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I Tantor el elefante La gran mole avanzaba lanzando su peso primero a un lado y después al otro. Tantor el elefante se recostaba a la sombra del padre de los bosques. En el reino de su pueblo era casi omnipotente. Dango, Sheeta e incluso el poderoso Numa no eran nada para el paquidermo. Durante un centenar de años había recorrido la tierra que había temblado con las idas y venidas de sus antepasados a lo largo de incontables eras. Había vivido en paz con Dango la hiena, Sheeta la pantera y Numa el león. Sólo el hombre le había hecho la guerra. El hombre, que posee la peculiaridad, única entre todas las especies creadas, de hacer la guerra contra todos los seres vivos, incluso los de su propia especie. El hombre, que es cruel; el hombre, que es inmisericorde; el hombre, el más odiado organismo vivo que la naturaleza ha ayudado a evolucionar. En su largo centenar de años de vida, Tantor siempre había conocido al hombre. Siempre habían existido hombres negros; grandes guerreros corpulentos armados de lanzas y flechas, guerreros menudos negros, morenos árabes con toscos mosquetes y hombres blancos con poderosos rifles y armas para matar elefantes. Los hombres blancos habían sido los últimos en llegar y eran los peores. Sin embargo, Tantor no odiaba a los hombres, ni siquiera a los blancos. Odio, venganza, envidia, avaricia y lujuria son algunas de las deliciosas emociones reservadas exclusivamente a la obra más noble de la Naturaleza; los animales inferiores no las conocen. Tampoco conocen el miedo como lo conoce el hombre, sino como cierta precaución valiente que hace que el antílope y la cebra compartan precavidos abrevadero con el león. Tantor tenía en común esta precaución con sus compañeros y evitaba a los hombres, en especial a los hombres blancos; y así, si aquel día hubiera habido allí otros ojos, su poseedor habría podido cuestionarse la veracidad de lo que veían, o atribuir su error a la penumbra del bosque, cuando escudriñaran la figura que yacía despatarrada sobre el rugoso lomo del elefante, medio adormilada por el calor y el balanceo del gran cuerpo; pues, a pesar del pellejo bronceado por el sol, la figura correspondía a la de un hombre blanco. Pero no había otros ojos para ver. Tantor dormitaba al calor del mediodía y Tarzán, señor de la jungla, permanecía soñoliento en el lomo de su poderoso amigo. Sopló una corriente de aire del norte, que no trajo al aguzado olfato del hombre mono ninguna percepción inquietante. La jungla estaba en paz y las dos bestias se hallaban satisfechas. En la selva, Fahd y Motlog, de la tribu al-Harb, cazaban en el norte procedentes del manzil del jeque Ibn Jad del fandí al-Guad. Los acompañaban dos esclavos negros. Avanzaban con cautela y en silencio, siguiendo el rastro fresco de al-fil el elefante, pensando los dos árabes en el marfil y en carne fresca los esclavos negros. El abd Fejjuan, el esclavo negro de Galla, delgado guerrero que comía carne cruda y era un hambriento cazador, dirigía a los demás. Fejjuan, al igual que sus camaradas, pensaba en la carne fresca, pero también en al-Habash, la tierra de la que le habían secuestrado cuando era niño. Pensaba volver a la solitaria cabaña de sus padres en Galla. Quizás al-Habash no estaba muy lejos. Durante meses, Ibn Jad había viajado hacia el sur y ahora llevaban mucho tiempo marchando hacia el este, por lo que al-Habash debía de estar cerca. Cuando estuviera seguro de ello, sus días de esclavitud habrían terminado, e Ibn Jad perdería a su mejor esclavo. A dos días de marcha, en el extremo sur de Abisinia, se encontraba la redonda morada del padre de Fejjuan, prácticamente en la ruta apenas trazada que