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Capítulo IV

CAPÍTULO CUATRO
La dama de abril

Kingsport es una ciudad de apacible y evocadora belleza, envuelta en el recuerdo de los viejos días de la colonia como una anciana dama que se arropara con las galas de su lejana juventud. Aquí y allá asoma lo moderno, pero el fondo permanece intacto. Está llena de reliquias curiosas y la rodea el romántico prestigio de muchas leyendas del pasado. Fue en su origen una simple avanzada fronteriza al borde del desierto y entonces los indios se encargaban de no hacer aburrida la vida a los colonos. Luego se transformó en muralla de separación, entre franceses e ingleses, que la ocuparon por turnos dejándole cada vez alguna nueva cicatriz.

En su parque se conserva una torre almenada, en la que todos los turistas garabatean sus nombres; en las colinas de las afueras hay un antiguo fuerte francés desmantelado y en las plazas públicas descansan oxidados cañones. Kingsport tiene también otros lugares históricos dignos de ser visitados, pero ninguno es más bello que el cementerio de Oíd St. John, en el mismo corazón del pueblo, entre dos tranquilas calles de anticuadas casas y dos bulliciosas arterias modernas. Los ciudadanos de Kingsport se enorgullecen del cementerio de Oíd St. John, pues casi todos pretenden tener enterrado allí a un ascendiente, bajo una losa que detalla todos los hechos memorables de su existencia. En pocos casos se usó arte o destreza en aquellas viejas losas. La mayoría son de piedra gris o parda del lugar, groseramente talladas y sólo ocasionalmente con algún intento de ornamentación. Algunas ostentan una calavera y dos tibias y este macabro decorado está frecuentemente acompañado de dos cabezas de querubines. La mayoría han sufrido los embates del tiempo y sus inscripciones se han vuelto indescifrables. El camposanto es extenso y sombreado, pues lo rodean y atraviesan hileras de olmos y de sauces, bajo cuya sombra los muertos yacen en paz, acunados eternamente por los vientos e indiferentes al estrépito del tránsito vecino.

En la tarde de su segundo día en Kingsport, Ana hizo el primero de sus muchos paseos por Oíd St. John. Priscilla y ella habían ido aquella mañana a Redmond a inscribirse como alumnas y tenían el resto del día libre. Las muchachas escaparon de buen grado, pues no era nada alegre estar rodeadas de desconocidos, la mayoría de los cuales tenía aspecto extraño.

Las «novatas» se habían reunido en grupos de dos o tres, mirándose de soslayo; los «novatos», más inteligentes, se habían agrupado en la gran escalinata, donde cantaban con toda la fuerza de sus juveniles pulmones, como una suerte de desafío a sus tradicionales enemigos, los de «segundo», algunos de los cuales estaban paseando y miraban con desdén a los «pardillos» de la escalera. Ni Gilbert ni Charlie aparecieron por parte alguna.

-Jamás pensé en que llegara un día en que me agradase ver a un Sloane -dijo Priscilla mientras cruzaban el jardín del colegio-, pero daría una calurosa bienvenida a los ojos miopes de Charlie. Por lo menos serían algo familiar.

-¡Oh! -suspiró Ana-, te aseguro que mientras esperaba mi turno para matricularme me sentía el ser más pequeño del mundo; ¡una gotita perdida en el mar! Es terrible sentirse insignificante, pero es intolerable que le graben a una en el alma que nunca podrá ser nada más que eso, y es así como me siento. Como si fuera invisible y algunos de los de «segundo» pudiesen pisarme. Sé que bajaré a la tumba sin que nadie me llore ni se acuerde de mí.

-Espera al año próximo -la consoló Priscilla-. Entonces podrás parecer tan aburrida y sofisticada como las de «segundo». No me cabe duda de que debe de ser terrible sentirse insignificante, pero creo que es preferible a sentirse tan grande y desgarbada como yo me sentía; me daba la impresión de que ocupaba todo Redmond, por esos cinco centímetros de altura que llevaba a los demás. No temía que me pisara una de «segundo»; lo que me asustaba era que me tomaran por un elefante o un ejemplar algo crecido de un isleño alimentado con patatas.

-Supongo que todo se debe a que no podemos perdonar a Redmond que no sea tan pequeño como la Academia de la Reina -dijo Ana, acudiendo a los restos de su antigua filosofía para cubrir su desnudez de espíritu-. Cuando la abandonamos conocíamos a todos y teníamos un lugar en la comunidad. Supongo que esperábamos subconscientemente reiniciar en Redmond nuestra vida en el mismo punto en que la dejamos en la Academia de la Reina; y ahora sentimos como si nos faltara apoyo bajo los pies. Me alegro que la señora Lynde y la señora Wright no sabrán jamás mi actual estado de ánimo. Disfrutarían diciendo: «ya te lo dije», y estarían convencidas de que es el principio del fin, cuando en realidad no es más que el fin del principio.

