apoyaba la cabeza en la mano en actitud abatida. De pronto, alguien pasó por la calle silbando y una voz gritó: -¡Todo sereno! Voy esta noche... Beth se sobresaltó, sonrió y movió afirmativamente la cabeza, observando al que pasaba hasta que se apagó el ruido de los pasos vigorosos. Entonces bajito, como para sí, exclamó: -¡Qué bien, qué fuerte y qué feliz parece estar ese querido muchacho! -¡Hum! -murmuró Jo, siempre atenta a la cara de la hermana, pues el color palideció tan pronto como había venido y al ratito la sonrisa desapareció y hubo una lágrima brillando en el borde de la ventana. Beth la hizo, desaparecer de un golpecito y miró recelosa a Jo; pero ésta raspaba el papel a una velocidad tremenda, absorta aparentemente en "El juramento de Olimpia". No bien se dio vuelta Beth, Jo comenzó de nuevo su vigilancia y vio que su mano se levantaba hasta los ojos más de una vez y leyó en su cara vuelta a medias una pena muy tierna que le llenó de lágrimas sus propios ojos. Temiendo descubrirse, se marchó del cuarto pretextando necesitar más papel-. ¡Dios 'nos ampare, Beth quiere a Laurie! ... -murmuró, sentándose en su cuarto, pálida con el choque que le produjo aquel descubrimiento que creía haber hecho-. Nunca hubiese soñado semejante cosa... ¿Qué va a decir mamá cuando lo sepa? ... Quisiera saber si... -Ahí se detuvo Jo y se puso como una grana con un pensamiento repentino que se le ocurrió-. ¿Y si él no le correspondiese?, ¡qué espantoso sería!... Laurie tiene que querer a Beth, yo lo obligaré -y sacudió la cabeza amenazante al retrato del muchacho que con aspecto travieso le sonreía desde la pared. Jo pensó intensamente por un minuto con los ojos fijos en el cuadro, luego se alisó su frente preocupada y dijo con una inclinación decidida en dirección de aquel rostro: -No, gracias, señor, es usted muy encantador pero no tiene usted más estabilidad que una veleta, de modo que es inútil que escriba esas dulces notitas, ni que sonría de ese modo tan insinuante porque no servirá de nada, y además ¡no quiero! -Allí suspiró y cayó en una especie de ensueño, del que no despertó más que cuando el crepúsculo la envió abajo de nuevo a continuar sus observaciones. las cuales no hicieron más que confirmar sus sospechas. Aunque Laurie flirteaba con Amy y bromeaba con Jo, su modo para con Beth había sido siempre especialmente suave y bondadoso... Por otra parte, todo el mundo era así con Beth, por eso a nadie se le ocurría pensar que quería más a Beth que la demás gente. En realidad, se había generalizado últimamente en la familia la impresión de que "nuestro muchacho" se aficionaba más y más a Jo, quien, sin embargo, no quería oír una palabra a ese respecto, y se ponía violenta si alguien se animaba a sugerirlo. Si hubiesen sabido de los pequeños episodios tiernos del año pasado que ella había tenido que cortar en su comienzo hubiesen tenido la inmensa satisfacción de decirle: "¡Te lo dijimos!" Pero Jo detestaba los galanteos y no se los permitía, teniendo siempre un chiste a flor de labios, o una risa franca en cualquier caso de peligro inminente. Cuando Laurie entró en la universidad se enamoraba alrededor de una vez por mes; pero estas pasiones eran tan ardientes como breves y no hacían ningún daño, divirtiendo mucho a Jo, que se tomaba gran interés por las alternativas de esperanza, desesperación y resignación que él le confiaba durante sus conferencias semanales. Pero llegó una época en que Laurie dejó de adorar ante muchos altares diferentes, hizo oscuras insinuaciones a una pasión única y arrobadora y se sumergió de cuando en cuando en ataques de melancolía byroniana. Luego, evitaba por completo el tema del amor, escribía a Jo