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Capítulo VI

VI

Ara el rayo

Antes del amanecer ya había actividad en el campamento, y a la hora señalada las mochilas estaban preparadas y todo estaba dispuesto. Los porteadores gandulearon mientras esperaban a que diera comienzo el safari que se dirigiría al este, en dirección a la costa. El follaje de un árbol cercano se agitó ante el rumor de una rama de laque saltó en pleno campamento, ligero como una pluma, Tarzán de los Monos.

Exclamaciones de sorpresa corrieron de boca en boca de los negros, una especie de sorpresa matizada por el terror. El hombre mono se volvió hacia ellos y les habló en su propio dialecto.

-Soy Tarzán de los Monos -dijo-, señor de la jungla. Habéis traído al hombre blanco a mis dominios para que mate a mis gentes. Eso no me complace. Aquellos de vosotros que queráis seguir vivos para volver a vuestras casas, junto a vuestras familias, haréis bien en escucharme y hacer todo cuanto Tarzán ordene.

-Tú -dijo señalando al portavoz de los cabecillas- acompañarás al joven hombre blanco, al que permitiré fotografiar mis tierras donde quiera y cuando quiera. Escoge a la mitad de hombres del safari para que acompañen al joven bwana. Y tú -dijo a otro de los cabecillas-, coge a los hombres que queden y escolta al viejo bwana hacia la estación, a través de la ruta más directa y sin pausa. No se le permitirá cazar y nadie matará excepto en caso de necesidad o de ataque. No me falléis.  Recordad siempre que Tarzán os observa, y que Tarzán nunca olvida.

Entonces se volvió hacia el hombre blanco.

-Blake -dijo-, ya lo he dispuesto todo. Puedes marcharte cuando quieras con tu propio safari e ir adonde quieras. La cuestión de si puedes o no cazar depende de ti. Eres el invitado de Tarzán.

-Y a ti -dijo dirigiéndose a Stimbol- te guiarán por el camino más corto, lejos de este lugar. Te permito llevar armas y emplearlas en defensa propia. Si abusas de dicho permiso, te las quitaré. No caces, ni siquiera por comida; el cabecilla se encargará de eso.

-¡Eh, un momento, un momento! -fanfarroneó Stimbol-. Si de veras creéis que voy a permitir semejante violación de mis derechos como ciudadano americano, estáis muy equivocados. Yo podría comprar y vender esta maldita jungla contigo dentro unas cuarenta veces, sin que mi cuenta bancaria llegara a acusarlo. Por el amor de Dios, Blake, dile a este pobre imbécil quién soy antes de que meta la pata hasta el fondo.  Tarzán se volvió hacia el cabecilla que había elegido para guiar a Stimbol.

-Podéis cargar los bultos y partir -dijo-. Si este hombre blanco no os sigue, dejadlo atrás. Cuidad bien de él si me obedece, y acompañadlo a salvo hasta la estación. Obedeced sus órdenes si no entran en conflicto con las que yo os he dado. ¡Marchad!

Un momento después el safari de Stimbol se dispuso a partir y, a petición de Tarzán, el de Blake también empezó a levantar el campamento. Stimbol juró y perjuró, pero sus hombres, que le ignoraban malhumorados, atravesaron la jungla en dirección este. Tarzán se había marchado después de colgarse de los árboles y desaparecer entre el espeso follaje, y finalmente Stimbol se quedó solo en el campamento abandonado.

Frustrado, humillado, casi al borde de un estallido de rabia, corrió detrás de sus hombres, gritando órdenes y amenazas que nadie pareció escuchar. Ese mismo día, más tarde, hosco y silencioso, caminó a la cabeza de la larga fila de porteadores y askari, convencido al final de que el poder del hombre mono superaba al suyo; pero en su corazón anidaba el resentimiento, mientras que en su mente hervían planes de venganza, planes que él mismo daba por fútiles.

Tarzán, queriendo asegurarse de que se obedecían sus instrucciones, se había adelantado un buen trecho colgado de los árboles, y aguardaba en la horcajadura de un árbol plantado junto a un sendero por el que Stimbol debía pasar. En la distancia pudo oír el rumor de un safari. En el mismo sendero, pero proveniente del extremo opuesto, algo se acercaba. El hombre mono no podía verlo, pero sabía qué era. Por encima de las oscuras copas de los árboles las nubes se formaban a baja altura, aunque en la jungla no soplaba ni una pizca de aire.  Por el sendero apareció un enorme, peludo y negro homínido. Tarzán de los Monos lo saludó cuando se acercó a la percha vegetal de la que colgaba.

