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Los
caracoles El hijo de un labrador se hallaba tostando unos caracoles. Oyéndoles crepitar dijo: --
¡ Ah miserables animalejos, están sus casas
ardiendo, y aún cantan! --
El
cerdo y los carneros Se
metió un cerdo dentro de un rebaño de carneros, y
pacía con ellos. Pero un día lo capturó el pastor
y el cerdo se puso a gruñir y forcejear. Los
carneros lo regañaban por gritón diciéndole: --
A nosotros también nos echa mano constantemente y
nunca nos quejamos. --
Ah sí -- replicó el cerdo --, pero no es con el
mismo fin. A ustedes les echan mano por la lana,
pero a mí es por mi carne.
El
castor El
castor es un animal que vive en los pantanos.
Ciertas de sus partes sirven, según dicen, para
curar algunas enfermedades. Por eso cuando se ve
descubierto y perseguido para cortarle las partes,
sabiendo por qué le persiguen, huye hasta alguna
distancia, sirviéndose de la rapidez de sus pies
para conservarse intacto; pero cuando se ve perdido,
él mismo corta sus partes, las arroja y salva
de este modo su vida.
El
adivino. Instalado
en la plaza pública, un adivino se entregaba a su
oficio. De repente se le acercó un quídam, anunciándole
que las puertas de su casa estaban abiertas y que
habían robado todo lo que había en su interior.
Levantóse de un salto y corrió, desencajado y
suspirando, para ver lo que había sucedido. Uno de
los que allí se encontraban, viéndole correr, le
dijo: -Oye,
amigo: tú que te picas de prever lo que ocurrirá a
los otros, ¿por qué no has previsto lo que te
sucedería a ti?
El
apicultor. Un
ladrón se introdujo en casa de un apicultor durante
su ausencia, robando miel y panales. A su regreso,
el apicultor, viendo vacías las colmenas, se detuvo
a examinarlas. En esto, las abejas, volviendo de
libar y encontrándole allí, le picaron con sus
aguijones y le maltrataron horriblemente. -¡Malditos
bichos -les dijo el apicultor-, dejaron marchar sin
castigo al que les había robado los panales, y a mí
que les cuido con cariño, me hieren de un modo
implacable!
El
astrónomo. Tenía
un astrónomo la costumbre de pasear todas las
noches estudiando los astros. Un día que vagaba por
las afueras de la ciudad, absorto en la contemplación
del cielo, cayó inopinadamente en un pozo. Estando
lamentándose y dando voces, acertó a pasar un
hombre, que oyendo sus lamentos se le acercó para
saber su motivo; enterado de lo sucedido, dijo: -¡Amigo
mío! ¿quieres ver lo que hay en el cielo y no ves
lo que hay en la tierra?
Los
dos enemigos. Dos
hombres que se odiaban entre sí navegaban en la
misma nave, uno sentado en la proa y otro en la
popa. Surgió una tempestad, y hallándose el barco
a punto de hundirse, el hombre que estaba en la popa
preguntó al piloto que cuál era la parte de la
nave que se hundiría primero. -La
proa - dijo el piloto. El
anciano y la muerte. Un
día un anciano, después de cortar leña, la cargó
a su espalda. Largo era el camino que le quedaba.
Fatigado por la marcha, soltó la carga y llamó a
la Muerte. Esta se presentó y le preguntó por qué
la llamaba; contestó el viejo: -Para
que me ayudes a cargar la leña...
El
bandido y la morera. Un
bandido que había asesinado a un hombre en un
camino, al verse perseguido por los que allí se
encontraban, abandonó a su víctima ensangrentada y
huyó. Pero viéndole unos viajeros que venían en
sentido contrario, le preguntaron por qué llevaba
las manos tintas; a lo que respondió que acababa de
descender de una morera. Entretanto llegaron sus
perseguidores, se apoderaron de él y le colgaron en
la morera. Y el árbol dijo: -No
me molesta servir para tu suplicio, puesto que eres
tú quien ha cometido el crimen, limpiando en mí la
sangre.
El
eunuco y el sacerdote. Un
eunuco fue en busca de un sacerdote y le pidió que
hiciera un sacrificio en su favor a fin de que
pudiera ser padre. Y
el sacrificador le dijo: Los
ladrones y el gallo. Entraron
unos ladrones en una casa y sólo encontraron un
gallo; se apoderaron de él y se marcharon. A punto
de ser inmolado por los ladrones, rogóles el gallo
que le perdonaran alegando que era útil a los
hombres, despertándolos por la noche para ir a sus
trabajos. -Mayor
razón para matarte, exclamaron los ladrones-,
puesto que despertando a los hombres nos impides
robar.
