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XXII La novia del simio Blake estaba sentado en cuclillas en el suelo empedrado, engullido por la completa oscuridad que reinaba en la mazmorra. En cuanto salieron los carceleros se dirigió a sus compañeros de suplicio, pero tan sólo uno de ellos respondió algo ininteligible, lo que hizo pensar al americano que aquel pobre diablo había perdido la razón debido a los horrores derivados de estar encerrado en aquel asqueroso agujero. El joven, acostumbrado a la libertad, la luz, la actividad, ya se resentía de la situación en que se encontraba y se preguntó cuánto tiempo pasaría hasta farfullar incoherencias como su compañero, o cuánto tiempo transcurriría hasta que él, también, no fuera sino un saco de huesos esparcidos por el pegajoso suelo. En la completa oscuridad y en el completo silencio no existe el tiempo, ya que no hay forma de calcular su paso. No sabía cuánto tiempo había pasado acuclillado respirando el aire pútrido de la mazmorra. Una vez se quedó dormido, pero no sabía si habría dormido durante horas o se habría quedado momentáneamente traspuesto. ¿Qué hora sería? En aquel lugar un segundo, un día, un año no significaban nada para él. En aquel momento sólo había dos cosas que significaran algo para Blake: la libertad y la muerte. Sabía que no transcurriría mucho tiempo hasta encontrarse con una de las dos. Un sonido perturbó el silencio de aquella cripta olvidada. Era el rumor de unos pasos que se acercaban. Blake prestó atención a medida que se aproximaban. Creyó discernir una luz parpadearte cuya intensidad creció hasta convertirse en una antorcha que iluminó el interior de su prisión. Al principio le cegó la intensa luz, de modo que no pudo ver de quién se trataba; sin embargo, fuera quien fuera, se acercaba hacia él. Blake levantó la mirada. Sus ojos se acostumbraron al inesperado fulgor, y vio a dos caballeros de pie ante él. -Debe de ser él -dijo uno. -¿No nos reconocéis, caballero negro? -preguntó el otro. Blake los observó con atención. Una lenta sonrisa iluminó la expresión de su rostro al reconocer el considerable vendaje que cubría el cuello del más joven de los dos. -¡Vaya! -dijo- Sí que la hemos hecho buena. -¡Buena! ¿Qué queréis decir? -preguntó el de mayor edad. -En fin, estoy seguro de que no habéis venido aquí a colgarme un par de medallas, sir Wildred -dijo Blake con una sonrisa torcida. -Habláis de forma misteriosa -dijo Wildred-. Hemos venido a liberaros, para que el joven rey no traiga la desgracia sobre los caballeros del Sepulcro al ejecutar el sombrío plan que tiene para vos. Sir Guy y yo hemos oído que pretende quemaros en la hoguera, y nos prometimos el uno al otro que mientras corriera sangre por nuestras venas no permitiríamos que tan valeroso caballero como vos se eche a perder por ningún tirano. Wildred se inclinó mientras hablaba y, con una enorme lima, empezó a rascar los grilletes de acero que mantenían a Blake atado a la pared. -¡Me ayudaréis a escapar! -exclamó Blake-. Pero ¿y si os descubren? ¡El rey os castigará! -No nos descubrirán -aseguró Wildred-, aunque estoy dispuesto a arriesgarme por un noble caballero como vos. Sir Guy estará en la barbacana exterior esta noche, y no será difícil llevaros hasta allí. Os puede ayudar a pasar por ella, y desde allí descenderéis por la ladera de la montaña hasta llegar a Nimmr. No podréis atravesar las puertas de la ciudad, ya que éstas están custodiadas por dos de los más fieles caballeros de Bohun, pero quizá por la mañana sir Guy o yo podamos apañárnoslas para cabalgar hasta la llanura con un caballo fresco, de modo que podáis llegar lo antes posible. -Decidnos una cosa que nos ha tenido a ambos en ascuas -dijo sir Guy. -No sé de qué me habláis -dijo Blake. -Vos fuisteis quien, de un modo excelente, recuperasteis a la princesa Guinalda ante las mismas narices de Bohun -continuó Guy-, y pese a todo la vieron en compañía de los sarracenos. ¿Cómo ha sucedido tal cosa? -¿La habéis visto? -preguntó Blake-. ¿Dónde? -Estaba más allá de la barbacana exterior, y los sarracenos se la llevaban a través del paso que conduce a un lugar que nadie conoce - explicó sir Wildred. Blake explicó todo lo sucedido desde que recuperó a Guinalda de brazos de Bohun, y para cuando hubo terminado