![]() |
![]() |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
XIV Espada y escudo El sol acarició las torres del castillo del príncipe de Nimmr mientras un joven se removía bajo las sábanas, se frotaba los ojos y se desperezaba. Después se estiró para despertar a otro joven, más o menos de su misma edad, que dormía a su lado. -¡Despertad, Edward! ¡Despertad, haragán! -gritó. Edward se volvió hasta ponerse de espaldas. -¿Eh? -logró decir al tiempo que bostezaba. -¡Arriba, muchacho! -urgió Michel-. ¿Habéis olvidado que vuestro amo se ha propuesto morir hoy? Edward se incorporó, completamente despierto. Sus ojos parpadeaban. -¡Eso es mentira! -gritó henchido de lealtad-. De un solo golpe atravesará a sir Malud desde el escudo hasta la coraza. No existe caballero con más arrestos que sir James. Sois desleal, Michel, para con el amigo de sir Richard, que tan bueno y amable ha sido con nosotros. Michel dio unas palmadas en el hombro al muchacho. -No hacía más que bromear. Tengo todas mis esperanzas depositadas en sir James, pero aun así... -hizo una pausa-, temo que... -¿Qué temes? -preguntó Edward. -Que sir James no esté tan versado en el uso del escudo y la espada como para derrotar a sir Malud, pues aunque tuviera la fuerza de diez hombres, de nada le serviría sin la habilidad necesaria para sacarle provecho. -¡Ya verás! -se empecinó Edward. -Veo que sir James tiene fiel escudero -dijo una voz a su espalda. Al volverse vieron a sir Richard de pie en el umbral-. ¡Y que todos sus amigos le deseen suerte en el día de hoy! -Esta noche me dormí mientras rogaba a Jesús que guiara el acero de sir James a través del yelmo de sir Malud -confesó Edward. -¡Bien! Levantaos pues y preparad la cota de malla y los arreos de la montura para que vuestro caballero entable combate como corresponde a un noble caballero de Nimmr -ordenó Richard antes de dejarlos de nuevo a solas. Eran las once en punto de una mañana de febrero. Caía un sol de justicia en el vallum norte del castillo de Nimmr. Su luz se reflejaba en las pulidas cotas de malla de los nobles caballeros y en las picas y las hachas de batalla de los soldados, resaltando los alegres colores de los atuendos femeninos que lucían las mujeres reunidas en la tribuna que había al pie de la muralla interior. Sobre un estrado, justo en mitad de la tribuna, estaba sentado el príncipe Gobred en compañía de los suyos, y a cada lado hasta llegar al final de la tribuna se encontraban presentes los caballeros y damas de Nimmr. A su espalda se sentaban los soldados que no estaban de guardia; después, los hombres libres, y finalmente, los siervos, que, bajo el benefactor reino de la casa de Gobred, disfrutaban de muchos privilegios. A ambos extremos del vallum había sendas tiendas, con alegres pendones y los colores y blasón del caballero al que pertenecía cada una; una verde y oro de sir Malud, y la otra con el azul y plata de sir James. Ante ambas había dos soldados resplandecientemente ataviados, con sendas hachas de batalla cuyas hojas brillaban bajo la luz del sol. No muy lejos, un sirviente sostenía un inquieto caballo de batalla ricamente ataviado, mientras que el escudero de cada uno de los contendientes se apresuraba a disponer los últimos detalles del enfrentamiento. Un trompeta, inmóvil como una estatua, con el pabellón de su instrumento apoyado en la cadera, aguardaba la señal para que anunciara la llegada de su señor a la pista. A algunos metros de distancia aguardaba un segundo caballo que mordisqueaba el bocado mientras un muchacho le acariciaba el hocico, en espera del caballero que acompañaría al campo a cada uno de los contendientes. En la tienda azul y plata estaban sentados Blake y sir Richard, que instruía y daba consejos de última hora a su