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XX EL AMIGO Al cabo de menos de media hora, Marguerite, absorta en sus pensamientos, se encontraba en el interior de su carruaje, que la llevaba velozmente a Londres. Antes se había despedido cariñosamente de la pequeña Suzanne, tras haberse asegurado de que la niña se instalaba en su propio coche para regresar a casa en compañía de su doncella. Envió un mensajero con una respetuosa misiva en que presentaba sus disculpas a Su Alteza Real, rogándole que suspendiera su augusta visita, pues un asunto urgente e imprevisto, le impedía atenderle, y otro que se encargaría de apalabrar una posta de caballos en Faversham. A continuación se cambió el vestido de muselina por un traje y una capa de viaje en tonos oscuros, cogió dinero —que su marido siempre ponía generosamente a su disposición— y partió. No trató de engañarse con esperanzas vanas e inútiles; sabía que, para garantizar la seguridad de su hermano, era condición indispensable la inminente captura de Pimpinela Escarlata. Como Chauvelin le había devuelto la comprometedora carta de Armand, no cabía la menor duda de que el agente francés estaba convencido de que Percy Blakeney era el nombre al que había jurado enviar a la guillotina. ¡No! ¡En esos momentos no podía permitirse que el cariño le hiciera concebir vanas esperanzas! Percy, su esposo, el hombre al que amaba con todo el ardor que la admiración por su valentía había encendido en ella, se encontraba en peligro de muerte, y por su culpa. Le había delatado a su enemigo —involuntariamente, era cierto—, pero le había delatado al fin y al cabo, y si Chauvelin lograba apresarlo, pues de momento Percy desconocía ese peligro, su muerte recaería sobre la conciencia de Marguerite. ¡Su muerte! ¡Si ella hubiera sido capaz de defenderlo con su propia sangre y de dar la vida por él! Ordenó al cochero que la llevara a la posada de The Crown; una vez allí, le dijo que diera de comer a los caballos y que los dejara descansar. A continuación alquiló una silla y se dirigió a la casa de Pall Mall en que vivía sir Andrew Ffoulkes. De entre todos los amigos de Percy que se habían alistado bajo su audaz estandarte, Marguerite prefería confiar en sir Andrew Ffoulkes. Siempre había sido amigo suyo, y en esos momentos, el amor del joven por la pequeña Suzanne le acercaba aún más a ella. Si no hubiera estado en casa, si hubiera acompañado a Percy en su loca aventura, quizá hubiera acudido a lord Hastings o lord Tony. Necesitaba la ayuda de uno de aquellos jóvenes, pues en otro caso se encontraría impotente para salvar a su marido. Pero, afortunadamente, sir Andrew Ffoulkes estaba en casa, y su criado anunció a lady Blakeney de inmediato. Marguerite subió a los cómodos aposentos de soltero del joven, y se instaló en una pequeña sala, lujosamente amueblada. Al cabo de unos instantes hizo su aparición sir Andrew. Saltaba a la vista que al enterarse de quién era la dama que había ido a verle se había sobresaltado, pues miró a Marguerite con preocupación, e incluso con recelo, mientras la recibía con las aparatosas reverencias que imponía el rígido protocolo de la época. Marguerite no dio ninguna muestra de nerviosismo; estaba muy tranquila, y tras devolver al joven el complicado saludo, dijo pausadamente: —Sir Andrew, no tengo el menor deseo de desperdiciar un tiempo que podría ser precioso en conversaciones inútiles. Tendrá que aceptar ciertas cosas que voy a decirle, pues carecen de importancia. Lo único que importa es que su jefe y camarada, Pimpinela Escarlata... mi marido... Percy Blakeney... se encuentra en peligro de muerte. De haber albergado la menor duda sobre la verdad de sus deducciones, Marguerite hubiera podido confirmarlas en ese momento, pues sir Andrew, cogido completamente por sorpresa, se puso muy pálido, y fue incapaz de hacer el mínimo esfuerzo por desmentir sus palabras de una forma inteligente. —No me pregunte por qué lo sé, sir Andrew — añadió Marguerite con la misma calma—. Gracias a Dios, lo sé, y quizá no sea demasiado tarde para salvarlo. Por desgracia, no puedo hacerlo yo sola, y por eso he venido a pedirle ayuda. —Lady Blakeney —dijo el joven, tratando de recobrar el control de sí mismo—, yo... —Por favor, escúcheme —le interrumpió Marguerite—. El asunto es el siguiente. La noche que el agente del gobierno francés les robó ciertos documentos cuando estaban en Dover, encontró entre ellos los planes que su jefe o alguno de ustedes pensaba llevar a cabo para rescatar al conde de Tournay y a otras personas. Pimpinela Escarlata, es decir, Percy, mi marido, ha iniciado esta aventura él solo esta misma mañana. Chauvelin sabe que Pimpinela Escarlata y Percy Blakeney son la misma persona. Lo seguirá hasta Calais, y allí lo apresará. Usted conoce tan bien como yo el destino que le aguarda en manos del gobierno revolucionario francés. No lo salvará la intercesión de Inglaterra, ni siquiera del mismísimo rey George. Ya se encargarán Robespierre y su banda de que la intercesión llegue demasiado tarde. Pero, además, ese jefe en el que tanta confianza se ha depositado, será involuntariamente la causa de que se descubra el escondite del conde de Tournay y de todos los que tienen sus esperanzas puestas en él. Pronunció estas palabras con calma, desapasionadamente, y con una resolución firme, férrea. Su objetivo consistía en lograr que aquel hombre la creyera y la ayudara, pues no podía hacer nada sin él. —No entiendo a qué se refiere —insistió sir Andrew, intentando ganar tiempo, pensar qué debía hacer. —Yo creo que sí lo entiende, sir Andrew. Tiene que saber que lo que digo es verdad. Por favor, enfréntese con los hechos. Percy ha zarpado rumbo a Calais, supongo que hacia un lugar solitario de la costa, y Chauvelin le persigue. El agente francés se dirige a Dover en coche de posta, y es probable que cruce el canal de la Mancha esta misma noche. ¿Qué cree usted que ocurrirá? El joven guardó silencio. —Percy llegará a su punto de destino sin saber que le están siguiendo, irá a buscar a De Tournay y los demás —entre los que se encuentra mi hermano, Armand St. Just—, irá a buscarlos uno por uno seguramente, sin saber que los ojos más sagaces del mundo observan todos sus movimientos. Cuando haya delatado involuntariamente a quienes confían ciegamente en él, cuando ya no puedan sacarle más partido y esté a punto de regresar a Inglaterra, con las personas a las que ha ido a salvar corriendo tantos riesgos, las puertas de la trampa se cerrarán a su alrededor y acabará su noble vida en la guillotina. Sir Andrew siguió en silencio. —No confía usted en mí —dijo Marguerite apasionadamente—. ¡Dios mío! ¿Acaso no ve que estoy desesperada? Dígame una cosa — añadió, agarrando repentinamente al joven por los hombros con sus manecitas—. ¿Realmente le parezco el ser más despreciable del mundo, una mujer capaz de traicionar a su propio marido? —¡No permita Dios que le atribuya motivos tan ruines, lady Blakeney, pero... —dijo sir Andrew al fin. —Pero, ¿qué?... Dígame... ¡Vamos, rápido! ¡Cada segundo es precioso! —¿Podría usted explicarme quién ha ayudado a monsieur Chauvelin a obtener la información que posee? —le preguntó a bocajarro, mirándola inquisitivamente a los azules ojos. —Yo —respondió Marguerite con calma—. No voy a mentirle, porque quiero que confíe totalmente en mí. Pero yo no tenía ni idea... ¿cómo podía tenerla? de la identidad de Pimpinela Escarlata... y la recompensa por mi actuación era la vida de mi hermano. —¿Le recompensa por ayudar a Chauvelin a apresar a Pimpinela Escarlata? Marguerite asintió. —Sería inútil contarle cómo me obligó a hacerlo. Armand es algo más que un hermano para mí, y yo... ¿cómo podía adivinarlo?... Pero estamos desperdiciando el tiempo, sir Andrew... Cada segundo es precioso... ¡En el nombre de Dios! ¡Mi marido está en peligro!... ¡Su amigo, su camarada! ¡Ayúdeme a salvarlo! La situación de sir Andrew era francamente incómoda. El juramento que había prestado ante su jefe y camarada le obligaba a la obediencia y el secreto; y sin embargo, aquella hermosa mujer, que le pedía que la creyera, estaba desesperada, de eso no cabía duda; y tampoco cabía duda de que su amigo y jefe se encontraba en grave peligro, y... —Lady Blakeney —dijo al fin—, Dios sabe que me ha dejado usted tan perplejo que ya no sé cuál es mi obligación. Dígame qué quiere que haga. Somos diecinueve hombres dispuestos a ofrecer nuestra vida por Pimpinela Escarlata si se encuentra en peligro. —En estos momentos no hace falta sacrificar ninguna vida, amigo mío —replicó Marguerite secamente—. Mi ingenio y cuatro caballos veloces serán suficientes, pero tengo que saber dónde puedo encontrar a mi marido. Mire — añadió, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas—, me he humillado ante usted, admitiendo