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XV LA DUDA Marguerite Blakeney contempló la estilizada figura vestida de negro de Chauvelin abriéndose paso entre la multitud que abarrotaba el salón. Después no le quedó más remedio que esperar, con los nervios a punto de estallar por la excitación. Estaba sentada lánguidamente en la pequeña cámara, que seguía vacía, mirando por entre las cortinas de la puerta a las parejas que bailaban en el salón. Miraba sin ver, oía la música, mas sólo era consciente de una sensación de expectación, de la angustia de la espera. En su mente apareció la visión de lo que quizá estuviera ocurriendo en el piso de abajo en aquel mismo momento. El comedor casi vacío, la hora fatídica—¡con Chauvelin al acecho!—; después, a la hora en punto, la entrada de un hombre, de él, de Pimpinela Escarlata, el misterioso héroe que para Marguerite había adquirido visos de irrealidad, tan extraña era su personalidad oculta. Sintió deseos de estar ella también en el comedor, para verle al entrar; sabía que, con su intuición femenina, reconocería inmediatamente en el rostro del desconocido —quienquiera que fuese — la fuerte personalidad que caracteriza al dirigente de hombres, al héroe, al águila poderosa que vuela en las alturas, cuyas altivas alas iban a enredarse en la trampa del hurón. Mujer al fin y al cabo, pensó en él con profunda tristeza; la ironía de la suerte que aquel hombre correría era cruel: ¡permitir que el valeroso león sucumbiera al mordisco de una rata! ¡Ah! ¡Si no hubiera estado en peligro la vida de Armand... ! —¡Perdóneme, señoría! Debe haber pensado que soy muy negligente —oyó decir de repente a su lado—. Me he topado con grandes dificultades para dar su recado, porque no encontraba a Blakeney por ninguna parte... Marguerite se había olvidado por completo de su marido y de su recado; cuando lord Fancourt pronunció aquel nombre, se le antojó extraño y desconocido, pues en los últimos cinco minutos se había sumergido en su antigua vida en la Rue de Richelieu, con Armand siempre a su lado, para amarla y protegerla, para defenderla de las múltiples intrigas que plagaban París en aquellos días. —Afortunadamente lo he encontrado — prosiguió lord Fancourt—, y le he dejado su recado. Me ha dicho que daría órdenes inmediatamente para que enganchasen los caballos. —¡Ah! —exclamó Marguerite, distraída—. ¿Ha encontrado a mi marido y le ha dado mi recado? —Sí; estaba en el comedor, profundamente dormido. Al principio no pude despertarle. —Muchas gracias —dijo Marguerite mecánicamente, intentando poner sus ideas en orden. —¿Me hará su señoría el honor de concederme este baile hasta que su coche esté listo? — preguntó lord Fancourt. —No, se lo agradezco mucho, caballero, pero debe usted perdonarme. Estoy muy cansada, y el calor del salón de baile es realmente opresivo. —El invernadero está deliciosamente fresco. Permítame acompañarla hasta allí, y después le llevaré un refresco. Me parece que no se encuentra usted muy bien, lady Blakeney. —Es sólo que estoy muy cansada —insistió Marguerite en tono de hastío, mientras permitía que lord Fancourt la acompañara hasta el invernadero, donde las luces amortiguadas y las plantas daban frescor al aire. Le llevó una silla, y Marguerite se desplomó en ella. La larga espera le resultaba insoportable. ¿Por qué no iba Chauvelin a contarle el resultado de su vigilancia? Lord Fancourt era muy atento. Marguerite apenas prestaba atención a lo que decía, y de repente le sorprendió espetándole: —Lord Fancourt, ¿se fijó usted en quién había en el comedor hace un momento, además de sir Percy Blakeney? —Sólo el agente del gobierno francés, monsieur Chauvelin, que también estaba dormido en otro rincón —contestó—. ¿Por qué me lo pregunta su señoría? —No lo sé... ¿Se fijó en la hora que era cuando estaba allí? —Debían ser la una y cinco o y diez... Me pregunto en qué está pensando su señoría — añadió, pues saltaba a la vista que los pensamientos de la hermosa dama se encontraban muy lejos, y que no estaba prestando atención a su elevada conversación. Pero en realidad sus pensamientos no se encontraban muy lejos: sólo un piso más abajo, en aquella misma casa, en el comedor en que Chauvelin seguía vigilando. ¿Le habrían salido mal las cosas? Durante unos instantes, acarició aquella posibilidad como una esperanza, la esperanza de que sir Andrew hubiera prevenido a Pimpinela Escarlata, y de que el pájaro no hubiera caído en la trampa de Chauvelin. Pero la esperanza se desvaneció enseguida, dejando lugar al temor. ¿Le habrían salido mal las cosas? Pero entonces... ¡Armand! Lord Fancourt renunció a seguir hablando al darse cuenta de que no tenía oyentes. Quería una oportunidad para marcharse discretamente; pues estar frente a una dama que, por hermosa que sea, no responde a los enormes esfuerzos que se realizan para entretenerla no es precisamente halagador, ni siquiera para un ministro del Gabinete. —¿Quiere que vaya a ver si ya está preparado el coche de su señoría? —dijo el ministro, un tanto inseguro. —Sí... gracias, muchas gracias... Si fuera usted tan amable... Me temo que no es muy agradable estar conmigo esta noche... Pero es que me encuentro muy cansada... y quizá lo mejor sea que me quede sola. Marguerite llevaba un buen rato deseando librarse del ministro, pues suponía que, al igual que el zorro al que tanto se asemejaba, Chauvelin andaría rondando allí cerca, a la espera de que se quedara a solas. Pero cuando lord Fancourt se marchó, Chauvelin no apareció. ¿Qué había ocurrido? Marguerite pensó que el destino de Armand temblaba en la balanza... Temía —y era el suyo un miedo mortal— que Chauvelin no hubiera logrado su propósito, y que el misterioso Pimpinela Escarlata se le hubiera escapado de las manos una vez más, en cuyo caso sabía que no podía albergar ninguna esperanza de compasión, de misericordia por parte del francés. Chauvelin ya había pronunciado la fórmula: «O eso o ... », y no se conformaría con menos. Era rencoroso, y se empeñaría en creer que Marguerite le había engañado a propósito, y al no haber logrado atrapar al águila, su espíritu vengativo se conformaría con capturar una presa insignificante: ¡Armand! Sin embargo, Marguerite había hecho cuanto estaba en su mano; había puesto en juego todos sus recursos para salvar a Armand. No soportaba la idea de que todo se hubiera frustrado. No podía quedarse quieta en su asiento; deseaba enterarse de que había ocurrido lo peor inmediatamente. No acertaba a entender por qué Chauvelin no había ido aún a descargar su ira y sus sarcasmos sobre ella. Lord Grenville fue a decirle que su coche estaba listo, y que sir Percy la estaba esperando, ya con las riendas en la mano. Marguerite se despidió de su distinguido anfitrión, y mientras cruzaba el salón la detuvieron un sin fin de amigos para hablar con ella e intercambiar corteses au revoirs. El ministro dijo adiós a la hermosa lady Blakeney en el piso de arriba; abajo, en el rellano de la escalera, esperaba un verdadero ejército de galantes caballeros para despedirse de la reina de la belleza, mientras que afuera, bajo el enorme pórtico, los magníficos bayos de sir Percy pateaban impacientemente el suelo. Marguerite acababa de despedirse de su anfitrión en el piso de arriba, cuando de repente vio a Chauvelin. El francés subía la escalera lentamente, frotándose las delgadas manos con parsimonia. En su inquieto rostro había una extraña expresión, entre regocijada y perpleja, y cuando sus penetrantes ojos se encontraron con los de Marguerite, el sarcasmo asomó a ellos. —Monsieur Chauvelin —dijo lady Blakeney cuando el francés llegó al final de la escalera y le hizo una aparatosa reverencia—, mi coche está afuera. ¿Quiere darme el brazo? Galante como de costumbre, Chauvelin le ofreció el brazo y la acompañó hasta abajo. Aún había una gran multitud; algunos de los invitados del ministro se preparaban para salir; otros estaban apoyados en las barandillas, contemplando al grupo que subía y bajaba por la ancha escalera. —Chauvelin —dijo Marguerite, desesperada— , tengo que saber qué ha ocurrido. —¿Qué ha ocurrido, mi querida señora? — replicó el francés, fingiendo sorpresa—. ¿Dónde? ¿Cuándo? —No me atormente, Chauvelin. Le he prestado mi ayuda esta noche... Tengo derecho a saberlo. ¿Qué ha ocurrido en el comedor hace unos momentos, a la una en punto? Habló en un susurro, confiando en que, gracias al murmullo de la multitud, sólo el hombre que iba a su lado prestaría atención a sus palabras. —Todo era paz y quietud, mi hermosa dama. A esa hora yo estaba durmiendo en un sofá y sir Percy Blakeney en otro. —¿Y no entró nadie en la habitación? —Nadie. —Entonces, usted y yo no hemos conseguido nada... —Así es, no hemos conseguido nada... seguramente. —Pero, ¿y Armand? —dijo Marguerite en tono suplicante. —¡Ah! La suerte de