cartas filosóficas, se volvió estudioso y hacía saber a todo el mundo que se haría "tragalibros", con intención de recibirse con todos los honores. Esto cuadraba mucho más a la muchacha que las conferencias a la luz del crepúsculo o las suaves presiones de la mago y las miradas elocuentes, porque en el caso de Jo, el cerebro se desarrolló antes que el corazón y prefería los personajes imaginarios que los reales, porque a aquéllos podía suprimirlos cuando se cansaba de ellos. En cambio los últimos eran mucho más difíciles de manejar. Las cosas estaban así al hacer Jo aquel gran descubrimiento, y esa noche, cuando vino el muchacho a visitarlas, como siempre, Jo lo observó como no lo había hecho antes. De no habérsele metido aquella idea nueva en la cabeza no hubiese visto nada desusado en el hecho de que Beth estuviese muy calladita y Laurie fuese muy amable con ella. Pero habiendo soltado la rienda a su viva fantasía, ésta se puso a galopar con ella a gran velocidad; además, su sentido común se había debilitado por su larga concomitancia con el romance por la serie de ellos que había escrito, y esta vez le falló y no vino a salvarla. Como de costumbre, Beth estaba recostada en el sofá, y Laurie, sentado en una silla baja, la divertía con toda suerte de chísmografías. Pero esa noche Jo se imaginó que la mirada de Beth se detenía con especial placer en el moreno y animado rostro del muchacho y que escuchaba con intenso interés el relato de un partido de criquet, aunque la mayoría de la jerga del juego le era tan inteligible a Beth como el sánscrito. Se imaginó además que veía un aumento de gentileza en la actitud de Laurie hacia Beth, que bajaba de cuando en cuando la voz y que se reía menos que de costumbre, que estaba algo distraído y que extendía la manta sobre los pies de Beth con una asiduidad rayana en la ternura. -¿Quién sabe? -se decía-. Cosas más extrañas se han visto... -Y mientras se ajetreaba en su cuarto pensaba: "Ella hará de él un ángel y él hará la vida deliciosamente fácil y agradable para la pobre querida. Sólo hace falta que se quieran. Y por lo que a Laurie concierne, no sé cómo podría escaparse de querer a ese encanto... y creo que la querría... si todos los demás desapareciéramos de la escena..." Como todo el mundo estaba fuera de la escena, excepto ella, Jo empezó a pensar que tenía que desaparecer con toda velocidad. Pero ¿adónde ir? Ardiendo en deseos de sacrificase en el altar de la devoción fraternal, se sentó inmediatamente a resolver ese punto. No olvidemos que el viejo sofá era como el patriarca de todos los sofás: Todas lo amaban porque era el refugio de la familia, y un rincón era el lugar preferido por Jo para recostarse. Entre los muchos almohadones que adornaban el venerable canapé había uno, redondo, duro, cubierto de crin llena de púas; este almohadón horrible era propiedad especial de Jo, que lo usaba de arma de defensa, barricada, o como severo preventivo de un sueño demasiado largo. Laurie conocía muy bien aquel almohadón y tenía motivos para mirarlo con aversión profunda, habiendo sido golpeado sin la más mínima piedad con él cuando aún le eran permitidas las jugarretas, y ahora, encontrándose a menudo impedido por el mismo adminículo de ocupar el asiento que más codiciaba, al lado de Jo, en el rincón del sofá. Si "la salchicha", como solían llamarlo, estaba colocada de canto, era señal de que podía acercase y descansar, pero si estaba chato sobre el sofá, ¡ay del hombre, mujer o niño que se atreviera a moverlo!... Esa noche Jo volvió de rodear a su rincón de barricadas y no hacía ni cinco minutos que se había sentado cuando una pesada figura apareció junto a ella y con ambos brazos