ya no tenía los grilletes y volvía a ser un hombre libre. Wildred lo condujo por pasadizos secretos hasta su propia habitación, donde le proporcionó comida y una muda de ropa, aparte de una cota de malla, ya que por lo visto pretendía llegar por el paso al extraño país que se encontraba más allá, y no estaban dispuestos a permitir que lo hiciera sin ir propiamente armado, con armadura y a caballo. A medianoche, Wilfred acompañó a Blake a través de las puertas del castillo, y cabalgó con él hacia la barbacana exterior. Allí los recibió sir Guy, y algunos minutos después Blake se despidió de tan caballerosos enemigos y, montado en un poderoso corcel, con sus propios colores ondeando en la punta de la lanza, cabalgó bajo la puerta enrejada y salió al exterior, donde tomó la carretera iluminada por las estrellas que conducía a la falda de las montañas del Sepulcro. Toyat, el rey de los simios, cogió un suculento escarabajo de la deteriorada corteza de un árbol caído. A su alrededor se reunían los enormes y salvajes integrantes de su tribu. Era por la tarde y los monos haraganeaban bajo la sombra de los árboles, junto a un pequeño claro natural que había en la jungla. Estaban satisfechos y en paz con el mundo. Tres personas se acercaban a ellos, pero el viento soplaba desde donde estaban los monos hacia la gente, de modo que ni Toyat ni ninguno de sus compadres olisquearon el rastro de los Tarmangani. Había llovido la noche anterior, y el sendero de la jungla estaba blando y fangoso, así que sus pies no hicieron ningún ruido que los simios pudieran oír, por no mencionar que los tres se movían con mucha cautela. No habían comido nada en los últimos dos días, e iban en busca de alimento. Uno de ellos era un anciano de pelo gris, demacrado por la fiebre, que caminaba como podía con la ayuda de la rama rota de un árbol que usaba como bastón. Otro era un beduino de maligna mirada que caminaba con un mosquete de cañón largo al hombro. La tercera persona era una muchacha cuya extraña ropa, repleta de adornos, estaba hecha jirones; se había ensuciado el rostro, tenía ojeras y estaba flacucha, pero aun así tenía un rostro de una belleza angelical. Caminaba con gran esfuerzo y, aunque a veces el cansancio la hacia tropezar, nunca perdió la compostura ni redujo el orgulloso ángulo que formaba su bien formada barbilla con respecto al suelo. El beduino abría camino, y fue él quien vio primero al joven mono jugueteando al borde del claro, lejos de los grandes machos de la tribu de Toyat. ¡Comida! ¡Por fin! El beduino levantó el cañón de su antigua arma y apuntó con cuidado. Acto seguido apretó el gatillo, y el estruendoso estampido se entremezcló con el grito de dolor y terror que profirió el herido Balu. Los grandes machos se dispusieron a entrar en acción. ¿Huirían ante el temido y odiado bastón de fuego de los Tarmangani? ¿O vengarían el dolor que sentía Balu? Era imposible saberlo: un día harían una cosa; otro día, bajo idénticas circunstancias, otra muy distinta. No obstante, en aquella ocasión escogieron la venganza. Animados por Toyat, que profería horribles gruñidos, los machos se apresuraron a investigar. Eso es lo que vieron las tres personas horrorizadas que siguieron la pista al disparo de Fahd, con intención de descubrir si por fin comerían, o si debían vagar sumirlas en la desesperanza, debilitadas por el hambre que estrujaba sus entrañas. Fahd y Stimbol se volvieron y echaron a correr por el sendero. El árabe, con las alas que da la cobardía, empujó a Guinalda a un lado y la tiró al suelo. El macho que iba en cabeza, al ver a la chica, saltó sobre ella, y estaba a punto de hundir los colmillos en su cuello cuando Toyat lo cogió y lo alejó a rastras. El rey de los simios había visto en una ocasión a otro Tarmangani hembra y decidió que le gustaría tener una como esposa. El otro simio, un enorme macho, al ver que aquél quería la presa y molesto por los modales autoritarios del rey, decidió inmediatamente disputarle el derecho. Descubrió los colmillos y avanzó con aspecto amenazador hacia Toyat, que había arrastrado a la chica hasta el claro. -Apártate -gruñó Toyat-. Ésta es hembra de Toyat. -Es de Go-yad -replicó el otro, sin dejar de avanzar. -¡Matar! -gritó Toyat volviéndose. Go-yad se abalanzó sobre el rey, que