la falta que he cometido. ¿Tendré que confesarle también mi debilidad?.... Mi marido y yo hemos estado muy alejados, porque él no confiaba en mí, y porque yo estaba demasiado ciega para entender lo que ocurría. Tiene usted que reconocer que la venda que me había puesto en los ojos era muy gruesa. ¿Es de extrañar que no viera nada? Pero anoche, después de hacerle caer involuntariamente en esta situación tan peligrosa, la venda se desprendió bruscamente de mis ojos. Aunque usted no me ayudara, sir Andrew, lucharía a pesar de todo por salvar a mi marido, pondría en juego toda mi capacidad por él; pero es probable que me vea impotente, pues podría llegar demasiado tarde, y en ese caso, a usted sólo le quedaría un terrible remordimiento para toda la vida, y... y... a mí, un dolor insoportable. —Pero, lady Blakeney —dijo sir Andrew, conmovido por la seriedad de las palabras de aquella mujer de exquisita belleza—, ¿no comprende que lo que quiere hacer es una tarea de hombres? No puede ir a Calais usted sola. Correría tremendos riesgos, y las posibilidades de encontrar a su marido son remotísimas, aunque yo le dé indicaciones muy precisas. —Ya sé que correré riesgos —murmuró Marguerite dulcemente—, y que el peligro es grande, pero no me importa. Son muchas las culpas que tengo que expiar: Pero me temo que está usted equivocado. Chauvelin está pendiente de los movimientos de todos ustedes, y no se fijará en mí. ¡Deprisa, sir Andrew! El coche está preparado, y no podemos perder ni un minuto... ¡Tengo que encontrarlo! —repitió con vehemencia casi frenéticamente—. ¡Tengo que prevenirle de que ese hombre le persigue... ¿Es que no lo entiende... es que no entiende que tengo que encontrarle aunque sea... aunque sea demasiado tarde para salvarle? Al menos... al menos estaré con él en el último momento... —Bien, señora; estoy a sus órdenes. Cualquiera de mis camaradas y yo mismo daríamos gustosos nuestra vida por su marido. Si usted quisiera marcharse... —No, amigo mío. ¿No se da cuenta de que me volvería loca si le dejara ir sin mí? —Le tendió la mano. ¿Confiará en mí? —Estoy esperando sus órdenes —se limitó a repetir sir Andrew. —Escúcheme con atención. Tengo el coche preparado para ir a Dover. Sígame lo más rápidamente que le permitan sus caballos. Nos veremos al anochecer en The Fisherman's Rest. Chauvelin evitará esa posada, porque allí le conocen, y pienso que es el lugar más seguro para nosotros. Aceptaré de buen grado su compañía hasta Calais... Como usted ha dicho, es posible que no dé con sir Percy aunque usted me explique lo que debo hacer. En Dover fletaremos una goleta, y cruzaremos el canal por la noche. Si está dispuesto a hacerse pasar por mi lacayo, creo que no lo reconocerán. —Estoy a su entera disposición, señora —replicó el joven con la mayor seriedad—. Ruego a Dios que aviste usted el Day Dream antes de que lleguemos a Calais. Con Chauvelin pisándole los talones, cada paso que dé Pimpinela Escarlata en suelo francés estará plagado de peligros. —Que Dios le oiga, sir Andrew. Pero debemos despedirnos ahora mismo. ¡Nos veremos mañana en Dover! Esta noche, Chauvelin y yo disputaremos una carrera en el canal de la Mancha, y el premio será la vida de Pimpinela Escarlata. Sir Andrew besó la mano a Marguerite y la acompañó hasta su silla. Al cabo de un cuarto de hora, lady Blakeney se encontraba de nuevo en The Crown, donde le esperaban el coche y los caballos, listos para emprender el viaje. A los pocos momentos galopaban estruendosamente por las calles de Londres, y a continuación se internaron en la carretera de Dover a una velocidad de vértigo. Marguerite no tenía tiempo para la desesperación. Había acometido su tarea y no le quedaba ni un minuto libre para pensar. Con sir Andrew Ffoulkes por compañero y aliado, renació la esperanza en su corazón. Dios sería misericordioso. No permitiría que se cometiera un crimen tan espantoso, la muerte de un hombre valiente a manos de una mujer que lo amaba, que lo adoraba, y que hubiera muerto gustosa por él. Los pensamientos de Marguerite volaron hacia él, hacia el héroe misterioso, al que siempre había amado sin saberlo cuando aún no conocía su identidad. En los viejos tiempos, lo llamaba burlonamente el oscuro rey que dominaba su corazón, y de repente había descubierto que aquel enigmático personaje al que adoraba y el hombre que amaba apasionadamente eran el mismo. No es de extrañar que en su mente empezaran a brillar débilmente escenas más felices. Pensó, de una forma vaga, en lo que le diría a su marido cuando se encontraran cara a cara una vez más. Había experimentado tanta angustia y tanto nerviosismo en el transcurso de las últimas horas, que en aquellos momentos se permitió el lujo de abandonarse a pensamientos más esperanzados y alegres. Poco a poco, el retumbar de las ruedas del coche, con su incesante monotonía, actuó como un bálsamo sobre sus nervios: sus ojos, doloridos por el cansancio y las muchas lágrimas que no había derramado, se cerraron involuntariamente, y se sumió en un sueño intranquilo. XXI INCERTIDUMBRE Ya estaba bien entrada la noche cuando Marguerite llegó a The Fisherman’s Rest. Había hecho todo el viaje en menos de ocho horas, gracias a que, cambiando innumerables veces de caballos en distintas postas, y pagando invariablemente con largueza, siempre había obtenido los animales mejores y más veloces. También el cochero había sido infatigable; sin duda, la promesa de una recompensa especial y generosa le había ayudado a seguir adelante, y puede decirse que el suelo literalmente soltaba chispas bajo las ruedas del coche de su ama. La llegada de lady Blakeney en mitad de la noche produjo enorme revuelo en The Fisherman’s Rest. Sally saltó precipitadamente de la cama, y el señor Jellyband se tomó grandes molestias para que su distinguida huésped se encontrara cómoda. Tanto Sally como su padre conocían demasiado bien los modales de que debe hacer gala un posadero que se precie para dar muestras de la menor sorpresa ante la llegada de lady Blakeney a solas y a hora tan insólita. Sin duda no pensaban nada bueno, pero Marguerite estaba tan absorta en la importancia —la terrible gravedad— de su viaje que no se detuvo a reflexionar sobre semejantes bagatelas. El salón —escenario del reciente y vil atropello perpetrado contra dos caballeros ingleses— estaba completamente vacío. El señor Jellyband se apresuró a encender de nuevo la lámpara, reavivó un alegre fuego en el enorme hogar, y arrastró hasta él un cómodo sillón, en el que Marguerite se desplomó, agradecida. —¿Su señoría piensa pasar aquí la noche? — preguntó la guapa Sally, que ya había empezado a extender un mantel níveo sobre la mesa, en preparación de la sencilla cena que iba a servir a su señoría. —¡No! No toda la noche —contestó Marguerite—. Pero no quiero ocupar ninguna habitación. Únicamente me gustaría disponer de este salón para mí sola durante un par de horas. —Está a su entera disposición, señoría —dijo el honrado Jellyband, cuya rubicunda cara se mantenía impertérrita, para no delatar ante la aristócrata la estupefacción ilimitada que el buen hombre empezaba a experimentar. —Cruzaré el canal en cuanto cambie la marea —dijo Marguerite—, en la primera goleta que pueda alquilar. Pero el cochero y los criados sí pasarán la noche aquí, y probablemente varios días más, así que espero que les atienda bien. —Sí, señora. Yo cuidaré de ellos. ¿Desea su señoría que Sally le traiga algo de cenar? —Sí, por favor. Que traiga comida fría, y en cuanto llegue sir Andrew Ffoulkes, hágale pasar aquí. —Sí, señora. Muy a su pesar, el rostro de Jellyband expresaba disgusto en aquellos momentos. Tenía a sir Percy en gran estima, y no le gustaba ver a su esposa a punto de escaparse con el joven sir Andrew. Naturalmente, no era asunto suyo, y el señor Jellyband no era un chismoso; pero, en lo más profundo de su ser, recordó que su señoría era, al fin y al cabo, una de esas «extranjeras», y, ¿quién podía extrañarse de que fuera tan inmoral como todos los de su calaña? —No se quede levantado, buen Jellyband — añadió Marguerite amablemente—. Ni usted tampoco, señorita Sally. Es posible que sir Andrew llegue tarde. A Jellyband le alegró infinitamente que Sally pudiera ir a acostarse. Aquella historia no le hacía ninguna gracia, pero lady Blakeney le pagaría estupendamente por sus servicios, y, después de todo, no era asunto suyo. Sally dejó en la mesa una frugal cena a base de carne fría, vino y fruta; después, con una respetuosa reverencia, se retiró, preguntándose, en su simpleza, por qué tendría un aire tan serio su señoría si estaba a punto de fugarse con su amante. Ante Marguerite se presentaba una espera larga y angustiosa. Sabía que sir Andrew —que tenía que procurarse ropas adecuadas para su disfraz de lacayo— no podía llegar