amigo, y que además era el más nervioso de ambos. Toda la armadura y el bacinete de aquél eran de cota de malla pesada, y este último estaba guarnecido por dentro y cubierto de piel de leopardo hasta la altura del cuello, por lo que ofrecía una estupenda protección a su cabeza en caso de recibir un golpe algo más fuerte de lo normal. En el pecho habían cosido una cruz roja de considerable tamaño, y de un hombro pendían las cintas de una escarapela azul y plata. Colgado de un poste en la tienda, sobre estacas de madera, reposaban la espada y el escudo de Blake. La tribuna estaba llena a rebosar. El príncipe Gobred miró hacia el sol y se dirigió hacia un caballero sentado a su lado para decirle algo. El caballero dio una breve orden al trompeta que había en aquel mismo palco y acto seguido, alto y claro, las notas de una trompa resonaron en el vallum. Un instante después, las tiendas situadas a cada lado del vallum se convirtieron en un hervidero de frenética actividad mientras la tribuna parecía florecer de vida y todas las miradas se fijaban en sir Malud, para posarse después en la tienda de sir James. Edward, arrebatado de emoción, corrió al interior de la tienda y, cogiendo la espada de Blake, le ajustó el cinturón alrededor de la cadera hasta colocarlo de modo que la espada quedara a la izquierda. Después, con el escudo a cuestas, siguió a su amo al exterior de la tienda. Cuando Blake se dispuso a montar, Edward sostuvo las riendas del caballo mientras otro muchacho tranquilizaba a la nerviosa montura. El escudero aguantó la pierna de Blake después que éste se tambaleara en la silla, pues no era cosa fácil mantenerse recto yendo tan cargado como iba con la pesada cota de malla. Después, Edward levantó la mirada: -He rezado por vos, sir James -dijo-. Sé que prevaleceréis. Al mirarlo, Blake vio lágrimas en los ojos del muchacho. Al responder, lo hizo con la voz embargada por la emoción. -Eres un buen muchacho, Eddie- dijo-. Te prometo que no te avergonzarás de mí. -Ah, sir James, ¿cómo podría? Incluso si morís seréis la perfecta encarnación del caballero. Yo diría que una de las más nobles que jamás se hayan visto -aseguró Edward al tenderle el escudo redondo. A esas alturas sir Richard ya había montado. Al dar la señal de que estaban preparados, oyeron el toque de trompeta procedente de la tienda de sir Malud, y tan noble caballero cabalgó hacia la pista seguido por otro caballero. El trompeta de Blake anunció en aquel momento la entrada de su señor, y el americano cabalgó cerca de la tribuna, seguido por sir Richard. Se dedicó una ovación a cada participante, cuya intensidad aumentó cuando ambos se situaron frente al palco del príncipe Gobred. Allí los cuatro caballeros tiraron de las riendas y miraron de frente al príncipe, antes de alzar cada uno de ellos la empuñadura de la espada hasta la altura de los labios y besarla a modo de saludo. Mientras Gobred les aconsejaba luchar honorablemente, tal como correspondía a nobles caballeros, y les recordaba las reglas que regían el enfrentamiento, los ojos de Blake se posaron en el rostro de Guinalda. La princesita estaba sentada con la espalda completamente recta y la vista al frente. Blake pensó que estaba muy pálida, y se preguntó si no estaría enferma. Era tan bella, pensó Blake. Pese a que no le miró ni una sola vez, aunque lo cierto es que tampoco miró a sir Malud, James no pudo dejar de admirar la belleza de su rostro. De nuevo volvió a sonar la trompeta y los cuatro caballeros cabalgaron lentamente de vuelta a sus respectivos extremos de la pista, mientras los asistentes aguardaban la señal final que diera paso al enfrentamiento. Blake se deshizo de la tira de cuero con la que sostenía el escudo y lo arrojó al suelo. Edward lo miró