Ir al inicio de BibliotecasVirtuales.com

3ª Parte - Libro Octavo

LIBRO VIII

MITIA

CAPITULO PRIMERO

KUZMA SAMSONOV

Dmitri Fiodorovitch, al que Gruchegnka había enviado su último adiós cuando partió para una nueva vida, con el deseo de que se acordara siempre de una hora de amor, estaba en aquellos momentos luchando con graves dificultades. Como él mismo dijo más tarde, pasó dos días bajo la amenaza de una congestión cerebral. Aliocha no había conseguido verle el día anterior, y Dmitri no había acudido a la cita que tenía con Iván en la taberna. Cumpliendo sus instrucciones, los dueños del piso donde se hospedaba guardaron silencio. Durante los dos días que precedieron a la catástrofe, su estado fue francamente crítico. Según sus propias palabras, «luchó con su destino por su salvación». Incluso estuvo ausente de la ciudad varias horas para resolver un asunto inaplazable, a pesar de su temor a dejar a Gruchegnka sin vigilancia. Las investigaciones posteriores determinaron con exactitud cómo había empleado el tiempo. Nosotros nos limitaremos a registrar los hechos esenciales.

Aunque le hubiera amado durante una hora, Gruchegnka lo atormentaba despiadadamente. Al principio no pudo saber nada sobre sus propósitos. No los podía averiguar ni por medio de la dulzura ni mediante la violencia. Si hubiera utilizado uno de esos dos procedimientos, ella se habría enojado y apartado de él inmediatamente. Mitia sospechaba que Gruchegnka se debatía en la incertidumbre, sin conseguir tomar una resolución. Suponía, no sin razón, que ella lo detestaba a veces, y no sólo a él, sino también a su amor apasionado. Tal vez era así, pero Mitia no podía comprender exactamente de dónde procedía la ansiedad de Gruchegnka. En realidad, todas sus inquietudes quedaban dentro de esta alternativa: él o Fiodor Pavlovitch.

Al llegar a este punto, es conveniente anotar un hecho indudable. Dmitri estaba seguro de que su padre ofrecería el matrimonio a Gruchegnka ‑si no se lo había ofrecido ya‑ y ni por pienso creía que el viejo libertino confiara en arreglarlo todo con sólo tres mil rublos. Conocía el carácter de Gruchegnka. Por eso consideraba que su inquietud procedía de que no sabía por qué lado inclinarse, al ignorar en cuál de los dos hallaría más ventajas.

En el próximo regreso del «oficial», del hombre que había desempeñado un papel tan implacable en la vida de Gruchegnka, regreso que la joven esperaba con una mezcla de alegría y temor, Mitia ‑cosa extraña‑ no pensaba lo más mínimo. Verdad es que Gruchegnka había guardado silencio sobre este punto los últimos días. Sin embargo, Mitia estaba enterado de que, hacía un mes, su pretendida había recibido una carta de su seductor a incluso había leído parte de ella. Gruchegnka se la había enseñado en un momento de indignación, y quedó sorprendida al ver que él no le daba importancia. No es fácil comprender el motivo de esta indiferencia. Acaso era simplemente que, abrumado por la rivalidad con su padre, no podía imaginarse que hubiese nada peor en aquellos momentos. No acababa de creer en un novio salido de no se sabía dónde, después de cinco años de ausencia, ni en su próxima llegada, anunciada en términos muy vagos. La carta era confusa, enfática, sentimental, y Gruchegnka le había ocultado las últimas líneas, que hablaban más claramente del regreso. Además, Mitia recordó después la actitud desdeñosa con que Gruchegnka había recibido este comunicado de Siberia. La joven no había explicado nada más acerca de este nuevo rival. No es, pues, extraño que Mitia acabara por olvidarlo.

Mitia sólo creía en la inminencia de un conflicto con Fiodor Pavlovitch. En el colmo de la ansiedad, esperaba a cada momento la resolución de Gruchegnka, y opinaba que surgiría pronto, como una inspiración. Si Gruchegnka se presentaba a él y le decía: «Aquí me tienes; soy tuya para siempre», todo habría terminado. Se la llevaría lo más lejos posible, si no al fin del mundo, sí al fin de Rusia. Se casarían y vivirían donde nadie les conociera, ignorados de todos. Entonces él empezaría una nueva vida, virtuosa, de regeneración, sueño que acariciaba ávidamente. El cenagal en que se había hundido voluntariamente le producía verdadero horror y, como tantos otros de los que están en su caso, deseaba sobre todo cambiar de ambiente. Alejarse de la gente que lo rodeaba, de la atmósfera en que vivía, perder de vista aquel lugar maldito, sería una renovación completa, una existencia transformada. He aquí los pensamientos que le absorbían.

El caso tenía otra solución posible, otro desenlace, éste espantoso para él. Si ella le decía de pronto: «Vete. He escogido a Fiodor Pavlovitch. Me casaré con él. No te necesito...», entonces..., entonces... Mitia ignoraba lo que entonces podría suceder. Y lo ignoró hasta el último momento; hay que reconocerlo, hay que hacerle justicia. No tenía ningún propósito definido: el crimen no fue premeditado. Se conformaba con acechar, con espiar. Se atormentaba, pero preveía un feliz desenlace. Todas las demás ideas las rechazaba. Entonces empezó una nueva tortura, entonces surgió una nueva circunstancia, secundaria, pero fatídica, insoluble...

En caso de que Gruchegnka le dijese: «Soy para ti. Llévame contigo», ¿cómo se las compondría para llevársela? Las rentas que obtenía de las entregas que regularmente le hacía su padre se habían agotado. Cierto que Gruchegnka tenía dinero, pero, sobre este particular, Mitia era de un amor propio inflexible. Quería llevársela y empezar una nueva vida con sus propios recursos, no con los de su amada. La simple idea de recurrir al capital de Gruchegnka le producía un profundo malestar. No me extenderé sobre este hecho, no lo analizaré: me limito a anotarlo para que se sepa cuál era su estado de ánimo en aquellos momentos.

Este estado de ánimo podía proceder del secreto remordimiento que experimentaba por haberse apropiado del dinero de Catalina Ivanovna. « Para Catalina soy un miserable ‑se decía‑. También lo seré para Gruchegnka.» Así lo confesó más tarde. « Si Gruchegnka se entera ‑añadía para su fuero interno‑, no querrá saber nada de un individuo como yo. Por lo tanto, he de obtener ese dinero. ¿Pero de dónde lo sacaré? Si no lo consigo, me hundiré en el fracaso. ¡Qué vergüenza!»

Tal vez sabía dónde podía encontrar el dinero. Por ahora no diré nada más sobre este punto. Todo se aclarará cuando llegue el momento. Lo que sí quiero explicar, aunque sea en un breve resumen, es en qué consistía para él la peor dificultad. Para procurarse los recursos que necesitaba, para tener derecho a apropiárselos, lo primero que tenía que hacer era devolver a Catalina Ivanovna sus tres mil rublos. «De lo contrario seré un estafador, un bribón, y no quiero empezar así mi nueva vida.» Y decidió alterar todos sus planes si era necesario, con tal de poder restituir a Catalina Ivanovna la cantidad que le debía. Tomó esta decisión en las últimas horas de su vida, después de la conversación que había tenido con su hermano Aliocha en la calle. Cuando éste le explicó los insultos que Gruchegnka había dirigido a su prometida, Dmitri reconoció que era un miserable y rogó a Aliocha que se lo dijera así a Catalina «si consideraba que esto la podía consolar». Aquella misma noche se dijo, en su delirio, que sería preferible matar y desvalijar a cualquiera que no dejar de pagar a Katia lo que le debía. «Prefiero ser un asesino y un ladrón para todo el mundo, prefiero ir a Siberia, a que Katia pueda decir que le he robado para huir con Gruchegnka y empezar una nueva vida.» Así razonaba Mitia rechinando los dientes. Estaba a punto de sufrir una congestión cerebral, pero no abandonaba la lucha.

