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Capítulo IV

IV

Bolgani el gorila

Un porteador negro se cayó al trabarse el pie en una enredadera y arrojó su carga al suelo. Es por hechos tan insignificantes como éste por lo que surgen las crisis. En concreto, éste alteró toda la vida de James Hunter Blake, un norteamericano joven y rico, que estaba de caza mayor en África por primera vez con su amigo Wilbur Stimbol, quien había pasado tres semanas en la jungla dos años atrás y era, naturalmente, el que guiaba la expedición y una autoridad infalible en todo lo referente a la caza mayor, jungla africana, safari, comida, tiempo y negros. El que Stimbol tuviera veinticinco años más que Blake también aumentaba sus pretensiones de omnisciencia.

Estos factores, en sí mismos, no constituían la base de las crecientes diferencias entre ambos hombres, pues Blake era un joven de veinticinco años, de tendencia flemática, al que el egoísmo de Stimbol le divertía más que otra cosa. La primera riña se había producido en la estación terminal cuando, debido a la actitud dominante y el mal genio de Stimbol, todo el objeto de la expedición se había abandonado por necesidad y lo que tenía que haber sido un estudio medio científico de la vida salvaje de África con cámaras de cinematógrafo se había convertido en una cacería vulgar y corriente.

En la terminal, mientras estaba en marcha la operación de asegurar el equipo y un safari, Stimbol había ofendido e insultado de tal manera al operador de la cámara que éste los había abandonado para regresar a la costa. Blake se sintió decepcionado, pero decidió seguir adelante y conseguir cuantas imágenes pudiera con una cámara fotográfica. No era hombre que gustara de matar por el simple hecho de quitar una vida, y, según señalaban los planes originales, no había que matar animales salvo para comer, además de la media docena de trofeos que Stimbol deseaba añadir a su colección.

Desde entonces habían tenido uno o dos altercados por la forma que Stimbol tenía de tratar a los porteadores negros, aunque Blake esperaba que estos asuntos estuvieran zanjados y Stimbol había prometido ceder el gobierno del safari a Blake, y contenerse antes de maltratar de nuevo a los hombres.

Se habían adentrado más de lo que tenían previsto, habían tenido la peor de las suertes en cuestión de caza y estaban a punto de dar media vuelta y regresar a la estación terminal. Ahora le parecía a Blake que, después de todo, proseguirían sin mayores dificultades y que él y Stimbol regresarían juntos a América, amigos contra viento y marea; pero entonces a un porteador negro se le trabó el pie en una enredadera y tropezó, y la carga se le cayó al suelo.

Stimbol y Blake caminaban juntos justo delante del porteador y, como guiada por un poder maléfico, la carga se estrelló contra Stimbol- y le hizo caer al suelo. Stimbol y el porteador se pusieron en pie entre las risas de los negros que habían presenciado el accidente. Éste sonreía, pero aquél tenía el rostro enrojecido por la ira.

-¡Maldito canalla incapaz! -exclamó, y, antes de que Blake pudiera intervenir o el porteador protegerse de la ira del hombre blanco, saltó por encima de la carga caída y propinó un golpe tan fuerte a la cara del negro que le derribó, y cuando estuvo en el suelo le dio una patada en el costado. Sólo una; antes de que pudiera repetir la ofensa, Blake le agarró por el hombro, le hizo girar en redondo y le dio un puñetazo exactamente igual al que él había propinado al negro.

Stimbol cayó, rodó de costado y se llevó la mano a la automática que colgaba de su cadera, pero Blake fue más rápido aún.

-¡Ni se te ocurra! -espetó Blake con sequedad, apuntando a Stimbol con una pistola del calibre 45. Éste apartó la mano de la empuñadura de su pistola-. ¡Levántate! -ordenó Blake, y cuando el otro estuvo levantado, dijo-: Escúchame, Stimbol: se acabó. Tú y yo hemos terminado. Mañana por la mañana dividiremos safari y equipo, y, cojas la dirección que cojas, yo me iré en dirección contraria.

