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Capítulo VII

VII

La cruz

La tormenta que descargó sobre el safari de Stimbol resultó aún más perjudicial para los planes de Jim Blake; un rayo cegador bastó para alterar el curso de toda su vida.

Acompañado por un solo negro, que llevaba su cámara y un rifle de más, Blake se había separado de la ruta directa que emprendió su safari con la intención de encontrar leones a los que fotografiar, puesto que todo parecía señalar que en las cercanías encontraría en abundancia a los grandes carnívoros.

Tenía intención de seguir una ruta paralela a la del grupo principal, y reunirse con ellos para acampar de noche. El muchacho que le acompañaba era inteligente y espabilado; habían acordado de antemano la dirección y velocidad de marcha del safari, y aquel muchacho cargaba con la responsabilidad de reunir a Blake con el resto del grupo. Éste había depositado toda su confianza en el muchacho, de modo que no prestó atención ni al tiempo ni a la dirección, y dedicó todas sus energías a la fascinante ocupación de buscar algo interesante que incluir en su estudio fotográfico.

Poco después de separarse del safari, Blake y su compañero encontraron una manada de siete u ocho leones, que incluía un excelente ejemplar de macho anciano, una vieja leona y cinco o seis leones jóvenes, algunos más crecidos que otros. Al ver a Blake y a su compañero, los leones abandonaron el lugar en el que estaban y se dirigieron hacia un bosque poco frondoso, seguidos por los hombres, que aguardaron armados de paciencia a que se dieran las condiciones ideales de tiempo, luz y movimiento que facilitaran al hombre blanco la labor que tenía entre manos.

En la mente del hombre negro figuraba la ruta del safari y su posición respecto al vagabundeo de la manada. Sabía a qué distancia y en qué dirección se encontraban él y su compañero respecto a su destino. Haber regresado al sendero transitado por el safari habría resultado sencillo para él, pero Blake, que dependía completamente del negro, no prestó atención ni al tiempo ni a la dirección.  Durante dos horas siguieron el rastro de la manada, animados cuando descubrían, de vez en cuando, a uno o varios miembros de ella, pese a que no llegaron a disfrutar de una sola oportunidad para hacer las instantáneas. Entonces el cielo se cubrió rápidamente de oscuras nubes, y al cabo de unos momentos estalló la tormenta con la furia terrible que sólo alcanzan las tormentas ecuatoriales. Un instante después, entre el ensordecedor rugido del i trueno, un cegador relámpago precipitó a Jim Hunter Blake al desastre.

¿Cuánto tiempo había yacido inmóvil, conmocionado por la impresión del relámpago que había caído apenas a unos pasos de donde se encontraba? Lo cierto es que no lo sabía. Cuando abrió los ojos, la tormenta había cesado y el sol brillaba rabiosamente en lo alto, a través de la densa vegetación del bosque. Seguía atontado y era incapaz de comprender la causa o la magnitud de la tragedia. Levantó la mirada lentamente, apoyado sobre un hombro, antes de mirar alrededor.  Una de las primeras cosas que vio fue vital para que recuperara rápidamente los sentidos. A menos de treinta metros de donde se encontraba, había un grupo de siete leones que le observaban con mucha atención. Las características de estos animales difieren tanto como difieren unos seres humanos de otros y, al igual que éstos, un león puede tener tanto un proceder particular como una idiosincrasia propia.  Los leones que inspeccionaban con seriedad al hombre-cosa apenas conocían a la especie humana; no habían visto más que a un puñado de hombres; nunca habían sido objeto de persecución; estaban bien alimentados y, finalmente, Blake no había hecho nada grave para molestar a sus sistemas nerviosos, que se irritaban con facilidad.  Afortunadamente para él, tan sólo sentían curiosidad.  Pero Blake lo ignoraba por completo. Sólo sabía que siete leones se encontraban a unos treinta metros de distancia, que no estaban en el interior de una jaula y, aunque los había perseguido para fotografiarlos, la cosa que más deseaba tener en ese momento no era su cámara, sino su rifle.

