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VIII La serpiente ataca Poco versado en cuestiones relacionadas con la jungla, sobrecogido por la enormidad de la catástrofe que le había engullido, su facultad de raciocinio se vio mermada por el terror, y Wilbur Stimbol no tuvo otro remedio que vagar por la jungla, huyendo de cualquier horror que su imaginación llegara a conjurar. La suciedad había impregnado de arriba abajo los restos de ropa andrajosa que a duras penas cubrían su demacrado cuerpo. Su pelo gris se había vuelto blanco, a juego con la barba que poblaba su mandíbula. Siguió el amplio sendero bien señalado por el que habían pasado, hacía menos de una semana, hombres y caballos, cabras y ovejas, y con la ignorancia característica del hombre de ciudad, creyó seguir la pista del safari de Blake. De ese modo, exhausto, se adentró pesadamente en el manzil de Ibn Jad, que avanzaba con lentitud. Fejjuan, el esclavo de Galla, le descubrió y le condujo al bait donde Ibn Jad, junto a su hermano, Tollog, y algunos otros, permanecían sentados en el mukab sorbiendo café. -¡Por Alá! ¿Qué extraña criatura has capturado ahora, Fejjuan? - preguntó el jeque. -Quizá sea un hombre santo -replicó el negro-; puesto que es muy pobre, no tiene armas y está muy sucio. Sí, sin duda debe de ser un hombre santo, muy santo. -¿Quién eres? -preguntó Ibn Jad. -Me he perdido y me muero de hambre. Dame comida -rogó Stimbol. Claro que no podían entenderse al hablar en sus respectivos idiomas. -Otro nasraní -dijo Fahd con desdén-. Quizá sea un faransí. -Parece más bien uno de los al-inkliz -apuntó Tollog. -Quizá venga de Fransa -sugirió Ibn Jad-. Fahd, háblale en esa lengua vil que aprendiste entre los soldados de Argelia. -¿Quién eres, extranjero? -preguntó Fahd en francés. -Soy americano -respondió Stimbol, aliviado y encantado de haber descubierto un medio de comunicarse con los árabes-. He vagado perdido por la jungla y me muero de hambre. -Viene del Nuevo Mundo -tradujo Fahd-, se ha perdido y tiene hambre. Ibn Jad ordenó que trajeran comida, y mientras el extranjero comía pudieron conversar con la ayuda de Fahd. Stimbol les contó que sus hombres le habían abandonado y que pagaría muy bien si le llevaban a la costa. El beduino no tenía ningún deseo de permitir que la presencia de un hombre maduro y débil le importunara lo más mínimo, y se inclinaba por la idea de rajarle la garganta como solución más simple a su problema. Pero Fahd, impresionado por el relato que hacía ese hombre sobre su riqueza, intuyó las posibilidades de una gran recompensa o rescate, e insistió en que el jeque permitiera a Stimbol acompañarlos, al menos durante un tiempo, prometiéndole acogerlo en su propio bait y responsabilizarse de él. -Ibn Jad te habría matado, nasraní -confesaría Fahd a Stimbol más tarde-, pero Fahd te salvó. Recuérdalo cuando llegue el momento de distribuir la recompensa, y recuerda también que Ibn Jad no tendrá ningún problema en matarte mañana, al igual que no lo tenía hoy, y que tu vida siempre está en manos de Fahd. ¿Qué vale tu vida? -Te haré rico -respondió Stimbol. Durante los días siguientes, Fahd y Stimbol llegaron a conocerse mejor, y, al recuperar fuerzas y sentirse más seguro, Stimbol recobró su acostumbrada jactancia. Consiguió impresionar al joven beduino con su enorme riqueza e importancia, y tan profusas fueron sus promesas, que Fahd no tardó en verse inmerso en una vida de opulencia, ocio y poder; no obstante, junto a su creciente codicia y ambición, desarrolló un miedo cada vez mayor a que alguien pudiera arrebatarle su buena fortuna. De los posibles competidores por los favores del nasraní, Ibn Jad era el más poderoso. Fahd, en consecuencia, no perdió oportunidad de dejar bien claro a Stimbol que el jeque seguía hambriento de su sangre; aunque, de hecho, a Ibn Jad le preocupaban tan poco los asuntos de Wilbur Stimbol que habría olvidado su presencia completamente de no verlo de vez en cuando por el