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II

ACTO II

ESCENA PRIMERA

Plaza pública, cerca del jardín de Capuleto.

ROMEO, BENVOLIO Y MERCUTIO

Romeo

¿Cómo me he de ir de aquí, si mi corazón queda en esas tapias, y mi cuerpo inerte viene a buscar su

centro?

Benvolio

¡Romeo, primo mío¡

Mercutio

Sin duda habrá recobrado el juicio e ídose a acostar.

Benvolio

Para acá viene: le he distinguido a lo lejos saltando la tapia de una huerta. Dadle voces, Mercutio.

Mercutio

Le voy a exorcizar como si fuera el diablo. ¡Romeo, amante insensato, esclavo de la pasión! Ven en forma de suspiro amoroso: respóndeme con un verso solo en que aconsonen bien los desdenes, y donde eches un requiebro a la madre del amor y al niño ciego, que hirió con sus dardos al rey Cofetua, y le hizo enamorarse de una pobre zagala. ¿Ves? no me contesta ni da señales de vida. Conjúrote por los radiantes ojos, y por la despejada frente, y por los róseos labios, y por el breve pie y los llenos muslos de Rosalía, que te aparezcas en tu verdadera forma.

Benvolio

Se va a enfadar, si te oye.

Mercutio

Verás cómo no; se enfadaría, si me empeñase en encerrar a un demonio en el círculo de su dama, para que ella le conjurase; pero ahora veréis cómo no se enfada con tan santa y justa invocación, como es la del nombre de su amada.

Benvolio

Sígueme; se habrá escondido en esas ramas para pasar la noche. El amor como es ciego, busca tinieblas.

Mercutio

Si fuera ciego, erraría casi siempre sus tiros. Buenas noches, Romeo. Voyme a acostar, porque la yerba está demasiado fría para dormir. ¿Vámonos ya?

Benvolio

Vamos, ¿a qué empeñarnos en buscar al que no quiere ser encontrado?

ESCENA II

Jardín de Capuleto

Romeo

¡Qué bien se burla del dolor ajeno quien nunca sintió dolores...! (Pónese Julieta a la ventana). ¿Pero qué luz es la que asoma por allí? ¿El sol que sale ya por los balcones de oriente? Sal, hermoso sol, y mata de envidia con tus rayos a la luna, que está pálida y ojeriza porque vence tu hermosura cualquier ninfa de tu coro. Por eso se viste de amarillo color. ¡Qué necio el que se arree con sus galas marchitas! ¡Es mi vida, es mi amor el que aparece! ¿Cómo podría yo decirla que es señora de mi alma? Nada me dijo. Pero ¿qué importa? Sus ojos hablarán, y yo responderé. ¡Pero qué atrevimiento es el mío, si no me dijo nada! Los dos más hermosos luminares del cielo la suplican que les sustituya durante su ausencia. Si sus ojos resplandecieran como astros en el cielo, bastaría su luz para ahogar los restantes como el brillo del sol mata el de una antorcha. Tal torrente de luz brotaría de sus ojos, que haría despertar a las aves a media noche, y entonar su canción como si hubiese venido la aurora! Ahora pone la mano en la mejilla. ¿Quién pudiera tocarla como el guante que la cubre?

Julieta

¡Ay de mí!

Romeo

¡Habló! Vuelvo a sentir su voz. ¡Ángel de amores que en medio de la noche te me apareces, cual nuncio de los cielos a la atónita vista de los mortales, que deslumbrados le miran traspasar con vuelo rapidísimo las esferas, y mecerse en las alas de las nubes!

Julieta

¡Romeo, Romeo! ¿Por qué eres tú Romeo? ¿Por qué no reniegas del nombre de tu padre y de tu madre? Y si no tienes valor para tanto, ámame, y no me tendré por Capuleto.

Romeo

¿Qué hago, seguirla oyendo o hablar?

