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Capítulo XXIV

Capítulo 24

I

Sólo dos semanas hasta la boda. Emily descubrió lo largas que pueden ser dos semanas, a pesar de que cada momento de vigilia estaba lleno de cosas para hacer, domésticas y sociales. En todas partes se hablaba mucho del acontecimiento. Emily apretó los dientes y siguió adelante. Ilse estaba aquí, allí y en todas partes. No hacía nada, pero hablaba mucho.

-Tan tranquila como una pulga -gruñía el doctor Burnley.

-Ilse es una muchacha tan inquieta -se quejaba la tía Elizabeth-. Parece tener miedo de que la gente no sepa que está viva si se queda sentada, quieta un momento.

-Tengo cuarenta y nueve remedios para los mareos en el mar -dijo Ilse-. Si llega la tía Kate Mitchell tendré cincuenta. ¿No es encantador tener parientes que se preocupan por una, Emily?

Estaban solas en la habitación de Ilse. Era la noche en que se esperaba la llegada de Teddy. Ilse se había probado media docena de vestidos diferentes y los había tirado a todos a un lado con desdén.

-Emily, ¿Qué me pongo? Decide por mí.

-Yo, no. Además, ¿qué diferencia va a hacer lo que te pongas?

-Cierto, muy cierto. Teddy jamás se fija en lo que tengo puesto. A mí me gusta que los hombres se fijen y digan algo.

Me gusta que un hombre me prefiera vestida de seda que de zaraza.

Emily miró por la ventana a un jardín enmarañado, donde la luz de la luna era un inmóvil mar de plata que suavemente sostenía sobre el pecho una flota de amapolas.

-Quise decir que Teddy… no va a pensar en tu vestido, sino en ti .

-Emily, ¿por qué insistes en hablar como si creyeras que Teddy y yo estamos locamente enamorados el uno del otro? ¿Es tu complejo victoriano?

-¡Por lo que más quieras, no hables más de lo victoriano! -exclamó Emily, con una violencia desacostumbrada, nada Murray-. Me tiene harta. Cualquier emoción sencilla, natural, ay, y dices que es victoriana. Hoy todo el mundo parece empeñado en despreciar cualquier cosa victoriana. ¿Saben de lo que hablan? Pues a mí me gustan las cosas decentes y sensatas, si eso es victoriano...

-Emily, Emily, ¿tú crees que a la tía Elizabeth le parecería decente o sensato estar locamente enamorado?

Las dos muchachas se rieron y así se aflojó la súbita tensión.

-¿No te vas, no, Emily?

-Claro que sí. ¿Te parece que me voy a quedar a jugar al tercero en discordia a esta hora?

-Ya estás otra vez. ¿Y a ti te parece que yo quiero encerrarme toda una tarde con un Teddy para mí sola? Nos pelearemos cada dos o tres minutos por cualquier cosa. Claro que las peleas son divinas. Animan la vida. Yo necesito una por semana. Tú bien sabes que disfruto mucho de una buena pelea. ¿Recuerdas cómo peleábamos tú y yo? Últimamente no eres muy buena para eso. Y Teddy tampoco se entrega con toda el alma. Perry sí, él sí sabía pelear. Piensa en las maravillosas trifulcas que habríamos tenido Perry y yo. Nuestras discusiones habrían sido de maravilla. Nada mezquino ni a medias tintas. ¡Y cómo nos habríamos amado entre una y otra!

¡Ay, ay, ay!

-¿Todavía sigues pensando en Perry Miller? -preguntó Emily, enojada.

