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CAPÍTULO DOS La anciana señora Lloyd
I EL CAPÍTULO DE MAYO Las malas lenguas de Spencervale decían que la vieja Lloyd era rica, tacaña, orgullosa, y siguiendo las reglas de la chismografía, cargaban las tintas. La vieja Lloyd no era rica ni tacaña; en realidad era lastimosamente pobre, tanto que "Crooked" Jack Spencer, que le arreglaba el jardín y cortaba la leña, resultaba opulento a su lado, pues él, por lo menos, comía tres veces al día, y la vieja Lloyd apenas si a veces podía hacerlo una. Pero sí era muy orgullosa, tanto que prefería morir antes de permitir que los habitantes de Spencervale, entre quienes había reinado en su juventud, sospecharan cuán pobre estaba y qué apreturas pasaba. Era mejor que pensaran que era miserable y excéntrica; una vieja reina que permanecía recluida, que no iba a ninguna parte ni siquiera a la iglesia y que pagaba la contribución más baja de toda la congregación para sostener al pastor. -¡Y eso que nada en la abundancia! -decían todos, indignados-. Con toda seguridad que la tacañería no la ha heredado de sus padres. Ellos sí que eran generosos y sociables. No hubo caballero más fino que el anciano doctor Lloyd; siempre hacía el bien a todo el mundo, y tenía un modo de encarar las cosas que parecía que el favor se lo estaban haciendo a él. ¡Bah, bah!, déjenla sola con su dinero. Si no quiere nuestra compañía no tiene por qué sufrirla. Hay que reconocer que no es ni la mitad de feliz de cuanto podría ser, con todo su dinero y su orgullo. Desgraciadamente era cierto. La vieja Lloyd no era del todo feliz. No es fácil serlo cuando espiritualmente se está sola y vacía, y materialmente lo único que nos ampara de la miseria es el poco dinero que producen unas gallinas. La vieja vivía lejos en "la vieja casa de los Lloyds", como siempre se la llamó. Era una casa de singular belleza, de aleros bajos, grandes chimeneas y ventanas cuadradas, toda rodeada de abetos. Vivía allí completamente sola y a veces pasaba semanas sin ver a un ser humano, excepto a "Crooked" Jack. Qué hacía la vieja Lloyd y en qué empleaba el tiempo, era un acertijo que los de Spencervale no podían resolver. Los niños creían que se entretenía contando el oro que tenía escondido en un gran baúl negro debajo de su cama. Le tenían verdadero terror. Los de Spencer Road hasta decían que era una bruja y escapaban cuando veían a la distancia su erguida figura paseando por los bosques en busca de astillas para encender el hogar. Mary Moore era la única plenamente convencida de que no era una bruja. -Las brujas siempre son feas -aseguraba-, y la vieja Lloyd, no lo es. Es realmente hermosa con ese suave cabello blanco, sus enormes ojos negros y su linda carita. Esos de Spencer Road no saben lo que dicen. Mamá dice que son una gentuza ignorante. -Está bien -insistía Jimmy Kimball resueltamente-, pero nunca va a la iglesia y cuando recoge las leñitas refunfuña y habla sola. La vieja Lloyd hablaba a solas porque tenía mucha necesidad de compañía y de conversación. Cuando uno no ha hablado más que consigo mismo durante veinte años, la casa termina volviéndose monótona, y a veces sucedía que la vieja hubiera sacrificado todo menos el orgullo con tal de un poco de compañía. En esos momentos se sentía triste y resentida contra el destino por habérselo quitado todo. No tenía a nadie a quien amar y ésta es la situación más penosa en que puede verse un ser humano. En la primavera se hacía aún más doloroso. En una época, cuando la vieja Lloyd no era tal, sino la hermosa, voluntariosa y alegre Margaret Lloyd, había amado las primaveras. Ahora las odiaba porque le hacían daño, y precisamente las de mayo más que ninguna otra. Sentíase incapaz de sobrellevar tanto dolor. Todo la hería: el reverdecer de los abetos, las nieblas encantadas de la pequeña hondonada de las hayas bajo la casa, el olor a tierra fresca que desprendía su jardín cuando "Crooked" Jack lo trabajaba. Estuvo despierta toda una noche de luna llena, llorando por el dolor de su corazón. Hasta olvidó que su cuerpo estaba tan hambriento como su alma; y debía estarlo realmente pues había pasado la semana con sólo unas galletitas y agua para poder reunir el dinero con que pagarle a "Crooked" Jack el arreglo del jardín. Cuando la pálida luz del amanecer iluminó su cuarto, la vieja Lloyd escondió su rostro entre la almohada y se negó a contemplarla. -Odio el nuevo día -dijo con rebeldía-. Será igual a todos los otros, triste y aburrido. No quiero levantarme y vivirlo. ¡Pensar en aquella época venturosa en que tendía alegre mis manos al nuevo día, como a un viejo amigo que me traía buenas nuevas! Entonces amaba las mañanas, nubladas o llenas de sol; eran tan deliciosas corno un libro aún no leído, y ahora las odio... las odio... ¡las odio! Pero a pesar de todo, la vieja Lloyd se levantó pues sabía que "Crooked" Jack iría temprano a terminar el arreglo del jardín. Peinó cuidadosamente su hermosa mata de cabello cano y se puso un vestido de seda roja con lunares dorados. Siempre usaba ropa de seda por motivos de economía. Era mucho más barato usar un traje de seda que había sido de su madre, que comprarse uno nuevo en la tienda. Tenía muchísimos, todos heredados de su madre y los llevaba mañana, tarde y noche. Los de Spencervale consideraban esto como una prueba evidente de su orgullo. En cuanto a la moda, decían que los llevaba así pues su tacañería no le permitía hacerlos arreglar. No suponían que la vieja Lloyd nunca se ponía uno sin penar al verlo tan anticuado, y que hasta los ojos de "Crooked" Jack lastimaban lo más hondo de su vanidad de mujer cuando los veía fijos en sus antiguos volados y sobrepolleras. En virtud de ellos fue que la vieja Lloyd no saludó al nuevo día. Cuando salió a dar un paseo después de la comida, o mejor dicho después de su galletita del mediodía, la belleza del instante la dejó extasiada. ¡Era tan fresca, tan dulce, tan virginal! El bosque de abetos que rodeaba la casa estaba vibrante de seres primaverales que cruzaban entre luces y sombras. Parte de esta maravilla encontró el camino al corazón de la vieja Lloyd mientras caminaba, y cuando llegó al puentecillo sobre el arroyo bajo las hayas, casi se sentía otra vez gentil y enternecida. Había allí un enorme árbol que la vieja Lloyd amaba particularmente, por razones que ella conocía muy bien. Una haya muy alta y corpulenta con el tronco como una columna de mármol gris y un tupido ramaje que se extendía sobre el quieto remanso que el arroyo hacía a sus pies. En los días que brillaba la desvanecida gloria de la vieja Lloyd, aquel árbol era un tierno retoño. La anciana oyó de pronto voces y risas infantiles; partían de lo alto de la cuesta que lindaba con la casa de William Spencer. El frente de las tierras de William Spencer daba al camino principal, en dirección completamente opuesta, pero las niñas cortaban por ese atajo para ir a la escuela. La vieja Lloyd se ocultó apresuradamente detrás de un montecillo de abetos. No quería a las niñas de Spencer porque éstas siempre se asustaban al verla. Por entre las espesas ramas las vio acercarse alegremente cuesta abajo, las dos mayores de frente y las mellizas colgadas de las manos de una alta y delgada jovencita, la nueva maestra de música, con toda seguridad. El huevero le había contado que en lo de Spencer aguardaban la llegada de la maestra, que vivía allí, pero no le dijo cómo se llamaba. Las miró curiosamente mientras se acercaban, y entonces, repentinamente, el corazón de la vieja Lloyd le dio un vuelco terrible y comenzó a latirle fuertemente mientras su respiración se apresuraba y todo su cuerpo temblaba. ¿Quién... quién podía ser esa jovencita? Bajo el sombrero de la nueva maestra escapaban espesas matas de cabello castaño del mismo tono y ondulación que las que la vieja Lloyd recordaba en otra persona muchos años atrás, y bajo unas cejas y pestañas negras brillaban los ojos color azul violáceo, unos ojos que la anciana conocía tan bien como los suyos propios. El bello rostro exquisitamente rosado de la joven maestra le recordaba otro que su pasado guardaba celosamente. Eran idénticos en todo, salvo en un aspecto. El del recuerdo era débil en medio de todo su encanto, y el de la muchacha poseía una fuerza y una determinación llena de dulzura y femineidad. Cuando pasó al lugar que servía de escondite a la vieja Lloyd, la joven rió ante la ocurrencia de una de las niñas, y la anciana, que conocía muy bien ese modo de reír, recordó haberlo oído antes bajo ese mismo árbol. Espió al grupo hasta que desapareció sobre la boscosa colina más allá del puente, y luego regresó a su casa caminando como en medio de un sueño. "Crooked" Jack estaba trabajando empeñosamente en el jardín. Habitualmente, la dueña de casa no le dirigía la palabra, pues le fastidiaba su conocida debilidad por la chismografía, pero ese día fue hacia él