Armand St. Just pende de un hilo... Ruegue al cielo que ese hilo no se rompa, mi querida señora. —Chauvelin, le he prestado un servicio de corazón, sinceramente... Recuerde que... —Recuerdo mi promesa —replicó Chauvelin en voz baja—. El día en que Pimpinela Escarlata y yo nos encontremos en suelo francés, St. Just estará en los brazos de su encantadora hermana. —Y eso significa que tendré las manos manchadas con la sangre de un hombre valiente —dijo Marguerite, estremeciéndose. —O la sangre de ese hombre o la de su hermano. Seguro que en estos momentos usted desea tanto como yo que el enigmático Pimpinela Escarlata parta para Calais hoy mismo... —Yo sólo deseo una cosa, ciudadano. —¿De qué se trata? —Que Satán, su amo, requiera su presencia en otro sitio antes de que salga el sol. —Me halaga usted, ciudadana. Marguerite se detuvo unos instantes en medio de la escalera, para intentar adivinar los pensamientos que ocultaba aquella máscara delgada y zorruna. Pero Chauvelin mantuvo su actitud cortés, sarcástica y misteriosa, sin dejar entrever a la pobre mujer angustiada el menor indicio de si debía albergar temores o esperanzas. Al llegar abajo, un nutrido grupo la rodeó inmediatamente. Lady Blakeney jamás abandonaba una casa sin una escolta de revoloteantes mariposas humanas atraídas por su deslumbrante belleza. Pero antes de separarse definitivamente de Chauvelin, le tendió una mano minúscula, con aquel gesto de súplica infantil tan suyo. —Déme alguna esperanza, por favor, Chauvelin —le rogó. Con una galantería inigualable, Chauvelin se inclinó ante aquella manecita, tan blanca y delicada, que se transparentaba por el guante de encaje negro, y besó las yemas de los dedos rosados... —Ruegue al cielo que no se rompa el hilo — repitió, con su enigmática sonrisa. Y, haciéndose a un lado, dejó que las mariposas revoloteantes se aproximaran a la llama, y el brillante grupo formado por la jeunesse dorée, pendiente de cada movimiento de lady Blakeney, ocultó el rostro de zorro del francés. XVI RICHMOND Unos minutos más tarde, Marguerite estaba acomodada y envuelta en costosas pieles en el pescante del magnífico carruaje, junto a sir Percy Blakeney, y los cuatro espléndidos bayos galopaban estrepitosamente por la calle desierta. La noche era cálida a pesar de la suave brisa que abanicaba las mejillas ardientes de Marguerite. Al poco dejaron atrás las casas de Londres, y sir Percy condujo velozmente sus caballos, que trapaleaban por el viejo punto de Hammersmith, camino de Richmond. El río aparecía y desaparecía, formando hermosas y delicadas curvas, como una serpiente de plata bajo los rutilantes rayos de la luna. Las sombras alargadas que proyectaban los árboles tendían espesos mantos de negrura sobre la carretera de trecho en trecho. Los caballos galopaban a una velocidad desenfrenada, mientras que las manos fuertes y certeras de sir Percy los sujetaban sin esfuerzo. Los paseos nocturnos tras los bailes y cenas en Londres eran una fuente inagotable de placer para Marguerite, y le gustaba en grado sumo aquellas extravagancias de su marido de llevarla de esta forma a casa todas las noches, a su hermosa casa a la orilla del río, en lugar de vivir en una incómoda casa de la ciudad. A sir Percy le encantaba conducir sus briosos corceles por las carreteras solitarias e iluminadas por la luna, y a Marguerite le encantaba sentarse en el pescante, con el suave aire nocturno de finales de verano acariciándole el rostro, después de la atmósfera sofocante de un baile o una fiesta. El recorrido no era muy largo; a veces, menos de una hora, cuando los caballos estaban bien descansados y sir Percy les daba rienda suelta. Aquella noche, parecía que sir Percy llevara al mismísimo diablo entre los dedos, y que el carruaje volara por la carretera, que discurría junto al río. Como de costumbre, no hablaba con Marguerite; miraba fijamente al frente, con las riendas entre sus manos blancas y delgadas. Marguerite lo miró con disimulo una o dos veces; vio su hermoso perfil, y un ojo indolente, la frente alta y recta y el párpado pesado y semicerrado. El rostro de sir Percy parecía extraordinariamente serio a la luz de la luna, y al corazón doliente de Marguerite le recordó los días felices de su noviazgo, antes de que se convirtiera en un bobo perezoso, en un petimetre amanerado que pasaba la vida entre partidas de naipes y fiestas. Pero esa noche, a la luz de la luna, no distinguía la expresión de los indolentes ojos azules; sólo veía el contorno de la firme barbilla, la comisura de los fuertes labios; la forma bien dibujada de la frente despejada. En verdad, la Naturaleza se había portado bien con sir Percy, y sus defectos sólo podían atribuirse a su pobre madre, medio loca, y al padre, distraído y apenado, ninguno de los cuales se había preocupado por la joven vida que brotaba entre ellos, y que, quizá a causa de su descuido, ya empezaba a torcerse. De repente, Marguerite sintió una profunda simpatía por su marido. La crisis moral que acababa de atravesar la hacía juzgar con indulgencia los defectos y las debilidades de los demás. Había comprendido, con fuerza devastadora, hasta qué punto puede golpear y dominar el Destino a un ser humano. Si una semana antes le hubieran dicho que ella se rebajaría a espiar a sus amigos, que traicionaría a un hombre valiente y desprevenido para ponerlo en manos de un enemigo implacable, se hubiera reído despectivamente. Y sin embargo, eso era lo que había hecho: era posible que al día siguiente cayera sobre su cabeza el peso de la muerte de un hombre valiente, igual que el marqués de St. Cyr había muerto dos años antes a causa de unas palabras que ella había pronunciado al descuido; pero en aquel caso, Marguerite era inocente desde el punto de vista moral, pues no quería perjudicar gravemente a nadie, y fue el destino el que se encargó de todo. Mas en esta ocasión, había hecho algo que a todas luces era una vileza, y lo había hecho deliberadamente, por un motivo que los moralistas más puros quizá no aprobarían. Al sentir el contacto del fuerte brazo de su marido, pensó que si llegaba a enterarse de su actuación de aquella noche la odiaría y despreciaría aún más. Pues los seres humanos se juzgan unos a otros de una forma superficial, insustancial, despectiva. Sin racionalizar los hechos, sin caridad. Despreciaba a su marido por sus necedades y sus actividades vulgares, sin el menor atisbo de intelectualidad; y pensaba que él la despreciaría aún más por no haber tenido la suficiente fortaleza para obrar bien por el bien en sí mismo, y haber sacrificado a su hermano a los dictados de su conciencia. Absorta en sus pensamientos, aquella hora de paseo en la fresca noche estival se le antojó a Marguerite demasiado breve; y experimentó una profunda decepción al darse cuenta de repente de que los caballos estaban traspasando la verja de su hermosa casa inglesa. La casa de sir Percy Blakeney, situada a orillas del río, es ya histórica: de nobles dimensiones, se alza en medio de unos jardines de diseño exquisito, con terraza y una de las fachadas de cara al río. Construida en la época Tudor, los viejos ladrillos rojos de los muros resultan sumamente pintorescos entre la enramada verde, el cuidado césped, con un reloj de sol, antiguo, que añade una nota de armonía al entorno. Grandes árboles seculares prestan su fresca sombra a la tierra, y en aquella cálida noche de principios de otoño, las hojas se teñían levemente de color bermejo y dorado, y el antiguo jardín tenía un aire singularmente poético y apacible a la luz de la luna. Con certera precisión, sir Percy hizo detenerse a los cuatro bayos justo enfrente de la hermosa entrada de estilo isabelino. A pesar de lo avanzado de la hora, apareció un verdadero ejército de criados, como si surgieran del suelo, en cuanto el carruaje se aproximó ruidosamente a la casa, y lo rodearon en actitud respetuosa. Sir Percy bajó rápidamente, y después ayudó a su mujer a descender. Marguerite se quedó afuera unos instantes, mientras sir Percy daba órdenes a uno de sus hombres. Marguerite dio la vuelta a la casa y se internó en el césped, contemplando soñadora el paisaje plateado. La Naturaleza se le antojaba exquisitamente sosegada en comparación con las tumultuosas emociones que había experimentado: se oía el débil murmullo del río y, de cuando en cuando, el suave y fantasmal susurro de una hoja muerta al caer. Todo lo demás era silencio a su alrededor. Antes, había oído el piafar de los caballos cuando los llevaban hasta las lejanas cuadras, los pasos apresurados de los criados que se retiraban a descansar; también la casa estaba en silencio. Aún había luz en varias habitaciones, sobre los magníficos salones; eran sus aposentos y los de sir Percy, situados en extremos opuestos de la casa, tan separados como sus vidas. Marguerite suspiró