El
carnicero y los dos jóvenes. Hallábanse
dos jóvenes comprando carne en el mismo
establecimiento. Viendo ocupado al carnicero en otro
sitio, uno de los muchachos robó unos restos y los
arrojó en el bolsillo del otro. Al volverse el
carnicero y notar la falta de los trozos, acusó a
los dos muchachos. Pero el que los había cogido juró
que no los tenía, y el que los tenía juró que no
los había cogido. Comprendiendo su argucia, díjoles
el carnicero: -Podéis
escapar de mí por un falso juramento, pero no
escaparéis ante los dioses.
El
tocador de cítara. Un
tocador de cítara sin talento cantaba desde la mañana
a la noche en una casa con las paredes muy bien
estucadas. Como las paredes le devolvían el eco, se
imaginó que tenía una voz magnífica, y tanto se
lo creyó, que resolvió presentarse en el teatro;
pero una vez en la escena cantó tan mal, que lo
arrojaron a pedradas.
El
orador Demades. El
orador Demades hablaba un día a los ciudadanos de
Atenas, mas como no prestaban mucha atención a su
discurso, pidió que le permitieran contar una fábula
de Esopo. Concedida la demanda, empezó de este
modo: -Deméter,
la golondrina y la anguila viajaban juntas un día;
llegaron a la orilla de un río; la golondrina se
elevó en el aire, la anguila desapareció en las
aguas.. -y aquí se detuvo el orador. -Y
Deméter..?-le gritaron-. ¿Qué hizo...? -Deméter
montó en cólera contra vosotros- replicó, porque
descuidáis los asuntos de Estado para entreteneros
con las fábulas de Esopo.
Los
viandantes y el hacha. Caminaban
dos hombres en compañía. Habiendo encontrado uno
de ellos un hacha, el otro dijo: Instantes
después fueron alcanzados por el hombre que había
perdido el hacha; y el que la llevaba, al verse
perdido, dijo a su compañero: -No
digas -replicó éste- "estamos perdidos",
sino: "estoy perdido", porque cuando
encontraste el hacha no me has admitido como parte
en tu hallazgo.
Los
viandantes y el cuervo. Viajaban
unas gentes para cierto asunto, cuando encontraron a
un cuervo que había perdido un ojo. Volvieron hacia
el cuervo sus miradas, y uno de los viandantes
aconsejó el regreso, pues en su opinión hacerlo
era lo que aconsejaba el presagio. Pero otro de los
caminantes tomó la palabra y dijo: -¿Cómo
podría este cuervo predecimos el Futuro si él
mismo no ha podido prever, para evitarlo, la pérdida
de su ojo?
Los
viandantes y el oso. Marchaban
dos amigos por el mismo camino. De repente se les
apareció un oso. Uno se subió rápidamente a
un árbol ocultándose en él; el otro, a punto de
ser atrapado, se tiró al suelo, fingiéndose
muerto. Acercó el oso su hocico, oliéndole por
todas partes, pero el hombre contenía su respiración,
por que se dice que el oso no toca a un cadáver.
Cuando se hubo alejado el oso, el hombre escondido
en el árbol bajó de éste y preguntó a su compañero
qué le había dicho el oso al oído. -Que
no viaje en el futuro con amigos que huyen ante el
peligro- le respondió.
Los
sacerdotes de Cibeles. Unos
sacerdotes de Cibeles tenían un asno al que
cargaban con sus bultos cuando se ponían en viaje.
Un día por fatiga se murió el asno, y desollándolo,
hicieron con su piel unos tambores, de los cuales se
sirvieron. Habiéndoles encontrado otros sacerdotes
de Cibeles, les preguntaron que dónde estaba su
asno. -Muerto
- les dijeron -; pero recibe más golpes ahora que
los que recibió en su vida.
El
jardinero y el perro. El
perro de un jardinero había caído en un pozo. El
jardinero, por salvarle, descendió también.
Creyendo el perro que bajaba para hundirlo más
todavía, se volvió y le mordió. El
jardinero, sufriendo con la herida, volvió a salir
del pozo, diciendo: -Me
está muy bien empleado; ¿quién me llamaba para
salvar a un animal que quería suicidarse?