a Dover hasta pasadas al menos dos horas. Desde luego, era un jinete excelente, y para él, los ciento y pico kilómetros que separaban Londres de Dover serían pan comido. También él arrancaría chispas al suelo con los cascos de su caballo, pero cabía la posibilidad de que no obtuviera buenas cabalgaduras de refresco, y, de todos modos, no podía haber salido de Londres hasta una hora después que ella como mínimo. Marguerite no había encontrado ni rastro de Chauvelin en la carretera, y su cochero, al que interrogó, no había visto a nadie que respondiera a la descripción que le dio su ama de la figura enjuta del pequeño francés. Por tanto, saltaba a la vista que Chauvelin le sacaba ventaja. Marguerite no se atrevió a hacer preguntas en las distintas posadas en las que se detuvieron para cambiar de caballos, temiendo que Chauvelin hubiera apostado en el camino espías que pudieran oírla, adelantarse a ella y prevenir a su enemigo de su inminente llegada. Pensó en qué posada se alojaría Chauvelin, y si habría tenido la buena suerte de haber fletado un barco y encontrarse ya camino de Francia. La idea le oprimió el corazón como una barra de hierro. ¿Sería realmente demasiado tarde? La soledad de la habitación la agobiaba; todo lo que la rodeaba respiraba una quietud espantosa; el único ruido que rompía aquel terrible silencio era el tictac del gran reloj, con una lentitud y monotonía sin límites. Marguerite tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas, de toda su firmeza y resolución, para mantener el coraje durante aquella espera nocturna. Excepto ella, todos los habitantes de la casa debían haberse acostado. Había oído a Sally subir a su habitación. El señor Jellyband se fue a atender al cochero y los criados de lady Blakeney, y al volver, se acomodó bajo el porche, en el mismo sitio en que Marguerite había visto a Chauvelin una semana antes. Sin duda, tenía intención de esperar levantado a sir Andrew Ffoulkes, pero al poco tiempo le venció el sueño, pues, de repente, aparte del lento tictac del reloj, Marguerite oyó el susurro rítmico y pausado de la respiración del buen hombre. Ya hacía rato que Marguerite se había dado cuenta de que el hermoso y cálido día de octubre, que tan felizmente había comenzado, había dado paso a una noche helada y borrascosa. Tenía mucho frío, y agradeció el alegre fuego que ardía en el hogar. Poco a poco, a medida que pasaba el tiempo, la noche fue empeorando, y el ruido de las grandes olas rompientes que se estrellaban contra el malecón del Almirantazgo, a pesar de encontrarse bastante lejos de la posada, llegaba a sus oídos como un trueno apagado. El viento empezó a soplar con furia, haciendo retumbar las ventanas de cristales emplomados y las enormes puertas de la vieja casa; azotaba los árboles y se colaba bramando por el tiro de la chimenea. Marguerite pensó si el viento sería favorable a su viaje. No tenía miedo a la tempestad, y hubiera preferido enfrentarse a peligros mucho peores que retrasar la travesía una sola hora. Una repentina conmoción en el exterior interrumpió sus reflexiones. Sin duda era sir Andrew Ffoulkes, que llegaba precipitadamente, pues oyó los cascos de su caballo trapaleando en las losas del patio, y la voz somnolienta pero respetuosa del señor Jellyband dándole la bienvenida. En ese momento cayó en la cuenta de lo incómodo de su situación: ¡sola, a una hora insólita, en un lugar en que la conocían perfectamente, acudiendo a una cita clandestina con un joven caballero tan conocido como ella y que aparecía disfrazado! ¡Buen tema para dar pie a los chismorreos de gentes malintencionadas! Marguerite se lo tomó por el lado cómico: era tal el contraste entre la seriedad de su aventura, y la interpretación que inevitablemente daría a sus actos el honrado señor Jellyband, que, por primera vez desde hacía muchas horas, en la comisura de sus labios infantiles tembló una sonrisilla, y cuando sir Andrew, casi irreconocible con su atuendo de lacayo, entró en el salón, le recibió con una alegre carcajada. —¡A fe mía que me satisface su aspecto, señor lacayo! —dijo. El señor Jellyband iba detrás de sir Andrew, con expresión de enorme perplejidad. El disfraz del joven caballero había confirmado sus peores sospechas. Sin permitirse ni una leve sonrisa en su rostro jovial, sacó el tapón de la botella de vino, preparó unas sillas, y se quedó esperando. —Gracias, querido amigo —dijo Marguerite, que seguía sonriendo al pensar en lo que debía pasarle por la cabeza al buen hombre en aquel mismo momento—. No necesitamos nada más. Tome, por las molestias que ha tenido que tomarse por nuestra culpa. Le dio dos o tres monedas a Jellyband, que las cogió respetuosamente, y con la gratitud que hacía el caso. —Un momento, lady Blakeney —intervino sir Andrew, al ver que Jellyband se disponía a retirarse—. Me temo que tendremos que poner a prueba una vez más la hospitalidad de mi amigo Jellyband. Siendo decirle que no podemos cruzar el canal esta noche. —¿Que no podemos cruzarlo esta noche? — repitió Marguerite, estupefacta—. ¡Pero, sir Andrew, tenemos que hacerlo! ¡Tenemos que hacerlo! ¿Qué es eso de que «no podemos»? Cueste lo que cueste, hay que fletar un barco esta misma noche. Pero el joven movió la cabeza tristemente. —Me temo que no es una cuestión de precio, lady Blakeney. Se aproxima una tempestad terrible que viene de Francia, y el viento sopla hacia nosotros. Es imposible zarpar hasta que cambie de dirección. Marguerite se puso mortalmente pálida. No había previsto algo así. La mismísima Naturaleza le estaba gastando una broma espantosa y cruel. Percy se encontraba en peligro, y no podía llegar hasta él, porque daba la casualidad de que el viento soplaba de la costa francesa. —¡Pero tenemos que ir! ¡No podemos retrasarnos! —repitió con una vehemencia extraña y persistente—. ¡Usted sabe que tenemos que ir! ¿No puede encontrar algún medio? —Ya he estado en la playa —replicó sir Andrew—, y he hablado con los patrones de un par de barcos. Es absolutamente imposible zarpar esta noche, según me han asegurado todos los marineros. Nadie puede salir de Dover esta noche —añadió, mirando significativamente a Marguerite—. Nadie. Marguerite comprendió inmediatamente a qué se refería. Aquel nadie incluía también a Chauvelin. Asintió afablemente, mirando a Jellyband. —Bueno, habrá que resignarse —le dijo—. ¿Tiene una habitación para mí? —Claro que sí, señoría. Una habitación muy bonita, amplia y soleada. Diré que la preparen inmediatamente... Y hay otra para sir Andrew... Las dos estarán listas enseguida. —Así se habla, querido Jellyband —dijo sir Andrew animadamente, al tiempo que le daba unas vigorosas palmadas en la espalda a su anfitrión—. Abra las dos habitaciones, y deje las velas en la cómoda. Juraría que está usted muerto de sueño, y su señoría debe comer algo antes de retirarse a descansar. Vamos, no tema nada, amigo mío, y alegre un poco esa cara. La visita de su señoría, aun a hora tan intempestiva, es un gran honor para su casa, y sir Percy Blakeney le recompensará por partida doble si se encarga como es debido de que su esposa disfrute de intimidad y comodidad. Sin duda, sir Andrew había adivinado los múltiples y encontrados temores y dudas que se agolpaban en la mente del honrado Jellyband; y, como era un caballero galante, con esta ocurrente insinuación intentó acallar los escrúpulos del buen posadero. Tuvo la satisfacción de comprobar que, al menos en parte, lograba su propósito. El rubicundo semblante de Jellyband se iluminó al oír el nombre de sir Percy. —Me encargaré de todo inmediatamente, señor —dijo con presteza, y con una actitud menos fría—. ¿Su señoría tiene todo lo que desea para cenar? —Está todo bien. Gracias, querido amigo. Como estoy muerta de hambre y de cansancio, le ruego que prepare las habitaciones lo antes posible. —Vamos, cuénteme —dijo Marguerite con impaciencia en cuanto Jellyband abandonó el salón—. ¿Qué noticias trae? —No tengo mucho más que añadir, lady Blakeney —contestó el joven—. A causa de la tormenta, es imposible que zarpe ningún barco de Dover con la próxima marea. Pero lo que al principio ha podido parecerle una terrible calamidad, es en realidad una suerte. Si nosotros no podemos poner rumbo a Francia esta noche, Chauvelin se encuentra en la misma situación. —Es posible que haya zarpado antes de que se desencadenara la tormenta. —Ojalá fuera así —replicó sir Andrew animadamente—, porque seguramente se habría desviado de su ruta. ¿Quién sabe? A lo mejor está en el fondo del mar en estos mismos momentos, porque la tormenta es espantosa, y cualquier embarcación pequeña que se encuentre en alta mar tendrá muchas dificultades. Pero me temo que no podemos cimentar nuestras esperanzas en el naufragio de ese astuto zorro y de sus planes asesinos. Los marineros