-Exacto. Eso suena más a cosa tuya. Pronto nos acostumbraremos y todo irá bien. Ana, ¿viste a aquella chica tan guapa, de ojos castaños y boca picara, que estuvo apoyada toda la mañana en la puerta del vestuario?

-Sí, reparé en ella precisamente porque parecía la única con aspecto de sentirse tan sola y abandonada como yo. Yo te tenía a ti, pero ella a nadie.

-A mí también me pareció así. Tuve la sensación un par de veces de que iba a cruzar hacia nosotras, pero no lo hizo, quizás por timidez. Me habría gustado que lo hiciera. De no haberme sentido como un elefante hubiera ido hacia ella. Pero no podía atravesar el vestíbulo con aquellos chicos berreando en la escalera. Es la «novata» más guapa que he visto. ¡Pero hasta la belleza es vana en tu primer día en Redmond! -concluyó Priscilla, riendo.

-Después de almorzar iré a Oíd St. John -dijo Ana-. No sé si un cementerio es buen sitio para levantar el espíritu. Pero parece que es el único a mano en el que hay árboles, y yo los necesito. Me sentaré sobre una vieja losa, cerraré los ojos e imaginaré estar en los bosques de Avonlea.

Pero Ana no lo hizo, pues encontró bastantes cosas en Oíd St. John que le hicieron tener los ojos abiertos. Cruzaron la puerta de entrada, bajo el imponente arco de piedra que ostentaba el gran león de Inglaterra.

Y en Inkerman las zarzas silvestres aún están ensangrentadas y aquellas yermas colinas pasarán a la historia.

Ana recordó los versos de Tennyson con un estremecimiento. Se encontraban en un lugar verde oscuro, donde susurraba el viento. Vagaron por allí, leyendo los largos e historiados epitafios, grabados en una época que tenía más tranquilidad que la nuestra.

«Aquí yace el cuerpo del caballero Albert Crawford -leyó Ana en una desgastada losa gris-, por muchos años guardián de la artillería de Su Majestad en Kingsport. Sirvió en el ejército hasta la paz de 1763, cuando se retiró por enfermedad. Fue un valiente oficial; el mejor de los maridos; el mejor de los padres; el mejor de los amigos. Murió el 29 de octubre de 1792, a los 84 años de edad.»

-Aquí tienes un epitafio para ti, Prissy. Por cierto que hay en él «campo para la imaginación». ¡Cuan llena de aventuras debe de haber sido esa vida! Y en lo que se refiere a cualidades personales, no existen más elogios. ¿Le habrán dicho en vida que era tales cosas?

-Aquí tienes otro -dijo Priscilla-. Escucha: «A la memoria de Alexander Ross, que murió el 22 de septiembre de 1840, a los 43 años. Erigido como tributo de afecto por alguien a quien sirvió tan fielmente durante 27 años, que lo consideró como un amigo, merecedor de toda confianza y afecto».

-Un epitafio muy bueno -comentó Ana, pensativa-. No querría yo uno mejor. Todos somos sirvientes en cierta medida y si en nuestras tumbas puede inscribirse con toda realidad el hecho de haber sido fieles, nada más podemos desear. Aquí hay una triste losa, Prissy: «A la memoria de un hijo querido». Y aquí otra: «Erigida en recuerdo de alguien enterrado en otra parte». ¿Dónde estará esa tumba desconocida? Realmente, Pris, los cementerios de hoy no serán nunca tan interesantes como éste. Tenías razón, vendré por aquí a menudo. Me gusta. Veo que no estamos solas: al final de la avenida hay una chica.

-Sí, y creo que es la misma a quien vimos esta mañana en Redmond. Hace cinco minutos que la estoy observando. Ha comenzado a acercarse media docena de veces y otras tantas se ha vuelto atrás. O es terriblemente tímida o tiene remordimientos de conciencia. Vayamos a su encuentro. Creo que es más fácil entrar en relación en un cementerio que en Redmond.