Julieta

No eres tú mi enemigo. Es el nombre de Montesco, que llevas. ¿Y qué quiere decir Montesco? No es pie ni mano ni brazo, ni semblante ni pedazo alguno de la naturaleza humana. ¿Por qué no tomas otro nombre? La rosa no dejaría de ser rosa, y de esparcir su aroma, aunque se llamase de otro modo. De igual suerte mi querido Romeo, aunque tuviese otro nombre, conservaría todas las buenas cualidades de su alma, que no le vienen por herencia. Deja tu nombre, Romeo, y en cambio de tu nombre, que no es cosa alguna sustancial, toma toda mi alma.

Romeo

Si de tu palabra me apodero, llámame tu amante, y creeré que me he bautizado de nuevo, y que he perdido el nombre de Romeo.

Julieta

¿Y quién eres tú que, en medio de las sombras de la noche, vienes a sorprender mis secretos?

Romeo

No sé de cierto mi nombre, porque tú aborreces ese nombre, amada mía, y si yo pudiera, lo arrancaría de mi pecho.

Julieta

Pocas palabras son las que aún he oído de esa boca, y sin embargo te reconozco. ¿No eres Romeo? ¿No eres de la familia de los Mostescos?

Romeo

No seré ni una cosa ni otra, ángel mío, si cualquiera de las dos te enfada.

Julieta

¿Cómo has llegado hasta aquí, y para qué? Las paredes de esta huerta son altas y difíciles de escalar, y aquí podrías tropezar con la muerte, siendo quien eres, si alguno de mis parientes te hallase.

Romeo

Las paredes salté con las alas que me dio el amor, ante quien no resisten aun los muros de roca. Ni siquiera a tus parientes temo.

Julieta

Si te encuentran, te matarán.

Romeo

Más homicidas son tus ojos, diosa mía, que las espadas de veinte parientes tuyos. Mírame sin enojos, y mi cuerpo se hará invulnerable.

Julieta

Yo daría un mundo porque no te descubrieran.

Romeo

De ellos me defiende el velo tenebroso de la noche. Más quiero morir a sus manos, amándome tú, que esquivarlos y salvarme de ellos, cuando me falte tu amor.

Julieta

¿Y quién te guió aquí?

Romeo

El amor que me dijo dónde vivías. De él me aconsejo, él guió mis ojos que yo le había entregado. Sin ser nauchero, te juro que navegaría hasta la playa más remota de los mares por conquistar joya tan preciada.

Julieta

Si el manto de la noche no me cubriera, el rubor de virgen subiría a mis mejillas, recordando las palabras que esta noche me has oído. En vano quisiera corregirlas o desmentirlas... ¡Resistencias vanas¡ ¿Me amas? Sé que me dirás que sí, y que yo lo creeré. Y sin embargo podrías faltar a tu juramento, porque dicen que Jove se ríe de los perjuros de los amantes. Si me amas de veras, Romeo, dilo con sinceridad, y si me tienes por fácil y rendida al primer ruego, dímelo también, para que me ponga esquiva y ceñuda, y así tengas que rogarme. Mucho te quiero, Montesco, mucho, y no me tengas por liviana, antes he de ser más firme y constante que aquellas que padecen desdeñosas porque son astutas. Te confesaré que más disimulo hubiera guardado contigo, si no me hubieses oído aquellas palabras que, sin pensarlo yo, te revelaron todo el ardor de mi corazón. Perdóname, y no juzgues ligereza este rendirme tan pronto. La soledad de la noche lo ha hecho.

Romeo

Júrote, amada mía, por los rayos de la luna que platean la copa de estos árboles...

Julieta

No jures por la luna, que en su rápido movimiento cambia de aspecto cada mes. No vayas a imitar su inconstancia.

Romeo

¿Pues por quién juraré?

Julieta

No hagas ningún juramento. Si acaso, jura por ti mismo, por tu persona que es el dios que adoro y en quien he de creer.