extendidos sobre el respaldo del sofá y las larguísimas piernas extendidas al frente Laurie exclamó con un suspiro de satisfacción: -¡Bueno, esto sí que es estupendo! ... -No se permite el argot -retrucó Jo colocando de golpe el almohadón. ¡Demasiado tarde!, pues ya no había espacio para él, de modo que desapareció de manera sumamente misteriosa. -¡Vamos, Jo, no te pongas espinosa! Después de estudiar toda la semana hasta convertirse en un esqueleto, un tipo necesita mimos, los merece y debiera recibirlos. -Beth te hará mimos. Yo estoy ocupada. -No, Beth no quiere que la fastidie, pero a ti te gusta hacerlos. Dime la verdad: ¿Odias a tu muchacho y quieres arrojarle almohadones a la cabeza? Pocas veces se habrá oído nada más regalón y engatusador que aquella súplica conmovedora, pero Jo calmó a "su muchacho" dándose vuelta para espetarle la siguiente pregunta: -¿Cuántos ramos has mandado a la señorita Randall esta semana? -Ni uno, te doy mi palabra. Se ha comprometido. ¿Qué tienes que decir ahora? -Me alegro de saberlo; ése es uno de tus tontos derroches: mandar flores y otras cosas a chicas de las que no te importa ni un alfiler... -Las chicas sensatas, de quienes me importan cajas enteras de alfileres, no me permiten que les mande flores y "otras cosas", de modo que ¿qué diablos puede hacer uno? Mis sentimientos deben tener una válvula de escape. -Sabes muy bien que mamá no aprueba los flirteos, aunque sean en broma, y tú flirteas desesperadamente, Teddy... -Daría cualquier cosa por poder decirte: "Tú también." Como no puedo, diré simplemente que no le veo nada de malo a ese jueguito si las dos partes entienden que es pura broma. -Sí, parece agradable, pero yo no puedo aprender cómo se hace. Lo he ensayado, porque una se siente rara si no hace lo que todos los demás, pero parece que e mí no me resulta -dijo Jo, olvidando su papel de mentor. -Toma lecciones de Amy. Ella sí que tiene talento para eso. -Sí, ella sabe hacerlo con arte y nunca va demasiado lejos. Me imagino que será un don natural el gustar sin proponérselo, y para otras, decir siempre la cosa inoportuna en lugar inoportuno. -Yo me alegro de que no sepas flirtear; es refrescante ver una chica sensata y derecha que sabe ser alegre y amable sin ponerse en ridículo. Entre nosotros, Jo, algunas de las chicas que conozco andan a un paso que no puedo menos de sentir vergüenza por ellas. No tienen mala intención, estoy seguro, pero si supieran el modo como los muchachos hablamos de ellas después, me parece que se corregirían un poco. -Ellas hacen lo mismo cuando hablan de ustedes, y y como tienen la lengua más afilada, los muchachos salen perdiendo, porque ustedes son tan tontos como ellas cuando se trata de chicas. Si ustedes se portaran como se debe, ellas también lo harían, pero sabiendo que a ustedes les gustan las pavadas, les siguen el tren y ustedes luego les echan las culpas. -Mucho sabes tú de eso -dijo Laurie con tono superior-. No nos gustan nada los marimachos ni las flirteadoras, aunque a veces nos portemos como si nos gustasen. Las chicas bonitas y recatadas nunca andan en boca de nadie, sino únicamente con respeto entre caballeros. ¡Bendita inocencia la tuya! Si pudieses estar en mi lugar durante un mes verías cosas que te asombrarían un poco. Era imposible no reírse del cómico conflicto entre la caballeresca repugnancia de Laurie a hablar mal de la mujer y su muy natural disgusto por la tontería tan poco femenina de que hacían gala muchos ejemplares de la sociedad a la moda que él conocía por ahí. Jo sabía muy bien que "el joven Laurence" era mirado como un gran partido por muchas mamás mundanas y adulado por damas de todas las edades, lo bastante como