Blake había devuelto su pistola a la pistolera mientras hablaba; el negro se había levantado e intentaba cortar la sangre de su nariz, mientras los demás negros observaban ceñudos. Blake hizo una seña al porteador para que recogiera su carga y el safari se puso de nuevo en marcha; aquél fue un safari taciturno, sin risas ni canciones.  Blake montó el campamento en el primer terreno apropiado que encontraron, poco antes de mediodía para que la división del equipo, la comida y los hombres se hiciera durante la tarde y así ambos grupos pudieran partir temprano a la mañana siguiente.

Stimbol, hosco, no prestó ayuda alguna, pero cogió a un par de los askari, los nativos armados que actúan como soldados para los safaris, y salió a cazar. Había recorrido apenas un kilómetro y medio por un sendero de caza cubierto de un musgo que no había producido ruido alguno como respuesta a sus pasos, cuando uno de los nativos que iban delante levantó la mano en gesto de advertencia y se paró en seco.  Stimbol avanzó con cautela y el negro señaló hacia la jungla. Aquél vislumbró una masa negra que se alejaba lentamente de ellos.

-¿Qué es? -preguntó en un susurro.

-Gorila -respondió el negro.

Stimbol levantó el rifle y disparó a la figura que se retiraba. Al negro no le sorprendió que fallara.

-¡Diablos! -exclamó el blanco-. ¡Vamos, ve tras él! Tenemos que cogerlo. ¡Menudo trofeo!

La jungla era más despejada de lo usual y de cuando en cuando divisaban al gorila que se alejaba. Cada vez que disparaba, Stimbol fallaba. En su fuero interno, esto divertía y satisfacía a los negros, a quienes no les gustaba Stimbol.

A cierta distancia, Tarzán de los Monos, que cazaba con la tribu de Toyat, oyó el primer disparo y de inmediato subió a los árboles y corrió en la dirección de donde provenía el ruido. Estaba seguro de que el arma no había sido disparada por los beduinos, pues los conocía bien y sabía diferenciar entre los disparos de sus mosquetes y los de las armas modernas.

Pensó que quizás entre ellos hubiera un rifle, pues no era imposible, pero lo más probable era que el disparo anunciara la presencia de hombres blancos, y en el país de Tarzán era tarea suya saber qué extranjeros había y por qué. Por aquel tiempo no venían con frecuencia.  Tarzán lamentaba estas ocasiones, pues cuando llegaba el hombre blanco la paz y la felicidad se convertían en cosa del pasado.  El hombre mono siguió corriendo sin errar a través de los árboles, hacia la dirección de la que provenían los disparos, y al acercarse a la escena de la persecución de Bolgani el gorila oyó ruido de arbustos que eran aplastados y voces de hombres.

Bolgani huía con más prisa que precaución, concentrada su mente y su atención en huir del odiado tarmangani y del temible bastón de trueno que rugía cada vez que aquél lo divisaba. Había abandonado su cautela acostumbrada y se apresuraba a escapar por la jungla ajeno a cualquier otro enemigo que pudiera acechar su camino. Por eso no vio a Histah la serpiente enroscada en una rama que colgaba en un árbol próximo.  A la enorme pitón, que por naturaleza tiene mal genio y es irritable, la perturbaron y molestaron los ruidos de la persecución y de la huida, y el rugido del rifle. En cualquier otro momento habría permitido que un gorila macho adulto pasara sin molestarle, pero en su estado actual hubiese atacado al propio Tantor.

