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VIII EL AGENTE AUTORIZADO La tarde se acercaba rápidamente a su fin, y la larga y fría noche de verano inglés empezaba a tender su manto de niebla sobre el verde paisaje de Kent. El Day Dream había levado anclas, y Marguerite Blakeney se quedó a solas al borde del acantilado durante más de una hora, contemplando aquellas velas blancas que alejaban velozmente de ella al único ser al que realmente importaba, a quien se atrevía a amar, en quien sabía que podía confiar. A la izquierda, no lejos de donde se encontraba, las luces del salón de The Fisherman’s Rest despedían destellos amarillos en medio de la creciente niebla; de vez en cuando, sus nervios exaltados creían distinguir desde allí el ruido del regocijo y la alegre charla, o la risa perpetua y absurda de su marido, que chirriaba sin cesar en sus sensibles oídos. Sir Percy había tenido la delicadeza de dejarla completamente a solas. Marguerite suponía que, a pesar de su estupidez, era suficientemente bondadoso como para haber comprendido que deseaba estar sola mientras aquellas blancas velas se perdían en la tenue línea del horizonte. Su marido, de ideas tan estrictas en materia de decoro y decencia, ni siquiera le había sugerido que se quedara un criado por allí cerca, Marguerite se lo agradeció; siempre intentaba agradecerle su solicitud, que era constante, y su generosidad, que verdaderamente no conocía límites. A veces, incluso intentaba refrenarse para no pensar en él en unos términos tan sarcásticos y duros que la impulsaban a decir, aun sin quererlo, cosas crueles e insultantes, animada por la vaga esperanza de herirle. ¡Sí! Muchas veces sentía deseos de herirle, de hacerle ver que también ella le despreciaba, que también ella había olvidado que casi había llegado a amarle. ¡Amar a aquel petimetre ridículo, cuyos pensamientos no iban más allá del nudo de una corbata o del nuevo corte de una chaqueta! ¡Bah! Y sin embargo... por su mente flotaron, llevados por las alas invisibles de la ligera brisa marina, vagos recuerdos que eran dulces y ardientes y armonizaban con aquella tranquila noche de verano: los días en que él empezó a idolatrarla; parecía tan apasionado — un auténtico esclavo—, y aún existía la intensidad latente de un amor que la había fascinado. Y de repente aquel amor, aquella pasión, que durante todo su noviazgo había sido para Marguerite como la fidelidad rendida de un perro, pareció desvanecerse por completo. Veinticuatro horas después de la sencilla ceremonia en la vieja iglesia de St. Roch, Marguerite le contó que, sin darse cuenta, había hablado de ciertos asuntos comprometedores para el marqués de St. Cyr en presencia de unos hombres —amigos suyos— que habían utilizado la información en contra del desgraciado marqués y le habían enviado a él y a su familia a la guillotina. Marguerite detestaba al marqués. Años atrás, Armand, su querido hermano, se había enamorado de Angèle St. Cyr, pero St. Just era plebeyo, y el marqués estaba lleno de orgullo y de los arrogantes prejuicios de su casta. Un día, Armand, el amante tímido y respetuoso, se atrevió a enviar un poema, un poema ardiente, entusiasta, apasionado, a la mujer de sus sueños. A la noche siguiente le esperaron los criados del marqués de St. Cyr a las puertas de la ciudad de París y le apalearon ignominiosamente, como a un perro, y estuvo a punto de perder la vida. Todo por haberse atrevido a poner sus ojos en la hija del aristócrata. En aquellos días, dos años antes de la gran Revolución, este tipo de incidentes ocurrían casi a diario en Francia; de hecho, contribuyeron a desencadenar las sangrientas represalias que, años más tarde, enviaron a la guillotina a aquellas altivas cabezas. Marguerite lo recordaba todo: lo que su hermano debió sufrir en su hombría y su orgullo tuvo que ser espantoso; y nunca intentó ni siquiera analizar lo que ella sufrió por él y con él. Pero llegó el día del desquite. St. Cyr y los de su clase quedaron sometidos a los mismos plebeyos a los que tanto despreciaban. Armand y Marguerite, intelectuales e inteligentes, adoptaron con el entusiasmo propio de su edad las doctrinas utópicas de la Revolución, mientras el marqués de St. Cyr y su familia luchaban desesperadamente por conservar los privilegios que les habían situado por encima de sus semejantes en la escala social. Marguerite, impulsiva, irreflexiva, sin calcular el significado de sus palabras, aún resentida por la terrible afrenta que había recibido su hermano a manos del marqués, oyó casualmente —en su propio grupo— que los St. Cyr mantenían correspondencia en secreto con Austria y que esperaban obtener apoyo del emperador para reprimir la creciente revolución de su país. En aquellos tiempos, una denuncia era suficiente: las irreflexivas palabras de Marguerite sobre el marqués de St. Cyr dieron su fruto al cabo de veinticuatro horas. Fue arrestado. Registraron sus papeles, y en su escritorio encontraron cartas del emperador austríaco en las que prometía enviar tropas para combatir al populacho en París. Fue acusado de traición a su patria, y ejecutado en la guillotina. Su familia, su mujer y sus hijos, compartieron su terrible suerte. Marguerite, horrorizada ante las consecuencias de su inconsciencia, no pudo hacer nada por salvar al marqués; su propio grupo, los dirigentes del movimiento revolucionario, la proclamó heroína. Y cuando se casó con sir Percy Blakeney, quizá no fuera consciente de la severidad con que él juzgaría el pecado que había cometido involuntariamente, y que aún llevaba como una pesada carga sobre su alma. Se lo confesó abiertamente a su marido, confiando en que el amor ciego que sentía por ella y el ilimitado poder que Marguerite ejercía sobre él pronto le harían olvidar algo que seguramente sería muy mal acogido por un inglés. Es cierto que, en el momento de la confesión, sir Percy pareció tomárselo con mucha calma. En realidad, dio la impresión de no entender el significado de las palabras de Marguerite; pero es aún más cierto que, a partir de entonces, Marguerite no volvió a advertir el menor indicio de aquel amor que ella creía que le pertenecía por completo. En la actualidad llevaban vidas separadas, y sir Percy parecía haber abandonado su amor por ella, como si se tratara de un guante que no le sentara bien. Marguerite intentó incitarle aguzando su ingenio contra el torpe intelecto de su marido; trató de despertar sus celos, ya que no podía despertar su amor; intentó aguijonearle para provocar su agresividad; mas todo en vano. Sir Percy siguió igual, siempre lento, pasivo, somnoliento, siempre galante e invariablemente caballeroso: Marguerite tenía todo lo que la alta sociedad y un marido acaudalado pueden ofrecer a una mujer guapa, pero aquella hermosa noche de verano, cuando las velas blancas del Day Dream quedaron al fin ocultas por las sombras, se sintió más sola que aquel pobre vagabundo que caminaba trabajosamente por los escabrosos acantilados. Con otro prolongado suspiro, Marguerite Blakeney dio la espalda al mar y los acantilados, y se dirigió lentamente hacia The Fisherman's Rest. Al acercarse, oyó con mayor claridad el ruido de las risas alegres y joviales. Distinguió la agradable voz de sir Andrew Ffoulkes, las bulliciosas risotadas de lord Tony, los comentarios absurdos y aislados de su marido; entonces, cayendo en la cuenta de que la carretera estaba solitaria y de que la oscuridad se cerraba a su alrededor, apretó el paso... Al cabo de unos segundos vio a un desconocido que se dirigía rápidamente hacia ella. Marguerite no se inmutó; no se sentía en absoluto nerviosa y The Fisherman’s Rest se encontraba ya muy cerca. El desconocido se detuvo al ver que Marguerite se aproximaba hacia él, y cuando estaba a punto de pasar a su lado, le dijo en voz muy baja: —Ciudadana St. Just. Marguerite emitió un pequeño grito de sorpresa al oír pronunciar su apellido de soltera a su lado. Miró al desconocido, y, con una exclamación de alegría sincera, le tendió efusivamente ambas manos. —¡Chauvelin! —exclamó. —El mismo, ciudadana. A su disposición — replicó el hombre, besándole galantemente las puntas de los dedos. Marguerite no añadió nada durante unos momentos, mientras contemplaba con evidente agrado la figura no demasiado atractiva que tenía ante ella. Chauvelin estaba por entonces más cerca de los cuarenta que de los treinta; era un personaje inteligente, de mirada astuta, con una extraña expresión zorruna en sus ojos hundidos. Era el desconocido que, unas horas antes había invitado amistosamente al señor Jellyband a un vaso de vino. —Chauvelin... amigo mío —dijo Marguerite, con un suspiro de satisfacción—. ¡Cuánto me alegro de verle! Sin duda, a la pobre Marguerite St. Just, solitaria en medio de su esplendor y de sus estirados amigos, le encantó ver una cara que le traía recuerdos de los días felices de París, cuando, como una verdadera reina, era el centro del grupo de intelectuales de la Rue de Richelieu. Sin embargo, no observó la sonrisilla sarcástica que asomaba a los delgados labios de Chauvelin. —Pero, dígame —continuó diciendo animadamente—, ¿qué diablos hace aquí, en Inglaterra? Había echado a andar de nuevo hacia la posada y Chauvelin caminaba a su lado. —Lo mismo puedo preguntarle yo, hermosa dama —replicó—. ¿Qué tal le va? —¿A mí? —dijo Marguerite encogiéndose de hombros—. Je m’ennuie, mon ami. Eso es todo. Llegaron al porche de The Fisherman’s Rest, pero Marguerite no parecía muy dispuesta a entrar. El aire de la noche era delicioso después de la tormenta, y se había encontrado con un amigo que le traía el aliento de París, que conocía bien a Armand, que podía hablar de los queridos y brillantes amigos que había dejado allí al partir. Se quedó bajo el bonito porche, mientras por las ventanas abuhardilladas del salón, con sus luces alegres, se oía bullicio de risas, de gritos que reclamaban a Sally y más cerveza, de golpear de jarros y tintinear de dados, todo ello mezclado con la risa necia y apagada de sir Percy Blakeney. Chauvelin estaba a su lado, con los ojos astutos, pálidos y amarillentos clavados en su hermoso rostro, dulce e infantil a la suave media luz del verano inglés. —Me sorprende, ciudadana —dijo en voz baja, tomando un pellizco de rapé. —¿Ah, sí? —replicó Marguerite alegremente—. Vamos, mi querido Chauvelin. Suponía que, con esa agudeza que le caracteriza, habría adivinado que esta atmósfera de nieblas y virtudes no es lo más apropiado para Marguerite St. Just. —¿De veras? ¿Es tan terrible como todo eso?—preguntó Chauvelin, en tono de burlona consternación. —Pues sí —contestó Marguerite—. E incluso peor. —¡Qué extraño! Yo pensaba que a una mujer hermosa la vida rural inglesa le resultaría muy atrayente. —¡Sí! También yo lo creía —dijo ella con un suspiro—. Las mujeres guapas —añadió, reflexiva— deberían pasarlo bien en Inglaterra, pues les están prohibidas todas las cosas agradables, cosas que, en realidad, hacen todos los días. —¡No es posible! —Quizá no me crea, querido Chauvelin —dijo Marguerite con la mayor seriedad—, pero paso muchos días, días enteros, sin toparme con una sola tentación. —Entonces, no me extraña que la mujer más inteligente de Europa esté aquejada de ennui — replicó Chauvelin, con galantería. Marguerite se echó a reír, con una de sus carcajadas melodiosas, infantiles, estremecedoras. —Tiene que ser espantoso, ¿verdad? —dijo maliciosamente—, porque si no, no me hubiera alegrado tanto de verle. —¡Y esto tras un año de amor y matrimonio! —¡Sí!... Un año de amor y matrimonio... Precisamente ése es el problema. —¡Ah!... ¿De modo que esa romántica locura no sobrevivió siquiera unas semanas? —dijo Chauvelin con sarcasmo. —Las locuras románticas no duran mucho, querido Chauvelin... Se contraen como el sarampión... y se curan fácilmente. Chauvelin cogió otro pellizco de rapé; parecía muy adicto a ese pernicioso hábito, tan extendido en aquella época. Quizá fuera también que tomar rapé le servía para disimular las miradas rápidas y perspicaces con que trataba de penetrar en el alma de las personas con las que entraba en contacto. —No me extraña que el cerebro más activo de Europa esté aquejado de ennui —repitió, con la misma galantería. —Tenía la esperanza de que usted conociera un remedio para esta enfermedad, mi querido Chauvelin. —¿Cómo puedo tener yo éxito en algo que no ha logrado sir Percy Blakeney? —¿Le importa que dejemos a un lado a sir Percy de momento, querido amigo? —dijo Marguerite bruscamente. —¡Oh, querida señora!, perdóneme, pero precisamente eso es algo que no podemos hacer —dijo Chauvelin, mientras sus ojos, suspicaces como los de un zorro al acecho, lanzaban otra rápida mirada a Marguerite—. Conozco un remedio maravilloso para las peores manifestaciones del ennui, que le revelaría con muchísimo gusto, pero... —Pero, ¿qué? —No podemos olvidar a sir Percy... —¿Qué tiene que ver en esto? —Me temo que mucho. El remedio que yo puedo ofrecerle, mi hermosa señora, tiene un nombre muy plebeyo. ¡Trabajo! —¿Trabajo? Chauvelin miró a Marguerite larga y escrutadoramente. Parecía como si aquellos ojos suspicaces y pálidos estuvieran leyendo cada uno de los pensamientos de la muchacha. Estaban solos; el aire de la noche se encontraba en calma y los susurros quedaban ahogados por el ruido del salón de la posada. Sin embargo, Chauvelin dio uno o dos pasos bajo el porche, miró rápidamente a su alrededor, y, tras comprobar que nadie podía oírle, volvió junto a Marguerite. —¿Quiere prestar un pequeño servicio a Francia, ciudadana? —preguntó con un repentino cambio de actitud que confirió a su rostro delgado y zorruno una expresión de infinita gravedad. —¡Pero hombre, qué serio se ha puesto de repente! —replicó Marguerite en tono desenfadado—. Francamente, no sé si prestaría a Francia un pequeño servicio... Depende del tipo de servicio que quiera... el país o usted. —¿Ha oído hablar de Pimpinela Escarlata, ciudadana St. Just? —preguntó Chauvelin, bruscamente. —¿Que si he oído hablar de Pimpinela Escarlata? —repitió Marguerite con una carcajada alegre y prolongada—. Pues claro; no se habla de otra cosa... Aquí tenemos sombreros «a la Pimpinela Escarlata»; a los caballos se les llama «Pimpinela Escarlata»; la otra noche, en una cena que daba el príncipe de Gales, tomamos «soufflé a la Pimpinela Escarlata»... ¡Fíjese! — añadió alegremente—, el