Romeo

¡Ojalá que el fuego de mi amor ...!

Julieta

No jures. Aunque me llene de alegría el verte, no quiero esta noche oír tales promesas que parecen violentas y demasiado rápidas. Son como el rayo que se extingue, apenas aparece. Aléjate ahora: quizá cuando vuelvas haya llegado a abrirse, animado por las brisas del estío, el capullo de esta flor. Adiós, y ojalá aliente tu pecho en tan dulce calma como el mío!

Romeo

¿Y no me das más consuelo que ése?

Julieta

¿Y qué otro puedo darte esta noche?

Romeo

Tu fe por la mía.

Julieta

Antes te la di que tú acertaras a pedírmela. Lo que siento es no poder dártela otra vez.

Romeo

¿Pues qué? ¿Otra vez quisieras quitármela?

Julieta

Sí, para dártela otra vez, aunque esto fuera codicia de un bien que tengo ya. Pero mi afán de dártelo todo es tan profundo y tan sin límite como los abismos de la mar. ¡Cuanto más te doy, más quisiera darte!... Pero oigo ruido dentro. ¡Adiós! no engañes mi esperanza... Ama, allá voy... Guárdame fidelidad, Montesco mío. Espera un instante, que vuelvo en seguida.

Romeo

¡Noche, deliciosa noche! Sólo temo que, por ser de noche, no pase todo esto de un delicioso sueño.

Julieta

(Asomada otra vez a la ventana). Sólo te diré dos palabras. Si el fin de tu amor es honrado, si quieres casarte, avisa mañana al mensajero que te enviaré, de cómo y cuándo quieres celebrar la sagrada ceremonia. Yo te sacrificaré mi vida e iré en pos de ti por el mundo.

Ama

(Llamando dentro). ¡Julieta!

Julieta

Ya voy. Pero si son torcidas tus intenciones, suplícote que...

Ama

¡Julieta!

Julieta

Ya corro... Suplícote que desistas de tu empeño, y me dejes a solas con mi dolor. Mañana irá el mensajero...

Romeo

Por la gloria...

Julieta

Buenas noches.

Romeo

No. ¿Cómo han de ser buenas sin tus rayos? El amor va en busca del amor como el estudiante huyendo de sus libros, y el amor se aleja del amor como el niño que deja sus juegos para tornar al estudio.

Julieta

(Otra vez a la ventana). ¡Romeo! ¡Romeo! ¡Oh, si yo tuviese la voz del cazador de cetrería, para llamar de lejos a los halcones! Si yo pudiera hablar a gritos, penetraría mi voz hasta la gruta de la ninfa Eco, y llegaría a ensordecerla repitiendo el nombre de mi Romeo.

Romeo

¡Cuán grato suena el acento de mi amada en la apacible noche, protectora de los amantes! Más dulce es que música en oído atento.

Julieta

¡Romeo!

Romeo

¡Alma mía!

Julieta

¿A qué hora irá mi criado mañana?

Romeo

A las nueve.

Julieta

No faltará. Las horas se me harán siglos hasta que esa llegue. No sé para qué te he llamado.

Romeo

¡Déjame quedar aquí hasta que lo pienses!

Julieta

Con el contento de verte cerca me olvidaré eternamente de lo que pensaba, recordando tu dulce compañía.

Romeo

Para que siga tu olvido no he de irme.

Julieta

Ya es de día. Vete... Pero no quisiera que te alejaras más que el breve trecho que consiente alejarse al pajarillo la niña que le tiene sujeto de una cuerda de seda, y que a veces le suelta de la mano, y luego le coge ansiosa, y le vuelve a soltar...

Romeo

¡Ojalá fuera yo ese pajarillo!

Julieta

¿Y que quisiera yo sino que lo fueras? aunque recelo que mis caricias habían de matarte. ¡Adiós, adiós! Triste es la ausencia y tan dulce la despedida, que no sé cómo arrancarme de los hierros de esta ventana.