Cruzaron el sendero hacia la desconocida, que se encontraba sentada sobre una losa gris, bajo un sauce. Era muy bonita, con un tipo de belleza vivaz, irregular y fascinante. En sus cabellos suaves había reflejos castaños y en sus mejillas un suave color. Sus ojos eran grandes y de un pardo aterciopelado, las cejas sesgadas y los labios rosas. Vestía un traje oscuro bien cortado y calzaba unos hermosos zapatitos, verdadera creación de un artista en zapatería. Priscilla tuvo la repentina sensación de que los suyos eran sólo la obra del remendón del pueblo y Ana pensó, incómoda, en si la blusa que ella se había hecho y que la señora Lynde le adaptara al cuerpo, parecería demasiado campesina y casera frente al elegante vestido de aquella muchacha. Por un instante, las dos sintieron ganas de volverse.

Pero ya estaban a punto de llegar a la losa gris. Era demasiado tarde para retirarse, pues evidentemente la muchacha de ojos castaños había sacado la conclusión de que se acercaban para hablarle. Instantáneamente se puso en pie y se acercó alargándoles la mano con una sonrisa alegre y amistosa, sin sombra de timidez o de conciencia culpable.

-Me gustaría saber quiénes sois -exclamó animosamente-. Me moría por saberlo. Os he visto esta mañana en Redmond. ¿No es cierto que fue horrible? En cierto momento lamenté no haberme quedado en casa y haberme casado.

Tanto Ana como su amiga se echaron a reír ante esta inesperada conclusión. La chica de ojos castaños también rió.

-De verdad. Pude haberlo hecho. Venid, sentaos sobre esta losa y nos presentaremos. Sé que nos vamos a querer mucho; lo supe tan pronto os vi en Redmond esta mañana. Deseaba acercarme y daros un abrazo.

-¿Y por qué no lo hiciste? -preguntó Priscilla.

-Simplemente porque no me decidía. Siempre me siento indecisa. Tan pronto emprendo algo, tengo el convencimiento de que lo correcto sería lo contrario. Es una horrible desgracia; pero nací así y de nada vale culparme. De modo que no podía decidirme a hablar por mucho que lo deseara.

-Creímos que eras muy tímida -dijo Ana.

-¡Oh, no, querida! La timidez no figura entre los muchos defectos o virtudes de Philippa Gordon... Phil para vosotras. Llamadme así. Y ahora, ¿cómo os llamáis?

-Ella es Priscilla Grant -dijo Ana señalando a su amiga.

-Y ella Ana Shirley -añadió Priscilla, señalando a su vez.

-Y somos de la isla -agregaron al unísono.

-Yo vengo de Bolingbroke, Nueva Escocia -dijo Philippa.

-¡Bolingbroke! -exclamó Ana-. ¡Pero si yo nací allí!

-¿De verdad? Eso te hace una «nariz azul».

-No -respondió Ana-. ¿No fue Dan O'Connell quien dijo que el nacer en una cuadra no te hace caballo? Soy una isleña de corazón.

-Bueno, de todos modos estoy contenta de que hayas nacido en Bolingbroke. Nos hace un poco vecinas, ¿no es cierto? Y me gusta, porque así, cuando te cuente mis secretos, no será como decírselos a una extraña. Yo tengo que contarlos. No puedo guardar un secreto; es inútil intentarlo. Es mi peor defecto; ése y la indecisión. ¿Me creeréis si os digo que me llevó más de media hora decidir qué sombrero me pondría para venir aquí, a un cementerio? Primero me incliné por el de color castaño, con una pluma; pero tan pronto me lo puse pensé que este rosado con el ala suelta me sentaría mejor. Al final los puse sobre la cama, cerré los ojos y señalé uno. Le tocó al rosado, de manera que me lo puse. Me queda bien, ¿verdad? Decidme qué pensáis de mi aspecto.

Ante esta candida pregunta, hecha en tono perfectamente serio, Priscilla se echó a reír otra vez. Pero Ana, apretándole impulsivamente la mano, dijo:

-Esta mañana pensé que eras la chica más guapa de Redmond.

La traviesa boca de Philippa dejó ver unos hermosos dientecillos blancos al sonreír.

-Eso mismo pensé yo -fue la sorprendente respuesta-, pero quería que la opinión de alguien robusteciese la mía. No puedo decidir ni siquiera sobre mis propios trajes. En cuanto reconozco que soy guapa tengo la seguridad de que no es así. Además, tengo una horrible tía abuela que siempre me dice, con un triste suspiro: «¡Eras una niña tan linda! Es raro cómo cambian los niños al crecer». Adoro a las tías, pero detesto a las tías abuelas. Por favor, si no os molesta, decidme a menudo que soy guapa. ¡Me siento tan cómoda cuando puedo creer que soy guapa! Yo seré igualmente buena con vosotras si así lo queréis, de todo corazón.