-No, criatura. Pero tampoco estoy loca por Teddy. Después de todo, el nuestro es un amor de segunda mano de ambas partes, tú lo sabes. Sopa fría recalentada. No te preocupes. Seré una buena esposa para él. Lo mantendré mucho mejor en camino así, que si lo creyera poco menos que un ángel. No sirve pensar que un hombre es perfecto porque, naturalmente, él está convencido de que lo es y, cuando encuentra a alguien que está de acuerdo con él, tiende a descansar sobre sus laureles. Me irrita bastante que todo el mundo piense que tengo tanta suerte de haber "pescado" a Teddy para marido. Viene la tía Ida Mitchell: "Te conseguiste un marido perfecto, Ilse"; viene Bridget Mooney, de lavar pisos en Stovepipe Town: "Caramba, señorita, qué hombre se lleva". "Hermanas por debajo de la piel", como te darás cuenta. Teddy es un buen hombre, en especial desde que se dio cuenta de que no es el único hombre del mundo. En algún lugar aprendió buen juicio. Me gustaría saber qué mujer se lo enseñó. Ah, hubo alguien. Me contó algo del asunto, no mucho, pero sí suficiente. Ella lo despreciaba todo el tiempo y luego, después de haberle hecho creer que se interesaba en él, lo desairó sin más ni más. Ni siquiera le contestó la carta en la que él le decía que la amaba. Odio a esa muchacha, Emily, ¿no es extraño?

-No la odies -dijo Emily, con voz cansina-. Tal vez no sabía lo que estaba haciendo.

-La odio por haber tratado así a Teddy. Aunque le hizo mucho bien. ¿Por qué la odio, Emily? Emplea tu renombrada habilidad en análisis psicológico y explícame este misterio.

-La odias porque... para utilizar cierta cruda expresión que hemos escuchado a menudo... estás tomando lo que ella dejó.

-¡Eres un demonio! Supongo que sí. ¡Qué feas resultan algunas cosas cuando uno investiga un poco! Yo me vanagloriaba de que era un odio noble porque ella lo había hecho sufrir a Teddy. Después de todo, los victorianos tuvieron razón en tapar tantas cosas. Las cosas feas tienen que ser escondidas. Ahora véte a tu casa si tienes que irte, que yo trataré de parecer alguien a punto de recibir una bendición.

II

Con Teddy vino Lorne Halsey, el gran Halsey, que a Emily le gustó mucho, a pesar de su fealdad. Un individuo de aspecto cómico con ojos vitales y burlones que parecía mirarlo todo en general y la boda de Frederick Kent en particular como una gran broma. Por alguna razón esa actitud hizo las cosas un poco más fáciles para Emily. Ella estuvo muy brillante y alegre en los atardeceres que pasaron juntos. Le tenía pánico al silencio en presencia de Teddy. "Nunca estés en silencio con la persona que amas y de la cual desconfías", le había dicho una vez el señor Carpenter. "El silencio traiciona".

Teddy era muy amable, pero su mirada siempre omitía a Emily. Una vez, cuando iban todos caminando por el viejo parque crecido y bordeado de sauces de la propiedad de los Burnley, a Ilse se le ocurrió la feliz idea de elegir una estrella favorita.

-La mía es Sirio. ¿La tuya, Lorne?

-Antares, de Escorpión, la estrella roja del sur -dijo Halsey.

-Bellatrix, de Orion -se apresuró a decir Emily. Nunca antes había pensado en Bellatrix, pero no osó vacilar ni un segundo delante de Teddy.

-Yo no tengo una estrella favorita, pero hay una sola que odio. Vega de la Lira -dijo Teddy en voz queda. Su voz sonó cargada de significado, lo cual al instante puso incómodo a todos los demás aunque ni Halsey ni Ilse supieron por qué.

No se dijo nada más de las estrellas. Pero Emily se quedó mirándolas hasta que desapareció la última, al alba.

III

Tres noches antes de la boda, todo el mundo se escandalizó en Blair Water y en Derry Pond porque habían visto a Ilse Burnley paseando con Perry Miller en su nuevo auto liviano a una hora poco apropiada. Cuando Emily se lo reprochó, Ilse lo admitió con frialdad.

-Claro que fui. Había pasado una velada tan aburrida con Teddy. Empezamos bien, con una discusión sobre mi chow azul. Teddy dijo que lo quería más al perro que a él. Le dije que por supuesto. Se puso furioso, aunque no me creyó. Teddy está convencido de que me muero por él, razonamiento típico en un hombre.

'Un perro que en su vida corrió a un gato', dijo, despectivo.