otro día le encargué a mi modista un vestido azul con adornos en verde, y, ¡cómo no!, el modelo también se llamaba «Pimpinela Escarlata»... Chauvelin no hizo el menor movimiento mientras Marguerite parloteaba animadamente; ni siquiera intentó hacerla callar cuando su melodiosa voz y su risa infantil resonaron en el tranquilo aire nocturno. Mantuvo una expresión seria y grave mientras Marguerite reía, y su voz, clara, dura e incisiva, apenas se elevó para decir: —Bien, ciudadana, si ha oído hablar de ese enigmático personaje, habrá adivinado que el hombre que oculta su identidad bajo ese extraño seudónimo es el más acérrimo enemigo de nuestra república, de Francia... de los hombres como Armand St. Just. —¡Sí! —dijo Marguerite con un pequeño suspiro—. Supongo que así será... Francia tiene muchos enemigos acérrimos en los días que corren. —Pero usted, ciudadana, es hija de Francia, y debería estar dispuesta a ayudarla en momentos de grave peligro. —Mi hermano Armand está dedicado en cuerpo y alma a Francia —replicó orgullosamente—. Yo no puedo hacer nada... aquí, en Inglaterra. —Sí, sí puede... —insistió Chauvelin, adoptando una expresión aún más grave, mientras su rostro delgado y zorruno parecía cubrirse de dignidad—. Aquí, en Inglaterra, sólo usted puede ayudamos, ciudadana... ¡Escúcheme con atención! Estoy aquí en representación del gobierno republicano; mañana iré a Londres a presentar mis credenciales al señor Pitt. Una de las misiones que debo llevar a cabo es averiguar lo más posible sobre la Liga de la Pimpinela Escarlata, que se ha convertido en una constante amenaza para Francia, pues está empeñada en ayudar a nuestros malditos aristócratas — traidores a su patria y enemigos del pueblo— a escapar al justo castigo que merecen. Usted sabe tan bien como yo, ciudadana, que en cuanto llegan aquí, esos émigrés franceses intentan despertar sentimientos de animadversión hacia la República... Están dispuestos a unirse a cualquiera con la suficiente osadía como para atacar a Francia... En los últimos meses han logrado cruzar el canal decenas de esos émigrés; algunos sólo eran sospechosos de traición, y otros ya habían sido condenados por el Tribunal de Seguridad Pública. La fuga de todos fue planeada, organizada y llevada a cabo por esa asociación de bribones ingleses, encabezados por un hombre cuyo cerebro parece tan ingenioso como misteriosa es su identidad. A pesar de todos los esfuerzos de mis espías, no han conseguido averiguar quién es. Los demás son simples instrumentos, mientras que él es el cerebro que, bajo un extraño anonimato, trabaja en silencio para aniquilar a Francia. Mi intención es destruir ese cerebro, para lo cual necesito su ayuda. Es probable que si le encuentro a él, pueda encontrar al resto de la banda. Es un joven cachorro de la alta sociedad inglesa; de eso estoy completamente seguro. Busque a ese hombre por mí, ciudadana —dijo en tono apremiante—; búsquelo en nombre de Francia. Marguerite escuchó el apasionado discurso de Chauvelin sin pronunciar palabra, sin apenas moverse, sin atreverse casi a respirar. Antes le había dicho que aquel héroe misterioso de novela era el tema de conversación del selecto grupo al que ella pertenecía. Antes de oír las palabras de Chauvelin, su corazón y su imaginación se habían conmovido al pensar en aquel hombre valiente que, ajeno a la notoriedad y la fama, había rescatado cientos de vidas de un destino terrible e implacable. Sentía poca simpatía por aquellos altivos aristócratas franceses, insolentes con su orgullo de casta, de quienes la condesa de Tournay de Basserive era un ejemplo típico; pero, aun siendo republicana y de ideas liberales por principios, le repugnaban y detestaba los métodos que había elegido la joven República para establecerse. No vivía en París desde hacía varios meses; los horrores y el derramamiento de sangre del Reinado del Terror, que habían culminado en las matanzas de septiembre, le habían llegado como un débil eco desde el otro lado del Canal. A Robespierre, Danton y Marat no los había conocido con su nuevo disfraz de justicieros sangrientos y amos despiadados de la guillotina. Su alma se encogía de horror ante aquellos excesos, a los que temía que su hermano Armand —que era republicano moderado— fuera un día sacrificado. Cuando oyó hablar por primera vez de aquel grupo de valientes ingleses, que, por puro amor a sus semejantes, libraban de una muerte espantosa a mujeres y niños, hombres viejos y jóvenes, su corazón se encendió de orgullo por ellos, y en esos momentos, mientras Chauvelin hablaba, su alma salió al encuentro del galante y misterioso jefe de la temeraria banda, que arriesgaba su vida a diario, que la entregaba gratuitamente y sin ostentación, en aras de la humanidad. Cuando Chauvelin terminó de hablar, Marguerite tenía los ojos húmedos, el encaje de su pecho subía y bajaba a impulsos de la respiración rápida, agitada; ya no oía el ruido de los vasos del salón de la posada, no prestaba atención a la voz de su marido ni a su risa necia. Sus pensamientos habían volado hacia el misterioso héroe. ¡Ah! Él era un hombre al que podría haber amado, si se hubiera cruzado en su camino; todo en él excitaba su imaginación romántica: su personalidad, su fuerza, su valor, la lealtad de aquellos que servían bajo sus órdenes a la misma noble causa y, sobre todo, el anonimato que lo coronaba como con un halo de esplendor romántico. —¡Búsquelo en nombre de Francia, ciudadana! La voz de Chauvelin junto a su oído la despertó de sus sueños. El misterioso héroe se desvaneció y, a pocos metros de ella, un hombre bebía y reía, aquél a quien había jurado fidelidad y lealtad. —¡Pero hombre, qué cosas dice! —exclamó volviendo a adoptar un aire de despreocupación—. ¿Dónde diablos quiere que lo busque? —Usted va a todas partes, ciudadana —susurró Chauvelin, insinuante—. Según tengo entendido, lady Blakeney es el centro de la alta sociedad londinense... Usted lo ve todo, lo oye todo. —Calma, amigo mío —replicó Marguerite, irguiéndose en toda su estatura y posando los ojos, con un leve gesto de desprecio, en la pequeña y delgada figura que tenía ante ella—. ¡Calma! Parece olvidar que entre lady Blakeney y lo que usted propone se interpone el metro ochenta y cinco de estatura de sir Percy Blakeney y una larga línea de antepasados. —¡Tiene que hacerlo por Francia, ciudadana! —insistió Chauvelin, apremiante. —No dice usted más que tonterías; porque incluso si llegara a saber quién es Pimpinela Escarlata, no podría hacerle hada... ¡Es inglés! —Ya me encargaría yo de eso —replicó Chauvelin, con una risita seca, áspera—. En primer lugar, podríamos enviarlo a la guillotina para enfriar su entusiasmo, y después, cuando se organizara un gran revuelo diplomático nos disculparíamos —humildemente, claro está— ante el gobierno británico y, si fuera necesario, compensaríamos a la afligida familia. —Lo que me propone es monstruoso, Chauvelin —dijo Marguerite, apartándose de él como si fuera un insecto asqueroso—. Quienquiera que sea ese hombre, es noble y valiente, y yo jamás me prestaría a una villanía como ésa. Jamás, ¿me oye? —¿Prefiere que la insulte cada aristócrata francés que venga a este país? Chauvelin había elegido cuidadosamente el objetivo para disparar la diminuta flecha. Las jóvenes y frescas mejillas de Marguerite palidecieron ligeramente y se mordió el labio inferior, porque no quería que viera que la flecha había dado en el blanco. —Eso no tiene nada que ver —replicó finalmente, con indiferencia—. Sé defenderme. Pero me niego a hacer trabajos sucios para usted... o para Francia. Cuenta usted con otros medios; utilícelos, amigo mío. Y sin dirigir otra mirada a Chauvelin, Marguerite Blakeney le volvió la espalda y entró en la posada. —Esa no es su última palabra, ciudadana — dijo Chauvelin, en el momento en que un torrente de luz procedente del pasillo iluminaba la figura elegante y suntuosamente vestida de Marguerite—. ¡Espero que nos veamos en Londres! —Nos veremos en Londres —dijo Marguerite, hablando por encima del hombro—, pero es mi última palabra. Abrió resueltamente la puerta del salón y desapareció, pero Chauvelin se quedó bajo el porche unos momentos, cogiendo un pellizco de rapé. Había recibido una negativa y un desaire, pero su rostro astuto y zorruno no mostraba ni decepción ni desánimo; por el contrario, en las comisuras de sus delgados labios asomó una extraña sonrisa, medio sarcástica, de absoluta satisfacción. IX EL ULTRAJE Al día de lluvia incesante siguió una noche preciosa e iluminada por las estrellas; una noche fresca y sosegada de finales de verano, típicamente inglesa por una leve insinuación de humedad y el aroma de la tierra mojada y las hojas goteantes. El magnífico carruaje, tirado por cuatro de los mejores pura sangres de Inglaterra, recorrió la carretera de Londres, con sir Percy Blakeney en el pescante, sujetando las riendas con sus manos delgadas, femeninas, y a su lado, lady Blakeney, arropada en sus costosas pieles. ¡Un paseo de ochenta kilómetros en una noche de verano cuajada de estrellas! Marguerite acogió la idea con entusiasmo... Sir Percy era un conductor fantástico; sus cuatro pura sangres, que habían llegado a Dover un par de días antes, estaban descansados y prestarían aún mayor interés al viaje, y Marguerite disfrutó por anticipado de aquellas breves horas de soledad, con la suave brisa nocturna acariciando sus mejillas, sus pensamientos volando, ¿hacia dónde? Sabía por experiencia que sir Percy hablaría poco, o incluso no diría nada: la había llevado muchas veces en su hermoso coche durante horas enteras por la noche, sin hacer más que uno o dos comentarios sobre el tiempo o el estado de las carreteras desde el principio hasta el final del viaje. Le gustaba mucho conducir de noche, y Marguerite había adoptado rápidamente esta afición suya. Sentada a su lado hora tras hora, admirando su forma especial de llevar las riendas, con gran destreza, pensaba con frecuencia en qué pasaría por su torpe mente. El nunca se lo decía, y Marguerite jamás se atrevía a preguntar. En The Fisherman’s Rest, el señor Jellyband hacía su ronda nocturna, apagando las luces. Se habían marchado todos los parroquianos del bar, pero arriba, en los pequeños y acogedores dormitorios, el señor Jellyband tenía varios huéspedes importantes: la condesa de Tournay, con Suzanne, y el vizconde, y habían preparado otras dos habitaciones para sir Andrew Ffoulkes y lord Antony Dewhurst, por si los dos jóvenes decidían honrar el antiguo establecimiento pasando la noche allí. De momento, aquellos dos valientes se encontraban cómodamente instalados en el salón, ante la enorme hoguera de leña que, a pesar de la bonanza de la noche, habían alimentado para que ardiera alegremente. —Oiga, Jelly, ¿se han marchado todos? — preguntó lord Tony al honrado posadero, que seguía con su tarea de recoger vasos y jarros. —Todo el mundo, como puede ver, señor. —¿Y se han acostado los criados? —Todos menos el chico que sirve en la cantina, y ése —añadió riendo—, supongo que se quedará dormido dentro de poco, el muy bribón. —Entonces, ¿podremos hablar aquí sin que nadie nos moleste durante media hora? —Naturalmente, señor... Les dejaré las velas en el aparador... y sus habitaciones ya están preparadas... Yo duermo en el piso de arriba, pero si su señoría grita un poco fuerte, estoy seguro de que le oiré. —Muy bien, Jelly... y... oiga, apague la lámpara. Con la hoguera tenemos suficiente luz, y no queremos que se fije en nosotros quien pase por la calle. —De acuerdo, señor. El señor Jellyband hizo lo que le habían ordenado: apagó la vieja y pintoresca lámpara que colgaba de las vigas del techo y sopló las velas. —Tráiganos una botella de vino, Jelly — propuso sir Andrew, —¡Muy bien, señor! Jellyband salió a buscar el vino. La habitación había quedado prácticamente a oscuras, salvo por el círculo de luz rojiza y danzarina que formaban los destellantes leños del hogar. —¿Alguna cosa más, caballeros? —preguntó Jellyband al volver con una botella de vino y dos vasos, que dejó en la mesa. —Eso es todo, Jelly. Gracias —contestó lord Tony. —¡Buenas noches, señores! —¡Buenas noches, Jelly! Los dos jóvenes se quedaron escuchando los pesados pasos del señor Jellyband, que resonaron en el pasillo y la escalera. Finalmente también se desvaneció ese ruido, y The Fisherman’s Rest pareció quedar envuelto en el sueño, a excepción de los dos hombres que bebían en silencio junto a la chimenea. Durante un rato no se oyó nada en el salón, a no ser el tic—tac del gran reloj de pie y el crujido de la leña quemándose. —¿Todo bien esta vez, Ffoulkes? —preguntó al fin lord Antony. Saltaba a la vista que sir Andrew estaba soñando despierto, contemplando el fuego, en el que sin duda veía un rostro bonito y pícaro, con grandes ojos pardos y una cascada de rizos oscuros enmarcando una frente infantil. —Sí —contestó, reflexivo—. Todo bien. —¿Ninguna dificultad? —Ninguna. Lord Antony se echó a reír de buen humor mientras se servía otro vaso de vino. —Supongo que no hace falta que pregunte si el viaje te ha resultado agradable en esta ocasión... —No, amigo mío. No hace falta que lo preguntes —replicó sir Andrew animadamente—. Ha estado bien. —Entonces, a la salud de la muchacha —dijo lord Tony en tono jovial—. Es una guapa mocita, aunque francesa. Y también brindo por tu noviazgo, porque florezca y prospere maravillosamente. Vació el vaso hasta la última gota, y a continuación se puso al lado de su amigo, junto al hogar. —Bueno, supongo que el siguiente viaje lo harás tú, Tony —dijo sir Andrew, interrumpiendo sus reflexiones—. Tú y Hastings, y espero que la tarea os resulte tan agradable como a mí y que tengáis una compañera de viaje tan encantadora como la que he tenido yo. Tony, no puedes hacerte idea de... —¡No! ¡No puedo hacérmela! —le interrumpió su amigo amablemente—. Pero te creo. Y ahora —añadió, con una repentina expresión de seriedad en su rostro joven y alegre—, ¿qué te parece si entramos en materia? Los dos jóvenes acercaron sus sillas, e instintivamente, a pesar de encontrarse a solas, bajaron la voz hasta hablar en un susurro. —En Calais vi a Pimpinela Escarlata a solas unos momentos —dijo sir Andrew— hace un par de días. Llegó a Inglaterra dos días antes que nosotros. Había escoltado al grupo desde París y, ¡parece increíble!... Iba vestido