campamento o cuando caminaban. Sin embargo, una cosa que Fahd consiguió fue familiarizar a Stimbol con el hecho de que existía cierta tirantez y ánimo de traición en las filas de los beduinos, y que estaba dispuesto a aprovecharse de ello, en beneficio propio, en cuanto surgiera la menor oportunidad. Y, lentos pero seguros, los ‘arab se acercaron a la fabulosa ciudad leopardo de Nimmr, y entre tanto Said encontró oportunidad de declarar su interés por la mano de Ateja, hija del jeque ibn Jad. Mientras, Tollog, mediante insinuaciones, se las apañaba para presentar a ojos del jeque la solicitud de Fahd, cosa que hacía siempre que Fahd podía oírle ya que, en realidad, sólo le interesaba dar a entender al joven traidor cuánto le debía. Cuando Tollog fuera jeque, no le importaría lo más mínimo quién ganaba la mano de Ateja. Pero Fahd no estaba satisfecho con los progresos que hacía a ese respecto. Los celos distraían su atención, hasta que no podía mirar a Said sin pensar en nada que no estuviera relacionado con el asesinato; al final, tales pensamientos le obsesionaron. Intrigaba constantemente para liberar al mundo y a sí mismo de su rival más poderoso. Espió a Ateja, y también espió a su rival, hasta que dio con una oportunidad para llevar a cabo su plan. Fahd se había percatado de que por la noche Said se ausentaba de los corrillos de hombres en el mukab de la tienda del jeque, y que cuando se llevaban a cabo las tareas del hogar, Ateja abandonaba su tienda por la noche. Fahd la siguió y confirmó algo demasiado aparente como para verse dignificado con la palabra sospecha. Said y Ateja se veían a escondidas. Entonces, una noche, Fahd no asistió a la reunión en la tienda del jeque. En lugar de ello se ocultó cerca de la tienda de Said y, cuando éste salió para reunirse con su amada, Fahd se introdujo en ella y cogió el mosquete de mecha de su rival. Estaba cargado; sólo tenía que apretar el gatillo. Con mucha discreción atravesó el campamento por la parte exterior, hasta llegar adonde Said esperaba la llegada de su amada, y se colocó a su espalda. A poca distancia, sentado en su mukab en compañía de sus amigos, a la luz de las lámparas de papel, el jeque Ibn Jad estaba a la vista de los dos jóvenes que permanecían ocultos por una total oscuridad. Ateja seguía en la tienda de las mujeres. Fahd, de pie a espaldas de Said, levantó el cañón del arcaico mosquete de mecha hasta apoyar la culata en el hombro y apuntó cuidadosamente, pero no apuntó a Said. No, ya que la de Fahd era como la inteligencia del zorro. Si Said resultaba asesinado, nadie podría convencer a Ateja de que Fahd no le había matado. Fahd no ignoraba este hecho, y estaba igualmente seguro de que Ateja jamás se habría entregado al asesino de su amante. Más allá de Said se encontraba Ibn Jad, pero Fahd tampoco le apuntaba a él. ¿A quién apuntaba entonces? A nadie. Aún no había llegado el momento de acabar con el jeque. Primero debían tener en sus manos el tesoro, cuyo paradero secreto, al parecer, tan sólo conocía él. Fahd apuntó a una de las am’dan de la tienda del jeque. Apuntó con mucho cuidado y entonces apretó el gatillo. El puntal se rompió unos treinta centímetros por encima de la cabeza de Ibn Jad. Simultáneamente, Fahd arrojó el mosquete al suelo y saltó sobre el sorprendido Said, sin dejar de gritar en voz alta pidiendo ayuda. Alarmados por el disparo y los gritos, los hombres acudieron de todas direcciones acompañados del jeque. Encontraron a Said, al que Fahd sostenía con fuerza de las manos, cogidas a la espalda. -¿Qué significa todo esto? -exigió Ibn Jad. -¡Por Alá, Ibn Jad, ha estado a punto de asesinarte! -gritó Fahd- Salté sobre él justo a tiempo, porque antes de que disparase arremetí contra su espalda. De otra forma te habría matado. -¡Miente! -gritó Said-. Alguien disparó detrás de mí. Si alguien ha disparado sobre Ibn Jad, ése ha sido, precisamente, Fahd. Ateja, con los ojos abiertos como platos, corrió hacia su amante. -Tú no