involuntariamente; en aquel preciso momento no hubiera sabido decir por qué. Su aflicción era infinita. Se compadecía de sí misma, profunda y dolorosamente. Jamás se había sentido tan completamente sola, ni había necesitado tan desesperadamente consuelo y simpatía. Con otro suspiro, se alejó de la orilla del río y se dirigió hacia la casa, pensando vagamente si, después de aquella noche, sería capaz de volver a dormir y descansar. De repente, antes de llegar a la terraza, oyó unas firmes pisadas sobre la arena crujiente, y al cabo de unos instantes surgió de las sombras la figura de su marido. También él había rodeado la casa y deambulaba por el césped, camino del río. Aún llevaba el grueso abrigo con múltiples cuellos y solapas que él había puesto de moda, pero se lo había echado hacia atrás, hundiendo las manos en los amplios bolsillos de sus calzones de satén, como era su costumbre. El deslumbrante traje de color crema que llevaba en el baile de lord Grenville, con su chorrera de valiosísimo encaje, tenía un aspecto extrañamente fantasmal, recortado contra el fondo oscuro de la casa. No pareció reparar en Marguerite, pues tras detenerse unos momentos, volvió hacia la casa y se dirigió a la terraza. —¡Sir Percy! Blakeney ya había puesto el pie en el peldaño inferior de la escalera, pero al oír la voz de su mujer se sobresaltó y se detuvo, y después miró inquisitivamente las sombras desde las que Marguerite le había llamado. Marguerite se acercó a él rápidamente, iluminada por la luna, y, en cuanto sir Percy la vio, dijo, con aquel aire de galantería consumada que siempre adoptaba cuando se dirigía a ella: —¡A su disposición, señora! Pero su pie siguió en el escalón, y en su actitud había un vago indicio, que Marguerite apreció claramente, de que quería marcharse y no tenía el menor deseo de iniciar una conversación a media noche. —El aire está deliciosamente fresco —dijo Marguerite—. La luz de la luna es poética, y el jardín realmente incitante. ¿No le gustaría quedarse aquí un rato? No es demasiado tarde, ¿o es que mi compañía le resulta tan desagradable que tiene prisa por librarse de ella? —No, señora —replicó sir Percy en todo afable—; es justo lo contrario, pero le garantizo que encontrará el aire nocturno más excitante sin mi compañía, de modo que, cuanto antes aparte ese obstáculo, más disfrutará su señoría. Se dio la vuelta y empezó a subir la escalera. —Le aseguro que se confunde, sir Percy —se apresuró a decir Marguerite, y aproximándose a él, añadió—: Recuerde que la barrera que se ha alzado entre nosotros no es culpa mía. —¡Ah! Le pido disculpas, señora —protestó sir Percy con frialdad—. Siempre he tenido pésima memoria. La miró a los ojos, con la actitud de indolente despreocupación que se había convertido en su segunda naturaleza. Marguerite le mantuvo la mirada unos instantes; y al acercarse a él al pie de la escalera, sus ojos se dulcificaron. —¿Pésima, sir Percy? ¡Vaya! ¡Entonces debe haber cambiado mucho! ¿Fue hace tres años cuando nos vimos por espacio de una hora en París, cuando usted se dirigía a Oriente? Cuando volvió, al cabo de dos años, no me había olvidado. A la luz de la luna, la belleza de Marguerite era prodigiosa, con la capa de pieles sobre sus hermosos hombros, rodeada por el halo destellante del bordado de oro de su vestido, y los infantiles ojos azules clavados en él. Sir Percy se quedó inmóvil y rígido unos instantes; su mano se aferraba con fuerza a la barandilla de piedra de la terraza. —Señora, confío en que no requiera mi presencia con la intención de sumergirse en tiernos recuerdos —dijo en tono glacial. Su voz era fría, impersonal; su actitud ante Marguerite, rígida e implacable. El decoro femenino hubiera debido dictarle que pagara con frialdad la frialdad con que él la trataba, con una simple inclinación de cabeza; pero el instinto femenino le aconsejaba seguir allí, ese agudo instinto por el que una mujer hermosa consciente de sus poderes se empeña en hacer que un hombre que no le rinde homenaje caiga de rodillas ante ella. Le tendió la mano. —¿Y por qué no, sir Percy? El presente no es tan esplendoroso como para que no sienta deseos de remover un poco el pasado. Sir Percy doblegó su alta figura, y cogiendo las yemas de los dedos que Marguerite le ofrecía, los besó ceremoniosamente. —Confío en que sepa perdonar que mi torpe intelecto no la acompañe en esa actividad, señora —dijo. Intentó marcharse una vez más, y una vez más lo detuvo Marguerite, con su voz dulce, infantil, casi tierna. —Sir Percy. —A sus pies, señora. —¿Es posible que el amor muera? —dijo lady Blakeney con una vehemencia súbita, impremeditada—. Yo creía que la pasión que sentía por mí duraría toda una vida. Percy, ¿acaso no queda nada de ese amor que... pueda ayudarle a saltar esa triste barrera? Mientras Marguerite pronunciaba estas palabras, pareció como si la enorme figura de sir Percy adquiriese aún mayor rigidez; la fuerte boca se endureció, y a aquellos ojos azules, normalmente indolentes, asomó una expresión de indomable obstinación. —¿Le importaría decirme con qué objeto, señora? —preguntó con frialdad. —No le comprendo. —Pues es muy sencillo —replicó sir Percy con una amargura que pareció sacudir literalmente sus palabras, a pesar de que saltaba a la vista que hacía grandes esfuerzos por reprimirla—. Se lo pregunto humildemente, porque mi torpe mente es incapaz de comprender la causa de todo esto, de la nueva actitud de su señoría. ¿Es que siente la necesidad de volver a practicar el diabólico juego al que se dedicó el año pasado con tan excelentes resultados? ¿Acaso quiere verme de nuevo a sus pies, rendido de amor, para darse el gusto de echarme de su lado como si fuera un perro faldero un poco pesado? Marguerite había logrado exaltarlo momentáneamente; y volvió a mirarle a los ojos, porque así era como lo recordaba el año anterior. —¡Se lo ruego, Percy! —susurró—. ¿No podemos enterrar el pasado? —Perdóneme, señora, pero creo haber entendido que lo que usted desea es removerlo. —¡No! ¡No me refería a ese pasado, Percy! — dijo con la voz velada por la ternura—. ¡Me refería a los días en que aún me amaba ... ! ¡Oh, yo era frívola y vanidosa, y me dejé seducir por sus riquezas y su posición. Me casé con usted, con la esperanza de que el gran amor que usted sentía engendraría el amor en mí... ¡Pero, ay!... La luna se había ocultado tras un montón de nubes. Por el oeste, una suave luz grisácea empezaba a disolver el pesado manto de la noche. Sir Percy sólo podía distinguir el grácil contorno de Marguerite, su cabeza regia, con una cascada de rizos dorados y rojizos, y las rutilantes joyas que formaban la florecilla roja, en forma de estrella, que llevaba en el pelo a modo de diadema. —Veinticuatro horas después de nuestra boda, señora, el marqués de St. Cyr y toda su familia murieron en la guillotina, y llegó a mis oídos el rumor de que era la esposa de sir Percy Blakeney quien había ayudado a que acabaran así. —¡No! Yo misma confesé lo que había de cierto en esa odiosa historia. —No hasta después de que me lo contaran los extraños, con todos sus espantosos detalles. —Y usted los creyó sin más —replicó Marguerite con vehemencia—, sin pedir pruebas ni hacer preguntas... creyó que yo, a quien había jurado amar más que a su propia vida, a quien había asegurado que adoraba, había sido capaz de hacer algo tan vil como lo que le contaron esas gentes. Pensó que le había engañado, que debía haber hablado antes de casarme con usted. Pero, si hubiera querido escucharme, le hubiera dicho que hasta la mañana misma en que St. Cyr fue a la guillotina, me desviví por salvarlos a él y a su familia, recurriendo a todas las influencias que tenía. Pero el orgullo selló mis labios al ver que su amor había muerto, como si hubiera caído bajo la cuchilla de esa misma guillotina. Le hubiera contado que me embaucaron. ¡Sí, a mí, a quien, también según los rumores, se le ha atribuido la inteligencia más aguda de toda Francia! Hice aquello porque caí en la trampa que me tendieron unos hombres que sabían cómo jugar con el amor que sentía por mi único hermano y mi deseo de venganza. ¿No es natural que lo hiciese? Su voz quedó ahogada por las lágrimas. Guardó silencio unos instantes, tratando de recobrar el aplomo. Miró a su marido con expresión de súplica, como si la estuviera juzgando. Sir Percy la había dejado hablar vehemente, apasionadamente, sin hacer ningún comentario, sin ofrecerle una palabra de simpatía, y mientras Marguerite guardaba silencio, intentando tragarse las ardientes lágrimas que anegaban sus ojos, se quedó a la espera, impasible e inmóvil. A la tenue luz grisácea del alba, su figura parecía aún más erguida, más rígida. El rostro indolente y afable había experimentado una extraña transformación. En su excitación, Marguerite vio que los ojos de su marido ya