En esta tenacidad había algo curioso. Lo lógico era que, habiendo tomado semejante resolución, se sintiera desesperado. ¿Pues de dónde podía sacar aquella suma un pobre diablo como él? Sin embargo, esperó hasta el último momento procurarse aquellos tres mil rublos. Estaba en la creencia de que caerían en sus manos de un modo o de otro, incluso llovidos del cielo. Así ocurre a los que, como Dmitri, sólo saben despilfarrar su patrimonio, sin tener la menor idea de cómo se adquiere el dinero.

Desde su encuentro con Aliocha, sus ideas se embrollaban, como si en su cerebro se hubiera desencadenado una tormenta. Se comprende que empezara por la tentativa más extraña, pues suele ocurrir que en tales casos y a tales hombres parecen realizables las empresas más insólitas. Decidió ir a visitar a Samsonov, el protector de Gruchegnka, para proponerle un plan del que formaba parte el préstamo de la suma deseada. Estaba seguro de su proyecto desde el punto de vista comercial; su única duda era cómo acogería Samsonov el paso que iba a dar. Mitia sólo conocía de vista al comerciante; jamás había hablado con él. Pero tenía la convicción, desde hacía mucho tiempo, de que aquel viejo libertino, cuya vida se estaba acabando, no se opondría a que Gruchegnka rehiciera la suya casándose con un hombre enérgico, y que incluso desearía que esto sucediera. Es más, confiaba en que facilitaría las cosas si se presentaba la oportunidad de hacerlo. Ciertos rumores llegados a sus oídos y que coincidían con algunas insinuaciones de Gruchegnka le permitían deducir que Samsonov le prefería a Fiodor Pavíovitch para marido de Gruchegnka.

La mayoría de nuestros lectores considerarán un acto de cinismo que Dmitri Fiodorovitch esperase semejante ayuda y se aviniera a recibir una esposa de manos de su amante. Respecto a este punto, sólo diré que el pasado de Gruchegnka era para Mitia algo olvidado. Pensaba en él con un sentimiento de piedad, y, en el ardor de su pasión, juzgaba que tan pronto como Gruchegnka le dijese que lo amaba y que iba a casarse con él, los dos quedarían regenerados. Entonces se perdonarían mutuamente sus faltas y empezarían una nueva existencia. En cuanto a Samsonov, Mitia veía en él un ser fatídico en la vida de Gruchegnka, a la que jamás había amado; un ser que ya había pasado y al que no se debía tener en cuenta para nada. Aquel viejo débil, cuyas relaciones con Gruchegnka eran puramente paternales, por decirlo así, desde hacia ya casi un año, no podía hacer la menor sombra a Mitia. Fuera como fuese, Dmitri demostraba una gran ingenuidad, pues, a pesar de sus muchos vicios, era un hombre ingenuo. Llevado de esta candidez, creía que Samsonov, al ver que su fin estaba próximo, experimentaba un sincero arrepentimiento por su conducta con Gruchegnka, que no tenía en el mundo amigo ni protector más devoto que él, hombre decrépito a inofensivo.

Al día siguiente de su conversación con Aliocha, Mitia, que apenas había dormido, se presentó a las diez de la mañana en casa de Samsonov y se hizo anunciar. La casa era vieja, hostil, espaciosa. Tenía varias dependencias y un pabellón. En la planta baja habitaban los dos hijos casados de Samsonov, su hija y su hermana, mujer de avanzada edad. En el pabellón vivían dos empleados de escritorio, uno de ellos con una familia numerosa. Toda esta gente estaba falta de espacio; en cambio, el viejo vivía solo en el primer piso. No quería que habitara en él ni siquiera su hija, a pesar de que le cuidaba y tenía que subir la escalera, luchando con su incurable asma, cada vez que él la necesitaba.

El primer piso se componía de grandes y ostentosas habitaciones, amuebladas según la vieja usanza de los comerciantes, con interminables hileras de pesados sillones y sillas de caoba a lo largo de los muros, lámparas de cristal enfundadas y grandes espejos. Estas habitaciones estaban desocupadas, pues el viejo se pasaba el día en su reducido dormitorio, que estaba a un extremo del piso. Allí le servían una vieja doméstica, siempre cubierta con una cofia, y un muchacho que utilizaba como banco un arcón que había en el vestíbulo.

Como sus hinchadas piernas casi no le permitían andar, el viejo se levantaba muy pocas veces de su sillón para dar una vuelta por el cuarto, sostenido por la vieja sirvienta. Incluso con ella se mostraba Samsonov severo y poco comunicativo.

Cuando le anunciaron al «capitán», Samsonov se negó a recibirlo. Mitia insistió, y entonces el viejo preguntó qué aspecto tenía el visitante, si había bebido y si era uno de esos tipos alborotadores.

‑No, señor ‑repuso el muchacho‑. Es sólo que no quiere marcharse.

Tras una nueva negativa, Mitia, que lo tenía todo previsto, escribió con lápiz en un papel: «Para un asunto urgente relacionado con Agrafena Alejandrovna.» Y envió la nota al viejo.

Éste, después de reflexionar un momento, ordenó que hicieran pasar al visitante al salón y que dijeran a su hijo menor que subiera inmediatamente. En seguida llegó este joven alto y hercúleo, vestido y rasurado a la europea (el viejo Samsonov era hombre de caftán y barba). Como sus hermanos, temblaba al verse en presencia de su padre. Éste lo había llamado no porque temiera al capitán, pues no conocía el miedo, sino para que la conversación tuviera un testigo, por lo que pudiera ocurrir.

Acompañado de su hijo, que le rodeaba los hombros con un brazo, y del joven sirviente, Samsonov llegó al salón poco menos que a rastras. Es de suponer que sentía gran curiosidad.

La pieza donde esperaba Mitia era inmensa y lúgubre. Había en ella una galería, sus paredes eran de mármol de imitación y tenía tres enormes espejos enfundados.

Mitia, sentado cerca de la puerta principal, esperaba con impaciencia, preguntándose cuál sería su suerte. Cuando el viejo apareció por el extremo opuesto del salón, a unos veinte metros de distancia, Dmitri se levantó inmediatamente y fue a su encuentro, a largos pasos marciales. Mitia iba correctamente vestido. Llevaba abrochada la levita, el sombrero en la mano, las manos enfundadas por unos guantes negros, como dos días atrás, cuando se presentó en el monasterio para entrevistarse con su padre y sus hermanos en presencia del starets.

El viejo le esperaba de pie, con un gesto lleno de gravedad, y Mitia notó que lo observaba atentamente. Su rostro hinchado ‑esta hinchazón había aumentado últimamente‑ y su labio inferior colgante impresionaron a Dmitri. Saludó en silencio y gravemente al visitante, le indicó una silla y, apoyado en el brazo de su hijo, fue a sentarse, entre gemidos, en un sofá, exactamente frente a Mitia. Éste, al advertir sus dolorosos esfuerzos, sintió remordimiento, y también cierta turbación, en su insignificancia frente al importante personaje cuya tranquilidad había turbado.

Una vez se hubo sentado, el viejo preguntó con acento frío pero cortés:

‑¿Qué desea?

Mitia se estremeció, se levantó y volvió a sentarse en seguida. Empezó a hablar en voz muy alta, con vivos ademanes, palabra rápida y tono exaltado. Se vela que estaba desesperado y buscaba una salida, y también que deseaba terminar cuanto antes si fracasaba. Samsonov debió de advertir todo esto inmediatamente, aunque su semblante impasible no lo dejó entrever.

‑Usted, respetable señor, ha oído hablar más de una vez de mis querellas con mi padre, Fiodor Pavlovitch Karamazov, relacionadas con la herencia de mi madre. Esto justifica todas las habladurías. A la gente le gusta intervenir en los asuntos que no le incumben... También es posible que le haya informado a usted Gruchegnka..., ¡oh, perdone!..., Agrafena Alejandrovna, la honorable y respetable Agrafena Alejandrovna...