Romeo

¡Qué el sueño descanse en tus dulces ojos y la paz en tu alma! ¡Ojalá fuera yo el sueño, ojalá fuera yo la paz en que se duerme tu belleza! De aquí voy a la celda donde mora mi piadoso confesor, para pedirle ayuda y consejo en este trance.

ESCENA III

Celda de Fray Lorenzo

FRAY LORENZO Y ROMEO

Fray Lorenzo

Ya la aurora se sonríe mirando huir a la oscura noche. Ya con sus rayos dora las nubes de oriente. Huye la noche con perezosos pies, tropezando y cayendo como un beodo, al ver la lumbre del sol que se despierta y monta en el carro de Titán. Antes que tienda su dorada lumbre, alegrando el día y enjugando el llanto que vertió la noche, he de llenar este cesto de bien olientes flores y de yerbas primorosas. La tierra es a la vez cuna y sepultura de la naturaleza, y su seno educa y nutre de varia condición, pero ninguno tan falto de virtud que no de alimento o remedio o solaz al hombre. Extrañas son las virtudes que derramó la pródiga mano de la naturaleza, en piedras, plantas y yerbas. No hay ser inútil sobre la tierra, por vil y despreciable que parezca. Por el contrario, el ser más noble, si se emplea con mal fin, es dañino y abominable. El bien mismo se trueca en mal y el valor en vicio, cuando no sirve a un fin virtuoso. En esta flor que nace duermen escondidos a la vez medicina y veneno: los dos nacen del mismo origen, y su olor comunica deleite y vida a los sentidos, pero si se aplica al labio, esa misma flor tan aromosa mata el sentido. Así es el alma humana; dos monarcas imperan en ella, uno la humildad, otro la pasión; cuando ésta predomina, un gusano roedor consume la planta.

Romeo

Buenos días, padre.

Fray Lorenzo

Él sea en tu guarda. ¿Quién me saluda con tan dulces palabras, al apuntar el día? Levantado y a tales horas, revela sin duda intranquilidad de conciencia, hijo mío. En las pupilas del anciano viven los cuidados veladores, y donde reina la inquietud ¿cómo habitará el sosiego? Pero en lecho donde reposa la juventud ajena de todo pesar y duelo, infunde en los miembros deliciosa calma el blanco sueño. Tu visita tan de mañana me indica que alguna triste ocasión te hace abandonar tan pronto el lecho. Y si no... será que has pasado la noche desvelado.

Romeo

¡Eso es, y descansé mejor que dormido!

Fray Lorenzo

Perdónete Dios. ¿Estuviste con Rosalía?

Romeo

¿Con Rosalía? Ya su nombre no suena dulce en mis oídos, ni pienso en su amor.

Fray Lorenzo

Bien haces. Luego ¿dónde estuviste?

Romeo

Te lo diré sin ambages. En la fiesta de nuestros enemigos los Capuletos, donde a la vez herí y fui herido. Sólo tus manos podrán sanar a uno y otro contendiente. Y con esto verás que no conservo rencor a mi adversario, puesto que intercedo por él como si fuese amigo mío.

Fray Lorenzo

Dime con claridad el motivo de tu visita, si es que puedo ayudarte en algo.

Romeo

Pues te diré en dos palabras que estoy enamorado de la hija del noble Capuleto, y que ella me corresponde con igual amor. Ya está concertado todo: sólo falta que vos bendigáis esta unión. Luego os diré con más espacio dónde y cómo nos conocimos y nos juramos constancia eterna. Ahora lo que importa es que nos caséis al instante.