no tenían una expresión lánguida, y que había desaparecido el gesto afable y un poco necio de su boca. Bajo sus párpados semicerrados destelló una extraña mirada de intensa pasión; tenía los labios apretados, como si sólo la fuerza de voluntad refrenara aquella pasión desbocada. Por encima de todo, Marguerite Blakeney era una mujer, con todas las debilidades más fascinantes y los defectos más adorables de una mujer. En un instante comprendió que había estado equivocada durante los últimos meses; que aquel hombre que estaba ante ella, frío como una estatua cuando su voz melodiosa llegó a sus oídos, la amaba, como la había amado el año anterior; que quizá su pasión había estado dormida pero allí seguía, tan fuerte, intensa y poderosa como cuando sus labios se unieron por primera vez en un beso prolongado y enloquecedor. El orgullo le había impedido acercarse a ella, y Marguerite, como mujer que era, estaba dispuesta a recuperar aquella conquista que una vez había sido suya. De repente, se le antojó que la única felicidad que podía ofrecerle la vida sería sentir de nuevo el beso de aquel hombre sobre sus labios. —Lo que ocurrió fue lo siguiente, sir Percy — dijo en voz baja, dulce, infinitamente dulce—. ¡Armand lo era todo para mí! No teníamos padres, y nos cuidamos el uno al otro. El era para mí un padre en pequeño, y yo para él una madre en miniatura, y nos queríamos mucho. Un día... ¿me escucha, sir Percy?, un día, el marqués de St. Cyr ordenó que azotaran a mi hermano, que lo azotaran sus lacayos, ¡a ese hermano al que quería más que a nadie en el mundo! ¿Y qué delito había cometido? Que, siendo plebeyo, había osado amar a la hija del aristócrata; por eso lo apalearon, y lo azotaron... ¡como a un perro, y estuvo a punto de perder la vida! ¡Ah, cuánto sufrí! ¡Su humillación me partió el alma! Cuando se me presentó la oportunidad de vengarme, la aproveché. Pero mi intención era únicamente humillar al orgulloso marqués. Conspiró con Austria contra su propio país. Me enteré por pura casualidad, y hablé de ello, sin saber —¿cómo podía haberlo adivinado?— que me habían engañado, que me habían tendido una trampa. Cuando comprendí lo que había hecho, era demasiado tarde. —Quizá sea un poco difícil volver al pasado, señora —dijo sir Percy, tras unos momentos de silencio—. Ya le he confesado que tengo muy mala memoria, pero siempre he creído que, cuando murió el marqués, le rogué que me explicara ese rumor que corría de boca en boca. Si mi escasa memoria no me juega una mala pasada, creo recordar que se negó a darme cualquier clase de explicación, y exigió a mi amor una connivencia humillante que no estaba dispuesto a dar. —Deseaba probar su amor por mí, y no superó la prueba. En los viejos tiempos me decía que sólo vivía para mí, para amarme. —Y, para demostrarle ese amor, me pidió que renunciase a mi honor —replicó sir Percy, dando la impresión de que, poco a poco, lo abandonaba su imperturbabilidad y se relajaba su rigidez—, que aceptase sin rechistar ni preguntar todos los actos de mi dueña, como un esclavo tonto y obediente. Como mi corazón rebosaba de amor y pasión, no pedí ninguna explicación; pero naturalmente, esperaba que me la diera. Con una sola palabra que hubiera dicho, yo hubiera aceptado cualquier explicación, y la hubiera creído. Pero tras la confesión de los hechos, terribles, usted se marchó sin añadir nada; volvió orgullosamente a casa de su hermano, y me dejó solo... durante semanas... sin saber a quién tenía que creer, pues el relicario que contenía mi única ilusión estaba hecho pedazos, a mis pies. Marguerite no podía quejarse de la frialdad e imperturbabilidad de su marido en aquellos momentos; la voz de sir Percy temblaba por la intensa pasión que trataba de dominar con esfuerzos sobrehumanos. —¡Sí! ¡El orgullo me cegó! —exclamó Marguerite, afligida—. En cuanto me marché de su lado, lo lamenté, pero cuando regresé, ¡le encontré tan cambiado ... ! Ya llevaba esa máscara de indolente indiferencia que no se ha quitado hasta... hasta ahora. Estaba tan cerca de él que su suave pelo, que llevaba suelto, rozaba la mejilla de sir Percy; sus ojos, relucientes de lágrimas, lo enloquecieron, la música de su voz le prendió fuego en las venas. Pero no estaba dispuesto a rendirse al encanto mágico de aquella mujer a la que había amado tan profundamente, y a cuyas manos su orgullo había sufrido un golpe terrible. Sir Percy cerró los ojos para borrar la delicada visión de aquella dulce cara, de aquel cuello níveo y de aquella figura grácil, alrededor de la cual empezaba a juguetear la luz rosada del amanecer. —No, señora, no es una máscara —dijo en tono glacial—. Le juré... hace tiempo, que mi vida era suya. Desde hace meses es un juguete en sus manos... Ha cumplido su objetivo. Pero en aquel instante Marguerite comprendió que aquella frialdad era una máscara. La angustia y la aflicción que había experimentado la noche anterior volvieron de pronto a su mente, pero no con amargura, sino con la sensación de que aquel hombre, que la quería, la ayudaría a sobrellevar su cargo. —Sir Percy —dijo impulsivamente—, Dios sabe que ha hecho todo lo posible para que la tarea que me había impuesto a mí misma resultara terriblemente difícil. Ahora mismo acaba de hablar de mi actitud. De acuerdo, llamémoslo así, si quiere. Yo quería hablar con usted porque... porque... tenía ciertos problemas... y necesitaba su comprensión. —Estoy a sus órdenes, señora. —¡Qué frío es usted! —suspiró Marguerite—. Le aseguro que me cuesta trabajo creer que hace unos meses una sola lágrima mía lo hubiera enloquecido por completo. Ahora me acerco a usted... con el corazón destrozado... y... y... —Dígame, señora —la interrumpió sir Percy, con la voz casi tan temblorosa como la de ella—, ¿en qué puedo servirla? —Percy... Armand se encuentra en peligro de muerte. Una carta escrita por él... impetuosa, imprudente, como todos sus actos, y dirigida a sir Andrew Ffoulkes, ha caído en poder de un fanático. Armand está irremediablemente comprometido... Quizá lo detengan mañana... y después irá a la guillotina... a menos que... a menos que... ¡Ah, es terrible! —dijo Marguerite con un gemido de angustia, mientras en su mente se agolpaban bruscamente los acontecimientos de la noche anterior—. ¡Es horrible!... Usted no lo entiende, no puede entenderlo... y no puede acudir a nadie... para que me preste ayuda, ni siquiera comprensión. Las lágrimas se negaron a contenerse. Vencieron las preocupaciones, las luchas consigo misma, la espantosa incertidumbre por la suerte de Armand. Se tambaleó, como si fuera a desplomarse, y apoyándose en la barandilla de piedra, ocultó el rostro entre las manos y sollozó amargamente. Al oír el nombre de Armand St. Just y enterarse de que corría peligro, el rostro de sir Percy adquirió un tinte levemente pálido, y en sus ojos apareció la expresión de decisión y obstinación más marcada que nunca. Pero guardó silencio, y se limitó a observarla, mientras el delicado cuerpo de Marguerite se agitaba con los sollozos; la observó hasta que el rostro de sir Percy se dulcificó inconscientemente, y en sus ojos destelló algo parecido a las lágrimas. —¿De modo que el perro asesino de la revolución se revuelve contra la mano que le daba de comer? —dijo con profundo sarcasmo—. Por favor, señora —añadió con gran dulzura, mientras Marguerite seguía sollozando histéricamente—, le ruego que seque sus lágrimas. Nunca he podido ver llorar a una mujer hermosa, y yo... Instintivamente, a la vista del desamparo y la aflicción de Marguerite, sir Percy tendió los brazos con una pasión repentina, irrefrenable, y a continuación la hubiera cogido y acercado a sí, para protegerla de todo mal con su propia vida, con su propia sangre... Pero el orgullo salió victorioso en esta lucha una vez más; se contuvo con un tremendo esfuerzo de voluntad, y dijo con frialdad, mas con gran dulzura: —¿No quiere confiarse a mí y decirme cómo puedo tener el honor de servirla, señora? Marguerite hizo un esfuerzo supremo por dominarse y, volviendo un rostro bañado en lágrimas hacia él, le tendió la mano, que sir Percy besó con la consumada galantería de costumbre; pero en esta ocasión, los dedos de Marguerite se demoraron en su mano unos segundos más de lo absolutamente necesario, y esto ocurrió porque Marguerite comprobó que la mano de su marido temblaba perceptiblemente y le ardía, mientras que sus labios estaban fríos como el mármol. —¿Puede hacer algo por Armand? —preguntó Marguerite, dulce y sencillamente—. Usted tiene muchas influencias en la corte... muchos amigos... —Pero, señora, ¿no sería mejor que se procurase la influencia de su amigo francés monsieur Chauvelin? Si no me equivoco, su influencia puede llegar hasta el gobierno republicano de Francia. —No puedo pedírselo a él, Percy... ¡Ah, ojalá me atreviera a contarle a