levantó de pronto a Guinalda en sus brazos peludos y huyó hacia la jungla. Go-yad no tardó nada en salir tras él profiriendo todo tipo de gritos y gruñidos. La princesa Guinalda, con los ojos abiertos como platos de puro horror, se esforzó por liberarse de la horrible y peluda criatura con la que se adentraba en la jungla. Jamás en la vida había oído hablar de semejantes simios, y los tenía por alguna especie de horrible habitante de ese mundo exterior al que siempre había concebido plagado de ejércitos de sarracenos, aunque más allá, lejos muy lejos, se encontrara un maravilloso país llamado Inglaterra. No había imaginado nunca qué otras cosas podía haber en ese más allá, pero era evidente que se trataba de un lugar horripilante donde tremendas criaturas, dragones incluidos, campaban a sus anchas. Toyat no había corrido mucho cuando se dio cuenta de que no escaparía cargado con ella. Como ni siquiera consideraba la posibilidad de dejarla en el camino, se volvió de pronto con intención de enfrentarse al rugiente Go-yad, aunque éste no se detuvo. Llegó babeante, furioso y gruñón; era la imagen misma de lo salvaje, de la fuerza y de una rabia incontenible. Toyat, después de soltar a la chica, avanzó con intención de cargar contra su rebelde súbdito, mientras Guinalda, debilitada por un esfuerzo al que no estaba acostumbrada y atemorizada por tan terribles circunstancias, cayó jadeando al suelo. Toyat y Go-yad, inmersos en los preliminares de la batalla, se olvidaron de todo lo demás. Guinalda podría haber aprovechado la oportunidad, el hecho de que se hubiesen olvidado temporalmente de ella, para huir; pero estaba demasiado aturdida, demasiado cansada como para hacerlo. Hechizada, incluso fascinada por el horror que afloraba de aquella situación, observó cómo se preparaban aquellas bestias salvajes, dispuestas a luchar por ella. Pero Guinalda no era el único testigo de los salvajes preliminares. Otros ojos observaban la escena con mucha atención desde el cobijo proporcionado por unos arbustos. Absorbidos por sus respectivas pasiones, ni Toyat ni Go-yad percibieron el movimiento de las hojas del arbusto tras el que se ocultaba el otro observador, un movimiento ocasionado por el cuerpo de éste después de cada expiración y después, también, de los leves cambios de posición. Quizá dicho observador no albergaba ningún interés deportivo por el inminente duelo, ya que justo cuando ambos monos estaban a punto de enfrentarse se incorporó y salió a campo abierto. Se trataba de un enorme león de negra melena, cuyo pelaje amarillo brillaba bajo la luz del sol. Toyat lo vio primero. Se volvió y huyó tras proferir un gruñido de rabia, dejando a su adversario y a su presa a merced de la providencia. Go-yad, convencido de que su rival había abandonado el terreno por temor a él, se golpeó el pecho con fuerza y profirió el rugido de victoria del simio macho antes de volverse y reclamar su presa como corresponde al vencedor. Vio a un león inmóvil que le impedía alcanzar a la chica y que observaba la situación con expresión adusta. Go-yad se detuvo como lo habría hecho cualquiera en su lugar. El león estaba a distancia de salto pero no había tensado los músculos. Goyad retrocedió con un gruñido, y cuando vio que el león no hacía el menor esfuerzo por seguirlo, se volvió y echó a correr por la jungla, mirando de vez en cuando hacia atrás hasta que lo imposibilitó el follaje que se interponía entre ambos. Entonces el león se volvió hacia la chica. ¡Pobre princesita! Indefensa, resignada, seguía en el suelo con la mirada fija en aquel nuevo ingenio de tortura y destrucción. El rey de las bestias la observó con atención durante un momento, y después se dirigió a paso lento hacia ella. Guinalda juntó ambas manos para elevar una plegaria, no por su vida, pues hacía tiempo que se había resignado a perderla, sino por una muerte rápida e indolora. La bestia parda se acercó. Guinalda cerró los ojos para no verla. Sintió el roce de un cálido aliento en sus mejillas, antes de que su hedor le asaltara las fosas nasales. El león la olisqueaba. ¡Dios! ¿Por qué no terminaba de una vez? Sus nervios torturados no pudieron más y Guinalda se desmayó, lo cual supuso una piadosa tregua para su sufrimiento.
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