directamente, con su alta figura vestida de seda roja y los blancos cabellos brillantes bajo el sol. "Crooked" Jack la había visto salir, y pensó que la vieja Lloyd estaba perdiendo terreno. Se la veía pálida y enfermiza, pero cuando se le acercó llegó a la conclusión de que estaba equivocado. Las mejillas de la anciana estaban rosadas y sus ojos chispeantes. En algún lugar de su paseo había dejado por lo menos diez años. "Crooked" se apoyó en su azada y decidió que no abundaban muchas mujeres con aspecto tan distinguido como el de la vieja Lloyd. ¡Lástima que fuera una vieja tan avara! -Señor Spencer -preguntó la anciana cortésmente, pues siempre se mostraba muy cortés con sus inferiores cuando se dignaba dirigirles la palabra-, ¿puede usted decirme cómo se llama la nueva maestra de música que vive en casa de Spencer? -Sylvia Gray -contestó "Crooked" Jack. Volvió a saltarle el corazón a la vieja Lloyd, aunque esta vez esperaba la respuesta. Sabía que esa joven con el mismo cabello y con los mismos ojos que Leslie Gray no podía ser otra que su hija. "Crooked" Jack volvió las manos al trabajo, pero su lengua se movía más ligero que su azada y la vieja Lloyd escuchó vorazmente. Por primera vez bendijo la garrulidad y chismografía de su jardinero. Bebía cada una de sus palabras. "Crooked" había estado trabajando en casa de William Spencer la tarde en que llegó la nueva maestra y era de los que descubrían en un solo día todo lo digno de saberse sobre una persona. En cuanto se enteraba de las cosas era feliz contándolas. Es difícil discriminar quién gozó más aquella media hora, si él hablando o la vieja Lloyd escuchando. Lo que dijo "Crooked" Jack puede resumirse así; los padres de la señorita Gray habían muerto cuando era ella una criaturita. La señorita Gray fue criada por una tía y era muy ambiciosa. -Quiso tener edicación musical-terminó diciendo-, y por Belcebú que lo consigió, que no he óido nada igual a su voz. Nos cantó la noche que vino y yo pinsé que era un ángel. Me atrivesó como un rayo de luz. Las Spencer se volvieron locas con ella. Tine ya veinte alunos aquí, y en Grafton y en Avonlea. Cuando le hubo sacado al jardinero todo lo que sabía, la vieja Lloyd entró, fue a sentarse junto a la ventana de su salita y se entregó a sus pensamientos. Temblaba de excitación de pies a cabeza. ¡La hija de Leslie! La anciana había tenido también su romance. Hacía muchos años -cuarenta- fue prometida de Leslie Gray, joven estudiante que había enseñado en la escuela de Spencervale por el término de un verano, el verano de oro en la vida de Margaret Lloyd. Leslie era un joven tímido y soñador con ambiciones literarias, que algún día le traerían riqueza y fama, según estaban firmemente convencidos él y Margaret. Al terminar el verano discutieron amargamente por una tontería y Leslie se marchó enojado, no obstante lo cual le escribió. Pero Margaret Lloyd, aún dominada por su orgullo y resentimiento, le contestó duramente. No llegaron más cartas; Leslie Gray nunca volvió, y un día Margaret se encontró con que había apartado al amor de su vida para siempre. Supo que nunca volvería a pertenecerle, y dando la espalda a la juventud, emprendió el triste y solitario camino a la vejez en medio de un valle de sombras. Años después se enteró del casamiento de Leslie. Luego tuvo noticias de su muerte, que le alcanzó antes de ver cumplidos sus sueños. Nunca más supo nada, nada hasta el instante en que vio pasar a la hija de él desde su escondite tras los abetos. -¡Su hija! Y pudo haber sido mi hija -murmuró la vieja Lloyd-. ¡Oh, si pudiera conocerla y quererla... y quizás hasta ganar su cariño! Pero no puedo. No puedo mostrarle a la hija de Leslie Gray lo pobre que soy, cuán bajo he caído. No podría soportarlo. Y pensar que vive tan cerca de mí, cuesta arriba sobre la colina. Por lo menos podré verla pasar todos los días. Pero ¡si sólo pudiera hacer algo por ella, darle un poquito de alegría! ¡Sería magnífico! Esa noche, cuando la vieja Lloyd entró al cuarto de huéspedes, vio una luz que brillaba entre los árboles sobre la colina. Sabía que venía del cuarto de huéspedes de las Spencer. Era la luz de Sylvia. Se quedó detenida en la oscuridad hasta que desapareció mirándola con el corazón desbordante de dulzura. Imaginó a Sylvia moviéndose por la habitación, cepillándose y peinando su largo y brillante cabello; sacándose las chucherías y adornos juveniles, preparándose para dormir. Cuando se apagó la luz, la vieja Lloyd imaginó una diáfana figura que se arrodillaba para decir sus oraciones junto a la ventana, e hizo lo mismo y rezó sus propias oraciones en un acto de confraternidad. Repitió las mismas simples palabras de siempre, pero parecían inspiradas por un nuevo espíritu; y terminó con una nueva petición: "Haz que se me ocurra algo con que ayudarla, Padre..., alguna poquita, poquita cosa que pueda hacer por ella". La anciana siempre había dormido en el mismo cuarto, el que miraba al Norte, frente a los abetos, y lo amaba, pero al día siguiente se mudó al cuarto de huéspedes sin ninguna pena. Ése sería su dormitorio en adelante; debía estar donde pudiera ver la luz de Sylvia. Puso su lecho en el lugar desde donde podía alcanzar a ver la estrella terrestre cuya luz repentinamente se había abierto camino entre las sombras de su corazón. Se sentía feliz. Hacía muchos años que no lo estaba, pero ahora un nuevo y extraño interés, que parecía un sueño, había despertado en su vida. Además, se le había ocurrido algo que podía hacer por Sylvia, una "poquita, poquita cosa" que le llevaría alegría. Los habitantes de Spencervale siempre se quejaban de que en el pueblo no había mayas. Cuando las jovencitas querían procurárselas tenían que irse a buscarlas a Avonlea, a seis millas de distancia. La vieja Lloyd era la única que conocía la verdad. En uno de sus largos y solitarios vagabundeos había descubierto un pequeño claro detrás de los bosques, una colina arenosa sobre un techo arbolado perteneciente a un caballero que vivía en la ciudad. En primavera se mostraba cubierto de rosadas y blancas flores. Allí se dirigió esa tarde la vieja Lloyd, a través de boscosas sendas y bajo espesas ramas de abetos, con la feliz apariencia de quien cumple un buen propósito. Una vez más la primavera volvía a parecerle amable y hermosa, pues el amor había entrado otra vez en su corazón y en su alma. Hambrienta, se saciaba con el divino manjar. La vieja Lloyd encontró la colina arenosa cubierta de mayas. Llenó su canasta deleitándose al pensar en la alegría que tendría Sylvia. Al regresar a su casa escribió en un trozo de papel: "Para Sylvia". Aunque era probable que nadie en Spencervale pudiera reconocer su letra, la desfiguró, para mayor seguridad, escribiendo con rasgos redondos y grandes como los de los chicos. Llevó sus mayas al valle, las colocó en el hueco de las raíces de un viejo abeto y pinchó la breve nota en una ramita. Luego la anciana se escondió detrás de un grupo de árboles. Intencionalmente se había vestido con el traje de seda verde. No tuvo que esperar mucho. Pronto vio a Sylvia Gray que bajaba la cuesta con Mattie Spencer y que al llegar al puente reparó en las mayas. Se le escapó un grito de placer, aunque al descubrir su nombre escrito hizo un gesto de desconfianza. La vieja Lloyd, que espiaba entre los árboles, no podía resistir la risa al ver el giro que tomaba su pequeño plan. -¡Para mí! -exclamó Sylvia alzando las flores-. ¿Serán realmente para mí, Mattie? ¿Quién pudo haberlas dejado aquí? Mattie se rió tontamente. -Debe de haber sido Chris Stewart -dijo-. Sé que anoche fue a Avonlea. Y mamá dice que se fijó mucho en ti: lo sabe por la manera como te miraba la otra noche cuando cantabas. Sería muy propio de él hacer una cosa así de rara. Es tan tímido con las muchachas... Sylvia frunció el ceño. No le gustaban las palabras de Mattie, pero las mayas sí, y no le desagradaba Chris Stewart, que le había parecido un agradable y modesto muchacho de campo. Alzó las flores y escondió el rostro entre ellas. -De cualquier modo, le quedo muy agradecida a él o a quien me las haya mandado. No hay nada que adore más que las mayas. ¡Oh, qué dulces son! Cuando se fueron, la vieja Lloyd salió del escondite emocionada por su triunfo. No la afectaba que Sylvia creyera que Chris Stewart le había dejado las flores. En realidad era lo mejor que podía pasar, ya que ni siquiera podría imaginarse quién era el verdadero remitente. Lo principal era que Sylvia había gozado con el obsequio. Esto satisfizo completamente a la anciana, que regresó a su solitario hogar con el corazón alegre. Pronto fue comidilla de todo Spencervale el que Chris Stewart había dejado mayas en el hueco de un abeto para una joven maestra de música. El mismo Chris lo negó, pero nadie quiso creerle. En primer lugar en Spencervale no había mayas; en segundo, ese mismo día Chris había ido a Carmody a llevar leche a la