Fray Lorenzo

¡Por vida de mi padre San Francisco! ¡Qué pronto olvidaste a Rosalía, en quien cifrabas antes tu cariño! El amor de los jóvenes nace de los ojos y no del corazón. ¡Cuánto lloraste por Rosalía! y ahora tanto amor y tanto enojo se ha disipado como el eco. Aún no ha disipado el sol los vapores de tu llanto. Aún resuenan en mis oídos tus quejas. Aún se ven en tu rostro las huellas de antiguas lágrimas. ¿No decías que era más bella y gentil que ninguna? y ahora te has mudado. ¡Y luego acusáis de inconstantes a las mujeres! ¿Cómo buscáis firmeza en ellas, si vosotros les dais el ejemplo de olvidar?

Romeo

¿Pero vos no reprobabais mi amor por Rosalía?

Fray Lorenzo

Yo no reprobaba tu amor, sino tu idolatría ciega.

Romeo

¿Y no me dijisteis que hiciera todo lo posible por ahogar ese amor?

Fray Lorenzo

Pero no para que de la sepultura de ese amor brotase otro amor nuevo y más ardiente.

Romeo

No os enojéis conmigo, porque mi señora me quiere tanto como yo a ella y con su amor responde al mío, y la otra no.

Fray Lorenzo

Es que Rosalía quizás adivinara la ligereza de tu amor. Ven conmigo, inconstante mancebo. Yo te ayudaré a conseguir lo que deseas para que esta boda sea lazo de amistad que extinga el rencor de vuestras familias.

Romeo

Vamos, pues, sin detenernos.

Fray Lorenzo

Vamos con calma para no tropezar.

ESCENA IV

Calle

BENVOLIO Y MERCUTIO

Mercutio

¿Dónde estará Romeo? ¿Pareció anoche por su casa?

Benvolio

Por casa de su padre no estuvo. Así me lo ha dicho su criado.

Mercutio

¡Válgame Dios! Esa pálida muchachuela, esa Rosalía de duras entrañas acabará por tornarle loco.

Benvolio

Teobaldo, el primo de Capuleto, ha escrito una carta al padre de Romeo.

Mercutio

Sin duda será cartel de desafío.

Benvolio

Pues Romeo es seguro que contestará.

Mercutio

Todo el mundo puede responder a una carta.

Benvolio

Quiero decir que Romeo sabrá tratar como se merece al dueño de la carta.

Mercutio

¡Pobre Romeo! Esa rubia y pálida niña le ha atravesado el corazón a estocadas, le ha traspasado los oídos con una canción de amor, y el centro del alma con las anchas flechas del volador Cupido... ¿Y quién resistirá a Teobaldo?

Benvolio

¿Quién es Teobaldo?

Mercutio

Algo más que el rey de los gatos; es el mejor y más diestro esgrimidor. Maneja la espada como tú la lengua, guardando tiempo, distancia y compás. Gran cortador de ropillas. Espadachín, espadachín de profesión, y muy enterado del inmortal passato, del punto reverso y del par.

Benvolio

¿Y qué quieres decir con eso?

Mercutio

Mala landre devore a esos nuevos elegantes que han venido con gestos y cortesías a reformar nuestras antiguas costumbres. «¡Qué buena espada, qué buen mozo, qué hermosa mujer!» Decidme, abuelos míos, ¿no es mala vergüenza que estemos llenos de estos moscones extranjeros, estos pardonnez moi, tan ufanos con sus nuevas galas y tan despreciadores de lo antiguo? ¡Oh, necedad insigne! (Sale Romeo)

Benvolio

¡Aquí tienes a Romeo! ¡Aquí tienes a Romeo!

Mercutio

Bien roma trae el alma. No eres carne ni pescado. ¡Oh materia digna de los versos del Petrarca! Comparada con su amor Laura era una fregona, sino que tuvo mejor poeta que la celebrase; Dido una zagala, Cleopatra una gitana, Hero y Elena dos rameras, y Tisbe, a pesar de sus negros ojos, no podría competir con la suya. Bon jour, Romeo. Saludo francés corresponde a vuestras calzas francesas. Anoche nos dejaste en blanco.