-Entonces nos enfurruñamos por el resto de la tarde. A las once se fue a su casa sin darme un beso. Yo decidí hacer algo tonto y hermoso por última vez, así que me eché a caminar con intención de dar una preciosa caminata por las dunas. Perry apareció en su auto, cambié de idea y me fui a dar un paseo con él a la luz de la luna. Todavía no estoy casada. No me mires así. Nos quedamos sólo hasta la una y además nos portamos muy bien, muy decentemente. Sólo que en un momento me pregunté... qué pasaría si de pronto yo dijera "Perry, querido, tú eres el único hombre que me ha importado en la vida. ¿Por qué no nos casamos?" Me pregunto si cuando tenga ochenta años no me arrepentiré de no haberlo dicho.

-Me dijiste que lo de Perry se te había pasado.

-Pero, ¿me creíste? Emily, gracias a Dios que no eres una Burnley.

Emily reflexionó con amargura que no era mucho mejor ser una Murray. De no haber sido por su orgullo Murray, habría ido a Teddy la noche en que él la llamó, y mañana ella sería la novia, y no Ilse.

Mañana. Era mañana, el mañana en el que tendría que estar cerca de Teddy y escuchar cuando él jurara devoción eterna a otra mujer. Todo estaba preparado. La comida de la boda había conformado hasta al doctor Burnley, quien había decretado que tenía que ser "un buen banquete de bodas, como los de antes, nada de esas cosas modernas de ahora. Tal vez la novia y el novio no quieran comer mucho, pero el resto de nosotros seguimos teniendo estómago. Y ésta es la primera boda en años. En un aspecto, al menos, nos estábamos pareciendo demasiado al cielo: ni nos casábamos ni dábamos en casamiento. Quiero multiplicarme. Y dile a Laura que, por lo que más quiera, no llore en la boda".

De manera que las tías Elizabeth y Laura se ocuparon de que, por primera vez en veinte años, la casa de los Burnley tuviera una limpieza a fondo, de pies a cabeza. El doctor Burnley le dio las gracias a Dios imperativamente, porque sólo tenía que pasar una vez por esto, pero nadie le prestó la menor atención. Elizabeth y Laura se mandaron hacer vestidos nuevos de satén. Hacía tanto tiempo que no tenían ninguna excusa para hacerse vestidos nuevos de satén.

La tía Elizabeth hizo las tortas de boda y se ocupó de los pollos y los jamones. Laura hizo cremas, gelatinas y ensaladas, y Emily las llevó a lo de los Burnley, preguntándose por momentos si no iba a despertar antes de... antes de...

-Me alegraré cuanto termine todo este alboroto -gruñó el primo Jimmy-. Emily se está matando de trabajo... ¡mírenle los ojos!

IV

-Quédate conmigo esta noche, Emily -rogó Ilse-. Juro que no te mataré hablando y que no voy a llorar tampoco.

Aunque reconozco que si esta noche pudiera consumirme como una vela, sería feliz. Jean Askew fue la dama de honor de Milly Hyslop y pasó la noche antes de la boda con ella, y las dos lloraron durante toda la noche. Imagínate semejante orgía de lágrimas. Milly lloraba porque se casaba y supongo que Jean habrá llorado porque no se casaba. Gracias al cielo, Emily, que tú y yo nunca fuimos lloronas. Somos más propensas a pelear que a llorar, ¿no? ¿Vendrá mañana la señora Kent? No lo creo. Teddy dice que ella ni habla de la boda. Aunque dice que parece extrañamente cambiada, más suave, más tranquila, más como otras mujeres. Emily, ¿te das cuenta de que mañana a esta hora seré Ilse Kent?

Sí, Emily se daba cuenta.

No dijeron más. Pero dos horas más tarde, cuando Emily, en su vigilia, supuso que la inmóvil Ilse estaba profundamente dormida, ésta de pronto se incorporó en la cama y le agarró la mano a Emily en la oscuridad.

-Emily, si una pudiera quedarse dormida soltera y despertarse casada... qué lindo sería.

