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Capítulos XI a XV

CAPÍTULO XI

EN EL AYUNTAMIENTO

La falúa real, seguida de su espléndida flotilla, se encaminó majestuosamente por el Támesis abajo entre la maraña de botes iluminados. El aire estaba cargado de música; y las orillas del río tremolando por la alegría de las llamaradas; la lejana ciudad se tendía en el suave resplandor luminoso de sus incontables hogueras invisibles; por encima de ella se elevaban al cielo muchas esbeltas espirales, incrustadas de luces centelleantes, que en su lejanía parecían enjoyadas lanzas arrojadas a lo alto. A medida que navegaba la flotilla, era saludada desde las márgenes con un continuo clamor de vivas e incesantes centellas y truenos de la artillería.

Para Tom Canty, medio enterrado en sus almohadones de seda, estos sonidos y este espectáculo eran una maravilla inefablemente sublime y asombrosa. Para sus amiguitas, que iban a su lado, la princesa Isabel y lady Juana Grey, no eran nada.

Llegada a Dowgate, la flotilla subió por el límpido Walbrook, cuyo cauce lleva ahora dos siglos oculto a la vista bajo terrenos edificados, hacia Bucklersbury, dejando atrás casas y pasando bajo puentes llenos de juerguistas y brillantemente iluminados; por fin vino a detenerse en una dársena, donde está ahora Barge Yard, en el centro de la antigua ciudad de Londres. Tom desembarcó, y él y su vistoso cortejo cruzaron Cheapside, e hicieron un corto paseo entre la Judería Vieja y la calle Basinghall, hasta el Ayuntamiento..

Tom y sus damitas fueron recibidos con el debido ceremonial por el alcalde y los principales de la ciudad, con sus cadenas de oro y sus trajes de gala escarlata, y fueron conducidos bajo un rico dosel ceremonial situado en lo alto del gran salón, precedidos por heraldos haciendo la proclama, y por la Maza y la Espada de la Ciudad. Los lores y las damas que habían de asistir a Tom y a sus dos pequeñas amigas tomaron su lugar detrás de sus sillas correspondientes.

En una mesa más baja tomaron asiento los grandes de la corte, con otros huéspedes de noble condición, y los magnates de la ciudad. Los comunes ocuparon sus lugares en multitud de mesas en el piso principal del salón. Desde su aventajado lugar, los gigantes Gog y Magog, antiguos guardianes de la ciudad, contemplaban el espectáculo con ojos familiarizados con él desde tiempos inmemoriales. Se oyó un toque de clarín y una proclama, y un despensero gordo apareció por la pared izquierda, seguido de sus ayudantes, que llevaban con impresionante solemnidad un regio solomillo de buey, humeante y dispuesto a ser trinchado.

Después de las oraciones, Tom, ya instruido, se levantó ––y con él todos los allí presentes–– y bebió de una portentosa copa con la princesa Isabel; la pasó luego a lady Juana Grey y después circuló por toda la asamblea. Así comenzó el banquete.

A medianoche el festín estaba en su apogeo. Luego vino uno de esos pintorescos espectáculos, tan admirados en aquellos antiguos tiempos. Aún existe una descripción de él en el singular estilo de un cronista que lo presenció

“Habiéndoseles hecho espacio, pronto entraron un barón y un conde, ataviados a la turcas con largos mantos salpicados de oro; sombreron de terciopelo carmesí, con grandes vueltas de oro; ceñían dos espadas, llamadas cimitarras, pendientes de grandes tahalíes de oro. Venían después todavía otro barón y otro conde, con largos ropajes de raso amarillo con rayas de vaso blanco al través, y en cada lista blanca traían otra de raso carmesí, a la usanza rusa, con sombreros de piel blanca con manchas negras; cada uno de ellos llevaba un hacha pequeña en la mano y botas con pykes [puntas de casi un pie de largo], vueltas hacia arriba. Y después de ellos venía un caballero, luego el lord gran almirante, y con él cinco nobles con jubones de terciopelo carmesí, escotados por detrás y por delante hasta el esternón, sujetos por el puño con cadenas de plata; y sobre esto, capas cortas de raso carmesí y en las cabezas sombreros a la manera de los danzantes, con pluma de faisán. Éstos iban vestidos a la usanza prusiana. Los hacheros, que eran cerca de un centenar, iban de raso carmesí y verde, como moros, sus caras negras. Venía después un mommarye. Luego los ministriles, disfrazados, bailaron; y lores y damas bailaron también tan desafinadamente, que era un placer contemplarlos.”

Y mientras Tom, en su elevado asiento, observaba esta “desatinada” danza, absorto en su admiración de la deslumbradora mezcla de colores caleidoscópicos que ofrecía el arremolinado torbellino de vistosas figuras, el andrajoso pero verdadero Príncipe de Gales proclamaba sus derechos y sus agravios, denunciando al impostor y clamando entrada ¡a las puertas del Ayuntamiento! La muchedumbre gozaba extraordinariamente con el episodio y se abalanzaba desnucándose para ver al pequeño alborotador. Pronto empezaron a burlarse y a mofarse de él con el propósito de incitarlo a más y mayor divertida furia. Lágrimas de tristeza le saltaron a los ojos pero se contuvo y retó a la turba regiamente. Siguieron otras burlas, nuevas mofas lo punzaron, y exclamó:

––Os vuelvo a decir, hato de perruchos indecentes, que soy el Príncipe de Gales; y tan abandonado y solo como estoy, sin nadie que diga una palabra a mi favor o me ayude en mi necesidad, aun así no me despojaréis de mi derecho, que he de mantener.

––Aunque seas príncipe o no, lo mismo da; eres un chico gallardo y no te faltan amigos. Aquí estoy yo a tu lado para probarlo. Y te digo que peor amigo podrías tener que Miles Hendon, sin cansar tus piernas en la búsqueda. Descansa tu lengua, hijo mío. Yo hablo el lenguaje de estas ratas de coladera como mi lengua nativa.

El que hablaba era una especie de don César de Bazán por su traje, su aspecto y su porte. Era alto, delgado y musculoso. Su jubón y sus calzas eran de rico género, pero marchitos y raídos, y su adorno de encaje estaba tristemente deslucido; su lechuguilla, estaba ajada y estropeada; la pluma de su sombrero alicaído estaba rota y tenía aspecto sucio y poco respetable. Al costado llevaba un largo estoque en una oxidada vaina de hierro; su actitud fanfarrona lo delataba de inmediato como un espadachín en campaña. Las palabras de esta fantástica figura fueron recibidas con una explosión de júbilo y risas. Algunos gritaron: “¡Es otro príncipe disfrazado!” “¡Cuidado con lo que hablas, amigo, parece que es peligroso!” “En verdad lo parece: mira sus ojos.” “Separa de él al chico.” “Al abrevadero de los caballos con él.”

Instantáneamente, a impulsos de esta feliz idea, una mano cayó sobre el príncipe; tan instantáneamente, la larga espada del desconocido estaba fuera, y el mediador cayó al suelo gracias a un sonoro golpe de, plano. Al momento gritaron docenas de voces: “¡Matad al perro, matadlo, matadla!”, y la turba se cerró sobre el guerrero, que arrimó la espalda contra una pared y empezó a golpear a ciegas con su larga arma como un loco. Sus víctimas caían acá y allá, pero la chusma pasaba sobre los derribados y se abalanzaba con indeclinable furia contra el campeón. Los momentos de éste parecían contados, su desgracia cierta, cuando, de pronto, sonó una trompeta, una voz gritó: “¡Paso al mensajero del rey!”, y una tropa de jinetes llegó cargando sobre la multitud, que se apartó del peligro tan rápidamente como se lo permitieron las piernas. El valiente desconocido cargó al príncipe en sus brazos y pronto estuvo alejado del peligro y de la multitud.

Volvamos al interior del Ayuntamiento. De pronto, por encima de la alegre algazara de la fiesta, se dejó oír el repique de un clarín. Al instante se hizo el silencio; luego se alzó una sola voz ––la del mensajero del palacio—, el cual empezó a correr una proclama, toda la multitud en pie, atenta. Las últimas palabras, solemnemente pronunciadas, fueron:

––¡El rey ha muerto!

Todos en la gran reunión doblaron da cabeza sobre el pecho de consuno; permanecieron así unos momentos, en profundo silencio; luego cayeron a la vez de rodillas, tendieron sus manos hacia Tom, y resonó un poderoso grito que pareció cimbrar el edificio:

––¡Viva el rey!

Los asombrados ojos del pobre Tom vagaron sobre este pasmoso espectáculo, y finalmente se posaron un momento, como en sueños, sobre las arrodilladas princesas que tenía a su lado, y luego sobre el conde de Hertford. Una resolución súbita se mostró en su rostro. Dijo, en voz baja, al oído de lord Hertford:

––Respóndeme en verdad, por tu fe y por tu honor. Si yo aquí diera una orden, la cual nadie sino un rey tuviera el privilegio y la prerrogativa de dar, ¿sería obedecido tal mandato, y ninguno habría que pudiera decirme que no?

––Ninguno, mi señor, en todos estos dominios. En tu persona ––reside la majestad de Inglaterra. Tú eres el rey; tu palabra es ley:

Tom respondió en voz alta y gravemente, con––gran animación:

––Entonces sea la ley del rey. ley de misericordia desde este día, y nunca mas sea ley de sangre. Levantaos y marchad. ¡A la Torre, y decid que el rey decreta que el duque de Norfolk no debe morir!

Estas palabras fueron alcanzadas y corrieron diligentemente de boca en boca a lo largo y ancho del salón, y cuando Hertford se apresuraba a salir resonó otro prodigioso grito:

––¡El reinado de la sangre ha terminado! ¡Viva Eduardo, rey de Inglaterra!

CAPÍTULO XII

EL PRÍNCIPE Y SU SALVADOR

Tan pronto Miles Hendon y el príncipe niño se vieron lejos de la turba, se encaminaron hacia el río por callejuelas y veredas angostas. No hallaron obstáculo en su camino hasta que llegaron cerca del Puente de Londres; pero entonces se toparon de nuevo con la muchedumbre, sin haber soltado aún Hendon la muñeca del príncipe, es decir, del rey. Ya había trascendido la terrible noticia, que Eduardo supo a un tiempo por miles de voces: “El rey ha muerto.” Esta nueva estremeció el corazón del pobre niño abandonado y le hizo temblar de pies a cabeza. Comprendiendo la enormidad de su pérdida, se sintió invadido por amargo dolor, porque el inflexible tirano que tanto terror ocasionaba a los demás había sido siempre dulce con él. Asomaron las lágrimas a sus ojos y le borraron la visión de todos los objetos. Por un instante se sintió la más infeliz, abandonada y desamparada de las criaturas de Dios. Después otro grito estremeció la noche en muchas millas a la redonda: “¡Viva el rey Eduardo VI!”, y esto hizo centellear los ojos del niño y le estremeció de orgullo hasta las yemas de los dedos.

