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CAPÍTULO V Pasó el tiempo, y Bambi tuvo muchas aventuras y recogió numerosas experiencias. Cada día le traía algo nuevo. A veces se sentía verdaderamente aturdido por la gran cantidad de cosas que tenía que aprender. Ahora sabía escuchar; y no sólo reconocía los ruidos muy próximos; en esto no había ningún mérito. Bambi podía reconocer el susurro más suave, el ruido más distante. Su oído percibía hasta el más leve suspiro venido en alas del viento. Sabía, por ejemplo, que un faisán acababa de pasar corriendo por entre unas matas próximas. Reconocía claramente el andar suave y veloz alternado con paradas bruscas. Descubría el ruido hecho por los ratones que corrían de un lado para el otro por diminutos senderos. Estaba familiarizado con el pataleo característico de los topos, que cuando se sentían de buen humor jugaban persiguiéndose mutuamente entre las matas más grandes, produciendo apenas un ligero crujido. Oía el grito agudo y chillón del halcón, y hasta se daba cuenta, cuando el grito era colérico, de que algún gavilán o un águila debían estar cerca; el halcón se encolerizaba porque temía que fuesen a arrebatarle la posesión de sus dominios. Bambi conocía el aleteo de las palomas del bosque, el bello, claro y agudo grito de los ánades y muchos otros más. Además, también había aprendido a ventear, y pronto sabría hacerlo tan perfectamente como su madre. Ahora tomaba el aire y al mismo tiempo lo analizaba con los sentidos. “Esto que huelo es trébol y pasto —pensaba cuando el viento soplaba desde las praderas—. Y la amiga liebre anda por allí; desde aquí la huelo perfectamente.” También se daba cuenta, a través del olor característico de las hojas y de la tierra, del puerro silvestre y de la mostaza, cuando pasaba el hurón. Podía decir, apoyando el hocico en la tierra y aspirando fuertemente, si el zorro estaba fuera de la madriguera; también sabía cuando alguno de su familia, tía Ena y los chicos, cataban cerca. Bambi empezaba a tomarle gusto a la noche, y ya no le agradaba tanto ir a correr por la pradera a plena luz del día. Permanecía de buena gana echado junto a su madre durante todo el día, a la sombra de los árboles y arbustos que rodeaban el claro. Se quedaba absorto, escuchando el sonido característico que flotaba en el aire cálido, y terminaba por dormirse. De vez en cuando se despertaba, escuchaba y tomaba el aire para ver cómo andaban las cosas. Todo se hallaba sin novedad. Sólo los paros estaban charlando entre sí; las moscas de agua, que raramente permanecían quietas, zumbaban sin tregua; mientras las palomas no cesaban un instante de expresar, susurrando, la extática ternura que les llenaba el corazón. Pero, ¿qué le importaba a él todo eso? Bambi se echaba a dormir nuevamente. Poco a poco, la noche fue gustándole cada vez más. Entonces el bosque se llenaba de vida y movimiento. Naturalmente, también de noche tenía que estar alerta; pero no tanto como en las horas del día. Podía ir donde se le antojaba. Y adondequiera que fuese, se encontraba con conocidos. Estos también demostraban estar más tranquilos de noche que de día. Por la noche el bosque se llenaba de solemnidad y silencio. Sólo se dejaban oír algunas voces resonando con fuerza en la calma remante, que se diferenciaban de las voces diurnas y dejaban ciertamente una impresión, más profunda. Bambi simpatizaba mucho con la lechuza. Le gustaba su manera de volar, tan maravillosamente silenciosa. Hacía tan poco ruido como la misma mariposa, y sin embargo era tan desmesuradamente grande, comparada con ella. Tenía además la lechuza unas facciones notables, muy pronunciadas, que daban la