V

Era el amanecer... el amanecer del día de la boda de Ilse. Ésta dormía cuando Emily se levantó de la cama y se acercó a la ventana. El alba. Un grupo de pinos oscuros en un trance de calma, junto al lago de Blair Water. El aire trémulo con música mágica, el viento aventando las dunas, danzarinas olas de ámbar en el puerto, el encendido cielo del este, el faro del puerto blanco como una perla contra el cielo etéreo, más allá todo el campo azul del mar con sus brotes de espuma y detrás del fulgor dorado que bañaba la colina de Tansy Patch, Teddy... despierto... esperando... recibiendo el día que le daría el deseo de su corazón. El alma de Emily estaba vacía de todo deseo, esperanza o añoranza, excepto que terminara ese día.

"Es un consuelo", pensó, "que algo sea irrevocable".

-Emily... Emily.

Emily se apartó de la ventana.

-Es un día precioso, Ilse. El sol brillará sobre ustedes. Ilse... ¿qué te pasa? ¡Ilse... estás llorando!

-No puedo... evitarlo -gimió Ilse-. Parece que, al final de cuentas, es justo e inevitable. Que Milly me disculpe. Pero... tengo tanto miedo. Es una sensación horrible. ¿Te parece que serviría de algo si me tiro al piso y me pongo a gritar?

-¿A qué le tienes miedo? -preguntó Emily, algo impaciente.

-Ay -Ilse saltó de la cama, desafiante-... tengo miedo de sacarle la lengua al ministro. ¿A qué, si no?

VI

¡Qué mañana! A Emily siempre le pareció el recuerdo de una pesadilla. Los invitados de la familia llegaron temprano. Emily los fue recibiendo hasta que sintió que se le había congelado la sonrisa en la cara. Había una cantidad interminable de regalos para desenvolver y ordenar. Antes de vestirse, Ilse bajó a verlos, indiferente.

-¿Quién mandó ese juego de té? -preguntó.

-Perry -dijo Emily. Lo había ayudado a elegirlo. Un juego delicadísimo con un bonito diseño antiguo de rosas. Una tarjeta con la escritura personalísima de Perry en tinta negra: "Para Ilse, con los mejores deseos de su viejo amigo Perry".

Deliberadamente Ilse tomó las piezas una por una y las hizo pedazos contra el piso antes de que la atónita Emily pudiera impedírselo.

-¡Ilse ! ¿Te volviste loca?

-¡Sí! ¡Qué delicia! Barre los pedazos, Emily. Esto fue tan bueno como gritar tirada en el suelo. Mejor. Ahora puedo seguir adelante con todo.

Emily se deshizo de los pedazos justo a tiempo. La señora Clarinda Mitchell llegaba ondulándose con su traje de muselina celeste y una chalina color cereza. Era una afable prima política, sonriente y de buen corazón. Todo le interesaba. ¿Quién le regaló esto? ¿Quién le mandó esto otro?

-Va a ser una novia tan preciosa -parloteaba la señora Clarinda-. Y Teddy Kent es un muchacho tan encantador. De verdad que es un matrimonio ideal, ¿no le parece? ¡De esos que uno lee en las revistas! Las bodas como ésta me encantan. Agradezco a las estrellas no haber perdido el interés en las cosas de los jóvenes cuando perdí la juventud. Todavía me quedan muchos sentimientos, y no me da vergüenza mostrarlos. ¿De verdad las medias del traje de novia de Ilse le costaron catorce dólares?

La tía Isabella Hyslop, Mitchell de soltera, estaba taciturna. Se había ofendido porque habían puesto su costoso regalo de copas para helado en cristal tallado junto al ridículo juego de anticuadas carpetitas en crochet de la prima Annabel. Era propensa a ver el lado pesimista de las cosas.

-Espero que todo salga bien. Pero tengo la incómoda sensación de que va a haber problemas, una especie de presentimiento, por así decirlo. ¿Usted cree en las señales? Un inmenso gato negro se nos cruzó por delante cuando veníamos por el valle. Y justo en ese árbol, cuando doblamos en el camino, había un pedazo de un viejo cartel de las elecciones que decía "Ruina Azul" en letras negras de casi diez centímetros de alto saltando a la vista.

-Eso podía significar mala suerte para usted, pero difícilmente para Ilse.