boquiabierto. -¡Pero, mi señor! -gritó-. ¿Estáis enfermo? ¿Os desmayáis? ¿Habéis tirado el escudo? -Y se apresuró a recogerlo para tendérselo a Blake, pese a ser consciente de que sus ojos no le habían engañado, y que por tanto su señor se había deshecho conscientemente de su única protección. Para el horrorizado Edward sólo cabía una posible explicación, aunque su lealtad no le permitía contemplarla ni por un segundo, y era que Blake hubiera arrojado el escudo para desmontar y retirarse de la justa, concediendo la victoria a su oponente sir Malud, y asegurarse el escarnio de todo Nimmr. Corrió hacia Richard, que aún no se había percatado de lo que Blake había hecho. -¡Sir Richard! ¡Sir Richard! -dijo con un susurro ronco-. ¡Un terrible mal acomete a sir James! -¡Eh! ¿Qué? -exclamó Richard-. ¿A qué os referís, muchacho? -Se ha despojado del escudo- gritó el joven-. Debe de estar muy enfermo, porque es imposible que rechace el combate por otra razón. Richard picó espuelas hacia Blake. -¿Os habéis vuelto loco, amigo? -preguntó-. ¡A estas alturas no podéis declinar el combate, a menos que queráis arruinar a todos vuestros amigos! -¿De dónde has sacado eso? -preguntó Blake-. ¿Quién ha dicho que voy a retirarme? -¿Y vuestro escudo? -preguntó sir Richard. -Esa estúpida cosa me pesaba mucho -gritó Blake al picar espuelas hacia delante para enfrentarse a sir Malud, mientras Richard le seguía de cerca, al igual el caballero que secundaba a Malud cabalgaba tras él. Sir Malud sonrió confiado al mirar repetidas veces hacia la tribuna, a las damas y caballeros que allí se sentaban, mientras Blake cabalgaba con la mirada fija sobre su oponente. Ambos corceles emprendieron inmediatamente el trote, y al acercarse el uno al otro Malud espoleó el caballo para que apretara el paso y Blake vio que, a juzgar por la trayectoria de su enemigo, éste pretendía desmontarlo al primer impacto, o al menos desequilibrarlo para que resultara después más sencillo darle un buen golpe antes de que pudiera recuperarse. Malud cabalgó con la espada medio alzada por el costado derecho, mientras Blake se mantenía en guardia, posición desconocida por los caballeros de Nimmr, que sólo se defendían con el escudo. Cada uno de los jinetes se aproximó al otro por la izquierda; cuando estaban a punto de encontrarse, sir Malud se levantó de la silla y bajó la espada para ganar impulso, antes de dibujar un círculo con el acero y lanzar un terrible ataque directo a la cabeza del enemigo. En aquel momento algunos espectadores apreciaron, desde la tribuna, que Blake no llevaba escudo. -¡Su escudo! ¡Sir James no tiene escudo! -se escuchó en diversas partes de la tribuna. A la derecha de donde ambos caballeros se enfrentaban, en el palco de Gobred, Blake oyó el grito de una mujer, pero no pudo mirar para averiguar si había sido Guinalda. Al encontrarse ambos jinetes, Blake tiró de las riendas para que su caballo se dirigiera directo al de Malud, de modo que los lomos de ambos corceles chocaron, y a un tiempo apoyó todo el peso en la misma dirección. Malud, que seguía de pie sobre los estribos para descargar el golpe, estuvo a punto de perder el equilibrio, y al tener su escudo dispuesto para la defensa no pudo tirar de las riendas para maniobrar. Malud, que aguantaba demasiado peso, perdió toda la fuerza y cambió la dirección del golpe, que cayó, para sorpresa del caballero, sobre la espada de Blake, descargando toda su fuerza en ella y no en su objetivo. Al instante, Blake, que sostenía firmemente las riendas con la mano, puesto que con la izquierda no sostenía ningún escudo, dirigió su caballo para rodear por la izquierda al de su oponente, a quien atravesó en el hombro con la punta de la espada. Ésta se abrió paso a través de la cota de malla de