Sus ojos pequeños y brillantes miraban con fijeza, observando la aproximación del peludo Bolgani, y al pasar el gorila por debajo de la rama de la que colgaba, Histah se lanzó sobre su presa.  Cuando los grandes anillos, fuertes, implacables, silenciosos, envolvieron a Bolgani, éste intentó desgarrarlos. Grande es la fuerza de Bolgani, pero más grande aún es la de Histah la serpiente. Un único grito espantoso, casi humano, brotó de los labios de Bolgani al darse cuenta de la desgracia que le había sobrevenido, y entonces cayó al suelo arañando inútilmente los anillos de acero vivo que se apretaban cada vez con más fuerza para aplastarlo y quitarle la vida; aplastarlo hasta que sus huesos cedieran ante tan tremenda presión, hasta que sólo quedara pulpa triturada dentro de una salchicha que entraría en las fauces distendidas de la serpiente.

Fue esta imagen la que avistaron a un tiempo Stimbol y Tarzán;

Stimbol avanzaba torpemente a trompicones por la maleza, y Tarzán de los Monos, semidiós de la jungla, saltaba ágilmente entre el follaje de las ramas que se interponían en su camino.

Llegaron simultáneamente, aunque Tarzán era el único del grupo cuya presencia no sospechaban los demás, pues, como siempre, se había movido en silencio y con la mayor cautela, al desconocer la naturaleza de lo que iba a descubrir.

Cuando contempló la escena que se desarrollaba abajo, sus rápidos ojos y su conocimiento de la jungla le revelaron de un vistazo la historia completa de la tragedia de la que Bolgani era protagonista, y entonces vio a Stimbol que levantaba el rifle con intención de matar dos ejemplares de un solo tiro.

El corazón de Tarzán no albergaba un gran amor por Bolgani el gorila.  Desde la infancia, el peludo y gigantesco hombre bestia había sido el enemigo natural del hombre mono. Su primer combate mortal había sido con Bolgani. Durante años le había temido, o más bien lo había evitado con gran precaución, pues el temor de Tarzán era ignorante y, como había surgido en la infancia, había seguido evitando a Bolgani por la sencilla razón de que su propia gente, los grandes simios, lo hacían.  Pero en aquel momento, al ver al enorme bruto asediado por dos de los enemigos naturales tanto de los mangani como de Bolgani, una repentina lealtad brotó en su pecho, hasta tal punto que hizo desaparecer los prejuicios personales de toda una vida.

Se encontraba directamente encima de Stimbol, y con tal celeridad se coordinan la mente y los músculos del hombre mono, que cuando el norteamericano se llevaba el arma al hombro, Tarzán ya había saltado sobre su espalda y le había derribado; y antes de que Stimbol descubriera lo que le había sucedido, mucho antes de que pudiera ponerse en pie, tambaleante y soltando maldiciones, Tarzán, que le había desarmado arrebatándole el cuchillo de caza, había saltado sobre la masa formada por la pitón que se retorcía y el gorila que forcejeaba.  Stimbol se puso en pie dispuesto a matar, pero la escena que se desarrollaba ante su mirada le hizo olvidar temporalmente el deseo de venganza.

Desnudo salvo por un taparrabo, bronceado, con el pelo negro, un gigantesco hombre blanco peleaba con la temible pitón; y, al contemplarlo, Stimbol no pudo evitar temblar, pues era consciente de que los gruñidos graves característicos de una bestia que había oído procedían no sólo de los salvajes labios del gorila, sino de la garganta de aquel hombre-cosa casi divino que peleaba por él.

Unos dedos de acero rodearon a la pitón por detrás de la cabeza mientras los de la mano libre hundían el cuchillo de caza de Stimbol una y otra vez en el cuerpo de la serpiente, que se retorcía. Con la aparición en la batalla de un enemigo nuevo que representaba una mayor amenaza, Histah se vio obligada a liberar parcialmente a Bolgani. Al principio lo hizo con la intención de incluir a Tarzán en el mismo abrazo y aplastar a ambos al mismo tiempo; pero pronto descubrió que el hombrecosa peleón constituía una clara amenaza para su vida, tanto que precisaría de toda su atención. Por eso no tardó en desenroscarse de Bolgani, y en un frenesí de rabia y dolor estiró toda su longitud en un latigazo de furiosa destrucción con intención de rodear al hombre mono; pero al aproximarse sus anillos, la afilada punta del cuchillo se hundió en su carne.