Ibn Jad había planeado no hacía ni un año, cuando había emprendido esa descabellada aventura siguiendo el consejo de un Sahar erudito, mago reputado. Pero Fejjuan ignoraba la ubicación exacta de la casa de su padre y los planes exactos de Ibn Jad. No hacía sino soñar, y sus sueños estaban jalonados de carne cruda. Las hojas de la selva dormitaban bajo el calor, por encima de las cabezas de los cazadores. Bajo las hojas de otros árboles, más adelante, a un tiro de piedra, Tarzán y Tantor sesteaban momentáneamente, amodorradas sus facultades perceptivas por el efecto calmante de la seguridad imaginaria, y por la somnolencia, corolario del mediodía ecuatorial. Fejjuan, el esclavo de Galla, se paró en seco, deteniendo a los que iban detrás de él con el silencioso mandato de una mano levantada. Ante él, vislumbrado entre los troncos a través del follaje, oscilaba el bulto gigantesco de al-fil. Fejjuan hizo señas a Fahd, quien con cautela se colocó junto al negro. El esclavo de Galla señaló entre el follaje hacia un pellejo gris y Fahd se llevó al hombro al-Lazzarí, su antiguo arcabuz. Hubo un destello, un estallido de humo, un rugido, y al-fil, ileso, se precipitó selva adentro. Cuando Tantor echó a andar al oír el disparo, Tarzán se incorporó y se sentó en el mismo instante en que el paquidermo pasaba por debajo de una rama baja, que golpeó al hombre mono en la cabeza y le hizo caer al suelo, donde quedó inconsciente. Aterrado, Tantor sólo pensaba en escapar mientras corría hacia el norte, dejando a su paso árboles caídos y arbustos pisoteados. Quizá no sabía que su amigo yacía indefenso y herido, a merced del enemigo común, el hombre. Tantor no consideraba a Tarzán un tarmangani, pues el hombre blanco era sinónimo de incomodidad, dolor, irritación, mientras que para él, Tarzán de los Monos era sinónimo de compañía, paz, felicidad. De todas las bestias de la jungla, excepto las de su propia especie, sólo confraternizaba con Tarzán. -¡Billah! Habéis fallado -exclamó Fejjuan. -¡Gluck! -exclamó Fahd-. Sheytan ha guiado la bala. Pero veamos, quizás al-fil está herido. -No, habéis fallado. Los dos hombres avanzaron seguidos por sus compañeros, buscando el tan esperado rastro de sangre. Fahd se paró de pronto. -¡Wallah! ¿Qué tenemos aquí? -preguntó en voz alta-. He disparado al al-fil y he matado a un nasraní. Los demás se acercaron a él. -En verdad es un perro cristiano, y está desnudo -dijo Motlog. -0 un hombre salvaje de la jungla -sugirió otro-. ¿Por qué tu bala le ha dado a él, Fahd? Se agacharon y dieron la vuelta a Tarzán. -No tiene ninguna señal de bala. -¿Está muerto? A lo mejor también él cazaba al al-fil y la gran bestia le mató. -No está muerto -anunció Fejjuan, arrodillado y con una oreja sobre el corazón del hombre mono-. Vive. A juzgar por la señal que tiene en la cabeza, creo que está inconsciente porque ha recibido un golpe. Mirad, está en el camino por el que se ha ido corriendo al-fil; le ha derribado al huir. -Le remataré -dijo Fahd, sacando su juxa. -¡No, por Alá! Guarda ese cuchillo, Fahd -ordenó Motlog-. Deja que el jeque diga si hay que matarle. Tú siempre tan sediento de sangre. -No es más que un nasraní -insistió Fahd-. ¿Piensas llevarlo de nuevo al manzil? -Se mueve -dijo Fejjuan-. Será capaz de andar sin ayuda. Pero quizá no venga con nosotros. ¡Mirad! Tiene el tamaño y los músculos de un gigante. ¡Wallah, qué hombre! -Átale -ordenó Fahd. Así pues, ataron con tiras de pellejo de camello las dos muñecas del hombre mono sobre su vientre, lo que les llevó un rato. Se dieron un gran susto cuando Tarzán abrió los ojos y los examinó lentamente de la cabeza a los pies. Meneó la cabeza, como un gran león, y entonces sus sentidos se