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XXIII Jad-bal ja Los integrantes de la caravana de Ibn Jad se dirigieron hacia el oeste presa de los nervios y apretaron el paso para escapar a marchas forzadas del temible bosque del genio. Después de separarse en el bosque de los leopardos, Abd al-Aziz y sus seguidores no se habían reunido con Ibn Jad y no lo harían nunca, porque los caballeros de Gobred los descubrieron en la llanura que hay al pie de la fabulosa ciudad soñada por los beduinos. Pese al caótico estruendo desencadenado por los mosquetes, los valientes caballeros de Nimmr arrojaron sus lanzas contra los sarracenos, y de nuevo el victorioso grito de guerra de los cruzados se elevó en el aire, después de siete siglos de silencio, para anunciar un nuevo combate en la inflexible guerra por la conquista de Tierra Santa, una guerra interminable. Procedente del norte, un caballero con cota de malla cabalgaba por territorio galla. Un pendón azul y plata ondeaba al viento colgado de la lanza. Las gualdrapas de su enorme caballo estaban guarnecidas con oro y plata del tesoro particular de Wildred, caballero del Sepulcro. Los atentos guerreros galla observaron al solitario anacronismo andante desde lejos antes de huir. Tarzán de los Monos, al oeste, encontró el rastro de Fahd, Stimbol y Guinalda, y lo siguió hacia el sur. Al norte marchaban un centenar de gigantes de ébano, los afamados waziri, veteranos de un centenar de batallas, y en compañía de ellos llegó Said, amado de Ateja. Un buen día encontraron un rastro fresco que cruzaba su camino en diagonal, en dirección sudoeste. Eran huellas de sandalias árabes, dos de hombre y una de mujer, y cuando los waziri se las señalaron a Said, el joven beduino juró que reconocía las de mujer como pertenecientes a Ateja. ¿Quién mejor que él conocía el tamaño y forma de su piececito? ¿O el estilo de las sandalias que ella misma hacía a mano? Rogó a los waziri que se desviaran un poco y le ayudaran a encontrar a su amada, y mientras el subjefe debatía aquella petición consigo mismo, el sonido de pasos que se acercaban a la carrera atrajo la atención de todos los presentes. Así estaba la situación cuando Fahd irrumpió en escena. Said lo reconoció al instante e inmediatamente tuvo la completa seguridad de que las pisadas correspondían a Ateja. Said se acercó a Fahd con gesto amenazador. -¿Dónde está Ateja? -preguntó. -¿Y cómo voy a saberlo? No la he visto desde hace días -respondió honestamente Fahd. -¡Mientes! -gritó Said mientras señalaba el suelo-. ¡Aquí están tus huellas, junto a las de Ateja! Una expresión de inteligencia se dibujó en el rostro de Fahd. Allí tenía una oportunidad de hacer sufrir al hombre que tanto odiaba. Antes de responder, se encogió de hombros. -Wallah, si eso es lo que crees, eso será. -¿Dónde está? -preguntó Said. -Está muerta. Yo que tú no me molestaría -respondió Fahd. -¿Muerta? -El sufrimiento que conllevaba aquella palabra hubiera bastado para fundir un corazón de piedra... Pero no el de Fahd. -La rapté en el bait de su padre -continuó Fahd, con el deseo de infligir el mayor daño posible a su rival-. La hice mía durante días y noches enteras; entonces, un enorme simio me la quitó. Seguro que ha muerto a estas alturas. Fahd había ido demasiado lejos. Había superado la capacidad de aguante de Said, que tras proferir un grito de rabia se arrojó sobre él con el juxa desenvainado, y antes de que los waziri pudieran interferir, o Fahd defenderse, hundió dos veces la afilada hoja del cuchillo en el corazón del beduino. Con la cabeza doblada y la mirada perdida, Said caminaba hacia el norte en compañía de los waziri, cuando a un kilómetro de distancia un anciano, presa de una intensa fiebre, tropezó en el camino y cayó de bruces. Intentó ponerse en pie un par de veces, antes de caer de nuevo al suelo. Era un saco de