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XI Sir James Mientras Tarzán y Said viajaban hacia el poblado, donde el hombre mono propuso conseguir una escolta que guiara al árabe en la primera etapa de su viaje de regreso al desierto, el beduino tuvo tiempo para meditar mucho acerca de diversas cosas, y después de haber llegado a confiar en su guía salvaje y respetarlo, finalmente decidió abrir su corazón a Tarzán. -Gran jeque de la jungla -dijo un día-, por tu amabilidad has ganado la eterna gratitud de Said, que te ruega le concedas un último favor. -¿Y de qué se trata? -preguntó el hombre mono. -Ateja, a quien amo, seguirá en peligro aquí en este salvaje territorio mientras Fahd esté cerca. No me atrevo a volver al manzil de Ibn Jad aunque pudiera encontrarlo, pero más tarde, cuando el temperamento de Ibn Jad haya tenido un tiempo para enfriarse, podré reunirme con él y convencerlo de mi inocencia, así como estar de nuevo cerca de Ateja para protegerla de Fahd. -Entonces, ¿qué harás? -preguntó Tarzán. -Me gustaría permanecer en el poblado al que me llevas hasta que Ibn Jad vuelva por aquí de camino a al-Guad. Es la única oportunidad que tengo de volver a ver a Ateja en esta vida, ya que no podría atravesar el Sudán solo y a pie si me obligas a abandonar ahora mismo este país. -Tienes razón -dijo el hombre mono-. Permanecerás aquí durante seis meses. Si para entonces Ibn Jad no ha vuelto dejaré dicho que te escolten hasta mi morada. Desde allí encontraré una forma de devolverte a salvo a tu propia patria. -¡Que todas las bendiciones de Alá caigan sobre ti! -gritó Said. Y cuando finalmente llegaron al poblado, Tarzán recibió del jefe la promesa de que retendría a Said hasta el regreso de Ibn Jad. Después de abandonar el poblado, el hombre mono se dirigió al norte, ya que estaba preocupado por la presencia del prisionero europeo entre los arab. El que Stimbol, a quien había enviado hacia el este en dirección a la costa, pudiera encontrarse tan al noroeste, tal y como le había informado Said, parecía inconcebible, y por ello parecía más probable que el prisionero fuera el joven Blake, por quien Tarzán sentía cierto afecto. Por supuesto que podía ser cualquiera de los dos, Blake o Stimbol, pero no por ello dejaba de preguntarse Tarzán por qué razón los beduinos permitirían a un hombre blanco estar entre ellos en calidad de prisionero. Tarzán no tenía prisa, ya que Said le había dicho que al prisionero iban a retenerlo para cobrar un rescate. Primero iría a echar un vistazo en el campamento de Blake, y después seguiría el rastro de los árabes. Su avance resultó, por tanto, algo ocioso. Al segundo día se encontró con los monos de Toyat y pasó dos días cazando con ellos mientras renovaba su amistad con Gayat y Zutho, escuchaba los cotilleos de la tribu y jugaba a menudo con los balus. Al despedirse de ellos vagabundeó por la jungla, e incluso se detuvo durante buena parte de un día para enfrentarse a Numa, cuando lo encontró en pleno festín de carne fresca, hasta que la tierra tembló ante el atronador rugido del enloquecido rey de las bestias, martirizado e incordiado por el hombre mono. Lord Greystoke había mudado su piel civilizada; había vuelto a la naturaleza primitiva, a ser la bestia salvaje a la que el hombre mono revertía con toda naturalidad, con tanta sencillez como cualquier persona cambiaría de ropa. Sólo en su amada jungla, rodeado de sus salvajes ciudadanos, Tarzán de los Monos era de veras Tarzán, ya que la presencia de hombres civilizados siempre suponía para él una limitación, que obedecía a esa desconfianza natural que los seres salvajes siempre han sentido por el hombre. Cansado de arrojar fruta madura a Numa, Tarzán se desplazó a través de las copas de los árboles que había en el bosque, durmió lejos de noche, y a la mañana siguiente, al olisquear a Bara el ciervo, lo mató y se alimentó. Volvió