Romeo

¿Qué dices de dejar en blanco?

Mercutio

Que te despediste a la francesa. ¿Lo entiendes ahora?

Romeo

Perdón. Mercutio. Tenía algo que hacer, y no estaba el tiempo para cortesías.

Mercutio

¿De suerte que tú también las usas a veces y doblas las rodillas?

Romeo

Luego no soy descortés, porque eso es hacer genuflexiones.

Mercutio

Dices bien.

Romeo

Pero aquello de que hablábamos es cortesía y no genuflexión.

Mercutio

Es que yo soy la flor de la cortesía.

Romeo

¿Cómo no dices la flor y nata?

Mercutio

Porque la nata la dejo para ti.

Romeo

Cállate.

Mercutio

¿Y no es mejor esto que andar en lamentaciones exóticas? Ahora te reconozco: eres Romeo, nuestro antiguo y buen amigo. Andabas hecho un necio con ese amor insensato. (Salen Pedro y el Ama)

Mercutio

Vela, vela.

Benvolio

Y son dos: una saya y un sayal.

Ama

¡Pedro!

Pedro

¿Qué?

Ama

Tráeme el abanico.

Mercutio

Dáselo, Pedro, que siempre será más agradable mirar su abanico que su cara.

Ama

Buenas tardes, señores.

Mercutio

Buenas tardes, hermosa dama.

Ama

¿Pues hemos llegado a la tarde?

Mercutio

No, pero la mano lasciva del reloj está señalando las doce.

Ama

¡Jesús, qué hombre!

Mercutio

Un hombre que Dios crió, para que luego echase él mismo a perder la obra divina.

Ama

Bien dicho. Para que echase su obra a perder... ¿Pero me podría decir alguno de vosotros dónde está el joven Romeo?

Romeo

Yo te lo podré decir, y por cierto que ese joven será ya más viejo cuando le encontréis, que cuando empezabais a buscarlo. Yo soy Romeo, a falta de otro más joven.

Ama

¿Lo decís de veras?

Mercutio

¿Conque a falta de otro mejor, os parece joven? Discretamente lo entendéis.

Ama

Si verdaderaraente sois Romeo, tengo que deciros secretamente una palabra.

Benvolio

Si querrá citarle para esta noche...

Mercutio

¿Es una alcahueta, una perra?... ¡Oh, oh!...

Romeo

¿Qué ruido es ese?

Mercutio

No es que haya encontrado yo ninguna liebre, ni es cosa de seguir la liebre, aunque como dice el cantar: «En cuaresma bien se puede comer una liebre vieja, pero tan vieja llega a podrirse, si se la guarda, que no hay quien la pueda mascar». ¿Vas a casa de tu padre, Romeo? Allá iremos a comer.

Romeo

Voy con vosotros.

Mercutio

Adiós, hermosa vieja; hermosa, hermosa, hermosa.

(Vanse él y Benvolio)

Ama

Bendito sea Dios, que ya se fue éste. ¿Me podríais decir (a Romeo) quién es este majadero, tan pagado de sus chistes?

Romeo

Ama, es un amigo mío que se escucha a sí mismo y gusta de reírse sus gracias y que habla más en una hora que lo que escuchas tú en un mes.

Ama

Pues si se atreve a hablar mal de mí, él me lo pagará, aunque vengan en su ayuda otros veinte de su calaña. Y si yo misma no puedo, otros sacarán la cara por mí. Pues no faltaba más. ¡El grandísimo impertinente! ¿Si creerá que yo soy una mujer de esas?... Y tú (a Pedro) que estás ahí tan reposado, y dejas que cualquiera me insulte.