como una vieja vendedora del mercado, y hasta que salieron de la ciudad, fue conduciendo el carro cubierto en el que iban la condesa de Tournay, mademoiselle Suzanne y el vizconde, escondidos entre nabos y coles. Por supuesto, ellos ni siquiera sospechaban quién era el conductor. Tuvo que pasar entre la soldadesca y una muchedumbre vociferante que gritaba: «¡A bas les aristos!», pero el carro pasó junto a otros del mercado, y Pimpinela Escarlata, con chal, faldas y capucha gritaba: «¡A bas les aristos!», más fuerte que nadie. De verdad que ese hombre es prodigioso —añadió el joven, con los ojos despidiendo destellos de entusiasmo y admiración por su querido jefe—. Tiene una cara dura impresionante, ¡te lo juro!... y gracias a eso puede hacer lo que hace. A lord Antony, cuyo vocabulario era más limitado que el de su amigo, sólo se le ocurrieron uno o dos juramentos para expresar la admiración que sentía por su jefe. —Quiere que Hastings y tú os reunáis con él en Calais —dijo sir Andrew más calmado—, el día dos del mes que viene. Veamos... Eso es el próximo miércoles. —Sí —Naturalmente, esta vez es el caso del conde de Tournay. Se le presenta una tarea muy peligrosa al conde, pues después de que el Comité de Salud Pública lo declarase «sospechoso», escapó de su castillo y ahora está condenado a muerte. Su fuga fue una obra maestra del ingenio de Pimpinela Escarlata. Sacar al conde de Francia va a ser una diversión como pocas, y escaparéis por los pelos, si es que lo conseguís. St. Just ha ido a buscarlo. Naturalmente, nadie sospecha todavía de St. Just, pero después de eso... ¡Sacarlos a los dos del país! Me consta que va a ser un trabajo difícil, que pondrá a prueba el ingenio de nuestro jefe. Me gustaría que me ordenaran que formara parte del grupo. —¿Tienes instrucciones especiales para mí? —¡Sí! Y mucho más precisas que de costumbre. Parece ser que el gobierno republicano ha enviado a un agente autorizado a Inglaterra, un hombre llamado Chauvelin, que, según dicen, detesta a nuestra liga, y está decidido a averiguar la identidad de nuestro jefe, para secuestrarlo la próxima vez que intente poner el pie en Francia. El tal Chauvelin se ha traído un verdadero ejército de espías, y hasta que el jefe no los descubra a todos, piensa que debemos vernos lo menos posible para tratar asuntos relacionados con la liga, y no debemos hablarnos en lugares públicos durante algún tiempo por ningún motivo. Cuando quiera comunicarse con nosotros, ya ideará algo para hacérnoslo saber. Los dos jóvenes estaban inclinados sobre el fuego, porque las llamas se habían extinguido, y sólo el destello rojizo de las ascuas moribundas arrojaba una luz lívida sobre un estrecho semicírculo frente al hogar. El resto de la habitación estaba envuelta en completas tinieblas. Sir Andrew sacó una cartera de bolsillo, extrajo un papel y lo desdobló, y los dos juntos intentaron leerlo a la débil luz rojiza de la hoguera. Tan embebidos estaban en esa tarea, tan absortos en la causa, tan en serio se tomaban su actividad y aquel documento que, salido de las manos de su adorado jefe, era sumamente valioso, que únicamente tenían ojos y oídos para el papel. No percibían los ruidos que había a su alrededor, de la ceniza crujiente que caía del hogar, del monótono tic—tac del reloj, del leve susurro, casi imperceptible, de algo que se deslizó junto a ellos, en el suelo. De debajo de los bancos salió una figura; con movimientos silenciosos, como de serpiente, se acercó a los dos jóvenes, sin respirar, arrastrándose por el suelo, en medio de la negrura de tinta de la habitación. —Tienes que leer estas instrucciones y aprenderlas de memoria —dijo sir Andrew—. Después, destruye el papel. Iba a guardarse la cartera en el bolsillo cuando un trocito de papel cayó aleteando al suelo. Lord Antony se agachó y lo recogió. —¿Qué es eso? —preguntó. —Se te acaba de caer del bolsillo. Desde luego, no parecía estar con el otro. —¡Qué raro! ¿Cómo habrá venido a parar aquí? Es del jefe —añadió, mirando el papel. Los dos se agacharon para intentar descifrar la diminuta nota en que habían garabateado a toda prisa unas cuantas palabras y, de repente, les llamó la atención un leve ruido que parecía venir del pasillo. —¿Qué es eso? —dijeron a la vez. Lord Antony atravesó la habitación, llegó a la puerta y la abrió de par en par, bruscamente. En ese mismo momento recibió un terrible golpe entre los ojos, que lo hizo retroceder violentamente hacia la habitación. Al mismo tiempo, la figura agazapada en la oscuridad se irguió y se abalanzó sobre sir Andrew, que, desprevenido, se desplomó en el suelo. Todo ocurrió en el breve espacio de dos o tres segundos, y sin darles tiempo a lanzar un grito ni a hacer el menor movimiento para defenderse, dos hombres redujeron a lord Antony y sir Andrew, les pusieron una mordaza, y los colocaron uno contra la espalda del otro, con brazos, manos y piernas fuertemente atados. En el ínterin, un hombre había cerrado la puerta sin hacer ruido; llevaba un antifaz y permanecía inmóvil mientras los otros dos terminaban su trabajo. —¡Todo listo, ciudadano! —dijo uno de ellos, tras examinar por última vez las ligaduras de los dos jóvenes ingleses. —¡Muy bien! —replicó el hombre de la puerta—. Ahora registradles los bolsillos y dadme todos los papeles que encontréis. Los hombres llevaron a cabo la orden inmediatamente, en silencio. El enmascarado, tras tomar posesión de los papeles, prestó oídos unos instantes por si había ruidos en The Fisherman's Rest. Visiblemente satisfecho de que aquel vil atropello no hubiera tenido testigos, volvió a abrir la puerta y señaló el pasillo con ademán imperioso. Los cuatro hombres levantaron a sir Andrew y lord Antony del suelo, y tan silenciosamente como habían llegado, sacaron de la posada a los dos valientes jóvenes amordazados y se internaron en las tinieblas de la carretera de Dover. En el salón de la posada, el enmascarado que había dirigido la osada operación ojeaba rápidamente los papeles robados. —El trabajo de hoy no ha estado nada mal — murmuró, quitándose pausadamente el antifaz, y sus ojos pálidos y zorrunos brillaron al fulgor rojizo del fuego—. Pero que nada mal. Abrió un par de cartas más de la cartera de sir Andrew Ffoulkes, y se fijó en la minúscula nota que los dos jóvenes ingleses apenas habían tenido tiempo de leer; pero una carta en particular, firmada por Armand St. Just, pareció proporcionarle una extraña satisfacción. —Así que Armand St. Just es un traidor — murmuró—. Ahora, hermosa Marguerite Blakeney, creo que me ayudarás a buscar a Pimpinela Escarlata —añadió cruelmente, apretando los dientes. X PALCO DE LA OPERA Era noche de gala en el teatro del Covent Garden, la primera de la temporada del otoño de aquel memorable año de gracia de 1792. El teatro estaba abarrotado, desde los elegantes palcos de la orquesta y la platea hasta los asientos y tribunas de arriba, de carácter más plebeyo. El Orfeo de Glück despertaba gran expectación entre los sectores más intelectuales del local, mientras que las mujeres de la alta sociedad, la gente elegante y de vistosos ropajes, llamaban más la atención a quienes no se interesaban demasiado por aquella «reciente importación de Alemania». Selina Storace había recibido una gran ovación de sus numerosos admiradores tras una magnífica aria; Benjamin Incledon, el favorito de las damas, había sido objeto de especial reconocimiento desde el palco real; y en esos momentos bajaba el telón, tras el clamoroso final del tercer acto, y el público, que había seguido hechizado los mágicos compases del genial maestro, pareció proferir al unísono un prolongado suspiro de satisfacción, antes de sacar a paseo cientos de lenguas maledicientes y frívolas. En los elegantes palcos de la orquesta se veían muchas caras conocidas. El señor Pitt, abrumado por los asuntos de estado, disfrutaba de unas horas de tranquilidad con aquel regalo musical; el príncipe de Gales, jovial, rechoncho y de aspecto un tanto vulgar y tosco, iba de palco en palco pasando breves minutos con sus amigos más íntimos. También en el palco de lord Grenville, un personaje extraño e interesante llamaba la atención de todo el mundo, una figura delgada y pequeña de expresión astuta y sarcástica y ojos hundidos, pendiente de la música, contemplando con aire crítico al público, vestido impecablemente de negro, con el pelo oscuro, sin empolvar. Lord Grenville, secretario de Estado para Asuntos Exteriores, le dispensaba un trato sumamente cortés, pero frío. Aquí y allá, repartidos entre las bellezas de corte claramente británico, destacaban algunos rostros extranjeros en marcado contraste: los semblantes altivos y aristocráticos de los múltiples monárquicos franceses emigrados que, perseguidos por la facción revolucionaria e implacable de su país, habían encontrado un pacífico refugio en Inglaterra. En aquellos rostros habían dejado profundas huellas la aflicción y las preocupaciones. Sobre todo las mujeres prestaban poca atención a la música y al deslumbrante público; sin duda, sus pensamientos se encontraban muy lejos, con el marido, el hermano, acaso el hijo, que aún corría peligro, o que había sucumbido recientemente a un cruel destino. Entre ellos, la condesa de Tournay de Basserive, llegada de Francia hacía poco tiempo, era uno de los personajes más sobresalientes: vestida de seda negra, de pies a cabeza, con sólo un pañuelo de encaje blanco que aliviaba el aire de duelo que la rodeaba, estaba al lado de lady Portarles, que con ingeniosas ocurrencias y chistes un tanto subidos de tono trataba vanamente de llevar una sonrisa a los tristes labios de la condesa. Detrás de ella se encontraban la pequeña Suzanne y el vizconde, silenciosos y algo cohibidos entre tantos desconocidos. Los ojos de Suzanne parecían melancólicos; al entrar en el teatro abarrotado, había mirado ansiosamente a su alrededor, examinando todas las caras, escudriñando todos los palcos. Saltaba a la vista que la cara que buscaba no se encontraba allí, pues se había sentado detrás de su madre, y sin prestar la menor atención al público, escuchaba la música con expresión lánguida. —Ah, lord Grenville —dijo lady Portarles, cuando, tras un discreto golpe, en la puerta del palco apareció la cabeza, intresante e inteligente, del secretario de Estado—. No podía usted haber llegado más á propos. Madame la condesa de Tournay arde en deseos de conocer las últimas noticias de Francia. El distinguido diplomático se adelantó hacia las señoras y les estrechó la mano. —¡Ay! —exclamó tristemente—. Son muy malas. Continúan las matanzas; París literalmente está anegado en sangre, y la guillotina reclama cien víctimas diariamente. Pálida y llorosa, la condesa estaba reclinada contra el respaldo del asiento, escuchando horrorizada el breve y gráfico resumen de lo que ocurría en su malhadado país. —Ah, monsieur —dijo, emocionada—, es terrible oír eso... Y mi marido aún en ese país espantoso. Para mí es horrible estar aquí, en un teatro, a salvo y tan tranquila, mientras él corre tales peligros. —Vamos, madame —terció lady Portarles, en su habitual tono franco y brusco—. Si usted estuviera en un convento, no por eso su marido se encontraría más seguro, y tiene que pensar en sus hijos: son demasiado jóvenes para someterlos a tanta angustia y tanta aflicción prematuramente. La condesa sonrió entre sus lágrimas ante la vehemencia de su amiga. Lady Portarles, cuya voz y cuyos modales no hubieran desmerecido de los de un mozo de cuerda, tenía un corazón de oro, y ocultaba una auténtica simpatía y amabilidad bajo la actitud un tanto ruda que adoptaban las damas de la época. —Además, madame —añadió lord Grenville— , ¿no me dijo usted ayer que la Liga de la Pimpinela Escarlata había prometido por su honor traer a monsieur el conde a Inglaterra? —¡Sí, sí! —contestó la condesa—. Esa es mi única esperanza. Ayer vi a lord Hastings... y me lo confirmó una vez más. —En ese caso, estoy seguro de que no debe temer hada. Si la liga jura algo, no cabe duda de que lo cumple. ¡Ah! —exclamó el anciano diplomático con un suspiro—, ojalá fuera yo unos años más joven... —¡Vamos, lord Grenville! —le interrumpió lady Portarles con brusquedad—. Aún es lo suficientemente joven como para volverle la espalda a ese cuervo francés que tiene entronizado en su palco esta noche. —Ojalá pudiera... pero su señoría debe recordar que para servir a nuestro país hay que dejar a un lado los prejuicios. Monsieur Chauvelin es el agente autorizado de su gobierno... —¡Pero bueno! —replicó lady Portarles—. ¿Llama usted gobierno a esa pandilla de bandidos sedientos de sangre? —Todavía no parece prudente que Inglaterra rompa relaciones diplomáticas con Francia — dijo el ministro con cautela—, y no podemos negarnos a recibir con cortesía al agente que este país decida enviarnos. —¡Al diablo con las relaciones diplomáticas, señor mío! Ese zorro astuto que tiene usted ahí no es más que un espía; se lo garantizo, y, o mucho me equivoco, o dentro de poco descubrirá usted que no le importa absolutamente nada la diplomacia, y que lo que quiere es perjudicar a los refugiados monárquicos, a nuestro heroico Pimpinela Escarlata y a los miembros de ese valeroso grupo. —Estoy segura —dijo la condesa, frunciendo sus delgados labios—, de que si ese Chauvelin quiere hacernos daño, encontrará una leal aliada en lady Blakeney. —¡Pero qué mujer ésta! —exclamó lady Portarles—. ¿Habráse visto qué maldad? Lord Grenville, usted que tiene un pico de oro, ¿querría hacerme el favor de explicarle a madame la condesa que se está comportando como una imbécil? Madame, en la situación en que usted se encuentra aquí, en Inglaterra — añadió, volviéndose con expresión colérica y resuelta hacia la condesa—, no puede permitirse el lujo de darse esos aires a los que son tan aficionados ustedes los aristócratas franceses. Lady Blakeney simpatizará o no con esos bandidos franceses; es posible que haya tenido algo que ver o no con la detención y la ejecución de St. Cyr, o como se llamara ese buen señor, pero es el centro de la alta sociedad de este país. Sir Percy Blakeney tiene más dinero que media docena de hombres juntos, y está a partir un piñón con la realeza, y si usted intenta ofender a lady Blakeney, a ella no la perjudicará en absoluto, pero a usted la dejará en ridículo. ¿No es así, lord Grenville? Pero lo que