“¡Ah! pensó––. ¡Qué grande y qué extraño parece! ¡Soy rey!” Nuestros dos amigos se abrieron lentamente camino por entre la muchedumbre que llenaba el puente. Esta construcción, que tenía más de seiscientos años de vida sin haber dejado de ser un lugar bullicioso y muy poblado, era curiosísima, por que una hilera completa de tiendas y almacenes, con habitaciones para familias encima, se extendía a ambos lados y de, una a otra orilla del río. El puente era en sí mismo una especie de ciudad, que tenía sus posadas, cervecerías, panaderías, mercados, industrias manufactureras y hasta su iglesia. Miraba a los dos vecinos que ponía en comunicación ––Londres y Southwark––, considerándolos buenos como suburbios, pero por lo demás sin particular importancia. Era una comunidad cerrada, por decirlo así, una ciudad estrecha con una sola calle de un quinto de milla de largo, y su población no era sino la población de una aldea. Todo el mundo en ella conocía íntimamente a sus vecinos, como había tenido antes conocimiento de sus padres y de sus madres, y conocía además todos sus pequeños asuntos familiares. Contaba con una aristocracia, por supuesto, con sus distinguidas y viejas famillas de carniceros, de panaderos y otros por el estilo, que venían ocupando las mismas tiendas desde hacía quinientos o seiscientos años, y sabían la gran historia del puente desde el principio al fin, con todas sus misteriosas leyendas. Eran familias que hablaban siempre en lenguaje del puente, tenían ideas propias del puente, mentían a boca llena y sin titubear, de una manera emanada de su vida en el puente. Era aquella una clase de población que había de ser por fuerza mezquina, ignorante y engreída. Los niños nacías en el puente, eran educados en él, en él llegaban a viejos y, finalmente, en él morían sin haber puesto los pies en otra parte del mundo que no fuera el Puente de Londres. Aquella gente tenía que pensar, por razón natural, que la copiosa e interminable procesión que circulaba por su calle noche y día, con su confusa algarabía de voces y gritos, sus relinchos, sus balidos y su ahogado patear, era la casa más extraordinaria del mundo, y ellos mismos, en cierto modo, los propietarios de todo aquello. Y tales eran, en efecto ––o por lo menos como tales podían considerarse desde sus ventanas, y así lo hacían mediante su alquiler––, cada vez que un rey o un héroe que volvía daba ocasión a algunos festejos, porque no había sitio como aquél para poder contemplar sin interrupción las columnas en marcha.

Los hombres nacidos y educados en el puente encontraban la vida de un tedio insoportable en cualquier otro sitio. La historia nos dice de uno de estos hombres que abandonó el puente a los sesenta y un años y se retiró al campo; pero no fue más que para ponerse, nervioso y dar vueltas en la cama; no podía conciliar el sueño, pues la profunda calma rústica era penosa, horrible y opresiva. Cuando por fin se hartó de ella, volvió corriendo a su antigua lar, hecho un espectro, demacrado y huraño, y se dio sosegadamente al descanso y a los sueños agradables bajo la adormecedora música de las agitadas aguas y el estrépito y el bullicio y la algazara del Puente de Londres.

En el tiempo al cual nos referimos, el puente suministraba a sus hijos “lecciones de cosas” en la historia inglesa, a saber, unas lívidas y medio corrompidas cabezas de hombres famosos, clavadas en picas de hierro en el centro del antepecho del puente. Mas dejémonos de digresiones.

La guarida de Hendon estaba en la pequeña posada del puente. Al acercarse el caballero a la entrada con su amiguito, dijo una voz bronca:

––¡Ah! ¿Has aparecido ya? ¡No volverás a escaparte, yo te lo aseguro! Como el machacarte los huesos hasta hacértelos papilla pueda enseñarte algo, no nos harás esperar otra vez.

Al decir esto, Juan Canty alargó la mano para agarrar al muchacho, mas Miles Hendon se interpuso, diciendo:

––No tan aprisa, amigo. Eres, a fe mía, demasiado brusco. ¿Qué tienes que, ver con este muchacho?

––Por si tu negocio es entrometerte en los ajenos, he de decirte que es mi hijo.

––¡Eso es mentira! ––exclamó furioso el reyecito.

––Bien dices, y te creo, hijo mío, tanto si tienes la cabeza sana como si estás loco. Pero sea o no tu padre este rufián despreciable, da lo mismo, no ha de tenerte para pegarte y abusar, como ha amenazado, si prefieres permanecer conmigo.

––¡Sí, sí! No lo conozco. Lo aborrezco, y moriré antes de irme con él.

––Entonces está decidido, no hay más que decir.

––¡Eso ya lo veremos! ––exclamó Juan Canty, tratando de pasar por el lado de Hendon para agarrar al niño––. Por fuerza...

––Si te atreves a tocarlo, piltrafa con vida, te ensarto como a un pato ––dijo Hendon cerrándole el paso y llevando la mano al puño de la espada.

A esto retrocedió Canty, y Hendon siguió:

––Te prevengo que he tomado bajo mi protección a este muchacho cuando una chusma de tu calaña quería maltratarlo y acaso lo habría matado. ¿Imaginas que lo voy a entregar ahora a un destino peor? Porque tanto si eres su padre como si no ––y a fe mía creo que mientes––, una muerte con decoro y rápida sería mucho mejor para él que la vida en unas manos tan rudas como las tuyas. Sigue, pues, tu camino, y luego, porque no me gusta decir palabras de balde, ya que no me es natural ser paciente con exceso.

Juan Canty se apartó murmurando amenazas y maldiciones, y desapareció de la vista, tragado por la multitud. Handon subió tres tramos de escalera hasta su cuarto en compañía del niño, después de ordenar que les sirvieran de comer. Era una pobre pieza, con una destartalada cama y algunos muebles viejos, y alumbrada vagamente por dos moribundas velas. El rey niño se arrastró hasta la cama y se tendió en ella, casi exhausto de hambre y de fatiga. Había estado en pie gran parte del día y de la noche (entonces eran las dos o tres de la mañana), y no había comido nada. Soñoliento, bulbuceó:

––Ruégate que me llames cuando esté puesta la mesa. ––Y cayó inmediatamente en profundo sueño.

Vagó una sonrisa por los ojos de Hendon, que dijo para si:

––Por Dios que este arrapiezo se le mete a uno en casa y le usurpa la cama con gracia y soltura tan naturales como si fuera el dueño, sin pedir permiso ni ofrecer excusas ni nada que se le parezca. En sus arrebatos de locura se ha llamado Príncipe de Gales, y lo cierto es que sostiene bravamente su carácter. ¡Pobre ratoncillo sin amigos! Sin duda su mente se ha desequilibrado por los malos tratos. Bien; pues yo seré su amigo. Yo lo he salvado, y algo en él me atrae con harta fuerza. Siento ya cariño por este rapaz que sabe hablar tan bien. ¡Con qué marcial actitud ha hecho frente a la sórdida ralea y le ha dirigido su reto! ¡Y qué cara tan linda, tan dulce y tan gentil tiene, ahora que el sueño ha conjurado sus desazones y sus pesares! Yo le enseñaré, curando su enfermedad. Sí; seré, su hermano mayor, y cuidaré de él y por él velaré. Y los que quieran mancillarle o maltratarle ya pueden encargar la mortaja, porque la habrán menester, aunque por ello me quemen vivo.

Inclinóse sobre el muchacho, y tras contemplarlo con bondadoso y compasivo interés, le dio unos tiernos golpecitos en la mejilla y le alisó los enmarañados rizos con la enorme y atezada mano. Un escalofrío recorrió el cuerpo del niño, y Hendon dijo entre dientes:

––Ha sido una tontería dejarlo descansar ahí sin taparlo, y que su cuerpo vaya a padecer dolores reumáticos. ¿Qué haré ahora? Si lo levanto y lo meto dentro de la cama, se despertará; y tiene mucha necesidad de reposo..

Miró en torno en busca de algo con qué cubrirlo; pero, no hallando nada, se quitó el jubón y envolvió en  él al muchacho, diciendo:

––Como estoy acostumbrado a los arañazos del viento y al poco abrigo, no me importará el frío.

Y se puso a dar paseos por el aposento para mantener en circulación la sangre, monologando como siempre:

––Su trastornada mente le persuade de que es el Príncipe de Gales. Será cosa rara tener con nosotros a un Príncipe de Gales ahora que el que era príncipe ya no es príncipe, sino rey. Porque su pobre espíritu tiene un tema solo, y no comprenderá que ahora debe dejar de ser príncipe y llamarse rey.... Si mi padre vive aún, después de estos siete años en que no he sabido nada de mi casa en mi calabozo en tierra extraña, acogerá bien al pobre niño y por mi amor le concederá generoso albergué. Lo mismo hará mi buen hermano mayor, Arturo. Mi otro hermano, Hugo... Pero le romperé la crisma si se interpone, el muy zorro y desalmado. Sí. Hacia allá nos iremos y sin tampoco perder momento.

Entró un criado con humeante comida, que dejó sobre la mesita de pino, arrimó las sillas y partió, dejando que unos huéspedes tan modestos se sirvieran a sí mismos. Cerróse la puerta, tras él, y el ruido del portazo despertó al niño, que de un salto se sentó en la cama y lanzó una alegre mirada en torno. Luego a su rostro asomó una expresión ofendida y sus labios musitaron con un profundo suspiro:

–––¡Ay, mísero de mí! ¡No era más que un sueño!

Luego reparó en el jubón de Miles Mendon, miró al dueño de la prenda, comprendió el sacrificio que había hecho por él, y le dijo gentilmente:

––Eres bueno conmigo. Sí, muy bueno conmigo. Toma esto y póntelo; yo no lo necesitaré más.

Levantóse luego y se acercó al aguamanil del rincón, donde se quedó esperando. Hendon le dijo con alegre acento:

––Ahora vamos a tomar una reconfortante sopa y un buen bocado, porque todo es sabroso y está a punto. Entre eso y el sueño que has echado, volverás a ser otra vez un hombrecito, ya verás.

El niño no contestó, sino que lanzó una mirada llena de grave sorpresa y con cierto aire de impaciencia al imponente caballero de la espada. Hendon se quedó perplejo y dijo:

––¿Qué pasa?

––Buen señor, quisiera lavarme.

––¡Ahl ¿Nada más eso? No pidas permiso a Miles Hendon para nada de lo que desees. Puedes servirte a tus anchas de cuanto le pertenece, con entera libertad.

El niño siguió quieto. Es más, una o dos veces dio con el pie unos golpecitos de impaciencia. Hendon se sintió del todo perplejo. Por fin dijo:

––Pero ¿a qué esperas?