Pedro

Yo no he visto que nadie os insulte, porque si lo viera, no tardaría un minuto en sacar mi espada. Nadie me gana en valor cuando mi causa es justa, y cuando me favorece la ley. Ama ¡Válgame Dios! todavía me dura el enojo y las carnes me tiemblan... Una palabra sola, caballero. Corno iba diciendo, mi señorita me manda con un recado para vos. No voy a repetiros todo lo que me ha dicho. Pero si vuestro objeto es engañarla, ciertamente que será cosa indigna, porque mi señorita es una muchacha joven, y el engañarla sería muy mala obra, y no tendría perdón de Dios.

Romeo

Ama, puedes jurar a tu señora que...

Ama

¡Bien, bien, así se lo diré, y ha de alegrarse mucho!...

Romeo

¿Y qué le va s a decir, si todavía no me has oído nada?

Ama

Le diré que protestáis, lo cual, a fe mía, es obrar como caballero.

Romeo

Dile que invente algún pretexto para ir esta tarde a confesarse al convento de fray Lorenzo, y él nos confesará y casará. Toma este regalo.

Ama

No aceptaré ni un dinero, señor mío.

Romeo

Yo te lo mando.

Ama

¿Conque esta tarde? Pues no faltará.

Romeo

Espérame detrás de las tapias del convento, y antes de una hora, mi criado te llevará una escala de cuerdas para poder yo subir por ella hasta la cima de mi felicidad. Adiós y seme fiel. Yo te lo premiaré todo. Mis recuerdos a Julieta.

Ama

Bendito seáis. Una palabra más.

Romeo

¿Qué, ama?

Ama

¿Es de fiar vuestro criado? ¿Nunca oísteis que a nadie fía sus secretos el varón prudente?

Romeo

Mi criado es fiel como el oro.

Ama

Bien, caballero. No hay señorita más hermosa que la mía. ¡Y si la hubierais conocido cuando pequeña!... ¡Ah! Por cierto que hay en la ciudad un tal Paris que de buena gana la abordaría. Pero ella, bendita sea su alma, más quisiera a un sapo feísimo que a él. A veces me divierto en enojarla, diciéndole que Paris es mejor mozo que vos, y ¡si vierais cómo se pone entonces! Más pálida que la cera. Decidme ahora: ¿Romero y Romeo no tienen la misma letra inicial?

Romeo

Verdad es que ambos empiezan por R.

Ama

Eso es burla. Yo sé que vuestro nombre empieza con otra letra menos áspera... ¡Si vierais qué graciosos equívocos hace con vuestro nombre y con Romero! Gusto os diera oírla.

Romeo

Recuerdos a Julieta.

Ama

Sí que se los daré mil veces. ¡Pedro!

Pedro

¡Qué!

Ama

Torna el abanico, y guíame.

ESCENA V

Jardín de Capuleto

JULIETA Y EL AMA

Julieta

Las nueve eran cuando envié al ama, y dijo que antes de media hora volvería. ¿Si no lo habrá encontrado? ¡Pero sí! ¡Qué torpe y perezosa! Sólo el pensamiento debiera ser nuncio del amor. Él corre más que los rayos del sol cuando ahuyentan las sombras de los montes. Por eso pintan al amor con alas. Ya llega el sol a la mitad de su carrera. Tres horas van pasadas desde las nueve a las doce, y no vuelve todavía. Si ella tuviese sangre juvenil y alma, volvería con las palabras de su boca; pero la vejez es pesada como un plomo. (Salen el Ama y Pedro). ¡Gracias a Dios que viene! Ama mía, querida ama... ¿Qué noticias traes? ¿Hablaste con él? Que se vaya Pedro.

Ama

Vete, Pedro.

Julieta

Y bien, ama querida. ¡Qué triste estás! ¿Acaso traes malas noticias? Dímelas, a lo menos, con rostro alegre. Y si son buenas, no las eches a perder con esa mirada torva.

Ama

Muy fatigada estoy. ¡Qué quebrantados están mis huesos!

Julieta

¡Tuvieras tus huesos tú y yo mis noticias! Habla por Dios, ama mía.