con los que he hablado me han asegurado que hacía varias horas que no zarpaba de Dover ninguna goleta. Por otra parte, he averiguado que esta tarde llegó un forastero en coche, y que, al igual que yo, hizo preparativos para cruzar el canal de la Mancha. —Entonces, ¿Chauvelin está todavía en Dover? —Sin ninguna duda. ¿Quiere que le tienda una emboscada y le atraviese con mi espada? Sería la forma más rápida de deshacemos de ese obstáculo. —¡No bromee, sir Andrew! ¡Ay! Desde anoche me he sorprendido en varias ocasiones deseando la muerte de ese desalmado. ¡Pero lo que usted propone es imposible! ¡Las leyes de este país prohíben el asesinato! Sólo en nuestra hermosa Francia se pueden cometer matanzas al por mayor legalmente, en nombre de la libertad y del amor fraterno. Sir Andrew convenció a Marguerite de que se sentara a la mesa para tomar algo de cena y beber un vaso de vino. A Marguerite iba a resultarle muy difícil soportar aquel descanso forzoso de al menos doce horas, hasta que cambiara la marca, en el estado de intenso ¡nerviosismo en que se encontraba. Obediente como una niña en estos pequeños asuntos, Marguerite intentó comer y beber. Sir Andrew, con la profunda comprensión de todos los enamorados, casi logró hacerla feliz hablándole de su marido. Le contó algunas de las atrevidas fugas que el valiente Pimpinela Escarlata había preparado para los desgraciados fugitivos franceses a quienes una revolución implacable y sanguinaria expulsaba de su país. Los ojos de Marguerite brillaron de entusiasmo cuando sir Andrew le habló de la valentía de sir Percy, de su ingenio, de su infinita habilidad a la hora de arrebatar a la cuchilla de la guillotina, siempre a punto para asesinar, la vida de hombres, mujeres y niños. Incluso le hizo sonreír al hablarle de los múltiples disfraces de Pimpinela Escarlata, siempre tan originales, gracias a los cuales había burlado la más estrecha vigilancia en las barricadas de París. La última vez, la fuga de la condesa de Tournay y sus hijos había sido una auténtica obra maestra, y Blakeney, vestido como una repugnante vieja del mercado, con un gorro pringoso y rizos grises y desordenados, tenía un aspecto que hubiera hecho reír al más serio de los mortales. Marguerite rió de buena gana cuando sir Andrew intentó describirle el atuendo de Blakeney, cuyo mayor obstáculo radicaba siempre en su gran estatura, que en Francia dificultaba doblemente el disfrazarse. Así transcurrió una hora. Tendrían que pasar muchas más en una inactividad forzosa en Dover. Marguerite se levantó de la mesa con un suspiro de impaciencia. Pensó con terror en la noche que le aguardaba en su habitación, con su angustia por única compañía, y la sola ayuda del bramido de la tempestad para conciliar el sueño. Se preguntó dónde estaría Percy en aquellos momentos. El Day Dream era un yate fuerte, bien construido, capaz de navegar en alta mar. Sir Andrew mantenía la opinión de que se habría refugiado antes de que estallara la tempestad, o que quizá no se habría arriesgado a salir a mar abierto, en cuyo caso estaría anclado en Gravesend. Briggs era un patrón experto, y sir Percy sabía gobernar una embarcación tan bien como un marino consumado. La tempestad no representaba ningún peligro para ellos. Era más de medianoche cuando Marguerite decidió retirarse a descansar. Tal y como se temía, el sueño se negó reiteradamente a acudir a sus ojos. Sus pensamientos no pudieron ser más negros durante las largas horas de amargura en que la furiosa tempestad le separaba de Percy. Al oír el ruido de las lejanas olas rompientes, su corazón lloró de melancolía. Se encontraba en ese estado de ánimo en que el mar ejerce un efecto entristecedor sobre los nervios. Sólo cuando nos sentimos muy dichosos podemos contemplar con alegría la extensión ilimitada de agua, que se mece incansablemente, con una monotonía persistente e irritante, acompañando a nuestros pensamientos, sean éstos tristes o alegres. Cuando son alegres, las olas nos devuelven su alegría, como un eco; pero cuando son tristes, parece como si cada vaivén del mar aumentara nuestra tristeza y nos hablara de lo absurdo e insignificante de todas nuestras alegrías. XXII CALAIS Aun la noche más angustiosa o el día más largo tarde o temprano toca inevitablemente a su fin. Marguerite pasó más de quince horas sometida a una tortura mental tan espantosa que a punto estuvo de volverse loca. Tras una noche de insomnio, se levantó temprano, incapaz de dominar su nerviosismo, ardiendo en deseos de iniciar el viaje, horrorizada ante la posibilidad de que se interpusieran más obstáculos en su camino. Temía tanto tiempo de perder su única oportunidad de partir, que se levantó antes de que ningún habitante de la casa se hubiera puesto en movimiento. Cuando bajó al salón, encontró a sir Andrew Ffoulkes allí sentado. Había salido media hora antes para ir al malecón del Almirantazgo, donde había comprobado que ni el paquebote francés ni ningún barco fletado por un particular podía zarpar todavía de Dover. La tempestad estaba en su apogeo, y estaba cambiando la marea. Si el viento no amainaba o cambiaba de dirección, se verían obligados a esperar otras diez o doce horas hasta la siguiente marea para iniciar la travesía. Y ni la tormenta había amainado, ni el viento había cambiado, y la marea bajaba rápidamente. Al enterarse de tan pésimas noticias, Marguerite se sumió en negra desesperación. Únicamente su inquebrantable resolución evitó que se desmoronase, lo que hubiera aumentado la preocupación de sir Andrew, que era ya muy profunda. Aunque trataba de disimularlo, Marguerite observó que el joven estaba tan ansioso como ella por encontrar a su camarada y amigo. La inactividad forzosa era terrible para ambos. Marguerite jamás hubiera podido explicar cómo pasaron aquel angustioso día en Dover. Como le horrorizaba dejarse ver, pues los espías de Chauvelin podía andar por allí cerca, pidió en la posada que le dejaran un salón privado, y sir Andrew y ella estuvieron allí sentados incontables horas, forzándose a tomar, muy de cuando en cuando, las comidas que les servía la pequeña Sally, sin otra cosa en que ocuparse más que pensar, hacer conjeturas, y sólo en contadas ocasiones, albergar cierta esperanza. La tempestad había amainado cuando ya era demasiado tarde; la marea estaba demasiado baja para que una embarcación pudiese levar anclas. El viento había cambiado, y se estaba transformado en una favorable brisa del noroeste, una auténtica bendición del cielo para realizar una travesía rápida hasta Francia. Y allí siguieron esperando, preguntándose cuándo llegaría la hora en que pudieran partir. Aquel día largo y angustioso había tenido sus momentos de alegría: sir Andrew bajó de nuevo al malecón, y volvió inmediatamente para contarle a Marguerite que había alquilado una goleta muy veloz, cuyo capitán estaba preparado para zarpar en cuanto la marca les fuese favorable. Desde aquel instante, las horas se les antojaron menos pesadas; la espera fue menos angustiosa hasta que al fin, a las cinco de la tarde, Marguerite, cubierta por un tupido velo y seguida por sir Andrew Ffoulkes, que, con atuendo de lacayo, llevaba varios bultos de equipaje, se dirigieron al malecón. Una vez a bordo, el aire fresco y penetrante del mar reanimó a lady Blakeney; la brisa era lo suficientemente fuerte como para hinchar las velas del Foam Crest, que navegaba alegremente hacia alta mar. Tras la tormenta, el sol era esplendoroso, y Marguerite, al contemplar los blancos acantilados de Dover que desaparecían de su vista poco a poco, se sintió más tranquila, y casi esperanzada. Sir Andrew era todo amabilidad con ella, y Marguerite pensó que era muy afortunada por tenerle a su lado en aquella situación tan difícil. Poco a poco, entre las brumas vespertinas, que cerraban rápidamente, fue destacándose la gris costa de Francia. Se veía el destello de una o dos luces, y las torres de varias iglesias, que asomaban por entre la niebla. Al cabo de media hora Marguerite desembarcaba en territorio francés. Había regresado a un país en que, en aquel mismo instante, los hombres asesinaban a sus semejantes a centenares, y enviaban al matadero a miles de mujeres y niños inocentes. El propio aspecto del país y sus habitantes, aun en aquel remoto pueblo costero, daba testimonio de la bullente revolución que se desarrollaba a casi quinientos kilómetros de distancia, en la hermosa ciudad de París, que se había convertido en un lugar repugnante a causa del constante fluir de la sangre de sus hijos más nobles, de los gemidos de las viudas, de los gritos de los niños huérfanos. Todos los hombres llevaban gorros rojos —con diversos grados de limpieza—, con la escarapela tricolor prendida a la izquierda. Marguerite observó, con un estremecimiento, que en lugar del