Así empezó Mitia, que se embrolló desde sus primeras palabras. Pero no repetiremos exactamente lo que dijo: nos limitaremos a resumirlo. El caso es que, tres meses atrás, Mitia había conferenciado en la capital del distrito con un abogado..., «un abogado famoso, Pavel Pavlovitch Korneplodov, del que usted debe de haber oído hablar... Frente despejada, talento comparable al de un hombre de Estado... Le conoce a usted..., tuvo para usted grandes alabanzas...». Otra vez se desvió del tema principal, pero no se detuvo por tan poca cosa, sino que siguió con ardor por el nuevo camino. Después de oír las explicaciones de Dmitri y de examinar los documentos (Mitia volvió, sin advertirlo, al tema que había dejado), el abogado opinó que se podía entablar un proceso acerca de la aldea de Tchermachnia, heredada por Dmitri de su madre, con objeto de bajar los humos al viejo energúmeno, ya que «no todos los caminos están cerrados y la justicia siempre encuentra alguna salida». En resumen, que se podía sacar a Fiodor Pavlovitch un suplemento de seis mil a siete mil rublos, «pues Tchermachnia vale lo menos veinticinco mil..., ¿qué digo veinticinco mil?..., veintiocho o treinta mil, señor Samsonov, y ese verdugo me ha dado menos de diecisiete mil. Dejé este asunto, por parecerme demasiado complicado, y, al llegar aquí, vi que se me había dirigido una reconvención ‑al llegar a este punto, Mitia volvió a armarse un lío y pasó a otra cosa‑. En fin, respetable señor Samsonov, que estoy dispuesto a cederle todos mis derechos sobre ese monstruo sólo por tres mil rublos. ¿Acepta? Piense que no arriesga usted nada, nada absolutamente: se lo juro por mi honor. Usted percibirá seis mil o siete mil rublos por los tres mil desembolsados... Lo que más me interesa es terminar este asunto hoy mismo. Iremos a la notaría, o... En fin estoy dispuesto a todo. Le puedo entregar cuantos documentos desee, firmaré todo lo que usted quiera. Esta misma mañana formalizamos el convenio y usted me entrega los tres mil rublos. Bien puede hacerlo, ya que es uno de los hombres más acaudalados de la localidad. Así me salvará y, a la vez, me permitirá realizar un acto sublime..., pues abrigo los más nobles sentimientos acerca de una persona que usted conoce perfectamente y a la que usted rodea de una solicitud paternal. De lo contrario, no habría venido. Podemos decir que se han encontrado tres frentes, pues el destino es algo terrible, señor Samsonov. Pero como usted está fuera de combate desde hace tiempo, quedamos sólo dos frentes. Acaso no me expreso bien, pero tenga en cuenta que no soy literato. Los dos frentes son el mío y el de ese monstruo. Por lo tanto, escoja usted: el monstruo o yo. Todo está ahora en sus manos: tres destinos, dos frentes... Perdóneme: me he armado un lío. Pero usted me entiende..., leo en sus ojos que me ha comprendido... De lo contrario, ahora mismo me marcharía. Esto es todo».

Con estas palabras, Mitia cortó en seco su extravagante discurso. Se levantó y esperó una respuesta a su absurda proposición. Al pronunciar su última frase tuvo la sensación de que había fracasado y, sobre todo, de que' su exposición había sido un verdadero galimatías. «Es extraño: vine aquí completamente seguro de mí mismo, y no he dado pie con bola.» Mientras él hablaba, el viejo había permanecido impasible, observándole con gesto glacial. Transcurrido un minuto, Samsonov dijo con una firmeza descorazonadora:

‑Perdone. Los negocios de ese género no nos interesan.

Mitia sintió como si las piernas se le escaparan de debajo del cuerpo.

‑¿Qué será de mí, señor Samsonov? ‑murmuró con una amarga sonrisa‑. Estoy perdido.

‑Perdone, pero...

Mitia, que permanecía de pie a inmóvil, observó un cambio en el rostro del viejo y se estremeció.

‑Verá usted, señor ‑dijo el anciano‑, esos negocios son peligrosos. Veo un proceso, abogado, el diablo y su corte. Pero hay una persona a la que se puede dirigir.

‑¡Dios mío! ‑balbuceó Mitia‑. ¿Quién es esa persona? Me devuelve usted la vida.

‑Esa persona no está aquí en este momento. Es un campesino, un traficante de madera llamado Liagavi. Lleva ya un año tratando de llegar a un acuerdo con Fiodor Pavlovitch para la compra del bosque de Tchermachnia. No se han entendido. Seguramente habrá oído usted hablar de esos tratos. Precisamente ahora está Liagavi allí. Se hospeda en casa del padre Ilinski, en la aldea de este nombre, a doce verstas de la estación de Volovia. Me ha escrito hablándome de este asunto y pidiéndome consejo. Fiodor PavIovitch quiere ir a verlo. Si usted va antes y hace a Liagavi la proposición que me ha hecho a mí, tal vez...

‑¡Una idea genial! ‑exclamó Mitia, entusiasmado‑. Es precisamente lo que necesita ese hombre. Quiere comprar, considera que el precio es excesivo, y con el documento que yo firme puede considerarse propietario del bosque. ¡Esto es magnífico!

Y‑Mitia lanzó una carcajada seca, inesperada, que sorprendió a Samsonov.

‑¡No sé cómo agradecérselo, Kuzma Kuzmitch!

‑No tiene usted que agradecerme nada ‑repuso Samsonov con una inclinación de cabeza.

‑¡Pero si me ha salvado usted! La Providencia me ha traído aquí... Iré a visitar a ese pope.

‑Le repito que no tiene usted por qué darme las gracias.

‑Iré a ver a Liagavi sin pérdida de tiempo... No quiero molestarle más... Nunca olvidaré el servicio que me ha hecho. Palabra de ruso que no lo olvidaré.

Intentó apoderarse de la mano del viejo para estrecharla, pero Samsonov le miró de tal modo, que Mitia retiró la mano, aunque en seguida se reprochó a sí mismo su desconfianza, diciéndose: «Debe de estar fatigado.»

‑Lo hago por ella, señor Samsonov, sólo por ella ‑dijo con énfasis.

Luego se inclinó, dio media vuelta y se dirigió a la puerta a grandes zancadas. Temblaba de entusiasmo. Pensaba: «Todo parecía perdido, pero mi ángel guardián me ha salvado. Cuando un hombre de negocios como Samsonov (¡qué noble es!, ¡qué empaque tiene!) me ha indicado este camino, no cabe duda de que tengo el éxito asegurado. Hay que obrar con rapidez. Volveré esta misma noche con la partida ganada... ¿Se habrá burlado de mí ese viejo?»

Así monologaba Mitia al volver a su casa. No veía más que estas dos posibilidades: o había recibido un buen consejo de un hombre experimentado que conocía a Liagavi (¡qué nombre tan chusco!), o el anciano se había burlado de él. Por desgracia, la última hipótesis era la verdadera. Mucho tiempo después de haberse producido el drama, Samsonov confesó entre risas que se había mofado del «capitán». Era un hombre burlón y de malos instintos, propenso a las aversiones morbosas. No sé lo que le indujo a obrar así, si el hecho de que Mitia hubiera creído, como se deducía de su entusiasmo, que él había tomado en serio un plan tan absurdo, o los celos que sintió al pedirle aquel loco tres mil rublos para llevarse a Gruchegnka. Pero lo cierto es que cuando Mitia permanecía ante él con las piernas temblorosas y diciendo estúpidamente que estaba perdido, él lo miró con un gesto de maldad y decidió hacerle una mala jugada.

Cuando Mitia se hubo marchado, Samsonov, pálido de cólera, se encaró con su hijo y le ordenó que tomase las medidas necesarias para que aquel bribón no volviera a poner los pies en la casa. De lo contrario...

No terminó la amenaza, pero su hijo le había visto enojado muchas veces y tembló de miedo. Una hora después, el anciano estaba todavía dominado por la cólera. Al atardecer se sintió indispuesto y mandó llamar al curandero.