a dormir, perezoso, hasta que el crujido de las ramas y el rumor de la hierba baja al ser aplastada le despertaron. Husmeó el aire con su sensible olfato y prestó atención con unos oídos capaces de percibir el caminar de las hormigas, y entonces sonrió. Tantor se acercaba. Pasó la mitad de un día repanchingado en la enorme espalda del paquidermo, escuchando a Manu el mono charlar y regañar entre los árboles. Después volvió a ponerse en marcha. Uno o dos días después topó con una enorme manada de monos. Parecían muy excitados, y al verle comenzaron a farfullar y cotorrear. -¡Saludos, Manu! -gritó el hombre mono-. Soy Tarzán, Tarzán de los Monos. ¿Qué sucede en la jungla? -¡Gomangani! ¡Gomangani! -gritó uno. -¡Gomangani extraños! -gritó otro. -¡Gomangani con bastones de fuego! -comentó un tercero. -¿Dónde? -preguntó el hombre mono. -¡Allí! ¡Allí! -corearon al tiempo que señalaban hacia el nordeste. -¿A cuántos sueños de distancia? -preguntó Tarzán. -¡Cerca! ¡Cerca! -respondieron los monos. -¿Los acompaña algún tarmangani? -No, sólo gomangani. Con sus bastones de fuego matan al pequeño Manu y se lo comen. ¡Malvados gomangani! -Tarzán hablará con ellos -prometió el hombre mono. -Matarán a Tarzán con los bastones de fuego y después se lo comerán - profetizó un barba gris. El hombre mono soltó una risotada y se colgó de liana en liana a través de la jungla, hacia la dirección señalada por Manu. No muy lejos, percibió claramente, gracias a su olfato, el rastro de unos negros, y lo siguió hasta oír sus voces en la distancia. Silenciosamente, Tarzán se desplazó a través de los árboles sin hacer ruido, como las sombras que le hacían compañía, hasta colgarse de una rama que había sobre el campamento de los negros. Tarzán reconoció, instantáneamente, el safari de Blake, el joven americano, y un segundo después saltó al suelo ante los estupefactos ojos de los negros. Algunos de ellos hubieran querido huir, pero otros le reconocieron. -¡Es el gran bwana! -gritaron-. ¡Es Tarzán de los Monos! -¿Dónde está vuestro cabecilla? -preguntó Tarzán. Un robusto negro se acercó hacia él. -Yo soy el cabecilla -dijo. -¿Dónde está tu amo? -Se ha ido, hace muchos días -respondió el negro. -¿Adónde? -No sabemos. Cazaba con un solo askar. Hubo una gran tormenta y ninguno de ellos regresó. Los buscamos por la jungla, pero no pudimos encontrarlos. Aguardamos en el campamento donde debían reunirse con nosotros, pero no volvieron. No sabíamos qué hacer. No queríamos abandonar al joven bwana, que era amable con nosotros, pero temíamos que hubiera muerto. No tenemos provisiones para marchar más de otra luna. Decidimos volver a casa y contar nuestra historia a los amigos del joven bwana. -Hicisteis bien -dijo Tarzán-. ¿Habéis visto una compañía de gente del desierto en la jungla? -No -respondió el cabecilla-, pero mientras buscábamos al joven bwana vimos un lugar donde había acampado la gente del desierto. Hacía poco que habían pasado por allí. -¿Dónde está? El negro señaló con el dedo. -Estaba en el sendero que hay al norte del territorio galla, en Abisinia, y cuando abandonaron el lugar se dirigieron al norte. -Podéis volver a vuestro poblado -dijo Tarzán-, pero antes llevad las cosas que pertenecen al joven bwana a sus amigos, para que ellos las guarden, y después enviad este mensaje al hogar de Tarzán: «Enviad cien waziri a Tarzán, al norte del territorio galla. Desde el abrevadero de la tranquilidad, al dar la vuelta a las rocas, seguid el rastro de la gente del desierto». -Sí, gran bwana. Así lo haremos dijo el cabecilla. -Repite el mensaje. El muchacho negro obedeció. -¡Bien! -exclamó Tarzán-. Me voy. No matéis a Manu el mono si podéis encontrar otra comida, ya que Manu es primo de Tarzán y vuestro. -Entendido, gran bwana. En el castillo del príncipe Gobred, en la ciudad de Nimmr, James Hunter Blake aprendía los deberes de un caballero de