usted... pero... pero... Chauvelin ha puesto precio a la cabeza de mi hermano, y... Marguerite hubiera dado cualquier cosa por reunir valor suficiente para contárselo todo... lo que había hecho aquella noche, cuánto había sufrido y por qué se había visto obligada a hacerlo. Pero no se atrevió a ceder al impulso... no en aquel momento, en que estaba empezando a comprender que su marido aún la amaba, en que esperaba recuperar su amor. No se atrevía a hacerle otra confesión. Quizá no lo entendería; cabía la posibilidad de que no comprendiera sus luchas y sus tentaciones. Era posible que el amor de sir Percy, aún adormecido, durmiera el sueño de la muerte. Quizá adivinara lo que pasaba por su mente. Su actitud reflejaba una profunda nostalgia, era una auténtica oración por aquella confianza que el estúpido orgullo de Marguerite le negaba. Como ella siguió en silencio, sir Percy suspiró, y dijo con enorme frialdad: —Bueno, señora, puesto que tanto la aflige, no hablaremos sobre el tema... Con respecto a Armand, le ruego que no tenga ningún miedo. Le doy mi palabra de que no le ocurrirá nada. Y ahora, ¿me da usted su permiso para retirarme? Se está haciendo tarde, y... —¿Aceptará al menos mi gratitud? —le interrumpió Marguerite con verdadera ternura, acercándose a él. Con un esfuerzo rápido, casi involuntario, sir Percy la hubiera cogido entre sus brazos en ese mismo momento, pues los ojos de Marguerite estaban anegados en lágrimas que hubiera querido secar con sus besos; pero ya en otra ocasión le había seducido de la misma forma, para después dejarlo a un lado, como si se tratara de un guante inservible. Sir Percy pensó que se trataba de un simple capricho pasajero, y era demasiado orgulloso para caer en la trampa una vez más. —Es demasiado pronto, señora —dijo en voz queda—. Aún no he hecho nada. Es muy tarde, y estará usted cansada. Sus doncellas estarán esperándola arriba. Se apartó para dejarla pasar. Marguerite suspiró. Fue un suspiro rápido, de decepción. El orgullo de sir Percy y la belleza de Marguerite habían entrado en conflicto, y el orgullo había vencido. Marguerite pensó que, al fin y al cabo, era posible que se hubiera engañado, que lo que había tomado por la chispa del amor en los ojos de su marido no fuera más que la pasión del orgullo, o incluso de odio en lugar de amor. Se quedó mirándole unos instantes. Sir Percy estaba tan rígido e impasible como antes. Había vencido el orgullo y Marguerite no le importaba en absoluto. Poco a poco el gris del alba iba cediendo su lugar a la luz rosada del sol naciente. Los pájaros empezaron a piar. La Naturaleza se despertó, respondiendo con una sonrisa feliz al calor de la esplendorosa mañana de octubre. Sólo entre aquellos dos corazones se alzaba una barrera infranqueable, hecha de orgullo por ambas partes, y ninguno de los dos estaba dispuesto a dar el primer paso para derribarla. Sir Percy doblegó su elevada figura en una reverencia ceremoniosa, y Marguerite, con un último suspiro de amargura, empezó a subir la escalera de la terraza. La larga cola de su vestido bordado en oro barrió las hojas muertas de los escalones, produciendo un susurro débil y armonioso al remontarlos con ligereza, con una mano apoyada en la barandilla, y la luz rosada del amanecer formando una aureola dorada alrededor de su pelo y arrancando destellos de los rubíes que llevaba en la cabeza y los brazos. Llegó a las altas puertas de cristal de la casa. Antes de entrar, se detuvo una vez más para mirar a sir Percy, esperando contra toda esperanza ver que le tendía los brazos, y oír su voz llamándola. Pero sir Percy no se movió; su enorme figura parecía la personificación del orgullo indomable, de la obstinación más recalcitrante. Las lágrimas ardientes acudieron a los ojos de Marguerite, y como no quería que él las viera, se volvió bruscamente, y corrió hacia sus habitaciones con toda la rapidez que pudo. Si en aquel momento hubiera vuelto al lugar que acababa de abandonar, y hubiera mirado una vez más el jardín teñido de luz rosada, hubiera visto algo ante lo que sus propios sufrimientos hubieran parecido livianos y llevaderos: un hombre fuerte, dominado por la pasión y la desesperación. Al fin había cedido el orgullo; la obstinación había desaparecido, la voluntad era impotente. No era más que un hombre enamorado locamente, ciega y apasionadamente enamorado, y en cuanto el ruido de las leves pisadas de Marguerite se desvaneció en el interior de la casa, sir Percy se arrodilló en la escalera de la terraza y, loco de amor, besó uno a uno los puntos que habían pisado los piececitos de Marguerite, y la barandilla de piedra en la que había posado su mano. XVII LA DESPEDIDA Cuando Marguerite llegó a su habitación, encontró a la doncella terriblemente preocupada por ella. —Su señoría estará muy cansada —dijo la pobre mujer, con los ojos medio cerrados de sueño—. Son más de las cinco. —Sí, Louise, la verdad es que me siento cansadísima —replicó Marguerite en tono amable—; pero también lo estarás tú, de modo que ve a acostarte inmediatamente. Puedo arreglármelas yo sola. —Pero señora... —No discutas, Louise, y ve a acostarte. Ponme una bata y déjame sola. Louise obedeció de buena gana. Le quitó a su señora el bonito vestido de baile, y la envolvió en una bata suave y ondulante. —¿Dese algo más su señoría? —preguntó a continuación. —No, nada más. Apaga las luces cuando salgas. —Sí, señora. Buenas noches, señora. —Buenas noches, Louise. Cuando la doncella se hubo marchado, Marguerite descorrió las cortinas y abrió las ventanas de par en par. El jardín y el río estaban inundados de luz rosada. A lo lejos, por oriente, los rayos del sol naciente habían transformado el color rosa en un dorado resplandeciente. El césped estaba desierto, y Marguerite contempló la terraza en la que unos momentos antes había intentado vanamente recuperar el amor de un hombre, que en el pasado había sido enteramente suyo. Resultaba extraño que en medio de tantos problemas y tanta preocupación por Armand lo que dominara su corazón en aquellos momentos fuera una profunda pena amorosa. Parecía como si hasta sus brazos y sus piernas anhelaran el amor de un hombre que la había rechazado, que se había resistido a su ternura, mostrando frialdad ante sus ruegos, y que no había respondido a la llamarada de pasión que la había hecho creer y esperar que los felices días de París no estaban muertos y olvidados por completo. ¡Qué extraño era todo! Marguerite seguía amándole. Y al mirar atrás, al recordar los últimos meses de malentendidos y soledad, comprendió que nunca había dejado de amarle; que en lo más profundo de su corazón siempre había sabido que las necedades de su marido, su risa vacía y su perezosa indiferencia no eran más que una máscara; que aún seguía existiendo el hombre de verdad, fuerte, apasionado, voluntarioso, el hombre que ella amaba, cuya intensidad la había fascinado, cuya personalidad la atraía, pues siempre había pensado que tras su aparente estupidez había algo, que ocultaba a todo el mundo, y especialmente a ella. El corazón de una mujer es un problema sumamente complejo y, en ocasiones, su dueña es precisamente la menos indicada para solucionar el rompecabezas. Marguerite Blakeney, «la mujer más inteligente de Europa», ¿amaba realmente a un imbécil? ¿Era amor lo que sentía por él un año antes, cuando se casó? ¿Era amor lo que sentía en aquellos momentos, al comprender que seguía amándola, pero que no quería ser su esclavo, su amante ardiente y apasionado? Marguerite no podía saberlo; al menos no en aquellas circunstancias. Quizá fuera que su orgullo había bloqueado su mente, impidiéndole comprender los sentimientos de su propio corazón. Pero eso sí lo sabía... que deseaba recuperar aquel corazón obstinado, conquistarlo una vez más... y no volver a perderlo jamás... Lo mantendría, mantendría su amor, se haría merecedora de él, y lo cuidaría. Porque había una cosa cierta: que la felicidad ya no era posible sin el amor de aquel hombre. Los pensamientos y emociones más contradictorios se agolpaban en su mente. Absorta en ellos, dejó que el tiempo pasara sin sentir; quizá, agotada por la prolongada excitación, cerró los ojos y se sumió en un sueño intranquilo, en el que las visiones rápidamente cambiantes parecían continuación de sus pensamientos angustiados, pero se despertó bruscamente, fuera sueño o meditación, al oír ruido de pasos junto a la puerta de su habitación. Se levantó de un salto, nerviosa, y prestó oídos: la casa estaba tan silenciosa como antes; los pasos habían cesado. Los brillantes rayos del sol matutino entraban a raudales por las ventanas abiertas. Miró el reloj que había en la pared: eran las seis y media, demasiado temprano para que los criados anduvieran por la casa. No cabía duda de que se había quedado dormida sin darse cuenta. La habían despertado