CAPÍTULO II

LIAGAVI

Pero había que «galopar», y Mitia no tenía dinero para el viaje: todo lo que le quedaba de su época de prosperidad eran veinte copecs. Tenía un viejo reloj de plata que no funcionaba desde hacía mucho tiempo. Un relojero judío que tenía una tienda en el mercado le dio siete rublos. «¡No lo esperaba!», exclamó Mitia, encantado (continuaba su euforia). Se fue en seguida a su casa, y allí completó la suma pidiendo prestados tres rublos a sus patrones, que se los dieron de buen grado aunque se quedaron sin nada, tan sincero era el afecto que sentían por su huésped. En su exaltación, Mitia les dijo que su suerte iba a decidirse y les explicó ‑en cuatro palabras, claro es‑ casi todo el plan que acababa de exponer a Samsonov, el consejo que éste le había dado, sus futuras esperanzas, etcétera. Sus patrones ya habían recibido de él muchas confidencias; lo consideraban como de la familia y como un noble nada orgulloso. Mitia envió por caballos de posta para trasladarse a la estación de Volovia. De este modo se pudo comprobar, y se recordó más tarde, que veinticuatro horas antes de que se produjera cierto acontecimiento, Mitia no tenía dinero y que, para procurárselo, había tenido que vender su reloj y pedir prestados tres rublos a sus patrones, todo ello ante testigos.

Pronto se comprenderá por qué anoto estos hechos.

Mientras el coche le conducía a Volovia, Mitia se sentía feliz ante la idea de que al fin iba a resolver sus embrollados asuntos, pero también temblaba de inquietud, preguntándose qué haría Gruchegnka durante su ausencia. ¿Decidiría ir a reunirse con Fiodor Pavlovitch? Por eso se había puesto en camino sin avisarla y, además, había recomendado a sus patrones que no dijeran nada del viaje si alguien iba a preguntar por él.

«Es necesario que regrese esta misma noche ‑se repetía entre los vaivenes del carricoche‑ y que me traiga a Liagavi para que quede firmada el acta.» Pero sus deseos, ¡ay!, no se cumplirían.

En primer lugar, empleó más tiempo que el previsto en el camino vecinal de Volovia, pues el recorrido no era de doce verstas, sino de dieciocho. Luego no encontró en su casa al padre Ilinski: se había marchado a la aldea vecina. Ya casi de noche y con los caballos agotados, Mitia partió en busca del pope.

El sacerdote, hombrecillo tímido y endeble, le explicó que Liagavi, al que, en efecto, había tenido hospedado en su casa, estaba entonces en Sukhoi Posielok y pasaría la noche en la isba del guardabosques, pues también traficaba en aquel lugar. Mitia le rogó insistentemente que lo condujera al lado del traficante sin pérdida de tiempo, añadiendo que de ello dependía su salvación, y el pope, tras vacilar un momento (y sintiendo cierta curiosidad), decidió acompañarlo a Sukhoi Posielok. Para desgracia suya, le aconsejó que fueran a pie, ya que no había sino poco más de una versta de camino. Mitia aceptó en el acto y, como era costumbre en él, echó a andar a largos pasos, lo que obligó al pobre padre Ilinski a hacer grandes esfuerzos para seguirlo.

El sacerdote era joven todavía y muy reservado. Mitia empezó inmediatamente a hablar de sus planes, y su boca no se cerró en todo el camino. No cesó de pedir consejos acerca de Liagavi, farfullando nerviosamente, pero el pope se limitaba a escucharle con atención, sin darle los consejos que Dmitri deseaba. Sus respuestas eran elusivas: «De eso no sé nada... ¿Cómo puedo saberlo?...» Cuando Mitia le habló de sus disputas con su padre acerca de la herencia, el sacerdote no pudo ocultar su inquietud, pues dependia en cierto modo de Fiodor Pavlovitch. Le sorprendió que Mitia llamara Liagavi al campesino Gorstkine, y le explicó que, aunque su nombre era efectivamente Liagavi, le hería profundamente que le llamaran así. «Habrá de llamarle Gorstkine si quiere que le escuche y desea obtener algo de él.»

Esto causó cierta sorpresa a Mitia, el cual explicó que Samsonov le había llamado Liagavi. Al saber esto, el pope cambió de conversación, no queriendo participar sus sospechas a Dmitri, sospechas consistentes en que el detalle de que Samsonov hubiera enviado a Mitia a ver al mujik, llamando a éste Liagavi, indicaba alguna mala intención oculta. Sin embargo, Mitia no tenía tiempo para detenerse en semejantes bagatelas. Seguía su camino, y hasta que llegó a Sukhoi Posielok no se dio cuenta de que había recorrido tres verstas en vez de poco más de una. No manifestó su contrariedad. Entraron en la isba. El guardabosques conocía al padre Ilinski. Ocupaba la mitad de la casa; en la otra mitad, separada de la primera por el vestíbulo, vivía el forastero. Se dirigieron a la habitación de éste alumbrándose con una bujía. La isba estaba excesivamente caldeada por la calefacción. En una mesa de pino había un samovar apagado, una bandeja con varias tazas, una botella de ron vacía, una garrafita de aguardiente en la que quedaba muy poco liquido y un pan blanco. El forastero descansaba en un banco, con una prenda de vestir enrollada debajo de la cabeza a modo de almohada. Roncaba; su sueño era pesado. Mitia se quedó perplejo mirándole.

‑Tendré que despertarlo ‑murmuró, inquieto‑. Es un asunto importante el que me ha traído aquí, y he venido a toda prisa porque quiero regresar hoy mismo.

Se acercó a Liagavi y lo zarandeó, pero sin conseguir despertarlo.

‑Está ebrio ‑dijo Mitia‑. ¿Qué hacer, Dios mío, qué hacer?

Impaciente, empezó a tirarle de las manos, de los pies, a incorporarlo, a sentarlo en el banco; pero tras estas tentativas sólo consiguió oír sordos gruñidos y enérgicas aunque confusas invectivas.

‑Lo mejor que puede usted hacer ‑dijo el sacerdote‑ es esperar. Ahora no logrará que le atienda.

‑Se ha pasado el día bebiendo ‑dijo el guardabosques.

‑¡Si supieran ustedes la situación en que estoy y la necesidad que tengo de hablar con él! ‑exclamó Mitia.

‑Le aconsejo que espere a mañana para hablarle ‑insistió el pope.

‑¿Hasta mañana? ¡Imposible!

Desazonado, se dispuso a seguir sacudiendo al traficante, pero no llegó a hacerlo, al comprender que sería inútil. El sacerdote permanecía mudo; el guardabosques se caía de sueño y su semblante era sombrío.

‑¡Qué tragedias nos reserva la vida! ‑exclamó Mitia, desesperado.

El sudor corría por su rostro. El sacerdote aprovechó un momento en que le vio calmado para hacerle comprender que, aunque consiguiera despertar al traficante, éste, debido a su embriaguez, no estaría en condiciones de hacer ningún trato.

‑Ya que el asunto que le ha traído aquí es tan importante, mejor será que lo deje tranquilo hasta mañana.

Mitia aceptó la sugerencia.

‑Me quedaré aqui, padre; esperaré hasta mañana. Apenas se despierte hablaré con él...

Dirigiéndose al guardabosques, añadió:

‑Ya te pagaré la bujía y mi estancia de una noche en tu casa. No olvidarás a Dmitri Karamazov... ¿Pero usted dónde se acostará, padre?

‑No se preocupe por mí. Regresaré a mi casa en el asno de este amigo ‑y señalaba al guardabosques‑. O sea que adiós y mucha suerte.

El sacerdote hizo lo que había dicho. Montó en el asno y se puso en camino, feliz de haberse librado de Mitia, pero vagamente inquieto, preguntándose si no debería informar al día siguiente a Fiodor Pavlovitch del singular asunto.