––Te ruego que eches el agua y no gastes tantas palabras.

Hendon, reprimiendo una carcajada y diciéndose: “¡Por todos los diablos, esto es, admirable”, avanzó con viveza y cumplió la orden del pequeño insolente. Luego se apartó con una especie de estupefacción, hasta que lo despertó de ella una orden: “¡Pronto! ¡La toalla!” Cogió la toalla bajo las mismas narices del niño y se la entregó sin más. Después procedió a reconfortarse con un lavatorio, y, mientras lo hacía, su hijo adoptivo se sentó a la mesa y se preparó para comer. Vivamente acabó Rendon con sus abluciones, cogió la otra silla y se disponía a sentarse también, cuando el niño le dijo indignado

—¡Vive Dios! ¿Vas a sentarte en presencia del rey?

Este golpe sacudió a Hendon de arriba abajo. Dijo en su interior: “La locura de este pobre niño está a la altura de los tiempos. Ha cambiado con el gran cambio que ha sobrevenido en el reino, y ahora se imagina ser el rey. Bueno; le seguiremos el humor, ya que no hay otro camino; no vaya a ser que me mande a la Torre.

Y satisfecho de esta broma, apartó la silla de la mesa, se situó detrás del rey y se dispuso a servirle de la manera más cortesana de que era capaz.

Mientras el rey comía se ablandó un poco el rigor de su real dignidad, y con su creciente satisfacción experimentó el deseo de hablar, y dijo:

––Creo que te llamas Miles Hendon, si no he oído mal.

––––Sí, señor ––replicó Miles, que se dijo en seguida: “Para seguir la vena de este pobre niño loco debo llamarle señor' y majestad. No debo, hacer las cosas a medias, ni detenerme ante nada respecto al papel que represento, pues de lo contrario lo representaré mal y no serviré bien a esta caritativa y buena causa.”

El rey se entonó con un segundo vaso de vino y dijo:

––Quisiera conocerte. Cuéntame tu historia. Tu, conducta es generosa y noble. ¿,Has nacido noble?

––Pertenecemos a la cola de la nobleza, señor. Mi padre es baronet, uno de los pequeños lores, por servicios caballerescos. Se llama sir Ricardo Hendon, de Hendon Hall, junto a Monk's Holm, en Kent.

––Se me había ido el nombré de la memoria. Sigue. Cuéntame tu historia.

––No es muy larga, señor, pero acaso a falta de cosa mejor pueda divertir a Vuestra Majestad. Mi padre, sir Ricardo, es muy rico y de natural en extremo generoso. Murió mi madre siendo yo niño; tengo dos hermanos: Arturo, el mayor, cuya alma es como la de su padre, y Hugo, menor que yo, que es un espíritu mezquino, codicioso, traidor, vicioso, artero..., un reptil. Así fue desde su cuna; así era diez años ha, cuando lo vi por última vez: un bribón de diecinueve años. Entonces yo tenía veinte y Arturo veintidós. No queda nadie más de mi familia, salvo lady Edita, mi prima, que entonces tenía dieciséis años. Era hermosa, gentil y buena. Es hija de un conde, la última de su familia, y heredera de una gran fortuna y de un título caducado. Mi padre era su tutor. Yo la amaba y ella me amaba a mí, pera contrajo nupcias con Arturo desde la cuna, y sir Ricardo no quiso consentir que se rompiera el contrato. Arturo quería a otra doncella y nos dijo que tuviéramos ánimo y no perdiéramos la esperanza de que el tiempo y la suerte, de consumo, traerían algún día un feliz suceso a nuestra causa. Hugo codiciaba la hacienda de lady Edita, aunque fingía amarla; pero siempre fue su hábito decir una cosa y pensar otra. Mas todas sus artes se perdieron con la doncella. Hugo pudo engañar a mi padre, pero a nadie más. Mi padre le quería más que a los otros y confiaba en él y en él creía, porque era el hijo menor y los demás lo odiaban, cualidad esta que siempre ha sido parte a granjear el amor de un padre. Hugo tenía un hablar suave y persuasivo y un admirable don para la mentira, y éstas son prendas que ayudan mucho a despertar un afecto ciego. Yo estaba furioso.,., podría ir más allá, y decir que furiosísimo, aunque era una furia demasiada inocente, puesto que a nadie dañaba sino a mí, ni trajo vergüenza a nadie ni pérdida alguna, ni llevaba en sí ningún germen de crimen ni de bajeza, ni de nada que no correspondiera a mi noble condición.

Sin embargo, mi hermano Hugo supo sacar partido de esta furia mía, al ver que la salud de nuestro hermano Arturo distaba mucho de ser buena; porque esperaba que su muerte podría beneficiarle si yo me quitara de en medio, por lo cual... Pero éste sería un cuento muy largo y no vale la pena de referirlo a Vuestra Majestad. En pocas palabras diré que mi hermano logró arteramente acrecentar mis defectos hasta convertirlos en crímenes, y terminó su rastrera obra hallando en mi aposento una escala de seda ––llevada por él mismo–– y convenciendo a mi padre con ella, y con la declaración de criados sobornados y de otros bellacos, de que yo me proponía robar a Edita y tomarla por mujer con evidente reto a su voluntad.

Dijo mi padre que tres años de destierro de mi casa y de Inglaterra podrían hacer de mí un soldado y un hombre, y enseñarme un algo de prudencia. Hice largas pruebas en las guerras continentales, en que supe en demasía lo que eran golpes, duras privaciones y aventuras, pero en la última batalla me tomaron prisionero, y en los siete años que han transcurrido desde entonces me he visto encerrado en un calabozo en tierra extraña. A fuerza de ingenio y de valor conseguí poro fin verme libre, y huí hacia aquí en seguida; y ahora acabo de llegar y me encuentro pobre de dineros y ropa, y más pobre todavía en conocimientos de lo que en estos siete tristísimos años ha acontecido en Hendon Hall y a su gente. Y con esto mi pobre historia queda referida a Vuestra Majestad.

––Te han agraviado vergonzosamente ––exclamó el reyecito con centelleantes ojos––; pera yo te vengaré. Por la cruz te la juro. El rey lo ha dicho.

“¡Dios mío. Brava imaginación tiene! A fe mía que no es un espíritu vulgar, pues si lo fuera, loco o cuerdo, no podría tejer un cuadro tan verosímil y deslumbrante y tan falto de realidad. ¡Pobre cabecita enferma! No te faltará un amigo y un amparo mientras yo me cuente entre los vivos. No te separaré nunca de mi lado. Serás mi favorito y mi camarada. Y se curará, sí. Volverá a. verse curado, y entonces ganará un nombre y yo podré decir con orgullo: “Sí; es mío.” Yo lo recogí cuando era un pobre rapaz sin hogar, pero vi lo que llevaba dentro y dije que algún día se oiría hablar de su nombre. Miradlo, observadlo. ¿Tenía yo razón?”

El rey habló con aire y tono pensativos:

––Me has salvado de la injuria y de la vergüenza.. Acaso has salvado también mi vida, y con ello mi corona. Semejante servicio pide rica recompensa. Dime tus deseos, y si están dentro del alcance de mi poder real, los verás satisfechos.

Esta fantástica declaración sacó a Hendon de sus meditaciones. Se disponía a dar las gracias al rey y dejar a un lado el asunto, diciendo que no había hecho sino cumplir con su deber y que no deseaba recompensa alguna, cuando acudiendo una idea más sensata a su mente, le pidió la venia de callarse unos instantes y meditar en la graciosa oferta, lo cual el rey aprobó gravemente, diciendo que era mejor no precipitarse en asunto de tanta importancia.

Miles reflexionó unos momentos y se dijo: “Sí, eso es. Por cualquier otro medio sería imposible conseguirlo. Y, en verdad, mi experiencia de estas horas pasadas me ha enseñado que sería harto trabajoso e inconveniente proseguir como hasta ahora. Sí, lo propondré. Ha sido una feliz casualidad que no haya dejado perder la ocasión.” Después de esto dobló una rodilla y dijo:

––Mi modesto servicio no ha traspasado el límite del más simple deber de un vasallo, y por consiguiente no tiene ningún mérito. Pero ya que Vuestra Majestad se digna considerar que merece alguna recompensa, me atrevo a hacer una petición al efecto Cerca de cuatrocientos años atrás, como Vuestra Majestad no ignora, estando enemistados Juan, rey de Inglaterra, y el rey de Francia, se decretó que dos campeones combatieran en la palestra para poner término a la disputa con lo que se llama juicio de Dios. Reunidos los dos reyes, y el rey de España para ser testigo de la disputa y juzgarla, apareció el campeón francés; mas era tan temible, que nuestros caballeros ingleses se negaron a medir sus armas con él. Así el asunto, que era muy grave, estuvo a punto de resolverse contra el monarca inglés por falta de campeón. En la Torre se hallaba lord De Courcy, el más poderoso brazo de Inglaterra, despojado de sus honores y posesiones, y consumiéndose en largo cautiverio. Apelóse a él, que accedió y compareció armado para el combate; mas no bien divisó el francés su recio cuerpo y oyó su famoso nombre, huyó a escape, y la causa del rey de Francia quedó perdida. El rey Juan devolvió a De Courcy sus títulos y posesiones, y le dijo: “Manifiéstame tu deseo y lo conseguirás, aunque me cueste la mitad de mi reino.” A lo que De Courcy, de hinojos como yo estoy ahora, contestó: “Pido, pues, solo una cosa., señor mío, y es que yo y mis descendientes tengamos y conservemos el privilegio de permanecer cubiertos en presencia del rey de Inglaterra mientras su trono perdure.” Concedióse la gracia como Vuestra Majestad sabe; y como en estos cuatrocientos años no ha habido nunca un momento en que la familia haya carecido de herederos, hasta el día de hoy el jefe de la antigua casa tiene aún el sombrero o el yelmo puesto ante la majestad del rey, sin impedimento alguno, y nadie más puede hacerlo. Invocando este precedente en ayuda de mi ruego, suplico al rey que me conceda esta gracia y privilegio ––para más que suficiente recompensa mía–– y ninguna otra cosa, a saber: que yo y mis herederos para siempre podamos sentarnos en presencia, de Su Majestad el rey de Inglaterra.

Levantaos, sir Miles Hendon, caballero ––dijo gravemente el rey dándole el espaldarazo con la espada de Hendon––. Levantaos y sentaos. Tu petición queda concedida. Mientras subsista Inglaterra y perdure la corona, no caducará tu privilegio.

Apartóse Su Majestad meditando y Hendon se dejó caer en una silla junto a la mesa, diciéndose:

“Ha sido una feliz idea, que me ha traído un gran consuelo, porque tenía ya las piernas fatigadísimas. Si esto no se me hubiera ocurrido, acaso habría tenido que estar en pie semanas enteras, hasta que se cure el seso mi pobre muchacho.”