lord Grenville pensaba sobre el asunto, o a qué conclusiones podía llegar la condesa de Tournay tras la pequeña diatriba de lady Portarles, siguió siendo un misterio, porque acababa de alzarse el telón para dar comienzo al tercer acto de Orfeo, y por todas partes pedían silencio. Lord Grenville se despidió apresuradamente de las damas y regresó sin ruido a su palco, en el que Chauvelin había permanecido durante todo el entr’acte, con su eterna caja de rapé en la mano, y con sus perspicaces y pálidos ojos fijamente clavados en el palco de enfrente, en el que, entré frufrús de faldas de seda, risas y miradas de curiosidad del público, acababa de entrar Marguerite Blakeney acompañada por su marido, divina y hermosa con sus abundantes rizos entre dorados y rojizos, ligeramente espolvoreados y recogidos en la nuca, al final de su grácil cuello, con un gigantesco lazo negro. Siempre vestida a la última moda, Marguerite era la única dama que aquella noche había prescindido del chaleco de anchas solapas que estaba muy en boga desde hacía dos o tres años. Llevaba un vestido de talle bajo y corte clásico que pronto pasaría a ser el modelo más extendido en todos los países de Europa. Quedaba perfecto con su figura grácil, de porte regio, con los brillantes adornos que parecían una masa de bordados de oro. Al entrar, se asomó unos momentos a la barandilla del palco para comprobar cuántos asistentes a la función conocía. Muchas personas le dedicaron una inclinación de cabeza, y también le enviaron un saludo rápido y cortés desde el palco real. Chauvelin la estuvo observando atentamente durante el comienzo del tercer acto. Escuchaba arrobada la música, mientras su delicada manecita jugueteaba con un pequeño abanico adornado con joyas. Su cabeza regia, el cuello y los brazos estaban cubiertos de diamantes magníficos y raras gemas, regalo de un marido que la adoraba y que estaba cómodamente, arrellanado a su lado. A Marguerite le apasionaba la música. Aquella noche, Orfeo la tenía hechizada. En su rostro dulce y joven se leía claramente la alegría de vivir, que chispeaba en sus brillantes ojos azules e iluminaba la sonrisa que acechaba en sus labios. Al fin y al cabo, sólo tenía veinticinco años; se encontraba en la flor de la juventud, era la favorita de la clase más elevada, que la idolatraba, la festejaba, la mimaba. El Day Dream había vuelto de Calais hacía dos días, y le había traído la noticia de que su adorado hermano se encontraba sano y salvo, que pensaba en ella y sería prudente. No es de extrañar que en aquellos momentos, escuchando los apasionados compases de Glück, olvidara sus decepciones, olvidara sus sueños de amor perdidos, olvidara incluso a aquella nulidad perezosa y afable que había compensado su falta de dotes espirituales prodigándole toda clase de privilegios mundanos. Sir Percy se quedó en el palco el tiempo que exigían las convenciones, haciendo sitio a Su Alteza Real y a la multitud de admiradores que, en continua procesión, acudían a rendir tributo a la reina de la alta sociedad. Después se marchó, probablemente a hablar con amigos cuya compañía le resultaba más agradable. Marguerite ni siquiera se preguntó dónde habría ido; le importaba muy poco, y tenía a su alrededor a su pequeña corte, integrada por la jeunesse dorée de Londres, a la que despidió al poco tiempo, pues deseaba estar a solas con Glück un ratito. Un discreto golpe en la puerta interrumpió su deleite. —Adelante —dijo con cierta impaciencia, sin volverse a mirar al intruso. Chauvelin, que esperaba la ocasión, había observado que se encontraba a solas, y, sin desanimarse por aquel impaciente «Adelante»—, se deslizó silenciosamente en el palco, y al cabo de unos instantes se situó tras el asiento de Marguerite. —Quisiera hablar con usted un momento, ciudadana —dijo en voz baja. Marguerite se volvió rápidamente, sin disimular su inquietud. —¡Me ha asustado! —dijo, con una risita forzada—. Su llegada es de lo más inoportuna. Quiero escuchar a Glück, y no tengo el menor deseo de hablar. —Pero ésta es la única oportunidad que tengo —replicó Chauvelin en el mismo tono, y sin esperar a que le dieran permiso, acercó una silla a la de Marguerite; la colocó tan cerca que podía susurrarle al oído, sin molestar al público y sin que lo vieran, en la oscuridad del palco—. Es la única oportunidad que tengo —repitió al ver que Marguerite no se dignaba contestarle—. Lady Blakeney siempre está tan rodeada de gente, tan aclamada por su corte, que un viejo amigo nunca encuentra ocasión de hablar con ella. —Pues entonces, espere a otro momento —dijo Marguerite, aún más impaciente—. Esta noche iré al baile de lord Grenville, después de la ópera, y supongo que usted también. Allí le concederé cinco minutos... —Tres minutos en la intimidad de este palco son más que suficientes para mí —replicó Chauvelin en tono afable—, y creo que haría bien en escucharme, ciudadana St. Just. Marguerite se estremeció involuntariamente. La voz de Chauvelin no pasaba de un murmullo. Aunque estaba aspirando tranquilamente un pellizco de rapé, había algo en su actitud, en aquellos ojos pálidos y zorrunos que a Marguerite casi le heló la sangre en las venas, como si vislumbrara un peligro mortal que hasta ese momento no hubiera siquiera sospechado. —¿Es una amenaza, ciudadano? —preguntó al fin. —No, mi hermosa señora —contestó Chauvelin con galantería—. Sólo una flecha lanzada al aire. Calló unos instantes, como el gato que ve al ratón corriendo despreocupado, listo para atacar, pero esperando con ese sentido felino del placer ante la inminencia de una maldad. A continuación dijo en voz muy baja: —Su hermano, St. Just, está en peligro. No se movió ni un solo músculo del hermoso rostro que tenía ante él. Chauvelin veía a Marguerite de perfil, pues parecía absorta en la contemplación del escenario, pero era un observador suspicaz, y notó la repentina rigidez de los ojos, el endurecimiento de la boca, la profunda tensión, casi como si se paralizara, del esbelto cuerpo. —Muy bien —replicó Marguerite, con fingida despreocupación—. Como es una de sus intrigas imaginarias, será mejor que vuelva a su asiento y me deje disfrutar de la música. Y se puso a marcar el ritmo golpeando nerviosamente con la mano contra la barandilla almohadillada del palco. Selina Storace cantaba «Che farò» ante un público hechizado, pendiente de los labios de la prima donna. Chauvelin no se levantó de su asiento; observaba en silencio la diminuta mano nerviosa, único indicio de que la flecha había dado en el blanco. —¿Y bien? —dijo de repente Marguerite, fingiendo tranquilidad. —¿Y bien, ciudadana? —replicó Chauvelin afablemente. —¿Qué le ocurre a mi hermano? —Le traigo noticias suyas que, según creo, le interesarán mucho; pero primero, quisiera explicarle una cosa... ¿Me permite? La pregunta era innecesaria. Chauvelin notó que todos y cada uno de los nervios de Marguerite se encontraban en tensión, a la espera de sus palabras, aunque la muchacha mantenía el rostro vuelto hacia el escenario. —El otro día le pedí ayuda, ciudadana... — dijo—. Francia la necesita, y yo creía que podía confiar en usted, pero ya me dio su respuesta... Desde ese día las exigencias de mi trabajo y sus compromisos no nos han permitido vernos... pero han ocurrido muchas cosas... —Le ruego que no divague, ciudadano —dijo Marguerite, como quitándole importancia—. La música es fascinante, y el público se va a impacientar con su charla. —Un momento, ciudadana. El día en que tuve el honor de verla en Dover, y poco menos de una hora después de que me diera su respuesta definitiva, cayeron en mi poder ciertos papeles que revelaban otro de esos sutiles planes para la fuga de una pandilla de aristócratas franceses — el traidor de Tournay entre otros—, organizada por ese maldito entrometido, Pimpinela Escarlata. También han llegado a mis manos varias pistas de esta misteriosa organización, pero no todas, y lo que quiero es que usted... ¡Mejor dicho!, tiene usted que ayudarme a reunirlas todas. Marguerite había escuchado a Chauvelin con palpable impaciencia; cuando terminó el discurso se encogió de hombros y dijo alegremente: —¡Bah! ¿Acaso no le he dicho ya que no me importan ni sus planes ni Pimpinela Escarlata? Pero me había dicho que mi hermano... —Un poco de paciencia, se lo ruego, ciudadana —prosiguió, imperturbable—. Esa misma noche había dos caballeros en The Fisherman's Rest, lord Antony Dewhurst y sir Andrew Ffoulkes. —Lo sé. Yo los vi. —Mis espías ya sabían que son miembros de esa maldita liga. Fue sir Andrew Ffoulkes quien escoltó a la condesa de Tournay y a sus hijos para cruzar el Canal de la Mancha. Cuando los dos hombres se quedaron solos, mis espías entraron en el salón de la posada, amordazaron y ataron a esos dos caballeros tan valientes, se apoderaron de sus papeles y me los trajeron. En pocos instantes Marguerite comprendió el peligro. ¿Papeles?... ¿Habría cometido Armand alguna imprudencia?... La idea la llenó de horror. Sin embargo, no dejó que Chauvelin viera que le tenía miedo; se echó a reír, alegre y despreocupadamente. —¡Qué barbaridad! ¡Su descaro es increíble! —dijo animadamente—. ¡Robo y violencia... en Inglaterra! ¡En una posada llena de gente! ¡Podrían haber sorprendido a sus hombres en el acto! —¿Y qué si hubiera sido así? Son hijos de Francia, y su humilde servidor es quien les ha enseñado todo lo que saben. Si los hubieran cogido, habrían ido a la cárcel, o incluso a la horca, sin una palabra de protesta ni una indiscreción. De todos modos, hubiera valido la pena correr el riesgo. Una posada llena de gente es más segura de lo que usted cree para llevar a cabo estas pequeñas operaciones, y mis hombres tienen experiencia. —Bueno, ¿y esos papeles? —preguntó, como sin darle importancia al asunto. —Por desgracia, aunque por ellos me he enterado de ciertos nombres..., de ciertos movimientos... datos suficientes, a mi juicio, para desbaratar de momento el golpe que tenían planeado, sólo será de momento, y sigo ignorando la identidad de Pimpinela Escarlata. —¡Ah, amigo mío! —dijo Marguerite, con la misma ligereza fingida—, entonces está como antes, ¿verdad?, y podrá dejarme disfrutar de la última estrofa del aria. ¿De acuerdo? —añadió, sofocando ostensiblemente un bostezo imaginario—. Pero, ¿qué decía sobre mi hermano? —Enseguida llego a ese punto, ciudadana. Entre los papeles había una carta dirigida a sir Andrew Ffoulkes escrita por su hermano, St. Just. —¿Y qué? —Esa carta demuestra que no sólo simpatiza con los enemigos de Francia, sino que colabora con la Liga de la Pimpinela Escarlata, si es que no es miembro de ella. Al fin había descargado el golpe. Marguerite lo estaba esperando desde hacía tiempo. No demostraría ningún temor; estaba decidida a que pareciera que no le preocupaba, que se lo tomaba a la ligera. Cuando recibiera el golpe final, deseaba estar preparada, ser dueña de su ingenio, de ese ingenio que había merecido el calificativo del más agudo de Europa. No se arredró. Sabía que lo que le había dicho Chauvelin era verdad; aquel hombre era demasiado vehemente, estaba demasiado convencido, ciegamente, de la errónea causa que defendía, y se sentía demasiado orgulloso de sus compatriotas, de aquellos hacedores de revoluciones, como para rebajarse a inventar falsedades ruines y absurdas. La carta de Armand —del estúpido e imprudente Armand— se encontraba en manos de Chauvelin. Marguerite lo sabía como si la tuviera ante sus propios ojos; y Chauvelin la guardaría para lograr sus propósitos hasta que le conviniera destruirla o utilizarla contra Armand. Sabía todo eso y, sin embargo, siguió riendo, aún con más despreocupación y más fuerza que antes. —¡Vamos, vamos! —exclamó, hablando por encima del hombro y mirando abiertamente a Chauvelin a la cara—. ¿No decía yo que eran invenciones suyas?... ¡Que Armand se ha unido al enigmático Pimpinela Escarlata!... ¡Y decir que Armand ayuda a esos aristócratas franceses que tanto detesta!... ¡Hay que reconocer que esta historia es digna de su gran imaginación! —Permítame que deje bien claro este asunto, ciudadana —dicho Chauvelin, con la misma calma, sin inmutarse—. Le aseguro que St. Just está tan comprometido que no existe la menor posibilidad de que obtenga el perdón. Durante unos instantes se hizo un silencio absoluto en el palco de la orquesta. Marguerite estaba muy erguida en su asiento, rígida e inmóvil, intentando pensar, intentando afrontar la situación, reflexionando sobre lo que debía hacer. En el escenario, Storace había terminado de cantar el aria, y saludaba al público que la aclamaba enfervorizado, enfundada en ropajes clásicos pero con las reverencias que dictaban los usos del siglo XVIII. —Chauvelin, —dijo Marguerite Blakeney al fin, tranquilamente, sin el envalentonamiento que había caracterizado su actitud hasta ese momento—. Chauvelin, amigo mío, vamos a tratar de comprendernos mutuamente. Me da la impresión de que mi ingenio se ha oxidado al contacto con este clima tan húmedo. Dígame una cosa. Usted está deseando descubrir la identidad de Pimpinela Escarlata, ¿no es así? —El más acérrimo enemigo de Francia, ciudadana... y el más peligroso, pues trabaja en la oscuridad. —Querrá decir el más noble... ¡Pero en fin...! Y usted va a obligarme a ejercer de espía para usted a cambio de la seguridad de mi hermano Armand, ¿no es así? —¡Ah, hermosa señora, esas palabras son muy feas! —protestó Chauvelin cortésmente—. Por supuesto que nadie va a obligarla, y el servicio que le pido que me preste, en nombre de Francia, no puede llamarse con ese nombre tan desagradable: espionaje. —Así es como se llama aquí —replicó Marguerite secamente—. Esa es su intención, ¿verdad? —Mi intención es que usted obtenga el perdón para Armand St. Just prestándome un pequeño servicio. —¿En qué consiste? —Sólo vigilar por mí esta noche, ciudadana St. Just —se apresuró a contestar Chauvelin—. Verá; entre los papeles que se le encontraron a sir Andrew Ffoulkes, había una notita. ¡Mire! — añadió, sacando un minúsculo papel de su bolsillo y dándoselo a Marguerite. Era el mismo papelito que, cuatro días antes, leían los dos jóvenes en el preciso momento en que fueron atacados por los esbirros de Chauvelin. Marguerite lo cogió mecánicamente y se inclinó para leerlo. Sólo había dos líneas, escritas con una caligrafía deformada. Leyó, casi en voz alta: «Recuerden