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Capítulo II

II

Camaradas de la selva

Cayó la oscuridad en el manzil del jeque Ibn Jad. Bajo la pequeña tienda adonde sus captores lo habían llevado, Tarzán seguía forcejeando con las ataduras que le sujetaban las muñecas, pero el duro cuero de camello resistía incluso la fuerza de sus gigantescos músculos. A veces, yacía escuchando los ruidos nocturnos de la jungla; muchos de ellos no podría haberlos captado ningún otro oído humano, pero él jamás se confundía al interpretarlos. Sabía cuándo pasaba Numa, y Sheeta, la pantera; y a lo lejos, tan débil que no era más que la sombra de un susurro, llegaba con el viento el bramido de un elefante macho.  Fuera del bait de Ibn Jad, Ateja, la hija del jeque, paseaba con Said.

Iban muy juntos y el hombre le cogía las manos.

-Dime, Ateja -dijo-, que no amas a nadie más que a Said.

-¿Cuántas veces tengo que decírtelo? -musitó la muchacha.

-¿Y no amas a Fahd? -insistió el hombre.

-¡Billah, no! -exclamó ella.

-Sin embargo, a juzgar por tu padre da la impresión de que un día serás de Fahd.

-Mi padre desea que yo forme parte del harén de Fahd, pero yo desconfío de ese hombre, y no podría pertenecer a alguien que no gozara de mi amor y de mi confianza.

-Yo también desconfío de Fahd -dijo Said-. Escucha, Ateja. Dudo de su lealtad hacia tu padre, y no sólo de la suya, sino de la de otro cuyo nombre no me atrevo ni a susurrar. En ocasiones los he visto cuchichear cuando creían que no había nadie cerca.

La muchacha meneó la cabeza.

-Lo sé. Ni siquiera es necesario que me digas su nombre; yo le odio tanto como a Fahd.

-Pero es uno de tus parientes -le recordó el joven.

-¿Y qué? ¿No es también el hermano de mi padre? Si este vínculo no le obliga a guardar lealtad a Ibn Jad, que tan bien le ha tratado, ¿por qué debería yo fingir lealtad por él? No, creo que es un traidor, pero Ibn Jad parece ciego a este hecho. Estamos muy lejos de nuestro país y si algo le sucediera al jeque, Tollog, que es el siguiente en la línea de sucesión, ocuparía su puesto con todos los deberes y honores. Creo que se ganó el favor de Fahd con la promesa de favorecerle ante mi padre, pues he observado que Tollog se esfuerza por alabar a Fahd cuando está al alcance del oído de mi padre.

-Y quizá le prometió también una parte del botín que obtengan en la ciudad del tesoro -sugirió Said.

-Es probable -coincidió la muchacha-, y... ¡Alá! ¿Qué ha sido eso?

Los beduinos, sentados en torno a la fogata, se pusieron en pie de un salto. Los esclavos negros, sobresaltados, atisbaron en la oscuridad desde sus toscos refugios. Después, cogieron los mosquetes. El silencio se adueñó de nuevo del manzil, pero el extraño y horripilante grito que los había puesto en alerta no volvió a repetirse.

-¡Billah! -exclamó Ibn Jad-. Venía del centro del manzil, y era la voz de una bestia donde sólo hay hombres y unos cuantos animales domésticos.

-¿Pudo ser...? -El que hablaba se interrumpió como si temiera que lo que estaba a punto de sugerir pudiera ser cierto.

-Pero él es un hombre, y ésta ha sido la voz de una bestia -insistió Ibn Jad-. No puede haber sido él.

-Pero es un nasraní -recordó Fahd-. Quizás esté aliado con Sheytan.

-El sonido provenía de la hayra donde está atado -observó otro.

-¡Vamos a investigar! -indicó Ibn Jad.

Mosquetes en alto, los árabes, alumbrando el camino con linternas de papel, se aproximaron a la hayra donde yacía Tarzán. Muy asustado, el primero miró dentro.

-Aquí está -informó.

Tarzán, que estaba sentado en el centro de la tienda, miró al árabe con cierto desprecio. Ibn Jad entró.

-¿Has oído un grito? -preguntó al hombre mono.

-Sí, lo he oído. ¿Has venido, jeque Ibn Jad, a perturbar mi descanso por un asunto tan insignificante? ¿O has venido a liberarme?

-¿Qué clase de grito era? ¿Qué significaba? -preguntó Ibn Jad.

Tarzán de los Monos sonrió.

-Era el grito de una bestia a otra de su especie -respondió-. ¿Siempre tiembla de este modo un beduino tan noble, cuando oye las voces de los habitantes de la jungla?