lo hiciste, Said. Dime que tú no lo hiciste. -Como que Alá es mi dios, y Mahoma su profeta, que yo no lo hice -juró Said. Jamás hubiera esperado tal cosa de él -dijo Ibn Jad. El inteligente Fahd no mencionó el mosquete. Era hombre perspicaz, y pensaba que semejante pista resultaría mucho más eficaz si otro la descubría; además, estaba seguro de que alguien acabaría por encontrarlo. No se equivocaba, lo hizo Tollog. -Aquí -exclamó- hemos encontrado el arma. -Examinémosla bajo la luz -dijo Ibn Jad-. Despejará nuestras dudas con mayor prontitud de lo que lo haría una lengua mentirosa. Al desplazarse el grupo hacia la tienda del jeque, Said experimentó el alivio de alguien que se libra de la muerte, ya que sabía que la prueba del mosquete lo exoneraría de toda culpa. No podía pertenecerle. Apretó la mano de Ateja mientras caminaba a su lado. Bajo la luz de las linternas de papel, en el mukab, Ibn Jad examinó el mosquete con la mirada, mientras los demás, que estiraban el cuello para ver por encima de su hombro, se apretujaban detrás. Bastó con echar un vistazo. Con el ceño fruncido, el jeque levantó la mirada. -Es de Said -dijo. Ateja ahogó un grito y se apartó de su amado. -¡Yo no lo hice! Es una trampa -gritó Said. -¡Lleváoslo! -ordenó Ibn Jad-. Aseguraos de atarlo bien. Ateja se arrojó de rodillas ante su padre. -¡No lo matéis! -gritó-. Puede que no fuera él. Sé que no fue él. -¡Silencio, muchacha! -ordenó el ceñudo jeque-. ¡Ve a tus aposentos y no salgas de allí! Llevaron a Said a su propio bait, donde se aseguraron de atarlo bien. Mientras, en el mukab del jeque, los ancianos se sentaron a deliberar sin contar que, tras las cortinas de la tienda de las mujeres, Ateja escuchaba atentamente. -¡Entonces que sea fusilado al amanecer! -Esta fue la sentencia que Ateja escuchó con respecto a su amante. Oculto por su grasiento thorrib, Fahd esbozó media sonrisa. En su negro hogar de pelo, Said forcejeaba con los nudos que lo mantenían prisionero, ya que, aunque no había oído la sentencia, era consciente de cuál sería su destino. En la tienda del harén de Ibn Jad, la hija del jeque yacía incapaz de dormir, consumida por el sufrimiento. Tenía húmedas las largas pestañas de tanto llorar, pero su pena era silenciosa. Aguardaba con los ojos muy abiertos, escuchando hasta que su paciencia se vio recompensada por los sonidos correspondientes a la profunda respiración de Ibn Jad y su esposa, Hirfa. Ambos dormían. Ateja se desperezó. De forma discreta levantó el extremo inferior de la tienda junto al que había colocado su jergón, y se escurrió en silencio por debajo hasta llegar al desierto mukab. A tientas encontró el mosquete de Said, justo donde lo había dejado Ibn Jad. También llevaba un bulto envuelto en un viejo thorrib, cuyo contenido había reunido aquella noche temprano, cuando Hirfa, ocupada en sus cosas, se ausentó un rato de la tienda de las mujeres. Ateja salió de la tienda de su padre y caminó de cuclillas y con mucho cuidado a lo largo de la solitaria calle formada por las tiendas levantadas de los ‘arab, hasta llegar a la de Said. Durante un momento se detuvo en la entrada para escuchar, y entonces penetró en el interior. Su caminar quedaba amortiguado por las sandalias que calzaba. Dentro, Said, que no dormía, seguía forcejeando con las cuerdas, y la escuchó. -¿Quién viene? -preguntó. -¡Chsss! -advirtió la muchacha-. Soy yo, Ateja -dijo acercándose a él. -¡Amada mía! -murmuró. Diestramente, la muchacha cortó los nudos que le ataban las muñecas y los tobillos. -He traído tu mosquete y comida -dijo-. Te concedo esto y la libertad; del resto tendrás que encargarte tú mismo. Tu yegua está atada junto a las demás. Lejos queda la beled al-Guad, repleto está el camino de peligros, mas noche y día rogará Ateja a Alá para que te mantenga a salvo de ellos. ¡De prisa, amor mío! Said la abrazó fuerte y la besó, antes de desaparecer en la oscuridad de la noche.
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