semblante risueño y alegre a que estaba acostumbrada, en el rostro de sus compatriotas había una invariable expresión de desconfianza y disimulo. En los tiempos que corrían, cada persona espiaba a los demás: la palabra más inocente, pronunciada en son de broma, podía esgrimirse en cualquier momento como prueba de tendencias aristocráticas, o de traición al pueblo. Incluso las mujeres iban con una extraña mirada de temor y odio acechando en sus ojos oscuros, y contemplaron a Marguerite cuando bajó a tierra, seguida por sir Andrew, murmurando a su paso: «Sacrés aristos!» o «Sacrés Anglais!». Por lo demás, la presencia de ambos no despertó ningún otro comentario. En aquellos días, Calais mantenía comunicaciones comerciales constantes con Inglaterra, y en sus costas se veían con frecuencia comerciantes ingleses. Todo el mundo sabía que, debido a los fuertes impuestos que había que pagar en Inglaterra, se pasaban de contrabando grandes cantidades de vinos y coñacs franceses. Este hecho complacía enormemente al bourgeois francés; le encantaba ver cómo el gobierno y el rey inglés, a los que odiaba, perdían de esta forma una parte de sus ingresos. Un contrabandista inglés era siempre bien recibido en las tabernuchas de mala muerte de Calais y Bolonia. Seguramente por eso, mientras sir Andrew llevaba a Marguerite por las tortuosas calles de Calais, muchos de sus habitantes, que volvían la cabeza soltando un terno al paso de aquellos extranjeros vestidos a la moda inglesa, pensarían que estaban allí para adquirir objetos por los que había que pagar derechos de aduana en su país de nieblas, y apenas se fijaban en ellos. Pero Marguerite no dejaba de pensar en cómo habría podido pasar desapercibido en Calais sir Percy, con su enorme estatura, en qué disfraz habría adoptado para realizar su noble tarea sin llamar demasiado la atención. Sin intercambiar más que unas cuantas palabras, sir Andrew atravesó con ella toda la ciudad, hasta llegar al extremo opuesto del que habían desembarcado, y a continuación se dirigieron al cabo Gris—Nez. Las calles eran angostas, tortuosas, y en la mayoría había un hedor insoportable, una mezcla de pescado podrido y de sótano húmedo. La noche anterior había llovido intensamente, y a veces, Marguerite se hundía hasta el tobillo en el barro, pues las calles carecían de iluminación, a no ser por la luz tenue de la lámpara de una casa de trecho en trecho. Pero no hizo el menor caso a aquellas molestias insignificantes: «Es posible que veamos a Blakeney en la posada del Chat Gris», le había dicho sir Andrew al desembarcar, y experimentaba la sensación de caminar sobre una alfombra de pétalos de rosa, pues iba a ver a su marido muy pronto. Finalmente llegaron a su destino. Saltaba a la vista que sir Andrew conocía el camino, porque se movía con seguridad en medio de la oscuridad, y no había preguntado a nadie por dónde debían ir. Estaba tan oscuro que Marguerite no observó el aspecto exterior de la casa. El Chat Gris, como lo había llamado sir Andrew, era una pequeña posada de las afueras de Calais, por la que había que pasar para ir al Gris—Nez. Se encontraba a cierta distancia de la costa, pues el ruido del mar se oía a lo lejos. Sir Andrew golpeó la puerta con la empuñadura de su bastón, y en el interior Marguerite distinguió un leve gruñido y el murmullo de una retahíla de juramentos. Sir Andrew volvió a llamar, en esta ocasión con mayor vehemencia: se oyeron más juramentos, y a continuación unas pisadas que se arrastraban hacia la puerta. Al cabo de unos instantes se abrió de par en par, y Marguerite comprobó que se encontraba en el umbral de la habitación más miserable y destartalada que había visto en su vida. El papel de las paredes colgaba, hecho jirones; al parecer, no había ni un solo mueble en la instancia del que pudiera decirse, aun haciendo gala de una gran imaginación, que estuviera «entero». La mayor parte de las sillas tenían el respaldo roto, otras carecían de asiento; una esquina de la mesa estaba apoyada sobre un montón de astillas, en sustitución de la pata. En un rincón de la habitación había un enorme hogar, sobre el que colgaba un puchero, del que emanaba un aroma a sopa caliente no demasiado desagradable. A un lado, en lo alto de la pared, había una especie de desván, ante el que colgaba una andrajosa cortina de cuadros blancos y azules. Al desván se accedía por un tramo de escalones desvencijados. En las paredes desnudas, con el papel descolorido y salpicadas de manchas de diversa procedencia, habían escrito con tiza, en caracteres grandes y gruesos, las siguientes palabras: «Liberté, Egalité, Fraternité». El sórdido cuchitril estaba débilmente iluminado por una lámpara de aceite apestosa, que colgaba de las desvencijadas vigas del techo. Todo tenía un aspecto tan miserable, tan sucio y desalentador, que Marguerite casi no se atrevió a traspasar el umbral. Sin embargo, sir Andrew entró sin la menor vacilación. —¡Viajeros ingleses, ciudadano! —dijo enérgicamente, en francés. El individuo que había acudido a la puerta para responder a la llamada de sir Andrew, y que, presumiblemente era el propietario de aquel miserable cuchitril, era un campesino de edad, muy corpulento, que llevaba una sucia blusa azul, unos pesados zuecos, de los que sobresalían briznas de paja, unos raídos pantalones azules, y el inevitable gorro rojo con la escarapela tricolor, que proclamaba sus opiniones políticas del momento. Llevaba una pipa corta de madera, que despedía un olor a tabaco rancio. Miró con cierto recelo y enorme desprecio a los viajeros, murmuró «Sacrrréés Anglais» y escupió en el suelo para dar otra muestra de su independencia de espíritu, no obstante lo cual se apartó para dejarles paso, muy consciente, sin duda, de que aquellos sacrrréés Anglais siempre llevaban la bolsa bien llena. —¡Dios mío! —exclamó Marguerite, cruzando la habitación con un pañuelo pegado a su delicada nariz—. ¡Qué garito tan espantoso! ¿Está seguro de que éste es el sitio que buscábamos? —Sí, estoy completamente seguro —contestó el joven, sacudiendo una silla para que se sentara Marguerite con su pañuelo ribeteado de encaje, muy a la moda—. Pero juro que jamás había visto una pocilga tan infame. —Hay que reconocer que no resulta muy acogedor —dijo Marguerite, mirando a su alrededor con cierta curiosidad, horrorizada ante las paredes destartaladas, las sillas rotas y la mesa desvencijada. El posadero del Chat Gris —que se llamaba Brogard— no volvió a prestar atención a sus huéspedes. Llegó a la conclusión de que pedirían la cena de un momento a otro, pero hasta entonces, un ciudadano libre no tenía por qué mostrar deferencia, ni siquiera cortesía, a nadie, por elegantemente que fuera vestido. Junto al hogar había una figura agazapada, vestida, al parecer, enteramente con harapos: debía ser una mujer, aunque hubiera resultado difícil asegurar ese extremo, a no ser por el gorro, que en sus buenos tiempos había sido blanco, y por algo que vagamente recordaba a unas enaguas. Mascullaba algo para sus adentros, y de vez en cuando removía la pócima del puchero. —Eh, amigo —dijo al fin sir Andrew—, quisiéramos cenar algo... Juraría que la ciudadana —añadió, señalando al montón de harapos agazapado junto al fuego— está confeccionando una sopa deliciosa, y mi ama no prueba bocado desde hace varias horas. Brogard tardó varios minutos en atender la petición. ¡Un ciudadano libre no se precipita así como así a cumplir los deseos de quienes le piden algo! —¡Sacrrréés aristos! —murmuró, y volvió a escupir en el suelo. A continuación se dirigió con mucha calma a un aparador que había en un rincón de la habitación; sacó una vieja sopera de peltre y, lentamente, sin pronunciar palabra, se la dio a su media naranja, que, igualmente silenciosa, se puso a llenar el recipiente con la sopa del puchero. Marguerite contempló estos preparativos horrorizada; de no haber sido por la gravedad del asunto que la había llevado hasta allí, hubiera escapado sin el menor pudor de aquel cuchitril lleno de suciedad y espantosos olores. —¡Vaya! La verdad es que nuestros anfitriones no son precisamente alegres —dijo sir Andrew, al ver la expresión de horror del rostro de Marguerite—. Ojalá pudiera ofrecerle una comida más abundante y apetitosa... pero creo que la sopa es comestible y el vino bueno. Estas gentes se revuelcan en la suciedad, pero por lo general viven bien. —Le ruego que no se preocupe por mí, sir Andrew —dijo con dulzura—. Mi cabeza no se encuentra en condiciones de darle demasiadas vueltas a un asunto como la comida. Brogard prosiguió lentamente con sus preparativos: colocó en la mesa un par de cucharas y dos vasos, que sir Andrew tuvo la precaución de limpiar cuidadosamente. El mesonero también puso una botella de vino y un trozo de pan, y Marguerite hizo