Nimmr. Sir Richard le había tomado bajo su protección y se había hecho responsable de su educación y conducta. El príncipe Gobred no tardó en darse cuenta de que la ignorancia de Blake en las cuestiones más básicas de la vida de un caballero era total, y por tanto era francamente escéptico, mientras que sir Malud se mostraba abiertamente hostil. Sin embargo, el leal sir Richard era un caballero bien amado, y por tanto nadie le contradijo. También, quizá, la influencia que la princesa Guinalda ejercía sobre su padre no caía en saco roto, ya que entre los muchos tesoros que poseía el príncipe de Nimmr, su hija Guinalda era el más preciado. La curiosidad y el interés de Guinalda se veían animados por la romántica aparición de tan bello extranjero en la enterrada y olvidada ciudad de Nimmr. Sir Richard había ataviado a Blake con vestiduras de su propio guardarropa, hasta que un sastre, una cortadora de tela, una costurera y un armero confeccionaron ropa para él. Lo cierto es que no tardaron demasiado. Al cabo de una semana, sir James estaba ataviado como convenía, con la armadura y el caballo correspondiente a cualquier caballero de Nimmr, y cuando mencionó a sir Richard la devolución del coste de todo aquello, descubrió que el dinero era algo prácticamente desconocido entre ellos. Existían, según le explicó sir Richard, algunas monedas que sus ancestros habían llevado allí, hacía setecientos treinta y cinco años, pero el pago de cualquier cosa se llevaba a cabo con servicios. Los caballeros servían al príncipe y éste los mantenía. Protegían a los campesinos, a los artesanos, y a cambio recibían todo aquello que pudieran necesitar. Los esclavos recibían comida y ropa del príncipe, o del caballero al que sirvieran. Joyas y metales preciosos cambiaban a menudo de manos, como pago por bienes o servicios, pero cada transacción era una cuestión de regateo; no había una tarifa para cada cosa. La riqueza les importaba muy poco. Los caballeros valoraban por encima de todo el honor y el coraje, bienes que no tenían precio. El artesano se sentía recompensado al alcanzar un alto grado de perfección en su trabajo, y en el prestigio que esto reportaba. El valle proporcionaba abundante comida para todos; los esclavos araban la tierra; cuando se les liberaba, se hacían artesanos; los soldados conducían el ganado. Los caballeros defendían Nimmr contra sus enemigos, competían en torneos y se dedicaban a la caza, tanto en el valle como en las montañas colindantes. A medida que pasaban los días Blake descubrió que adquiría cierta destreza en cuestiones caballerescas, bajo la sabia tutela de sir Richard. El uso de la espada y el escudo era lo más difícil para él, pese a haber sido bastante bueno con el florete en su época de estudiante, ya que los caballeros de Nimmr nada sabían del uso defensivo de las espadas de doble filo, y tan sólo empleaban la punta de la espada para propinar el golpe de gracia. Para ellos, la espada era un arma de corte, y el escudo era la única defensa; pero a medida que Blake practicaba con este arma, se le ocurría que sus conocimientos de esgrima podrían resultar ventajosos si se presentaba la ocasión. La torpeza que demostraba con el escudo debía compensarla con un manejo más defensivo del acero, mientras que al ataque lo complementaría con un aprovechamiento más juicioso de la punta, contra la que cabía poca, sino ninguna, defensa. Encontró la lanza menos difícil de manejar, pues su utilización dependía mucho de la destreza del jinete al montar a caballo, y el que Blake fuera un espléndido jinete quedaba demostrado por su puntuación en el polo, con ocho goles de media. El vallum, o patio exterior que mediaba entre la muralla interna y externa de un castillo, completamente rodeado por ambas, estaba, en el norte o en la falda del valle, enteramente dedicado a la práctica y entrenamiento de las disciplinas