para hacer de él un consentido petimetre; por eso precisamente lo vigilaba con celo, temiendo se echase a perder. Le regocijaba, pues, más de lo que hubiese confesado, descubrir que él valoraba a las chicas recatadas y creía en ellas. Volviendo de pronto a su tono admonitorio, le dijo: -Si es verdad que debes encontrar una "salida" para tus sentimientos dedícate a una de las chicas bonitas y recatadas y no pierdas el tiempo con las tontas. -¿De veras me lo aconsejas? -preguntó Laurie, mirándola con una expresión Mezcla de inquietud y de regocijo. . -Sí, pero sería mejor que esperases a terminar la universidad... Como eres ahora no la mereces a... ¡bueno, quienquiera que sea la chica recatada! -concluyó Jo, también con una expresión rara, porque casi se le había escapado cierto nombre... -¡Eso ya lo sé, que no la merezco! -asintió Laurie con una humildad que también era nueva en él, bajando los ojos y, distraídamente, arrollándose en el dedo la borla del delantal de Jo. "¡Dios nos ampare, esto no marcha en absoluto!", pensó Jo, agregando en voz alta: -Anda, Laurie, canta algo; me muero por oír música, y lo que tú tocas siempre me gusta. -Prefiero quedarme aquí, muchas gracias. -Bueno, no puedes quedarte, no hay sitio. Ve a hacerte útil en algo, ya que eres demasiado grande para ser decorativo. Yo creía que odiabas estar "atado al delantal de una mujer" -replicó Jo, citando unas palabras rebeldes que él había dicho en cierta ocasión -Eso depende de quien lleve puesto el delantal -contestó Laurie, dando una retorcida audacísima a la borla. -¿Te vas, sí o no? -exigió Jo buscando el almohadón en el suelo. El chico huyó en seguida y en cuanto estuvo a la mitad de una canción escocesa ella se escapó de la sala y no volvió hasta que el caballero se había mandado mudar enojadísimo. Jo tardó en dormirse aquella noche, y estaba recién tomando el sueño cuando el sonido de un sollozo ahogado la hizo volar al lado de la cama da Beth con una pregunta ansiosa: -¿Qué te pasa, querida? -Creía que dormías -sollozaba Beth. -¿Acaso es el mismo dolor de antes? -No, es uno nuevo, pero éste lo puedo soportar -dijo Beth, tratando de contener las lágrimas. -Cuéntame de qué se trata y verás cómo te lo curo como antes el otro. -No puedes curarlo, Jo, no tiene remedio -y la pobrecita Beth, con la voz quebrada, se abrazó a la hermana llorando tan desesperadamente que Jo se asustó. -¿Dónde es el dolor? ¿La llamo a mamá? Beth no contestó a la primera pregunta, pero en la oscuridad se llevó una mano involuntariamente al corazón como si el dolor fuese ahí, mientras con la otra se asió a su hermana con fuerza, murmurando ansiosa: -¡No, no, no la llames, no le digas nada! Ya me voy a mejorar. Acuéstate conmigo y acaríciame la cabeza. Me dormiré pronto. De veras que sí. Jo la obedeció, pero cuando pasaba su mano por la frente calenturienta de Beth el corazón parecía dolerle y ansiaba hablar. Pero, joven como era, Jo había aprendido ya que las almas, como las flores, no pueden ser manejadas sino con suavidad, y únicamente dijo, en el tono de mayor ternura que pudo: -¿Hay algo que te perturba, queridísima? -Sí. Jo -y esto lo dijo después de una larga pausa. -¿Y no te consolaría contarme qué es? -No, ahora no; no todavía. -Entonces no te pregunto nada más, pero acuérdate, Beth, que mamá y yo siempre nos alegraremos de que nos lo digas y de ayudarte si es que podemos. -Ya lo sé, querida Jo, ya te lo diré más adelante. -¿Se te ha pasado el dolor? -¡Oh, sí, está mucho mejor! ¡Qué gran consuelo eres para mí, Jo! ... -Duérmete ahora, Beth; yo me quedaré a tu lado. Así, mejilla con mejilla, se durmieron, y al día siguiente Beth parecía ya la misma de siempre, pues a los