fábrica de manteca, y las mayas crecían en Carmody; y en tercer lugar, los Stewart siempre habían sido muy románticos. ¿No eran bastante evidentes las circunstancias? En cuanto a Sylvia, no le molestaba en lo más mínimo la juvenil admiración que le profesaba Chris y su manera tan delicada de expresarla. Le pareció, además, muy considerado de su parte que no la volviera a molestar con otras insinuaciones; mientras tanto, ella disfrutaba sus mayas. La vieja Lloyd escuchó toda la historia de labios del huevero, con la risa que le bailaba en los ojos. El hombre se fue, diciendo que nunca había visto a la anciana tan vivaz como en esa primavera y que parecía realmente interesada en las andanzas de la juventud. La vieja Lloyd mantuvo su secreto y rejuveneció con él. Volvió a la colina de las mayas, mientras éstas duraron, y continuó escondiéndose tras los abetos para ver pasar a Sylvia Gray. Cada día la quería más y sufría por no poder entrar en contacto con ella. Toda su ternura reprimida se volcó sobre esa criatura, que ignoraba hasta su existencia. Estaba orgullosa de la gracia y hermosura de Sylvia, de su dulzura al hablar y de su risa. Empezó a querer a los niños de Spencer porque éstos adoraban a su maestra; envidiaba a la señora Spencer por los cuidados que prodigaba a Sylvia; y hasta el huevero se convirtió en una persona muy grata, pues traía noticias de ella, de su popularidad, de sus éxitos profesionales, del amor y la admiración que ganaba dondequiera que iba. La vieja Lloyd nunca soñó con presentarse a Sylvia. En su situación, no podía ni permitirse soñarlo. Hubiera sido muy lindo conocer a la joven, recibirla en su vieja casa, conversar con ella, entrar en su vida. Pero no podía ser. El orgullo de la anciana era aún más fuerte que el cariño. Era algo que no podía sacrificar y que nunca, así lo creía, sacrificaría. II. EL CAPÍTULO DE JUNIO En junio no había mayas, pero el jardín de la vieja Lloyd estaba cubierto de capullos, y cada mañana Sylvia encontraba su ramo junto a la haya; perfumados narcisos blancos, tulipanes encarnados, hermosos ramos de dicentros, rositas rosadas y blancas. La anciana no temía que la descubrieran, pues las flores de su jardín crecían en todos los otros jardines de Spencervale, inclusive en el de los Spencer. Cuando se le hacían bromas a Chris Stewart respecto a la maestra de música, éste se limitaba a sonreír. Chris sabía perfectamente quién enviaba las flores, pues cuando comenzó el asunto de las mayas, había puesto todo su empeño en averiguarlo. Pero mientras fuera evidente que la vieja Lloyd no quería que se supiera, él no diría nada a nadie. El muchacho quería a la vieja Lloyd desde un día, hacía ya diez años, en que ella lo encontró cuando lloraba en medio del bosque por un pie lastimado. Lo había llevado a su casa, le había vendado el pie y dado una moneda para que se comprara caramelos en la tienda. Cris nunca supo que esa noche la anciana tuvo que pasar sin su sopa por este último motivo. Nunca le había parecido junio más hermoso a la vieja Lloyd. Ya no odiaba el nuevo día; por el contrario, le daba la bienvenida. -Mis días no son ya monótonos -se decía jubilosamente, pues cada uno de ellos le llevaba la visión de Sylvia. Aun en los días lluviosos la vieja Lloyd vencía el reumatismo y marchaba a su escondite para ver pasar a la joven. Los únicos días en que no podía verla eran los domingos y nunca le parecieron éstos más largos que los de aquel mes de junio. Un día, el huevero le llevó grandes noticias. -Mañana la maestra de música va a cantar mientras hagan las colectas en la iglesia -le dijo. El interés brilló en los negros ojos de la anciana. -No sabía que la señorita Gray fuera miembro del coro -comentó. -Desde hace dos domingos. Ahora sí que vale la pena oírlo. La iglesia va a estar llena mañana. Usted tendría que venir, señorita Lloyd. El huevero dijo esto último como una bravata, para demostrar que a él no le asustaba la vieja Lloyd, con todos sus grandes aires. Como ella no contestara, pensó que la había ofendido y se fue deseando no haberlo dicho. Pero lo dicho dicho estaba, y en esos momentos la vieja Lloyd olvidó a todos los hueveros de la Tierra para concentrarse en una sola cosa. Todos sus pensamientos, sentimientos y ansias se vieron envueltos en la vorágine de un solo deseo: oír cantar a Sylvia Gray. Se dirigió a su casa en medio de un torbellino y trató de concretar su deseo. No pudo hacerlo, el orgullo le dijo: "Tendrás que ir a la iglesia a oírla. Piensa en lo que parecerás ante todos ellos". Pero por primera vez en su vida, una voz más fuerte que el orgullo habló a su corazón y por primera vez la vieja Lloyd la escuchó. Había dejado de ir a la iglesia desde que tuvo que empezar a usar los vestidos de seda de su madre. Ella misma comprendía que obraba muy mal y siempre trató de guardar los domingos efectuando un servicio por su propia cuenta, de mañana y de tarde. Cantaba tres himnos, rezaba en alta voz y leía un sermón. Pero nunca pudo resolverse a volver a la iglesia con ropas tan antiguas, ella, que en una época había impuesto las modas en Spencervale. Con el tiempo cada vez le fue pareciendo más imposible, volver a ir. Pero el imposible había llegado, no sólo posible, sino insistentemente. Tenía que ir a la iglesia a oír cantar a Sylvia no importa lo ridícula que pareciera, no importa cuánto hablara la gente y se riera de ella. Las fieles de Spencervale asistieron al acontecimiento, en la tarde siguiente. En el instante en que comenzaba el servicio, la vieja Lloyd avanzó hacia el banco de los Lloyd, tanto tiempo desocupado, frente al púlpito. La anciana tenía el alma acongojada. Recordó la imagen que había visto en su espejo momentos antes de salir: un traje de seda negro a la moda de treinta años atrás y un excéntrico bonete en raso del mismo color. Pensó cuán absurda debía parecer a los ojos de toda esa gente. A decir verdad, no era cierto. Muchas mujeres habrían parecido absurdas, pero la figura y distinción de la vieja Lloyd se imponían a sus vestiduras. La anciana no lo sabía, pero en cambio sí sabía que en el banco junto al suyo había tomado asiento la señora Kimball, la mujer del tendero, vestida según los últimos dictados de la moda. Ambas tenían la misma edad y había habido épocas en que la señora Kimball se había contentado con imitar a Margaret Lloyd, humildemente y a la distancia. Pero el tendero se había casado con ella y las cosas cambiaron. Y allí estaba sentada la pobre vieja Lloyd, sintiendo lo amargo del cambio y empezando a desear no haber ido a la iglesia. Luego, el Ángel del Amor apartó esos tontos pensamientos, hijos de la vanidad y del orgullo, y ellos se disolvieron como si nunca hubieran existido. Sylvia Gray entró al coro y se ubicó donde el sol del atardecer podía aún iluminar sus hermosos cabellos. La vieja Lloyd la miró y sintió satisfechos sus anhelos. El servicio fue para ella una bendición. ¿No es bendita acaso toda manifestación de amor, humano o divino? Nunca había podido contemplar tan bien a Sylvia. Todas sus miradas anteriores habían sido robadas y fugaces; en ese momento, para alegría de su hambriento corazón, se detuvo en todos los detalles: la manera en que caía el sedoso cabello negro de Sylvia sobre sus hombros; el rápido movimiento de sus largas pestañas cuando unos ojos se fijaban en ella demasiado curiosamente; las hermosas y bien modeladas manos; las manos de Leslie Gray, sosteniendo el libro de himnos. Vestía muy sencillamente con una falda negra y una blusa blanca, pero ninguna de las otras jóvenes del coro, con todos sus lujos, podía igualársele, como le dijo el huevero a su esposa, al regresar de la iglesia a su casa. La vieja Lloyd escuchó los primeros himnos con ansioso placer. La voz de Sylvia dominaba todas las demás, pero en el momento en que las encargadas se pusieron de pie y comenzaron a hacer la colecta, corrió entre toda la congregación una corriente de excitación. Sylvia fue a colocarse al lado del órgano junto a Janet Moore. En seguida su hermosa voz colmó el edificio como el alma misma de la melodía, firme, clara, poderosa, dulce. Nunca nadie en Spencervale había escuchado una voz semejante con excepción de la vieja Lloyd, que en su juventud había oído lo bastante para ser ahora buen juez. Inmediatamente se dio cuenta de que esa amada jovencita tenía un precioso don, un don que algún día le traería fama y fortuna si favorecía su desarrollo con estudio y aplicación. ¡Oh, cuán feliz me siento de haber venido! -pensó la anciana. Cuando el solo terminó, la conciencia obligó a la vieja Lloyd a apartar su vista y sus pensamientos de Sylvia y a fijarlas en el ministro, quien desde que comenzara el servicio, se estaba adulando con la idea de que la vieja Lloyd había concurrido a la iglesia atraída por la fama de su prédica. Era un joven inteligente y preparado, que estaba al frente de la congregación de Spencervale