militares. Él de Nimmr era muy amplio, y contra la muralla interna habían construido una enorme caseta de madera que podía desmontarse rápidamente en caso de ataque. Allí celebraban justas y torneos semanales, mientras que los torneos importantes, menos acostumbrados, se celebraban en un campo frente a la muralla externa del castillo, en pleno valle. A diario muchos caballeros y sus damas se acercaban a presenciar las prácticas y entrenamientos que dotaban al vallum de vida, acción y colorido durante la mañana. Chanzas y comentarios jocosos, pero no malintencionados, corrían de un lado a otro; se hacían apuestas y pobre el contendiente que cayera derribado del caballo durante las prácticas, porque lo que más temía un caballero, después de la muerte, era el ridículo. En las justas formales que se celebraban semanalmente, se observaba un gran decoro por parte de la audiencia, pero durante las prácticas diarias la rivalidad estaba a flor de piel, tanto que devenía brutalidad. Blake recibía su entrenamiento ante semejante audiencia. Dado que era una novedad, había más espectadores de lo acostumbrado y, puesto que tanto los partidarios de sir Malud como los de sir Richard le habían convertido de forma tácita en estandarte de su rivalidad, los aplausos y los silbidos eran continuos y desenfrenados. Incluso el príncipe acudía a menudo, mientras que Guinalda no se perdía ni una sesión. No tardó en evidenciarse que el príncipe Gobred se inclinaba del lado de sir Malud, con la consecuencia natural de que el bando de Malud adquirió, inmediatamente, numerosos simpatizantes. El adiestramiento de los escuderos, aspirantes a caballero que algún día entrarían a formar parte de la mágica corte de la caballería, ocupaba las horas más tempranas de la mañana. A esto seguían las prácticas de justa entre caballeros, durante las cuales sir Richard, o uno de sus amigos, se encargaba de adiestrar a Blake en la parte más lejana del vallum. Fue durante estas prácticas cuando se hizo evidente la destreza de Blake en la equitación, e incluso Gobred llegó a aplaudir. -¡Voto a bríos! -exclamó-. ¡Ese hombre forma parte del caballo! -No ha sido más que la fortuna la responsable de que no cayera desmontado del caballo -apuntó Malud. -Es posible -replicó Gobred-, pero de momento me complace verle montar a caballo. -No se las apaña mal con la lanza -admitió Malud-. Pero, ¡pardiez! ¿Habíais visto alguna vez a alguien más torpe con el escudo? Creo que se las arreglaría mejor con un rastrillo. -Tal comentario arrancó las risas de la concurrencia, risas de las que la princesa Guinalda no participó. Malud, cuyos ojos siempre estaban pendientes de ella, lo notó rápidamente-. ¿Aún creéis que ese patán es un caballero, princesa Guinalda? -preguntó. -¿Acaso he dicho yo eso? -preguntó a su vez. -No os habéis reído -recordó él. -Es un caballero extranjero, proviene de lejanos parajes, y no me pareció ni caballeroso, ni educado, ponerle en ridículo -replicó-. No me reí porque no me pareció divertido. Aquel mismo día, más tarde, Blake se unió a los demás en el gran patio, y al llegar se dirigió directamente hacia el grupo de Malud, lo cual no obedecía a ningún error por su parte, ya que jamás había hecho esfuerzo alguno por evitar a Malud o a sus amigos y era, al parecer, indiferente a sus veladas burlas e insinuaciones. Malud mismo atribuía este hecho a la torpeza e ignorancia de un palurdo, defecto que insistía en atribuir a Blake, aunque los demás solían admirar a Blake por su actitud, pues creían ver en ella una sutil afrenta a Malud que éste era demasiado torpe para percibir. Muchos de los habitantes del gris castillo de Nimmr se inclinaban por el recién llegado. Había traído con él un aire de frescura y novedad que suponía más bien un alivio a la caduca atmósfera que había reinado en Nimmr durante setecientos treinta y cinco años. Les había llevado palabras