Después de lo cual prosiguió diciéndose:

“Heme aquí convertido en caballero del Reino de los Sueños y de las Sombras. Es una situación peregrina y extraña en verdad para un hombre tan positivo como yo. No quiero reírme, de ninguna manera, ¡Dios me libre!, porque esta, que para mí es tan falto de substancia, es real para él. Y para mí en cierto modo tampoco es una falsedad, porque refleja verdaderamente el espíritu dulce y generoso de este chico.” Y terminó, después de una pausa: “¡Ah! ¡Si me llamara con mi hermoso título delante de gentes! ¡Qué singular contraste entre mi gloria y mi porte! Pero no me importa: llámeme como quiera y como le agrade, que yo estaré contento.”

CAPÍTULO XIII

LA DESAPARICIÓN DEL PRINCIPE

Pronto invadió a ambos camaradas una pesada somnolencia. Dijo el rey, refiriéndose a sus vestidos: Quítame estos andrajos.

Hendon desnudó al niño sin disentir, ni proferir una palabra, lo arropó en el lecho y miró en tomo del aposento, diciéndose, condolido:

“Me ha vuelto a quitar la cama como antes... ¿Qué hago yo ahora,?”

El reyecito observó su perplejidad y la disipó con unas palabras, diciendo soñoliento:

Tú dormirás atravesado en la puerta y la guardarás.

Y un momento después se habían desvanecido todas sus desazones en un profundísimo sueño.

“Corazón sencillo; debería haber nacido ––se dijo Hendon lleno de admiración––.  Representa su papel a maravilla.”

Y después se tendió en el suelo al través de la puerta, diciendo con contento:

––Peor lecho he tenido en estos siete años. Ponerle reparos a esto sería una ingratitud para El de arriba.

Cayó dormido cuando apuntaba el alba, y hacia el mediodía se levantó, destapó con el mayor cuidado a su dormido pupilo y con un bramante le tomó medidas. El rey despertó en el momento de terminar Miles su obra; quejóse de frío y le preguntó qué era lo que estaba haciendo.

––Hecho está ya, señor mío ––contestó Hendon––. Tengo quehacer fuera, pero no tardaré en volver. Duérmete otra vez, que lo has menester. Déjame que te cubra también la cabeza. Así entrarás más pronto en calor.

Antes de terminar Hendon estas palabras el rey estaba de nuevo en el país de los sueños. Miles salió sin hacer ruido y volvió a entrar, también de puntillas, a los treinta minutos, con un traje de segunda mano, completo, de niño, de tela barata y mostrando señales de uso, pero limpio y apropiado a la estación del año. Sentóse y empezó a examinar su compra, diciéndose entre dientes:

––Una escarcela mejor provista habría comprado cosa mejor, pero cuando ella está medio vacía, debe uno contentarse con lo que hay...

Vivía en nuestra ciudad una mujer...
En nuestra ciudad ella moraba

“Parece que se ha movido... Tendré que cantar en clave no tan alta. No estaría bien turbar su sueño con la jornada que le espera, pobre muchacho... Esta prenda está bastante bien ... Con una puntada aquí y otra allá, quedará adecuada. Esta otra es mejor, si bien no le vendrán mal tampoco unas cuantas puntadas. Estos zapatos están de muy buen uso, y con ellos tendrá los piececitos secos y calientes. Son cosa nueva para él, pues sin duda está acostumbrado a ir descalzo, lo mismo en los veranos que en los inviernos... ¡Ojalá que el hilo fuera pan! ¡Con cuán poco dinero se compra lo necesario para un año! Y además, le dan a uno de balde una aguja tan brava y grande como ésta solo por caridad. Ahora me va a costar un demonio enhebrarla.”

Y así fue. Como han hecho siempre los hombres, y como harán probablemente hasta el final de los tiempos, Hendon mantuvo la aguja quieta y trató de pasar la hebra por su ojo, es decir, al revés de como lo hacen las mujeres. Una y otra vez el hilo erró el blanco, pasando ora a un lado de la aguja ora al otro, y en ocasiones doblándose; pero era paciente, pues más de una vez en su vida de campaña había experimentado dificultades semejantes. Por fin enhebró la aguja, tomó la prenda que le estaba esperando, se la puso sobre las rodillas y empezó su trabajo.

––La posada está pagada, incluyendo el desayuno que ha de venir, y aún me queda lo bastante para comprar un par de burros y sufragar nuestros despendios menudos en los dos o tres días que han de mediar hasta que lleguemos a la abundancia que nos espera en Hendon Hall.

Que amaba a su ma...

––¡Caramba! Me he clavado la aguja en la uña... No importa. Esto no es novedad, pero no me hace gracia tampoco... Allí estaremos muy alegres, pequeño, no lo dudes; Tus trastornos desaparecerán y tu destemplanza lo mismo.

Que amaba a su marido con pasión,
Mas otro hombre... 

––¡Éstas sí que son unas puntadas magníficas! ––exclamó levantando el vestido y contemplándolo con admiración––. Tienen una grandeza y una majestad, que a su lado esas pobres puntaditas del sastre son miserables y plebeyas.

Que amaba a su marido con pasión,
Mas otro hombre... 

––¡Ea! Ya está. Es un trabajo de primera, y hecho con sobrada rapidez. Ahora voy a despertarlo, lo vestiré, le echaré agua, le daré de comer, nos iremos al mercado junto a la posada del Tabardo de Southwark, y... Dignaos levantaros, señor... ¡No responde! ¿Qué es esto? No tendré más remedio que profanar su sagrado cuerpo tocándolo, puesto que su sueño es sordo a mis palabras. ¡Qué!

Jaló las mantas. El niño había desaparecido.

El soldado miró un momento a su alrededor sin que su asombro pudiera expresarse en palabras. Por primera vez observó que también faltaban las andrajosas ropas de su pupilo, y entonces empezó a echar juramentos y a llamar furioso al posadero.

––¡Habla, aborto de Satanás, o es llegada tu última hora! ––––rugió el soldado, dando tan salvaje salto hacia el mozo, que éste perdió unos instantes el habla, de espanto y sorpresa––. ¿Dónde está el muchacho?

Con entrecortadas y temblorosas palabras dio el criado la información que sé le pedía.

––Apenas habías salido de aquí, señor, cuando llegó un mozalbete corriendo y dijo que vuestra voluntad era que el muchacho fuera a reunirse con vos en el extremo del puente, por el lado de Southwark. Yo lo traje aquí, y cuando despertó el niño y le di el recado, gruñó un poco, porque lo despertaban “tan temprano”, como él dijo, pero al punto se puso sus harapos y se fue con el mozalbete, diciendo que mejor habría sido que vos hubierais venido en persona en vez de enviar a un extraño; y así... .

¡Y así que eres un imbécil, un necio incapaz! ¡Maldita sea toda tu casta! Pero acaso no haya en ello nada majo. Quizá no se proponen hacerle daño. Voy en su busca. Prepara la mesa. ¡Espérate! Las ropas de la cama estaban puestas como si taparan a alguien. ¿Ha sido casualidad?

No lo sé, señor. Yo he visto que el mozalbete andaba removiéndolas; quiero decir, el que ha venido por el niño.

––¡Truenos y centellas! Lo han hecho para engañarme, está claro que se proponían ganar tiempo. Escucha. ¿Venía solo el mozalbete?

––Completamente solo, señor.

––¿Estás seguro?

––Segurísimo.

––Piénsalo bien. Haz memoria. Tómalo con calma.

Después de un momento de meditar, dijo el criado:

––Cuando llegó no venía nadie con él;. pero ahora recuerdo que al salir los dos y meterse entre la muchedumbre del puente, un hombre mal encarado ha salido de un sitio cercano, y cuando se unían a ellos...

––¡Y después qué! ¡Saca fuera lo que sabes! ––estalló la impaciencia de Hendon interrumpiéndole.

––En aquel momento se confundieron entre la gente y desaparecieron, y no vi mas porque me llamó el amo, que estaba furioso porque se le había olvidado la carne encargada por el escribano; aunque yo tomo a todos los santos por testigos de que el reñirme por el olvido fuera como llevar a juicio un niño antes de nacer, por pecados come...

––¡Quítate de mi vista,   idiota! ¡Tus sandeces me vuelven loco! ¡Espera! ¿Adónde vas? ¿No puedes aguardar un instante? ¿Se fueron hacia Southwark?

––Así es, señor. Porque, como he dicho antes respecto de esa maldita carne, el niño que no ha nacido no tiene más culpa que...

––¿Aún estás aquí? ¿Y charlando todavía? ¡Vete, si no quieres que te estrangule!

El servidor desapareció. Hendon salió tras él, pasó por su lado y bajó la escalera de dos en dos peldaños refunfuñando:

Ha sido ese maldito villano que pretendía ser su padre. ¡Te he perdido, pobrecillo! Es un pensamiento muy amargo. ¡Tanto como había llegado ya a quererte! ¡No! ¡Por vida del infierno, no te he perdido! No te he perdido, porque registraré todo el país hasta que vuelva a encontrarte. ¡Pobre niño! Allá queda su desayuno... y el mío, pero ya no tengo hambre: así, que se lo coman los ratones. ¡Aprisa, aprisa, eso es!

Mientras rápidamente se abría paso por entre la ruidosa muchedumbre que llenaba el puente, se dijo varias veces, aferrándose a esa idea como si fuera especialmente placentera:

––Ha gruñido, pero se ha ido... Se ha ido, sí, porque ha creído que se lo pedía Miles Hendon. ¡Pobre muchacho! ¡No lo habría hecho por otro, lo sé muy bien! 

CAPÍTULO XIV

¡EL REY HA MUERTO! ¡VIVA EL REY!

Al romper el alba aquella misma mañana, Tom Canty se estremeció al salir de un profundo sueño y abrió los ojos en la oscuridad. Permaneció en silencio unos instantes, tratando de analizar sus confusos pensamientos e impresiones, y de ponerlos en orden; de pronto estalló con voz arrebatada, pero sofocada:

––Lo veo claro, lo veo claro. Loado sea Dios, que por fin estoy despierto. ¡Ven, alegría! ¡Huye, pesar! ¡Hola, Nan! ,¡Bet! Sacudid la paja y venid a mi lado para que haga penetrar en vuestros incrédulos oídos el sueño más insólito que han evocado jamás los espíritus de la noche para dejar pasmada el alma de un hombre. ¡Hola, Nan! ¡Digo! ¡Bet!

Una vaga forma apareció a su lado y una voz le dijo:

––¿Te dignas darme tus órdenes?

––¡Mis órdenes! ¡Ah, Dios mío! Conozco tu voz. Habla. ¿Quién soy yo?

––¿Tú? A fe mía que anoche eras el Príncipe de Gales; hoy eres su graciosa Majestad, el rey Eduardo de Inglaterra.