El
jardinero y las hortalizas. Un
hombre se detuvo cerca de un jardinero que trabajaba
con sus legumbres, preguntándole por qué las
legumbres silvestres crecían lozanas y vigorosas, y
las cultivadas flojas y desnutridas. Diógenes
de viaje. Yendo
de viaje, Diógenes, el cínico, llegó a la orilla
de un río torrencial y se detuvo perplejo. Un
hombre acostumbrado a hacer pasar a la gente el río,
viéndole indeciso, se acercó a Diógenes, lo subió
sobre sus hombros y lo pasó complaciente a la otra
orilla. Quedó
allí Diógenes, reprochándose su pobreza que le
impedía pagar a su bienhechor. Y estando pensando
en ello advirtió que el hombre, viendo a otro
viajero que tampoco podía pasar el río, fue a
buscarlo y lo transportó igualmente. Entonces
Diógenes se acercó al hombre y le dijo: -No
tengo que agradecerte ya tu servicio, pues veo que
no lo haces por razonamiento, sino por manía.
Diógenes
y el calvo. Diógenes,
el filósofo cínico, insultado por un hombre
que era calvo, replicó: -¡Los
dioses me libren de responderte con insultos! ¡Al
contrario, alabo los cabellos que han abandonado ese
cráneo pelado!
El
batanero y el carbonero. Un
carbonero que hacía su trabajo en cierta casa visitó
a un batanero que trabajaba no muy lejos de él,
invitándole a trabajar en un mismo local, pues de
este modo, además de mayor amistad vivirían con
menos gastos al usar solamente una casa. Pero le
respondió el batanero: -Eso
para mí es imposible, pues todo lo que yo
blanqueara, tu lo ennegrecerías de hollín al
instante.
El
deudor ateniense. Un
ateniense endeudado, apremiado por su acreedor para
que le pagara su deuda, le pidió a éste que le
concediera un corto plazo con el pretexto de que se
hallaba en apuro; mas no logrando convencerle, trajo
la única marrana que poseía, disponiéndose a
venderla en presencia de su acreedor. Llegó
un comprador preguntando si la marrana era fecunda. -Tan
fecunda es - respondió el deudor- que hasta
es extraordinaria: en los Misterios pare
hembras y en las Anateneas pare machos. Asombrado
el comprador por lo que oyó, el deudor le exclamó: -¡No
te asombres tanto aún, porque esta marrana, además,
te dará cabritos en las Dionisíacas!
El
ciego. Érase
una vez un ciego muy hábil para reconocer al
tacto cualquier animal al alcance de su mano,
diciendo de qué especie era. Le presentaron un día
un lobezno, lo palpó y quedó indeciso. -No
acierto - dijo, si es hijo de una loba, de una zorra
o de otro animal de su misma cualidad; pero lo que sí
sé es que no ha nacido para vivir en un rebaño de
corderos.
Dos
hombres disputando acerca de los dioses. Se
encontraban disputando dos hombres sobre cuál de
los dioses, Hércules o Teseo era el más grande. Pero
los dioses, irritados contra ellos, se vengaron
cada uno en el país del otro.
El
guerrero y los cuervos. Partió
un hombre para la guerra, pero en el camino,
oyendo graznar a los cuervos, tiró sus armas al
suelo y se detuvo. Las
tomó al rato nuevamente y prosiguió su marcha; más
otra vez graznaron los cuervos. De nuevo se detuvo y
entonces les dijo: -¡Pueden
gritar cuanto les venga en gana, pero no tendrán un
banquete con mi carne!
El
embustero. Un
hombre enfermo y de escasos recursos prometió a los
dioses sacrificarles cien bueyes si le salvaban de
la muerte. Queriendo probar al enfermo, los dioses
le ayudaron a recobrar rápidamente la salud, y el
hombre se levantó del lecho. Mas como no poseía
los cien bueyes comprometidos, los modeló con sebo
y los llevó a sacrificar a un altar, diciendo: -¡Aquí
tienen, oh dioses, mi ofrenda! Los
dioses decidieron también burlarse entonces a su
vez del embustero, y le enviaron un sueño que le
instaba a dirigirse a la orilla del mar, donde
inmediatamente encontraría mil monedas de plata. No
pudiendo contener su alegría, el hombre corrió
a la playa, pero allí cayó en manos de unos
piratas que luego lo vendieron. Y fue así
como encontró las mil monedas de plata.