impresión de estar siempre sumida en profundas meditaciones. ¡Y qué ojos tan hermosos! Bambi admiraba su mirada firme, llena de serena valentía. Le gustaba oírla cuando hablaba con su madre o con cualquier otro habitante del bosque. En estas ocasiones Bambi se quedaba un poquito a un costado, porque no dejaba de tener un poco de miedo a las miradas de esos ojos que admiraba tanto. No entendía la mayor parte de las cosas que decía, pero lo mismo tenía la seguridad de que eran cosas sabias, que le gustaban y le llenaban de respeto hacia ella. Muchas veces había oído ulular a la lechuza. “¡Huuaah!-¡Ha!-¡Ha!-¡ah!”, gritaba. Su grito era muy diferente del canto de los zorzales o de los verderones, diferente de las notas amistosas del cuclillo; pero a Bambi le gustaba ese ulular, lo encontraba lleno de misteriosa importancia, de inexpresable sabiduría y de una melancolía extraña. También conocía al mochuelo, un individuo pequeño, lleno de animación, muy alegre, y en extremo curioso. “¡Oi-yiik! ¡oi-yiik!”, gritaba con voz aguda, terriblemente penetrante. Daba la impresión, al gritar, de que estaba a punto de morir. Pero, todo lo contrario, se encontraba con muy buena salud y muy alegre; y cuando se daba cuenta de que con su grito había asustado a alguien, no podía dejar de expresar la gracia que eso le causaba. “¡Oi-yiik! ¡oi-yiik!”, gritaba con tal potencia, que en el bosque se le oía en una milla a la redonda, y enseguida rompía a reír con una voz suave que sólo podía oírse poniéndose muy cerca de él. Bambi descubrió que el mochuelo se ponía contento cada vez que asustaba a alguien, o cuando le alarmaba haciéndole pensar que le ocurría algo malo. Desde entonces, todas las veces que le encontraba, corría a su encuentro para preguntarle “¿Qué te pasa?”, o para decirle con un suspiro: “¡Oh, qué susto más grande me has dado!” Y entonces el mochuelo no cabía en sí de gozo. —¡Oh, sí! —admitía el mochuelo riendo con satisfacción—; mi grito es verdaderamente horripilante. Y, orgulloso con el efecto obtenido, hinchaba el plumaje hasta quedar convertido en una pelota de color blanco grisáceo, verdaderamente hermoso. Entre otras cosas, Bambi tuvo la experiencia de dos o tres tormentas, desencadenadas de día y también por la noche. La primera fue durante el día; al ver que el refugio del claro iba poniéndose cada vez más oscuro, el pobre no pudo menos que sentirse aterrorizado. Era como si las tinieblas de la noche hubiesen cubierto al cielo en pleno día. Cuando la tempestad rugiente se desencadenó sobre el bosque y los árboles empezaron a gemir en voz alta, Bambi tembló poseído de terror. Y cuando relumbró el relámpago y el trueno retumbó, se quedó paralizado por el espanto, creyendo sin duda que era llegado el fin del mundo. Corrió tras de su madre, que se había incorporado, algo intranquila, y se paseaba de un lado a otro por la espesura. Bambi no podía pensar ni comprender nada. La lluvia caía a torrentes. Todo el mundo había corrido en busca de refugio; el bosque estaba desierto. Pero aun refugiándose no había manera de escapar a la lluvia. El agua penetraba hasta en las partes más tupidas de la espesura. Por fin cesaron los relámpagos y los tremendos rayos dejaron de relumbrar en las copas de los árboles. El trueno amenguó hasta perderse en la lejanía. Bambi siguió oyéndolo lejos; pero pronto cesó por completo. La lluvia caía ahora con mayor suavidad; las gotas de agua siguieron golpeteando a su alrededor durante una hora más. Todos los habitantes del bosque respiraban ya más tranquilos, esperando con calma a que cesase de llover. Ya nadie tenía miedo de salir; era como si la misma lluvia les hubiese limpiado el ánimo de los