nuevas, nuevas expresiones y nuevos puntos de vista, que muchos de ellos adoptaban de manera desenfadada, y, de no haber sido por el irracional antagonismo del influyente sir Malud, a Blake lo hubieran recibido con los brazos abiertos. Sir Richard era mucho más popular que sir Malud, pero carecía de los recursos, en materia de caballos, armas y mesnada, de que disponía el otro, y en consecuencia tenía menos influencia sobre el príncipe Gobred. Sin embargo, muchas voces independientes seguían a sir Richard porque le amaban de todo corazón, o tomaban sus propias decisiones sin dejarse influir por las circunstancias; muchos de estos últimos se consideraban amigos hasta la médula de Blake. No todos los que rodeaban a sir Malud aquella tarde eran antagonistas del americano, pero la mayoría de ellos reían cuando Malud reía, y fruncían el ceño cuando Malud fruncía el ceño, ya que en toda corte de reyes y princesas florecen adeptos a la fórmula del «sí, señor». Blake fue recibido por muchos con una sonrisa, y obtuvo una leve inclinación de cabeza al hacer una reverencia ante la princesa Guinalda, que formaba parte del grupo y, al ser de sangre azul, merecía sus primeras atenciones. -Os manejasteis bien esta mañana, sir James -dijo la princesa con amabilidad-. Me complace mucho ver cómo cabalgáis. -Me preguntaba si resultaría extraño verle servir un muslo de venado - dijo burlonamente Malud. Aquel comentario provocó tantas risas que Malud se vio animado a seguir buscando el aplauso. -¡Pardiez! -gritó-. ¡Armémosle con un tenedor y un trinchante y estará como en casa! -Hablando de servir -dijo Blake-, y ya que, al parecer, la mente de sir Malud está más preocupada por eso que por asuntos más propios de caballeros, ¿alguno de ustedes sabe qué se necesita para servir rápidamente cerdo fresco? -No, buen caballero -respondió Guinalda-, no lo sabemos y os rogamos que nos lo digáis. -Sí, hacedlo -rugió Malud-, vos seguro que lo sabéis mejor que nosotros. -¡Qué boca tan rápida la vuestra, amigo! ¡Claro que lo sé! -¿Y qué es necesario para que podáis servir cerdo fresco? -preguntó Malud mirando alrededor y guiñando un ojo. -Un tenedor, un trinchante y vos, sir Malud -respondió Blake. Pasaron varios segundos hasta que el sentido de las palabras atravesó las mentes sencillas que le rodeaban. La princesa Guinalda fue la primera en echarse a reír alegremente; pronto el resto rugió de risa, mientras algunos explicaban el desenlace de la burla a quienes no lo habían entendido. Aunque no todos reían. No reía, por ejemplo, sir Malud. Cuando comprendió el sentido de la chanza de Blake, primero se puso rojo como un tomate, después se volvió blanco, puesto que al gran Malud no le gustaba ser objeto de burlas, lo cual suele suceder a quienes son tan proclives a reírse de los demás. -Señor -gritó-, ¿os atrevéis a afrentar a Malud? ¡Por los clavos de Cristo, pillo! ¡Palurdo mal nacido! ¡Sólo vuestra sangre resolverá está afrenta! -¡Chínchate, colega! -respondió Blake-. ¡Con el veneno que quieras! -No comprendo el significado de vuestras estúpidas palabras -gritó Malud-, pero sé que si no os reunís conmigo para celebrar justa antes del amanecer, os correré a latigazos por todo el valle del Santo Sepulcro con el guantelete de mi catafracta. -¡Sea! -respondió Blake-. Mañana por la mañana en el vallum del sur con... -Podéis escoger armas, señor -dijo Malud. -No me llaméis señor; no me gusta -dijo Blake con mucha tranquilidad y sin la acostumbrada sonrisa-. Quiero decirle algo, Malud, que puede resultarle provechoso. Es el único hombre en Nimmr que no quiere tratarme bien y darme una oportunidad, una oportunidad justa para probar que estoy en lo cierto. Usted cree ser un gran caballero, pero no lo es. No tiene inteligencia, ni corazón, ni caballerosidad. No es usted, como lo llamamos en mi patria, un buen deportista. Tiene algunos caballos y algunos