desde hacía pocos meses. Al terminar el servicio todos los vecinos de la anciana se acercaron a saludarla con sonrisa amable y cálido apretón de manos. Pensaron que estaban obligados a hacerlo ya que ella había dado el primer paso. A la anciana le agradó la cordialidad de la gente y no menos le agradó el descubrir en ellos el mismo respeto y la deferencia que inconscientemente despertó siempre en todos los que se acercaban a ella en los viejos tiempos. Se sorprendió al descubrir que podía imponerse a pesar de su vestido fuera de moda y de su antiguo sombrero. Janet Moore y Sylvia Gray regresaron juntas a su casa. -¿Viste a la vieja Lloyd? -preguntó Janet-. Cuando la vi entrar me quedé pasmada. Nunca estuvo antes en la iglesia. ¡Qué figura tan extraña tiene! Es muy rica, pero siempre lleva los antiguos vestidos de su madre y nunca usa nada nuevo. Algunos creen que es tacaña, pero yo más bien pienso que hace eso de excéntrica. -En cuanto la miré supe que era la vieja Lloyd, aunque nunca la había visto antes -dijo Sylvia soñadoramente-. Hace mucho que deseo conocerla. -No me parece probable que lo consigas -dijo Janet negligentemente-. No le gusta la gente joven y nunca va a ninguna parte. Creo que a mí no me gustaría tratarla. Le tendría miedo; tiene unos modales tan imponentes y unos ojos tan extraños y penetrantes... Lloyd tenía que andar mucho para conseguirlas. Algunas noches le dolían los huesos, pero, ¿qué le importaba? El dolor de los huesos es más soportable que el dolor del alma. El alma de la anciana había dejado de sufrir por primera vez en muchos años. El maná del cielo caía para ella. Una tarde "Crooked" Jack fue a reparar algo que andaba mal en el pozo de agua de la vieja Lloyd. La anciana daba vueltas afablemente a su alrededor pues sabía que había estado trabajando toda la jornada en casa de Spencer y debía traer montones de informaciones sobre Sylvia. -Esta tarde la maestra de música parecía muy triste -afirmó el jardinero después de poner a prueba la paciencia de la vieja Lloyd con una larga perorata sobre la nueva bomba de William Spencer y la nueva máquina de lavar de la señora Spencer y el nuevo novio de Amelia Spencer. -¿Por qué? -preguntó la anciana mientras se ponía pálida-. ¿Le ha ocurrido algo a Sylvia? -La han invitado a una gran fiesta que da el hermano de la señora Moore, que vive en la ciudad, y no tiene vestido con que salir. Son gente muy importante y todas van a ir muy elegantes. Todo esto me lo contó la señora Spencer. Dice que la señorita Gray no puede comprarse un vestido porque tiene que pagar las cuentas del médico de su tía y que seguramente estará muy triste por no poder ir a la fiesta, aunque no lo demuestra. Pero la señora Spencer dice que la oyó llorar anoche en su cuarto después que se acostó. La vieja Lloyd se volvió y entró rápidamente en su casa. Era terrible. Sylvia tenía que ir a esa fiesta, tenía que ir. ¿Cómo arreglarlo todo? Por el cerebro de la anciana pasaron pensamientos descabellados sobre los vestidos de seda de su madre. Pero ninguno de ellos servía, aunque hubiera -Yo no le tendría miedo -se dijo Sylvia Gray al doblar la cuesta de las Spencer-. Pero no creo que nunca llegue a trabar conocimiento con ella. Si supiera quién soy, supongo que no me querría. Estoy segura de que ni sospecha que soy hija de Leslie Gray. El ministro, pensando que había que golpear mientras el hierro estuviera caliente, visitó a la anciana Lloyd la tarde siguiente. Fue temblando, lleno de temor, pues había oído muchas cosas sobre ella, pero ésta se mostró tan agradable y atenta que al regresar a su casa le dijo a su esposa que la gente de Spencervale no comprendía a la vieja Lloyd. Esto era verdad, pero no era menos cierto que él tampoco la comprendía. Cometió un gran error de interpretación, pero no se enteraría mientras la anciana no quisiera hacerle un desaire. Al irse le dijo: -Espero verla el domingo en la iglesia, señorita Lloyd. -Con toda seguridad -dijo la anciana enfáticamente. III. EL CAPÍTULO DE JULIO El primer día de julio Sylvia encontró en el abeto de costumbre una canastilla llena de fresas. Eran las primeras de la estación y la vieja Lloyd las había hallado en uno de sus lugares secretos. Hubiera sido un manjar muy apetecible en la escasa lista de platos de la propia anciana, pero ni pensó en comerlas. Disfrutaba mucho más pensando que Sylvia las gustaría a la hora del té. Después, las frutillas alternaron con las flores mientras crecieron y luego tocó el turno a las frambuesas. Éstas crecían muy lejos y la vieja habido tiempo para arreglarlo. Nunca la vieja Lloyd se sintió tan herida por su pobreza. -Tengo sólo dos dólares en casa y tienen que durarme hasta que vuelva el huevero. ¿Qué puedo vender, aquí? ¡Ya está!: ¡el cántaro de las uvas! Hasta ese entonces la anciana hubiera preferido mil veces vender su cabeza que el cántaro. Éste tenía ya doscientos años y siempre había pertenecido a la familia Lloyd. Era grande y panzudo, decorado con uvas rosas y doradas y con una poesía impresa en uno de los lados. Se lo habían regalado a la tatarabuela de la vieja Lloyd como presente de bodas. Desde que la anciana recordaba, había ocupado el mismo lugar en el estante superior de la alacena de la sala. Demasiado precioso aun para ser usado. Dos años atrás, una coleccionista de porcelanas antiguas que llegó a Spencervale, al enterarse de la joya que poseía la vieja Lloyd, invadió literalmente su casa y quiso comprárselo. Nunca, hasta el fin de sus días, olvidaría el recibimiento que le hiciera la vieja Lloyd, pero en un momento de iluminación le había dejado su tarjeta diciendo que si alguna vez la anciana cambiaba de manera de pensar, ella estaría dispuesta a comprárselo. Los coleccionistas tienen que hacer a un lado con humildad los desaires, y ésta en particular nunca había visto nada que despertara más su codicia que el cántaro de las uvas. La vieja Lloyd había roto la tarjeta en pedazos pero recordaba el nombre y la dirección. Fue hacia la alacena y bajó el precioso tesoro. -Nunca pensé en separarme de él -dijo tristemente -. Pero Sylvia debe tener su vestido y no hay otro camino. Y, después de todo, cuando yo muera iría a parar a manos de extraños. Mejor que sea ahora. Tendré que ir mañana mismo a la ciudad pues no hay tiempo que perder. La fiesta es el viernes por la noche. No voy desde hace diez años y me asusta pensar que debo hacerlo ahora que he de separarme del jarrón ¡Todo sea por el bien de Sylvia! Todo Spencervale supo al día siguiente que la vieja Lloyd había ido a la ciudad llevando con todo cuidado una caja. Se preguntaban adónde iría. La mayoría afirmaba que ante la noticia de dos robos en Carmody se había asustado y llevaba su dinero a guardar al banco en vez de tenerlo en la gran caja negra. La anciana encontró la casa de la coleccionista. Iba temblando al pensar que pudiera haber muerto o cambiado de residencia, pero aquélla se encontraba allí, bien viva y tan ansiosa de comprar la porcelana como siempre. La vieja Lloyd, pálida y herida en lo más profundo de su orgullo, vendió la pieza y salió pensando que su tatarabuela debió de haberse dado vuelta en su tumba en el instante de la transacción. Se sentía traidora a la tradición. Hizo a un lado su aflicción y se dirigió a una gran tienda donde, conducida por la Divina Providencia, que siempre guía a las almas simples en sus peligrosas incursiones por el mundo, encontró a un joven empleado que supo exactamente lo que ella iba a buscar y se lo mostró al instante. La anciana compró un vaporoso traje de muselina, guantes y zapatos que hacían juego y ordenó que lo remitieran inmediatamente a la señorita Sylvia Gray, a cargo de William Spencer, Spencervale. Todo lo que le pagaron por el cántaro lo gastó allí, menos un dólar y medio que reservó para el pasaje del ferrocarril. Pagó con aire indiferente y salió. Mientras caminaba erguidamente por el pasillo de la tienda, se cruzó con un pulido y próspero caballero que entraba en ese momento. Él se ruborizó intensamente cuando sus ojos se encontraron con la anciana, y sacándose el sombrero se inclinó confuso, pero la vieja Lloyd no dio el menor signo de reconocerlo y siguió su camino como si él no hubiera estado allí. El caballero dio un paso detrás de ella y luego se volvió y continuó andando con una ligera sonrisa en los labios y un encogimiento de hombros. Nadie hubiera imaginado cuán lleno de rencor y aborrecimiento estaba el corazón de la anciana. De haber pensado que podía encontrarse con Andrew Cameron nada la hubiera hecho ir a la ciudad, ni siquiera la felicidad de Sylvia. Su sola vista había abierto una antigua y dolorosa herida de su alma, pero recordando a Sylvia esbozó una sonrisa de triunfo y decidió que había obrado del modo más correcto. Ella, después de todo, no se había ruborizado ni perdido su presencia de ánimo. "No hay duda de que a él le ocurrió eso", pensó