Tom enterró la cabeza en la almohada y dijo con voz plañidera:

––¡Ay de mí! No era un sueño. Ve a descansar, buen señor, y déjame con mis penas.

Durmióse Tom de nuevo, y al cabo de un rato tuvo este agradable sueño. Soñó que era verano y que estaba jugando en la hermosa pradera llamada Goodman's Fields, cuando un enano de sólo un pie de estatura, con largas barbas rojas y enorme joroba, se le apareció de pronto y le dijo: ––Cava junto a este tronco––. Hízolo así y se encontró doce peniques nuevos y relucientes, una riqueza asombrosa. Pero no fue esto lo mejor, porque el enano le dijo:

––Te conozco. Eres un muchacho bueno y todo lo mereces. Terminaron tus desazones, porque ha llegado la hora de tu recompensa. Cava aquí cada siete días y siempre encontrarás el mismo tesoro: doce peniques nuevos y brillantes. No se lo digas a nadie y guarda el secreto.

Cuando desapareció el enano, Tom voló a Offal Court con su premio, diciéndose: ––Cada noche daré un penique a mi padre. Él creerá que me lo han dado de limosna, se alegrará su corazón y no me pegará más. Cada semana daré un penique al buen sacerdote que me enseñó cuanto sé; y para mi madre, Bet y Nan, serán los otras cuatro. Se acabaron el hambre y los harapos, se acabaron los temores, los apuros y los malos tratos.

En sueños llegó a su sórdido hogar, respirando apenas, pero con los ojos brillantes de agradecido entusiasmo. Echó cuatro peniques en el regazo de su madre y exclamó:

––Son para ti todos ellos. Para ti y para Nan y Bet. Y lo he ganado honradamente, no mendigando ni robando.

La dichosa y asombrada madre lo estrechó contra su corazón y exclamó:

––Se hace tarde. ¿Le placerá a Vuestra Majestad levantarse?

¡Ah! No era ésta la respuesta que Tom esperaba.

Estaba despierto. Abrió los ojos y vio arrodillado junto a su lecho al primer lord de la cámara, ricamente vestido. La belleza del sueño desvanecióse y el pobre muchacho conoció que era cautivo y rey. La estancia estaba llena de cortesanos con capas de púrpura ––el color de luto–––– y de nobles servidores del monarca. Tom se sentó en la cama, y por entre las gruesas cortinas de seda miró tan selecta compañía.

Comenzó el grave asunto del vestirse, y un cortesano tras otro fueron arrodillándose para rendir homenaje y, ofrecer al niño rey su pésame por la irreparable pérdida, mientras seguían vistiéndole. Al principio él primer escudero del servicio tomó una camisa, que pasó al primer lord de las jaurías, quien la pasó al guarda mayor del bosque de Windsor, quien la pasó al tercer lacayo de la Estola, quien la pasó al canciller real del ducado de Lancáster, quien la pasó al jefe del guardarropa, quien la pasó a uno de los heraldos, quien la pasó al condestable de la Torre, quien la pasó al mayordomo jefe de servicio, quien la pasó al gran mantelero hereditario, quien la pasó al lord gran almirante de Inglaterra, quien la pasó al arzobispo de Cantorbery, quien la pasó al primer lord de la cámara, el cual tomó lo que quedaba de ella y se lo puso a Tom. ¡Pobre muchachito!, la escena le recordó la cuerda de cubos en un incendio.

Cada prenda a su turno tuvo que pasar por este lento y solemne camino, y, consecuentemente, Tom se aburrió de lo lindo con la ceremonia. Tanto se aburrió, que experimentó casi un sentimiento de gratitud cuando al fin vio que sus largas medias de seda comenzaban a llegar a lo largo de aquella fila, y se dijo, que se aproximaba el fin de este ceremonial. Pero se alegró demasiado, pronto. El primer lord de la cámara recibió las medias y se disponía a cubrir con ellas las piernas de Toro, cuando asomó a su rostro un rubor repentino y apresuradamente las devolvió a las manos del arzobispo de Cantorbery, con expresión de asombro, y susurró: ––Mirad, milord ––señalando algo relacionado con las medias. El arzobispo palideció, se puso colorado y pasó las medias al lord gran almirante, cuchicheando: ––Vea, milord––. Las medias volvieron a recorrer toda la fila, pasando por el primer mayordomo del servicio, el condestable de la Torre, uno de los tres heraldos, el jefe del guardarropa, el canciller real del ducado de Lancáster, el tercer lacayo de la Estola, el guarda mayor, del bosque de Windsor, el segundo caballero de cámara, el primer lord de las jaurías ––siempre con el acompañamiento de la frase de asombro y susto: ––Ved, milord––, hasta que finalmente llegaron a manos del primer escudero del servicio, quien miró un momento con desencajado semblante lo que había dado origen al incidente y susurró con bronca voz: ––¡Por mi vida! ¡Se ha escapado un punto! ¡A la Torre con el custodio mayor de las medias del rey! ––Después de lo cual se apoyó en el hombro del primer lord de las jaurías para recobrar las perdidas fuerzas, mientras traían otras medias nuevas sin carrera ninguna.

Pero todas estas cosas habían de tener un fin, y así, con el tiempo, Tom Canty se halló en estado de saltar de la cama. El funcionario destinado al efecto echó el agua, el funcionario destinado al efecto dirigió la operación, el elevado funcionario destinado al efecto apercibió una toalla, y al cabo Tom pasó sin detrimento por la etapa purificadora y quedó listo para recibir los servicios del peluquero real. Cuando, por fin, salió de las manos de este maestro, ofrecía una graciosa figura, tan linda como la de una doncella, con su capa y su trusa de raso púrpura y su gorra con pluma del mismo color. Se dirigió con toda pompa al aposento del desayuno, pasando en medió de su séquito de cortesanos, y a su tránsito éstos retrocedían abriendo calle y doblaban la rodilla.

Después del desayuno fue conducido con regia pompa y acompañado de los grandes dignatarios y de su guardia de cincuenta caballeros pensionistas, que llevaban hachas de combate doradas, al salón del trono, donde comenzó a despachar los negocios de Estado. Su “tío” lord Hertford, se puso junto al trono para ayudar con buenos consejos a la mente regia. Comparecieron el cuerpo de los ilustres próceres nombrados albaceas por el fenecido rey, para pedir la aprobación de Tom a ciertos actos, más bien por ceremonia, si bien no lo era enteramente, puesta que aún no existía Protector. El arzobispo de Cantorbery dio cuenta del decreto del consejo de albaceas referente a las exequias de su difunta majestad y terminó par leer las firmas de los albaceas, a saber: el arzobispo de Cantorbery, el lord canciller de Inglaterra, Guillermo lord St. John, Juan lord Russell, Eduardo conde de Hertford, Juan vizconde de Lisle, Cuthbert, obispo de Durham...

Tom no prestaba atención, pues una de las primeras cláusulas del documento le tenía perplejo. En este punto, dijo en voz baja a lord Hertford:

––¿Qué día han dicho que fijaban para el entierro?

––––El 16 del mes que viene, majestad.

––¡Qué locura! ¿Se conservará?

¡Pobre muchacho! Aún era novato en las costumbres de la realeza y estaba acostumbrado a ver que a las pobres muertos de Offal Court los enterraban con una prisa muy distinta. Sin embargo, lord Hertford lo tranquilizó con unas palabras.

Un secretario de Estado presentó una orden del consejo señalando el día siguiente a las once de la mañana para la recepción de los embajadores extranjeros, y solicitó el asentimiento del rey.

Tom dirigió una mirada interrogadora a Hertford, quien murmuró:

––Vuestra Majestad debe dar su consentimiento. Vienen a manifestar el dolor de sus reales amos por la gran desgracia que ha caído sobre Vuestra Majestad y sobre el reino de Inglaterra.

Hizo Tom lo que le pedían.

Otro secretario de atado empezó a leer un preámbulo concerniente a los gastos de la casa del difunto rey, que habían ascendido a veintiocho mil libras durante los seis meses anteriores; cantidad tan grande que dejó a Tom estupefacto; y aún más cuando se enteró de que veinte mil libras estaban aún pendientes de pago, y lo mismo fue cuando apareció que las arcas del rey estaban a punto de quedarse vacías y sus mil doscientos criados en apuros por la falta de pago de los salarios que les debían. Tom dijo con vivo temor:

––Es evidente que iremos a la miseria. Es necesario y pertinente que tomemos una casa más pequeña y despidamos a los criados, ya que no sirven más que para ocasionar retrasos y para molestarle a uno con memoriales que conturban el espíritu y avergüenzan el alma, pues sólo son a propósito para una muñeca sin cabeza ni manos, o que no sepa servirse de ellas. Ahora me acuerdo de una casita que hay frente a la pescadería en Billingsgate...

Una fuerte presión en el brazo de Tom interrumpió sus palabras y le hizo sonrojarse, pero ninguno de los presentes dio muestras de haberse fijado en el extraño discurso del monarca.

Un secretario dio cuenta de que en atención a que el difunto rey había dispuesto en su testamento que se otorgara el título de duque al conde de Hertford y se elevara a su hermano, sir Thomas Seymour, a la dignidad de par, y al hijo de Hertford a un condado, junto con parecidas mercedes a otros grandes servidores de la corona, el consejo había resuelto celebrar sesión el 16 de febrero para la entrega y confirmación de tales honores, y que entretanto, no habiendo designado el difunto rey por escrito sumas convenientes para el sostenimiento de tales dignidades, el Consejo, que conocía sus deseos particulares a este respecto, había creído conveniente otorgar a Seymour “quinientas libras de tierra”, al hijo de Hertford “ochocientos libras de tierra”, con más de “trescientas libras de tierras del primer obispado que quedara vacante”, si a ello accedía Su Majestad reinante.

Iba Tom a decir algo referente a la conveniencia de empezar por el pago de las deudas del difunto rey antes de despilfarrar todo aquel dinero, pero un oportuno apretón del previsor Hertford en su brazo le evitó tal locura; y el niño dio su asenso real sin comentario alguno, mas no sin cierto disgusto que mostró su rostro. Mientras reflexionaba sobre la facilidad con que estaba haciendo milagros extraños y sorprendentes, cruzó por su cabeza una idea feliz. Por que no hacer a su madre duquesa de Offal Court y darle Estado. Pero al momento borró esta idea un triste pensamiento. Él no era más que, rey de nombre, pues aquellos graves veteranos grandes nobles eran sus amos. Como para ellos su madre no era sino creación de una mente enferma, no harían más que escuchar su proyecto con incredulidad y en seguida mandarían por el médico.