El
fanfarrón. Un
atleta, que era muy conocido de sus conciudadanos
por su debilidad, partió un día para tierras
lejanas. Volvió
después de algún tiempo, anunciando que había
llevado a cabo grandes proezas en distintos países;
contaba con especial esmero haber hecho en Rodas un
salto que nunca antes ninguno de los atletas
coronados en los juegos olímpicos había sido capaz
de realizar, agregando además que presentaría los
testigos de su hazaña si algunos de los que allí
se hallaban presentes venían alguna vez a su
tierra. Uno
de los oyentes tomó la palabra y dijo: -Oye,
amigo: si eso es cierto, no necesitamos testigos;
esto es Rodas, da el salto y muéstralo.
El
negro. Cierto
hombre llevó a trabajar a su propiedad a un negro,
pensando que su color provenía a causa de un
descuido de su anterior propietario. Una vez en su
casa, probó todas las jabonadas posibles, intentó
toda clase de trucos para blanquearlo, pero de
ninguna manera pudo cambiar su color y terminó
poniendo enfermo al negro a fuerza de tantos
intentos.
El
pícaro. Un
pícaro se comprometió a demostrar que el oráculo
de Delfos mentía. Llegó
el día señalado y el pícaro tomó un pajarito y,
escondiéndolo bajo de su manto, se dirigió al
templo. Encarándose
ante el oráculo preguntó si lo que tenía en la
mano era un ser vivo o era inanimado. Si
el dios decía «inanimado», el hombre mostraría
al pajarito vivo; si decía «vivo», lo enseñaría
muerto, después de haberlo ahorcado. Pero
el dios, viendo de lo que se trataba con esa malvada
intención, respondió: Deja
tu engaño, pícaro, pues bien sabes que de ti
depende que lo que tienes en la mano se muestre
muerto o vivo.
El
hombre y la hormiga. Se
fue a pique un día un navío con todo y sus
pasajeros, y un hombre, testigo del naufragio, decía
que no eran correctas las decisiones de los dioses,
puesto que, por castigar a un solo impío, habían
condenado también a muchos otros inocentes. Mientras
seguía su discurso, sentado en un sitio plagado de
hormigas, una de ellas lo mordió, y entonces, para
vengarse, las aplastó a todas. Se
le apareció al momento Hermes, y golpeándole con
su caduceo, le dijo: -Aceptarás
ahora que nosotros juzgamos a los hombres del mismo
modo que tu juzgas a las hormigas.
El
avaro y el oro. Un
avaro vendió todo lo que tenía de más y compró
una pieza de oro, la cual enterró en la tierra a la
orilla de una vieja pared y todos los días iba a
mirar el sitio. Uno
de sus vecinos observó sus frecuentes visitas al
lugar y decidió averiguar que pasaba. Pronto
descubrió lo del tesoro escondido, y cavando, tomó
la pieza de oro, robándosela. El
avaro, a su siguiente visita encontró el hueco vacío
y jalándose sus cabellos se lamentaba amargamente. Entonces
otro vecino, enterándose del motivo de su queja, lo
consoló diciéndole: -
Da gracias de que el asunto no es tan grave. Ve y
trae una piedra y colócala en el hueco. Imagínate
entonces que el oro aún está allí. Para ti será
lo mismo que aquello sea o no sea oro, ya que de por
sí no harías nunca ningún uso de él.
El
mercader de estatuas. Un
hombre hizo una estatuilla de un Hermes en madera y
la llevó a la plaza para su venta. Como
nadie llegaba a comprarla, se le ocurrió llamar la
atención anunciando que vendía un dios que
obsequiaba bondades y beneficios. Entonces uno
de los curiosos le dijo: -
Oye, si tan bueno es, ¿por qué la vendes y no te
aprovechas de su ayuda? -
Porque yo, contestó aquél- necesito la ayuda
inmediatamente, y él nunca se apura en conceder sus
beneficios.
El
viajero y su perro. Un
viajero listo para salir de gira, vio a su perro en
el portal de su casa estirándose y bostezando. Le
preguntó con energía: -¿
Por qué estás ahí vagabundeando?, todo está
listo menos tú, así que ven conmigo al instante. El
perro, meneando su cola replicó: -
Oh patrón, yo ya estoy listo, más bien es a ti a
quien yo estoy esperando.