«Si no le digo nada, se enojará cuando se entere y me retirará su protección.»

El guardabosques, después de haberse rascado la cabeza, dio media vuelta y, sin decir palabra, se retiró a su dormitorio.

Mitia se sentó en el banco « para esperar la ocasión», según se dijo en su fuero interno. Una profunda angustia, semejante a una densa niebla, lo envolvía. Reflexionaba, pero no conseguía enlazar sus ideas. El cirio ardía, un grillo cantaba, el exceso de calefacción hacia la atmósfera irrespirable. De pronto vio con la imaginación el jardín y la puerta de la casa de su padre. La puerta se abría misteriosamente y Gruchegnka entraba corriendo.

Mitia se levantó de un salto.

‑¡Maldita sea...! ‑murmuró rechinando los dientes.

Luego se acercó maquinalmente al hombre dormido y lo examinó. Era un mujik esquelético, todavía joven, de cabello rizado y perilla roja. Llevaba una blusa de indiana y un chaleco negro, cruzado por la cadena de plata de un reloj oculto en uno de sus bolsillos. Mitia observó aquella cara con verdadero odio. Lo que más le exasperaba era los rizos, sabe Dios por qué. Le humillaba permanecer ante aquel hombre, con su negocio urgente, al que todo lo había sacrificado, mientras él, aquel holgazán, del que dependía su suerte, roncaba como si nada sucediera, como si acabara de llegar de otro mundo.

Mitia perdió la cabeza y se arrojó de nuevo sobre el borracho para intentar sacarlo de su sopor. Lo zarandeó con frenesí a incluso llegó a golpearlo, pero al cabo de unos minutos, viendo que todo era inútil, volvió a sentarse con una amarga sensación de impotencia.

‑¡Qué calamidad! ¡Qué desagradable es todo esto!

Empezaba a dolerle la cabeza.

‑¿Debo renunciar a todo y volver a la ciudad...? No, permaneceré aquí hasta mañana por la mañana... ¿Por qué habré venido? No sé cómo me las arreglaré para regresar... ¡Qué absurdo es todo esto...!

Su dolor de cabeza aumentaba. Mitia permanecía inmóvil. El sueño se iba apoderando de él insensiblemente. Al fin se durmió sentado. Dos horas después le despertó un dolor de cabeza intolerable. Las sienes le latían con violencia.

Tardó mucho en volver a la realidad y darse cuenta de lo que ocurría. Al fin comprendió que su mal consistía en un principio de asfixia debido a las emanaciones de la estufa y que había estado a punto de morir. El mujik seguía roncando. Del cirio quedaba ya muy poco. Mitia profirió un grito y, tambaleándose, corrió hacia el dormitorio del guardabosques. Éste se despertó en seguida y, al enterarse de lo sucedido, se dispuso a cumplir con su deber, pero con una calma que sorprendió y molestó a Mitia.

‑¡Está muerto! ‑exclamó‑. ¡Está muerto! ¡Qué complicación!

Abrieron las ventanas y desembozaron el tubo de la estufa. Mitia fue por un cubo de agua y se remojó la cabeza. Seguidamente empapó un trapo y lo aplicó a la frente de Liagavi. El guardabosques seguía mostrando una indiferencia desdeñosa. Después de abrir la ventana, dijo con acento huraño: « Todo arreglado.» Y volvió a su dormitorio, dejando a Mitia una linterna encendida. Durante media hora, Dmitri estuvo al cuidado del alcohólico. Le renovaba las compresas y estaba dispuesto a velarlo durante toda la noche. Al fin, agotadas sus fuerzas, hubo de sentarse a descansar. Los ojos se le cerraron. Inconscientemente, se echó en el banco y en seguida se sumergió en un profundo sueño.

Se despertó muy tarde, alrededor de las nueve. El sol entraba por las dos ventanas de la isba. El mujik de cabello rizado estaba sentado ante un samovar hirviente y ante otra garrafita de cuyo contenido ya había consumido más de la mitad. Mitia se levantó de un salto y advirtió que el traficante se había vuelto a embriagar. Estuvo un instante mirándolo con los ojos muy abiertos. El bebedor le miraba a su vez, con expresión astuta, flemática a incluso ‑así se lo pareció a Mitia‑ arrogante. Dmitri se arrojó sobre él.

‑¡Perdone!... ¡Escuche!... Ya le habrá dicho el guardabosques que soy el teniente Dmitri Karamazov, hijo del viejo con el que está usted en tratos para talar un bosque.

‑Todo eso... es mentira... ‑repuso inmediatamente el borracho.

‑¿Mentira? Usted conoce a Fiodor Pavlovitch, ¿no?

‑Yo no conozco a ningún Fiodor Pavlovitch ‑balbuceó Liangavi.

‑Usted quiere comprarle la tala de un bosque. Acuérdese, vuelva en sí. Me ha traído aquí el padre Pavel Ilinski. Usted ha escrito a Samsonov y él me ha aconsejado que viniera a verle.

Mitia jadeaba.

‑Todo eso... es mentira... ‑repitió Liangavi tartamudeando.

Mitia sintió que perdía las fuerzas.

‑Oiga, hablo en serio. Usted está bebido, pero puede hablar, razonar... Si no lo hace, seré yo el que acabará por no comprender nada.

‑Tú eres... tintorero.

‑No, no. Yo soy Karamazov, Dmitri Karamazov... Quiero hacerle una proposición, una proposición ventajosísima sobre la tala del bosque.

El beodo se mesaba la barba con un gesto de hombre importante.

‑Tú eres un bribón... Quieres... engañarme.

‑¡Está usted equivocado! ‑gritó Mitia retorciéndose las manos.

El campesino seguía acariciándose la barba. De pronto hizo un guiño y dijo con sorna:

‑Cítame una ley que... permita cometer villanías... Eres un bribón..., un redomado granuja.

Mitia retrocedió con la tristeza reflejada en el rostro. Tuvo la sensación de que había recibido un golpe en la frente, como él mismo dijo más tarde.

De súbito, todo lo vio con claridad. Inmóvil, aturdido, se preguntó cómo un hombre sensato como él había podido creer tantas sinrazones, lanzarse a una aventura tan disparatada, cuidar con tanto afán a Liangavi, ponerle compresas en la frente...

«Este patán está borracho y así estará toda la semana. ¿Para qué he de quedarme esperando? ¿Se habrá burlado de mí Samsonov? Y, a lo mejor, ella... Dios mío, ¿qué he hecho?»

El palurdo le miraba riéndose interiormente. En otras circunstancias, Mitia, incapaz de contener su furor, habría vapuleado a aquel imbécil; pero en aquellos momentos se sentía débil como un niño. Sin pronunciar palabra, cogió su abrigo del banco, se lo puso y pasó a la habitación inmediata. En ella no había nadie. Dmitri dejó sobre la mesa cincuenta copecs por la noche de hospedaje, la bujía y las molestias que había causado. Salió de la isba y se encontró en seguida en pleno bosque. Echó a andar a la ventura, pues ni siquiera se acordaba de si había llegado por el lado derecho o por el izquierdo: estaba tan preocupado, que no había reparado en este detalle.

No sentía ningún deseo de venganza, ni siquiera hacia Samsonov. Avanzaba por el estrecho sendero, trastornada la mente y sin prestar atención al camino que seguía. Un niño lo habría podido derribar, tal era su extenuación. Sin embargo, logró salir del bosque. Los campos segados, desnudos, se extendían hasta perderse de vista.

«Por todas partes la desesperación, la muerte», se dijo y se repitió mientras caminaba.

La suerte quiso que se encontrara en la carretera con un viejo mercader que se dirigía en coche a la estación de Volovia. Le pidió que lo llevara, y el comerciante accedió. En Volovia contrató los caballos que necesitaba para trasladarse a la ciudad. Advirtió que estaba hambriento. Mientras enganchaban los caballos le hicieron una tortilla, que devoró, además de una salchicha y un gran trozo de pan. Después se bebió tres vasitos de aguardiente.