Tediosamente prosiguió el aburrido trabajo. Leyéronle memoriales, proclamas, patentes y toda clase de papeles fatigosos, formulistas y cancillerescos, relativos a los negocios públicos; y por fin Tom suspiró patéticamente diciéndose:

––¿Qué ofensa habré cometido para que Dios me haya privado de la campiña, del aire libre y de la luz del sol para encerrarme aquí y hacerme rey y afligirme de esta suerte?

Por fin su pobre mente embrollada hizo que cabeceara, e inclinó la cabeza sobre un hombro. Y los negocios del reino quedaron suspendidos por falta de un augusto factor, el poder de ratificación. Sobrevino el silencio en torno del dormido niño y los sabios del reino cesaron en sus deliberaciones.

Durante el mediodía, Tom pasó unas horas deliciosas, previa la venia de sus custodios Hertford y St. John, en compañía de la princesa Isabel y la pequeña lady Juana Grey, aunque el ánimo de ambas estaba harto abatido por el gran golpe que había caído sobre la casa real. Al final de la visita, su “hermana mayor” ––que fue después la “María la Sanguinaria” de la historia–– le dejó frío con una solemne entrevista que no tuvo sino un mérito a los ojos del niño: su brevedad. Permaneció Tom unos momentos solo y luego fue admitido a su presencia un niño de unos doce años, cuyo vestido, salvo la blanca gorguera y los encajes de las muñecas, era negro; justillo, medias y todo lo demás. No llevaba otra señal de luto que un lazo de cinta morada en el hombro. El niño avanzó titubeando, con la cabeza inclinada y desnuda, e hincó una rodilla delante de Tom. Éste lo contempló un momento y después le dijo:

––Levántate, muchacho. ¿Quién eres y qué deseas?

Levantóse el niño con graciosa soltura, pero con expresión atemorizada en el semblante, y dijo:

––Con certeza debes recordarme, señor. Soy tu “niño-azotes”.

––¿Mi niño-azotes?

––El mismo, señor. Soy Humphrey... Humphrey Marlow. Apercibióse Tom de que éste era alguno sobre el que sus guardianes deberían haberle informado. La situación era delicada. ¿Qué haría? Dar a entender que conocía a aquel chico, y después demostrar a las primeras palabras que no lo había visto nunca antes. No; esto no podía suceder. En su ayuda vino una idea. Trances como aquél podían ocurrirle con bastante frecuencia, cuando la urgencia de los negocios separara, como a menudo separaría, de su lado a Hertford y a St. John, que eran miembros del consejo de albaceas. Por consiguiente, acaso convendría idear por sí mismo un plan para hacer frente a tales contingencias. Sí; sería una sabia idea. Haría la prueba con aquel niño y vería hasta qué punto podía salir airoso. Así, se pasó la mano por la frente con actitud de perplejidad, y dijo:

––Ahora me parece recordarte, pero mi cabeza está tan trastornada por el dolor...

––¡Ah, mi pobre señor! ––exclamó el “niño-azotes” con verdadero sentimiento. Y añadió para sí: ––¡Pobrecito! Era verdad lo que decían, que se ha vuelto loco. Pero infeliz de mí, que ya se me olvidaba. Me han dicho que está prohibido aparentar que se ha dado uno cuenta de ello.

––Es extraño cómo me falla la memoria estos días ––dijo Tom––. Pero no te preocupes... Ya me voy corrigiendo. A veces un indicio cualquiera basta para recordarme las cosas y los nombres que se me habían olvidado. (Y no sólo ésos, a fe mía, sino hasta los que no he oído nunca..., como verá este chico.) Despacha tu asunto.

––Es cosa de poca monta, señor, pero lo mencionaré si Vuestra Majestad me permite. Dos días ha, cuando Vuestra Majestad se equivocó tres veces en griego..., en la lección de la mañana... ¿Recuerda?

––Sí; me parece que sí. (Y no miento mucho... Si yo me hubiera metido con el griego no habría cometido tres faltas, sino cuarenta.) Sí, sí, ahora recuerdo.

––El profesor, airado por lo que llamaba vuestra incuria y dejadez, prometió que me azotaría de firme por ellas, y...

––¿Azotarte a ti? ––exclamó Tom asombrado hasta perder la presencia de ánimo––. ¿Por qué te han de azotar a ti por faltas mías?

––¡Ah! Vuestra Majestad olvida otra vez. Siempre me azotan cuando Vuestra Majestad no sabe la lección.

––Cierto, cierto. Se me olvidaba. Tú me enseñas en privado..., y si se me olvida, él dice que ejerces tu oficio mal...

––¡Oh, mi señor! ¿Qué palabras son ésas? ¿Yo, el más humilde de vuestros criados, podría presumir de enseñaros a vos?

––¿Entonces qué te pueden reprochar? ¿Qué enigma es éste? ¿Me he vuelto yo loco, o el loco eres tú? Cuéntame, expláyate.

––Pero, su buena Majestad, nada hay que necesite explicación. Nadie puede poner, sus manos en la sagrada persona del Príncipe de Gales; por consiguiente, cuando él falla, los golpes me los llevo yo, y eso es lo justo y lo conveniente, porque éste es mi oficio y mi manera de vivir.

Tom se quedó mirando al muchacho y diciéndose:

––Ésta es cosa peregrina, una extraña y curiosa profesión. Me maravilla que no hayan contratado a un muchacho para que se peine y se vista por mí ––¡ojalá lo hicieran!––. Si lo hicieran sería capaz de llevarme los azotes en persona, y daría gracias a Dios por el cambio.

Y prosiguió en voz alta:

––¿Y te han pegado, pobre amigo, conforme a la promesa?

––No, señor. Mi castigo fue señalado para el día de hoy, y por fortuna será levantado, por no ser propio de los días de luto que han caído sobre nosotros. Yo lo se, y por eso me he atrevido a venir para recordar a Vuestra Majestad su graciosa promesa de interceder en mi favor..

––¿Con el maestro, para salvarte de los azotes?

––¡Ah! ¿Lo recuerda Vuestra Majestad?

––Ya ves que mi memoria se enmienda. Tranquilízate, que yo cuidaré de que tu espalda quede libre del castigo.

¡Oh! ¡Gracias, mi buen señor! ––exclamó el niño hincando de nuevo la rodilla––. Tal vez he ido demasiado lejos, y no, obstante...

Al ver que Humphrey vacilaba, Tom lo animó diciéndole que estaba “en vena de gracias”.

––Entonces lo diré, porque ello está muy cerca, de mi corazón. Puesto que no sois ya Príncipe de Gales, sino rey, podréis ordenarlos todo como queráis, sin que nadie os diga que no. Por lo tanto, no es razón que os incomodéis más tiempo con aburridos estudios, sino que queméis los libros y ocupéis vuestro espíritu en cosas menos tediosas. Pero así yo quedaré arruinado, y mis pobres hermanas huérfanas conmigo.

¿Arruinado? Por favor, dime cómo.

––Mis espaldas son mi pan, mi buen señor. Si quedan ociosas, moriré de hambre. Si vos cesáis de estudiar, habré perdido mi empleo, pues no necesitaréis niño-azotes. ¡No me despidáis!

Esta patética angustia conmovió a Tom profundamente. Con regio arranque de generosidad dijo:

––No te desconsueles más, muchacho. Tu oficio será permanente en ti y tu especialidad tuya siempre.

Luego dio al niño un golpecito en el hombro con lo plano de la espada, exclamando:

––Levántate, Humphrey Marlow, Gran Niño-Azotes Hereditario de la casa real de Inglaterra. Borra tus pesares. Yo volveré a mis libros y estudiaré tan mal, que en justicia tendrán que triplicarte el salario: ¡de tal manera aumentará el negocio de tu oficio!

El agradecido Humphrey respondió fervorosamente.

––¡Gracias, tú, el más noble de los señores! Tu generosidad de príncipe sobrepuja a los sueños de la fortuna. Ahora seré feliz por el resto de mis días, y toda la casa de Marlow después de mí.

Como Tom tenía bastante ingenio para comprender que era un muchacho que le podría ser útil, animó a Humphrey a que siguiera hablando, y el chico no se hizo de mucho rogar, pues estaba encantado creyendo que ayudaba a la “cura” de Tom, porque siempre, tan pronto como había tratado de recordar la perturbada mente los diferentes pormenores de su experiencia y aventuras en la real sala de escuela y en los demás sitios del palacio, observaba que Su Majestad “recordaba” las circunstancias con toda claridad. Al cabo de una hora, Tom se halló en posesión de muy valiosa información sobre personajes y asuntos de la corte y así resolvió abrevarse a diario en aquella fuente. A este fin daría orden de que admitieran a Humphrey a su regia presencia cada vez que llegara, siempre que la Majestad de Inglaterra no estuviera ocupada con otras gentes.

Apenas había despedido a Humphrey, cuando entró lord Hertford con más zozobras para Tom.

Díjole que los lores del consejo, temiendo que algún informe exagerado de la deteriorada salud del rey pudiera haberse filtrado y divulgado, consideraban prudente y mejor que Su Majestad comenzara a comer en público al cabo de uno o dos días, pues su tez sana y su buen porte, y su andar firme, ayudado por un reposo de su talante y buenas maneras y por la gracia de sus gestos, tranquilizaría el sentir general, en caso de que se hubieran difundido graves rumores, mejor que cualquier otra cosa que pudiera discurrirse.

Procedió luego el conde con mucha delicadeza a instruir a Tom en los usos propios de las ceremonias de Estado, con el pretexto de “recordarle” cosas que él ya sabía; pero con gran satisfacción suya observo que Tom necesitaba muy poca ayuda en ese terreno, ya que se había valido de Humphrey, el cual le había dicho que a los pocos días tendría que empezar a comer en público, cosa que el muchacho sabía por murmuraciones de la corte. Pero Tom guardó para sí estos hechos.

Viendo tan mejorada la memoria real, el conde se aventuró a hacer unas cuantas pruebas; como quien no quiere la cosa, para averiguar hasta dónde había llegado la mejoría. Los resultados fueron felices en los puntos en que subsistía la huella de Humphrey, y en el todo, el conde se sintió muy complacido y animado. Tanto lo estaba, que tomando la palabra dijo con voz llena de esperanza:

––Ahora estoy convencido de que si Vuestra Majestad se digna poner un poco más a prueba su memoria, resolverá el enigma del gran sello; una pérdida que fue ayer de importancia, aunque ya no la tiene hoy, puesto que sus servicios terminaron con la vida de nuestro difunto rey. ¿Quiere Vuestra Majestad dignarse hacer el experimento?

Tom quedóse en babia, porque el gran sello era un objeto del que él no tenía el menor conocimiento. Después de un momento de titubear, levantó inocentemente la vista y preguntó:

––¿Cómo era, milord?

El conde se sobresaltó casi imperceptiblemente, diciéndose:

—Su juicio divaga otra vez: Ha sido mala cosa ponerlo a prueba. Y con disimulo encauzó la conversación hacia otros temas, con el propósito de apartar el desdichado sello de los pensamientos de Tom, propósito que consiguió fácilmente.