el ruido de pisadas y de voces susurrantes y apagadas... ¿De quién serían? Despacio, de puntillas, cruzó la habitación, abrió la puerta y prestó oídos una vez más. No percibió el menor ruido en ese silencio especial que acompaña a las primeras horas de la mañana, cuando la humanidad entera está sumida en el sueño más profundo. Pero el ruido la había puesto nerviosa, y cuando, al llegar al umbral, vio una cosa blanca a sus pies —una carta, evidentemente— casi no se atrevió a tocarla. Tenía un aspecto fantasmal. No le cabía duda de que no estaba allí cuando subió a su habitación. ¿Se le habría caído a Louise? ¿O se trataría de un espectro provocador que desplegaba cartas imaginarias, inexistentes? Finalmente se agachó para recogerla y, sorprendida, completamente atónita, comprobó que la carta en cuestión iba dirigida a ella, y que estaba escrita con la caligrafía grande y seria de su marido. ¿Qué tendría que decirle a esas horas de la madrugada para no poder esperar hasta la mañana? Rasgó el sobre y leyó lo siguiente: Circunstancias totalmente imprevistas me obligan a ir al Norte de inmediato, y presento mis disculpas a su señoría por no poder tener el honor de despedirme personalmente. Como es posible que el asunto que reclama mi atención me tenga ocupado una semana, no podré disfrutar del privilegio de asistir a la fiesta que ofrecerá su señoría el miércoles. Su siempre fiel y humilde servidor: PERCY BLAKENEY A Marguerite debió contagiársele la torpeza intelectual de su marido, pues tuvo que leer aquellas sencillas líneas varias veces para comprender su significado. Se quedó inmóvil en el rellano de la escalera, dando vueltas y más vueltas a la misteriosa y breve misiva, con la mente en blanco, agitada, con los nervios en tensión y un presentimiento que no hubiera podido explicar. Sir Percy poseía numerosas fincas en el Norte, y en muchas ocasiones iba allí él solo y se quedaba una semana entera; pero era muy extraño que precisamente entre las cinco y las seis de la mañana surgieran circunstancias tales que lo obligaran a partir con semejante premura. Marguerite intentó borrar una sensación de nerviosismo poco habitual en ella, pero en vano; temblaba de pies a cabeza. La invadió un deseo irrefrenable de volver a ver su marido, inmediatamente, si es que aún no se ha había marchado. Olvidando que únicamente iba cubierta con una ligera bata, y que el pelo le caía en desorden sobre los hombros, corrió escaleras abajo, y, atravesando el vestíbulo, llegó hasta la puerta. Como de costumbre, estaban echados los cerrojos, pues los criados aún no se habían levantado; pero sus agudos oídos percibieron ruido de voces y el patear de los cascos de un caballo sobre las losas. Con dedos trémulos, Marguerite descorrió los cerrojos uno por uno, rasguñándose las manos, arañándose las uñas, pues las barras eran pesadas, pero no prestó la menor atención a estas molestias; su cuerpo entero se agitaba de inquietud sólo con pensar que quizá fuera demasiado tarde, que quizá sir Percy ya se había marchado sin que ella lo hubiera visto y le hubiera deseado buen viaje. Por último hizo girar la llave y abrió la puerta. Sus oídos no la habían engañado. Frente a la puerta, un mozo sujetaba dos caballos. Uno de ellos era Sultán, el animal favorito de sir Percy, y también más rápido, ensillado y listo para iniciar el viaje. A los pocos instantes, sir Percy dobló una esquina de la casa y se dirigió apresuradamente hacia los caballos. Se había quitado el llamativo traje que había llevado al baile, pero, como de costumbre, iba impecable y suntuosamente vestido, con un traje de buen paño, corbata y puños de encaje, botas altas y calzones de montar. Marguerite se adelantó unos pasos. Sir Percy alzó los ojos y la vio. Su entrecejo se frunció ligeramente. —¿Se marcha? —preguntó Marguerite atropelladamente—. ¿A dónde va? —Como ya he tenido el honor de comunicar a su señoría, un asunto inesperado requiere mi presencia en el Norte —respondió sir Percy, con su habitual tono frío e indolente. —Pero... mañana tenemos invitados... —En la nota ruego a su señoría que presente mis más sinceras disculpas a su Alteza Real. Usted es una anfitriona perfecta, y no creo que nadie me eche de menos. —Pero estoy segura de que podría haber pospuesto el viaje... hasta después de la fiesta — dijo Marguerite nerviosamente—. Ese asunto no será tan importante... y hace un momento no me dijo nada... —Como ya he tenido el honor de comunicarle, señora, se trata de un asunto totalmente inesperado y muy urgente... Por tanto, le ruego que me dé permiso para partir de inmediato. ¿Desea algo de la ciudad... cuando regrese? —No, gracias... No quiero nada... Pero, ¿volverá pronto? —Muy pronto. —¿Antes de que acabe la semana? —No se lo puedo asegurar. Saltaba a la vista que estaba deseando marcharse, mientras que Marguerite hacía todo lo posible por retenerlo unos momentos más. —Percy —dijo—, ¿no quiere decirme por qué se marcha hoy? Como esposa suya, creo que tengo derecho a saberlo. No le han llamado del Norte; lo sé. Anoche no llegó ninguna carta ni ningún mensajero antes de que saliéramos para ir a la ópera, y cuando regresamos del baile no había nada esperándole... Estoy segura de que no va al Norte... Es un misterio, y yo... —No hay misterio alguno, señora —replicó sir Percy, con un leve deje de impaciencia en la voz—. El asunto que me ocupa está relacionado con Armand... Bien, ¿tengo su permiso para partir? —Armand... Pero no correrá usted ningún riesgo, ¿verdad? —¿Riesgo yo?... No, señora, pero su preocupación me honra., Como usted dice, poseo ciertas influencias, y tengo la intención de ejercerlas, antes de que sea demasiado tarde. —Permita al menos que le exprese mi gratitud... —No, señora —replicó sir Percy con frialdad—. No es necesario. Mi vida está a su entera disposición, y me siento sobradamente recompensado. —Y la mía estará a su disposición si usted la acepta, a cambio de lo que va a hacer por Armand —dijo Marguerite, al tiempo que le tendía impulsivamente las manos—. Pero, ¡en fin!, no quiero retenerlo más... Mi pensamiento irá con usted... Adiós. ¡Qué hermosa estaba a la luz del sol matutino, con su cabello deslumbrante derramándose sobre los hombros! Sir Percy se inclinó profundamente y le besó la mano; al sentir el ardiente beso, el corazón de Marguerite se emocionó, rebosante de alegría y esperanza. —¿Regresará usted? —preguntó con ternura. —¡Muy pronto! —contestó sir Percy, mirando anhelante a los ojos azules de Marguerite. —Y... ¿lo recordará? —añadió Marguerite, mientras en sus ojos destellaban una infinidad de promesas en respuesta a la mirad de sir Percy. —Siempre recordaré que usted me ha honrado requiriendo mis servicios, señora. Sus palabras fueron frías y formales, pero en esta ocasión no dejaron helada a Marguerite. Su corazón de mujer interpretó las emociones del hombre bajo la máscara de impasibilidad que su orgullo le obligaba a adoptar. Sir Percy le hizo otra reverencia y te pidió permiso para partir. Marguerite se quedó a un lado mientras su marido subía a lomos de Sultán y, cuando atravesó la verja al galope, le dio el último adiós, agitando la mano. Al poco quedó oculto por una curva del camino; su mozo de confianza se veía en dificultades para mantenerse al mismo paso que él, pues Sultán corría como un rayo, respondiendo a la excitación de su jinete. Marguerite, con un suspiro casi de felicidad, se dio la vuelta y entró en la casa. Volvió a su habitación porque de repente, como una niña cansada, sentía mucho sueño. Parecía como si su espíritu disfrutara de una paz absoluta y, aunque aún estaba inflamado por una melancolía indefinible, lo aliviaba una esperanza vaga y deliciosa, como un bálsamo. Ya no se sentía angustiada por Armand. El hombre que acababa de partir, y que estaba decidido a ayudar a su hermano, le inspiraba una confianza absoluta por su fuerza y su poder. Se sorprendió al pensar que le había considerado un necio; naturalmente, se trataba de una máscara que adoptaba para ocultar la dolorosa herida que Marguerite había infligido a su fe y su amor. Su pasión lo hubiera dominado, y no quería que ella viera lo mucho que le importaba y cuán profundamente sufría. Pero a partir de ese momento todo iría bien; Marguerite mataría su propio orgullo, lo sometería ante él, se lo contaría todo, confiaría en él completamente, y volverían los días felices en que paseaban por los bosques de Fontainebleau, hablando poco, pues sir Percy siempre había sido un hombre silencioso, pero en que Marguerite sabía que siempre encontraría consuelo y felicidad en aquel corazón lleno de fortaleza. Cuanto más pensaba en los acontecimientos de la noche anterior, menos temía a Chauvelin y sus planes. El francés no había logrado averiguar la identidad de Pimpinela Escarlata; de eso estaba segura. Tanto lord Fancourt