![]() |
![]() |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
XV La tumba solitaria Stimbol no veía nada en el oscuro interior de la tienda. Justo enfrente oía la ronca respiración de un hombre, respiración propia de alguien con un sueño difícil. El presunto aspirante a asesino se detuvo para templar los nervios. Entonces, apoyado en manos y rodillas, se arrastró poco a poco al interior de la tienda. Una vez dentro, comprobó que una de sus manos tocaba a la figura tumbada. Con cuidado y mucho tacto Stimbol palpó hasta determinar con seguridad la posición en que descansaba su víctima. En la mano, tenía preparado el afilado cuchillo. Apenas se atrevía a respirar por temor a que el hombre mono pudiera despertar. Rezó para que Tarzán tuviera el sueño pesado, y rezó también para que bastara con una cuchillada para alcanzar su indómito corazón. ¡Por fin estaba preparado! ¡Había localizado el punto exacto donde debía atacar! Alzó el cuchillo y golpeó. Su víctima se vio agitada por un temblor espasmódico. Una y otra vez, con la fuerza y velocidad de un maníaco, hizo que el cuchillo penetrara la débil carne. Stimbol sintió que la cálida sangre corría por su mano hasta salpicar la muñeca. Al final, satisfecho con la misión cumplida, se escurrió fuera de la tienda. En aquel momento temblaba tanto que apenas era capaz de mantenerse de pie; estaba aterrorizado por la naturaleza del crimen que había cometido. Con los ojos inyectados en sangre y ojeroso, se tambaleó hacia el mukad donde se encontraba la tienda de Ibn Jad, donde cayó de bruces. El jeque salió de la tienda de las mujeres y miró la temblorosa figura, iluminada por la tenue luz de la linterna de papel. -¿Qué haces aquí, nasraní? -preguntó. -¡Lo he hecho, Ibn Jad! -masculló Stimbol. -¿Hecho qué? -preguntó el jeque. -He matado a Tarzán de los Monos. -¡Ay! ¡Ay! -gritó Ibn Jad-. ¡Tollog! ¿Dónde estás? ¡Hirfa! ¡Ateja! ¡Venid! ¿Habéis oído lo que ha dicho el nasraní? Hirfa y Ateja salieron corriendo al mukad. -¿Habéis oído? -repitió Ibn Jad-. Ha matado a mi buen amigo, el gran jeque de la jungla. ¡Motlog! ¡Fahd! ¡Aprisa! -Había ido elevando el tono de voz y en ese momento gritaba a voz en cuello, así que los demás árabes llegaron corriendo procedentes de todo el campamento. Stimbol, atontado por la naturaleza de sus acciones, atónito ante la sorpresa y el terror que deparaba el cambio de actitud de Ibn Jad, se puso de cuclillas en mitad del mukad. -¡Cógelo! -gritó el jeque al primero que llegó-. Ha matado a Tarzán de los Monos, a nuestro gran amigo, que a punto estaba de cuidar de nosotros y guiarnos fuera de esta tierra de peligros. Ahora todos serán nuestros enemigos. Los amigos de Tarzán caerán sobre nosotros y nos matarán. ¡Alá sirva de testigo de que estoy libre de toda culpa en este asunto, y que su ira y la ira de los amigos de Tarzán caigan sobre el culpable! A esas alturas todos los presentes en el manzil se habían reunido frente a la tienda del jeque, y si se sorprendieron al oír sus protestas por el maltrato a Tarzán o por su repentina amistad hacia él, no dieron muestras de ello. -¡Lleváoslo! -ordenó Ibn Jad-. Por la mañana nos reuniremos para decidir qué hacer con él. Arrastraron al aterrorizado Stimbol hasta la tienda de Fahd, donde lo ataron de pies y manos y lo confiaron a los cuidados de éste. Cuando se fueron, el beduino se inclinó sobre Stimbol y susurró a su oído: -¿De veras mataste al jeque de la jungla? -Ibn Jad me obligó a hacerlo, y ahora me ha traicionado -susurró Stimbol. -Y mañana te matará para explicar a los amigos de Tarzán que ha castigado al asesino de Tarzán -dijo Fahd. -¡Sálvame, Fahd! -suplicó Stimbol-. ¡Sálvame y juro que te daré veinte millones de francos! En cuanto llegue a salvo a la colonia europea más cercana, conseguiré el dinero y te lo entregaré. Piénsalo, Fahd: ¡veinte millones de francos! -Lo estoy pensando, nasraní -respondió el beduino-, y creo que me has mentido. ¡No puede haber tanto dinero en el mundo! -Juro que tengo diez veces esa cantidad. Podrás matarme si te miento. -¡Sálvame! ¡Sálvame! ¡Veinte millones de francos! -murmuró Fahd-. ¡Quizá no mientas! Escucha nasraní. No sé si podré salvarte, pero lo intentaré, y si lo consigo y olvidas los veinte millones de francos, te mataré aunque tenga que buscarte por todo el mundo. ¿Me has entendido? Ibn Jad llamó a dos esclavos ignorantes y les ordenó ir al bait que en un principio había pertenecido a Said, y llevar a Tarzán al borde del manzil, donde debían cavar una tumba para enterrarlo. A la luz de las linternas de papel se dirigieron a la funesta tienda y envolvieron al muerto en la vieja manta con la que estaba cubierto. Después lo llevaron por el manzil y lo dejaron en el suelo mientras cavaban una tumba profunda; de ese modo, bajo el gigantesco bosque que se alzaba en la tierra que tanto amaba, se dispuso la tumba de Tarzán de los Monos. Los esclavos arrojaron rodando el cadáver al hoyo que habían cavado, y a paletazo limpio lo cubrieron de tierra y así lo dejaron, a solas en su tumba anónima. A la mañana siguiente, temprano, Ibn Jad convocó a todos los ancianos de la tribu, y cuando se hubieron reunido se dieron cuenta de que faltaba Tollog. Aunque lo buscaron, no pudieron encontrarlo. Fahd sugirió que había ido de caza. Ibn Jad afirmó que si querían evitar la ira de los amigos de Tarzán, debían inmediatamente tomar medidas para quedar libres de culpa en el asesinato del hombre mono, y que tan sólo podría expresar su buena fe castigando al culpable. La verdad es que no resultó difícil convencerlos para que ajusticiasen a un cristiano, y tan sólo uno de ellos murmuró algo en contra: Fahd. -Hay dos razones, Ibn Jad, por las que no deberíamos matar a este nasraní -dijo. -¡Por Alá que jamás hubo una sola razón para que un verdadero creyente no pudiera matar a un nasraní! -gritó uno de los ancianos. -Escuchad -advirtió Fahd- lo que tengo en mente y entonces estoy seguro de que admitiréis que estoy en lo cierto. -Habla, Fahd -dijo Ibn Jad. -Este nasraní es un hombre rico y poderoso en su propio beled. Si fuera posible perdonarle la vida, estaría dispuesto a entregar un gran rescate, pero muerto no vale nada para nosotros. Si por cualquier razón los amigos de Tarzán no saben de su muerte antes de que abandonemos esta tierra maldita, no nos habrá servido de nada haber matado a Stimbol y, billah, si le matamos ahora quizá no nos crean cuando digamos que él asesinó a Tarzán, y que nosotros le ejecutamos en justo castigo. Pero si lo mantenemos con vida hasta que encontremos a los amigos de Tarzán, si es que tal cosa llega a suceder, entonces podremos decir que lo mantuvimos prisionero para que la propia gente de Tarzán pudiera cobrarse venganza por lo sucedido, lo que sería más de su agrado. -Tus palabras no carecen de sabiduría -admitió Ibn Jad-, pero supón que el nasraní no diga más que mentiras de nosotros, y afirme que fuimos nosotros quienes matamos a Tarzán. ¿Preferirían creerle a él? -Eso tiene fácil solución -dijo el anciano que había intervenido previamente-. Cortémosle la lengua ahora mismo, para que no pueda prestar falso testimonio en contra nuestra. -¡No, billah! -gritó Fahd-. Cuanto mejor lo tratemos, mayor será nuestra