terrores pasados. Bambi y su madre no habían ido nunca al prado tan temprano como aquella tarde. Aun no había empezado siquiera a oscurecer. El sol todavía estaba alto en el cielo, el aire era extremadamente fresco, y en el ambiente se respiraba un aroma más dulce que de costumbre; el bosque resonaba con mil voces, porque todo el mundo había abandonado su refugio para ir corriendo, excitado, de un lado para otro, contando lo que acababa de suceder. Antes de salir al prado, madre e hijo pasaron junto al gran roble que estaba cerca del lindero del bosque, junto al sendero. Cada vez que se dirigían al prado tenían que pasar junto a ese árbol, enorme y majestuoso. Esta vez vieron sentada en una de sus ramas a la ardilla, que les saludó amablemente. Bambi era muy amigo de la ardilla. La primera vez que la vio la confundió con un ciervo muy pequeño, debido a su pelambre roja, y se quedó mirándola presa de estupefacción. Pero en aquel entonces Bambi era apenas una criatura y no sabía nada de nada. La ardilla le gustó mucho desde el primer momento. Era muy bien educada, y conversaba con locuacidad. Además, a Bambi le gustaba ver con cuánta facilidad podía trepar, saltar, doblarse en las posturas más extraordinarias, y cuan maravillosamente podía conservar el equilibrio dondequiera que se encontrase. En medio de una conversación la ardilla se ponía a subir y bajar por el liso tronco del árbol como si fuese la cosa más fácil del mundo. O si no, se sentaba sobre los cuartos traseros en una rama móvil, mantenía el equilibrio, se hamacaba plácidamente valiéndose de su cola peluda que tan bien lucía en la parte posterior de su cuerpo, mostraba el blanco pecho juntaba elegantemente las patas delanteras, hacía varias inclinaciones de cabeza a un lado y al otro, sonreía con sus ojos risueños, y, en un tris, decía una serie de cosas cómicas e interesantes. Enseguida volvía a descender del árbol, tan velozmente y con tales saltos, que uno temía verla romperse la crisma. Crispando nerviosamente la larga cola, ahora les saludó desde arriba: —¡Buenos días! ¡Buenos días! Sois muy amables viniendo a visitarme otra vez. Bambi y su madre se detuvieron. La ardilla descendió por el liso tronco del árbol. —Y bien —agregó— ¿salisteis bien librados del temporal? Pero es claro; veo que estáis espléndidamente de salud. Eso es lo principal. Volviendo a subir por el tronco con la velocidad de un rayo, prosiguió: —Allí abajo está demasiado húmedo para mí. Mirad, voy a buscarme un sitio mejor. Espero que no lo tomaréis a mal. Gracias; ya sabía que no os importaría. Aunque yo esté aquí podemos seguir conversando perfectamente. La ardilla no podía estar un solo momento inmóvil. Corriendo de un extremo a otro de una rama lisa y recta, añadió: —Sí, sí; fue algo bastante feo. ¡Qué estruendo terrible! Vosotros no podéis daros cuenta de lo asustada que yo estaba. Me quedé inmóvil, pegada a un rincón como un ratoncito, y no me atreví a moverme, rogando por que no fuese a sucederme nada malo. Ah, mi árbol es un refugio maravilloso para esos casos. No se puede negarlo; es verdaderamente maravilloso. Tengo que decirlo: estoy satisfechísima con él. Y no he deseado cambiarlo por otro desde que vine a habitarlo. Con todo, cuando se desata una tormenta como la de hoy, una pasa un miedo terrible por seguro que sea el lugar en que se encuentra. La ardilla se sentó y extendió la hermosa cola para mantener el equilibrio. Enseñó el pecho blanquísimo, y apoyó las dos patitas delanteras sobre el corazón. Viéndola así, no se podía por menos que creer lo que decía; todavía estaba excitada. —Nosotros ahora vamos a salir a la pradera para secamos al sol —dijo la madre de