que no debemos vernos más de lo estrictamente necesario. Ya tienen todas las instrucciones para el día 2. Si quieren hablar conmigo, estaré en el baile de G.» —¿Qué significa esto? —preguntó Marguerite. —Mire con atención y lo comprenderá, ciudadana. —En esta esquina hay un dibujo, una florecita roja... —Sí. —La Pimpinela Escarlata —dijo ansiosamente—, y el baile de G. se refiere al baile de Grenville... Estará en casa de lord Grenville esta noche. —Así es como yo interpreto esta nota, ciudadana —concluyó Chauvelin—. Después de que mis espías redujeron y registraron a lord Antony Dewhurst y sir Andrew Ffoulkes, les di órdenes de que los llevaran a una casa solitaria en la carretera de Dover, que había alquilado con este fin. Allí han estado prisioneros hasta esta mañana. Pero al encontrar esta notita, pensé que lo mejor sería que llegaran a Londres a tiempo para asistir al baile de lord Grenville. Comprenderá usted que tienen muchas cosas que contarle a su jefe... y esta noche tendrán la oportunidad de hablar con él, tal y como les recomendó que hicieran. Por eso, esta mañana esos dos caballeros encontraron las puertas de esa casa de la carretera de Dover abiertas de par en par; sus carceleros habían desaparecido y había dos buenos caballos ensillados esperándolos en el jardín. Aún no los he visto, pero es de suponer que no habrán parado hasta llegar a Londres. ¿Ve qué sencillo es todo, ciudadana? —Sí, parece muy sencillo —replicó Marguerite, haciendo un último y amargo esfuerzo por parecer alegre—. Cuando se quiere matar un pollito... se lo agarra y se le retuerce el cuello... Al único que no le parece tan sencillo es al pollito. Me pone usted una pistola en el pecho, y tiene usted un rehén para obligarme a obedecer... A usted le parece sencillo, pero a mí no. —No, ciudadana. Le ofrezco la oportunidad de salvar al hermano que usted quiere tanto de las consecuencias de la estupidez que ha cometido. El rostro de Marguerite se dulcificó, sus ojos se humedecieron, y murmuró, casi para sus adentros: —El único ser en el mundo que siempre me ha querido de verdad... Pero, ¿qué quiere que haga, Chauvelin? —preguntó, con una desesperación infinita en su voz ahogada por las lágrimas—. ¡En mi situación actual, yo no puedo hacer nada! —Claro que sí, ciudadana —replicó Chauvelin seca, implacablemente, sin dejarse ablandar por aquella súplica desesperada e infantil que hubiera derretido incluso un corazón de piedra—. Siendo lady Blakeney, nadie sospecharía de usted, y con su ayuda, ¿quién sabe?, es posible que esta noche logre averiguar al fin la identidad de Pimpinela Escarlata... Usted estará en el baile... Observe, ciudadana; observe y escuche... Después me contará si ha oído algo, una frase suelta, cualquier cosa... Debe fijarse en todas las personas con las que hablen sir Andrew Ffoulkes o lord Antony Dewhurst. En la actualidad, usted se encuentra completamente libre de sospecha. Pimpinela Escarlata asistirá esta noche al baile de lord Grenville. Averigüe quién es, y me comprometo, en nombre de Francia, a garantizar la seguridad de su hermano. Chauvelin la ponía entre la espada y la pared. Marguerite se sentía atrapada en una tela de araña en la que no había posibilidad de escapatoria. Aquel hombre tenía en su poder un rehén precioso, que intercambiaría por su obediencia; porque Marguerite sabía que sus amenazas jamás eran vanas. No cabía duda de que el Comité de Salud Pública ya había señalado a Armand como «sospechoso», no le permitirían salir de Francia y le castigarían implacablemente si Marguerite se negaba a obedecer a Chauvelin. Durante unos momentos, como mujer que era, albergó la esperanza de contemporizar con él. Tendió la mano a aquel hombre, a quien detestaba y temía. —Chauvelin, si le prometo mi ayuda en este asunto —dijo afablemente—, ¿me dará la carta de St. Just? —Si me presta un valioso servicio esta noche, le daré la carta... mañana —respondió él con una sonrisa sarcástica. —¿Acaso no se fía de mí? —Confío plenamente en usted, mi querida señora, pero es Francia quien tiene en prenda la vida de St. Just, y su salvación depende de usted. —Quizá no pueda ayudarle —dijo Marguerite en tono suplicante—, por mucho que desee hacerlo. —Eso sería terrible —replicó Chauvelin pausadamente—, para usted... y para St. Just. Marguerite se estremeció. Sabía que no podía esperar misericordia de aquel hombre todopoderoso, que tenía la vida de su adorado hermano en un puño. Le conocía demasiado bien, y también sabía que, si no lograba sus fines, sería implacable. Sintió frío a pesar de la atmósfera opresiva del teatro. Se le antojó que los sobrecogedores compases de la música llegaban hasta ella como de una tierra lejana. Se cubrió los hombros con el elegante chal de encaje, y contempló en silencio el brillante escenario, como en un sueño. Durante unos segundos sus pensamientos se apartaron del ser querido que se encontraba en peligro, y volaron hasta el otro hombre que también tenía derecho a su confianza y su afecto. Se sintió sola y asustada por Armand; anheló el consuelo y el consejo de alguien que supiera cómo ayudarla y animarla. Sir Percy Blakeney le había amado en su día; era su marido; ¿por qué tenía que pasar sola aquella terrible prueba? Sir Percy tenía poco cerebro, eso era cierto, pero le sobraban músculos, y si ella ponía la inteligencia, y él la fuerza y el empuje masculino, juntos vencerían al astuto diplomático, y rescatarían al rehén de sus manos vengativas sin poner en peligro la vida del noble jefe de aquel grupo de héroes. Sir Percy conocía bien a St. Just, parecía tenerle cariño... Marguerite estaba segura de que podía ayudarle. Chauvelin ya no le prestaba la menor atención. Había pronunciado la cruel fórmula: «O esto o... » y ahora le tocaba decidir a ella. El francés parecía absorto en las emocionantes melodías de Orfeo, y marcaba el ritmo de la música con su cabeza puntiaguda, como de hurón. Un discreto golpecito en la puerta interrumpió las reflexiones de Marguerite. Era sir Percy Blakeney, erguido, somnoliento, afable, con su sonrisa a medio camino entre la timidez y la necedad, que en aquel momento irritó a Marguerite profundamente. —Esto... tu, coche está afuera, querida —dijo, arrastrando las palabras de una forma exasperante—. Supongo que querrás ir a ese dichoso baile... Perdone... esto... monsieur Chauvelin... No había reparado en usted... Tendió dos dedos blancos y delgados hacia Chauvelin, que se puso en pie cuando sir Percy entró en el palco. —¿Vienes, querida? —¡Chist! ¡Chist! —se oyó protestar desde distintos rincones del teatro. —¡Qué desvergüenza! —comentó sir Percy con una sonrisa afable. Marguerite suspiró, impaciente. Su última esperanza acababa de desvanecerse bruscamente. Se puso la capa y, sin mirar a su marido, dijo: «Estoy preparada», al tiempo que se cogía de su brazo. Al llegar a la puerta del palco se dio la vuelta y miró a la cara a Chauvelin, que con su chapeau—bras bajo el brazo y una extraña sonrisa rondándole por sus delgados labios, se disponía a seguir a la mal avenida pareja. —Es sólo un au revoir, Chauvelin —dijo Marguerite cortésmente—. Nos veremos esta noche en el baile de lord Grenville. Y, sin duda, el astuto francés leyó en los ojos de la mujer algo que le produjo una profunda satisfacción, pues, sonriendo sarcásticamente, tomó un pellizco de rapé y, después, tras sacudirse la corbata de delicado encaje, se frotó las manos delgadas y huesudas, muy animado. XI EL BAILE DE LORD GRENVILLE El histórico baile ofrecido por el entonces secretario de Estado para Asuntos Exteriores, lord Grenville, fue el acontecimiento más destacado del año. A pesar de que la temporada de otoño acababa de empezar, todos los que ocupaban un lugar en la alta sociedad trataron por todos los medios de llegar a Londres a tiempo para asistir y lucirse en el baile, cada cual según sus posibilidades. Su Alteza Real el príncipe de Gales había prometido asistir, después de que acabara la ópera. Lord Grenville había presenciado los dos primeros actos de Orfeo antes de prepararse para recibir a sus huéspedes. A las diez, una hora inusualmente tardía en aquella época, los suntuosos salones del edificio del ministerio de Asuntos Exteriores, exquisitamente decorados con palmeras y flores exóticas, estaban llenos a rebosar. Se había acondicionado una habitación para bailar, y los delicados compases del minué acompañaban dulcemente la animada charla y la alegre risa de los invitados, numerosos y alegres. En una pequeña cámara que daba al último rellano de la escalera se encontraba el distinguido anfitrión dando la bienvenida a sus huéspedes. Hombres elegantes, mujeres hermosas, personalidades de todos los países de Europa, desfilaban ante él, intercambiaban las reverencias y los saludos que imponía la extravagante moda de la época, y a continuación, riendo y charlando, se desperdigaban por el vestíbulo, por el salón de baile y la sala de juegos. No lejos de lord Grenville, apoyado sobre una de las consolas, Chauvelin, con su impecable traje negro, examinaba pausadamente al brillante grupo. Observó que aún no habían llegado sir Percy y lady Blakeney, y sus ojos pálidos y penetrantes se clavaban disimuladamente en la puerta cada vez que aparecía alguien. Estaba un tanto aislado; no existían muchas posibilidades de que el enviado del gobierno revolucionario de Francia despertase grandes simpatías en Inglaterra en los días en que habían empezado a filtrarse desde el otro lado del Canal de la Mancha las noticias de las terribles matanzas de septiembre y del Reinado del Terror y la Anarquía. Por su misión oficial, sus colegas ingleses lo habían recibido cortésmente; el señor Pitt le había estrechado la mano y lord Grenville había sido su anfitrión en más de una ocasión; pero los círculos más íntimos de la alta sociedad londinense no le hacían el menor caso: las mujeres le volvían la espalda abiertamente y los hombres que no ocupaban puestos oficiales se negaban a estrecharle la mano. Pero Chauvelin no era hombre al que le preocuparan este tipo de convenciones sociales, que él consideraba simples incidentes en su carrera diplomática. Sentía un entusiasmo ciego por la causa revolucionaria, detestaba las desigualdades sociales, y profesaba un amor ferviente a su país. Estos tres sentimientos le hacían indiferente a los desaires que recibía en aquella Inglaterra cubierta de niebla, monárquica y anticuada. Pero, por encima de todo, Chauvelin perseguía un objetivo concreto. Creía firmemente que los aristócratas franceses eran los peores enemigos de Francia, y hubiera deseado verlos destruidos, a todos y cada uno de ellos; fue una de las primeras personas que, durante el espantoso Reinado del Terror, formuló el histórico y cruel deseo de que «los aristócratas podrían tener una sola cabeza entre todos, para así poder cortarla con un solo golpe de guillotina». Por eso, consideraba a todo noble francés que había logrado escapar de Francia una víctima arrebatada injustamente a la guillotina. No cabe duda de que, en cuanto conseguían cruzar la frontera, los émigrés monárquicos hacían todo lo posible por despertar la indignación de los extranjeros contra Francia. En Inglaterra, Bélgica y Holanda se preparaban innumerables conjuras para tratar de convencer a alguna gran potencia de que enviase tropas al París revolucionario, para liberar al rey Luis, y para colgar a los dirigentes sedientos de sangre de aquella monstruosa república. No es de extrañar, por tanto, que el romántico y misterioso Pimpinela Escarlata despertara un profundo odio en Chauvelin. El y un puñado de bribones bajo su mando, bien provistos de dinero, dotados de una osadía ilimitada y de una penetrante astucia, habían logrado rescatar a cientos de aristócratas de Francia. Nueve décimas partes de los émigrés que agasajaba la corte inglesa le debían la vida a aquel hombre y su grupo. Chauvelin había jurado a sus colegas de París que averiguaría la identidad de aquel inglés entrometido, le tendería una trampa para que fuera a Francia, y entonces... Chauvelin emitió un profundo suspiro de satisfacción ante la sola idea de ver aquella enigmática cabeza cayendo bajo la cuchilla de la guillotina, con tanta facilidad como la de cualquier otro hombre. De repente se produjo un gran alboroto en la escalera, y todas las conversaciones cesaron cuando el mayordomo, que se encontraba fuera, anunció: —Su Alteza Real, el príncipe de Gales y comitiva, sir Percy Blakeney, lady Blakeney. Lord Grenville se dirigió rápidamente a la puerta para recibir a su importante invitado. El príncipe de Gales, que llevaba un magnífico traje de terciopelo de color salmón con suntuosos bordados en oro, entró con Marguerite Blakeney del brazo; y a su izquierda iba sir Percy, con sus extravagantes ropajes al estilo «Incroyable», el cabello rubio sin empolvar, valiosos encajes en cuello y muñecas y el chapeau—bras bajo el brazo. Tras las palabras convencionales de cordial bienvenida, lord Grenville dijo a su huésped real: —Alteza, ¿me permitís que os presente a monsieur Chauvelin, enviado del gobierno francés? En cuanto entró el príncipe, Chauvelin se adelantó, a la espera de las presentaciones. Hizo una profunda reverencia, y el príncipe le devolvió el saludo con una brusca inclinación de cabeza. —Monsieur —dijo Su Alteza Real con frialdad—, trataremos de olvidar el gobierno que le ha enviado, y le consideraremos un simple huésped, un caballero particular de Francia. Como tal, sea usted bienvenido, monsieur. —Monseñor —replicó Chauvelin, haciendo otra reverencia—. Madame —añadió, inclinándose ceremoniosamente ante Marguerite. —¡Ah, mi querido Chauvelin! —exclamó Marguerite en tono despreocupado y tendiéndole la diminuta mano—. Monsieur y yo somos viejos amigos, Alteza. —Ah, en ese caso —dijo el príncipe, en esta ocasión con gran afabilidad—, sea usted bienvenido por partida doble. —Quisiera pedir permiso para presentaros a otra persona, Alteza —terció lord Grenville. —¿Quién? —preguntó el príncipe. —Madame la comtesse de Tournay de Basserive y su familia, que acaban de llegar de Francia. —¡Claro que sí! ¡Entonces han sido muy afortunados! Lord Grenville fue a buscar a la condesa, que estaba sentada en un extremo de la sala. —¡Qué barbaridad! —susurró Su Alteza Real a Marguerite en cuanto vio la rígida figura de la anciana dama—. ¡Parece la mismísima