un esfuerzo para acercar su silla a la mesa y simular que comía. Sir Andrew, como convenía a su papel de lacayo, se quedó de pie detrás de la silla de lady Blakeney. —Por favor, señora —dijo, al ver que Marguerite parecía incapaz de comer—, le ruego que intente tomar aunque sea un bocado. Recuerde que va a necesitar todas sus fuerzas. La verdad es que la sopa no estaba demasiado mala; olía y sabía bien. A Marguerite le hubiera gustado, a no ser por el terrible entorno. No obstante, partió el pan, y bebió un poco de vino. —Sir Andrew, no puedo verle de pie —dijo—. Usted necesita comer tanto como yo. Este individuo pensará que soy una inglesa excéntrica que se ha fugado con su lacayo si usted se sienta a mi lado y comparte conmigo este remedo de cena. Efectivamente; después de dejar en la mesa lo absolutamente imprescindible, Brogard no volvió a ocuparse de sus huéspedes. La mére Brogard abandonó la habitación en silencio, arrastrando los pies, y el hombre se quedó allí holgazaneando y sacando humo a su apestosa pipa, a veces bajo las mismísimas narices de Marguerite, como debe hacer cualquier ciudadano libre que se precie. —¡Maldito animal! —exclamó sir Andrew, con auténtica indignación británica, cuando Brogard se apoyó en la mesa, fumando y mirando con aire de suficiencia a aquellos dos sacrés Anglais. —En el nombre del cielo, sir Andrew —le reprendió Marguerite rápidamente, al ver que el joven, con un instinto netamente británico, apretaba el puño amenazadoramente—, recuerde que está usted en Francia, y que en este año de gracia, la gente actúa así. —¡Me encantaría retorcerle el pescuezo a ese animal— murmuró sir Andrew, enfurecido. Siguiendo el consejo de Marguerite, se había sentado a su lado, y los dos hacían nobles esfuerzos para engañarse mutuamente, simulando que comían y bebían. —Le ruego que no despierte las iras de ese individuo —dijo Marguerite—, para que conteste a las preguntas que tenemos que hacerle. —Haré lo posible, pero le aseguro que preferiría retorcerle el pescuezo a hacerle preguntas. ¡Eh, amigo! —dijo afablemente en francés, dado un ligero golpecito a Brogard en el hombro—. ¿Vienen muchos de nuestra clase por aquí? Quiero decir viajeros ingleses. Brogard miró a su alrededor, por encima del hombro, dio un par de chupadas a la pipa, pues no tenía ninguna prisa por contestar, y murmuró: —Pues... a veces. —¡Ah! —exclamó sir Andrew, con aire despreocupado—. Los viajeros ingleses saben dónde se puede beber buen vino, ¿eh, amigo? Pero dígame una cosa... Mi señora quisiera saber si por casualidad ha visto usted a un buen amigo suyo, un caballero inglés, que viene a Calais con frecuencia por asuntos de negocios. Es muy alto, y hace unos días partió hacia París... Mi señora esperaba reunirse con él aquí, en Calais. Marguerite intentó no mirar a Brogard, para no delatar la terrible ansiedad con que esperaba su respuesta. Pero un ciudadano francés libre nunca tiene prisa por contestar a una pregunta; Brogard tardó unos momentos en responder con mucha calma: —¿Inglés alto? ¿Hoy? ¡Sí! —¿Le ha visto? —preguntó sir Andrew, en tono despreocupado. —Sí, hoy —masculló Brogard, de mal humor. A continuación quitó tranquilamente el sombrero de sir Andrew de una silla que estaba a su lado, se lo puso, se estiró la sucia blusa, e intentó expresar con una pantomima que el individuo en cuestión llevaba unas ropas muy elegantes—. Sacré aristo ese inglés tan alto! —masculló. Marguerite apenas pudo reprimir un grito. —No cabe duda de que es sir Percy —murmuró—, ¡y sin disfraz! Sonrió, a pesar de la preocupación y de las lágrimas que empezaban a agolparse en sus ojos, al pensar en «la pasión dominante llevada hasta la muerte»; en Percy, enfrentándose a los peligros más terribles con una chaqueta de última moda y los encajes de la camisa impecables. —¡Ah, qué temerario es! —suspiró—. ¡Deprisa, sir Andrew! Pregúntele a ese hombre cuándo se marchó. —Ah, sí, amigo mío —añadió sir Andrew, con la misma actitud de indiferencia—, mi señor siempre lleva una ropa muy bonita. No cabe duda de que el caballero que usted ha visto es el amigo de mi señora. ¿Y dice que se ha marchado? —Sí, se fue... pero volverá... aquí. Ha encargado la cena... Sir Andrew puso rápidamente la mano en el brazo de Marguerite para prevenirla; el gesto llegó justo a tiempo, pues al momento siguiente, la loca alegría que experimentaba lady Blakeney la hubiera delatado. Se encontraba bien, a salvo, y volvería en cualquier momento, lo vería quizá al cabo de unos instantes... ¡Ah! Pensó que no podría soportar tanta alegría. —¿Aquí? —le preguntó a Brogard, que de repente se había transformado a sus ojos en un mensajero celestial de felicidad—. ¿Dice que el caballero inglés volverá aquí? El mensajero celestial escupió en el suelo para expresar su desprecio por todos y cada uno de los aristos que se empeñaban en frecuentar el Chat Gris. —¡Que sí! —masculló—. Ha encargado la cena... y volverá... ¡Sacrés Anglais! —añadió, a modo de protesta contra el lío que armaban por un simple inglés. —Pero, ¿dónde está ahora? ¿No lo sabe? — preguntó Marguerite impaciente, posando su mano blanca y delicada en la sucia manga de la camisa del hombre. —Se fue a buscar un caballo y un carro — respondió Brogard lacónicamente, al tiempo que, con un gesto agrio, se quitaba del brazo aquella hermosa mano que muchos príncipes habían besado con orgullo. —¿A qué hora salió? Pero saltaba a la vista que Brogard estaba harto de tantas preguntas. Pensaba que no estaba bien que a un ciudadano —que era el igual de cualquiera— le interrogasen de aquella forma unos sacrés aristos, aunque fueran ingleses ricos. Lo propio de su dignidad recién adquirida era mostrarse lo más grosero posible, pues sin duda responder dócilmente a unas preguntas respetuosas era señal inequívoca de servilismo. —No lo sé —replicó secamente—. Ya he hablado bastante, ¡voyons, les aristos!.. Llegó hoy. Encargó la cena. Salió. Volverá. ¡Voilà! Y tras esta última declaración de sus derechos de ciudadano y hombre libre, es decir, ser tan grosero como le viniera en gana, Brogard salió de la habitación arrastrando los pies y dando un portazo. XXIII LA ESPERANZA —Vamos, señora —dijo sir Andrew, al ver que Marguerite parecía dispuesta a llamar a su malhumorado anfitrión para que volviera—. Creo que será mejor que lo dejemos en paz. No le sacaremos nada más, y quizá despertemos sus sospechas. No sabemos cuántos espías podrían estar acechándonos en este pueblo dejado de la mano de Dios. —¡Y qué me importa ahora que sé que mi marido se encuentra bien y que voy a verle casi enseguida! —replicó Marguerite alegremente. —¡Chist! —dijo sir Andrew, realmente preocupado, pues, llevada por su entusiasmo, Marguerite había hablado en voz bastante alta. En los días que corren, hasta las paredes tienen oídos en Francia. Sir Andrew se levantó precipitadamente de la mesa, y dio varias vueltas por aquella habitación miserable y desnuda, parándose a escuchar con atención junto a la puerta, por la que acababa de desaparecer Brogard, pero sólo distinguió unos juramentos mascullados y lentas pisadas. Después se encaramó a los desvencijados escalones que subían hasta el desván, con el fin de asegurarse de que no había ningún espía de Chauvelin rondando por allí. —¿Estamos solos, señor lacayo? —preguntó Marguerite animadamente cuando el joven volvió a sentarse a su lado—. ¿Podemos hablar? —¡Con mucha cautela! —suplicó sir Andrew. —¡Vamos, sir Andrew! ¡Qué cara tan triste! ¡Yo estoy tan contenta que me pondría a bailar! Ya no hay nada que temer. Nuestro barco está en la playa, el Foam Crest se encuentra a menos de tres kilómetros mar adentro, y mi marido estará aquí, bajo este mismo techo, quizá dentro de media hora. Ya nada puede detenernos. Chauvelin y su banda aún no han llegado. —¡No, señora! Me temo que eso no lo sabemos. —¿Qué quiere decir? —Chauvelin estaba en Dover al mismo tiempo que nosotros. —Atrapado por la misma tempestad que nos impedía zarpar. —Efectivamente. Pero... No he querido decírselo antes, por temor a asustarla, pero lo vi en la playa unos cinco minutos antes de que embarcáramos. Al menos en ese momento hubiera jurado que era él. Iba disfrazado de curé, de tal modo que ni siquiera Satán, que es su protector, hubiera podido reconocerlo. Pero le oí hablar cuando intentaba alquilar un barco para que lo llevara rápidamente a Calais, y debió zarpar menos de una hora después que nosotros. La expresión de alegría se borró inmediatamente del rostro de Marguerite. Comprendió bruscamente que Percy corría un riesgo terrible al encontrarse en suelo francés. Chauvelin le seguía, pisándole los talones; y allí, en Calais, el astuto diplomático era todopoderoso: una palabra suya y encontrarían a Percy, y lo apresarían, y... Experimentó la sensación de que se le helaba