Una vez repuesto, recobró las energías y la lucidez. Los caballos galopaban. Mitia no cesaba de apremiar al cochero mientras imaginaba un nuevo plan «infalible» para procurarse aquel mismo día «el maldito dinero».

‑¡A quien se diga que el destino de un hombre puede depender de tres mil miserables rublos...! ‑exclamó desdeñosamente‑. ¡Todo quedará resuelto hoy!

Si el recuerdo continuo a inquietante de Gruchegnka no se hubiera adueñado de él, incluso se habría sentido feliz. Pero ese recuerdo lo apuñalaba a cada instante.

Al fin llegó a la ciudad y corrió a casa de Gruchegnka.

CAPITULO III

LAS MINAS DE ORO

Ésta era la visita de que Gruchegnka había hablado a Rakitine con tanto temor. La joven esperaba un mensaje y se alegraba de que Mitia estuviese ausente, confiando en que éste no regresaría antes de que ella hubiera partido. Y he aquí que de pronto apareció. Ya sabemos todo lo demás. A fin de desorientarlo había ido a casa de Samsonov acompañada por él, con el pretexto de que tenía que hacer unas cuentas al viejo. Y, al despedirse de Mitia, le había hecho prometer que volvería por ella a medianoche. Esto tranquilizó a Dmitri, que se dijo: «Si está en casa de Samsonov, no irá a reunirse con Fiodor Pavlovitch.» Pero añadió en seguida: «A menos que me haya mentido. »

Mitia la creía sincera, pero, cuando estaba lejos de ella, los celos le llevaban a imaginarse que le hacia toda clase de «traiciones». Cuando volvía a su lado estaba trastornado, convencido de su desgracia; pero apenas veía el bello rostro de su amada, se operaba en él un profundo cambio, olvidaba sus sospechas y se avergonzaba de sus celos.

Volvió presuroso a su alojamiento. ¡Tenía tantas cosas que hacer...! Se sentía más animado.

«He de enterarme por Smerdiakov de lo que ocurrió ayer por la noche. ¿Iría Gruchegnka a casa de mi padre? Esto sería horrible.»

Así, aún no había llegado a su casa y ya apuntaban los celos en su inquieto corazón.

¡Los celos!... «Otelo no era celoso; era un hombre confiado», ha dicho Pushkin. Esta observación atestigua la profundidad de nuestro gran poeta. Otelo cree enloquecer cuando ve fracasado su ideal. Pero no acecha escondido, no escucha tras las puertas. Es un hombre confiado. Ha sido necesario que le abran los ojos, que le hablen de la traición con insistencia para que él crea en ella. El verdadero celoso no es así. Es increíble la degradación en que se puede hundir un celoso sin que se lo reproche su conciencia. Y no son siempre almas viles las que proceden de este modo, sino que personas de altos sentimientos y que sienten un amor puro y fervoroso son capaces de acechar desde un escondrijo, comprar miserables espías y entregarse ellas mismas al más innoble espionaje.

Otelo no se habría resignado jamás a sufrir la traición ‑no digo que hubiera perdonado, sino que no se habría resignado‑, aunque era inocente y bueno como un niño.

El verdadero celoso es muy diferente. Es difícil imaginar los extremos de indulgencia a que llegan estos hombres. Los celosos son los que más fácilmente perdonan, bien lo saben las mujeres. Son capaces de perdonar (tras una escena violenta, cierto) la traición casi flagrante, los abrazos y los besos que han visto por sus propios ojos, con tal que sea la última vez, que el rival desaparezca, yéndose al fin del mundo, o que ellos puedan irse con la mujer amada a un lugar donde el otro no pueda encontrarlos. Naturalmente, la reconciliación dura poco, pues, desaparecido el verdadero rival, el celoso inventará otro. ¿Qué valor tiene un amor que obliga a una vigilancia incesante? Ninguno. Pero esto no lo comprenderá jamás el típico celoso.

Como hemos dicho, entre los celosos hay hombres de gran sensibilidad, y lo más sorprendente es que, mientras permanecen al acecho, aun comprendiendo lo vergonzoso de su conducta, no se sienten avergonzados. Cuando se encontraba ante Gruchegnka, Mitia dejaba de ser un hombre celoso y se convertía en un ser noble y confiado, llegando incluso a reprocharse sus mezquinos sentimientos. Esto significaba, sencillamente, que Gruchegnka le inspiraba un amor más puro de lo que él creía, un amor en el que había algo más que sensualidad, algo más que la atracción carnal de que había hablado a Aliocha. Pero apenas se separaba de ella, Dmitri volvía a creerla capaz de cometer las mayores vilezas, las más perversas traiciones, sin sentir el menor remordimiento.

O sea que los celos le atormentaban nuevamente. Por otra parte, no podía perder ni un minuto. Ante todo tenía que procurarse algún dinero, pues los nueve rublos reunidos el día anterior se los había gastado en el viaje, y todos sabemos que sin dinero no se va a ninguna parte. Mitia había pensado en esto cuando regresaba en el carricoche, al mismo tiempo que forjaba su propio plan. Tenía dos excelentes pistolas que nunca había empeñado, por ser objetos de su predilección. En la taberna «La Capital» había trabado conocimiento con un funcionario joven, soltero, hombre acomodado y aficionadísimo a las armas. Compraba pistolas, revólveres, puñales y formaba con ellos panoplias que mostraba con orgullo, mientras explicaba el sistema de algún revólver o pistola, el modo de cargarlo, de disparar, etcétera.

Mitia fue a proponerle el empeño de las pistolas por diez rublos. El funcionario quedó encantado al verlas a intentó comprárselas, pero Mitia se opuso a venderlas. Entonces el funcionario le entregó los diez rublos y le anunció que no le cobraría ningún interés. Se separaron como dos buenos amigos. Mitia se apresuró a trasladarse al pabellón que estaba detrás de la casa de Fiodor Pavlovitch, con el propósito de hablar con Smerdiakov. Pero todo esto sirvió para que se pudiera comprobar nuevamente que tres o cuatro horas antes de producirse cierto suceso del que hablaremos oportunamente, Mitia no tenía dinero, como demostró empeñando sus preciadas pistolas, y que, después de ocurrir el hecho, estaba en posesión de miles de rublos... Pero no nos anticipemos.

Cuando llegó a casa de María Kondratievna, la vecina de Fiodor Pavlovitch, se enteró, consternado, de la enfermedad de Smerdiakov. Le explicaron su caída en el sótano, la crisis que siguió, la visita del médico, la solicitud de Fiodor Pavlovitch... Le informaron también de que su hermano Iván había salido para Moscú aquella misma mañana. Dmitri se dijo que Iván debía de haber pasado por Volovia antes que él. El caso de Smerdiakov lo inquietaba. ¿Qué haría? ¿A quién encargaría que vigilara para informarle? Preguntó ávidamente a las mujeres de la casa si habían observado algo anormal el día anterior. Ellas comprendieron perfectamente lo que quería decir y lo tranquilizaron. «No, no ha ocurrido nada extraordinario.»

Mitia reflexionó: «Hoy convendría vigilar también. ¿Pero dónde: aquí o en casa de Samsonov?» Por su gusto, habría espiado en las dos partes. Además tenía que ejecutar sin pérdida de tiempo el plan «infalible» que había imaginado por el camino. Mitia decidió dedicarle una hora. «En una hora te aclararé todo. Iré a casa de Samsonov para averiguar si Gruchegnka está allí. Después volveré, estaré aquí hasta las once y de nuevo iré a casa de Samsonov para recoger a Gruchegnka.»