despejaron. Reconoció a los árabes enseguida. -¿Por qué me habéis atado las muñecas? -les preguntó en su lengua-. ¡Desatadme! Fahd se echó a reír. -¿Piensas, nasraní, que eres algún gran jeque y puedes darnos órdenes como si fuéramos perros? -Soy Tarzán -replicó el hombre mono, como si dijera: «Soy el jeque de todos los jeques». -¡Tarzán! -exclamó Motlog. Y, después de llevarse a Fahd a un lado le dijo, bajando la voz -: De todos los hombres, teníamos que ofender precisamente a éste. En todas las aldeas por las que hemos pasado en las últimas dos semanas, hemos oído su nombre. «Esperad -decían -hasta que regrese Tarzán, el señor de la jungla. Él os matará cuando se entere de que habéis cogido esclavos en su región.» -Cuando saqué mi juxa no debiste impedirme que lo usara, Motlog -se quejó Fahd-. Pero aún no es demasiado tarde. -Llevó la mano al mango de su cuchillo. -¡Billah! ¡No! -gritó Motlog-. Hemos cogido esclavos en esta región. Están con nosotros y algunos escaparán. Supón que llevan al fandí la noticia de que nuestro gran jeque le ha matado. Ninguno de nosotros viviría para regresar a Beled al-Guad. -Entonces, llevémosle ante Ibn Jad enseguida, para que cargue con toda la responsabilidad -sugirió Fahd. -Wallah, hablas con sensatez -dijo Motlog-. Lo que haga el jeque con este hombre es asunto suyo. ¡Vamos! Cuando regresaron donde se encontraba Tarzán, éste los miró con aire inquisidor. -¿Qué habéis decidido hacer conmigo? -preguntó-. Si sois sensatos me cortaréis las ataduras y me llevaréis ante vuestro jefe. Deseo hablar con él. -Nosotros somos unos pobres hombres -dijo Motlog-. No nos corresponde decir lo que hay que hacer, y por tanto te llevaremos ante nuestro jeque y él decidirá. El jeque Ibn Jad, del fandí al-Guad, estaba sentado en cuclillas en el compartimiento abierto de hombres de su bait as-shar, y a su lado, en el mukab de su casa de pelo, estaba sentado Trollog, su hermano, y un joven beduino, Said, quien, sin duda alguna, encontraba menos atracción en la compañía del jeque que en la proximidad de su harén, cuyos alojamientos estaban separados del mukab únicamente por una cortina que llegaba hasta la altura del pecho, suspendida entre los palos del bait, lo que permitía vislumbrar ocasionalmente a Ateja, la hija de Ibn Jad. En ocasiones, también a Hirfa, su esposa, cosa que no aumentaba en absoluto la temperatura de Said. Mientras los hombres conversaban, las dos mujeres se ocupaban de las tareas propias de un ama de casa. Hirfa metía cordero en un gran jidda de hierro para hervirlo durante la próxima comida, mientras Ateja confeccionaba sandalias con una vieja bolsa de piel de camello impregnada con el jugo de los dátiles que había contenido durante muchos rahlak. Entretanto, no se perdían ni una palabra de la conversación que tenía lugar en el mukab. -Hemos recorrido mucho camino sin extraviarnos -observó Ibn Jad-, y el camino ha sido más largo porque no deseaba pasar por al-Habash; de lo contrario, los habitantes de esa región nos habrían atacado o seguido. Ahora podemos volver hacia el norte y entrar en al-Habash cerca del lugar donde el mago predijo que encontraríamos la ciudad del tesoro de Nimnir. -¿Y crees que encontraremos fácilmente esta ciudad de fábula, una vez nos hallemos en los límites de al-Habash? -preguntó Tollog, su hermano. -Sí, Wallah. La gente de tan al sur de al-Habash lo conocen; el propio Fejjuan es un habashí, y aunque nunca ha estado allí, oyó hablar de ello cuando era niño. Haremos prisioneros y, por la gracia de Alá, encontraremos la manera de tirarles de la lengua y arrancarles la verdad. -Por Alá, espero que no sea como el tesoro que hay en la gran roca alhawwars, de la llanura de Medain salih -observó