Con mucho sigilo, de modo que no pudiera importunarlos, miró alrededor en busca del rifle. Para su consternación no lo vio por ninguna parte. Tampoco vio al guía, que llevaba otro rifle. ¿Por dónde andaría?  Sin duda, atemorizado por los leones, habría huido. A unos ocho metros había un árbol de lo más acogedor. Blake se preguntó si los leones atacarían en cuanto se incorporara. Intentó recordar todo lo que había oído acerca de dichos felinos, y recordó un hecho que puede aplicarse a la mayoría de animales peligrosos: si se huye de ellos, emprenden la persecución. Para llegar al árbol era imprescindible caminar casi directamente hacia los leones.

Blake estaba sumido en la duda cuando uno de los leones más jóvenes dio unos pasos hacia él. Aquello zanjaba la cuestión, al menos en lo que a Blake concernía, ya que cuanto más se acercaran los leones, menos posibilidades tendría de cubrir la distancia que le separaba del árbol, siempre y cuando intentaran impedírselo.

En aquel gigantesco bosque, completamente rodeado de árboles, la naturaleza había tenido que escogerle precisamente a él, que se encontraba en mitad de un claro. Había un estupendo árbol a unos treinta metros, en dirección opuesta al claro donde se encontraban los leones. Blake lo miró durante un buen rato, antes de llevar a cabo un rápido cálculo mental. Si corría hacia el árbol más alejado, los leones tendrían que cubrir sesenta metros, mientras él recorría la mitad; si se inclinaba por el árbol más cercano, tendrían que recorrer veinticuatro metros, mientras él sólo debía cubrir unos seis. Qué duda cabía, por tanto, de que el árbol más cercano parecía el más adecuado para sus planes; las apuestas estaban en un dos a uno a su favor. Sin embargo, debía considerar el problema que supondría para su cordura correr directamente hacia las fauces de los siete leones en cuestión.  Jim Blake se sentía genuina y sinceramente atemorizado; pero, a menos que los leones fueran psicoanalistas, jamás lo habrían sospechado cuando se incorporó y empezó a caminar lentamente hacia ellos, y hacia el árbol. Lo más difícil sin duda fue conseguir que sus piernas respondieran a sus órdenes, porque la verdad es que al parecer preferían, echar a correr. Igual que sus pies, su corazón y su cerebro.  Sólo su voluntad mantenía las riendas de la situación.  Para Blake, aquéllos fueron momentos de tensión. Aquellos eran los primeros seis pasos que daba bajo la atenta mirada de siete leones. Vio que se ponían nerviosos. La leona se movió inquieta. El viejo macho gruñó. Un macho joven, el que se había aproximado, agitó los cuartos traseros al mover la cola, levantó la cabeza, descubrió sus colmillos y prosiguió sigilosamente con su acercamiento.

Blake estaba a punto de llegar al árbol cuando sucedió algo. Jamás supo de qué se trataba, pero, inexplicablemente, la leona le dio la espalda y se alejó mientras gemía en tono grave, y tras ella desaparecieron los demás.

El hombre recostó la espalda en el tronco y se abanicó con el salacot.

-¡Vaya! -exclamó antes de respirar hondo-. Espero no volver a ver un león hasta que visite el zoo de Central Park.

Pero olvidó incluso a los leones cuando, más tarde, descubrió algo después de gritar repetidas veces al muchacho negro. Nadie respondió a sus llamadas. Blake había decidido buscarle, aunque no tuvo que caminar mucho. Atrás, en el interior del claro, encontró restos de carne chamuscada y el cañón de un rifle ligeramente derretido y negro como el carbón. De la cámara no encontró ni un solo muelle. El rayo que dejó inconsciente a Blake debió de caer sobre el muchacho, al que mató instantáneamente, y había hecho explotar la munición, que destruyó la cámara y echó a perder el rifle que llevaba a la espalda.  Pero ¿qué habría sucedido con el rifle que Blake llevaba en las manos?