-¡Bolgani! -llamó en un tono de voz muy grave. El gorila se detuvo, se irguió sobre los cuartos traseros y miró alrededor.

-Soy Tarzán -dijo el hombre mono. Bolgani gruñó.

-Soy Bolgani -respondió.

-Viene un tarmangani -advirtió Tarzán. -¡Mataré! -gruñó Bolgani.

-Deja pasar al tarmangani -dijo Tarzán-. Él y los suyos tienen muchos bastones de fuego. He ordenado a este tarmangani salir de la jungla.  Déjale pasar. Apártate un poco del sendero, que los estúpidos gomangani, y el tarmangani, que es más estúpido todavía, pasarán por aquí sin saber que Tarzán y Bolgani acechan.

En el oscuro cielo que se cernía sobre la jungla retumbó un trueno lejano. Ambas bestias levantaron la mirada para observar uno de los múltiples recursos, más salvaje y poderoso de lo que ellos eran capaces, de que disponía la Naturaleza.

-Pand el trueno caza en el cielo -comentó el hombre mono.

-Caza para Usha el cielo -dijo Bolgani.

-No tardaremos en oír a Usha corriendo a través de los árboles para escapar. -Tarzán observó las oscuras y bajas nubes-. Incluso Kudu el sol teme a Pand, y oculta su rostro cuando Pand sale a cazar.  Ara el rayo iluminó el cielo. Para ambas bestias el relámpago surgió del arco de Pand, y grandes gotas de lluvia comenzaron a caer poco después; era Meeta, la sangre de Usha el viento, que brotaba de sus muchas heridas.

La jungla pareció doblegarse ante semejante presión, aunque a esas alturas aún no hubiera más ruido que el que partía del trueno. Los árboles aguantaron el embate del viento, y Usha atravesó la espesura de la jungla. La oscuridad aumentó. Una densa cortina de lluvia cayó del cielo. Hojas y ramas salieron despedidas por la fuerza del viento, mientras los árboles invadían el espacio de otros árboles. Con ensordecedores rugidos, los elementos desataron la rabia acumulada. Las bestias se pusieron a cobijo del único poder al que tenían por supremo.  Tarzán se agazapó en la horcajadura de un enorme árbol, mientras con los brazos se protegía de la lluvia. Justo al otro lado del sendero, Bolgani se había sentado en cuclillas; parecía la personificación de la desdicha.  Esperaron, a falta de otra cosa mejor que hacer.

Por encima de sus cabezas la tormenta rugió con renovado brío. El trueno cayó, y su eco reverberó con estruendo. Se produjo una cegadora descarga de luz, y la rama sobre la que descansaba Tarzán se partió y rodó en dirección al sendero.

Paralizado, el hombre mono permaneció inmóvil donde había caído bajo la rama, que le cubría parcialmente el cuerpo.

La tormenta decidió partir tan rápidamente como había llegado. Kudu el sol impuso su luz por encima de las nubes. Bolgani, abatido y algo aterrorizado, siguió donde estaba, inmóvil y silencioso. No tenía ningún interés en llamar la atención de Pand el trueno.

Calado hasta los huesos, aterido de frío, furioso, Stimbol recorría el sendero embarrado. Ignoraba que su safari se encontraba ligeramente retrasado, ya que él no había dejado de avanzar, mientras que los porteadores se habían refugiado al amparo de los árboles.  Al doblar un recodo del sendero, tropezó de pronto con la rama que bloqueaba el camino. Al principio no vio el cuerpo del hombre que yacía inmóvil bajo su peso, pero al reconocerlo sintió que la esperanza volvía a cobrar forma en su corazón. Muerto Tarzán, sería libre para hacer lo que le viniera en gana; pero ¿de veras habría muerto el hombre mono?  Stimbol corrió hacia él, se agachó sobre una rodilla, y acercó el oído al pecho del hombre tumbado. Una expresión de decepción empañó la alegría de su rostro, y es que Tarzán no estaba muerto. De nuevo volvió a mudar la expresión de su rostro. Sus ojos brillaron con una chispa de inteligencia cuando se levantó para mirar hacia el sendero. ¡No veía a sus hombres por ninguna parte! Echó un rápido vistazo a su alrededor.  ¡Estaba a solas con el inconsciente responsable de su humillación!  Más bien creyó estar solo. No vio la peluda forma que había asomado en silencio desde su posición, al percibir con oído sensible el sonido de los pasos de Stimbol, y que en ese momento atisbaba por entre el follaje sin quitar ojo al hombre que estaba en pie y al hombre mono, que yacía tumbado.