viejos huesos cansados, y como tal permaneció tumbado presa de ocasionales delirios; a veces se quedaba tan inmóvil que parecía muerto. Tarzán de los Monos llegó procedente del norte, desde donde seguía el rastro de Guinalda y de los dos hombres que la acompañaban. Al conocer los misterios de aquel sendero, tomó algún que otro atajo de vez en cuando colgado de las lianas de los árboles, razón por la cual no se encontró con los waziri cuando éstos vieron a Fahd y donde Said mató a su rival. En aquel momento, el olfato de Tarzán percibió en la distancia el olor de Mangani. Se dirigió a toda prisa hacia los grandes simios, temeroso de que algún mal pudiera recaer sobre la chica si, por alguna razón, caía en manos de los antropoides. Llegó al claro donde estaban tumbados, poco después de que volvieran Toyat y Go-yad, que a esas alturas habían abandonado su particular trifulca, puesto que no había presa por la que discutir. Después de celebrarse los preliminares del encuentro entre los simios y Tarzán, éste les preguntó si alguno de ellos habían visto al Tarmangani hembra que había pasado hacía poco por la jungla. M’walat señaló a Toyat y Tarzán se volvió al rey. -¿Has visto a la hembra? -preguntó Tarzán con cierto temor, pues no le gustaba mucho el comportamiento del rey de los simios. Toyat levantó el pulgar hacia el sur. -Numa -dijo. Después se fue a cazar algo para comer, pero Tarzán supo qué quería decir el simio, y ni un centenar de palabras habrían sido más expresivas. -¿Dónde? -preguntó Tarzán. Toyat señaló el lugar donde había abandonado a Guinalda en manos del león, y el hombre mono se dirigió directamente hacia allí, algo entristecido ante la perspectiva de lo que iba a encontrar. Al menos podría alejar a Numa de la caza y proporcionar un entierro decente a la desafortunada muchacha. Guinalda recuperó la conciencia poco a poco. No abrió los ojos, pero permaneció inmóvil preguntándose si la muerte sería así. No sentía ningún dolor, aunque su nariz percibía un intenso hedor, y en ese momento algo se movió muy cerca de ella, tan cerca que sintió el leve roce de un cuerpo, cuyo calor también percibía. Abrió los ojos presa del miedo, y el horror de la situación volvió a apoderarse de ella cuando vio que el león se había tumbado de espaldas a su lado. Tenía la cabeza levantada, y la melena negra le rozaba el rostro. Al parecer, el león miraba con atención al norte. Guinalda hizo un esfuerzo por no moverse. No oyó, sino que sintió un sordo gruñido casi imperceptible que parecía originarse en el interior del hondo pecho del felino. ¡Algo se acercaba! Incluso Guinalda lo percibió, pero no servía de nada. ¿Qué podría librarla del acoso de semejante bestia? Se produjo un crujido entre las ramas de los árboles a unos treinta metros de distancia. De pronto, la figura gigantesca de una especie de semidiós se precipitó al suelo. El león se incorporó con intención de enfrentarse al hombre. Ambos permanecieron inmóviles, mirándose a los ojos durante un breve instante. -¡Jad-bal ja! -exclamó el hombre antes de añadir-: ¡Media vuelta! El enorme león dorado profirió un gemido y echó a caminar a través del espacio que mediaba entre él y el hombre. Guinalda vio a la bestia mirar el rostro del semidiós, y a éste dar al león unas afectuosas palmadas en la cabeza; pero entre tanto los ojos del hombre, o del dios, o de fuera lo que fuera, no se apartaban de Guinalda y ésta pudo constatar el tremendo alivio que sintió al ver que ella se encontraba bien. Después de dejar al león, el hombre-mono se acercó hasta donde estaba la princesa, y se arrodilló junto a ella. -¿Eres la princesa Guinalda? -preguntó. La muchacha asintió, preguntándose cómo la conocía. A esas alturas seguía demasiado débil como para hablar. -¿Estás herida? -preguntó. La chica negó con la cabeza. -No temas -dijo con suave voz-. Soy amigo