CAPÍTULO XV

TOM COMO REY

Al día siguiente llegaron los embajadores extranjeros con sus magníficos séquitos, y Tom los recibió sentado en su trono con debida ceremonia. El esplendor de la escena deleitó su vista y encendió su imaginación, mas como la audiencia fue larga y tediosa, lo mismo que la mayoría de los discursos, lo que empezó como un placer, poco tardó en convertirse en aburrimiento y nostalgia. Tom decía de cuando en cuando las palabras que Hertford ponía en sus labios, y procuraba salir airoso; pero era demasiado novato en tales asuntos y estaba harto desazonado para conseguir algo más que un mediano éxito. Aparentaba un porte bastante regio, pero su mente no alcanzaba a sentirse rey. Y fue grande su alegría cuando la ceremonia terminó.

La mayor parte de aquel día fue un día a pájaros, como él decía en su interior, en trabajos pertenecientes a su real oficio. Aun las dos horas dedicadas a ciertos pasatiempos y recreos regios, fueron para él más bien una carga que otra cosa, pues había sobra de restricciones y de ceremoniosas observancias. No obstante, pasó una hora, en privado, con el “niño-azotas”, la cual consideró como una ganancia cierta, puesto que en ella obtuvo diversión, y a la vez, informes útiles.

El tercer día del reinado de Tom Canty llegó y transcurrió lo mismo que los otros; pera en cierto modo se despejó un algo la nube que envolvía al niño, el cual se sintió menos incómodo que al principio. Iba poco a poco acostumbrándose a las circunstancias y al medio que le rodeaba. Dolíanle aún sus cadenas, pero no constantemente, y se daba cuenta de que la presencia y el homenaje de los grandes le afligían y turbaban menos cada hora que pasaba.

A no ser por un solo temor habría mirado sin grave disgustó la proximidad del día cuarto. Era aquel en que debía empezar a comer en público. Habría asuntos más graves en el programa, porque tendría Tom que presidir un consejo en que habría de exponer sus miras y dictar sus órdenes respecto a la política que debería seguirse can vanas naciones extranjeras, desperdigadas por todo el mundo; también sería elegido oficialmente Hertford para el importante cargo de lord protector, y otras cosas notables estaban señaladas; mas para Tom todo era insignificante, comparado con la prueba de tener que comer solo, ante una muchedumbre de ojos fijos en él y una multitud de bocas que cuchicheaban comentarios sobre sus actos y sus torpezas, si era tan desdichado que las cometiese.

Pero como nada podía detener la llegada del cuarto día, este vino y encontró alicaído y absorto al pobre Tom, que no podía sacudir su mal humor. Los deberes ordinarios de la mañana le aburrieron más de la cuenta, y una vez más experimentó la pesadumbre de su cautiverio.

Muy avanzado el día estuvo en una sala con una grande audiencia, conversando con el conde de Hertford, y esperando de muy mal ceño la hora señalada para la visita de gran número de encumbrados funcionarios y cortesanos.

Al cabo de un rato, mientras Tom se había acercado a una ventana, pudo ver con interés la vida y el movimiento de la gran vía que pasaba junto a las puertas del palacio (y no con interés ocioso, sino con vehementísimo deseo de su corazón de tomar parte en su bullicio y libertad), de hombres, mujeres y niños de la más baja y pobre condición que se acercaban desordenadamente por esa ancha vía.

––Quisiera saber qué es todo eso ––exclamó con toda la curiosidad de un niño ante tal acontecimiento.

––Eres el rey ––respondió solemnemente el conde con una reverencia––. ¿Tengo tu venia para obrar?

––¡Oh, sí, con mil amores! ––exclamó Tom con alegría. Y añadió para sí con viva satisfacción––: En verdad que el ser rey no es todo aburrimiento, pues conlleva sus compensaciones y sus ventajas.

Llamó el conde a un paje y lo envió al capitán de la guardia con esta orden:

––¡Deténgase a la muchedumbre y pregúntese la causa de ese bullicio! ¡De orden del rey!,

Unos segundos más tarde una larga procesión de guardias reales, cubiertos de deslumbrante acero, salió, por las puertas y se formó al través de la vía, frente a la multitud. Volvio un mensajero para decir que la turba iba siguiendo a un hombre, una mujer y una muchacha, que iban a ser ejecutados por delitos contra la paz y la dignidad del reino.

¡La muerte y una muerte violenta–– para aquellos pobres desdichados! Esta idea retorció las fibras del corazón, de Tom.

El sentimiento de la compasión se apoderó de él, con exclusión de todas las demás consideraciones. No pensó un momento en las leyes infringidas ni en el dolor o el daño que aquéllos tres criminales habían ocasionado a su víctima. No pudo pensar, más que en el patíbulo y en el terrible destino que pendía sobre las cabezas de los condenados. Su interés le hizo olvidar por un momento que él no era sino la falsa sombra de un rey, no su esencia, y antes de darse cuenta profirió la orden:

––¡Traedlos aquí!

Púsose como escarlata y afloró a sus labios algo así como una excusa, pero, al observar que su orden no había provocado sorpresa en el conde ni en el paje de confianza, reprimió las palabras que se disponía a pronunciar. El paje, de la manera mas natural, hizo una profunda reverencia y, andando de espaldas, salió de la cámara para dar la orden. Tom experimentó un sobresalto de orgullo, y al recordar su idea de las compensadoras ventajas que tenía el oficio real, se dijo:

––En verdad –– es lo que yo solía imaginar cuando leía los cuentos dei viejo sacerdote, y me figuraba ser príncipe, que dictaba leyes y daba órdenes a todo el mundo, diciendo: “Hágase esto, hágase lo otro”, sin que nadie se opusiera a mi voluntad.

Abriéronse entonces las puertas, fueron anunciados unos tras otros varios títulos sonoros, seguidos de los personajes que los poseían, y la estancia se llenó al punto de gente noble y distinguida. Pero Tom apenas se dio cuenta de la presencia de aquellas personas, tan excitado estaba y tan absorto en aquel otro asunto más interesante. Sentóse distraído en su sillón oficial y dirigió los ojos a la puerta, con señales de impaciente expectación; al ver lo cual los circunstantes no se permitieron perturbarlo, sino que empezaron a charlar unos con otros una entremezcla de negocios públicos y chismes.

Se oyó al cabo de un rato que se acercaban los mesurados pasos de hombres de armas, y los culpados entraron a la presencia del rey, custodiados por un alguacil y con una, escolta formada por un piquete de la guardia real. El funcionario civil dobló la rodilla delante del rey y se apartó a un lado. Los tres condenados arrodilláronse también, y así permanecieron, en tanto que la guardia se situaba detrás del sillón de Tom. Éste miró con curiosidad a los prisioneros. Algo del vestido o del mismo aspecto del reo había suscitado en él un vago recuerdo.

––Creo que he visto a ese hombre en otra ocasión, pero no puedo recordar cómo ni cuándo.

En aquel momento el hombre levantó de pronto la vista, y volvió a inclinar la cabeza, pues no le era posible soportar el imponente porte de la realeza; mas aquel breve vistazo a su rostro fue bastante para Tom, que se dijo:

Ahora recuerdo. Sí, es el desconocido que sacó a Giles Witt del Támesis, y le salvó la vida aquel día tan crudo y tan ventoso de Año Nuevo; acción brava y valerosa. ¡Lástima que haya cometido otras que son bajas, hasta verse en este triste estado! No se me han olvidado ni el día ni la hora, por razón de que poco después, al darlas once, la abuela Canty me dio una paliza de tal calibre y severidad, que todas las anteriores, y las que le siguieron, comparadas con ella, no fueron sino caricias y mimos.

Ordenó Tom que salieran un instante de su presencia la mujer y la niña, y luego se dirigió al alguacil diciéndole:

Buen caballero, ¿cuál es el delito de este hombre?

Hincó una rodilla en tierra el interpelado, y respondió:

––Señor, ha quitado la vida, mediante veneno, a un súbdito de Vuestra Majestad.

La compasión de Tom por el preso y su admiración al valiente salvador de un niño que se ahogaba experimentaron tremendo golpe.

––¿Está probado el delito? ––preguntó.

––Con toda evidencia, señor.

Suspiró Tom y dijo:

––Llévatelo, porque ha merecido la muerte. Es una lástima, pues era un corazón valeroso... Quiero decir que tiene aspecto de eso.

El preso cruzó las manos con fuerza y las retorció desesperadamente, clamando al mismo tiempo al “rey” con desgarradas y grandes voces:

––¡Oh, mi señor y rey! Si puedes apiadarte de los perdidos, ten piedad de mí. Soy inocente. Lo que me imputan no se ha probado ni mucho menos. Pero no hablo de eso. Se ha dictado contra mí una sentencia, y no puede ser alterada; mas en mi desesperación te suplico una gracia, porque mi destino es peor de lo que puede imaginarse. ¡Una gracia, una gracia, oh, mi señor y rey! ¡Que tu regia compasión acceda a mi ruego! ¡Da orden de que me ahorquen!

Tom estaba asombrado. No era esto lo que él había previsto.

––Por mi vida que es extraña la gracia que pides. ¿No era ésa la muerte que te preparaban?

––¡Oh, mi señor! No era ésa. Se ha mandado que me hiervan vivo.

Esa horrenda sorpresa que conllevaban estas palabras, casi hizo saltar a Tom de su silla. En cuanto pudo recobrarse exclamó:

¡Se hará según tu voluntad, infeliz! ¡Aunque hubieras envenenado a cien hombres, no deberías sufrir tan miserable muerte!

El prisionero se inclinó hasta tocar el suelo con el rostro, y estalló en frenéticas exclamaciones de gratitud, que terminaron de esta suerte:

Si alguna vez, lo que Dios no quiera, llegaras a conocer el infortunio, ¡ojalá se recuerde y se recompense tu bondad para conmigo en el día de hoy!

Tom se volvió al conde de Hertford y le dijo:

––Milord, ¿es concebible que haya podido dictarse una sentencia tan feroz contra ese hombre?

––Ésa es la ley, señor, para los envenenadores: En Alemania los monederos falsos son hervidos en aceite hasta que mueren, pero no echándolos de súbito, sino dejándolos caer poco a poco atados a una cuerda; primero los pies, luego las piernas, después...

––¡Oh! ¡No sigas, milord, te lo ruego!, ¡no puedo soportarlo! ––exclamó Tom cubriéndose los ojos con las manos para apartar de sí la horrible escena––. Te ruega que ordenes que se cambie esa ley... ¡Que no haya más pobres criaturas sometidas a ese tormento!

El semblante del conde mostró profunda satisfacción, porque era hombre de impulsos generosos, cosa no muy frecuente en su clase en aquella edad feroz.