hasta la última gota de sangre en las venas; ni siquiera en los momentos de peor angustia que había pasado en Inglaterra había comprendido con tanta claridad la inminencia del peligro que corría su marido. Chauvelin había jurado enviar a Pimpinela Escarlata a la guillotina, y en aquellos momentos, el audaz conspirador, cuyo anonimato le había servido hasta entonces de salvaguardia, había quedado al descubierto ante su enemigo más cruel e implacable, y todo por culpa de Marguerite. Al apresar a lord Tony y sir Andrew Ffoulkes en el salón de The Fisherman’s Rest, Chauvelin se había apoderado de los documentos que contenían todos los planes de la última expedición. Armand St. Just, el conde de Tournay, y los demás monárquicos fugitivos debían reunirse con Pimpinela Escarlata, o según se había decidido en un principio, con dos emisarios suyos, aquel mismo día, el dos de octubre, en un lugar que conocían los miembros de la Liga, al que de una forma un tanto vaga se denominaba «cabaña del Pére Blanchard». Armand, cuyos compatriotas aún no sabían que mantenía relaciones con Pimpinela Escarlata ni que condenaba la brutal política del Reinado del Terror, había partido de Inglaterra hacía algo más de una semana, con las instrucciones pertinentes que le permitirían encontrar a los demás fugitivos y llevarlos a lugar seguro. Marguerite sabía esto desde el principio, y sir Andrew había confirmado sus conjeturas. También sabía que cuando sir Percy se enterase de que Chauvelin había robado los documentos de los planes y las instrucciones para sus camaradas, sería demasiado tarde para comunicarse con Armand o enviar nuevas instrucciones a los fugitivos. Acudirían sin remedio al lugar señalado en la fecha acordada, inconscientes del grave peligro que aguardaba a su valiente salvador. Blakeney, que había organizado y planeado toda la expedición, como tenía por costumbre, no permitiría que ninguno de sus camaradas más jóvenes corriera el riesgo de que lo capturasen casi con toda seguridad. Este era el motivo de la apresurada nota que les había enviado en el baile de lord Grenville: «Parto mañana, yo solo». Y ahora que su enemigo más implacable conocía su identidad, vigilarían cada uno de sus pasos en cuanto pusiera el pie en Francia. Los emisarios de Chauvelin seguirían todos sus movimientos, lo perseguirían hasta que llegara a la misteriosa cabaña en que le esperaban los fugitivos, y allí la trampa se cerraría sobre él y sobre ellos. Sólo disponían de una hora —la hora que Marguerite y sir Andrew sacarán de ventaja a su enemigo— para prevenir a Percy del inminente peligro, y para convencerle de que abandonara tan temeraria aventura, que sólo podía culminar en su muerte. Pero al menos quedaba una hora. —Chauvelin conoce esta posada, por los documentos que robó —dijo sir Andrew en tono apremiante—, y en cuanto desembarque vendrá directamente aquí. —Aún no ha desembarcado —dijo Marguerite—. Le sacamos una hora de ventaja, y Percy llegará de un momento a otro. Ya habremos cruzado la mitad del canal cuando Chauvelin caiga en la cuenta de que hemos escapado de sus manos. Pronunció estas palabras con nerviosismo y vehemencia, deseando transmitir a su joven amigo la esperanza y el optimismo que su corazón se empeñaba en alentar, pero sir Andrew movió la cabeza con pesar. —¿También ahora guarda silencio, sir Andrew? —dijo Marguerite con un deje de impaciencia—. ¿Por qué mueve la cabeza y pone esa cara tan triste? —Perdóneme, señora —replicó—, pero es que al trazar sus planes de color de rosa, está olvidando el factor más importante. —¿A qué diablos se refiere? No he olvidado nada... ¿De qué factor está hablando? —añadió aún más impaciente. —Mide casi dos metros —replicó sir Andrew pausadamente—, y lleva por nombre Percy Blakeney. —No lo entiendo —musitó Marguerite. —¿Acaso cree que Blakeney se marchará de Calais sin haber llevado a cabo la tarea que se ha impuesto? —¿Quiere decir que... ? —Está el anciano conde de Tournay... —¿El conde... ? —repitió Marguerite en un susurro. —Y St. Just... y más personas... —¡Mi hermano! —exclamó Marguerite, sollozando de angustia y aflicción—. Que Dios me perdone, pero me temo que lo había olvidado. —En este mismo momento, esos fugitivos esperan con absoluta confianza y una fe inamovible la llegada de Pimpinela Escarlata, que ha empeñado su honor en llevarlos sanos y salvos hasta la otra orilla del canal. ¡Efectivamente, Marguerite lo había olvidado! Con el sublime egoísmo de la mujer que ama con toda su alma, en las últimas veinticuatro horas había dedicado todos sus pensamientos únicamente a Percy. Su mente estaba ocupada por la vida de su marido, tan precoz, tan noble, y por el peligro que corría, él, su amado, el héroe valiente. —¡Mi hermano! —murmuró, y, una a una, fueron agolpándose en sus ojos gruesas lágrimas de dolor, al recordar a Armand, el compañero adorado de su niñez, el hombre por el que había cometido el pecado mortal por cuya causa se encontraba en peligro la vida de su valiente esposo. —Sir Percy no sería el jefe querido y venerado por un grupo de caballeros ingleses si abandonase a quienes han depositado su confianza en él —dijo sir Andrew con orgullo—. En cuanto a no mantener su palabra, la sola idea es ridícula. Guardaron silencio durante unos instantes. Marguerite ocultó el rostro entre las manos, y dejó que las lágrimas se deslizaran lentamente entre sus dedos temblorosos. El joven no dijo nada: le partía el alma la inmensa aflicción de aquella hermosa mujer. Desde el principio había sentido el terrible impasse en que los había sumido a todos la imprudencia de Marguerite. Conocía demasiado bien a su amigo y jefe, con su tremenda osadía, su valentía sin límites, la adoración que profesaba a su propia palabra de honor. Sir Andrew sabía que Blakeney arrostraría cualquier peligro y correría los mayores riesgos antes de quebrantarla, y, con Chauvelin pisándole los talones, habría una última tentativa, por desesperada que fuese, de rescatar a quienes confiaban en él plenamente. —Sí, sir Andrew —dijo al fin Marguerite, haciendo valerosos esfuerzos por secar sus lágrimas—, tiene usted razón, y yo no me deshonraré intentando disuadirle de que cumpla con su deber. Como usted dice, mis ruegos serían vanos. Que Dios le dé fortaleza y habilidad — añadió con vehemencia y resolución—, para burlar a sus perseguidores. Quizá no se niegue a llevarle consigo cuando inicie su noble tarea. Entre los dos, reunirán astucia y valor. ¡Que Dios los proteja a ambos! Pero será mejor que no perdamos tiempo. Sigo pensando que la seguridad de Percy depende de que sepa que Chauvelin le sigue. —Indudablemente. Blakeney posee unos recursos prodigiosos. En cuanto sea consciente del peligro que corre, obrará con mayor precaución, y su ingenio es verdaderamente portentoso. —Entonces, ¿por qué no hace usted una expedición de reconocimiento por el pueblo mientras yo espero aquí a que regrese mi marido? A lo mejor se topa con Percy, y eso nos ahorraría un tiempo muy valioso. Si le encuentra, dígale que tenga cuidado. ¡Su peor enemigo viene pisándole los talones! —Pero, ¿cómo va a esperar usted en semejante cuchitril? —¡No me importa lo más mínimo! Pero podría preguntarle a nuestro malhumorado anfitrión si me permitiría esperar en otra habitación, en la que estuviera a resguardo de las miradas curiosas de algún viajero que pasara por aquí. Ofrézcale una buena cantidad, para que no se olvide de avisarme en cuanto vuelva el inglés. Pronunció estas palabras tranquilamente, incluso con cierto optimismo, trazando planes, preparada para lo peor en caso de que fuera necesario. Ya no cometería más errores; demostraría que era digna de su marido, que iba a sacrificar su vida por salvar a sus semejantes. Sir Andrew la obedeció sin vacilar. Instintivamente, Marguerite sabía que en aquellas circunstancias su mente era la más poderosa. Sir Andrew estaba dispuesto a someterse a su dirección, a ser el instrumento, mientras que ella sería el cerebro rector. El joven se dirigió a la puerta de la habitación interior, por la que habían desaparecido Brogard y su mujer momentos antes, y llamó. Como de costumbre, la respuesta consistió en una retahíla de juramentos en voz baja. —¡Eh, amigo Brogard! —dijo el joven en tono imperioso—. Mi señora quisiera descansar un rato. ¿Puede darle otra habitación? Le gustaría estar sola. Sacó dinero del bolsillo, y lo hizo tintinear significativamente en una mano. Brogard abrió la puerta y escuchó la petición de sir Andrew con la apatía y el mal humor habituales en él. Pero, a la vista del dinero, su actitud indolente sufrió un ligero cambio. Se quitó la pipa de la boca y entró en la habitación arrastrando los pies. A continuación señaló hacia el desván por encima del hombro. —¡Puede quedarse ahí arriba! —dijo, soltando un