La tía Isabella sacudió la cabeza. Se negaba a que la consolaran.

-Dicen que el traje de novia es algo como no se vio igual en la Isla del Príncipe Eduardo. ¿A usted le parece conveniente tanta extravagancia, señorita Starr?

-Lo más caro fue el obsequio de las viejas tías abuelas de Ilse de Escocia, señora Mitchell. Y, en la mayoría de los casos, uno se casa una sola vez en la vida.

A lo cual Emily recordó que la tía Isabella se había casado tres veces y se preguntó si la magia de gatos negros no tenía algo de cierto, después de todo.

La tía Isabella se alejó fríamente y se la oyó decir más tarde que "esa muchacha Starr está realmente insoportable desde que le publicaron un libro. Se cree con derecho a insultar a cualquiera".

Antes de tener tiempo de agradecerle a las hadas por su libertad, Emily cayó en las garras de más parientes Mitchell. A esta tía no le gustaba el regalo de otra tía: un par de ornamentados floreros de cristal de Bohemia.

-Bessie Jane nunca tuvo mucho juicio. Qué elección tonta. Es seguro que los niños van a desenganchar esos prismas y perderlos.

-¿Qué niños?

-Los niños que van a tener, por supuesto.

-La señorita Starr va a poner eso en un libro, Matilda -le advirtió su marido, riendo. Luego volvió a reír y le susurró a Emily:

-¿Por qué no es usted la novia hoy? ¿Cómo hizo Ilse para desplazarla, eh?

VII

Emily dio gracias cuando la llamaron desde arriba para ayudar a Ilse a vestirse. Aunque ni siquiera ahí las tías y primas dejaban de desfilar diciendo cosas que la distraían.

-Emily, ¿recuerdas el día de nuestro primer verano juntas, cuando peleamos por el honor de hacer el papel de la novia en uno de nuestros juegos teatrales? Bueno, me siento como si estuviera haciendo el papel de la novia. Esto no es real.

Emily también sentía que no era real. Pero pronto, muy pronto ya, todo habría acabado y podría quedar felizmente sola. Y, vestida, Ilse era una novia tan hermosa que justificaba todo el alboroto de la boda. ¡Cómo la amaría Teddy!

-¿No parece una reina? -susurró la tía Laura, con amor.

Emily, que se había puesto su vestido color azul azucena, le dio un beso a la mejilla virginal y ruborizada bajo el velo nupcial recamado de perlas.

-Ilse, querida, no me desahucies por victoriana, pero quiero decirte que espero que seas feliz "por siempre jamás".

Ilse le apretó la mano, pero rió con una risa demasiado alta.

-Espero que cuando la tía Laura dice que parezco una reina no esté pensando en la Reina Victoria -susurró-. Tengo la terrible sospecha de que la tía Janie Milburn está rezando por mí. La expresión la traicionó cuando vino a darme un beso. Siempre me puso furiosa sospechar que la gente reza por mí. Emily, hazme un último favor. Saca a todo el mundo de esta habitación, a todo el mundo. Quiero estar sola, absolutamente sola, unos minutos.

De alguna manera, Emily lo consiguió. Las tías y primas volaron escaleras abajo. El doctor Burnley esperaba impaciente en el vestíbulo.

-¿No tendrían que estar listas? Teddy y Halsey están esperando la señal para bajar a la sala.

-Ilse quiere quedarse unos minutos sola. Ay, tía Ida, me alegro tanto de que haya podido llegar -le dijo a una señora obesa que subía las escaleras jadeando-. Teníamos miedo de que hubiera pasado algo que le impidiera venir.

-Pasó -jadeó la tía Ida, que en realidad era tía segunda. A pesar de estar sin aliento, la tía Ida estaba contenta. Siempre adoraba ser la primera en contar las noticia, en especial las malas-. Y el doctor no venía, así que tuve que tomar un taxi. Ese pobrecito Perry Miller, ¿lo conoce, no? Un muchacho tan joven y tan inteligente, murió en un choque hace una hora.