––Esas nobles palabras tuyas ––dijo–– han sellado la condena de esa ley. La historia lo recordará en honor de tu casa real.

El alguacil se disponía  a llevarse al preso, mas Tom le hizo un signo de que esperara y le dijo:

––Quiero enterarme mejor de este asunto. Dice ese hombre que su crimen no se le probó. Cuéntame lo que sepas de ello.

––Con la venia de Vuestra Majestad. En el juicio se demostró que ese hombre entró en una casa de la aldea de Islington, donde había un enfermo; tres testigos dicen que entró a las diez de la mañana y otros dos que unos minutos más tarde. El enfermo estaba a la sazón solo y durmiendo. Ese hombre no tardó en salir y proseguir su camino. El enfermo murió al cabo de una hora, desgarrado por espasmos y estremecimientos.

––¿Vio alguien cómo le daba el veneno? ¿Se ha encontrado el veneno?

––Cabalmente, no, señor.

––Entonces, ¿cómo se sabe que murió envenenado?

––Porque los doctores atestiguaron que nadie muere de esos síntomas sino por veneno.

Ésta era una prueba de gran peso en aquellos crédulos tiempos. Tom comprendió su formidable carácter y dijo:

––Los médicos saben su oficio. Digamos que tuvieran razón. El asunto presenta mal cariz para este pobre hombre.

––Pero no fue eso todo, Majestad. Hay más y peor. Muchos testificaron que una bruja, que después desapareció de la aldea, nadie sabe adónde, vaticinó, y lo dijo en secreto a varias personas, que el enfermo moriría envenenado, y que, además, le daría el veneno un desconocido de pelo castaño y de ropas comunes y usadas; y así este preso respondía a la descripción. Dígnese Vuestra Majestad dar a esa circunstancia el solemne peso que merece, en vista de que fue vaticinada.

Éste era un argumento de tremendo peso en aquellos días de superstición. Tom se dijo que no había más que hablar, y que, si de algo valían las pruebas, la culpa de aquel hombre estaba demostrada. Sin embargo, ofreció una tabla de salvación al preso diciéndole:

––Si puedes alegar algo en tu favor, habla.

––Nada que pueda ser de provecho señor. Soy inocente, mas no puedo demostrarlo. No tengo amigos, pues si los tuviera podría probar que no estuve aquel día en Islington. También podría demostrar que, a la hora que dicen, estaba a más de una legua de distancia, porque me hallaba en la Escalera Vieja de Wapping. Y aun podría demostrar que cuando dicen que estaba quitando una vida, estaba salvándola. Un niño que se ahogaba...

––¡Calla! Alguacil, dime qué día se cometió el delito.

––A las diez de la mañana, o unos minutos más tarde, del primero de año...

––Entonces que el preso quede en libertad. ¡Es la voluntad del rey! A estas palabras tan poco propias de una majestad, siguió otro sonrojo, y el niño encubrió su poco decoro lo mejor que pudo añadiendo:

––Me enfurece que se ahorque a un hombre con pruebas tan pobres y tan descabelladas.

Un susurro de admiración recorrió la asamblea. No era admiración por la orden que dictaba Tom, porque la conveniencia o la necesidad de perdonar a un convicto de envenenamiento eran cosas que ninguno de los presentes se hubiera creído con derecho a discutir ni a admirar; no. La admiración era por la inteligencia y la decisión que Tom había demostrado. Algunos que comentaban en voz baja, decían:

––Éste no es un rey loco; está en su sano juicio.

––¡Cuán cuerdamente ha hecho las preguntas!

––¡Y cuán digna de como solía ser su antepasado ha sido su contundente manera de zanjar el asunto!

––¡Dios sea loado! ¡Se fue su mal!

––Éste no es un ser débil, sino un rey. Ha nacido con el genio de su padre.

Como el ambiente, estaba tan dispuesto al aplauso, necesariamente llegó algo de ello al oído de Tom Canty, con el efecto de ponerle muy a sus anchas, y llenar su manera de obrar de muy placenteras sensaciones.

No obstante, su juvenil curiosidad pronto superó esas halagüeñas ideas y sentimientos. Tenía ganas de saber qué clase de delito podían haber cometido la mujer y la niña; y así, por su mandato, trajeron a su presencia a las dos aterradas y sollozantes criaturas.

––¿Qué es lo que han hecho éstas? ––preguntó al alguacil.

––Se les imputa, señor, un negro crimen y bien probado, por lo cual los jueces han decretado, con apego a la ley, que sean ahorcadas. Se han vendido al diablo. Tal es su crimen.

Tom se estremeció. Habíanle enseñado a detestar a la gente que cometía tan viciosa acción. Sin embargo, como no estaba dispuesto a privarse del placer de saciar su curiosidad, preguntó:

––¿Cómo y cuándo sucedió esto?

––Una noche de diciembre, en una iglesia en ruinas, Majestad. Tom se estremeció de nuevo.

––¿Quién estaba presente?

––Esas dos, y el otro.

––¿Han confesado?

––No, señor. Ellas lo niegan.

––¿Entonces cómo se supo?

––Porque ciertos testigos las vieron encaminarse allá, Majestad. Esto provocó sospechas, y sus efectos las han confirmado y justificado. En particular está demostrado que, por el perverso poder que así obtuvieron, invocaron y provocaron una tormenta, que devastó toda la comarca. Cuarenta testigos han declarado que hubo tormenta, y con facilidad se habrían podido encontrar mil, porque todos tuvieron razón para recordarla, ya que fueron sus víctimas.

––Ciertamente esto es un grave asunto.

Luego, tras darle vueltas un momento en su imaginación a aquel grave delito, preguntó:

––¿Y no fue también esa mujer víctima de la tormenta?

Varias cabezas ancianas entre los allí presentes hicieron movimientos como de alabar la prudencia de la pregunta, mas el alguacil no vio nada de importancia en ella y respondió sin rodeos:

—Sí, por cierto, señor, y más que nadie. Su casa resultó destrozada, y ella y la niña quedaron sin techo.

––A mi ver le costó caro el poder de hacer tan mal tercio. La engañaron, por poco que pagara por ello; y si pagó con su alma y la de su hija, eso demuestra que está loca, y estando loca no sabe lo que hace, y por consiguiente, no delinque.

Las cabezas de los ancianos asintieron en reconocimiento a la sabiduría de Tom, una vez más, y uno de ellos murmuró: “Si el rey, está loco, de acuerdo con el diagnóstico, es entonces una locura de tal jaez que mejoraría la cordura de algunos que yo me sé si por la gentil providencia de Dios pudieran ellos contagiarse.”

––¿Qué edad tiene la niña? ––preguntó Tom.

––Nueve años.

––Por las leyes de Inglaterra, ¿puede una niña celebrar pactos y venderse a sí misma, milord? ––interrogó Tom, dirigiéndose a un entendido juez.

––La ley no permite que un niño celebre ningún pacto importante ni intervenga en él, señor, pues considera que su razón no está capacitada para tratar con la razón madura y los planes perversos de las personas mayores que él. El diablo puede comprar a un niño, si se lo propone, y el niño convenir en ello, pero no a un inglés, porque en este último caso el trato sería nulo e inválido.

Parece cosa harto poco cristiana y mal discurrida ––exclamo Tom con sincero entusiasmo–– que la ley de Inglaterra niegue a los ingleses privilegios que concede al diablo.

Este nuevo modo de considerar el asunto provocó muchas sonrisas, y quedó en la memoria de muchos, para ser repetido en la corte como prueba de la originalidad de Tom, así como de sus progresos hacia su salud mental.

La vieja culpable había cesado de sollozar y estaba pendiente de la palabra de Tom, con creciente interés y mayor esperanza. Diose cuenta el niño, y sintió que sus simpatías se inclinaban hacia ella en su peligrosa y desamparada situación. Luego preguntó:

––¿Cómo lograron provocar la tormenta?

––Quitándose sus medias, señor. Esto dejó asombrado a Tom y aumentó su febril curiosidad.

––¡Es maravilloso! ––exclamó con vehemencia––. ¿Produce siempre esa acción tan terribles efectos?

––Siempre, señor. Por lo menos, si la mujer lo desea y pronuncia las palabras necesarias, bien con la lengua, bien de pensamiento.

Tom se volvió a la mujer y dijo con impetuoso celo:

––¡Ejerce tu poder! ¡Quisiera ver una tempestad!

Palidecieron súbitamente las mejillas de los supersticiosos circunstantes, a quienes invadió un deseo general, aunque escondido, de largarse más que de prisa. Se le escapó todo esto a Tom, que no pensaba en otra cosa sino en el exigido cataclismo. Al ver la expresión de perplejidad en el rostro de la mujer, añadió: excitado:

No temas, nada te pasará. Es más... quedaras libre. No te tocará nadie. ¡Da muestras de tu poder!

––¡Oh, rey y señor! No lo tengo. Se me ha acusado falsamente.

––Hablas por temor. Ten bien puesto el corazón; no sufrirás daño. Provoca una tormenta, por pequeña que sea. No quiero nada en grande ni dañoso, antes bien prefiero lo contrario. Hazlo y salvarás tu vida; quedaréis libre tú y tu hija, con el perdón del rey, y a salvo de daño o maldad de nadie del reino.

Prosternóse la mujer y protestó bañada en llanto que no tenía poder para hacer el milagro, pues de tenerlo defendería de buen grado la vida de su hija solamente, contenta de perder la suya, si por su obediencia al mandato del rey pudiera alcanzar tan preciada gracia.

Insistió Tom y la mujer persistió en su declaración. Finalmente dijo el niño:

––Me parece que esa mujer ha hablado verdad. Si mi madre estuviera en este lugar y tuviera poderes del diablo, para semejantes funciones, no habría vacilado un momento en provocar la tormenta y dejar en ruinas todo el país, a cambio de obtener la salvación de mi vida a cualquier precio que fuere. Todas las madres están vaciadas en el mismo molde. Quedas libre, buena mujer..., y lo mismo tu hija..., porque yo te creo inocente. Ahora no tienes ya que temer, una vez perdonada... Quítate las medias, y si puedes provocar una tormenta, yo te haré rica.

La redimida criatura lanzó a voces su gratitud y se dispuso a obedecer, mientras Tom la contemplaba con avidez y algo de temor. Al propio tiempo los cortesanos manifestaron visible desasosiego e inquietud. La mujer desnudó sus piernas y las de la niña, y evidentemente hizo todo lo posible por recompensar la generosidad del rey con un terremoto, pero la prueba resultó un fracaso y un desencanto. Tom suspiró y dijo

––Vamos, buena mujer, no te molestes más; tu poder se ha desvanecido. Vete en paz y sigue tu caminó, y si alguna vez recuperas tal poder, no me olvides y darme una tormenta.

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Las Aventuras de Tom Sawyer | El Príncipe y el Mendigo


 


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