victoriosamente. Le placía que ante ella Andrew Cameron se hubiera visto despojado del frente de dureza que presentaba al mundo. Era su primo y la única persona viviente que la vieja Lloyd odiaba; y lo odiaba y despreciaba con toda la fuerza de su ardiente naturaleza. Ella y los suyos habían sido muy agraviados por él, y la vieja Lloyd prefería morir a tener el mínimo contacto con él. Resolvió apartarlo de sus pensamientos. Era un sacrilegio pensar en él y en Sylvia a un tiempo. Esa noche, al apoyar la cabeza en la almohada se sintió tan feliz que hasta pensar en el lugar que el cántaro había dejado vacío en la alacena de la sala, sólo la lastimó levemente. "Es tan dulce sacrificarse por quien uno ama..., es tan dulce tener por quien sacrificarse", reflexionó. Pero los deseos nunca son completamente satisfechos. La vieja Lloyd se creía muy feliz hasta el viernes por la noche, en que se consumió por ver a Sylvia vestida con el traje de fiesta. No le bastaba imaginarla con él, quería verla. -Y la veré-dijo resueltamente mirando por la ventana hacia la luz que venía del cuarto de la muchacha entre los abetos. Se envolvió con un mantón de color oscuro y se escurrió afuera. Corría por el camino. Era una hermosa noche de luna y una brisa fragante que traía el aroma de los campos de trébol lo envolvía todo. -Querría tomar tu perfume, tu misma alma, y ponerla en su vida -le dijo al viento la anciana. Sylvia Gray estaba de pie en medio de su habitación lista para salir. La señora Spencer, Amelia y los demás Niños de la familia la rodeaban y la admiraban. Tenía también otro espectador. Fuera, bajo la enredadera, estaba parada la vieja Lloyd. Podía ver muy bien a Sylvia con su vestido vaporoso y en su cabello las rosas rosadas que le dejara ese día en el lugar de costumbre. Pero las rosas parecían pálidas junto a sus mejillas sonrosadas, y sus ojos lucían como estrellas. Amelia Spencer alargó el brazo para acomodar una rosa que se había salido algo de su lugar y la anciana la envidió ferozmente. -Si te hubieran hecho a medida este vestido no te quedaría mejor -aseguró la señora Spencer-. ¿No es hermoso, Amelia? ¿Quién pudo haberlo mandado? -Estoy segura de que la señora Moore es el hada madrina -dijo Sylvia-. Es la única que ha podido hacerlo. Es tan buena... Ella sabía que yo tenía muchas ganas de ir a esa fiesta con Janet. Me gustaría que tía pudiera verme ahora. Sylvia suspiró a pesar de su alegría-. No hay nadie más a quien pueda interesarle. ¡Ah, Sylvia, qué equivocada estabas! Había alguien más, alguien a quien le interesabas mucho; una anciana que te devoraba con los ojos a través de la ventana, detenida bajo la enredadera de lilas y que repentinamente se volvió y escapó a través de la huerta iluminada por la luna, como una sombra, llevándose a su casa tu hermosa visión plena de belleza y juventud, para que la acompañara en su vigilia de esa noche de verano. IV. EL CAPÍTULO DE AGOSTO Un día, la esposa del ministro se lanzó a una empresa que los habitantes de Spencervale siempre habían temido emprender: se dirigió resueltamente a la casa de la vieja Lloyd, pidiéndole si quería ingresar al Círculo de Costura que se reunía cada quince días los sábados por la tarde. -Estamos trabajando en un equipo que enviaremos a nuestra misión de la Isla de Trinidad -dijo la esposa del ministro-y nos agradaría mucho que usted nos acompañara, señorita Lloyd. La vieja Lloyd estuvo a punto de rehusar arrogantemente. No era que tuviera nada contra las misiones o contra los círculos de costura, todo lo contrario, pero sabía que cada miembro del círculo tenía que contribuir con diez centavos por semana para comprar materiales de costura, y la pobre vieja Lloyd realmente no veía cómo iba a poder pagarlos. Pero antes de abrir los labios para negarse, un pensamiento la detuvo. -Supongo que algunas de nuestras jóvenes concurrirán -dijo astutamente. -Van todas -dijo la esposa del ministro-. Janet Moore y Sylvia Gray son las más entusiastas. La señorita Gray es muy amable al brindarnos el sábado por la tarde, que es su único momento libre entre tantas lecciones. Pero realmente tiene una disposición maravillosa. -Me incorporaré al Círculo -dijo la vieja Lloyd resueltamente. Estaba decidida a hacerlo, aunque tuviese que vivir con sólo dos comidas al día para compensar el gasto. El sábado siguiente se dirigió a casa de James Martín, donde funcionaba el Círculo de Costura y bordó verdaderas maravillas. Era tan experta en esas labores, que no necesitaba pensar en lo que estaba haciendo, lo que era una suerte. Así todos sus pensamientos podían concentrarse en Sylvia, que estaba sentada en el otro extremo junto a Janet Moore, con sus graciosas manos ocupadas en confeccionar una blusita para niño. Nadie pensó en presentar a Sylvia a la vieja Lloyd y ésta estaba contenta por ello. Bordaba primorosamente con los oídos pendientes de la charla de las dos jóvenes que llegaba desde el rincón de enfrente. Una cosa oyó bien clara: el cumpleaños de Sylvia era el 20 de agosto. La anciana se sintió consumida por la fiebre de regalarle algo. Estuvo despierta la mayor parte de la noche dándole vueltas y vueltas al asunto y sacó la amarga conclusión de que estaba completamente fuera de sus medios. Siguió preocupándose más y más y llegó a la siguiente reunión del Círculo convertida en un fantasma. Allí se encontró con la señora Moore, quien se mostró encantadoramente amable con ella e insistió en que tomara asiento en la mecedora de la sala. La anciana hubiera preferido ubicarse en el comedor con las jóvenes, pero la cortesía la obligó a aceptar. La mecedora estaba justo al lacio de la puerta de la sala y repentinamente Janet Moore y Sylvia Gray fueron a sentarse afuera, en los escalones de la galería, donde soplaba una suave brisa. Las jóvenes hablaban de sus poetas favoritos. Según parecía, Janet adoraba a Byron y a Scott y Sylvia se inclinaba por Tennyson y Browning. -¿Sabes que mi padre era poeta? -dijo Sylvia suavemente-. Una vez publicó un libro de versos y yo, Janet, nunca llegué a ver un ejemplar. ¡Oh, Janet, cómo me hubiera gustado tenerlo! Fue publicado cuando él iba a la Escuela Superior, en tirada muy reducida, para los amigos. Nunca publicó nada más, ¡pobre papá! Creo que era un desengañado de la vida. Anhelo tanto ver ese pequeño volumen de versos... No tengo ni siquiera un borrador suyo. Si lo tuviera me parecería poseer un pedazo de su alma, de su corazón, de su vida interior. Él sería para mí algo más que un nombre. -¿Pero no tenía ni una copia? ¿Tu madre tampoco? -preguntó Janet. -Mamá no. Tú sabes que murió al nacer yo, y tía dice que entre los libros de mamá no había ninguna copia de los poemas de papá. A mamá no le interesaba la poesía, y a mi tía tampoco. Después de morir mamá, papá se fue a Europa y murió allí al año siguiente. Nunca nos remitieron nada de él. Antes de partir había vendido casi todos sus libros y le había dado a tía sus favoritos para que los guardara para mí. Su libro no estaba entre ellos. Supongo que nunca hallaré una copia, pero sería tan feliz si la encontrara... Cuando la vieja Lloyd llegó a su casa sacó de la gaveta superior de su escritorio una caja de sándalo. Contenía un pequeño volumen envuelto en papel de seda, el tesoro más preciado de la anciana. En la primera hoja se leía: "A Margaret, con el amor del autor". La anciana volvió las amarillentas hojas con dedos temblorosos, y con lágrimas en los ojos leyó los versos que su corazón conocía desde hacía años. Estaba resuelta a regalarle el libro a Sylvia para su cumpleaños. Sería uno de los regalos más preciosos que se ofrendaran jamás en el mundo, si el valor de éstos se mide por el sacrificio que involucran. Ese librito encerraba un amor inmortal, antiguas alegrías, antiguas lágrimas, antigua belleza que había florecido como un capullo de rosa años atrás, y que aún conservaba su fragancia como los pétalos de rosa presos en los libros. La vieja Lloyd arrancó la indiscreta primera hoja y la noche antes del cumpleaños de Sylvia, amparada en la oscuridad, se escurrió como una sombra a través de los campos rumbo al lugar donde funcionaba el correo de Spencervale. Deslizó el delgado paquete a través de la ranura de la puerta y regresó a su casa con una extraña sensación de pérdida y de soledad. Sentía como si hubiera roto el último vínculo con su juventud. Pero no lo lamentaba. Ese libro llevaría felicidad a Sylvia y este propósito hablase convertido en la pasión que dominaba el corazón de la vieja Lloyd. La luz del cuarto de Sylvia estuvo encendida hasta muy tarde la noche siguiente, y la anciana la espiaba triunfante, pues conocía la razón. La joven estaba leyendo los poemas de su padre y la vieja Lloyd los repetía en la oscuridad de su cuarto murmurando las frases una y otra vez. Después de todo, haber dado el libro no significaba tanto, pues ella seguía poseyendo su alma y la primera hoja con el