Bolgani, con la chispa de la vida casi agotada, yacía jadeante en el suelo, incapaz de acudir en ayuda de su salvador, mientras Stimbol, que miraba con ojos como platos, presa del sobrecogimiento y del terror, mantenía una distancia prudente, olvidando momentáneamente su afán de trofeos y su sed de venganza.

Así se enfrentó Tarzán, con una sola mano, a una de las más poderosas creaciones de la Naturaleza en un duelo a muerte, cuyo resultado parecía previsible para el norteamericano, pues ¿qué hombre nacido de mujer podía esperar escapar, sin ayuda, del abrazo de los mortales anillos de una pitón?

Histah ya había rodeado el torso y una pierna del hombre mono, pero sus poderes de constricción, mermados por las terribles heridas que había recibido, aún no habían sido capaces de aplastar a su adversario y reducirlo a la indefensión. Éste, por su parte, concentraba toda su atención y la pesada hoja del cuchillo de caza en una sola porción del cuerpo debilitado, en un intento de partir en dos a Histah.  Hombre y serpiente estaban ensangrentados; y de sangre estaba salpicada la hierba bajo sus pies, rojos los arbustos a varios metros en todas direcciones, ya que, en un último esfuerzo, Histah había cerrado sus grandes anillos espasmódicamente en torno a su víctima, en el preciso instante en que Tarzán, con un poderoso golpe de gancho, atravesaba las vértebras de la gran serpiente.

La parte inferior, que se retorcía sin cabeza, cayó a un lado. El hombre mono, sin dejar de pelear con lo que quedaba recurriendo a todas las reservas de fuerza sobrehumana, fue separando los anillos de su cuerpo lentamente y con gran esfuerzo, y arrojó a la moribunda Histah lejos de sí. Luego, sin mirar a Stimbol, se volvió a Bolgani.

-¿Estás herido de muerte? -preguntó en el lenguaje de los grandes simios.

-No -respondió el gorila-. ¡Soy Bolgani! ¡Yo mato tarmangani!

-Yo soy Tarzán de los Monos -dijo el hombre mono-. Yo te he salvado de Histah.

-¿No has venido a matar a Bolgani? -preguntó el gorila.

-No. Seamos amigos.

Bolgani frunció las cejas en un esfuerzo por concentrarse en tan notable problema. Después habló:

-Seremos amigos -dijo-. El tarmangani que tienes a tu espalda nos matará a los dos con su bastón de trueno. Matémosle antes.  Se puso en pie penosamente.

-No -replicó Tarzán-._ Enviaré lejos al tarmangani.

-¿Tú? No se irá.

-Soy Tarzán, señor de la jungla -declaró el hombre mono-. Lo que dice Tarzán es ley en ésta.

Stimbol, que había estado observando, tenía la impresión de que el hombre y la bestia se estaban gruñendo uno a otro y que iban a entablar un nuevo duelo. Si hubiera adivinado la verdad y sospechado que le consideraban un enemigo común, se habría sentido menos tranquilo.  Una vez que había recuperado el rifle, echó a andar hacia Tarzán justo cuando éste se volvía para dirigirse a él.

-Hazte a un lado, amigo -dijo Stimbol-, mientras acabo con ese gorila.

Después de la experiencia que acabas de tener con la serpiente, dudo que quieras que también esa bestia salte sobre ti.  El norteamericano no estaba demasiado seguro de qué actitud adoptaría aquel gigante, pues tenía muy claro en su mente la manera desconcertante en que se había presentado el salvaje. Sin embargo, se sentía a salvo porque tenía un rifle, mientras que el otro iba desarmado, y suponía que el gigante se alegraría de que le salvara de las atenciones del gorila, el cual, por el conocimiento que Stimbol creía tener de estas bestias, le parecía a todas luces amenazador.