Stimbol desenfundó un cuchillo de caza. Podía hundir la punta de acero en el corazón del salvaje y desandar a la carrera el sendero. Sus hombres le encontrarían esperándolos. Más tarde hallarían el cadáver de Tarzán, aunque nadie sabría cómo había muerto.  El hombre mono se movió; al parecer estaba recobrando la conciencia.

Stimbol se dio cuenta de que debía actuar rápidamente, y en ese momento un enorme brazo peludo surgió del follaje y una mano fuerte se cerró sobre su hombro. Soltó una maldición y se volvió hacia el horrible rostro de Bolgani. Intentó hundir el cuchillo de caza en el peludo hombro de su antagonista, pero el arma cayó al suelo de un manotazo y se perdió entre los arbustos.

Bolgani abrió la boca. Sus enormes colmillos amarillos se dirigían hacia la garganta de Stimbol cuando Tarzán abrió los ojos.

-¡Kreeg-ah! -gritó el hombre mono a modo de advertencia.

Bolgani se detuvo y observó a la bestia que había proferido el grito.

-Suéltale -dijo Tarzán.

-El tarmangani iba a matar a Tarzán -explicó el gorila-. Bolgani se lo impidió. ¡Bolgani matar! -gruñó con ferocidad.

-¡No! -respondió Tarzán-. ¡Suelta al tarmangani!

El gorila soltó su presa en cuanto el primero de los hombres del cazador surgió por el recodo del sendero, y al ver a los negros, y lo numerosos que eran, se puso más nervioso y aumentó su irritación.

-Vuelve a la jungla, Bolgani -sugirió Tarzán-. Tarzán se encargará de este tarmangani y de los gomangani.

El gorila se fundió en el follaje y las sombras propias de la jungla con un gruñido de despedida, mientras Tarzán de los Monos se volvía hacia Stimbol y sus muchachos.

-Considéralo un aviso, Stimbol -dijo el hombre mono-. Has tenido suerte de no haberte salido con la tuya, de no haberme matado. Vine por dos razones: una para comprobar que obedecías mis instrucciones, y la otra para protegerte de tus hombres. No me gustó cómo te miraban esta mañana en el campamento. No sería extraño que te perdieran en la jungla, lo cual pondría punto final a tu vida con tanta seguridad como un veneno o un cuchillo. Me sentía responsable de tu destino porque eres un hombre blanco, aunque ahora me has librado de cualquier obligación que pudiera sentir por cuestiones raciales.  -No voy a matarte, Stimbol, aunque lo merezcas; pero ahora tendrás que llegar a la costa por tus propios medios. Descubrirás sin duda que nunca se tienen suficientes amigos en la jungla, y que es mejor no hacer más enemigos de los imprescindibles. -Se volvió para dirigirse hacia los muchachos negros de Stimbol-. Tarzán de los Monos se irá por aquí, y quizá no volváis a verle. Cumplid con vuestro deber para con este hombre blanco, siempre y cuando obedezca las órdenes de Tarzán, ¡pero vigilad que no cace!

Con aquella advertencia final, el hombre mono saltó a las ramas inferiores de un árbol y desapareció.

Cuando Stimbol, después de preguntar repetidamente a sus hombres, descubrió que Tarzán había asegurado que no volverían a verlo, recuperó buena parte de su anterior seguridad en sí mismo, por no mencionar el egoísmo. De nuevo volvía a erigirse como líder de hombres, gritaba a los negros a voz en cuello, los maldecía y los ridiculizaba. Pensó que de esa manera los impresionaba con su grandeza. Creía que eran unos simplones a los que engañaría haciéndoles creer que no temía a Tarzán, al que, pensaba, sólo respetaban por cómo se pavoneaba cuando les daba órdenes. Ahora que Tarzán había prometido no volver, Stimbol se sentía a salvo para desobedecer sus deseos, y así lo demostró al disponer el primer campamento, donde avistó un antílope y, sin dudarlo un instante, abrió fuego y lo mató.

En el campamento de Stimbol reinaba el descontento. Los hombres se reunían en grupos y susurraban.

-Ha matado a un antílope y Tarzán se enfadará con nosotros -decían.

-Nos castigará -dijo uno de los cabecillas.

-El bwana es malo -dijo otro-. Ojalá estuviera muerto.

-No podemos matarle, eso ordenó Tarzán.