nombre con que nadie la llamaba ya, escrito por Leslie. En la siguiente reunión del Círculo la vieja Lloyd estaba sentada en el sofá, cuando Sylvia llegó y se ubicó a su lado. Las manos de la anciana temblaron un poco y el bordado de una de las esquinas del pañuelo que en la próxima Navidad sería entregado como obsequio a algún nativo de Trinidad, fue ligeramente diferente de los demás. Sylvia empezó a hablar del Círculo y de las dalias de la señora Marshall, y la vieja Lloyd se sentía en el séptimo cielo, y trataba por todos los medios de disimularlo, mostrándose más majestuosa y refinada que de costumbre. Cuando le preguntó a la muchacha si le gustaba vivir en Spencervale, ésta respondió: -Mucho. Todos son tan buenos conmigo. Además -Sylvia bajó el tono de su voz de modo que nadie más que la anciana pudiera oírla-, tengo un hada madrina que hace J por mí las cosas más hermosas y maravillosas. Sylvia, que era una joven de buenos sentimientos, no miró a su compañera mientras hablaba, pero si lo hubiera hecho no habría visto nada. No en vano la anciana era una Lloyd. -¡Qué interesante! -dijo con indiferencia. -¿No es cierto que sí? Le estoy tan agradecida que daría cualquier cosa por hacerle saber cuánta felicidad me ha traído. Todo el verano encontré flores y frutas en mi sendero y estoy segura de que ella me envió el vestido para la fiesta. Pero el regalo más querido me lo hizo el día de mi cumpleaños: un pequeño volumen de poemas que escribió mi padre. No puedo expresar cómo me sentí al recibirlo. Pero tengo la esperanza de que algún día me encontraré con mi hada madrina y se lo agradeceré. _-Qué misterio más fascinante, ¿no es cierto? ¿No tiene usted idea de quién puede ser? La vieja Lloyd hizo su peligrosa pregunta con marcado aire de triunfo. No se hubiera mostrado tan segura de no haber tenido el convencimiento de que Sylvia ignoraba su viejo romance con Leslie Gray. Creía firmemente que ella era la última persona en el mundo de quien Sylvia pudiera sospechar. La joven dudó por un instante. Luego dijo: -No he tratado de descubrirlo. Creo que ella no querría que lo supiera. Al principio, cuando encontraba flores y frutas, traté de aclarar el misterio, pero desde que recibí el libro me he convencido de que todo es obra de mi hada madrina y respeto su deseo de ocultarse, y siempre lo haré. Quizás algún día ella misma se presentará a mí. Lo espero de todo corazón. -No creo que eso ocurra -dijo la vieja Lloyd con tono desolador-. Las hadas madrinas, por lo menos las de todos los cuentos de hadas que yo he leído, son siempre seres excéntricos, retorcidos, mucho más agradables cuando actúan en el misterio que cuando se presentan cara a cara. -Estoy convencida de que la mía es todo lo contrario y que cuanto más la conozca más encantadora me resultaría -dijo Sylvia alegremente. En ese punto la señora Marshall interrumpió la conversación para rogar a la joven que les cantara algo. Sylvia accedió dulcemente y se separó de la anciana, que se alegró por eso. Disfrutó mucho más su conversación con Sylvia al recordarla luego en su casa, que en el momento en que tuvo lugar. Cuando una vieja Lloyd tiene la conciencia culpable, es capaz de distraer sus pensamientos de un placer inmediato. Se preguntó algo inquieta si Sylvia no sospecharía de ella, pero inmediatamente hizo a un lado el problema. ¿Quién podía sospechar que una viaja avara e insociable, que no tenía amigas y que daba sólo cinco centavos al Círculo de costura cuando las demás contribuían con diez o quince, podía ser una generosa hada madrina que regalaba hermosos vestidos de fiesta y que guardaba románticos recuerdos de un joven poeta? V. EL CAPÍTULO DE SEPTIEMBRE En septiembre la vieja Lloyd sintió que el verano había transcurrido sumamente feliz, con los sábados y las reuniones del Círculo de Costura que brillaban como botones de oro en la trama de su vida. Se sentía una mujer nueva y no era la única en pensar que había cambiado. Las concurrentes al Círculo de Costura la encontraron tan amable y amistosa que empezaron a pensar que la habían juzgado erróneamente y que lo que determinaba el extraño modo de vivir de la vieja era sólo la excentricidad y no la tacañería. Sylvia Gray siempre se sentaba a su lado y la anciana guardaba como un tesoro cada una de las palabras que decía la joven, para repetírselas una y mil veces en sus largas noches de insomnio. Sylvia nunca hablaba de sí misma o de sus planes a menos que se lo preguntaran, y la anciana tenía reparo de hacer preguntas demasiado personales, por lo que sus conversaciones eran sobre temas circunstanciales. Por esta razón se enteró de la más profunda ambición de Sylvia Gray de boca de la esposa del ministro. Esa dama llegó a la casa de la Lloyd una tarde en que soplaba un frío viento del nordeste y gemía por los aleros con un estribillo que parecía anunciar: "llega el otoño, se va el verano". La vieja Lloyd lo escuchaba mientras trenzaba una canastilla de paja para Sylvia. El día anterior había tenido que caminar hasta las arenosas colinas de Avonlea para conseguir con qué hacerla y se sentía muy cansada. Su corazón estaba triste. Ese verano que tanto había enriquecido su vida se acababa y sabía que Sylvia Gray pensaba abandonar Spencervale a fines de octubre. El corazón de la anciana se sentía muy desamparado ante este pensamiento y casi se alegró de la llegada de la esposa del ministro, aunque temía con verdadera desesperación que la buena señora fuera a pedirle una contribución para el nuevo mantel de la iglesia; ella no estaba en condiciones de dar un solo centavo. Su visitante se detuvo sólo un momento, de paso a su casa desde la de Spencer, y no hizo requerimientos indiscretos, sino todo lo contrario. Habló de Sylvia Gray, y sus palabras sonaron para la vieja Lloy d como las notas de una hermosa melodía. La esposa del ministro no tenía más que alabanzas para ella; era tan dulce, tan hermosa, tan decidida. -¡Y con esa voz! -agregó enfáticamente y luego suspiró-. Es una vergüenza que no pueda educarla convenientemente. Con toda seguridad que llegaría a ser una gran cantante. Lo han dicho grandes críticos. Pero es tan pobre que no puede ni soñar con ello a menos que ganara una de las becas Cameron. Tiene muy pocas esperanzas de conseguirla, a pesar de que su profesor de canto propuso el nombre de ella. -¿Qué son las becas Cameron? -preguntó la vieja Lloyd. -Supongo que usted habrá oído hablar del millonario Andrew Cameron -dijo la esposa del ministro, sin saber que al pronunciar ese nombre sacudía los huesos de todos los miembros de la familia Lloyd. El rostro de la anciana palideció como si le hubieran dado un bofetón. -Sí, lo he oído nombrar -dijo. -Pues parece que él tenía una hija a quien adoraba, una joven muy hermosa que poseía muy linda voz y a quien pensaba mandar a estudiar al extranjero. Ella murió y su padre se sintió destrozado. Desde ese entonces cada año envía una joven a Europa a estudiar canto con los mejores maestros, en memoria de su hija. Ya ha mandado nueve o diez, pero me temo que Sylvia Gray no tenga muchas probabilidades de éxito. Ella piensa igual. -¿Por qué? Estoy segura de que habrá pocas voces como la de la señorita Gray -dijo la vieja Lloyd animosamente. -Eso es muy cierto, pero lo que pasa es que esas becas son asuntos privados que dependen única y exclusivamente de la voluntad de Andrew Cameron. Cuando una muchacha tiene amigos que pueden influir sobre él, ella es la elegida. Dicen que el año pasado fue una que no tenía mucha voz, pero que era hija de un viejo compinche de Cameron. Sylvia no conoce a nadie que, para decirlo en términos vulgares, tenga alguna "banca" con Andrew Cameron, y ella misma ni siquiera lo conoce personalmente. Ahora tengo que irme. El sábado la veré en casa de Mause; ya sabe que el Círculo se reúne allí. -Sí, ya sé -dijo la vieja Lloyd con aire ausente. Cuando la esposa del ministro se hubo ido, hizo a un lado la canastilla y se sentó por largo rato con las manos enlazadas sobre el regazo y con sus brillantes ojos negros fijos en la pared opuesta, a la que no veía. La vieja Lloyd, tan dolorosamente pobre que tenía que comer seis galletitas menos a la semana para poder pagar su contribución al Círculo de Costura, supo que estaba en su poder, en sus propias manos, conseguir que la hija de Leslie Gray fuera a Europa a completar su educación musical. Si se decidía a usar su "banca" con Andrew Cameron, si iba a él a pedirle que enviara a Sylvia al extranjero al año siguiente, no cabía la menor duda respecto al resultado. Todo dependía de ella, si... si hacía a un lado su orgullo, y se rebajaba a pedirle un favor al hombre que tanto daño había causado a ella y a su familia. Años atrás el señor Lloyd, siguiendo las indicaciones de Andrew Cameron de obrar con toda prisa, había invertido todo su dinero en una empresa que resultó un fracaso. Abraham Lloyd perdió hasta el último