recompensa. -Podemos esperar hasta el último momento -dijo Ibn Jad-; si vemos que vamos a perder la recompensa, ya no supondrá ningún problema cortarle la lengua. De ese modo el destino de Wilbur Stimbol quedó a merced de los dioses, e Ibn Jad, temporalmente libre de la amenaza de Tarzán, dedicó su atención una vez más a los planes que tenía respecto al acceso al valle. Acompañado de una fuerte escolta, acudió en persona al poblado galla con el objetivo de parlamentar con el jefe. Al acercarse al poblado de Batando, pasó junto a los campamentos de millares de guerreros galla, y cobró conciencia de algo en lo que apenas había reparado, y es que su situación era muy precaria, y que debía acceder con las mayores muestras de amabilidad a cuantas propuestas pudiera plantear el anciano jefe. Batando lo recibió con mucha cortesía, sin olvidar rodearse de la majestuosidad de un monarca poderoso, y le aseguró que al día siguiente le escoltaría a la entrada del valle, pero que antes debía entregar a Batando todos los esclavos galla que le servían. -Pero de hacerlo así nos quedaremos sin porteadores y sirvientes, y nuestra campaña se encontrará seriamente debilitada -exclamó Ibn Jad. Por toda respuesta, Batando se limitó a encoger sus negros hombros. -Permitid que sigan a nuestro lado hasta que hayamos regresado del valle -imploró el jeque. -Ningún galla os acompañará -dijo Batando decidido. A la mañana siguiente, temprano, desmontaron la tienda de Ibn Jad como señal de que todos debían prepararse para la rahla y, totalmente rodeados de guerreros galla, emprendieron el camino por las montañas, en dirección al lugar donde estaba la entrada del valle, el sueño de Ibn Jad. Fejjuan y el resto de esclavos galla que los árabes habían llevado consigo del beled al-Guad se unieron a los suyos con gran regocijo ante la perspectiva de la libertad recuperada. Stimbol, antipático, temeroso y muy acobardado, caminaba pesadamente junto a dos beduinos que le vigilaban, incapaz de olvidar el horror que había supuesto asesinar al hombre cuya tumba habían dejado atrás. Marcharon con paso firme, unas veces a lo largo de lo que parecía un antiguo sendero y otras, campo a través. Los árabes y su escolta ascendieron por entre las accidentadas montañas que rodeaban el valle del Sepulcro por el norte. Al anochecer del segundo día, después de montar el campamento junto al arroyo de una montaña, Batando se acercó a Ibn Jad y señaló la entrada de una garganta rocosa que partía del cañón principal justo enfrente del campamento. -Allí está el sendero que conduce al valle -dijo-. Aquí os abandonamos para regresar a nuestros poblados. Nos iremos por la mañana. Al salir el sol a la mañana siguiente Ibn Jad descubrió que los galla habían partido aquella misma noche, sin saber del temor que sentían hacia los habitantes del misterioso valle, del que no había regresado con vida ninguno de los suyos. Aquel día Ibn Jad ordenó preparar un campamento seguro donde dejar a las mujeres y a los niños hasta que los guerreros regresaran de la aventura en el valle o descubrieran que podían llevarlos consigo. A la mañana siguiente, después de dejar a algunos ancianos y niños encargados de proteger el campamento, emprendió la marcha con todos los hombres a los que tenía por guerreros, y el vigilante de guardia observó desde el campamento al último de ellos desaparecer en la garganta rocosa que había frente al manzil.
|
|
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|
|
| Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato. | ||
| Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006 | ||