-Gracias -dijo Ana riendo-, pero Priscilla y yo estamos tan convencidas de nuestro buen aspecto que no necesitamos ninguna ayuda, de manera que no te preocupes.

-¡Oh, os estáis riendo de mí! Sé que pensáis que soy una estúpida narcisista, pero no es así. En realidad no tengo un ápice de vanidad. Y no me cuesta nada decir un cumplido a una chica si se lo merece. ¡Estoy tan contenta de haberos conocido! Llegué el sábado por la noche y casi he muerto de nostalgia desde entonces. Es algo horrible, ¿no es cierto? En Bolingbroke tengo mi importancia, pero en Kingsport no soy nada. ¿En dónde os hospedáis?

-En la calle Saint John 38.

-Mejor que mejor. Queda a la vuelta de la esquina de Wallace Street. Sin embargo, no me gusta mi pensión. Es fría y solitaria y mi cuarto da a un patio ulterior horrible. Es el lugar más feo del mundo. Y en lo que se refiere a los gatos, creo que todos los de Kingsport no se podrían congregar allí, pero sí la mitad. Adoro a los gatos cuando los veo sobre las alfombras, ronroneando junto a la chimenea, pero en los patios de las casas, a medianoche, son animales totalmente diferentes. La primera noche lloré todo el tiempo, y los gatos conmigo. Tendríais que haber visto mi nariz a la mañana siguiente. ¡Cómo deseé no haber dejado mi hogar!

-No sé cómo pudiste decidirte a venir a Redmond, si eres tan indecisa -dijo Priscilla.

-Puedes estar segura de que no fui yo, querida. Fue papá quien lo quiso. Está empeñado. A mí me parece ridículo estudiar una carrera. No es que no pueda, tengo un gran cerebro.

-¡Oh! -comentó Priscilla vagamente.

-Sí. ¡Pero cuesta tanto emplearlo! ¡Y los licenciados son unas criaturas tan dignas, sobrias y solemnes! Tienen que serlo.

No, yo no quería venir. Lo hice por papá, ¡es tan bueno! Además, yo sabía que si me quedaba en casa me casaría. Eso es lo que quería mamá. Ella sí que es decidida. Pero a mí me resultaba odioso pensar en casarme, por lo menos tan pronto. Quiero divertirme antes de sentar cabeza. Y, por ridícula que sea la idea de hacer una carrera, lo es aún más la de casarse. No tengo más que dieciocho años. De manera que preferí venir a Redmond. Además, ¿cómo iba a decidir con quién casarme?

-¿Eran tantos? -preguntó Ana riendo.

-Montones. Les gusto mucho a los chicos. Pero había sólo dos que valían la pena. El resto eran todos demasiado jóvenes o demasiado pobres. Y debo casarme con un hombre rico.

-¿Por qué debes?

-Queridas, ¿podéis imaginarme casada con un pobre? No sé hacer nada útil y soy muy extravagante. ¡Oh, no, mi marido deberá tener mucho dinero! De manera que elegí dos. Pero hubiera sido lo mismo que fuesen doscientos. Sé perfectamente que cualquiera que eligiese, toda mi vida lamentaría no haberme casado con el otro.

-¿No... querías... a ninguno? -preguntó Ana. No le era fácil hablar a una extraña del gran misterio y de la gran transformación de la vida

-¡Por Dios, no! Yo no podría amar a nadie. Creo que estar enamorada te hace una perfecta esclava. Y eso daría a un hombre demasiado poder para hacerte daño. Tendría miedo. No, no. Alee y Alonzo son dos chicos muy buenos y me gustan ambos tanto que no sé a cuál de los dos prefiero. Alee es el más elegante, desde luego, y yo no podría casarme con alguien que no lo fuera. Tiene buen carácter también, y un hermoso cabello negro rizado. Es demasiado perfecto; no creo que me guste un marido demasiado perfecto.

-Entonces, ¿por qué no casarte con Alonzo? -preguntó Priscilla gravemente.

-¡Piensa en casarte con alguien que se llame así! -dijo Phil, quejumbrosa-. No creo que pudiera resistirlo. Pero él tiene una nariz clásica y sería una tranquilidad tener una nariz así en la familia, .en la que poder confiar. En la mía no puedo tener mucha fe. Por ahora tiene la forma de los Gordon, ¡pero tengo tanto miedo de que tome la forma de los Byrne cuando sea más vieja! Mamá tiene una gran nariz Byrne. Esperad a verla. Yo adoro las narices bonitas. Tu nariz es preciosa, Ana Shirley. La nariz de Alonzo casi inclinó el platillo en su favor. ¡Pero el nombre! No, no me pude decidir. Si hubiese podido hacer como con los sombreros, ponerlos juntos y cerrar los ojos, habría sido más fácil.