centavo y su familia quedó reducida a la máxima pobreza. Podía haberse pensado que Andrew Cameron fue víctima de un error, pero existía la sospecha, casi la seguridad, de que Cameron era culpable de algo mucho peor que un error en la inversión de los bienes de su tío. Nada se pudo probar legalmente, pero lo cierto era que de ese nefasto asunto que costó la fortuna de muchos hombres de bien, Andrew Cameron salió con sus propios bienes acrecentados, y el doctor Lloyd murió de un ataque al corazón en la creencia de que su sobrino lo había arruinado deliberadamente. No era esto precisamente lo que había ocurrido. Al principio Andrew Cameron se preocupó mucho por su tío, y con su comportamiento posterior trató de justificarse, diciéndose a sí mismo que la caridad empieza por casa. Margaret Lloyd no podía excusarlo con este razonamiento y lo hacía responsable, no sólo de la pérdida de su fortuna, sino también de la muerte de su padre. Nunca lo perdonó. Al morir el doctor Lloyd, Cameron, quizás empujado por su conciencia culpable, se presentó contrito a ofrecer a la joven su ayuda financiera. Él cuidaría, le dijo, que ella nunca pasara miseria. Margaret Lloyd arrojó el ofrecimiento a la cara de Cameron con palabras que no dejaban nada por decir. Se moriría, dijo enfáticamente, antes de aceptar un favor o un centavo de su parte. Él había conservado la calma, expresando que lamentaba mucho que su prima tuviera tan injusta impresión suya, y la dejó con la reiterada afirmación de que siempre sería su amigo y estaría a disposición de ella para cualquier cosa en que pudiera servirla. La vieja Lloyd había vivido veinte años con la seguridad de que moriría en la pobreza, por otra parte cosa nada improbable, antes que pedirle un favor a Andrew Cameron. Y así hubiera sido en realidad, de contar sólo ella. ¡Pero Sylvia! ¿Podría humillarse tanto por la felicidad de la joven? La cuestión no era tan fácil de resolver como en el caso del cántaro de las uvas o del libro de poemas. Durante una semana entera la vieja Lloyd luchó contra su orgullo y su rencor. A veces, en las largas horas de insomnio, cuando las pasiones y resentimientos humanos parecen mezquinos y despreciables, creía que los había vencido. Llegaba la luz del día, y la imagen de su padre que la miraba desde la pared y los antiguos vestidos de su madre que se veía obligada a usar por culpa de su primo, barrían todo lo bueno que había en ella Sin embargo, el amor de la anciana por Sylvia había crecido tan fuerte, profundo y tierno, que ningún otro sentimiento podía perdurar contra él. El amor es un gran fabricante de milagros y nunca mostró su poder más abiertamente que en la fría y triste mañana de otoño en que la vieja Lloyd se encaminó a la estación de Bright River a tomar el tren para Charlottetown a cumplir una misión cuyo solo pensamiento la enfermaba. El jefe de la estación, que le había vendido el pasaje, pensó que nunca la había visto más pálida y ojerosa, "como si no hubiera dormido o comido durante una semana", según le dijo a su mujer al regresar a su casa. "Sus asuntos deben marchar mal", agregó "pues es la segunda vez que va a la ciudad este verano". Cuando la anciana llegó a la ciudad, almorzó ligeramente y luego se dirigió a los suburbios donde estaban ubicadas las fábricas y depósitos Cameron. Era un camino demasiado largo para ella, pero no podía permitirse el lujo de ir en coche. Se sentía muy cansada cuando entró en la clara y lujosa oficina de Andrew Cameron. Éste se encontraba sentado ante su escritorio, y en cuanto se recuperó de la sorpresa fue al encuentro de la anciana acogedoramente con la mano tendida. -¡Vaya, prima Margaret! Ésta sí que es una sorpresa agradable. Siéntate aquí. Hazme el favor. Ésta es una silla mucho más cómoda. ¿Llegaste esta mañana? ¿Cómo andan las cosas por Spencervale? La vieja Lloyd se había sonrojado ante sus primeras palabras. Escuchar de labios de Andrew Cameron el nombre con que la llamaran sus padres y su enamorado, le pareció una profanación. Pero se dijo que el tiempo de los escrúpulos había pasado ya. Si era capaz de pedirle un favor a Andrew Cameron, podía soportar otros golpes menos dolorosos. Por la felicidad de Sylvia le estrechó la mano, por la felicidad de Silvia aceptó la silla que le ofrecía. Pero la felicidad de ningún ser viviente podía obligarla a mostrarse amable y cordial. Fue derecho al asunto con la simplicidad propia de los Lloyd. -He venido a pedirte un favor -le dijo mirándolo a los ojos, no con la actitud humilde del que va a solicitar algo, sino con aire de reto, como desafiándolo a que se negara. -¡En-can-ta-do, prima Margaret! Nunca sonó su voz más suave y afable. -Cualquier cosa que pueda hacer por ti me ocasionará un gran placer. Mucho me temo que siempre me has considerado un enemigo, Margaret, y puedo asegurarte que tu injusticia me duele profundamente. Estoy de acuerdo con que las apariencias se vuelven contra mí, pero... La vieja Lloyd alzó una mano y detuvo esa elocuencia con un solo gesto. -No he venido a discutir ese asunto. Preferiría que no tocáramos el pasado. Me he llegado hasta aquí a pedirte un favor, no para mí, sino para una joven amiga que me es muy querida, la señorita Gray. Tiene una voz magnífica y desea educarla. Como es muy pobre he venido a solicitarle una beca para ella. Tengo entendido que ya te han presentado su nombre con una recomendación de su maestro de canto. No sé qué ha dicho de su voz, pero puedo asegurarte que no ha exagerado. Si la envías a Europa el año próximo, habrás hecho justicia. La anciana calló. Estaba segura de que Andrew Cameron accedería a su pedido, pero creía que lo haría descortésmente o de mala gana. No ocurrió nada de eso; Andrew se comportó más gentilmente que nunca. Nada podía serle más agradable que acceder a lo que su prima deseaba; lo único que lamentaba era que a él le costara tan poco. Su joven protegida tenía asegurada su educación musical, iría a Europa el año siguiente, y él estaba "¡en-can-ta-do!" -Gracias -dijo la anciana cortándole otra vez su perorata-. Te quedo muy agradecida y te ruego que no enteres a la señorita Gray de mi intervención. No distraigo más tu valioso tiempo. Buenas tardes. -¡Oh, no debes irte tan pronto! -exclamó Andrew Cameron con una verdadera amabilidad que asomaba entre la odiosa cordialidad de su voz, pues no estaba desprovisto de todas las facultades sencillas del hombre corriente. Había sido buen marido y buen padre; en una época le había tenido verdadero afecto a su prima Margaret y sentía muchísimo que las "circunstancias" lo hubieran "obligado" a actuar como lo había hecho en el viejo asunto de los bienes del doctor Lloyd. -Debes ser mi huésped esta noche. -Gracias. Tengo que regresar a casa hoy mismo -afirmó la vieja Lloyd con un tono que le indicó a Cameron la inutilidad de discutir con ella, aunque insistió en llamar su coche para que la condujera a la estación. La anciana aceptó, pues temía que sus piernas no le respondieran en un camino tan largo. Al partir volvió a estrechar la mano de su primo y le agradeció por segunda vez que accediera a su pedido. -No es nada -le dijo él-. Por favor, prima Margaret, trata de pensar un poco más favorablemente sobre mí. Cuando la vieja Lloyd llegó a la estación se encontró, para su desgracia, con que el tren había partido ya y que tenía que aguardar allí dos horas para tomar el del anochecer. Se dirigió a la sala de espera y tomó asiento. Se encontraba muy cansada. Toda la excitación que la había mantenido desapareció y se sentía débil y vieja. No tenía nada que comer pues había creído que volvería a su casa para la hora del té. La sala de espera era fría y la anciana temblaba envuelta en su delgado mantón amarillo de seda. Le dolía la cabeza y el corazón también. Había hecho suyo el deseo de Sylvia, pero la joven se iría de su vida y la vieja Lloyd no sabía cómo iba a continuar viviendo sin ella. Allí estuvo sentada las dos horas. Era una figura erguida y altanera que luchaba silenciosamente contra sus dolores físicos y morales mientras el resto de la gente iba y venía, reía feliz o conversaba junto a ella. A las veinte la anciana descendió del tren en la estación de Bright River y se lanzó como inconsciente, hacia la oscuridad de la noche lluviosa. Tenía que caminar dos millas y llovía copiosamente. Pronto estuvo empapada y helada hasta la médula de los huesos; le parecía que andaba en medio de una pesadilla. Sólo su instinto la guió la última milla cuesta arriba. Al abrir la puerta de su casa se dio cuenta de que todo el frío se había convertido en un calor abrasador. Tropezó en el umbral y cerró la puerta. VI. EL CAPÍTULO DE OCTUBRE Una mañana, dos días después del viaje de la vieja Lloyd a la ciudad, Sylvia Gray iba bajando alegremente la boscosa cuesta. Era una hermosa mañana otoñal, clara, fresca y soleada; los helados abetos, empapados y golpeados por la lluvia del día