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CAPÍTULO XXI Una mañana vino que para Bambi fue de dolor. El amanecer gris pálido empezaba a insinuarse por la floresta. Una niebla lechosa se levantaba sobre el prado; la quietud que precede a la luz reinaba en todas partes. Las cornejas todavía no habían despertado, ni tampoco las urracas. Los grajos también seguían durmiendo. La noche anterior Bambi se había encontrado con Falina. Ella le miró tristemente y se mostró muy tímida. —Me siento muy sola —dijo después. —Yo también estoy solo —contestó Bambi con cierta indecisión. —¿Por qué ya no te quedas conmigo? —preguntó apenada la cierva. Y él se afligió al ver tan triste y abatida a la que siempre fuera alegre y animosa Falina. —Quiero estar solo —replicó. Y por muy dulcemente que trató de decirlo, sus palabras resultaron crueles. El mismo las sintió así. Ella le miró y preguntó en voz baja: —¿Me amas todavía? —No lo sé —contestó él en idéntico tono. Ella se alejó silenciosamente, dejándole solo. El se quedó debajo del gran roble al borde del prado y atisbo con cautela, aspirando el aire fresco, puro y sin olores de la mañana, que estaba saturado de la humedad que se desprendía de la tierra, y de la del rocío, del pasto y del bosque. Bambi lo aspiraba a raudales. Y de repente su espíritu se sintió más Ubre de lo que estuviera durante mucho tiempo. Feliz, se encaminó hacia el prado cubierto de niebla. Entonces estalló un ruido parecido al del trueno. Bambi sintió un terrible golpe que le hizo trastabillar. Loco de terror, pegó un salto y volvió al bosque por donde corrió vertiginosamente. No comprendía qué acababa de suceder. No tenía la menor idea. Lo único que podía hacer, era seguir corriendo sin parar. El miedo le oprimía de tal modo el corazón que el aliento le fallaba en su loca y ciega carrera. Después sintió un dolor mortal atravesarle todo el cuerpo; un dolor insoportable. También sintió que una cosa cálida corría por su hombro izquierdo. Era como un hilo de fuego que partía del mismo sitio donde se originaba el dolor que parecía llenarle todo el cuerpo. Bambi tuvo que dejar de correr y se vio obligado a caminar lentamente. Después vio que cojeaba, y se dejó caer. Era muy confortante yacer allí y descansar. —¡Arriba, Bambi! ¡Levántate! El viejo ciervo estaba a su lado y le tocaba suavemente el hombro con el hocico. Bambi quiso contestar: —No puedo. Pero el príncipe repitió: —¡Arriba! ¡Arriba! Y había tal expresión de apremio y de ternura en su voz, que no se atrevió a decirle nada. Hasta el dolor por el cual se sentía atravesado pareció mitigarse por un minuto. El viejo ciervo insistió con ansiedad: —¡Levántate! Debes huir, hijo mío. “¡Hijo mío!” Esas dos palabras parecían habérsele escapado. Bambi estuvo de pie con la velocidad del relámpago. —Bien —dijo el ciervo, respirando con fuerza; y hablando enfáticamente, agregó:— Ahora ven conmigo y quédate muy junto a mí. Con estas palabras emprendió veloz marcha. Bambi le siguió por más que sentía un ardiente deseo de dejarse caer al suelo, para estarse inmóvil y descansar. El viejo príncipe pareció adivinarlo, porque le habló sin dejar de correr: —Ahora tienes que soportar el dolor. No puedes pensar en echarte a reposar. No debes pensarlo, ni por un minuto. Ese pensamiento basta para hacerte sentir cansado. Tienes que ponerte a salvo, ¿me entiendes, Bambi? Tienes que salvarte. De lo contrario estás perdido. Recuerda que Él te persigue, ¿me entiendes? Y si te alcanza, te matará sin piedad. Vamos. Sígueme de cerca. Pronto estarás bien. Tienes que ponerte bien. A Bambi no le quedaban fuerzas ni para pensar; el