Said-. Lo guarda un efrit en una torre de piedra, y dicen que si el tesoro saliera de allí, el desastre se abatiría sobre la humanidad; los hombres se volverían contra sus amigos e incluso contra sus hermanos, los hijos de sus padres y madres, y los reyes del mundo librarían batalla unos contra otros. -Sí -reafirmó Tollog-, oí decir a uno de los Hazim del fandí que un sabio magrebí llegó allí en uno de sus viajes, y consultando los signos cabalísticos de su libro de magia descubrió que en verdad el tesoro se encontraba allí. -Pero no osó tocarlo -dijo Said. -¡Billah! -exclamó Ibn Jad-. Pero no hay ningún efrit que proteja los tesoros de Nimmr. Nada más que carne y sangre Habush, a la que podemos vencer. Podremos llevarnos el tesoro. Alá quiera que sea tan fácil de encontrar como el tesoro de Geryeh - observó Said-, que está a una jornada al norte de Tabuk en las antiguas ruinas de una ciudad amurallada. Allí, cada viernes, las piezas de dinero salen de la tierra y corren por el desierto hasta la puesta de sol. -En cuanto lleguemos a Nimmr, no habrá ninguna dificultad en hallar el tesoro -los tranquilizó Ibn Jad-. Lo difícil será salir de al-Habash con el tesoro y la mujer. Si es tan hermosa como dijo el Sahar, los hombres de Nimmr la protegerán con mayor encono que al tesoro. -A menudo los magos mienten -advirtió Tollog. -¿Quién viene? -preguntó Ibn Jad, mirando hacia la jungla que rodeaba el manzil. -¡Billah! Son Fahd y Motlog que regresan de su cacería -dijo Tollog. -Quiera Alá que traigan carne y marfil. -Regresan demasiado pronto -dijo Said. -Pero no vienen con las manos vacías. -Ibn Jad señaló al gigante desnudo que acompañaba a los cazadores. El grupo que rodeaba a Tarzán se aproximó al bait del jeque y se detuvo. Envuelto en su sucio zob de calicó, y con la cabeza y la parte inferior de la cara cubierta por un pañuelo, Ibn Jad sólo exponía dos ojos malvados al atento escrutinio del hombre mono, que incluía a la vez el rostro marcado por la viruela y de mirada furtiva de Tollog, el hermano del jeque, y el semblante no mal parecido del joven Said. -¿Quién es aquí el jeque? -preguntó Tarzán en tono autoritario, algo que no casaba con las ataduras de sus muñecas. Ibn Jad permitió que el thorrib cayera de su rostro. -Wallah, yo soy el jeque -dijo-, y ¿por qué nombre se te conoce a ti, nasraní? -Me llaman Tarzán de los Monos, musulmán. -Tarzán de los Monos - musitó Ibn Jad-. He oído ese nombre. -Sin duda. No es desconocido para los cazadores de esclavos árabes. ¿Por qué razón, entonces, habéis venido a mi región, sabiendo que no permito que mi gente sea esclavizada? -No hemos venido por esclavos -le aseguró Ibn Jad-. Comerciamos con marfil de forma pacífica. -Mientes con descaro, musulmán -replicó Tarzán con calma-. Reconozco a los esclavos de Manyema y Galla que están en tu manzil, y sé que no están aquí por voluntad propia. Además, ¿no estaba yo presente cuando tus secuaces abrieron fuego contra el al-fil? ¿Llamas a eso comerciar con marfil de forma pacífica? ¡No! Eso es cazar, algo que Tarzán de los Monos no permite en su región. Sois invasores y cazadores. -¡Por Alá! Somos hombres honrados -exclamó Ibn Jad-. Fahd y Motlog sólo cazaban para comer. Si han disparado al al-fil debe de ser porque lo confundieron con otra bestia. -¡Basta! -gritó Tarzán-. Quítame las correas que me atan y prepárate para regresar al norte del que has venido. Tendrás una escolta y portadores hasta el Sudán. Allí yo me ocuparé de todo. -Hemos recorrido un largo camino y sólo deseamos comerciar en paz - insistió Ibn Jad-. Pagaremos a nuestros porteadores por su trabajo y no cogeremos esclavos; tampoco volveremos a disparar al al-fil. Déjanos seguir nuestro camino y cuando