Emily ahogó un grito y dirigió una mirada desesperada hacia la puerta de Ilse. Estaba apenas entreabierta. El doctor Burnley decía:

-¡Perry Miller muerto! ¡Dios santo, qué espantoso!

-Bueno, casi muerto. Para ahora sí ha de estar muerto, estaba inconsciente cuando lo sacaron del auto. Lo llevaron al hospital de Charlottetown y mandaron buscar a Bill, que salió a las disparadas, por supuesto. Es una suerte que Ilse no se case con un médico. ¿Tengo tiempo de quitarme estas cosas antes de la ceremonia?

Emily hizo a un lado su angustia por Perry, acompañó a la tía Ida al cuarto de huéspedes y volvió al doctor Burnley.

-Que Ilse no se entere -le advirtió, innecesariamente-. Le estropearía la boda... ella y Perry eran muy amigos. ¿No seria mejor que se apresurara un poco? Ya es tarde.

Sintiéndose más que nunca inmersa en una pesadilla, Emily recorrió el vestíbulo y golpeó a la puerta de Ese. No hubo respuesta. Abrió la puerta. Sobre el piso, en un montoncito desolado, estaban el velo nupcial y el valiosísimo ramo de orquídeas que le había costado a Teddy más de lo que cualquier novia Murray o Burnley había pagado nunca por todo su ajuar, pero Ilse no aparecía por ningún lado. Había una ventana abierta, la que daba a la puerta de la cocina.

-¿Qué pasa? -preguntó el doctor Bumley, impaciente, acercándose a Emily-. ¿Dónde está Ilse?

-Se... fue -dijo Emily, como una tonta.

-¿Adónde se fue?

-A ver a Perry Miller. -Emily lo sabía perfectamente. Ilse había oído lo que contó la tía Ida y...

-¡Mierda! -dijo el doctor Burnley.

VIII

En pocos momentos, la casa fue el escenario de consternados y azorados invitados a la boda que no paraban de hablar y de hacer preguntas. El doctor Burnley perdió la cabeza, perdió la compostura y recorrió todo su repertorio de imprecaciones, sin preocuparse por la presencia de damas.

Hasta la tía Elizabeth estaba paralizada. No había antecedentes para tomar como referencia. Claro que Juliet Murray se había escapado para casarse. Pero se había casado. Nunca ninguna novia de la familia había hecho algo así. Sólo Emily conservaba un cierto grado de pensamiento y acción racionales. Ella averiguó de boca del joven Rob Mitchell cómo se había ido Ilse. Él estaba estacionando su auto en el establo cuando ella...

-La vi saltar de esa ventana con la cola del traje de novia echada sobre un hombro. Se deslizó por el techo y saltó al suelo, como un gato, corrió hasta el camino, se metió en el auto de Ken Mitchell y salió disparada como si la persiguiera el diablo. Pensé que se había vuelto loca.

-Y así fue, en cierto sentido. Rob, ve a buscarla. Espera, haré que el doctor Burnley te acompañe. Yo tengo que quedarme aquí a ocuparme de esto. Ay, ve lo más rápido que puedas. Son apenas veinte kilómetros hasta Charlottetown. Puedes ir y volver en una hora. Tienes que traerla... les diré a los invitados que esperen...

-No vas a poder salvar este lío, Emily -profetizó Rob.

IX

Pasó una hora. Pero el doctor Burnley y Rob regresaron solos. Ilse no quería venir, así de sencillo. Perry Miller no había muerto, ni siquiera estaba seriamente herido, pero Ilse no quería venir. Le dijo a su padre que iba a casarse con Perry Miller y con nadie más.

El doctor fue el centro de un grupito de mujeres desoladas y llorosas en el vestíbulo de arriba. La tía Elizabeth, la tía Laura, la tía Ruth, Emily.

-Supongo que si su madre viviera, esto no habría sucedido -dijo el doctor, aturdido-. Nunca creí que le interesara Miller. Qué lástima que nadie le torció el pescuezo a tiempo a Ida Mitchell. Ah, sí, llora, llora -le dijo, feroz, a la pobre tía Laura-. ¿De qué te va a servir moquear? ¡Qué lío de mierda! Alguien_ tiene que decírselo a Kent, supongo que me corresponde a mí. Y esos tontos aturullados a los que hay que dar de comer. La mitad vino para eso. Emily, tú pareces la única persona con una pizca de sentido común en el mundo. Ocúpate de todo, sé buena.