encarnación de la virtud y la melancolía! —Tened en cuenta, Alteza —replicó Marguerite, sonriendo—, que la virtud es como los aromas delicados: se hacen más fragantes cuando se los exprime. —¡Ay! —suspiró el príncipe—, me temo que la virtud no le sienta nada bien a su encantador sexo, madame. —Madame la comtesse de Tournay de Basserive —dijo lord Grenville, presentando a la señora. —Es un placer, madame. Como usted sabe, a mi real padre le alegra recibir a aquellos de sus compatriotas que la propia Francia ha expulsado de su tierra. —Su Alteza Real es muy amable —replicó la condesa con decorosa dignidad. Después, señalando a su hija, que estaba a su lado tímidamente, añadió—: Mi hija, Suzanne, monseñor. —¡Ah, encantadora!... ¡Encantadora! —dijo el príncipe—. Y ahora, condesa, permítame que le presente a lady Blakeney, que nos honra con su amistad. Estoy seguro de que tendrán ustedes muchas cosas que contarse. Todo compatriota de lady Blakeney es doblemente bienvenido... Sus amigos son nuestros amigos... sus enemigos, enemigos de Inglaterra. Los ojos de Marguerite chispearon de regocijo al oír las amables palabras de su exaltado amigo. La condesa de Tournay, que la había insultado abiertamente hacía poco, estaba recibiendo una lección en público, y Marguerite no pudo evitar alegrarse. Pero la condesa, para quien el respeto a la realeza equivalía casi a una religión, estaba demasiado adiestrada en las normas protocolarias como para demostrar el menor indicio de turbación cuando las dos damas se saludaron ceremoniosamente. —Su Alteza Real es muy amable, madame — dijo Marguerite, coquetamente, con un destello de malicia en sus chispeantes ojos azules—, pero en este caso no es necesaria su amistosa mediación... Aún guardo en mi memoria el agradable recuerdo del encantador recibimiento que me dispensó usted la última vez que nos vimos. —Madame, nosotros, los pobres, exilados, demostramos nuestra gratitud a Inglaterra acatando los deseos de monseñor —replicó la condesa en tono glacial. —¡Madame! —dijo Marguerite, con otra ceremoniosa reverencia. —Madame —replicó la condesa con igual dignidad. Mientras tanto, el príncipe decía unas palabras amables al joven vizconde. —Me alegro de conocerle, monsieur le vicomte. Conocí a su padre cuando era embajador en Londres. —¡Ah, monseñor! —replicó el vizconde—. Entonces yo era muy niño... y ahora le debo el honor de este encuentro a nuestro protector, Pimpinela Escarlata. —¡Chist! —exclamó el príncipe apresuradamente, muy serio, señalando a Chauvelin, que en el transcurso de esta escena se había mantenido un poco apartado, observando a Marguerite y la condesa con una sonrisilla sarcástica y burlona asomando a sus delgados labios. —Por favor, monseñor —dijo, como si respondiera directamente al desafío del príncipe—. Os ruego que no impidáis que este caballero demuestre su gratitud. Conozco muy bien esa florecita roja... y Francia también. El príncipe lo miró fijamente unos momentos. —En ese caso, monsieur —dijo—, es posible que sepa usted más que nosotros sobre nuestro héroe nacional... Acaso sepa quién es... ¡Mire! — añadió, volviéndose hacia los diversos grupos que se habían formado en el salón—. Las damas están pendientes de sus labios... Se haría usted muy famoso entre el bello sexo si satisficiera su curiosidad. —¡Ah, monseñor! —dijo Chauvelin, expresivamente—, en Francia corre el rumor de que Su Alteza podría dar la mejor información sobre esa enigmática flor silvestre! Al pronunciar estas palabras dirigió una mirada rápida y penetrante a Marguerite; pero la muchacha no reveló la menor emoción, y sus ojos se encontraron con los de Chauvelin sin ningún temor. —¡Imposible! —dijo el príncipe—. Mis labios están sellados, y los miembros de la Liga guardan celosamente el secreto de la identidad de su jefe... Por eso, sus adoradores tienen que conformarse con venerar a una sombra. Aquí en Inglaterra —añadió con dignidad y encanto a un tiempo—, sólo con mencionar el nombre de Pimpinela Escarlata se ruborizan de entusiasmo las mejillas más hermosas. Nadie lo ha visto jamás, a excepción de sus fieles colaboradores. No sabemos si es alto o bajo, rubio o moreno, apuesto o mal formado; pero sí sabemos que es el hombre más valiente del mundo, y todos nos sentimos un poco orgullosos, monsieur, al recordar que es inglés. —Ah, monsieur —terció Marguerite, mirando casi con aire desafiante al rostro plácido, como de esfinge, del francés—, Su Alteza Real debería añadir que las señoras lo consideramos un héroe de tiempos antiguos... Lo adoramos... Llevamos un distintivo con su nombre... Temblamos de miedo cuando se encuentra en peligro, y nos regocijamos cuando consigue una victoria. Chauvelin se limitó a inclinar la cabeza cortésmente ante el príncipe y Marguerite; pero pensó que la intención de ambos al pronunciar aquellas palabras —cada uno a su manera— había sido mostrarle desprecio o intentar provocarle. Detestaba al príncipe, amante de los placeres y ocioso; a la hermosa mujer que llevaba en su cabellera dorada un ramillete de rubíes y diamantes en forma de florecillas rojas, la tenía en un puño: podía permitirse el lujo de guardar silencio y quedar a la espera de los acontecimientos. Una carcajada prolongada, jovial y necia rompió el silencio que había descendido sobre todos. —Y nosotros, los pobres maridos —dijo alborozadamente sir Percy con su habitual tono afectado—, tenemos que aguantar que ellas adoren a una sombra absurda. Todos se echaron a reír, el príncipe más fuerte que nadie. Se suavizó la tensión de la excitación contenida, y al momento siguiente todo el mundo charlaba y reía alegremente, mientras el animado grupo se deshacía y se dispersaba por las habitaciones contiguas. XII EL TROCITO DE PAPEL Marguerite sufría intensamente. Aunque reía y charlaba, aunque era objeto de más admiración y más atenciones que ninguna de las mujeres que habían asistido a la fiesta, se sentía como si estuviera condenada a muerte y viviera el último día en este mundo. Sus nervios se encontraban en un estado de dolorosa tensión, que se había multiplicado por cien en el transcurso del breve rato, apenas una hora, que había pasado en compañía de su marido entre la ópera y el baile. Aquel débil rayo de esperanza —encontrar en un individuo perezoso y afable un amigo y consejero valioso— se desvaneció con la misma rapidez con que había llegado, en el preciso instante en que se vio a solas con él. El mismo sentimiento de amable desprecio que se experimenta por un animal o un sirviente fiel le hizo apartarse con una sonrisa del hombre que hubiera debido ser su apoyo moral en la angustiosa crisis que atravesaba; que hubiera debido ser consejero frío y objetivo cuando los sentimientos y el cariño femeninos la arrastraban de un extremo a otro, dividiéndola entre el amor hacia su hermano, que se encontraba lejos y en peligro de muerte, y el horror ante el terrible servicio que Chauvelin la obligaba a prestar a cambio de la seguridad de Armand. Allí estaba él, el apoyo moral, el consejero frío y objetivo, rodeado por un grupo de jóvenes petimetres, descerebrados y necios, que se repetían unos a otros, dando muestras de encontrarlo muy divertido, unos versitos que acababa de inventar. Marguerite oía aquellas palabras ridículas y absurdas por todas partes; al parecer, la gente no tenía otra cosa de qué hablar. Incluso el príncipe le había preguntado, riendo, qué le había parecido la última obra poética de su marido. —Lo hice mientras me anudaba la corbata — había dicho sir Percy a su cohorte de admiradores. Lo buscan por aquí, lo buscan por allá, los malditos franceses lo buscan sin cesar. Nadie sabe dónde está; parece cosa de magia. ¿Dónde se habrá metido el Pimpinela Escarlata? La bon mot de sir Percy rodaba por los brillantes salones. El príncipe estaba encantado. Aseguraba que, sin Blakeney, la vida sería un desierto de aburrimiento. Cogiéndole del brazo, lo llevó a la sala de juegos, donde se enzarzaron en una prolongada partida de dados. Sir Percy, cuyo mayor interés en las reuniones sociales parecía centrarse en la mesa de juego, normalmente permitía a su esposa que coqueteara, bailara, se divirtiera o se aburriese cuanto quisiera. Y aquella noche, tras recitar su bon mot, dejó a Marguerite rodeada de una multitud de admiradores de todas las edades, deseosos y encantados de ayudarla a olvidar que en el espacioso salón había un ser alto y perezoso que había cometido la estupidez de creer que la mujer más inteligente de Europa se avendría a aceptar los prosaicos vínculos del matrimonio inglés. Sus nervios sobreexcitados, la agitación y preocupación prestaban a la hermosa Marguerite Blakeney aún mayor encanto: escoltada por una auténtica bandada de hombres de todas las edades y nacionalidades, provocaba múltiples exclamaciones de admiración a su paso. No estaba dispuesta a seguir pensando. Su educación, un tanto bohemia desde su más tierna edad, la había hecho fatalista. Pensaba que los acontecimientos se desarrollarían por sí solos, que no estaba en sus manos dirigirlos. Sabía que no podía esperar misericordia de Chauvelin. Aquel hombre había puesto precio a la cabeza de Armand, y había dejado que ella tomara la decisión de pagarlo o no. Más adelante vio a sir Andrew Ffoulkes y lord Antony Dewhurst, que al parecer acababan de llegar. Observó que sir Andrew se dirigía inmediatamente al encuentro de la pequeña Suzanne de Tournay, y que al cabo de poco tiempo los dos jóvenes se las ingeniaban para quedarse a solas en el mullido alféizar de una ventana, para mantener una larga conversación, de la que ambos parecieron disfrutar. Los dos hombres tenían mal aspecto y expresión preocupada, pero iban impecablemente vestidos, y su cortés actitud no dejaba entrever el menor indicio de la terrible catástrofe que se cernía sobre ellos mismos y sobre su jefe. Marguerite adivinó que la Liga de la Pimpinela Escarlata no tenía la menor intención de abandonar su causa al observar a Suzanne, que declaraba abiertamente que su madre y ella tenían la absoluta certeza de que la Liga rescataría al conde de Tournay en el transcurso de los próximos días. Marguerite se preguntó de una forma vaga, contemplando a la brillante multitud del salón de baile alegremente iluminado, cuál de aquellos hombres distinguidos que la rodeaban sería el misterioso Pimpinela Escarlata, el cerebro de tan arriesgados planes, que tenía en sus manos el destino de vidas muy valiosas. La invadió una curiosidad irrefrenable por conocerle, aunque llevaba meses oyendo hablar de él y habían aceptado su anonimato como todos los demás miembros de la alta sociedad; pero en esos momentos ansiaba saberlo — dejando aparte a Armand y, desde luego, a Chauvelin—, únicamente por ella misma, por la entusiasta admiración que siempre le habían inspirado su valentía y su astucia. Naturalmente, que se encontraba en el baile saltaba a la vista, pues sir Andrew Ffoulkes y lord Antony Dewhurst esperaban reunirse con su jefe, y quizá que les diera una nueva mot d’ordre. Marguerite miró a todos, a los aristocráticos rostros normandos, a los sajones de cabello rubio y mandíbula cuadrada, a la casta de los celtas, más suave y gentil, y pensó cuál de ellos daba muestras de la fuerza, el valor y la astucia que le había permitido imponer su voluntad y su jefatura sobre varios caballeros ingleses de buena cuna, entre los que se corría el rumor de que era Su Alteza Real. ¿Sir Andrew Ffoulkes? Seguro que no, con sus dulces ojos azules, que miraban tiernos y anhelantes a la pequeña Suzanne, a quien su severa madre había apartado de aquel placentero tête—a—tête. Marguerite le vio cruzar la habitación y quedarse solitario y perdido tras la desaparición de la delicada figura de Suzanne entre la multitud. Le siguió con la mirada mientras se dirigía hacia la puerta, que daba a una pequeña cámara; después el caballero se detuvo y se apoyó en el dintel, mirando ansiosamente a su alrededor. Marguerite logró deshacerse momentáneamente de su atento acompañante, y, esquivando los grupos, se dirigió hacia la puerta en la que se apoyaba sir Andrew. No hubiera sabido decir por qué deseaba estar cerca de él; quizá la empujaba una fatalidad todopoderosa, que tantas veces parece dominar el destino de los hombres. De repente se detuvo; sintió como si se le parara el corazón; sus ojos, grandes y brillantes, se clavaron unos momentos en aquella puerta, y se apartaron de ella con la misma rapidez. Sir Andrew seguía en el umbral, con la misma actitud lánguida, pero Marguerite había visto con toda claridad que lord Hastings —uno de los jóvenes amigos de su marido que también formaba parte de la pandilla del príncipe— le había deslizado algo en la mano al pasar casi rozándole. Marguerite continuó inmóvil, observando unos momentos, apenas un instante, e inmediatamente prosiguió su camino hacia la puerta por la que acababa de desaparecer sir Andrew, simulando despreocupación de una forma admirable, pero apretando el paso. Desde el momento en que Marguerite vio a sir Andrew apoyado en el dintel de la puerta hasta que le siguió hasta la pequeña cámara que había detrás transcurrió menos de un minuto. El destino suele ser veloz cuando se prepara para asestar un golpe. Lady Blakeney dejó de existir bruscamente. Era Marguerite St. Just quien estaba allí; Marguerite St. Just, que había pasado su infancia y los primeros años de su juventud en los brazos protectores de su hermano Armand. Olvidó todo lo demás: su rango, su dignidad, su entusiasmo secreto, todo salvo que la vida de Armand corría peligro, y que allí, a poco más de cinco metros de donde ella estaba, en la pequeña cámara desierta, podía encontrarse el talismán que salvaría a su hermano, en manos de sir Andrew. Apenas transcurrieron treinta segundos entre el momento en que lord Hastings deslizara el misterioso «algo» en la mano de sir Andrew y el momento en que Marguerite llegó a la habitación vacía. Sir Andrew estaba de espaldas a ella, junto a una mesa sobre la que se apoyaba un enorme candelabro de plata. El joven tenía un papel en la mano, y cuando entró Marguerite lo sorprendió intentando descifrar su contenido. Silenciosa, sin que su ceñido traje hiciera el menor ruido al rozar la gruesa alfombra, sin atreverse a respirar hasta haber cumplido su propósito, Marguerite se acercó a sir Andrew... En ese momento él se dio la vuelta