Bambi. —Buena idea —asintió la ardilla—; es usted muy inteligente. Yo siempre elogio su talento —dijo, y se instaló de un salto en una rama más alta—. No podrían ustedes hacer nada mejor en estos momentos que salir al prado —agregó desde ese punto más elevado, y enseguida se puso a dar saltos para adelante y para atrás en la copa del árbol—. Yo también me voy a donde pueda encontrar al sol —prosiguió con tono de contento—. Estoy completamente empapada; me voy a subir a lo más alto del árbol —terminó diciendo, sin importarle si le escuchaban o no. La pradera estaba llena de vida. La amiga liebre estaba allí con toda su familia; también estaban la tía Ena con sus hijos y algunos conocidos. Ese día Bambi volvió a ver a los padres, que vinieron del bosque, por direcciones opuestas, caminando lentamente. Y vino también un tercer ciervo. Cada uno caminaba majestuosamente por su lado, recorriendo la pradera en todas direcciones. No prestaban atención en nadie y ni siquiera se hablaban entre sí. Bambi les dirigía frecuentes miradas, llenas de respeto y al mismo tiempo de curiosidad. Después conversó con Falina y Gobo y con otros pequeños. Quiso jugar un poco; los demás consintieron y todos empezaron a correr describiendo un círculo. Falina era la más entusiasta de todos. Incansable, ágil y veloz, se le ocurrían muchas y muy brillantes ideas. Pero Gobo se cansó pronto. El pobrecillo se había asustado mucho con la tormenta; el corazón le había latido con fuerza, y seguía martilleándole aún dentro del pecho. En Gobo había cierta flojedad; pero Bambi le quería porque era bueno y bien dispuesto; además, daba la impresión de estar siempre un poco triste, sin decir nunca la causa de su pena. Pasó el tiempo y Bambi aprendió que la hierba del prado era muy sabrosa, y supo lo dulces y tiernas que eran las hojas jóvenes y el trébol. Cuando iba a recostarse junto a su madre, ocurría con frecuencia que ésta le rechazaba. —Ya no eres pequeñito —le decía. Y a veces hasta le amonestaba severamente con estas palabras: —¡Vete de aquí! ¡Déjame tranquila! Ocurría a veces que la madre se incorporaba en el pequeño claro, siendo pleno día, y se iba a caminar sin fijarse si él la seguía o no. A veces, cuando iban por el sendero, ya tan familiar para Bambi, parecía que la madre no se volvía de propósito, como si no le importase ver si su hijo la seguía o se quedaba atrás. Un día la cierva se fue. Bambi no se explicaba cómo semejante cosa podía ser posible; no se lo explicaba. La verdad era que su madre se había ido, y él estaba solo por primera vez. Vagó sin rumbo fijo y pensativo, preocupado, lleno de ansiedad. Hasta que llegó el momento en que sintió que no podía estar más tiempo sin ella. El pobre empezó a llamarla tristemente. Pero nadie le contestaba; nadie acudía a su llamada. Prestó atención, escuchando, tomando el aire. Mas no podía percibir nada por el olfato. Volvió a llamar. Suavemente, en tono patético, al borde de las lágrimas: —¡Mamá! ¡Mamá! Pero llamó en vano. La desesperación se posesionó de él y ya no pudo permanecer inactivo: se puso a caminar. Recorrió los senderos que ya conocía, deteniéndose de tanto en tanto para llamar a su madre. Avanzó más y más, con paso vacilante, asustado, impotente. Estaba muy deprimido. Siguió caminando, y así se internó por senderos en los que nunca había estado; llegó a sitios desconocidos para él. Ya no sabía a donde ni por dónde iba. De pronto oyó dos voces infantiles parecidas a la suya propia, que llamaban: —¡Mamá! ¡Mamá! Bambi se detuvo y escuchó. Seguramente se trataba de Gobo y Falina. Tenían que ser ellos. Corrió hacia el sitio de donde venían las voces, y pronto vio a través del follaje