-¡Gluck! -gruñó Ibn Jad-. Un beduino no teme a nada. Creíamos que el grito provenía de esta hayra y nos hemos apresurado creyendo que alguna bestia de la jungla se había introducido en el manzil con intención de atacarte. Ibn Jad tiene intención de liberarte por la mañana.

-¿Y por qué no esta noche?

-Mi gente te teme. Querrán que cuando te libere te marches de aquí inmediatamente.

-Lo haré. No tengo ninguna intención de permanecer en este manzil infestado de pulgas.

-No podemos dejarte a merced de los peligros de la jungla por la noche, donde caza al-adre -protestó el jeque.

Tarzán de los Monos volvió a sonreír con una de sus raras sonrisas.

-Tarzán está más a salvo en su frondosa selva que los beduinos en su desierto -replicó-. La jungla de noche no basta para aterrorizar a Tarzán.

-Mañana -espetó el jeque. Hizo una seña a sus seguidores y se marchó.

Tarzán observó cómo se alejaban las linternas de papel por el campamento hacia el bait del jeque, se tumbó en el suelo y pegó una oreja.

Cuando los habitantes del manzil árabe oyeron el grito de la bestia que quebró el silencio de la noche, cierta inquietud se apoderó de ellos, una inquietud que no tuvo mayores consecuencias. Sin embargo, había alguien lejos, en la jungla, que había captado débilmente la llamada y la comprendió: una bestia enorme, el gran acorazado gris de la jungla, Tantor el elefante. De nuevo alzó la trompa y lanzó su fuerte bramido.  Sus ojitos relucieron con maldad cuando, unos instantes después, se puso en movimiento a un rápido trote.

Poco a poco el silencio se extendió por el manzil del jeque Ibn Jad, a medida que el árabe y sus esclavos colocaban sus esteras para dormir.  Sólo el jeque y su hermano siguieron sentados en el bait de aquél, fumando y hablando en voz baja.

-No dejes que los esclavos te vean matar al nasraní, Tollog -advirtió Ibn Jad-. Ocúpate de ello tú mismo, en secreto y en silencio, y después despierta sin hacer mucho ruido a dos esclavos. Fejjuan sería muy adecuado, ya que ha estado con nosotros desde que era niño y es leal.  Abbas también es leal, y fuerte -sugirió Tollog.

-Sí, que sea el segundo -coincidió Ibn Jad-. Pero es mejor que no sepan cómo ha muerto el nasraní. Diles que has oído un ruido cerca de su hayra y que cuando te has dado cuenta de lo que era le has encontrado muerto.

-Puedes confiar en mi discreción, hermano -aseguró Tollog.

-Y adviérteles de que lo mantengan en secreto -prosiguió el jeque-. Nadie más que nosotros cuatro debe conocer la muerte del nasraní ni el lugar donde esté enterrado. Por la mañana explicaremos a los demás que escapó durante la noche. Deja sus ligaduras cortadas en la herja como prueba. ¿Entiendes?

-Por Alá, claro que sí.

-¡Bien! Ahora vete. Todos duermen.

El jeque se puso en pie y Tollog también. El primero entró en el aposento de su harén y el último avanzó con sigilo en la oscuridad de la noche, en dirección a la hayra donde se encontraba su víctima.  Tantor el elefante avanzaba por la jungla y las bestias, mansas y fieras, se apartaban a su paso. Incluso Numa el león se dejó caer a un lado, gruñendo, cuando pasó el poderoso paquidermo.  Tollog, el hermano del jeque, entró con cautela en la oscuridad de la hayra; pero Tarzán, que estaba con una oreja pegada al suelo, le había oído aproximarse nada más salir del bait de Ibn Jad. Oyó también otros sonidos; intuyó la precavida aproximación de Tollog y comprendió, cuando los pasos entraron en la tienda donde él se encontraba, el propósito de su visitante. ¿Con qué fin, si no el de quitarle la vida, visitaría un beduino a Tarzán a aquellas horas de la noche?  Cuando Tollog, palpando en la oscuridad, entró en la tienda, Tarzán se irguió y lanzó el horrible grito que antes había perturbado el manzil, aunque aquella vez Tollog no dudó de que salía de la hayra en la que se encontraba él.

El beduino se detuvo, pasmado.

-¡Alá! -exclamó, dando un paso atrás-. ¿Qué bestia hay aquí? ¡Nasraní! ¿Te están atacando?

Otros habitantes del campamento despertaron, aunque ninguno se atrevió a ir a investigar. Tarzán sonrió y se quedó callado.

-¡Nasraní! -volvió a llamar Tollog, pero no hubo respuesta.