Corrió a su casa y, después de haberse arreglado, fue a visitar a la señora de Khokhlakov. Éste era su gran plan. Había decidido pedir prestados tres mil rublos a esta distinguida dama, y estaba seguro de que ella no se los negaría. El lector se asombrará, sin duda, de que Dmitri no hubiera empezado por dirigirse a esta señora de su esfera, en vez de ir a visitar a Samsonov, con el que no había tenido ningún trato jamás. Pero es que, un mes atrás, casi había roto con ella. Además, la conocía poco y sabía que no podía sufrir que él fuese prometido de Catalina Ivanovna. Habría dado cualquier cosa a cambio de que la joven lo dejara y se uniese en matrimonio con Iván Fiodorovitch, «tan instruido y de tan finos modales». Las maneras de Mitia no le gustaban en absoluto. Dmitri se burlaba de ella. Una vez había dicho que la señora de Khokhlakov era tan vivaz y desenvuelta como inculta. Aquella mañana, en el carricoche, había tenido un chispazo de lucidez.

«Esa señora se opone a mi matrimonio con Catalina Ivanovna. En esto se muestra irreductible. Por tanto, no me negará un dinero que me permitirá dejar a Katia a irme de la ciudad para siempre. Cuando a una de esas grandes damas acostumbradas a satisfacer todos sus caprichos se les mete una idea entre ceja y ceja, no se detiene ante nada para lograr sus fines. Además, ¡es tan rica...!»

En el fondo, el plan era el mismo que el anterior, ya que consistía en la renuncia a sus derechos sobre Tchermachnia, no con fines comerciales como en la oferta hecha a Samsonov, no para tentar a la dama con un buen negocio que podía reportarle miles de rublos, sino simplemente como garantía de la deuda. Al concebir esta nueva idea, Mitia se entusiasmó, como le ocurría siempre en el momento en que planeaba una empresa o tomaba una decisión. Todos los proyectos lo apasionaban en el instante en que se le ocurrían.

Sin embargo, al llegar a la escalinata del pórtico sintió un súbito estremecimiento. En este momento comprendió con claridad meridiana que se jugaba su última carta, que un fracaso le dejaría sin más salida que la de «estrangular a alguien para desvalijarlo». Eran las siete y media cuando llamó a la puerta.

Al principio, todo ocurrió a medida de sus deseos. Fue recibido inmediatamente. «Se diría que me esperaba» , pensó. Fue introducido en el salón. La dama apareció en el acto y le dijo que lo estaba esperando.

‑No sabía que tenía usted que venir, por supuesto; pero lo esperaba. Admire mi instinto, Dmitri Fiodorovitch. Contaba con que viniera usted hoy.

‑Es verdaderamente increíble, señora ‑dijo Mitia sentándose torpemente‑. He venido para un asunto muy importante; sí, de extraordinaria importancia..., por lo menos para mí... Verá usted...

‑Todo eso lo sé, Dmitri Fiodorovitch. No se trata de un presentimiento, de una anticuada creencia en los milagros... ¿Ha oído hablar de lo ocurrido al starets Zósimo?... Esta visita era inevitable; usted tenía que venir después de su comportamiento con Catalina Ivanovna.

‑Es un modo de pensar realista, señora... Pero permítame que le explique...

‑Usted lo ha dicho, Dmitri Fiodorovitch: un modo de pensar realista. El realismo es lo único que ahora tiene valor para mí. He perdido la fe en los milagros. ¿Se ha enterado usted de la muerte del starets Zósimo?

‑No, señora, no sabía nada de este asunto ‑repuso Mitia con gesto de sorpresa. Y en seguida pensó en Aliocha.

‑Ha muerto la noche pasada...

‑Señora ‑le interrumpió Mitia‑, yo sólo sé que estoy en una situación desesperada y que, si usted no me ayuda, todo se irá abajo, y yo seré el primero en hundirme. Perdone la vulgaridad de la expresión, pero la fiebre me abrasa.

‑Sí ya sé que está usted como en ascuas. No puede ser de otro modo. Todo lo que usted pueda decirme ya lo sé. Hace tiempo que pienso en su destino, Dmitri Fiodorovitch, que lo observo, que lo estudio. Soy una experimentada doctora en medicina, créame.

‑No lo dudo, señora ‑dijo Mitia, esforzándose en ser amable‑. En cambio, yo soy un enfermo experimentado, y creo que si es cierto que usted observa mi destino con tanto interés, no consentirá que sucumba... En fin permítame que le exponga mi plan..., lo que espero de usted... He venido, señora...

‑Esas explicaciones son innecesarias, carecen de importancia. No será usted el primero que ha recibido mi ayuda, Dmitri Fiodorovitch. ¿Ha oído usted hablar de mi prima Belmessov? Su esposo estaba en la ruina. Pues bien; le aconsejé que se dedicara a la cría de caballos y ahora tiene un próspero negocio. ¿Conoce usted la cría de caballos, Dmitri Fiodorovitch?

‑No, señora; en absoluto ‑exclamó Dmitri levantándose, sin poder reprimir su impaciencia‑. Le suplico que me escuche, señora. Permítame hablar sólo dos minutos para explicarle mi proyecto.

Y viendo que la impulsiva dama se disponía a intervenir de nuevo, Mitia añadió, levantando la voz cuanto pudo, a fin de ahogar la de su interlocutora:

‑¡Estoy desesperado! He venido a pedirle prestados tres mil rublos. Con garantía, con una garantía segura...

‑Ya hablaremos de eso después ‑dijo la señora de Khokhlakov levantando la mano‑. Sé todo lo que va a decirme. Usted me pide tres mil rublos. Yo le daré mucho más, yo lo salvaré, Dmitri Fiodorovitch. Pero tendrá que obedecerme.

Mitia se estremeció.

‑¿De veras hará eso por mi? ‑exclamó, temblando de emoción‑. ¡Dios mío! Ha salvado usted a un hombre de la muerte, del suicidio... Le estaré agradecido eternamente.

‑Le daré mucho más de tres mil rublos ‑repitió la señora de Khokhlakov, sonriendo ante el entusiasmo de Mitia.

‑No me hace falta más. Me basta con la fatídica suma de tres mil rublos. Se lo agradezco en el alma y le ofrezco una sólida garantía. Mi plan es...

‑¡Basta, Dmitri Fiodorovitch! ‑le interrumpió la dama con modestia triunfante de bienhechora‑. Le he prometido salvarle, y lo salvaré como salvé a Belmessov. ¿Qué opina usted de las minas de oro?

‑¿De las minas de oro? Jamás he pensado en eso.

‑Pero aquí estoy yo, que he pensado por usted. Hace un mes que lo vengo observando. Cada vez que le he visto pasar me he dicho: «He aquí un hombre enérgico, cuyo puesto está en las minas.» Me he fijado incluso en su modo de andar, y estoy convencida de que usted descubrirá algún filón.

‑¿Sólo por mi modo de andar, señora?

‑Pues sí. ¿Acaso no cree que se puede deducir el carácter de una persona por su manera de andar? Las ciencias naturales demuestran este hecho. Ya le he dicho que ahora sólo me atengo a la realidad. Desde que me he enterado de lo sucedido en el monasterio (suceso que me ha afectado profundamente), he adoptado el realismo. Desde ahora, siempre procederé con un sentido práctico. Estoy curada del mal del misticismo. «Basta», como ha dicho Turgueniev.

‑Bien, señora; ¿pero qué me dice de esos tres mil rublos que usted me ha ofrecido tan generosamente?...

‑No tiene nada que temer; es como si los tuviera en el bolsillo. Usted tendrá no tres mil, sino tres millones, y muy pronto. Le voy a exponer mi pensamiento. Usted descubrirá una Mitia, ganará millones y cuando regrese, será un hombre de acción capaz de guiarnos hacia el bien. ¡No debemos abandonarlo todo a los judíos! Usted construirá edificios, fundará empresas y se ganará la bendición de los pobres socorriéndolos. Estamos en el siglo del ferrocarril. Usted se atraerá la atención del Ministerio de Hacienda, que, como nadie ignora, está en situación apuradísima. La baja de nuestra moneda me quita el sueño, Dmitri Fiodorovitch. Usted no sabe lo que me preocupan estas cosas.