tuyo. Ahora estás a salvo. Hubo algo en su tono de voz que transmitió a Guinalda una sensación de seguridad que ni todos los caballeros en cota de malla al servicio de su padre hubieran podido igualar. -Ya no tengo... miedo -se limitó a decir. -¿Dónde están tus acompañantes? -preguntó Tarzán. Ella explicó lo que había sucedido.Ya te has librado de ellos -dijo el hombre mono-. No intentaremos encontrarlos. La jungla se encargará de dar buena cuenta de ellos; tiempo al tiempo. -¿Quién sois? -Soy Tarzán. -¿Cómo sabíais mi nombre? -Soy amigo de alguien a quien conocéis por sir James -explicó-. Ambos te estábamos buscando. -¿Sois su amigo? -gritó- ¡Oh, amable señor, entonces también sois amigo mío! -¡Por supuesto! -exclamó sonriente el hombre mono. -¿Por qué razón no os ha atacado el león, sir Tarzán? -preguntó la chica, que le consideraba un caballero como cualquier otro, ya que en su tierra sólo había caballeros, aparte de miembros de la casa real y del pseudorrey de la ciudad del Sepulcro. La razón de ello obedecía al hecho de que en la compañía original que naufragó en costas de África en tiempos de la Tercera Cruzada sólo había caballeros, excepto un hijo bastardo de Enrique II, que era el príncipe Gobred original. Al no haber tenido contacto con un rey inglés desde que se separaron de Ricardo en Chipre, ningún Gobred había asumido el derecho de conceder títulos nobiliarios a sus seguidores, algo que sólo era prerrogativa del rey. -¿Por qué no me mató el león? -repitió Tarzán-. Porque es Jad-bal ja, el león dorado, a quien eduqué desde pequeño. Me ha considerado su amigo y señor durante toda su vida. No me haría daño, y a ti tampoco te atacó gracias al hecho de haberse relacionado con seres humanos, aunque tuve miedo de que lo hiciera cuando vi que dormía a tu lado. ¡Después de todo, un león es un león! -¿Moráis cerca? -preguntó ella. -Lejos, muy lejos -dijo Tarzán-. Pero mi gente no andará muy lejos, o Jad-bal ja no estaría aquí. Envié a buscar a mis guerreros, y sin duda el león los acompañó. Al ver que la chica estaba hambrienta, Tarzán ordenó al león que la vigilara mientras iba a buscar comida. -No le temas -dijo Tarzán-, y recuerda que no podrías tener a alguien más competente para alejar a los indeseables. -Más me vale creeros -admitió Guinalda. Tarzán volvió con comida, y entonces, ya que el sol aún no se había puesto, se dirigió hacia Nimmr en compañía de la chica, a la que tuvo que llevar a cuestas, ya que estaba demasiado cansada para caminar. Tras ellos trotaba el enorme león de melena negra y de piel dorada. Tarzán aprendió muchas cosas de Nimmr durante el viaje, y también descubrió que el amor que Blake sentía hacia la muchacha era, al parecer, totalmente recíproco; en ningún otro momento parecía más feliz la chica que cuando hablaban de sir James. Ella hacía preguntas acerca del lejano país del que procedía y de su vida anterior, de lo que, desafortunadamente, Tarzán no pudo explicar nada. Durante el segundo día, los tres llegaron ante la gran cruz, donde Tarzán saludó a los vigilantes, a quienes ordenó acercarse y hacerse cargo de la princesa. Ella insistió al hombre mono para que la acompañara al castillo y recibiera la gratitud de sus padres, pero él dijo que debía partir inmediatamente en busca de Blake, y ante esa respuesta ella no insistió más. -Id a buscarlo -dijo-. Decidle que las puertas de Nimmr siempre estarán abiertas para él, y que la princesa Guinalda aguarda su regreso. Tarzán y Jad-bal ja descendieron por la cruz y, antes de volverse para entrar en el túnel que conducía al castillo de su padre, la princesa Guinalda permaneció de pie observándolos, hasta que un recodo del camino los ocultó de su vista. -Que Dios nuestro Señor os bendiga, dulce caballero -murmuró-, y que vuelva a reuniros con mi amado.
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