Malud y lo hirió antes de que su caballo se alejara fuera de su alcance. Un clamor de aprobación surgió de la tribuna al ver el buen hacer de Blake, justo en el momento en que el segundo de Malud picaba espuelas hacia el palco del príncipe para elevar una protesta. -¡Sir James no tenía escudo! -gritó-. ¡No es un combate justo! -Es más ventajoso para vuestro caballero que para el propio sir James - dijo Gobred. -No aprovecharemos semejante ventaja -respondió el segundo de Malud, sir Jarred. -¿Y vos qué decís? -preguntó Gobred a sir Richard, que había cabalgado a toda prisa hasta llegar a la altura de sir Jarred-. ¿Está sir James privado de escudo por algún accidente acaecido antes de entrar en la liza? -No, él mismo se deshizo del escudo -respondió Richard- bajo el pretexto de que esa «estúpida cosa» le molestaba; pero si sir Jarred considera de veras que a causa de ello sir Malud también estará en desventaja, debería considerar la posibilidad de que éste se deshiciera también del suyo. Gobred sonrió. -Eso es justo -dijo. Los dos hombres, más concentrados en el combate que en las discusiones de sus respectivos segundos, se habían vuelto a enzarzar. La sangre era visible en el hombro de Malud y manaba por su espalda hasta manchar los faldones y la silla del caballo. Un rugido generalizado se había apoderado de la tribuna. No pocos seguían gritando a voz en cuello que sir James no tenía escudo, mientras que otros gritaban de puro deleite, satisfechos con la sencillez del ataque gracias al cual sir James había conseguido la primera sangre. Corrían apuestas de un lado a otro sin ningún tapujo. Pese a que sir Malud no había perdido su puesto de favorito en la lid, ya no era tanta la desventaja que el público atribuía a Blake, y, aunque los hombres no tenían dinero para apostar, sí tenían joyas, armas y caballos. Un entusiasta partidario de sir Malud apostó tres corceles contra uno a que su campeón saldría victorioso, y apenas acababa de proclamarlo en voz alta cuando obtuvo una docena de respuestas de espectadores dispuestos a aceptar la apuesta, mientras que antes de empezar el combate nadie aceptaba apuestas inferiores al diez a uno a favor de Malud. A esas alturas, la sonrisa de Malud había desaparecido por completo de sus labios, y ya no miraba hacia la tribuna. Tenía fuego en los ojos al picar espuelas de nuevo hacia Blake, quien, a su juicio, había sacado partido de un golpe de suerte. Al no verse cargado con el escudo, Blake aprovechó la destreza de su caballo, al que conocía por haberlo montado a diario desde su llegada a Nimmr, de modo que hombre y bestia se habían acostumbrado el uno al otro. De nuevo sir Malud vio cómo su espada era bloqueada por el acero de su antagonista, que, para su sorpresa, manejó la punta rápidamente de modo que penetrara bajo el escudo hasta atravesar la carne del costado. No causó una herida profunda, pero resultaba dolorosa y, además, de nuevo había hecho sangrar a su enemigo. Malud volvió a golpear lleno de furia, pero Blake se había apresurado a tirar de las riendas de su caballo para dirigirlo en sentido contrario y, antes de que Malud hiciera lo propio, volvió a golpearle. En aquella ocasión dirigió el ataque al yelmo del enemigo. Algo aturdido y perdido por la rabia, Malud picó espuelas y cargó al trote, decidido de nuevo a desmontar a su adversario. Se encontraron justo frente al palco de Gobred; un rápido entrechocar del acero sorprendió a los espectadores reunidos en la tribuna. Entonces, para sorpresa de todos, sobre todo de Malud, la espada de tan noble caballero salió volando por los aires hasta caer en la pista, dejándole totalmente a merced de su enemigo. Malud tiró de las riendas y se dispuso a esperar erguido en la silla. Sabía, al igual que su