gruñido—. Es cómoda, y además, no tengo más habitaciones. —Me parece perfecto —dijo Marguerite en inglés. Comprendió inmediatamente las ventajas que le brindaría un lugar como aquel, oculto a las miradas indiscretas—. Déle el dinero, sir Andrew. Ahí arriba estaré bien, y podré verlo todo sin que me vean a mí. Asintió, dirigiéndose a Brogard, que, condescendiente, se dignó subir al desván y sacudir la paja que había en el suelo. —Le ruego que no cometa ninguna imprudencia, señora —dijo sir Andrew cuando Marguerite se disponía a remontar los desvencijados escalones—. Recuerde que este lugar está infestado de espías. Le suplico que no se descubra ante sir Percy, a menos que tenga la absoluta certeza de que se encuentra a solas con él. Mientras pronunciaba estas palabras, comprendió que era innecesario tomar esta precaución: Marguerite poseía la misma calma y claridad de ideas que cualquiera. No cabía ninguna posibilidad de que cometiera una imprudencia. —No se preocupe —replicó, tratando de mostrarse alegre—. Le aseguro que no lo haré. No quisiera poner en peligro la vida de mi marido, ni sus planes, hablándole ante desconocidos. No tema. Esperaré a que se me presente la ocasión, y le ayudaré de la forma que considere más adecuada. Brogard bajó las escaleras, y Marguerite se dispuso a subir a su escondite. —No me atrevo a besarle la mano, señora — dijo sir Andrew cuando Marguerite empezó a remontar los escalones—, puesto que soy su lacayo, pero confío en que todo salga bien. Si no encuentro a Blakeney en el plazo de media hora, volveré con la esperanza de que esté aquí. —Sí, eso será lo mejor. Podemos permitirnos el lujo de esperar media hora. Es imposible que Chauvelin llegue antes. Quiera Dios que o usted o yo hayamos visto a Percy para entonces. ¡Qué tenga buena suerte, amigo mío! No se preocupe por mí. Marguerite remontó con ligereza los desvencijados escalones de madera que llevaban al desván. Brogard no le prestó la menor atención. Podía ponerse cómoda en la pequeña habitación o no; el posadero lo dejaba a su elección. Sir Andrew estuvo observándola hasta que llegó al desván y se sentó en la paja. Marguerite corrió las raídas cortinas, y el joven comprobó que se encontraba extraordinariamente bien situada para ver y oír sin que nadie notara su presencia. Había pagado a Brogard con largueza; el malhumorado posadero no tendría motivo alguno para delatarla. Sir Andrew se dispuso a salir. Al llegar a la puerta se dio la vuelta y miró al desván. Por entre las deshilachadas cortinas divisó el dulce rostro de Marguerite, que lo observaba, y el joven se regocijó al ver que tenía una expresión serena y que incluso sonreía. Tras inclinar la cabeza a modo de despedida, sir Andrew salió a la oscuridad. XXIV LA TRAMPA MORTAL El cuarto de hora siguiente transcurrió rápida y silenciosamente. En la habitación de abajo, Brogard pasó un buen rato recogiendo la mesa, y disponiéndola para otro huésped. Como Marguerite estuvo observando estos preparativos, se le antojó que el tiempo se deslizaba más deprisa. Aquel remedo de cena estaba destinado a Percy. Saltaba a la vista que Brogard profesaba cierto respeto al inglés de elevada estatura, pues se tomó bastantes molestias para conseguir que la habitación resultara un poco más acogedora que antes. Incluso sacó de un escondrijo del viejo aparador algo que recordaba a un mantel; y cuando lo extendió y vio que estaba lleno de agujeros, movió la cabeza dubitativamente unos momentos e hizo todo lo posible por colocarlo sobre la mesa de tal modo que quedaran ocultas la mayor parte de sus lacras. A continuación sacó una servilleta, igualmente vieja y raída, pero con cierto grado de limpieza, y procedió a secar cuidadosamente con ella el vaso, las cucharas y los platos que había colocado en la mesa. Marguerite no pudo por menos que sonreír al contemplar todos aquellos preparativos, que Brogard llevó a cabo acompañándolos de una serie de juramentos entre dientes. No cabía duda de que la gran estatura y corpulencia del inglés, o quizá el peso de sus puños, inspiraban un temor extraordinario a aquel ciudadano libre de Francia, pues en otro caso no se habría tomado tantas molestias por un sacré aristo. Cuando la mesa estuvo lista, por decirlo de alguna manera, Brogard examinó su obra con evidente satisfacción. Después quitó el polvo a una de las sillas con una punta de su blusa, removió el puchero, arrojó un montón de astillas al fuego, y abandonó la habitación con la cabeza gacha. Marguerite se quedó a solas con sus reflexiones. Había extendido su capa de viaje sobre la paja, y estaba sentada cómodamente, pues la paja estaba limpia y los desagradables olores de abajo llegaban hasta ella bastante atenuados. En aquellos momentos. se sentía casi dichosa; dichosa porque, el asomar la cabeza por entre las andrajosas cortinas, veía una silla desvencijada, un mantel desgarrado, un vaso, un plato y una cuchara; simplemente por eso. Pero aquellos objetos feos y mudos parecían decirle que estaban esperando a Percy; que pronto, muy pronto, él estaría allí, que en aquella habitación miserable y vacía se encontrarían los dos a solas. La idea era tan maravillosa que Marguerite cerró los ojos con el fin de borrar todo lo demás de su mente. Al cabo de unos minutos estaría a solas con él; Percy la tomaría en sus brazos, y Marguerite le haría comprender que, después de aquello, moriría gustosa por él y con él, porque no era posible que existiera mayor felicidad sobre la tierra. ¿Y qué ocurriría a continuación? Marguerite no podía adivinarlo ni siquiera remotamente. Naturalmente, sabía que sir Andrew tenía razón, que Percy haría todo cuanto se había propuesto; que ella, aun estando allí, no podría hacer otra cosa que prevenirle para que obrara con precaución, pues lo seguía el mismísimo Chauvelin. Después de haberle avisado, no le quedaría más remedio que ver cómo se embarcaba en aquella misión terrible y temeraria; no podría intentar retenerlo, con una palabra o una mirada. Tendría que obedecer lo que le ordenara hacer, aunque le dijera que desapareciese, y esperar, sometiéndose a una tortura indescriptible, mientras Percy iba quizá al encuentro de la muerte. Pero incluso eso le parecía menos insoportable que la idea de que él no llegara a saber cuánto lo amaba, al menos no tendría que pasar por aquel trance. La miserable habitación, que parecía esperarle, le decía que pronto estaría allí. De repente, sus hipersensibles oídos percibieron el ruido de pasos que se acercaba, y el corazón le dio un vuelco de alegría desenfrenada. ¿Sería Percy al fin? No; aquellas pisadas no parecían tan largas ni tan firmes como las suyas. Además, creyó distinguir dos pisadas distintas. ¡Sí! ¡Eso era! Dos hombres se aproximaban a la posada. Dos forasteros que quizá querían tornar una copa, o... Pero no le dio tiempo a hacer más conjeturas, pues inmediatamente llamaron imperiosamente a la puerta, y a los pocos instantes la abrieron bruscamente desde fuera, mientras una voz áspera y dominante gritaba: —¡Eh, ciudadano Brogard! ¡Hola! Marguerite no veía a los recién llegados, pero, por un agujero que había en una de las cortinas podía observar una parte de la habitación de abajo. Oyó las lentas pisadas de Brogard, que salía de la habitación de dentro, mascullando una retahíla de juramentos, como de costumbre. Al ver a los nuevos huéspedes, se detuvo en medio de la estancia, dentro del campo de visión de Marguerite; los miró aún con mayor desprecio y desdén del que había hecho gala con sus anteriores huéspedes, y murmuró: «¡Sacrée soutane!». Marguerite experimentó la sensación de que el corazón dejaba de latirle; sus ojos, desmesuradamente abiertos, se clavaron en uno de los recién llegados, que, en aquel mismo momento, avanzó rápidamente hacia Brogard. Llevaba sotana, sombrero de ala ancha y zapatos con hebilla, el atuendo normal del curé francés, pero cuando se situó frente al posadero, se abrió unos instantes la sotana y dejó al descubierto el pañuelo tricolor de los funcionarios, detalle que provocó en Brogard la reacción inmediata de cambiar su actitud de desprecio por un servilismo medroso. Fue la visión de aquel curé lo que a Marguerite le heló la sangre en las venas. No podía verle la cara, pues el sombrero de ala ancha la ocultaba casi por completo, pero reconoció las manos largas y huesudas, la ligera giba de la espalda, los ademanes de aquel hombre. ¡Era Chauvelin! El horror de la situación la dejó paralizada, como si le hubieran dado un golpe; la terrible decepción, el temor a lo que pudiera ocurrir, le hicieron tambalearse, y tuvo que hacer un esfuerzo casi sobrehumano para no desplomarse sin sentido. —Un plato de sopa y una botella de vino —le dijo Chauvelin a Brogard en tono imperioso—. Y después, lárgate de aquí. ¿Entendido? Quiero estar solo. |