Buscó por todas partes, pero al no encontrarlo llegó a la conclusión de que sólo podía atribuir su desaparición a uno de esos sucesos extraños de los que son culpables las potentes descargas eléctricas cuando azotan con toda su furia a la pobre e indefensa especie humana.  Por fin, consciente de lo que había perdido, no tenía ni la menor idea de hacia qué dirección encontraría el supuesto campamento de su safari.  Blake echó a andar hacia donde esperaba encontrarlo, con la esperanza de acertar. Pero se equivocaba. El safari se movía en dirección nordeste, mientras él se dirigía hacia el norte.

Atravesó con dificultad la densa jungla durante dos días, aprovechando las ramas de los árboles para descansar. En una ocasión, su intranquilo sueño se vio perturbado cuando se movieron las ramas donde descansaba. Al despertar, sintió que un animal grande añadía su peso a la rama y vio dos ojos fieros que brillaban en la oscuridad. Blake sabía que debía de tratarse de un leopardo cuando empuñó la automática y disparó a quemarropa. El animal profirió un horrible alarido antes dar un brinco y caer al suelo. Blake no supo jamás si le había alcanzado. El animal no volvió a molestarle, pero a la mañana siguiente no encontró ni rastro de él.

Encontró, eso sí, agua y comida en abundancia, y a la mañana del tercer día salió del bosque al pie de unas montañas elevadas. Por primera vez desde hacía semanas tuvo ocasión de ver un pedazo de cielo azul abierto, de volver a ver el horizonte y todo lo que le separaba de él.  No había reparado en lo deprimido que se había sentido a causa de la oscuridad y de la espesura de la vegetación, de modo que, en aquel momento, experimentaba toda la riqueza espiritual de un convicto largamente privado de libertad y de la luz del día. El que le rescataran ya no suponía ningún problema; sólo era cuestión de tiempo. Quería cantar y gritar, pero optó por ahorrar energías y empezó a caminar hacia las montañas. No había encontrado ninguna población nativa en el bosque, por lo que pensó que, si no había topado con ninguna en una tierra bañada por el agua y repleta de caza, por fuerza tendría que encontrarla encumbrada en la montaña.

Al alcanzar una elevación del terreno descubrió a sus pies la boca de un cañón por cuyo lecho corría un arroyuelo. Los pueblos se edifican junto al agua.

Si seguía el arroyo acabaría encontrando un pueblo. ¡Qué fácil!  Descendió al arroyo, donde se sintió muy gratificado al descubrir un sendero que corría paralelo. Animado por la convicción de que no tardaría en encontrar algún que otro nativo, y con la seguridad de que no tendría ninguna dificultad en reclutarlo para buscar el paradero de su safari, Blake siguió sendero arriba, al interior del cañón.  Había cubierto más o menos cinco kilómetros sin descubrir rastro alguno de que aquel lugar estuviera habitado, cuando, al doblar el sendero, se encontró al pie de una cruz blanca de enormes proporciones.

Hecha de piedra caliza, se erguía en mitad del sendero y se alzaba sobre él hasta alcanzar los veinte metros. Erosionada por el paso del tiempo y la acción de los elementos, daba la impresión de poseer una gran antigüedad, impresión que parecían confirmar los restos de una inscripción casi completamente borrada que tenía en la grandiosa base.  Blake examinó la letra esculpida, pero no pudo descifrar su significado.  Los caracteres parecían de origen anglosajón, aunque no tenía más remedio que desechar la idea por ridícula. Sabía que no podía estar muy lejos de la frontera sur de Abisinia, y que los abisinios eran cristianos, lo que explicaba la existencia de la cruz. Sin embargo, no pudo explicarse la sensación de siniestra amenaza que aquel crucifijo solitario y antiguo le infundía. ¿Por qué? ¿A qué se debía? Allí de pie, muda y envejecida, parecía exigirle que desistiera, que no se aventurara más allá, que no osara entrar en el terreno de lo desconocido. Daba la impresión de estar advirtiéndole, pero no en virtud de la amabilidad y la protección, sino, más bien, con arrogancia, con odio.