y la vio; Marguerite emitió un gemido, se pasó la mano por la frente, y murmuró débilmente: —En esa habitación hace un calor espantoso... Estoy mareada... ¡Ah!... Se tambaleó como si fuera a desplomarse, y sir Andrew, recuperándose rápidamente, arrugó la pequeña nota que estaba leyendo con la mano y llegó justo a tiempo de prestarle ayuda. —¿Se siente mal, lady Blakeney? —preguntó muy preocupado—. Permítame que... —No, no es nada... —le interrumpió inmediatamente—. Una silla... Se desplomó en una silla que había junto a la mesa, y echando hacia atrás la cabeza, cerró los ojos. —¡Bueno! —exclamó, aún débilmente—, se me está pasando el mareo... No se preocupe por mí, sir Andrew; le aseguro que ya me siento mejor. En momentos así, no cabe duda —y los psicólogos insisten en ello— de que se pone en funcionamiento un sentido que no tiene nada que ver con los otros cinco; no es que veamos, ni que oigamos o toquemos, sino que parece como si hiciéramos las tres cosas a la vez. Marguerite estaba sentada con los ojos cerrados. Sir Andrew se encontraba justo detrás de ella, y a la derecha estaba la mesa con el candelabro de cinco brazos. La única visión que ocupaba la mente de Marguerite era la cara de Armand. Armand, cuya vida corría peligro inminente, y que parecía mirarla desde un fondo en que sobresalía borrosamente la multitud enfurecida de París, las paredes desnudas del Tribunal de Seguridad Pública, con Foucquier—Tinville, el acusador público, exigiendo la vida de Armand en nombre del pueblo de Francia, y la siniestra guillotina con su cuchilla manchada esperando otra víctima... ¡Armand! El silencio fue absoluto durante unos momentos en la pequeña cámara. Las dulces notas de la gavota, el frufrú de los ricos vestidos, la charla y las risas de la alegre multitud del brillante salón de baile servían de extraño acompañamiento a la tragedia que se representaba en aquella habitación. Sir Andrew no había pronunciado ni una palabra. De repente, el sexto sentido de Marguerite Blakeney empezó a actuar con fuerza. No veía, pues tenía los ojos cerrados; no oía, pues el ruido del salón de baile ahogaba el suave susurro de aquel papel decisivo; sin embargo, sabía, como si lo hubiera visto y oído, que sir Andrew estaba quemando la nota a la llama de una de las velas. En el preciso instante en que prendió, abrió los ojos, levantó la mano, y delicadamente, con dos dedos, arrebató el papel ardiente al joven. Después apagó la llama, y se acercó el papel a la nariz con toda naturalidad. —Qué detalle, sir Andrew —dijo—. Seguramente fue su abuela quien le enseñó que el olor del papel quemado es un remedio extraordinario para el mareo. Suspiró con satisfacción, sujetando el papel con fuerza entre sus dedos enjoyados, el talismán que tal vez salvaría la vida de su hermano Armand. Sir Andrew la miraba, demasiado perplejo para comprender lo que realmente había pasado; le había cogido tan desprevenido, que parecía incapaz de entender el hecho de que del trozo de papel que Marguerite sujetaba con su delicada mano quizá dependiera la vida de su camarada. Marguerite se echó a reír. —¿Por qué me mira así? —preguntó coquetamente—. Le aseguro que me siento mucho mejor: su remedio ha resultado muy eficaz. En esta habitación hace fresco —añadió, con tranquilidad—, y el sonido de la gavota del salón de baile es fascinante y calma los nervios. Siguió charlando despreocupada y amigablemente, mientras sir Andrew, desesperado, se rompía la cabeza intentando encontrar el método más rápido para arrebatarle el papel a aquella hermosa mujer. En su mente se agolparon pensamientos vagos y tumultuosos: de repente recordó la nacionalidad de Marguerite y, lo peor de todo, se acordó de la terrible historia que se contaba sobre el marqués de St. Cyr, que nadie había creído en Inglaterra por la reputación de sir Percy y de la propia lady Blakeney. —¿Qué? ¿Aún sigue soñando? —dijo Marguerite, con una alegre carcajada—. ¡Qué poco galante es usted, sir Andrew! Y, ahora que lo pienso, me dio la impresión de que se asustó al verme hace un momento en lugar de alegrarse. Después de todo, creo que no ha quemado ese trocito de papel porque estuviera preocupado por mi salud, ni que su abuela le haya enseñado ese remedio... Juraría que lo que intentaba destruir era la última carta de amor de su dama. Vamos, confiéselo —añadió, levantando juguetonamente el papel—, ¿qué es lo que contiene? ¿Un ultimátum o una oferta de acabar como amigos? —Sea lo que sea, lady Blakeney —dijo sir Andrew, que empezaba a recuperar el aplomo—, no cabe duda de que esta nota es mía, y... Sin importarle que aquel acto se considerase de mala educación para con una dama, el joven se abalanzó hacia ella para arrebatársela; pero la mente de Marguerite fue más rápida que la del joven; su actuación, bajo la presión de la profunda excitación, más veloz y decidida. La muchacha era alta y fuerte; retrocedió y derribó la mesita Sheraton, que se encontraba en posición inestable, y que cayó con estrépito, junto al enorme candelabro. Marguerite gritó, asustada. —¡Las velas, sir Andrew...! ¡Deprisa! Apenas ocurrió nada: una o dos velas se apagaron al caer el candelabro; otras derramaron un poco de cera sobre la costosa alfombra; otra prendió en la pantalla de papel que la cubría. Sir Andrew apagó las llamas con rapidez y habilidad y volvió a colocar el candelabro sobre la mesa; pero en realizar esta operación tardó varios segundos, segundos que bastaron a Marguerite para lanzar una rápida ojeada al papel y leer su contenido —una docena de palabras escritas con la misma caligrafía deformada que ya había visto en otra ocasión, rubricadas con el mismo dibujo una flor en forma de estrella en tinta roja. Cuando sir Andrew volvió a mirarla, lo único que vio en su rostro fue preocupación por el accidente que acababa de ocurrir y alivio por su feliz conclusión. La nota, tan pequeña como decisiva, se había deslizado hasta el suelo. El joven se apresuró a recogerla, y cuando sus dedos se cerraron con fuerza sobre ella, en su rostro apareció una expresión de enorme alivio. —¿No le da vergüenza estar haciendo estragos en el corazón de una duquesa impresionable mientras conquista el afecto de mi pequeña Suzanne, sir Andrew? —dijo Marguerite, moviendo la cabeza con un suspiro de coquetería—. ¡Vaya, vaya! Estoy convencida de que ha sido el mismísimo Cupido quien se ha puesto a su lado para amenazar al ministerio de Asuntos Exteriores con un incendio y obligarme a tirar ese mensaje de amor antes de que lo mancillaran mis ojos indiscretos. ¡Y pensar que con un momento más hubiera podido enterarme de los secretos de una duquesa pecadora! —¿Me permite que reanude la interesante actividad que usted ha interrumpido, lady Blakeney? —dijo sir Andrew, con la misma calma que demostraba Marguerite. —¡Claro que sí, sir Andrew! ¡Por nada del mundo osaría estorbar los planes del dios del amor una vez más! Quizá desencadenaría sobre sí un terrible castigo por mi atrevimiento. ¡Adelante, siga quemando su prenda de amor! Sir Andrew ya había formado una larga pajuela retorciendo el papel y lo había colocado a la llama de la vela que no se había pagado. No reparó en la extraña sonrisa dibujada en el rostro de su hermosa contrincante, tan absorto estaba en la tarea de destruirlo. De haberla notado, quizá se hubiera borrado de su rostro la expresión de alivio. Contempló la fatídica nota mientras se rizaba bajo la llama. Al cabo de unos segundos cayó al suelo el último fragmento, y aplastó las cenizas con el pie. —Y bien, sir Andrew —dijo Marguerite Blakeney, con la coquetería y el aplomo que la caracterizaban—, ¿se atreve a despertar los celos de su dama invitándome a bailar el minué? XIII O ESO O… Las pocas palabras que Marguerite Blakeney logró descifrar en el trozo de papel medio quemado parecían literalmente las palabras del destino. «Parto mañana...». Esto se podía leer con claridad, y el resto era una mancha producida por el humo de la vela, que había borrado las siguientes palabras; pero en la parte inferior de la nota había otra frase, que Marguerite conservó grabada en su mente con toda exactitud, como si fueran letras grabadas a fuego. «Si desea hablar conmigo otra vez, estaré en el comedor a la una en punto». La nota iba firmada con un dibujito realizado apresuradamente, la florecilla en forma de estrella que ya le resultaba familiar. ¡A la una en punto! Iban a dar las once y en el salón bailaban el último minué, con sir Andrew Ffoulkes y la bella lady Blakeney dirigiendo los complejos y delicados movimientos de las demás parejas. ¡Iban a dar las once! Las manecillas del hermoso reloj de estilo Luis XV, con su soporte de oro, parecían deslizarse con una velocidad enloquecedora. Dos horas más, y su propia suerte y la de Armand quedarían selladas. Al cabo de esas dos horas tendría que decidir entre guardar en secreto la información que con tanta astucia había obtenido, y dejar a su hermano en manos del destino que le aguardaba, o traicionar voluntariamente a un hombre valiente que dedicaba su vida a sus semejantes, que era noble, generoso y que, por encima de todo, estaba desprevenido. Hacerlo le parecía algo espantoso, pero, ¿y Armand? También su hermano era noble y valiente. Y además, él la amaba, le hubiera confiado su vida de buena gana, y ahora que podía salvarlo, Marguerite vacilaba. ¡Ah, era monstruoso! Los ojos de Armand, en aquel rostro dulce y cariñoso, tan lleno de amor por ella, parecían mirarla con reproche. «Hubieras podido salvarme, Margot», le decían, «pero has preferido la vida de un extraño, de un hombre que no conoces, al que no has visto jamás. Has decidido que sea él quien se salve, y a mí me envías a la guillotina. » Estos pensamientos contrapuestos se debatían en la mente de Marguerite mientras, con una sonrisa en los labios, se deslizaba entre los elegantes laberintos del minué. Con ese sexto sentido que le caracterizaba, observó que había logrado borrar por completo los temores de sir Andrew. Se había dominado a la perfección; en aquel momento, y mientras duró el minué, interpretó su papel con mayor brillantez que cuando actuaba en el escenario de la Comédie Française; pero en aquellos tiempos la vida de su hermano no dependía de su talento histriónico. Como era demasiado inteligente para excederse en la interpretación, no volvió a hacer ninguna alusión al presunto billet doux que había sido la causa de los cinco minutos de angustia que había vivido sir Andrew Ffoulkes. Marguerite vio que la inquietud del joven se derretía bajo su resplandeciente sonrisa, y al poco comprendió que, cualesquiera que fueran las dudas que hubiera albergado en su momento, cuando tocaron los últimos compases del minué se habían desvanecido por completo. Sir Andrew nunca llegó a saber de la febril excitación que experimentó Marguerite, de los esfuerzos que tuvo que hacer para mantener sin interrupción una conversación banal y animada. Cuando acabó el minué, le pidió a sir Andrew que la acompañara a la habitación contigua. —He prometido a Su Alteza Real que cenaría con él —dijo—, pero antes de despedirnos, dígame una cosa... ¿Me ha perdonado? —¿Que si la he perdonado? —¡Sí! Confiese que acabo de darle un susto tremendo, pero recuerde que yo no soy inglesa, y que para mí, intercambiar billets doux no es un delito. Le juro que no se lo contaré a la pequeña Suzanne. Pero, dígame, ¿asistirá usted al partido de críquet que se celebrará en mi casa el miércoles próximo? —No puedo decírselo con seguridad, lady Blakeney —respondió el joven evasivamente—. Es posible que tenga que marcharme de Londres mañana. —En su lugar, yo no lo haría —replicó Marguerite. Después, al ver que en los ojos del joven volvía a aparecer una expresión de inquietud, añadió alegremente—: Nadie lanza la pelota tan bien como usted, sir Andrew, y le echaremos en falta en la pista. Sir Andrew la había acompañado hasta la sala contigua, en la que Su Alteza Real ya esperaba a la hermosa lady Blakeney. —La cena está lista, madame —dijo el príncipe, ofreciendo el brazo a Marguerite—, y estoy lleno de esperanzas. Puesto que la diosa de la Fortuna me ha mirado con tan malos ojos, confío en que la diosa de la Belleza me prodigue sus sonrisas. —¿Su Alteza ha tenido mala suerte en las cartas? —preguntó Marguerite, cogiendo al príncipe del brazo. —¡Sí! Muy mala suerte. Blakeney, no conformándose con ser el súbdito más rico de mi padre, tiene además una suerte envidiable. Por cierto, ¿dónde se ha metido ese genio inigualable? Le juro, señora, que esta vida sería un desierto insoportable sin las sonrisas de usted y las ocurrencias de su marido. XIV ¡A LA UNA EN PUNTO! La cena transcurrió en medio de una gran animación. Todos los comensales comentaron que lady Blakeney jamás había estado tan adorable ni aquel «maldito imbécil» de sir Percy tan divertido. Su Alteza Real rió hasta que las lágrimas le rodaron por las mejillas con las ocurrencias estúpidas pero graciosas de Blakeney. Cantaron sus versos ramplones: «Lo buscan por aquí, lo buscan por allá...» con la melodía de «¡Adelante, felices britanos!», y con el acompañamiento del chocar de vasos contra la mesa. Además, lord Grenville tenía un cocinero fantástico; según las malas lenguas, se trataba de un vástago de la antigua noblesse francesa, que, tras haber perdido su fortuna, había ido a buscarla en la cuisine del ministerio de Asuntos Exteriores británico. Marguerite Blakeney dio muestras de su gran brillantez y, sin duda, ni un solo comensal del abarrotado comedor llegó siquiera a sospechar la terrible lucha que libraba su corazón. El reloj continuaba con su tictac implacable. Ya era más de medianoche, e incluso el príncipe de Gales deseaba abandonar la mesa. En el transcurso de la siguiente media hora se dilucidaría el destino de dos hombres valientes: el del hermano amado y el del héroe desconocido. Marguerite no había intentado ver a Chauvelin durante la pasada hora; sabía que sus ojos penetrantes, zorrunos, la aterrorizarían inmediatamente, y que inclinarían la balanza de su decisión en favor de Armand. Mientras no lo viera, en lo más profundo de su ser aún podría albergar una esperanza vaga e indefinida de que ocurriera «algo», algo importante, decisivo, que marcase época, y que librase sus hombros jóvenes y frágiles de la terrible carga de aquella responsabilidad, de tener que elegir entre tan