Ama

¡Señor, qué prisa! Aguarda un poco. ¿No me ves sin aliento?

Julieta

¿Cómo sin aliento, cuándo te sobra para decirme que no lo tienes? Menos que en volverlo a decir, tardarías en darme las noticias. ¿Las traes buenas o malas?

Ama

¡Qué mala elección de marido has tenido! ¡Vaya, que el tal Romeo! Aunque tenga mejor cara que los demás, todavía es mejor su pie y su mano y su gallardía. No diré que la flor de los cortesanos, pero tengo para mí que es humilde como una oveja. ¡Bien has hecho, hija! y que Dios te ayude. ¿Has comido en casa?

Julieta

Calla, calla; eso ya me lo sabía yo. ¿Pero qué hay de la boda? dímelo.

Ama

¡Jesús! ¡qué cabeza la mía! Pues, y la espalda... ¡Cómo me mortifican los riñones! ¡La culpa es tuya que me haces andar por esos andurriales, abriéndome la sepultura antes de tiempo.

Julieta

Mucho, siento tus males, pero acaba de decirme, querida ama, lo que te contestó mi amor.

Ama

Habló como un caballero lleno de discreción y gentileza; puedes creerme. ¿Dónde está tu madre?

Julieta

¿Mi madre? Allá dentro. ¡Vaya una pregunta!

Ama

¡Válgame Dios! ¿Te enojas conmigo? ¡Buen emplasto para curar mis quebraduras! Otra vez vas tú misma a esas comisiones.

Julieta

Pero ¡qué confusión! ¿Qué es en suma lo que te dijo Romeo?

Ama

¿Te dejarán ir sola a confesar?

Julieta

Sí.

Ama

Pues allí mismo te casarás. Vete a la celda de fray Lorenzo. Ya se cubren de rubor tus mejillas con tan sencilla nueva.  Vete al convento. Yo, iré por otra parte a buscar la escalera, con que tu amante ha de escalar el nido del amor. A la celda, pues, y yo a comer.

Julieta

¡Y yo a mi felicidad! ama mía.

ESCENA VI

Celda de Fray Lorenzo

FRAY LORENZO Y ROMEO

Fray Lorenzo

¡El cielo mire con buenos ojos la ceremonia que vamos a cumplir, y no nos castigue por ella en adelante!

Romeo

¡Así sea, así sea! Pero por muchas penas que vengan no bastarán a destruir la impresión de este momento de ventura. Junta nuestras manos, y con tal que yo pueda llamarla mía, no temeré ni siquiera a la muerte, verdugo del amor.

Fray Lorenzo

Nada violento es duradero: ni el placer ni la pena: ellos mismos se consumen como el fuego y la pólvora al usarse. La excesiva dulcedumbre de la miel empalaga al labio. Ama, pues, con templanza. Aquí está la dama: (sale Julieta) su piel es tan leve que no desgastará nunca la eterna roca; tan ligera que puede correr sobre las telas de araña sin romperlas.

Julieta

Buenas tardes, reverendo confesor.

Fray Lorenzo

Romeo te dará las gracias en nombre de los dos.

Julieta

Por eso le he incluido en el saludo. Si no, pecaría él de exceso de cortesía.

Romeo

¡Oh, Julieta! Si tu dicha es como la mía y puedes expresarla con más arte, alegra con tus palabras el aire de este aposento y deja que tu voz proclame la ventura que hoy agita el alma de los dos.

Julieta

El verdadero amor es más pródigo de obras que de palabras: más rico en la esencia que en la forma. Sólo el pobre cuenta su caudal. Mi tesoro es tan grande que yo no podría contar ni siquiera la mitad.

Fray Lorenzo

Acabemos pronto. No os dejaré solos hasta que os llegue la bendición nupcial.

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Romeo y Julieta | Otelo | Hamlet


 


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