Blake se echó a reír, sorprendido ante el curso que tomaban sus pensamientos y siguió adelante; pero al pasar junto al gran monolito blanco se santiguó, pese a no ser católico. Se preguntó qué le habría empujado a hacer algo tan extraño, pero no halló otra explicación que achacar su comportamiento al poder ignoto y a la fuerza de sugestión de que parecía impregnada aquella cruz.

El sendero se volvía más amplio al doblar otro recodo, custodiado por dos enormes pedazos de roca que parecían caídos de la cima de un precipicio que se elevaba por encima de su cabeza. Cada vez se acercaba más a los riscos: los tenía enfrente y a ambos lados. Debía de encontrarse cerca de la punta del cañón, y pese a ello aún no había visto ni rastro del pueblo. ¿Y adónde conduciría el sendero? Sin duda, tenía un final y un propósito. Descubriría lo primero y, posiblemente, también lo último.

No había logrado quitarse la cruz de la cabeza cuando pasó entre ambos bloques de piedra; en cuanto lo hizo, un hombre se situó a su espalda y otro se colocó ante él. Eran negros, robustos, tipos de imponentes rasgos que, en sí mismos, no tenían nada que pudiera sorprender a nadie. Blake esperaba encontrar negros en África, pero no negros que lucieran elaborados justillos de cuero con una cruz roja bordada en el pecho, prendas ajustadas y sandalias cuyas correas de piel de ante habían entrecruzado hasta anudar por debajo de la rodilla; ni negros que llevaran yelmos cerrados de piel de leopardo, que encajaban en sus cabezas a la perfección, hasta por detrás de sus orejas; ni tampoco negros armados con espadones y picas de puntas de acero primorosamente forjadas.

Blake era muy consciente de la calidad de dichas picas, puesto que tenía una apoyada en la barriga, mientras le amenazaban con la otra en la parte más estrecha de la espalda.

-¿Quién sois vos? -exigió saber el negro que tenía enfrente.

De haberse dirigido a él en griego, Blake no se habría sentido tan sorprendido de lo que se sintió al oír lo incongruente de aquel lenguaje tan arcaico, salido de los labios de un negro africano del siglo veinte.  Estaba tan pasmado que no supo qué responder.

-Me parece dudoso que este tipo sea un sarraceno, Paúl dijo el negro que seguía a espaldas de Blake-, y no comprende cuanto le estás diciendo... Quizá sea un espía.

-No hay tal, Peter Wiggs; como me llamo Paul Bodkin que este hombre no es un infiel. Me basta con una sola mirada.

-Sea quien sea, Paul Bodkin, será mejor que lo lleves en presencia del capitán de la puerta, que le hará las preguntas pertinentes.

-Sin embargo, ningún mal nos sobrevendría de preguntarle antes.

Seguro que responderá.

-Detén esa lengua y llévalo en presencia del capitán -ordenó Peter-. Yo permaneceré aquí, y guardaré el camino hasta tu vuelta.  Paúl dio un paso al lado y empujó a Blake para obligarle a caminar por delante. Se colocó a su espalda, y el americano no tuvo que mirar atrás para saber que la ornamentada punta de la pica seguía en el mismo lugar.

El camino se extendía llano ante su mirada, y Blake siguió el sendero en dirección a la falda de la montaña, donde, en su lugar, encontró la oscura entrada de un túnel que conducía directamente al interior de la roca. Apoyadas contra los costados del nicho, nada más entrar, había varias antorchas hechas de junco o ramitas atadas con fuerza y empapadas de brea. Paúl Bodkin cogió una de ellas, sacó una yesca de una caja de metal que llevaba en el interior de una bolsita, y arrancó una chispa mediante la yesca y el pedernal. Después de encender la antorcha, volvió a empujar a Blake con la punta de la pica, y ambos entraron en el túnel, que el americano encontró amplio y fresco, una buena posición defensiva. Al parecer habían barrido el suelo; al menos eso fue lo que pensó hasta que la luz de la antorcha iluminó la pulida piedra de que estaba hecho. Las paredes y el techo estaban negros de un hollín que cubría innumerables, quizá miles de pasadizos iluminados por antorchas, que surgían a lo largo de aquel camino que conducía...  ¿adónde?

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