El
náufrago. Navegaba
un rico ateniense en una nave junto con otros
pasajeros. De pronto, a causa de una súbita y
violenta tempestad, empezó rápidamente a hacer
agua el navío. Y
mientras los demás pasajeros, con su esfuerzo,
trataban de salvarse a nado, el rico ateniense,
invocando a cada instante a la diosa Atenea, le
prometía efusivamente toda clase de ofrendas si por
su medio lograba salvarse. Uno
de los náufragos que lo oía a su lado le dijo: -Pide
a Atenea, pero también a tus brazos.
El
joven y el escorpión. Un
joven andaba cazando saltamontes. Ya había
capturado un buen número cuando trató de tomar a
un escorpión equivocadamente. Y
el escorpión, mostrándole su ponzoña le dijo: -
Si me hubieras tocado, me hubieras perdido, pero tú
también a todos tus saltamontes.
El
niño y los dulces. Un
niño metió su mano en un recipiente lleno de
dulces. Y tomó lo más que pudo, pero cuando trató
de sacar la mano, el cuello del recipiente no le
permitió hacerlo. Como
tampoco quería perder aquellos dulces, lloraba
amargamente su desilusión. Un
amigo que estaba cerca le dijo: - Confórmate
solamente con la mitad y podrás sacar la mano con
los dulces-.
El
mercader de sal y el asno. Llevó
un mercader a su asno a la costa para comprar sal. En
el camino de regreso a su pueblo pasaban por un río,
en el cual, en un hueco, su asno resbaló mojando su
carga. Cuando se levantó sintió aliviado su peso
considerablemente, pues bastante de la sal se había
diluido. Retornó
el mercader de nuevo a la costa y cargó más sal
que la vez anterior. Cuando
llegaron otra vez al río, el asno se tiró de propósito
en el mismo hoyo en que había caído antes, y
levantándose de nuevo con mucho menos peso, se
enorgullecía triunfantemente de haber obtenido lo
que buscó. Notó
el comerciante el truco del asno, y por tercera vez
regreso a la costa, donde esta vez compró una carga
de esponjas en vez de sal. Y
el asno, tratando de jugar de nuevo a lo mismo, se
tiro en el hueco del río, pero esta vez las
esponjas se llenaron de agua y aumentaron
terriblemente su peso. Y
así el truco le rebotó al asno, teniendo que
cargar ahora en su espalda más del doble de peso.
El
niño y el gusano de ortiga. Un
niño fue herido por un gusano de ortiga. Corrió a
su casa y dijo a su madre: -
Me ortigó fuertemente, pero yo solamente lo toqué
con suavidad. -
Por eso te ortigó – dijo la madre -, la próxima
vez que te acerques a un gusano de esos, agárralo
con decisión, sin caricias, y entonces será tan
suave como seda, y no te maltratará de nuevo.
Los
jóvenes y las ranas. Varios
jóvenes, jugando cerca de un estanque, vieron un
grupo de ranas en el agua y comenzaron a
apedrearlas. Habían
matado a varias, cuando una de las ranas, sacando su
cabeza gritó: -
Por favor, paren muchachos, que lo que es diversión
para ustedes, es muerte y tristeza para nosotras
Androcles
y el león. Un
esclavo llamado Androcles tuvo la oportunidad de
escapar un día y corrió hacia la foresta. Y
mientras caminaba sin rumbo llegó a donde yacía un
león, que gimiendo le suplicó: -Por
favor te ruego que me ayudes, pues tropecé con un
espino y una púa se me enterró en la garra y me
tiene sangrando y adolorido. Androcles
lo examinó y gentilmente extrajo la espina, lavó y
curó la herida. El león lo invitó a su cueva
donde compartía con él el alimento. Pero
días después, Androcles y el león fueron
encontrados por sus buscadores. Llevado Androcles al
emperador fue condenado al redondel a luchar contra
los leones. Una
vez en la arena, fue suelto un león, y éste empezó
a rugir y buscar el asalto a su víctima. Pero a
medida que se le acercó reconoció a su benefactor
y se lanzó sobre él pero para lamerlo cariñosamente
y posarse en su regazo como una fiel mascota.
Sorprendido el emperador por lo sucedido, supo al
final la historia y perdonó al esclavo y liberó en
la foresta al león.
El
padre y sus dos hijas. Un
padre tenía dos hijas. Una casó con un hortelano y
la otra con un fabricante de ladrillos. Al cabo de
un tiempo fue a visitar a la casada con el
hortelano, y le preguntó sobre su situación. Ella
dijo: -Todo
está de maravilla conmigo, pero sí tengo un deseo
especial: que llueva todos los días con abundancia
para que así las plantas tengan siempre suficiente
agua. Pocos
días después visitó a su otra hija, también
preguntándole sobre su estado. Y ella le dijo: -No
tengo quejas, solamente un deseo especial: que los días
se mantengan secos, sin lluvia, con sol brillante,
para que así los ladrillos sequen y endurezcan muy
bien. El
padre meditó: si una desea lluvia, y la otra tiempo
seco, ¿a cuál de las dos le adjunto mis deseos?