oponente, que bajo las reglas que gobernaban su enfrentamiento Blake podía atravesarlo con la espada, a menos que Malud pidiera compasión, y que nadie, y Blake menos que nadie, esperaba nada parecido de tan orgulloso y noble caballero. Sir Malud permaneció sentado en el caballo a la espera de que aquél se acercara para matarlo. Un silencio total se apoderó de la tribuna, de modo que cuando el caballo de Malud mordió el bocado todos pudieron oírlo. Blake se volvió hacia sir Jarred. -Llamad a un escudero, caballero -dijo-, para devolverle la espada a Malud. De nuevo la tribuna explotó en un tremendo aplauso, pero Blake se volvió de espaldas a ellos y cabalgó junto a Richard, en espera de que su adversario recuperara su arma. -Bien, viejo zorro -dijo a sir Richard-, ¿cuántos escudos crees que necesito ahora? Richard rompió a reír. Habéis tentado a la fortuna, James -respondió-, pero creo que un buen espadachín ya os habría atravesado como a un cordero. -Sé que Malud ya lo habría hecho si llego a dejarle en ridículo en plena fiesta -le aseguró Blake, pese a dudar de que sir Richard comprendiera a qué se refería, tal como solía suceder cuando Blake hablaba de esa forma. Tanto era así que Richard había dejado de especular acerca del significado de muchas de las cosas que decía su amigo. Pero en aquel momento sir Malud disponía de nuevo de su espada y picaba espuelas hacia Blake. Frenó su caballo ante el americano y se inclinó. -Agradezco la gentileza de tan noble y generoso caballero -dijo con educación. Blake asintió al oír aquellas palabras.¿Está preparado, señor? -preguntó. Malud asintió-. Entonces, ¡en guardia! -gritó el americano. Durante un momento ambos maniobraron en busca de una posición. Blake frotó y Malud levantó el escudo para evitar recibir el golpe en plena cara; pero al no ser atacado bajó de nuevo el escudo, tal como Blake sabía que haría, y al hacerlo el filo de la espada del americano cayó con fuerza sobre la corona del bacinete. Malud soltó el arma, se agitó en la silla y después cayó hacia delante y rodó por el suelo. Blake desmontó ágilmente pese a la pesada armadura, y caminó hacia donde su enemigo yacía postrado de espaldas, cerca del palco de Gobred. Puso un pie sobre el pecho de Malud y colocó la punta de la espada en su garganta. Los espectadores se inclinaron hacia delante para ver el golpe de gracia, mas Blake no empujó la empuñadura de la espada. Miró al príncipe Gobred y se dirigió a él de esta guisa: -He aquí un bravo caballero -dijo-, con quien no tengo ninguna diferencia de peso. Yo lo perdono en favor de vuestro servicio, príncipe, y por el bien de quienes le aman. -Y sus ojos miraron directamente a los ojos de la princesa Guinalda. Entonces se volvió y se alejó caminando frente a la tribuna, hasta llegar a su propia tienda, mientras Richard cabalgaba tras él, y damas y caballeros, soldados, hombres libres y siervos se levantaban del asiento y aplaudían. Edward estaba fuera de sí de pura alegría, igual que Michel. El primero se arrodilló y abrazó las piernas de Blake, le besó la mano y lloró, tan grande era su alegría y su júbilo. -¡Lo sabía! ¡Lo sabía! gritó-. ¿Acaso no te lo decía yo, Michel? ¿No te dije que mi caballero derrotaría a sir Malud? Los soldados, el trompeta y los sirvientes de la tienda de Blake sonreían de oreja a oreja. Mientras hacía tan sólo unos minutos se habían sentido avergonzados de contarse en el bando perdedor, en ese momento estaban orgullosos y miraban a Blake como al gran héroe de Nimmr. Mucho se regocijarían ante sus compañeros cuando se reunieran alrededor de unas jarras de alcohol en la mesa de madera que había en el comedor. Edward sacó a Blake de la armadura, y Michel hizo lo propio con Richard, sin dejar de cotorrear, incapaces