Con cautela, cuchillo en mano, el beduino salió de la hayra. Aguzó el oído pero no percibió ningún sonido procedente del interior. Corrió a su bait, encendió una linterna de papel y se apresuró a volver a la hayra; aquella vez llevaba consigo el mosquete preparado. Al atisbar dentro, sosteniendo la linterna por encima de la cabeza, Tollog vio al hombre mono sentado en el suelo, mirándole. ¡No había ninguna bestia salvaje! Entonces el beduino comprendió.

-¡Billah! Has sido tú el que ha lanzado esos gritos terribles.

-Beduino, has venido a matar al nasraní, ¿verdad? -preguntó Tarzán.

Desde la jungla se oyó el rugido de un león y el bramido de un elefante macho, pero la cerca era alta, estaba cubierta de pinchos y había guardias y una fogata para proteger el campamento de las fieras, así que Tollog no prestó atención a aquellos ruidos nocturnos que le eran familiares. No respondió a la pregunta de Tarzán, sino que dejó el mosquete a un lado y sacó su juxa, lo cual, al fin y al cabo, constituía una respuesta bastante elocuente.

A la escasa luz de la linterna de papel, Tarzán observó estos preparativos. Vio la expresión cruel dibujarse en el rostro malévolo de su enemigo. Vio que el hombre se aproximaba muy despacio, con el cuchillo preparado en la mano.

El hombre se encontraba muy cerca y los ojos le brillaban en la escasa luz. A oídos del hombre mono llegó el ruido de un alboroto procedente del extremo del manzil, seguido por un juramento en árabe. Entonces Tollog dirigió un tajo al pecho de Tarzán. El prisionero alzó las muñecas atadas antes de apartar el brazo del beduino que sostenía el cuchillo, al mismo tiempo que se ponía de rodillas.

Tollog profirió un juramento y volvió a arremeter contra Tarzán, que esquivó el ataque y con un rápido movimiento de los brazos golpeó al beduino en el costado de la cabeza y le arrojó al otro lado de la hayra.  Tollog se puso en pie al instante y atacó de nuevo a Tarzán. Esta vez lo hacía con la ferocidad de un toro enloquecido, aunque al mismo tiempo empleaba mucha más astucia. Así, en lugar de intentar asestarle un golpe frontal directo, rodeó de un salto a Tarzán para atizarle por la espalda.

En su esfuerzo por darse la vuelta sobre las rodillas y ponerse de cara a su contrincante, el hombre mono, que tenía los pies atados, perdió el equilibrio y cayó de bruces a merced de Tollog. Una sonrisa maligna dejó al descubierto los dientes amarillos del beduino.

-¡Muere, nasraní! -gritó, y añadió-: ¡Billah! ¿Qué ha sido eso? -De pronto algo arrancó toda la tienda, para después arrojarla a la oscuridad de la noche. Tollog se volvió y un grito de terror brotó de sus labios cuando vio, con los ojos enrojecidos por la furia, la forma gigantesca del al-fil. En aquel mismo instante una flexible trompa le rodeó el cuerpo, levantó en vilo al hermano del jeque, y lo envió a hacer compañía a la tienda.

Por un instante, Tantor miró alrededor, furioso, desafiante; luego bajó la cabeza, cogió a Tarzán del suelo, lo levantó por encima de su cabeza, giró en redondo y cruzó al trote el manzil hacia la jungla. Un centinela aterrorizado disparó una vez y huyó. El otro centinela yacía aplastado y muerto donde Tantor le había arrojado al entrar en el campamento.  Un instante después, Tarzán y Tantor se fundían en la jungla y en su oscuridad.

Se armó un gran revuelo en el manzil del jeque Ibn Jad. Hombres armados corrían apresuradamente de un lado a otro, buscando la causa del alboroto, buscando un enemigo al que atacar. Algunos llegaron al lugar donde había estado la hayra en la que se había confinado al nasraní, pero tanto la hayra como el nasraní habían desaparecido.  Cerca, el bait de uno de los compinches de Ibn Jad había quedado aplastado. Debajo, las mujeres gritaban y un hombre maldecía. Encima estaba Tollog, el hermano del jeque, cuya boca parecía llena de imprecaciones, aunque tendría que haber alabado a Alá y haberlo colmado de palabras de agradecimiento, pues Tollog era en verdad un hombre muy afortunado. Si hubiera ido a parar a otro lugar, y no sobre un bait fuertemente anclado, sin duda habría acabado muerto o gravemente herido cuando Tantor lo arrojó por los aires.

Ibn Jad, que buscaba información, llegó en el momento en que Tollog se liberaba de los pliegues de la tienda.

-¡Billah! -exclamó el jeque-. ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué haces, hermano, encima del bait de Abd al-Aziz?  Un esclavo se acercó corriendo al jeque.El nasraní ha huido y se ha llevado la hayra consigo -gritó. Ibn Jad se volvió a Tollog.