crueles alternativas. Pero los minutos pasaban con la monotonía que invariablemente asumen cuando nuestros nervios se destrozan con su incesante tictac. Después de la cena se reanudó el baile. Su Alteza Real se marchó, y los invitados de mayor edad empezaron a seguir su ejemplo. Los jóvenes eran inagotables y acometieron otra gavota, que ocuparía el siguiente cuarto de hora. Marguerite no se sentía con ánimos para seguir bailando; incluso el más férreo autocontrol tiene un límite. Escoltada por un ministro del gabinete, se dirigió una vez más a la pequeña cámara, que seguía siendo la habitación más tranquila. Sabía que Chauvelin debía estar esperándola impaciente en alguna parte, dispuesto a aprovechar la primera oportunidad de un tête—á—tête. Sus ojos se habían encontrado unos instantes tras el minué anterior a la cena, y Marguerite sabía que el astuto diplomático, con sus ojos pálidos y penetrantes, había adivinado que había llevado a cabo su tarea. Así lo había dispuesto el destino. Marguerite, desgarrada por el más terrible conflicto que puede conocer el corazón de una mujer, se había doblegado a su mandato. Pero tenía que salvar a Armand de cualquier precio; él era lo primero, pues era su hermano, y había sido madre, padre y amigo desde que, siendo una criatura, murieron sus padres. Pensar en que Armand muriera como un traidor en la guillotina resultaba demasiado espantoso; era sencillamente imposible. No podía ocurrir... jamás... jamás. En cuanto al desconocido, al héroe... ¡En fin, que decidiera el destino! Marguerite rescataría la vida de su hermano de las manos del despiadado enemigo, y después, el astuto Pimpinela Escarlata sabría ingeniárselas él solo. Quizás, de una forma vaga, Marguerite esperaba que el osado conspirador que llevaba tantos meses despistando a un verdadero ejército de espías, lograría burlar a Chauvelin y salir ileso del trance. Pensaba en todo esto mientras escuchaba el ingenioso discurso del ministro del Gabinete, que, sin duda, creía haber encontrado en lady Blakeney un excelente público. De repente, Marguerite vio la zorruna cara de Chauvelin asomando entre las cortinas de la puerta. —Lord Fancourt —le dijo al ministro—, ¿podría hacerme usted un favor? —Estoy a su entera disposición, señoría — contestó lord Fancourt con galantería. —¿Le importaría ir a ver si mi marido sigue aún en la sala de juego? Si está allí, ¿querría decirle que estoy muy cansada y que me gustaría volver a casa pronto? Cualquier humano acata las órdenes de una mujer hermosa, incluso los ministros del Gabinete, y lord Fancourt se dispuso a obedecer inmediatamente. —No quisiera dejar sola a su señoría —dijo. —No se preocupe. Aquí estaré bien, y espero que nadie me moleste... pero la verdad es que me encuentro muy cansada. Sir Percy conducirá el coche hasta Richmond. Es un viaje muy largo, y como no iremos deprisa, no llegaremos a casa hasta el alba. A lord Fancourt no le quedó más remedio que marcharse. En el momento en que desapareció, Chauvelin se deslizó en la habitación y se acercó a lady Blakeney, tranquilo e impasible. —¿Tiene alguna noticia que comunicarme? — preguntó. Marguerite experimentó la sensación de que un velo de hielo le cubría repentinamente los hombros; aunque sus mejillas ardían, se estremeció. ¡Oh, Armand; jamás sabrás el terrible sacrificio de orgullo y dignidad que una hermana que te adora va a hacer por ti! —Nada importante —contestó clavando la mirada al frente mecánicamente—, pero podría ser una pista. He conseguido —no importa cómo— sorprender a sir Andrew Ffoulkes en el preciso momento en que quemaba un papel con una de esas velas, en esta habitación. Tuve el papel en mis manos un par de minutos, y pude ver lo que había escrito él. —¿Le dio tiempo a leer lo que decía? — preguntó Chauvelin en voz baja. Marguerite asintió, y prosiguió, con el mismo tono monótono y mecánico: —En una esquina de la nota vi el dibujo de siempre, una florecita en forma de estrella. Encima distinguí dos renglones, porque lo demás había quedado ennegrecido por las llamas. —¿Y qué decían esos dos renglones? Marguerite sintió como si se le contrajera la garganta. Durante unos instantes pensó que no sería capaz de pronunciar las palabras que podrían condenar a muerte a un hombre valiente. —Es una suerte que no se destruyera todo el papel —añadió Chauvelin, sarcásticamente—, porque en ese caso, las cosas no le habrían salido demasiado bien a Armand St. Just. ¿Qué decían esos dos renglones, ciudadana? —Uno decía: «Parto mañana» —contestó Marguerite pausadamente—. El otro: «Si desean hablar conmigo otra vez estaré en el comedor a la una en punto». Chauvelin miró el reloj que había encima de la repisa de la chimenea. —Entonces, tengo tiempo de sobra —dijo tranquilamente. —¿Qué piensa hacer? —preguntó Marguerite. Estaba pálida como una estatua; tenía las manos frías como el hielo, la cabeza y el corazón le latían con fuerza a causa de la terrible tensión nerviosa. ¡Qué cruel era todo aquello, qué terriblemente cruel! ¿Qué había hecho ella para merecerlo? Ya había tomado su decisión: ¿había cometido una acción ruin o sublime? Sólo el ángel encargado de dejar constancia de nuestros actos en el libro de oro tenía la respuesta. —¿Qué piensa hacer? —repitió mecánicamente. —De momento, nada. Después, depende. —¿Depende de qué? —De a quién vea en el comedor a la una en punto. —Verá a Pimpinela Escarlata, lógicamente. Pero usted no lo conoce. —No, pero entonces lo conoceré. —Sir Andrew le habrá prevenido. —No lo creo. Cuando se separó de él después del minué se quedó observándola unos momentos de una forma que me hizo comprender que algo había ocurrido entre ustedes dos. Es natural que yo adivinara en qué consistía ese «algo», ¿no? A continuación inicié una larga y animada conversación con ese caballero —hablamos del gran éxito que ha obtenido Herr Glück en Londres—, hasta el momento en que una dama solicitó su brazo para que la acompañara a la mesa. —¿Y después? —No le perdí de vista durante toda la cena. Cuando volvimos a subir, lady Portarles lo abordó y se pusieron a hablar de la hermosa mademoiselle Suzanne de Tournay. Yo sabía que sir Andrew no se movería del sitio hasta que lady Portarles agotara el tema de conversación, cosa que no ocurriría hasta que transcurriera al menos un cuarto de hora, y ahora es la una menos cinco. Chauvelin se dispuso a marcharse y se acercó a la puerta donde, tras correr las cortinas, se detuvo unos instantes para señalar a Marguerite la lejana figura de sir Andrew Ffoulkes, que hablaba animadamente con lady Portarles. —Creo que no cabe duda de que encontraré a la persona que estoy buscando en el comedor, mí hermosa dama —dijo Chauvelin con una sonrisa. —Quizá haya más de una. —Cuando el reloj dé la una, quienquiera que se encuentre allí estará vigilado por uno de mis hombres, y uno, o dos, o quizá tres de los allí presentes partirá mañana para Francia. Uno de ellos tiene que ser Pimpinela Escarlata. —Sí, pero... —Yo también partiré mañana para Francia, mi hermosa dama. Los documentos que se encontraron en Dover al registrar a sir Andrew Ffoulkes hablan de una posada en las cercanías de Calais llamada Le Chat Gris que yo conozco muy bien, y de un lugar apartado de la costa, la cabaña del Pére Blanchard, que intentaré encontrar. Es en estos lugares donde ese inglés entrometido ha escondido al traidor de Tournay y a algunas personas más para que vayan a buscarlos allí sus emisarios. Pero, al parecer, ha decidido no enviar a nadie y partir mañana él solo. Pues bien, una de las personas a las que veré esta noche en el comedor irá a Calais, y yo la seguiré, hasta que descubra el punto en que esos aristócratas fugitivos le estarán esperando; pues dicha persona, mi querida señora, será el hombre que llevo buscando desde hace casi un año, el hombre cuyas fuerzas han superado a las mías, cuyo ingenio me ha confundido, cuya audacia me tiene perplejo... ¡Sí! A mí, que he visto más de un truco y más de dos a lo largo de mi vida... el misterioso y escurridizo Pimpinela Escarlata. —¿Y Armand? —preguntó Marguerite en tonosuplicante. —¿Acaso he dejado de cumplir alguna vez mi palabra? Le prometo que el día que Pimpinela Escarlata y yo partamos hacia Francia, le enviaré esa carta imprudente por mediación de un mensajero especial. Aún más, le prometo por el honor de Francia que el día que le eche el guante a ese inglés entrometido, St. Just estará en Inglaterra, sano y salvo y en los brazos de su encantadora hermana. Y con una profunda y aparatosa reverencia, Chauvelin abandonó silenciosamente la habitación, no sin antes mirar de nuevo el reloj. Marguerite experimentó la sensación de que, a pesar del ruido, del estruendo de la música, el baile y las risas, distinguía el andar felino de Chauvelin deslizándose por los enormes salones: de que le oía descender la impresionante escalera, llegar al comedor y abrir la puerta. El Destino había decidido por ella, la había hecho hablar, la había obligado a cometer un acto vil y abominable, para salvar al hermano al que tanto amaba. Se reclinó en la silla, pasiva e inmóvil, con la imagen de su implacable enemigo aún ante sus ojos doloridos. Cuando Chauvelin llegó al comedor, la estancia se encontraba completamente vacía. Tenía ese aspecto de abandono y oropel desolado que recuerda a un vestido de baile al día siguiente de la fiesta. La mesa estaba cubierta de copas medio vacías, había servilletas desdobladas por todas partes, las sillas —vueltas unas hacia otras en grupos de dos y tres— parecían asientos de fantasmas que estuvieran absortos en una conversación. En los rincones más apartados de la sala había sillas agrupadas de dos en dos, muy juntas, que daban testimonio de recientes cuchicheos amorosos, junto a platos de carne fría y champán helado; en otros puntos, las sillas estaban de tres en tres y de cuatro en cuatro, recuerdos de animadas discusiones sobre los últimos escándalos; otras estaban en fila, rígidas, críticas, ácidas, como viudas anticuadas, unas cuantas aisladas y solitarias, junto a la mesa, que habían ocupado los glotones, únicamente pendientes de los platos exquisitos, y otras derribadas, testigos explícitos de la bondad de las bodegas de lord Grenville. Era, en realidad, una réplica fantasmal de la fiesta de alta sociedad que se celebraba en el piso de arriba; un fantasma que habita toda casa en que se ofrecen bailes y buenas cenas; un dibujo trazado con tiza blanca sobre cartón gris, apagado y sin color, cuando los brillantes vestidos de seda y las chaquetas de esplendorosos bordados ya no ocupan el primer plano y las velas parpadean somnolientas en los candelabros. Chauvelin sonrió, benévolo, y frotándose las manos largas y delgadas, recorrió con la mirada el comedor vacío, que todos habían abandonado para reunirse con sus amigos en el salón. Reinaba un silencio absoluto en la habitación débilmente iluminada, mientras que la melodía de la gavota, el murmullo lejano de risas y charlas y el traqueteo de algún que otro carruaje en el exterior parecían llegar a aquel palacio de la Bella Durmiente como el murmullo de espectros que revolotearan a lo lejos. Todo estaba tan silencioso, tan inmóvil en aquel entorno lujoso, que ni el observador más sagaz, ni un auténtico profeta, hubiera adivinado que, en ese preciso instante, el comedor vacío no era sino una trampa para capturar al conspirador más astuto y audaz que hubieran conocido aquellos tiempos de agitación. Chauvelin reflexionó, intentando vislumbrar el futuro inmediato. ¿Cómo sería aquel hombre, al que tanto él como los dirigentes de la revolución habían jurado condenar a muerte? Todo cuanto le rodeaba era extraño y misterioso; su identidad, que ocultaba tan hábilmente, el poder que ejercía sobre diecinueve caballeros ingleses que parecían obedecer sus órdenes ciega y entusiastamente, el amor apasionado y la sumisión que despertaba en un grupo de hombres bien adiestrados, y, sobre todo, su prodigiosa audacia, el infinito descaro que le había permitido burlar a sus enemigos más implacables, dentro de los mismísimos muros de París. No era sorprendente que en Francia el apodo del misterioso inglés provocase un estremecimiento de superstición en las gentes. El propio Chauvelin, mientras inspeccionaba la habitación vacía, en la que aparecería el extraño héroe en cualquier momento, experimentó una extraña sensación de temor que le recorrió la espina dorsal. Pero había trazado muy bien sus planes. Estaba seguro de que no habían prevenido a Pimpinela Escarlata, e igualmente seguro de que Marguerite Blakeney no le había engañado. Si lo había hecho... Una expresión de crueldad, que hubiera hecho estremecer a Marguerite, asomó a los ojos pálidos y penetrantes de Chauvelin. Si le había mentido, Armand St. Just sería condenado a la pena capital. ¡Pero no, no! ¡Claro que no le había engañado! Por suerte, el comedor estaba vacío: así la tarea de Chauvelin resultaría más sencilla cuando aquel enigma viviente entrara allí a solas y desprevenido. En la habitación no había nadie; a excepción de Chauvelin. Mientras contemplaba con una sonrisa de satisfacción la solitaria estancia, el astuto agente del gobierno francés percibió la respiración tranquila y monótona de uno de los invitados de lord Grenville, que, sin duda, había cenado opíparamente y disfrutaba de una siesta, ajeno al estruendo del baile del piso de arriba. Chauvelin miró a su alrededor una vez más, y en un extremo del sofá, que ocupaba un rincón oscuro de la habitación, tumbado con la boca abierta, los ojos cerrados, unos leves silbidos saliendo de las fosas nasales, vio al zanquilargo marido de la mujer más inteligente de Europa. Chauvelin contempló a sir Percy, que dormía plácidamente, en paz con el mundo entero y consigo mismo, tras la opípara cena, y una sonrisa, casi de lástima, suavizó unos instantes los duros rasgos del rostro del francés y el destello de sarcasmo de sus pálidos ojos. Saltaba a la vista que el durmiente, sumido en un sueño profundo, no se entrometería en la trampa que había tendido Chauvelin para atrapar al astuto Pimpinela Escarlata. Volvió a frotarse las manos, y, siguiendo el ejemplo de sir Percy Blakeney, se estiró en otro sofá, cerró los ojos, abrió la boca, emitió los ruidos propios de una respiración tranquila y... quedó a la espera.
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