anterior, despedían una deliciosa fragancia. El aire era puro y estimulante. Sylvia caminaba como si tuviera alas en los pies. Al llegar al haya de la hondonada se detuvo un momento, pero no había nada para ella entre las grises raíces. Se volvía para emprender el regreso, cuando Teddy Kimball, que vivía al lado de la rectoría, llegó corriendo cuesta abajo desde la casa de los Lloyd. El pecoso rostro de Teddy estaba pálido. -Señorita Gray-dijo entrecortadamente-. Creo que la vieja Lloyd se ha vuelto loca del todo. La esposa del ministro me pidió que le llevara un mensaje sobre el Círculo de Costura y yo golpeé y golpeé y nadie salió y yo pensé entrar y poner la nota sobre la mesa. Cuando abrí la puerta escuche una risa muy rara en el comedor, y la vieja Lloyd apareció en la puerta. ¡Oh, señorita Gray, estaba horrible, con la cara toda colorada y los ojos brillantes, y todo el tiempo hablaba sola y se reía como loca! Me asusté tanto que di media vuelta y salí corriendo. Sylvia, sin detenerse a pensarlo, tomó a Teddy de la mano y echó a correr cuesta arriba. No tuvo miedo, aunque ella también creía, como Teddy, que la pobre, solitaria y excéntrica vieja Lloyd, había terminado volviéndose loca. Cuando Sylvia entró, la anciana estaba sentada en un sillón de la cocina. Teddy, demasiado asustado para entrar, se había quedado en la puerta. La vieja Lloyd todavía llevaba ~ el vestido de seda negra con que había vuelto de la estación: Su rostro estaba rojo, sus ojos brillantes y su voz ronca. Reconoció a Sylvia y se echó hacia adelante. -No me mire -gemía-. Por favor váyase. No puedo soportar que usted vea cuán pobre soy. Va a ir a Europa. Andrew Cameron la mandará. Se lo pedí. No pudo negarse a mi pedido. Pero por favor, váyase. Sylvia no se fue. A primera vista había comprendido que se trataba de enfermedad y de delirio, no de locura. Ordenó a Teddy que corriera en busca de la señora Spencer, y cuando ésta llegó acostaron entre las dos a la anciana y llamaron al médico. Esa noche todo Spencervale supo que la vieja Lloyd tenía pulmonía. La señora Spencer anunció que pensaba quedarse a atender a la anciana. Muchas otras señoras ofrecieron sus servicios y todas se mostraron gentiles y apenadas. Pero la enferma lo ignoraba todo. Tenía mucha fiebre y deliraba continuamente. Ni siquiera conocía a Sylvia Gray, que permanecía a su lado todos sus ratos libres. Sylvia había comprobado lo que siempre sospechó, que la vieja Lloyd era su hada madrina. La anciana hablaba de Sylvia continuamente, revelando todo su cariño por ella y descubriendo los grandes sacrificios que había hecho. La muchacha sentía dolor en su corazón lleno de amor y ternura y rogaba con todas sus fuerzas que la anciana sanara. -Quiero que sepa que le pago su amor con amor -murmuraba. Todo el mundo conoció entonces la pobreza de la vieja Lloyd. Habían salido a luz todos los secretos que guardaba celosamente durante tantos años, excepto su viejo amor por Leslie Gray. Aun en medio del delirio, algo sellaba sus labios a ese respecto. Todo lo demás salió al aire: la angustia por sus ropas anticuadas, las privaciones y miserias, la humillación por salir con vestidos viejos y contribuir con sólo cinco centavos al Círculo de Costura cuando el resto de las señoras pagaban diez. Las buenas mujeres que la escuchaban con lágrimas en los ojos se arrepentían de haberla juzgado tan erróneamente. -¿Quién lo iba a imaginar? -comentó la señora Spencer ala esposa del ministro-. Nunca nadie soñó que su padre hubiera perdido lodo su dinero, aunque suponíamos que había perdido buena parte de él en el viejo asunto de la mina de plata en el Oeste. Es terrible pensar cómo ha estado viviendo todos estos años, a veces casi sin comer y metida en la cama en pleno invierno para ahorrar combustible. Pero supongo que de estar enteradas habría sido muy poco lo que hubiéramos podido hacer, pues es desesperadamente orgullosa. Si vive, y nos permite ayudarla, las cosas cambiarán después (le esto. "Crooked" Jack dice que nunca se perdonará haberle cobrado los trabajillos que hizo en su jardín. Dice que de ahora en adelante, si ella se lo permite, no le cobrará nada. No es raro que se haya encariñado tanto con la señorita Gray. Pensar las cosas que ha hecho por ella todo este verano, hasta vender el jarrón de las uvas. Bueno, con toda seguridad que no es avara, pero no se equivoca quien dice que es rara. Todo esto es desesperadamente doloroso. La señorita Gray se ha tomado el asunto muy a pecho, parece que piensa en la vieja Lloyd tanto como ésta piensa en ella. Está tan preocupada que parece no importarle ir a Europa el año próximo. E irá, tiene la palabra de Andrew Cameron. Estoy muy contenta porque es la joven más dulce del mundo; pero ella dice que se ha pagado un precio demasiado caro por el viaje si la vieja Lloyd ha tenido que dar su vicia. Andrew Cameron se enteró de la enfermedad de su prima y se presentó el mismo en Spencervale. No se le permitió ver a la enferma, pero dispuso todo de modo que ésta tuviera lo necesario a sus expensas. El médico de Spencervale recibió instrucciones para enviar su cuenta a Andrew Cameron, con lo que recuperó el sueño. Además, al regresar a su casa, Andrew Cameron envió una enfermera a casa de la vieja Lloyd. Era una mujer capaz y amable que supo ponerse al frente de la casa sin ofender a la señora Spencer, por lo que su tacto no tenía precio. La vieja Lloyd no murió. La constitución de las Lloyd la sacó a flote. Un día, al entrar Sylvia, la anciana le sonrió con una sonrisa débil, desmayada y sensitiva, y pronunció su nombre. La enfermera anunció que la crisis había pasado. La anciana fue una enferma perfecta y tratable. Hacía exactamente lo que se le indicaba y aceptó la presencia de la enfermera como la cosa más natural del mundo. Pero un día, cuando ya tenía fuerzas para hablar un poquito, le dijo a Sylvia: -Supongo que es Andrew Cameron quien ha enviado a la señora Hayes aquí, ¿no es cierto? -Sí -dijo Sylvia algo tímidamente. La anciana notó la timidez y sonrió con algo de su viejo espíritu en los negros ojos. -En otros tiempos hubiera sacado con cajas destempladas a cualquier enviado de Andrew Cameron --dijo-. Pero he atravesado el Valle de las Sombras de la Muerte, y espero haber dejado atrás el orgullo y el resentimiento. No siento hacia Andrew Cameron lo que sentía antes. Ahora hasta puedo aceptar un favor personal de su parte. Por fin puedo perdonarle el error que cometió conmigo y con los míos. Sé, Sylvia, que en mi enfermedad no he dejado ninguno de mis secretos por revelar. Ya todos saben que soy pobre, pero no me importa. Lo único que lamento es haber apartado de mi vida a mis vecinos durante tantos años por causa de mi tonto orgullo. Todos han sido tan buenos conmigo, Sylvia. En el futuro, si Dios me da salud, las cosas serán muy diferentes. Abriré mi vida a la bondad y al compañerismo de todos, jóvenes y ancianos. Voy a ayudarles en todo lo que pueda y a dejar que ellos me ayuden a mí. Yo puedo ayudarlos. He aprendido que el dinero no es lo único que tiene poder para ayudar a la gente. Quien tiene simpatía y comprensión para con los demás, posee algo que no tiene precio y no puede pagarse con dinero. Y tú, Sylvia, has descubierto lo que yo nunca quise que supieras. Pero tampoco siento eso ahora. Sylvia tomó la blanca mano de la anciana y la besó. -Nunca podré agradecerle bastante todo lo que ha hecho por mí, querida señorita Lloyd ---dijo sinceramente -. Y me alegro muchísimo de que ya no existan misterios entre usted y yo. La quiero mucho más de lo que pensé nunca que podía quererla y estoy muy contenta y muy agradecida de que usted me quiera tanto a mí, mi querida hada madrina. -¿Sabes por qué yo te quiero tanto? -preguntó la anciana ansiosamente-. ¿También hablé de eso en mi delirio? -No. Pero creo que yo lo sé. Es porque soy la hija de Leslie Gray, ¿no es cierto? Sé que papá la quiso a usted mucho; su hermano, mi tío Willis, me lo contó. -He arruinado mi vida por mi maldito orgullo -dijo la anciana tristemente-. Pero tú me quieres a pesar de todo, ¿no es verdad, Sylvia? ¿Me vendrás a visitar a menudo? ¿Y me escribirás cuando te vayas? -Vendré todos los días -dijo la joven-; me quedaré en Spencervale todo el año para estar cerca de usted, y cuando vaya a Europa, gracias a usted, hada madrina, le escribiré diariamente. ¡Vamos a ser las mejores camaradas, y tenemos por delante un hermoso año de compañerismo! La vieja Lloyd sonrió complacida. La esposa del ministro, que había traído un plato de jalea, conversaba en la cocina con la señora Spencer sobre el Círculo de Costura. Por la ventana abierta entraba la cálida brisa de octubre. Un rayo de sol caía sobre el cabello castaño de Sylvia como una corona de gloria y juventud. -¡Me siento perfectamente feliz! -exclamó la vieja Lloyd con un largo, embelesado suspiro.
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