la roja pelambre de sus primitos. Gobo y Falina estaban muy juntos, debajo de un cornejo, y llamaban plañideramente: —¡Mamá! ¡Mamá! Al oír ruido entre la maleza se pusieron contentísimos. Pero volvieron a desanimarse cuando vieron que sólo se trataba de Bambi. Sin embargo, el hecho de que él también estuviese allí les sirvió un poco de consuelo. En cuanto a él, se alegró de no estar ya completamente solo. —Mi madre se ha ido —dijo a Gobo y Falina. —Y la nuestra también se ha ido —contestó Gobo en tono quejumbroso. Se miraron, completamente desalentados. —¿Dónde pueden estar? —preguntó Bambi. Su voz estaba preñada de lágrimas. —Yo no sé —suspiró Gobo. El corazón le palpitaba con fuerza; se sentía muy desdichado. De pronto Falina dijo: —Yo creo que deben de estar con nuestros padres. Gobo y Bambi la miraron sorprendidos. Estaban estupefactos por lo que acababan de oír. —¿Quieres decir que fueron a visitar a nuestros padres? —preguntó Bambi, y tembló. Falina también temblaba, pero puso cara de persona experimentada que no quiere decir todo lo que sabe. Naturalmente, no sabía nada; ni siquiera sabía cómo acababa de ocurrírsele semejante idea. Pero cuando Gobo repitió: —¿De veras, crees eso? Ella contestó con un aire muy significativo y tono misterioso: —Sí, eso creo. La de Falina era una sugestión tranquilizadora. Pero a pesar de eso Bambi no estaba más tranquilo. Ni siquiera quería meditar en la posibilidad de que la idea de su primita fuese acertada: estaba muy preocupado y triste. Y siguió caminando. No podía permanecer inactivo. Falina y Gobo le acompañaron durante un corto trecho. Los tres iban gritando: —¡Mamá! ¡Mamá! Después Gobo y Falina se detuvieron, sin atreverse a seguir más adelante. Falina dijo: —¿Por qué hemos de seguir caminando más? Mamá sabe dónde estamos. Quedémonos aquí; así podrá encontrarnos cuando regrese. Bambi prosiguió solo. Atravesó unos matorrales y llegó a un claro. Y al llegar al centro del mismo se quedó inmóvil. se sentía como si repentinamente hubiese echado raíces: no podía moverse. En el límite del claro, junto a un alto avellano, había una extraña criatura. Bambi no había visto nunca nada parecido. Al mismo tiempo, en el aire flotaba un olor como jamás percibiera en su vida. Era un olor extraño, pesado y acre, que le excitó hasta el extremo de la locura. Bambi miró a aquel extraño ser, que se mantenía notablemente erguido. Era extremadamente delgado y tenía una cara pálida, completamente sin pelos alrededor de la nariz y de los ojos. Ese rostro inspiraba una especie de miedo, de frío espanto. Era extraordinario el dominio que esa cara ejercía sobre Bambi; mirarla le producía e infundía verdadero terror; sin embargo, se quedó contemplándola fijamente. La extraña criatura estuvo sin moverse. Después estiró una pata desde cerca de su cara. Bambi no se había dado cuenta de la existencia de esa pata en el primer momento. Pero en el preciso momento en que esa terrible extremidad descendía en el aire, él se dio a la fuga, asustado por ese movimiento. Como un relámpago se internó en la espesura y siguió corriendo a gran velocidad. Inesperadamente, y sin saber de dónde había salido, su madre se encontró a su lado, corriendo, saltando por encima de los matorrales. Corrían juntos con la mayor celeridad posible. La cierva se adelantó un poco; ella conocía el camino; Bambi la siguió. Así corriendo hasta llegar al claro. —¿Alcanzaste a verle? —preguntó la madre en voz baja. Bambi no pudo contestar; estaba completamente agitado. Sólo pudo asentir con la cabeza. —Ese es... Él —agregó la cierva. Y los dos no pudieron menos que estremecerse.
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