Tarzán se situó directamente entre Bolgani y el cazador y observó a este último con expresión pensativa.

-Baja el rifle- dijo-. No vas a matar al gorila.

-¿Cómo que no? -exclamó Stimbol-. ¿Para qué supones que he estado persiguiéndolo por toda la jungla?

-Por una equivocación -respondió Tarzán.

-¿Qué equivocación? -preguntó Stimbol.

-La de que ibas a dispararle. No lo harás.

-Veamos, joven, ¿sabes quién soy?

-No me interesa saberlo -declaró Tarzán con frialdad.

-Bueno, será mejor que lo sepas. Soy Wilbur Stimbol, de Stimbol & Company, corredores de bolsa, Nueva York.

Era un nombre prestigioso... en Nueva York. Incluso en París y en Londres había abierto muchas puertas, doblado muchas rodillas. Raras eran las ocasiones en que ese hombre arrogante no se había salido con la suya.

-¿Qué haces en mi país? -preguntó el hombre mono, haciendo caso omiso de la información que había dado Stimbol acerca de su identidad.

-¿Tu país? ¿Quién diablos eres tú?

Tarzán se volvió hacia los dos negros que se habían quedado de pie a espaldas de Stimbol, a un lado.

-Soy Tarzán de los Monos -les dijo en su dialecto-. ¿Qué hace este hombre en mi país? ¿Cuántos hay en su grupo?, ¿cuántos hombres blancos?

-Gran bwana -dijo uno de los hombres con sincera deferencia-, hemos sabido que eras Tarzán de los Monos en cuanto te hemos visto saltar por los árboles y matar a la gran serpiente. No hay otro en toda la jungla que sea capaz de algo parecido. Este hombre blanco es un mal amo. Hay otro hombre blanco con él. El otro es bueno. Han venido a cazar a Simba el león y otras fieras. No tienen suerte. Mañana regresan.

-¿Dónde está su campamento? -preguntó Tarzán.

El negro que había hablado señaló.

-No está lejos -dijo.

El hombre mono se volvió a Stimbol.

-Regresa a tu campamento- dijo-. Yo iré más tarde, esta noche, y hablaré contigo y tu compañero. Entre tanto, no caces más que para comer mientras estés en el país de Tarzán.

Había algo en el tono de voz y en la actitud del extraño que logró por fin penetrar la espesa sensibilidad de Stimbol y le causó una especie de sobrecogimiento, algo que apenas había experimentado en el pasado, excepto en presencia de una riqueza superior a la suya. No respondió. Se quedó quieto y observó al bronceado gigante volverse hacia el gorila.  Durante un momento, oyó cómo se gruñían uno al otro y después, para su sorpresa, los vio alejarse juntos por la jungla. Cuando el follaje se cerró tras ellos, se quitó el salacot y se secó el sudor de la frente con un pañuelo de seda mientras permanecía con la mirada clavada en las verdes ramas que se habían separado para recibir a tan extraña pareja.  Por fin, se volvió a sus hombres tras proferir una maldición.

-¡Un día entero perdido! -se quejó-. ¿Quién es ese tipo? Al parecer le conocéis.

-Es Tarzán -respondió uno de los negros.

-¿Tarzán? Nunca he oído hablar de él -espetó Stimbol.

-Todos los que conocen la jungla conocen a Tarzán.

-¡Bah! -exclamó Stimbol-. Ningún miserable salvaje dirá a Wilbur Stimbol dónde puede cazar y dónde no.

-Amo -dijo el negro que había hablado en primer lugar-, la palabra de Tarzán es ley en la jungla. No le ofendas.

No os pago, hatajo de necios, para que me deis consejos -espetó Stimbol-. Si yo digo a cazar, cazamos, y no lo olvidéis.  Pero en el camino de regreso al campamento no vieron ninguna fiera para cazar, o al menos Stimbol no vio ninguna, porque lo que veían los negros era cosa suya.

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