como eran de contenerse, tan grande era su dicha por lo inesperado del suceso. Blake se dirigió directamente a sus aposentos, acompañado por Richard, y cuando ambos se encontraron a solas, éste puso una mano en el hombro de aquél. -Habéis hecho un noble y caballeroso acto, amigo mío -dijo-, aunque temo que no haya sido lo más acertado. -¿Por qué? -preguntó Blake-. ¿No esperarías que rematara a ese pobre hombre cuando estaba tumbado e indefenso? Richard negó con la cabeza. Es justo lo que él hubiera hecho de estar en vuestro lugar -respondió. -En fin, yo no podía hacer tal cosa. En mi país nos enseñan a no considerar ético golpear a alguien caído -se justificó Blake. -De no haber sido vuestra disputa tan grave como parecía, podríais haberos comportado de forma magnánima; pero Malud está celoso de vos, y esos celos no se verán ahogados por lo que habéis hecho hoy. Podríais haberos librado de un enemigo poderoso y peligroso de haber propinado el golpe de gracia, tal como era menester; mas ahora habéis convertido a Malud en un enemigo más poderoso si cabe, ya que a sus celos añadirá el odio y la envidia que siente hacia vos por haberle derrotado. Habéis conseguido que parezca un asno, James, cosa que sir Malud jamás podrá olvidar. Creedme, le conozco bien. Las damas y caballeros adjuntos al castillo de Gobred comieron juntos en una gran mesa en el enorme salón del castillo. En ella cabían trescientas personas, y era necesario un buen número de sirvientes para atenderla. Cerdos enteros asados llegaban en enormes bandejas, además de piernas de cordero y filetes de carnes varias y cuencos de verdura, así como vino y licores, todo coronado por un inmenso budín. Proliferaban las risas y las conversaciones en un elevado tono de voz, lo cual no hacía sino dar la puntilla a la imagen fabulosa de leyenda que sir James Blake contempló al sentarse en el extremo inferior de la mesa, lejos de la flor y nata de la velada, en el lugar donde acostumbraban a sentarse los últimos neófitos de la caballería de Nimmr. Su enfrentamiento con Malud era el tema del momento, y no pocos le felicitaron o le hicieron cumplidos, por no mencionar las diversas preguntas respecto a dónde había aprendido tan extraña técnica de lucha con espada. Pese a haberle visto luchar, parecían considerar algo imposible el que alguien sin escudo venciera en combate a un oponente protegido por tan esencial elemento de la defensa. El príncipe Gobred y su familia se sentaban en compañía de la nobleza de Nimmr, en una mesa ligeramente elevada por encima de la gran mesa, que se extendía perpendicular al extremo superior para dar forma a una enorme «T». Cuando deseaba dirigir la palabra a alguien que no se sentara cerca de él en la mesa, echaba mano del simple recurso de elevar el tono de voz, de modo que si otras personas decidían imitarle, la estancia se inundaba de rugidos y confusión. Como Blake se había sentado en el extremo opuesto de la mesa, cuando uno de los comensales de la de Gobred quería dirigirse a él tenía que gritar. Cuando era el propio príncipe el que hablaba, el resto de comensales solía callar por respeto a él, a menos que hubieran abusado de la bebida. Poco después de sentarse todos los presentes, Gobred alzó la copa en lo alto, y el silencio se extendió por la estancia al levantarse todas las damas y todos los caballeros para volverse hacia el príncipe. -¡Salud a nuestro rey! -gritó Gobred-. ¡Salud a nuestro señor Ricardo de Inglaterra! Y a modo de respuesta se elevó un coro de voces que gritó: «¡Salud!», antes de beber a la salud de Ricardo Corazón de León, ¡setecientos veintiocho años después de su muerte! Después bebieron a la salud de Gobred, de la princesa Brynilda, su esposa, y de la princesa Guinalda, y en todas esas