dieciocho años ni cabezas ni corazones duelen por mucho tiempo. Pero Jo había tomado una decisión y después de ponderar su proyecto durante varios días se lo confió a su madre. -Me preguntaste el otro día cuáles eran esos deseos míos y te voy a comunicar por lo menos uno de ellos, mamá -comenzó un día que estaban las dos solas-. Quiero irme por un tiempo esté invierno para cambiar de ambiente. -¿Por qué motivo, Jo? -dijo su madre levantando la vista como si las palabras de Jo sugiriesen un doble sentido. Sin levantar los ojos de la costura, Jo le respondió muy seria: -Estoy ansiando algo nuevo, me siento inquieta y deseo ver, hacer y aprender otra cosa que lo que veo y hago siempre. Necesito algún estímulo nuevo para trabajar; así, pues, mamá, que si puedes pasarte sin mí este invierno me gustaría volar por un trechito y probar mis alas. -¿Adónde vas a volar? -A Nueva York, ayer se me ocurrió una gran idea. ¿Te, acuerdas que la señora de Kirke te escribió hace un tiempo preguntando si sabías de alguna joven respetable para dar clases a sus chicos y para coser? Es bastante difícil encontrar la persona conveniente, pero creo que ye serviría para el caso. -¡Querida!.. ¿Ir a servir en esa enorme casa de pensión?... -La señora de March pareció sorprendida aunque no del todo disgustada. -No sería servir exactamente, ya que la señora Kirke es amiga tuya... Es la persona más buena que darse pueda. Estoy segura que me haría fáciles las cosas. Su familia está separada del resto de, los pensionistas y no hay nadie ahí que me conozca. Y aunque lo hubiera, se trata de un trabajo honesto y no me avergonzaría de hacerlo. -Naturalmente. Tampoco a mí, pero, ¿y tu trabajo de siempre?, ¿no vas a escribir más? -Creo que mejoraría con el cambio. Voy a ver y a oír cosas nuevas, y aun si allí no tuviese mucho tiempo para escribir, a mi vuelta traería montones le material para mis "tonterías". -No lo dudo, pero, ¿acaso son ésas las únicas razones para este antojo repentino? -No, madre. -¿Puedo saber cuáles son las otras? Jo levantó la vista y dijo muy lentamente y poniéndose colorada: -Puede que lo creas vanidad de mi parte y puede también que esté equivocada, pero me parece... me parece que... Laurie se está aficionando demasiado a mí. -¿Entonces tú no lo quieres del modo que es evidente que él está empezando a quererte a ti? -La señora parecía inquieta al hacer la pregunta. -¡Que Dios me ampare, no! ... Lo quiero muchísimo, como siempre lo he querido, y estoy enormemente orgullosa de él, pero otra cosa... no, ¡ni pensar! -Me alegra de saberlo, Jo -¿Y por qué te alegras, si se puede saber, mamita? -Porque, querida, no creo que te convenga él a ti, ni tú a él. Como amigos, ¡magnífico! ... se llevan estupendamente y las frecuentes peleas que tienen pronto pasan, pero me temo que ambos se rebelarían si estuviesen unidos por la vida como marido y mujer. Son demasiado parecidos y demasiado enamorados de su libertad, sin contar que ambos tienen genio vivo y voluntad fuerte, para poderse llevar bien juntos en una relación que necesita de infinita paciencia y tolerancia, además de amor. -Eso es precisamente lo que yo pienso, sólo que no sabía expresarlo tan bien como lo haces tú. Me alegro que creas que sólo está empezando a quererme porque me afligiría mucho causar su infelicidad,' pues por más que quisiera no podría enamorarme del querido muchacho sólo por gratitud, ¿no te parece, mamá? -¿Estás segura de sus sentimientos por ti? El sonrojo se acentuó en las mejillas de Jo al responder, con la mirada de placer mezclado con orgullo y pena que tienen las muchachas cuando hablan de sus primeros enamorados. -Mucho me temo que sí, mamá, aunque nada ha dicho