-Si lo abandonamos en la jungla, morirá.

Tarzán nos ordenó cumplir con nuestro deber.

-Así es, al menos siempre y cuando el hombre blanco respetara las órdenes de Tarzán.

-Le ha desobedecido.

-Entonces podemos abandonarlo.

Stimbol, exhausto por tan larga caminata, durmió como un tronco. Al despertar el sol brillaba en lo alto. Llamó a gritos al muchacho que hacía las veces de ayudante de cámara, pero nadie respondió. De nuevo volvió a gritar más alto, y además lanzó una maldición. Pero nadie se acercó.  No había un solo rumor en todo el campamento.

-¿Será puerco ese granuja? -gruño-. Cuando salga de aquí lamentará haber nacido.

Se levantó y se vistió. Mientras lo hacía, el profundo silencio del campamento llegó a impresionarle tanto que se sintió amenazado, de modo que se apresuró a salir de la tienda cuanto antes. Ya en el exterior, le bastó con echar un vistazo para comprobar la verdad al desnudo. No había un solo ser humano a la vista, y todos los bultos de las provisiones, a excepción de uno, habían desaparecido. ¡Le habían abandonado en mitad de África!

Tuvo un primer impulso de coger el rifle y echar a correr tras el rastro de los negros, pero después consideró el peligro que derivaría de semejante proceder. Se convenció de que la última cosa que debía hacer era volver a ponerse en manos de esos hombres, que habían demostrado no tener compasión al abandonarle ante la perspectiva de una muerte segura. Si lo que querían era librarse de él, encontrarían perfectamente un método más rápido y sencillo si Stimbol les imponía su presencia.  Sólo tenía una alternativa, que consistía en encontrar a Blake y seguir con él. Sabía que Blake jamás le abandonaría en plena jungla.  Los negros no le habían dejado sin provisiones, ni tampoco se habían llevado el rifle ni la munición, pero la dificultad que afrontaba Stimbol en ese momento era más cuestión de transporte que de alimentación. Tenía comida suficiente para algunos días, aunque también era consciente de que no podía cargar con ella por la jungla sin dejar atrás el rifle y la munición. Quedarse junto a la comida  resultaría igual de estúpido.

Blake regresaba a la costa por otra ruta; el hombre mono había asegurado que no seguiría al safari de Stimbol. Por tanto, pasarían años antes que otro ser humano transitara por aquel sendero de caza.  Sabía que le separaban de Blake dos jornadas de marcha, y que si viajaba ligero, siempre y cuando aquél no apretara el paso, tenía oportunidad de alcanzarle en cuestión de una semana. Con un poco de suerte, Blake no tardaría en descubrir buen material para sus fotografías y establecería un campamento permanente. En ese caso, Stimbol tendría ocasión de encontrarle mucho antes.

Se sintió mejor tras decidirse a diseñar su plan de acción. Después de un buen desayuno reunió algunas provisiones para hacer la mochila, suficientes para una semana, llenó el cinturón y los bolsillos de munición y emprendió el camino a lo largo del mismo sendero, pero en sentido contrario.

Le pareció fácil desandar el camino que había recorrido el día anterior; además, era la tercera vez que pasaba por allí, y no tuvo ninguna dificultad en alcanzar el campamento donde él y Blake se habían separado.

Al penetrar en el pequeño claro al atardecer, decidió seguir adelante y cubrir tanto terreno tras la pista de Blake como pudiera antes del anochecer; pese a todo, decidió descansar durante algunos minutos. Al sentarse de espaldas al tronco de un árbol no percibió el movimiento que agitaba la hierba de la jungla a escasos metros de donde se encontraba, aunque, de haberlo hecho, qué duda cabe de que no le hubiera prestado ninguna importancia.

Se levantó al terminar el cigarrillo, ordenó de nuevo la mochila y emprendió el camino en la misma dirección que los hombres de Blake habían tomado la mañana anterior; sin embargo, apenas había caminado un par de metros cuando un terrible gruñido le obligó a detenerse, un gruñido que partió de una mata de hierba que había a poca distancia de donde se encontraba. Casi de forma simultánea el margen de la hierba se separó, y en su lugar apareció la cabeza de un león, con su oscura y enorme melena.