ocasiones una voz exclamaba, justo bajo el estrado del príncipe: «¡A su salud!», ya que sir Richard hacía gala de sus nuevos conocimientos, con una sonrisa orgullosa en los labios. Entonces el príncipe Gobred volvió a levantarse: -¡Salud! -gritó. ¡Salud a ese valiente caballero, que hoy ha demostrado tanto valor y caballerosidad en la pista! ¡Salud a sir James, caballero templario y, ahora, caballero de Nimmr! Ni siquiera el nombre de Ricardo I de Inglaterra levantó semejante demostración de entusiasmo a la que siguió al brindis por sir James, cuyos ojos recorrieron de punta a punta el salón en busca de los ojos de la princesa Guinalda. Vio que bebía a su salud, y pudo ver también que sus ojos lo miraban, pero mediaba cierta distancia entre ellos y las luces de las antorchas y las lámparas de aceite eran demasiado tenues para que pudiera ver si aquella mirada suya era portadora de amistad o desprecio. Cuando remitió el estruendo y los bebedores volvieron a sentarse, Blake se levantó. -Príncipe Gobred -dijo desde la otra punta del salón-, damas y caballeros de Nimmr, quiero hacer otro brindis. ¡Por sir Malud! Por un momento se hizo el silencio, el silencio que sigue a la sorpresa, entonces todos se levantaron y bebieron a la salud del ausente sir Malud. -Sois un extraño caballero, decís extrañas palabras y os comportáis de forma extraña, sir James -gritó Gobred-; pero aunque digáis «a su salud», en lugar de, simplemente, «salud», y vuestros amigos sean para vos «colega» o «chico», al parecer os entendemos y querríamos saber más acerca de vuestro país, y de los nobles caballeros que allí habitan. Decidnos, ¿son magnánimos y caballerosos con el enemigo caído? -Si no lo son reciben una buena bronca -explicó Blake. -¡«Buena bronca»! -repitió Gobred-. Supongo que os referís a una suerte de castigo. -¡Usted lo ha dicho, príncipe! -¡Por supuesto que he sido yo, sir James! -exclamó Gobred con cierta aspereza. -Quiero decir, príncipe, que ha dado en el clavo, que lo ha acertado a la primera. Recibir una bronca es el único castigo que los caballeros del Círculo Cuadrado o los caballeros del Diamante aceptan. -¡Caballeros del Círculo Cuadrado! ¡Caballeros del Diamante! Son órdenes de caballería cuya existencia ignoraba. ¿Son valientes caballeros? -Algunos de ellos son unos chiflados, pero la mayoría son estupendos. Pondré el ejemplo de sir Dempsey, un caballero del Círculo Cuadrado. Demostró a todos que era un caballero de tomo y lomo con su buen perder, pues es mucho más difícil serlo en la derrota que en la victoria. -¿Existe alguna otra orden en estos tiempos? -preguntó Gobred. -¡Vamos sobrados de ellas! -¿Qué? -gritó Gobred. -Ahora todos somos caballeros -explicó Blake. -¡Todos caballeros! ¿No hay siervos ni campesinos? ¡Es increíble! -En fin, creo que hay algunos asistentes de campo en el ejército, pero quien más quien menos el resto de nosotros somos caballeros. Comprenderá usted que las cosas han cambiado mucho desde los tiempos de Ricardo. La gente ha prescindido de cómo eran antes las cosas. Ridiculizaron a la caballería porque querían librarse de ella, y en cuanto lo consiguieron, quisieron erigirse caballeros otra vez; de modo que tenemos caballeros templarios y caballeros de Pifias y caballeros de Colón y caballeros del Trabajo y un montón más que no recuerdo. -Creo que vuestro mundo debe de ser noble y bueno -gritó Gobred-. Puesto que hay tantos nobles caballeros, supongo que no dejarán de justar continuamente los unos con los otros, ¿me equivoco? -Sí lo hacen; de vez en cuando se arma la gorda -admitió Blake.
|
|
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|
|
| Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato. | ||
| Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006 | ||