Emily no era de temperamento histérico, pero por segunda vez en su vida sintió que lo único que podía hacer era pegar un alarido lo más largo y alto que pudiera. Las cosas habían llegado a un punto en el que sólo gritar despejaría el aire. Sin embargo, hizo ubicar a los invitados en las mesas. La conmoción se calmó un poco cuando vieron que no se iban a quedar sin nada. Pero el banquete de la boda no fue precisamente un éxito.

Hasta los que tenían hambre tuvieron la incómoda sensación de que no era apropiado comer con ganas en esas circunstancias. Nadie lo disfrutó, excepto el viejo tío Tom Mitchell, que francamente iba a las bodas por las vituallas y a quien no le interesaba si había ceremonia o no. Las novias iban y venían, pero una buena comida era otra historia. De modo que se dedicó a comer, deteniéndose de vez en cuando para sacudir la cabeza con gesto solemne y preguntar: "¿Adónde van a llegar las mujeres?".

La prima Isabella quería hablar de sus presentimientos, pero nadie la escuchaba. La mayoría de los invitados temía hablar, por temor a decir algo impropio. El tío Oliver reflexionó que había visto muchos banquetes de velorios más alegres. Las camareras estaban nerviosas y agitadas y cometieron ridículos errores. La señora Derwent, la joven, bonita esposa del nuevo ministro, parecía a punto de llorar, no, a decir verdad, tenía los ojos llenos de lágrimas. Tal vez había hecho planes con la propina que recibiría su marido por la boda. Tal vez su pérdida significara que se quedaba sin sombrero nuevo. Emily, que la miró al pasar una gelatina, tuvo ganas de echarse a reír, un deseo tan histérico como su deseo de gritar. Pero ninguno de los dos deseos se vio en su cara fría y blanca. La gente de Shrewsbury dijo que se la había visto tan desdeñosa e indiferente como siempre. ¿Había algo que la conmoviera a esta muchacha?

Y por debajo de todo, ella tenía aguda conciencia de sólo una pregunta: "¿Dónde estaba Teddy? ¿Qué sentía, qué pensaba, qué hacía?". Odiaba a Ilse por haberlo lastimado así, por haberlo avergonzado. No veía cómo podían seguir las cosas después de esto. Era uno de esos hechos que tienen que detener el tiempo.

X

-¡Qué día! -sollozó la tía Laura mientras volvían caminando a casa, a la luz del ocaso-. ¡Qué vergüenza! ¡Qué escándalo!

-Allan Burnley es el único culpable -dijo la tía Elizabeth-. Le ha permitido a Ilse hacer cualquier cosa que se le ha ocurrido durante toda su vida. Nunca se le enseñó el menor control de sí misma. Toda la vida hizo lo que se le ocurrió, cada vez que se encaprichó con algo. No tiene el menor sentido de la responsabilidad.

-Pero si amaba a Perry Miller -adujo Laura.

-¿Entonces por qué se comprometió en matrimonio con Teddy Kent? ¿Y por qué le hizo esto? No, Ilse no tiene excusa. ¡Qué una Burnley encuentre esposo en Stovepipe Town!

-Alguien tendrá que ocuparse de devolver los regalos -gimió Laura- Cerré con llave la puerta de la habitación donde quedaron. Uno nunca sabe... en estos momentos...

Emily se encontró, al fin, a solas en su dormitorio, demasiado atontada, conmovida y agotada para sentir demasiado. Una pelota inmensa, redonda y rayada se desperezó sobre su cama y abrió las mandíbulas rosadas.

-Flor -dijo Emily, en voz queda-, tú eres lo único en el mundo que no falla.

Pasó una muy mala noche, en vela, y cayó en un breve sopor cerca del alba. Cuando despertó, la esperaba un nuevo mundo que había que acomodar. Y estaba demasiado cansada para tener ganas de acomodarlo.

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