regresemos te pagaremos bien por darnos permiso para atravesar tu región. Tarzán negó con la cabeza. -¡No! Os marcharéis enseguida. ¡Vamos, desatadme! Ibn Jad entrecerró los ojos. -Te hemos ofrecido paz y beneficios, nasraní -dijo-; pero si prefieres que haya guerra, habrá guerra. Estás en nuestro poder; y recuerda que los enemigos muertos son inofensivos. Piénsalo. -Y añadió dirigiéndose a Fahd-: Llévatelo y átale los pies. -Ten cuidado, musulmán -advirtió Tarzán-. Los brazos del hombre mono son largos; pueden llegar lejos, incluso desde la muerte, y sus dedos pueden cerrarse en torno a tu garganta. -Hasta el anochecer tendrás tiempo para tomar una decisión, nasraní, y quizás entiendas que Ibn Jad no se irá hasta que haya conseguido aquello que ha venido a buscar. Entonces se llevaron a Tarzán. A cierta distancia del bait de Ibn Jad le empujaron para que entrara en una pequeña hayra; pero, una vez dentro de la tienda, fueron precisos tres hombres para arrojarle al suelo y atarle los tobillos, aunque ya tenía las muñecas atadas. En el bait del jeque los beduinos tomaban café aromatizado con clavo, canela y otras especias, mientras discutían la mala fortuna que les había sobrevenido; porque, a pesar de su bravata, Ibn Jad sabía muy bien que sólo la rapidez y las circunstancias más propicias podían estampar su aventura con el sello del éxito. -De no ser por Motlog -dijo Fahd-, ahora no tendríamos motivos para preocuparnos por el nasraní, pues yo tenía mi cuchillo listo para cortarle el cuello cuando Motlog se interpuso. -Y si el rumor de que le habían matado llegara hasta su región antes de otra puesta de sol, toda su gente se dispondría a pisarnos los talones. -Wellah -dijo Tollog, el hermano del jeque-, ojalá Fahd hubiera hecho lo que deseaba. Al fin y al cabo, ¿estaremos mejor si permitimos que el nasraní siga vivo? Si le liberáramos, sabemos que reunirá a su gente y nos echará del país. Si le hacemos prisionero y cualquier esclavo, después de escaparse, llevara la noticia a su gente, ¿no caerían sobre nosotros con la misma ferocidad que si le hubiésemos matado? -Tollog, dices palabras sabias -dijo Ibn Jad, mientras asentía con la cabeza para mostrarse de acuerdo. -Pero aguarda -dijo Tollog-; anidan en mi interior palabras de mayor valor aún. -Se inclinó hacia delante haciendo señas a los otros para que se acercaran, y bajó la voz antes de proseguir-. Si éste al que llaman Tarzán escapa durante la noche, o lo liberamos, no habrá rumor que ningún esclavo huido pudiera llevar a su gente. -¡Billah! -exclamó Fahd con disgusto-. No habría necesidad de que un esclavo huido llevara la noticia a su gente; el propio nasraní lo haría y nos la echaría encima. ¡Bah! El cerebro de Tollog es como el excremento de un camello. -No has oído todo lo que tengo que decir, hermano -prosiguió Tollog, que hizo caso omiso de Fahd-. Tan sólo los esclavos creerían que este hombre ha escapado, pues por la mañana ya no estaría entre nosotros y nosotros nos lamentaríamos mucho por ello, o diríamos: «Wallah, en verdad Ibn Jad hizo las paces con el extranjero, que partió hacia la jungla después de bendecirle». -No te sigo, hermano -dijo Ibn Jad. -El nasraní está atado en su hejr. La noche será oscura. Bastaría con hundir un delgado cuchillo entre sus costillas. Hay Habush leales entre nosotros que nos seguirían el juego, y que mantendrían la boca cerrada. Pueden cavar un foso desde cuyo fondo Tarzán, muerto, no podrá hacernos ningún daño. -Por Alá, es evidente que llevas sangre de jeque, Tollog. Tú te ocuparás de todo el asunto. Así todo se hará bien y en secreto. ¡Que Alá te bendiga! -E Ibn Jad se levantó y entró en su harén.
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