soldados. Eso es todo lo que tiene, porque sin ellos no dispondría de la consideración del príncipe, y sin dicho favor no tendría amigos. -Usted no es tan bueno ni tan hombre como sir Richard, que combina todas las cualidades que durante siglos han glorificado a la orden de caballería. ¡No es usted tan buena persona como yo, que, con sus propias armas, le venceré por la mañana cuando, en el vallum norte, aparezca a caballo, armado de espada y escudo! Los cortesanos, al ver la ira de Malud, se habían apartado gradualmente de Blake mientras terminaba su discurso, hasta dejarle solo de pie, a unos pasos de Malud y de aquellos que le rodeaban. Entonces una persona abandonó el grupo de Malud y se acercó hacia Blake. Era Guinalda. -Sir James -dijo con una dulce sonrisa en los labios-, ¡habéis hablado con la boca llena! -exclamó antes de echarse a reír-. Pasead conmigo por el jardín, caballero. -Y, cogiéndole del brazo, lo guió hacia el extremo sur del patio oriental. -¡Eres maravillosa! -Fue todo cuanto Blake pudo decir. -¿De veras creéis que soy maravillosa? -preguntó-. Es difícil saber si los hombres son sinceros con personas como yo. La verdad, tal y como la conciben las personas, es más habitual oírla entre esclavos que entre príncipes. -Espero probártelo con mi conducta. Se habían apartado a poca distancia de los demás, cosa que la chica aprovechó para apoyar una mano en la suya. -Os he llevado aparte, sir James, para poder hablar a solas con vos - dijo. -No me importa las razones que te hayan impulsado, ya que... lo has hecho -respondió con una sonrisa. -Sois extranjero entre nosotros. No estáis acostumbrado a nuestros asuntos; hasta tal punto es escasa vuestra experiencia en asuntos de armas que muchos ponen en duda vuestra condición de caballero. Pese a todo, sois un hombre valiente, aunque quizá seáis muy tonto, porque de otra manera no hubierais escogido enfrentaros a sir Malud con espada y escudo, ya que él tiene destreza con ambas, mientras que vos sois torpe con ellas. Y porque me parecía que quizá mañana moriréis, he decidido llevaros aparte para hablar con vos. -¿Y qué se puede hacer a estas alturas? -preguntó Blake. -No os manejáis mal con la lanza- dijo-, y aún no es demasiado tarde para cambiar la elección de armas. Así que os ruego que lo hagáis. -¿Te preocupa? -preguntó. Aquellas dos palabras tenían una miríada de significados. La muchacha bajó la mirada por un instante y después le miró a los ojos al tiempo que los suyos refulgían con la fuerza que da la buena posición. -Soy la hija del príncipe de Nimmr -respondió-. Me preocupo por el más humilde de los súbditos de mi padre. «Supongo que eso bastará para mantenerte alejado durante un tiempo, sir James», pensó Blake, aunque nada dijo a la chica, sino que se limitó a sonreír. En ese momento ella golpeó el suelo con la planta del pie. -¡Tenéis una sonrisa impúdica, señor! -exclamó enojada-. No me gusta. Os tomáis demasiadas libertades con la hija de un príncipe. -Me he limitado a preguntar si te preocupaba que me mataran. Incluso un don nadie podría preguntar algo así. -Y yo os he contestado. ¿Por qué razón sonreís entonces? -Porque tus ojos han respondido antes de que tus labios pudieran hablar, y sé que ellos no me han mentido. La chica volvió a dar un golpe en el suelo. -¡Sois un petimetre! - exclamó-. No pienso permitir que me sigáis insultando. Con la cabeza bien alta, se volvió y caminó con garbo hacia donde se reunía el resto de los cortesanos. Blake corrió tras ella. -Mañana -susurró- me enfrentaré a sir Malud con espada y escudo. Con vuestro favor de mi parte, derrotaré a la mejor espada de Nimmr. La princesa Guinalda no hizo nada por fingir que no había oído las palabras de Blake, mientras seguía caminando para reunirse al resto de caballeros y damas que se apiñaban alrededor de sir Malud.
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