como Chauvelin le habían asegurado que a la una de la noche no había nadie en el comedor, salvo el francés y Percy... ¡Sí! ¡Percy! Hubiera podido preguntarle a él, pero no se le había ocurrido. De todos modos, no sentía el menor temor de que el héroe valiente y desconocido cayera en la trampa de Chauvelin y, al menos, la muerte de Pimpinela no recaería sobre su conciencia. Sin duda, Armand aún se encontraba en peligro, pero Percy le había dado su palabra de que lo salvaría, y mientras Marguerite lo veía alejarse al galope, no se le pasó por la cabeza que existiera la más remota posibilidad de que no llevara a término cualquier empresa que emprendiera. Cuando Armand estuviera sano y salvo en Inglaterra, Marguerite no le permitiría que regresase a Francia, Se sentía casi feliz, y tras correr las cortinas para protegerse del sol cegador, se acostó, apoyó la cabeza en la almohada y, como una niña cansada, enseguida se sumió en un sueño tranquilo y sosegado. XVIII EL EMBLEMA MISTERIOSO Ya estaba muy avanzado el día cuando se despertó Marguerite, descansada tras el largo sueño. Louise le llevó leche fresca y un plato de fruta, y su ama dio cuenta del frugal desayuno con buen apetito. Mientras masticaba las uvas, en la mente de Marguerite se agolpaban frenéticamente los pensamientos más dispares, pero en su mayoría, acompañaban a la figura erguida de su marido, que había contemplado mientras se alejaba al galope hacía ya más de cinco horas. En respuesta a sus impacientes preguntas, Louise le dio la noticia de que el criado había vuelto a casa con Sultán y había dejado a sir Percy en Londres. El criado pensaba que su amo tenía intención de embarcar en su yate, que estaba anclado bajo el puente de Londres. Sir Percy había ido a caballo hasta aquel lugar, en el que se había reunido con Briggs, el patrón del Day Dream, y a continuación había ordenado al mozo que volviera a Richmond con Sultán y la montura vacía. La noticia dejó a Marguerite más confusa que antes. ¿Adónde iría sir Percy en el Day Dream? Según él, se trataba de algo relacionado con Armand. ¡Claro! Sir Percy tenía amigos influyentes en todas partes. Quizá se dirigiera a Greenwich, o... Pero al llegar a este punto, Marguerite dejó de hacer conjeturas. Pronto quedaría todo explicado: sir Percy le había dicho que regresaría, y que se acordaría. Ante Marguerite se presentaba un largo día de ocio. Esperaba la visita de su antigua compañera de colegio, la pequeña Suzanne de Tournay. Con sana malicia, la noche anterior le había pedido a la condesa que le permitiera disfrutar de la compañía de Suzanne en presencia del príncipe de Gales. Su Alteza Real aprobó la idea entusiasmado, y declaró que iría a ver a las dos damas con sumo gusto en el transcurso de la tarde. La condesa no se atrevió a denegar su permiso, y, dadas las circunstancias, se vio obligada a prometer que enviaría a la pequeña Suzanne a pasar un alegre día en Richmond con su amiga. Marguerite la esperaba impaciente; ardía en deseos de hablar largo y tendido sobre los viejos tiempos del colegio con la joven. Prefería su compañía a la de cualquier otra persona, y confiaba en pasar varias horas con ella, deambulando por el hermoso y antiguo jardín y el frondoso parque, o paseando a la orilla del río. Pero Suzanne aún no había llegado, y Marguerite, después de vestirse, se dispuso a bajar. Aquella mañana parecía una muchacha, con su sencillo vestido de muselina con un ancho fajín azul alrededor de la esbelta cintura y un delicado chaleco cruzado en cuyo pecho había prendido unas rosas tardías de color carmesí. Cruzó el rellano al que daban sus aposentos, y se quedó inmóvil unos instantes junto a la escalera de roble que descendía hasta el piso inferior. A la izquierda estaban los aposentos de su marido, varias estancias en las que Marguerite casi nunca entraba. Consistían en el dormitorio, el recibidor y el vestidor y, en el extremo del rellano, un pequeño despacho, que, cuando no lo utilizaba sir Percy, siempre estaba cerrado con llave. Frank, su ayuda de cámara de confianza, era el responsable de aquella habitación. No se permitía a nadie entrar en ella. A lady Blakeney jamás se le había ocurrido hacerlo y, naturalmente, los demás criados no se atrevían a quebrantar norma tan estricta. Con el amable desprecio que había adoptado recientemente en la relación con su marido, Marguerite le tomaba el pelo por el secreto que rodeaba su estudio privado. Aseguraba burlonamente que sir Percy lo protegía de las miradas curiosas por temor a que alguien descubriese el poco «estudio» que se realizaba entre sus cuatro paredes: sin duda, el mueble más llamativo era un cómodo sillón para las dulces siestas de sir Percy. En esto pensaba Marguerite aquella radiante mañana de octubre, mientras miraba cautelosamente el pasillo. Frank debía andar muy ocupado ordenando las habitaciones de su amo, pues la mayoría de las puertas estaban abiertas, y también la del despacho. A Marguerite le embargó una curiosidad repentina e infantil por echar una ojeada a la guarida de sir Percy. Naturalmente, a ella no le afectaba la prohibición y, como era lógico, Frank no se atrevería a negarle la entrada. Sin embargo, prefirió esperar a que el criado fuese a arreglar otra habitación para investigar rápidamente y en secreto, sin que nadie la molestara. Despacio, de puntillas, cruzó el rellano y, como la mujer de Barbazul, temblando de excitación y asombro, se detuvo unos segundos en el umbral, extrañamente perturbada e indecisa. La puerta estaba entornada, y no distinguió nada en el interior. La empujó con cuidado. Como no se oía ningún ruido, dedujo que Frank no debía encontrarse allí, y entró audazmente. Inmediatamente le sorprendió la sencillez de cuanto la rodeaba: las cortinas oscuras y pesadas, los enormes muebles de roble, los mapas colgados en la pared no le recordaron al hombre indolente y mundano, al amante de las carreras de caballos, al sofisticado árbitro de la moda, que era la imagen que presentaba sir Percy Blakeney al exterior. En la estancia no había el menor indicio de una partida apresurada. Todo estaba en su sitio; no se veía ni un solo trozo de papel en el suelo, ni un armario o cajón abierto. Las cortinas estaban descorridas, y por la ventana abierta entraba libremente el fresco aire matutino. Frente a la ventana, en el centro de la habitación, había un gigantesco escritorio de aspecto severo, que sin duda se utilizaba constantemente. En la pared situada a la izquierda del escritorio, alzándose casi desde el suelo hasta el techo, colgaba el retrato de cuerpo entero de una mujer, de factura exquisita y magnífico marco, con la firma de Boucher. Era la madre de Percy. Marguerite sabía muy poco de ella; únicamente que había muerto en el extranjero, enferma física y mentalmente, cuando Percy era un muchacho, Debió ser una mujer muy hermosa, cuando la pintó Boucher, y al contemplar el retrato, Marguerite se quedó asombrada ante el extraordinario parecido que existía entre madre e hijo: la misma frente baja y cuadrada, coronada por una cabellera abundante y rubia, suave y sedosa; los mismos ojos azules, hundidos y un tanto somnolientos, bajo las cejas rectas, de trazo bien definido; y en los ojos, la misma vehemencia disimulada tras una aparente indolencia, la misma pasión latente que iluminaba el rostro de Percy en los días anteriores a su matrimonio, que Marguerite había vuelto a percibir aquella mañana, al amanecer, cuando se acercó a él, y que le había incitado a dar un cierto tono de ternura a su voz. Marguerite examinó el retrato, pues le interesaba; después se dio la vuelta y miró una vez más el enorme escritorio. Estaba cubierto de papeles, que parecían recibos y facturas, todos cuidadosamente atados y etiquetados, metódicamente distribuidos. Hasta ese momento, a Marguerite no se le había ocurrido —ni siquiera había pensado que mereciera la pena averiguarlo— cómo administraba sir Percy la inmensa fortuna que le había dejado su padre, cuando todos pensaban que carecía por completo de inteligencia. Desde que entrara en la habitación ordenada y cuidada, se sentía tan sorprendida que aquella prueba palpable de la gran habilidad de su marido para los negocios no despertó en ella más que un asombro pasajero, pero reforzó su convicción de que, con sus necedades mundanas, su amaneramiento y su conversación baladí, no sólo llevaba una máscara, sino que representaba un papel muy bien estudiado. Marguerite no acertaba a comprenderlo. ¿Por qué se tomaría tantas molestias? ¿Por qué un hombre que sin duda era serio y formal se empeñaba en presentarse ante sus semejantes como un bobo de cabeza hueca? Probablemente quería ocultar su amor por una mujer que lo despreciaba... pero hubiera podido cumplir su objetivo con menos sacrificio, y con muchos menos problemas que los que debía costarle