-¿Y qué sintieron Alee y Alonzo cuando partiste? -preguntó Priscilla.

-¡Oh, todavía están esperanzados! Les dije que tendrían que esperar a que eligiese. Y están dispuestos a esperar. Me adoran. Mientras tanto pienso divertirme mucho. Espero tener montones de pretendientes en Redmond. No soy feliz si no los tengo. ¿Pero no os parece que los «novatos» son muy feos? Sólo vi uno guapo entre ellos. Se fue antes de que llegarais vosotras. Oí que su amigo le llamaba Gilbert. Su amigo tenía unos ojos que se notaban a lo lejos. Pero ¿ya os vais? ¿Tan pronto?

-Tenemos que irnos -dijo Ana algo fríamente-. Se hace tarde y tengo algo que hacer.

-Pero vendréis a verme ¿no es así? -preguntó Philippa, pasándoles el brazo por la cintura-. Y me permitiréis que os vaya a visitar. Quiero intimar con vosotras. Os he tomado mucho cariño. ¿No os habré disgustado con mi frivolidad?

-No -rió Ana, respondiendo cordialmente al apretón de Phil.

-Porque no soy la mitad de lo tonta que parezco. Aceptad a Philippa Gordon tal como Dios la hizo, con todos sus defectos, y creo que llegaréis a quererla. ¿No es bonito el cementerio? Me gustaría que me enterraran aquí. Aquí hay una tumba que no había visto antes; esa con la verja de hierro; la losa dice que es de un guardiamarina que murió en la lucha entre la Shannon y la Chesapeake. ¡Imaginaos!

Ana se detuvo junto a la verja y miró la gastada piedra, mientras le latía el corazón. El viejo cementerio, con sus árboles arqueados y sus largos senderos de sombra, se esfumó de su vista. En su lugar vio el fuerte de Kingsport un siglo atrás. De la niebla salió lentamente una gran fragata, con la «meteórica bandera de Inglaterra». Tras ella venía otra trayendo sobre cubierta un cuerpo rígido y heroico arropado en su propia bandera estrellada, el del valiente Lawrence. Era la Shannon que entraba en la bahía, con la Chesapeake como presa.

-Vuelve, Ana Shirley, vuelve -rió Philippa, tirándole del brazo-. Estás a un siglo de nosotras. Vuelve.

Ana regresó con un suspiro, y sus ojos brillaban suavemente.

-Siempre me gustó esa vieja historia -dijo-, y aunque los ingleses ganaron el combate, creo que me gusta por el bravo comandante vencido. ¡Esta tumba parece hacerla tan real! Este pobre guardiamarina no tenía más que dieciocho años. «Murió de las terribles heridas recibidas en la heroica acción», así reza el epitafio. Es lo que un soldado como él podía haber deseado.

Antes de volverse, Ana desprendió el ramito de pensamientos rojos que llevaba en el pecho y lo dejó caer serenamente sobre la tumba del muchacho que pereciera en el gran duelo del mar.

-Bueno, ¿qué piensas de nuestra nueva amiga? -preguntó Priscilla cuando Phil las dejó.

-Me gustó. Hay en ella algo que induce a quererla a pesar de sus tonterías. Creo, como ella dice, que no es tan tonta como parece. Es una buena chica y no sé si crecerá alguna vez.

-A mí también me gusta -dijo Priscilla con decisión-. Habla tanto de los muchachos como Ruby Gillis. Pero me pone enferma oír a Ruby, mientras que Phil sólo me hace reír de buen grado. Ahora, dime, ¿cuál es la razón?

-Hay una diferencia -contestó Ana, pensativa-. Creo que Ruby habla conscientemente. Juega al amor. Además, te hace sentir que habla así para refregarte por la nariz sus adoradores y para hacerte sentir que no tienes ni la mitad que ella. Ahora bien, cuando Phil habla de sus admiradores parece que hablara de compañeros. En realidad ve a los chicos como a buenos camaradas y le gusta tenerlos en cantidad a su alrededor porque le agrada ser popular y más aún que crean que lo es. Incluso Alee y Alonzo (de ahora en adelante no podré separarlos) son dos juguetones que quieren jugar con ella toda la vida. Estoy contenta de haberla conocido y de que hayamos ido a St. John. Creo que he echado una raicilla hoy en Kingsport. Me alegro. Odio sentirme trasplantada.

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