Al verlo, Stimbol profirió un grito de horror. Se desprendió de la mochila, arrojó a un lado el rifle y echó a correr en dirección al árbol bajo el que había estado sentado. El león, que al parecer también estaba algo sorprendido, permaneció inmóvil por un instante sin quitarle ojo, y después emprendió la persecución con paso tranquilo.  Stimbol, después de echar un vistazo por encima del hombro, se sintió horrorizado al ver al león tan cerca de él y saberse tan lejos del árbol. Si la distancia puede confundir al ojo humano, la cercanía también puede tener, en según qué ocasiones, cierta ventaja. En ese caso, sirvió al hombre para aumentar la velocidad hasta tal punto que a él mismo le sorprendió y, pese a no ser joven, trepó con celeridad, por no decir con elegancia, a las ramas más bajas del árbol, algo que no hubiera sorprendido viniendo de un atleta formado.

Pero el león no se quedó atrás. Las férreas garras de Numa rozaron la bota del americano y le obligaron a trepar a las ramas más altas, donde se colgó inseguro mientras se esforzaba por recuperar el aliento y miraba hacia abajo, a las terribles fauces del carnívoro. Por un momento, Numa se limitó a gruñirle. Entonces, con un rugido terrible, se volvió y caminó majestuosamente hacia la mata de hierba de la que había surgido. Se detuvo para olisquear la mochila de provisiones de la que Stimbol se había desprendido y, con evidente disgusto al notar el olor del hombre en ella, la zarandeó con violencia. La mochila rodó a un lado y Numa se apartó sin dejar de mirarla con cierto desdén, pero entonces saltó con un gruñido sobre la mochila y la emprendió a zarpazos hasta destriparla completamente y esparcir su contenido por el suelo. Mordió latas y cajas hasta que apenas quedó un solo artículo intacto, mientras Stimbol seguía agazapado en el árbol, observando la destrucción de sus provisiones, completamente incapaz de actuar.

Una docena de veces se maldijo a sí mismo por haberse desprendido del rifle, y más de una docena clamó venganza a los cuatro vientos. Se consoló, sin embargo, al darse cuenta de que Blake no andaría muy lejos, y que con él encontraría provisiones de sobra, las cuales podría aumentar mediante el intercambio o la caza. Cuando se fuera el león, bajaría del árbol para seguir el rastro de Blake.

Numa, cansado del contenido de la mochila, volvió al lugar del que había surgido y se dirigió hacia la espesura, aunque de nuevo algo atrajo su atención. En esa ocasión se trataba del bastón de trueno del tarmangani. El león olisqueó el rifle abandonado, lo arañó con las zarpas y finalmente decidió cogerlo entre las fauces. Stimbol, que estaba horrorizado, no perdió detalle. ¿Qué pasaría si esa bestia rompía el arma? ¡Se vería privado de su única defensa, de su única forma de conseguir comida!

-¡Suéltala! -gritó Stimbol-. ¡Suéltala!

Numa hizo caso omiso de los gritos que profería el hombre-cosa, y siguió de camino a su guarida con el rifle a cuestas.  A Wilbur Stimbol, aquella tarde y aquella noche le parecieron durar una terrorífica eternidad. A lo largo del día, mientras la luz del sol iluminaba el claro, el león permaneció en la cercana mata de hierba alta, con lo que consiguió impedir al desdichado cazador reemprender la caminata en busca del campamento de Blake. Llegada la noche, el hombre no encontró ninguna razón para adentrarse en los inenarrables horrores que ofrecía la oscura jungla, aunque hubiera tenido la seguridad de que el león se había marchado y que ningún sonido le hubiera advertido de la cercana presencia del peligro; pero los sonidos le alertaban de dicha presencia. Desde poco después del anochecer hasta llegado el amanecer, oyó una auténtica miríada de aullidos, crujidos, toses, gruñidos y ladridos provenientes de la superficie, como si en el claro se congregara una verdadera cohorte de horribles bestias salvajes, justo al pie del árbol que parecía, cuando menos, un refugio bastante inseguro.

Al amanecer la jungla estaba silenciosa y tranquila a su alrededor, y al ver la mochila destrozada y las latas vacías, pudo imaginarse el auténtico festín del que habrían disfrutado las hienas, festín que sin duda constituiría un hito en la historia de la jungla. Numa había desaparecido dejando los restos de una presa a la que había matado, plato principal del banquete de las hienas al que sin duda Stimbol había proporcionado la guarnición.

Un tembloroso Stimbol bajó del árbol. Por la jungla, con la mirada inyectada en sangre y asustado ante el menor sonido, se deslizó un hombre andrajoso y hambriento, pero sobre todo aterrorizado. Pocos hubieran reconocido en él a Wilbur Stimbol, de Stimbol & Company, agentes de bolsa de Nueva York.

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