dolor le quebrantaba todo el cuerpo a cada paso que daba, quitándole el aliento y sumiéndole casi en los abismos de la inconsciencia. El líquido caliente escurría del hombro herido, produciéndole el efecto lacerante de una pena del corazón. El viejo ciervo describió un amplio círculo. Recorrer esa distancia les llevó mucho tiempo. A través del velo de dolor y debilidad en que se sentía envuelto, Bambi no pudo menos que sorprenderse al ver que pasaban de nuevo junto al gran roble. El viejo ciervo se detuvo y olfateó el terreno. —Él está todavía aquí —murmuró—. Estoy seguro: es Él. Y también está su perro. Ven, vámonos, ¡más rápido! Y emprendieron otra vez la huida. De repente el salvador de Bambi volvió a detenerse. —Mira —dijo—; aquí es donde te dejaste caer. Bambi vio los pastos aplastados y un pequeño charco de su propia sangre coagulándose en la tierra. Su acompañante y protector olfateó cautelosamente todo alrededor del lugar. —Él y su perro estuvieron aquí —dijo—. ¡vámonos! Y siguió avanzando, sin dejar de aspirar el aire con fuerza a intervalos regulares. Bambi vio manchas de sangre brillantes en las hojas de los arbustos y en las briznas de hierba. —Ya pasamos una vez por aquí —pensó; pero no pudo hablar. —¡Aja! —dijo el viejo ciervo con entonación jubilosa—. Ahora somos nosotros los que vamos detrás de Él. Siguieron por el mismo sendero durante otro trecho. Después viró bruscamente y empezó a describir otro círculo. Bambi siguió cojeando los pasos de su salvador. Así llegaron nuevamente al gran roble, aunque por el lado opuesto. Por segunda vez pasaron por donde el herido cayera al suelo. Y desde allí el viejo ciervo tomó, otra vez, un camino distinto. —Come esto —dijo inesperadamente, deteniéndose y separando la hierba para dejar en descubierto un par de hojas cortas y de color verde oscuro que crecían muy juntas, pegadas al terreno. Bambi obedeció. Sabían terriblemente amargas y despedían un olor desagradable. —¿Cómo te sientes ahora? —preguntó el ciervo al cabo de un momento. —Mejor —contestó Bambi enseguida. Así, repentinamente, se sentía de nuevo capaz de hablar. Se notaba además los sentidos despejados y la fatiga ya era mucho menor. —Pongámonos en camino otra vez —ordenó el príncipe tras otra pausa. Y cuando ya hacía rato que Bambi le seguía, exclamó: —¡Por fin! Y se detuvieron. —Ya la hemorragia se ha detenido —dijo el ciervo—; ya no te sale más sangre de la herida. Ya no hay peligro de que tus venas queden vacías. Al mismo tiempo, el precioso líquido ya no podrá traicionarte: ya no enseñará a Él y a su perro dónde encontrarte para darte muerte. El salvador de Bambi parecía preocupado, cansado; pero su voz se oyó alegre cuando añadió: —Sigamos; ahora podrás descansar. Así llegaron a un ancho zanjón que Bambi no atravesara nunca; el protector se deslizó por la pared del mismo y el herido trató de seguirlo, cosa que no le resultó difícil. En cambio, nada fácil para él ascender por la pared opuesta. Allí el dolor volvió a lacerarle de nuevo de manera punzante. Tropezó, cayó, se puso otra vez en pie, volvió a tropezar, respirando en forma agitada. —Yo no puedo ayudarte —le dijo su compañero—; tendrás que subir solo. Bambi alcanzó por fin la cima. Ahora sentía otra vez el líquido caliente corriéndole por el hombro y también que las fuerzas volvían a faltarle. —Estás sangrando de nuevo —dijo el ciervo—. Me lo esperaba. Pero no te aflijas: es muy poco —agregó en un susurro—. Y ya no tiene importancia. Caminaron lentamente a través de una arboleda de altísimas hayas. Allí el terreno era llano, parejo. Se podía caminar fácilmente. Bambi sentía un fuerte