representar constantemente un papel que no se correspondía con su verdadero carácter. Miró a su alrededor sin propósito concreto; estaba terriblemente confundida, y ante aquel misterio inexplicable empezó a apoderarse de ella un temor innombrable. De repente experimentó una sensación de frío e incomodidad en la habitación oscura y austera. En las paredes no había cuadros, salvo el hermoso retrato de Boucher; sólo dos mapas, ambos de Francia. Uno representaba la costa septentrional y el otro los alrededores de París. ¿Para qué los querría sir Percy? Empezó a dolerle la cabeza, y abandonó aquel extraño escondite de Barbazul que había invadido y que no comprendía. No quería que Frank la viese allí, y tras lanzar una última mirada a su alrededor, se dirigió a la puerta. Y en ese momento su pie tropezó con un pequeño objeto que debía encontrarse junto a la mesa, sobre la alfombra, y que echó a rodar por la habitación. Marguerite se agachó para cogerlo. Era un anillo de oro macizo, con un sello plano en el que había un emblema grabado. Le dio vueltas entre los dedos, y examinó el pequeño grabado. Representaba una florecilla en forma de estrella, la misma que había visto con toda claridad en otras dos ocasiones: una vez en la ópera, y otra en el baile de lord Grenville. XIX LA PIMPINELA ESCARLATA Marguerite no hubiera podido decir en qué momento concreto empezó a deslizarse en su mente la primera sospecha. Con el anillo apretado con fuerza en la mano, salió apresuradamente de la habitación, corrió escaleras abajo y salió al jardín, y allí, tranquila y a solas con las flores, el río y los pájaros, pudo contemplar el anillo a su sabor y examinar el emblema con mayor detenimiento. Estúpidamente, sentada a la sombra de un sicomoro, se puso a contemplar el sello del anillo, con la florecilla en forma de estrella grabada. ¡Bah! ¡Era completamente ridículo! Estaba soñando. Tenía los nervios sobreexcitados, y veía simbolismos y misterios en las coincidencias más triviales. ¿Acaso no se había puesto de moda en la ciudad que todo el mundo luciera el emblema del misterioso y heroico Pimpinela Escarlata? ¿Acaso no lo llevaba ella misma bordado en los vestidos, engastados en joyas y esmaltes para el pelo? ¿Qué tenía de raro el hecho de que sir Percy hubiera elegido aquel emblema como sello? Era muy probable que hubiera ocurrido eso... sí... muy probable, y además... ¿qué relación podía existir entre su marido, un petimetre exquisito, con sus ropas de buena calidad y sus ademanes refinados e indolentes, y el audaz conspirador que rescataba a las víctimas francesas ante las mismísimas narices de los dirigentes de una revolución sedienta de sangre? Sus pensamientos se acumulaban vertiginosamente, dejándole la mente en blanco... No veía nada de lo que ocurría a su alrededor, y se sobresaltó cuando una voz joven y fresca gritó desde el otro extremo del jardín: «Chérie... chérie! ¿Dónde estás?», y la pequeña Suzanne, fresca como un capullo de rosa, con los ojos radiantes de júbilo y los rizos castaños ondeando a la suave brisa matutina corrió hacia ella por el césped. —Me han dicho que estabas en el jardín — exclamó alegremente, al tiempo que se arrojaba con impulso juvenil en brazos de Marguerite—, y he venido corriendo para darte una sorpresa. No me esperabas tan pronto, ¿verdad, Margot chérie? Marguerite, que había escondido apresuradamente el anillo entre los pliegues de su pañuelo, intentó responder con la misma alegría y despreocupación a la impulsividad de la muchacha. —Claro que no, cielo —replicó con una sonrisa—. Me encanta tenerte toda para mí, y durante un día entero... ¿No te aburrirás? —¡Aburrirme! Margot, ¿cómo puedes decir cosas tan horribles? Pero si cuando estábamos juntas en el convento siempre nos gustaba que nos dejaran quedarnos las dos solas.. —Y contamos secretos. Las dos jóvenes entrelazaron los brazos y se pusieron a pasear por el jardín. —¡Ah, qué casa tan bonita tienes, Margot! — dijo la pequeña Suzanne entusiasmada—. ¡Y qué feliz debes ser! —¡Sí, desde luego! Debería ser feliz, ¿no? — replicó Marguerite con un leve suspiro de melancolía. —Lo dices con mucha tristeza, chérie... Bueno, supongo que ahora que eres una mujer casada ya no te apetecerá contarme secretos. ¡Ah, cuántos secretos teníamos cuando estábamos en el colegio! ¿Te acuerdas? Algunos no se los confiábamos ni siquiera a la hermana Teresa de los Santos Ángeles, a pesar de que era encantadora. —Y ahora tienes un secreto importantísimo, ¿eh, pequeña? —dijo Marguerite en tono animoso—, que vas a contarme inmediatamente. No, no tienes por qué sonrojarte, chérie — añadió, al ver que la bonita cara de Suzanne se teñía de carmesí—. ¡Vamos, no hay nada de que avergonzarse! Es un hombre noble y bueno, del que se puede una sentir orgullosa como amante, y... como marido. —No, chérie, si no me avergüenzo —replicó Suzanne dulcemente—, y me siento muy orgullosa al oírte hablar tan bien de él. Creo que mamá dará su aprobación —añadió pensativa— y yo ¡seré tan feliz...! Pero, naturalmente, no se puede pensar en nada de eso hasta que papá se encuentre a salvo... Marguerite se sobresaltó. ¡El padre de Suzanne! ¡El conde de Tournay, una de las personas cuya vida correría peligro si Chauvelin lograba averiguar la identidad de Pimpinela Escarlata! Por mediación de la condesa y de algunos miembros de la Liga, Marguerite se había enterado de que su misterioso jefe había empeñado su palabra de honor en sacar de Francia al fugitivo conde de Tournay sano y salvo. Mientras la pequeña Suzanne seguía charlando, ajena a todo lo que no fuera su secretillo importantísimo, los pensamientos de Marguerite volvieron a los acontecimientos de la noche anterior. La peligrosa situación de Armand, la amenaza de Chauvelin, su cruel disyuntiva «O eso o ... », que ella había aceptado. Y el papel que ella había desempeñado en el asunto, que hubiera debido culminar a la una de la noche en el comedor de la casa de lord Grenville, momento en que el implacable agente del gobierno francés seguramente averiguó al fin quién era el misterioso Pimpinela Escarlata, que tan abiertamente desafiaba a un verdadero ejército de espías y defendía a los enemigos de Francia con tal audacia y por simple deporte. Desde entonces, Marguerite no había tenido noticias de Chauvelin, y había llegado a la conclusión de que el francés no había logrado su objetivo. Sin embargo, no sentía preocupación por Armand, porque su marido le había prometido que a su hermano no le ocurriría nada. Pero de repente, mientras Suzanne continuaba su alegre charla, le invadió un horror espantoso por lo que había hecho. Era cierto que Chauvelin no le había dicho nada; pero recordó su expresión sarcástica y malvada al despedirse de ellos tras el baile. ¿Habría descubierto algo? ¿Habría trazado ya planes precisos para coger al osado conspirador con las manos en la masa, en Francia, y enviarlo a la guillotina sin remordimientos ni demoras? Marguerite se puso enferma de puro terror, y su mano apretó convulsivamente el anillo que llevaba en el vestido. —No me estás escuchando, chérie —dijo Suzanne en tono de reproche, interrumpiendo su narración, larga y sumamente interesante. —Claro que sí, cielo. Te estoy escuchando — replicó Marguerite haciendo un esfuerzo, obligándose a sonreír—. Me encanta oírte... y tu felicidad me llena de alegría... No tengas miedo. Ya nos las arreglaremos para convencer a mamá. Sir Andrew Ffoulkes es un noble caballero inglés; tiene dinero y una buena posición, y la condesa dará su consentimiento... Pero..., dime una cosa, pequeña... ¿Qué noticias tenéis de tu padre? —¡Ah, no podrían ser mejores! —contestó Suzanne, loca de contento—. Lord Hastings vino a ver a mamá a primeras horas de esta mañana y le dijo que todo va bien, y que podemos confiar en que llegue a Inglaterra dentro de menos de cuatro días. —Sí —dijo Marguerite, con los brillantes ojos prendidos de los labios de Suzanne, que continuó alegremente: —¡Ahora ya no tenemos ningún temor! ¿No sabes que el mismísimo Pimpinela Escarlata, tan noble y bueno, ha ido a rescatar a papá, chérie? Ha ido allí, chérie... ya se ha marchado —añadió Suzanne con excitación—. Estaba en Londres esta mañana, y quizá mañana llegue a Calais... Allí se reunirá con papá... y después... y después... Las palabras de Suzanne fueron como un golpe. Marguerite lo esperaba desde hacía tiempo, aunque en el transcurso de la última media hora había intentado engañarse y borrar sus temores. Había ido a Calais, se encontraba en Londres por la mañana... él... Pimpinela Escarlata... Percy Blakeney... su marido, al que había delatado ante Chauvelin la noche anterior... Percy... Percy... su marido... Pimpinela Escarlata... ¡Ah! ¿Cómo había estado tan ciega? En aquel momento lo comprendió, lo comprendió todo de repente... El papel que representaba, la más |