todavía, pero todo está en cómo me mira... Creo que es mejor que me mande mudar antes que la cosa se agrave. -Estoy de acuerdo contigo, y si pueden arreglarse las cosas te prometo que irás a Nueva York. Jo pareció aliviada y dijo, risueña: -¡Cómo se alegrará lo señora de Moffat de que Anita puede abrigar esperanzas todavía!... -¡Ah, Jo querida, las madres pueden diferir mucho en sus "manejos", como tú les llamas, pero la esperanza es siempre la misma en todas: el deseo de ver a sus hijos felices! Meg lo es y yo estoy contenta de su éxito. A ti te dejo que disfrutes de tu libertad hasta que te canses de ella, pues sólo entonces vas a descubrir que hay algo más dulce en la vida. Ame es mi gran preocupación en este momento, pero creo que su buen sentido la va a ayudar a elegir bien. En cuanto a Beth, no puedo tener otra esperanza que la de volverla a ver sana. De paso, ¿no parece estar más contenta estos últimos días? ¿Acaso habrás hablado con ella?. -Sí, mamá. Admitió que tenía una aflicción y me prometió comunicármela más adelante. No quise insistir porque creo saber qué es. -Y Jo contó entonces su pequeña historia. La señora no adoptó esa interpretación romántica del caso, pero se puso seria y repitió su opinión de que por Laurie, era mejor que Jo se marchase por un tiempo. -¡No le digamos nada a él hasta que el plan sea más definitivo: entonces me escaparé antes de que pueda darse cuenta y se ponga trágico. Beth, por su parte, debe crees que me voy para hacerme el gusto, como es en realidad, porque no puedo hablarle a ella de Laurie; en cambio ella sí que puede mimar y consolar a Laurie cuando yo me haya ido, y así curarlo de esta chifladura romántica que le ha dado. El proyecto fue discutido en consejo de familia y hubo acuerdo general, pues la señora Kirke aceptó a Jo encantada y prometió hacerle un agradable ambiente de hogar en su casa. La enseñanza le daría a Jo independencia, y todo el tiempo libre que pudiera quedarle podía ser utilizado con provecho para escribir, mientras que los nuevos ambientes y personas que trataría iban a resultarle tan útiles como agradables. Jo estaba encantada con la perspectiva y deseando marcharse, pues el nido hogareño estaba resultándole demasiado estrecho para su naturaleza inquieta y su espíritu aventurero. Cuando por fin todo estuvo decidido, con miedo en el corazón y temblando por las consecuencias, se lo comunicó a Laurie, pero con gran sorpresa de la muchacha, él lo tomó con mucha calma. Hacía un tiempo que se mostraba más serio que de costumbre, aunque muy agradable, y cuando alguien lo acusaba en broma de haber vuelto la hoja de su vida él contestaba muy serio que sí, y que esta hoja sería definitiva. Jo sintió un gran alivio de que el chico estuviese pasando por uno de sus accesos de virtud, y empezó a hacer sus preparativos con el corazón alegre porque Beth parecía más animada y Jo creía que estaba haciendo lo mejor que podía hacerse en bien de todo el mundo. -Una cosa te dejo a tu especial cuidado -le dijo la víspera de su partida. -¿Tus papeles, verdad? -preguntó Beth. -No, mi muchacha. Sé muy buena con él, ¿eh, Beth! -Naturalmente que sí; pero no podré nunca llenar tu lugar y te va extrañar horrores. -Eso no le hará mucho mal. Recuerda que lo dejo a tu cargo para que lo mimes, lo regañes y que todo ande en orden. -Lo haré lo mejor que pueda, por ti, Jo -prometió Beth, preguntándose por qué Jo la miraría de manera tan rara. Cuando Laurie le dijo, adiós, él le murmuró al oído: -No te servirá de nada, Jo. No te perderé de vista, así que cuidado con lo que haces, ¡o iré en seguida a buscarte y te traeré a casa de una oreja!
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