deseo de echarse a descansar, de estirarse para no volver a incorporarse jamás. Ya no podía seguir andando. Le dolía la cabeza y le zumbaban los oídos. Sentía los nervios vibrantes; la fiebre empezaba a agobiarlo. Delante de sus ojos había oscuridad. Ya no sentía nada fuera del deseo de reposar; al mismo tiempo, estaba estupefacto de ver su vida tan cambiada, tan quebrantada. Recordaba cómo había recorrido el bosque, entero, sano, esa misma mañana. De eso hacía apenas una hora y sin embargo se presentaba a su entendimiento como el recuerdo de un pasado distante, perdido en la bruma de la memoria. Pasaron junto a un bosquecillo de robles enanos y cornejos. Un tronco de haya, enorme, ahuecado, enmarañado por el ramaje de los arbolillos bajos, les cerraba el paso. —Ya llegamos —oyó decir Bambi a su salvador. El viejo ciervo caminó paralelamente a lo largo del caído tronco; Bambi le siguió y casi cayó en un agujero que allí había. —Aquí está —dijo el ciervo al momento—. Puedes echarte aquí. Bambi se echó y no volvió a moverse. El agujero se prolongaba por debajo del tronco formando una especie de cámara. El follaje se cerraba espeso por la parte superior formando como un techo que impedía ver lo que podía haber dentro del hueco. —Aquí estarás a salvo —dijo el viejo príncipe. Pasaron varios días. Bambi yacía sobre la tierra tibia; sobre su cuerpo caían pedazos de la corteza seca del tronco del haya. Sintió que el dolor se intensificaba, para hacerse después menos y menos agudo, hasta que fue desapareciendo paulatinamente. A veces salía del agujero y permanecía tambaleándose sobre las débiles patas. Daba unos pocos pasos, en procura de alimento. Ahora comía plantas que no había visto nunca, que eran gratas a su paladar, y que le atraían con su olor extraño, acre, incitante. Aun le desagradaban muchas de las hojas pequeñas y de los renuevos cortos, duros; pero los comía lo mismo, como si se sintiese obligado a ello. Su herida sanó rápidamente. Y sintió que iba recuperando las fuerzas. Cuando estuvo curado, no por eso abandonó el hueco. De noche salía a caminar un poco; pero durante el día se quedaba tranquilo en su lecho. Bambi no pensó en lo que le había ocurrido hasta que la fiebre no le abandonó por completo. Entonces se despertó en su ánimo un profundo terror, y sintió el corazón estremecido. Por más que quería, no lograba librarse de ese miedo; no podía levantarse y salir a correr como antes. Y se quedaba allí, inmóvil. se sentía alternativamente aterrorizado, avergonzado, estupefacto y turbado. A veces experimentaba honda desesperación; otras, contento. El viejo ciervo estaba siempre con él. Al principio se quedó día y noche a su lado. Después empezó a dejarlo por algunos momentos, especialmente cuando lo veía sumido en profundas reflexiones. Pero siempre se quedaba cerca. Una noche vino el trueno y también el relámpago, y cayó una tormenta, a pesar de que el cielo estaba despejado y el sol crepuscular dejaba caer sus rayos sobre la tierra. Los mirlos cantaban en voz alta sobre los árboles próximos, los pinzones trinaban, los paros piaban en los matorrales. Entremedio del pasto y por debajo de los arbustos, el cacareo gutural y metálico de los faisanes se dejaba oír a intervalos. El pájaro carpintero reía de cuando en cuando, jubiloso; las palomas se arrullaban amorosamente. Bambi salió de su refugio. La vida era hermosa... Él viejo ciervo estaba allí, como esperándolo. Sin cambiar una palabra, se pusieron a andar juntos. Y cuando se separaron, ya Bambi no volvió al agujero, y tampoco en busca de su protector.
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