El
homicida. Un
hombre que había cometido un homicidio era
perseguido por los familiares de la víctima. Pero
llegando a orillas de un río, tropezó con un lobo
y, huyéndole, se subió a un árbol de la orilla; y
cuando estaba allí subido miró una serpiente
que trepaba hacia él, por lo que optó por echarse
río, donde terminó en la boca de un cocodrilo.
El
pastor y el joven lobo. Encontró
un pastor un joven lobo y se lo llevó. Enseguida le
enseñó como robar ovejas de los rebaños vecinos.
Y el lobo, ya crecido y demostrándose como un
excelente alumno, dijo al pastor: -Puesto
que me has enseñado muy bien a robar, pon buena
atención en tu vigilancia, o perderás parte de tu
rebaño también.
El
ladrón y su madre. Un
joven adolescente robó un libro a uno de sus compañeros
de escuela y se lo mostró a su madre. Ella no
solamente se abstuvo de castigarlo, sino más bien
lo estimuló. A la siguiente oportunidad se robó
una capa y se la llevó a su madre quien de nuevo lo
alabó. El
joven creció y ya adulto fue robando cada vez cosas
de más valor hasta que un día fue capturado en el
acto, y con las manos atadas fue conducido al
cadalso para su ejecución pública. Su
madre lo siguió entre la multitud y se golpeaba
violentamente su pecho de tristeza. Al verla el ladrón
dijo: -Deseo
decirle algo a mi madre en su oído. Ella
acercó su oído a él, y éste rápidamente mordió
su oreja cortándosela. Su madre le reclamó que era
un hijo desnaturalizado, a lo que él replicó: -¡Ah!
Si me hubieras reprendido en mi primer robo del
libro aquel, nunca hubiera llegado a esto y ser
condenado a una ingrata muerte.
La
anciana y el recipiente de vino. Una
anciana encontró un recipiente vacío que había
sido llenado con el mejor de los vinos y que aún
retenía la fragancia de su antiguo contenido. Ella
insaciablemente lo llevaba su nariz, y acercándolo
y alejándolo decía: -¡Que
delicioso aroma! ¡Qué maravilloso debió haber
sido el vino que dejó en su vasija tan encantador
perfume!
El
joven pastor anunciando al lobo. Un
joven pastor, que cuidaba un rebaño de ovejas cerca
de una villa, alarmó a los habitantes tres o cuatro
veces gritando -¡El
lobo, el lobo! Pero
cuando los vecinos llegaban a ayudarle, se reía
viendo sus preocupaciones. Mas el lobo, un día de
tantos, sí llegó de verdad. El joven pastor, ahora
alarmado él mismo, gritaba lleno de terror: -
Por favor, vengan y ayúdenme; el lobo está matando
a las ovejas. Pero
ya nadie puso atención a sus gritos, y mucho menos
pensar en acudir a auxiliarlo. Y el lobo, viendo que
no había razón para temer mal alguno, hirió y
destrozó a su antojo todo el rebaño.
El
pastor y el mar. Un
pastor que cuidaba su rebaño en las costas, veía
al mar muy calmado y suave, y planeaba con hacer un
viaje de comercio. Entonces
vendió todo su rebaño y lo invirtió en un
cargamento de dátiles, y se echó a la mar. Pero
vino una fuerte tempestad, y estando en peligro de
hundirse la nave, tiro por la borda toda la mercancía,
y escasamente escapó con vida en la barca vacía. No
mucho tiempo después cuando alguien pasaba y
observaba la ordenada calma del mar, él le
interrumpía y le decía: -De
nuevo está el mar deseando dátiles y por eso luce
calmado.
Los
tres protectores. Una
gran ciudad estaba siendo sitiada, y sus habitantes
se reunieron para considerar el mejor medio de
protegerse. Un
ladrillero acaloradamente recomendaba a los
ladrillos como la mejor adquisición para la más
efectiva resistencia. Un
carpintero, con igual entusiasmo, proponía la
madera como un método preferible para la defensa. En
eso un curtidor de cueros se levantó y dijo:
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