-¿Puedes explicar esto, hermano? -preguntó-. ¿De veras ha huido el nasraní?

-Es cierto que el nasraní ha huido -respondió Tollo, Está confabulado con Sheytan, que ha ven¡-do disfrazado de al-fil y se ha llevado al nasraní a la jungla, después de arrojarme sobre el bait de Abd al-Aziz, a quien aún oigo gritar y maldecir debajo, como si le hubiera atacado a él, y no a mí.  Ibn Jad meneó la cabeza. Sabía perfectamente que Tollog era un mentiroso, siempre lo había sabido; sin embargo, no entendía cómo había llegado su hermano hasta allí.

-¿Qué han visto los centinelas? -preguntó el jeque-. ¿Dónde estaban?

-Estaban en sus puestos -dijo Motlog-. Yo me encontraba allí. Uno ha muerto; el otro ha disparado al intruso cuando escapaba.

-¿Y qué ha dicho? -pidió Ibn Jad.

-Wallah, ha dicho que al-fil ha entrado en el manzil, ha matado a Yemeny y se ha precipitado a la hayra donde el nasraní estaba atado, la ha arrancado y ha lanzado a Tollog por los aires. Luego ha cogido al prisionero y se lo ha llevado a la jungla, y cuando ha pasado por su lado Hasán ha disparado.

-Y ha fallado -adivinó Ibn Jad.

Por espacio de varios segundos el jeque permaneció pensativo; luego, se volvió lentamente hacia su bait y dijo:

-Mañana por la mañana, rahla.

Y rápidamente se propagó la noticia de que al día siguiente levantarían el campamento.

En el interior de la jungla, Tantor llevó a lomos a Tarzán hasta que llegaron a un pequeño claro alfombrado de hierba, donde el elefante depositó suavemente su carga en el suelo.

-Por la mañana -dijo Tarzán-, cuando Kudu el sol vuelva a cazar por los cielos y haya luz con la que ver, descubriremos qué se puede hacer para librarme de estas ataduras, Tantor; pero de momento vamos a dormir.  Numa el león, Dango la hiena y Sheeta la pantera pasaron cerca aquella noche, y el olor del indefenso hombre-cosa atrajo su olfato. Al ver quién lo protegía y oír los murmullos del gran macho, pasaron de largo junto al lugar donde dormía Tarzán de los Monos.

Al amanecer, el manzil de Ibn Jad se convirtió en un hervidero de actividad. Después de un frugal desayuno, las mujeres derribaron el bait del jeque, y ante esa señal el resto de casas de pelo también cayeron, y al cabo de una hora los árabes se dirigían hacia el norte, hacia al-Habash.  Los beduinos y sus mujeres montaban los ponis del desierto, que habían sobrevivido al largo viaje desde el norte, mientras los esclavos que habían traído con ellos de su propia región marchaban a pie delante y en la retaguardia de la columna, en calidad de askari, armados con mosquetes. Sus porteadores eran los nativos que habían cogido a su servicio a lo largo del camino. Éstos llevaban el equipaje del campamento y cuidaban de las cabras y las ovejas que llevaban.  Said montaba al lado de Ateja, la hija del jeque, y sus ojos acariciaban con más frecuencia el perfil de la muchacha que el sendero. Fahd, que iba cerca de Ibn Jad, lanzaba de vez en cuando una mirada de enojo en dirección a los dos. Tollog, el hermano del jeque, lo veía y sonreía.

-Said es un pretendiente más atrevido que tú, Fahd -susurró al joven.

-Le ha contado mentiras al oído; yo no le contaré ninguna -se quejó Fahd.

-Si el jeque se mostrara de acuerdo en que tú la cortejaras -sugirió Tollog.

-Pero no lo hace -espetó Fahd-. Una palabra tuya podría ayudarme. Me lo prometiste.

-Wallah, sí, pero mi hermano es demasiado indulgente -explicó Tollog-.

No le desagradas, Fahd, pero prefiere contentar a su hija, y por esa razón permite que sea ella quien elija.

-¿Qué puedo hacer entonces? -preguntó Fahd. -Si yo fuera jeque... - sugirió Tollog-. Pero no lo soy.

-Si tú fueras jeque, ¿qué ocurriría?

-Mi sobrina sería para el hombre que yo eligiera.

-Pero no eres jeque -le recordó Fahd.

Tollog se inclinó hacia Fahd y le susurró al oído:

-Un pretendiente tan atrevido como Said encontraría la manera de convertirme en jeque.

Fahd no respondió y siguió cabalgando en silencio, con la cabeza gacha y el entrecejo fruncido, pensativo.

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