‑Oiga, señora ‑dijo Mitia, inquieto‑. Seguramente seguiré su prudente consejo... Iré allá lejos..., a las minas de oro..., y cuando vuelva hablaremos... Pero ahora necesito esos tres mil rubios que usted tan generosamente me ha prometido. De ellos depende mi salvación. He de tenerlos hoy mismo. No puedo perder ni siquiera una hora.

‑¡Basta, Dmitri Fiodorovitch basta! Una pregunta: ¿está dispuesto a ir a las minas de oro o no? Respóndame categóricamente.

‑Iré, señora, iré. Iré a donde usted quiera. Pero ahora...

‑Espere.

Se dirigió a una elegante mesa de despacho y empezó a buscar en los cajones.

«¡Los tres mil rublos! ‑pensó Mitia, incapaz de contener su excitación‑. Y me los va a dar ahora mismo, sin ningún documento, sin ninguna formalidad... ¡Qué grandeza de alma!... Es una mujer excelente. Su único defecto es que habla demasiado...»

‑¡Ya lo tengo! ‑exclamó la dama triunfante, mientras volvía al lado de Mitia‑. ¡Ya tengo lo que buscaba!

Era una medallita de plata, con un cordón, de esas que suelen llevarse debajo de la ropa.

‑Me la han mandado de Kiev ‑dijo en un tono de veneración la señora de Khokhlakov‑. Ha tocado las reliquias de Santa Bárbara, la megalomártir. Permítame que cuelgue yo misma esta medalla en su cuello y que lo bendiga en el momento de emprender una vida nueva.

Después de pasarle el cordón por la cabeza, la dama se consideró en el deber de colocar la medalla en el punto debido. Mitia, un tanto molesto, decidió ayudarla. Al fin, la medalla quedó en su sitio.

‑Ahora ya se puede marchar ‑dijo la dama con acento triunfal, y mientras volvía a sentarse.

‑Señora, estoy emocionado... No sé cómo agradecerle tanta atención. Pero... ¡tengo tanta prisa...! Esa suma que usted me ha ofrecido...

En este momento Mitia tuvo una inspiración.

‑Ya que es usted tan buena, señora, permítame que le diga algo que, a lo mejor, ya sabe usted... Amo a cierta joven. He traicionado a Katia, digo, a Catalina Ivanovna. He sido inhumano, innoble... Amo a otra, a una mujer que seguramente usted desprecia, pues la conoce, pero no puedo dejarla. Así, esos tres mil rubios... ‑Abandónelo todo, Dmitri Fiodorovitch ‑le interrumpió, tajante, la dama‑. Y especialmente a las mujeres. Su objetivo son las minas. En ellas no tienen ningún papel las mujeres. Más adelante, cuando usted vuelva célebre y rico, hallará una buena amiga en la más alta sociedad, una compañera joven, moderna, rica y sin prejuicios. Pues entonces el feminismo ya habrá triunfado y la mujer nueva habrá aparecido...

‑Bien, señora; pero no es eso, no es eso lo que... ‑empezó a decir Dmitri, uniendo las palmas de las manos con un gesto de súplica.

‑Sí, Dmitri Fiodorovitch; eso es precisamente lo que usted necesita, lo que le trastorna sin que usted se dé cuenta. A mí me interesa mucho el feminismo. Mi ideal se cifra en el progreso de la mujer, a incluso en su papel político en un porvenir inmediato. Tengo una hija, Dmitri Fiodorovitch, cosa que todos parecen olvidar. Una vez escribí a Chtchedrine hablándole del problema feminista. Este escritor me ha abierto tan amplios horizontes acerca de la misión de la mujer en la vida, que el año pasado le dirigí estas dos líneas: «Le estrecho contra mi corazón y le beso en nombre de la mujer moderna. ¡Adelante!» Y firmé: «Una madre.» Estuve a punto de firmar: «Una madre contemporánea», pero vacilé, y al fin me limité a escribir: «Una madre.» Resultaba más serio, Dmitri Fiodorovitch. Además, la palabra «contemporánea» habría podido recordarle El Contemporáneo, cosa desagradable, dado el rigor de la censura actual. Pero, por Dios, ¿qué le sucede?

De pie y con las manos enlazadas, Mitia suplicó:

‑Señora, si no quiere que me eche a llorar, entrégueme ya lo que tan generosamente...

‑¡Llore, Dmitri Fiodorovitch, llore! Las lágrimas le allanarán el camino que le espera. El llanto es un agradable desahogo. Más adelante, cuando vuelva de Siberia, reiremos juntos...

‑¡Oiga! ‑bramó Mitia‑. Le suplico por última vez que me diga si puede entregarme hoy mismo la cantidad prometida, o cuándo he de venir a buscarla.

‑¿Qué cantidad, Dmitri Fiodorovitch?

‑Los tres mil rublos que tan generosamente se ha comprometido a prestarme.

‑¿Prestarle tres mil rublos? ¡Yo no le he hecho tal promesa! ‑exclamó la dama, sorprendida.

‑¿Cómo que no? Usted me ha dicho que podía considerar que ya los tenía en el bolsillo.

‑¡Ah, ya caigo! Usted no ha comprendido, Dmitri Fiodorovitch. Me refería al producto de las minas. Le he prometido mucho más de tres mil rublos, pero sólo pensaba en las minas.

‑Entonces, ¿no puedo contar con los tres mil rublos?

‑No dispongo de esa cantidad. Ando muy mal de dinero; Dmitri Fiodorovitch. Incluso tengo ciertas dificultades con mi administrador. Me he visto obligada a pedir un préstamo de quinientos rublos a Miusov. Además, aunque los tuviera, no se los prestaría. Mi norma es no prestar dinero a nadie. Quien tiene deudores, tiene guerra. Y a usted, menos que a nadie le dejaría dinero, porque le aprecio y deseo salvarlo. Su salvación está en las minas, y sólo en las minas.

‑¡Al diablo! ‑aulló Mitia, dando un tremendo puñetazo en la mesa.

‑¡Dios mío! ‑exclamó la señora de Khokhlakov, corriendo a refugiarse en el otro extremo del salón.

En un arranque de despecho, Mitia escupió y salió precipitadamente de la casa. Iba a través de las tinieblas como un loco, golpeándose el pecho en el mismo punto en que se lo había golpeado dos días atrás, cuando se encontró con Aliocha en el camino. ¿A qué venían estos golpes idénticos y en el mismo sitio? ¿Qué significaban? Mitia no había revelado a nadie, ni siquiera a Aliocha, su secreto, que implicaba el deshonor, la perdición, a incluso el suicidio, ya que Dmitri había resuelto quitarse la vida si no encontraba los tres mil rublos que debía a Catalina Ivanovna, y si no podía saldar esta deuda, arrancando de su pecho, de aquel lugar de su pecho, el deshonor que gravitaba en él y torturaba su conciencia.

Todo esto se aclarará muy pronto. Fracasada su última esperanza, aquel hombre fuerte y enérgico se echó a llorar como un niño. Caminaba inconsciente secándose las lágrimas con el puño, cuando tropezó con alguien. Una vieja se tambaleó por efecto del choque, lanzando un grito agudo.

‑¡Lleve cuidado, hombre de Dios! Casi me mata.

Mitia, tras observar a la vieja en la oscuridad, exclamó:

‑¡Ah! ¿Es usted?

Era la sirvienta de Samsonov, la vieja a la que Dmitri había conocido el día anterior.

La buena mujer cambió de tono.

‑¿Y usted quién es, señor?

‑¿No sirve usted en casa del señor Samsonov?

‑Sí, pero no recuerdo quién es usted.

‑Oiga: ¿está en este momento en casa de su señor Agrafena Alejandrovna? Yo mismo la he llevado allí.

‑Ha ido, señor, pero se ha marchado en seguida.

‑¿Que se ha marchado?

‑Sí, ha estado poco tiempo. Ha divertido al señor Samsonov con uno de sus cuentos y se ha ido.

‑¡Mientes, arpía! ‑exclamó Mitia.

‑¡Señor! Yo... ‑balbuceó la vieja.

Pero Mitia había desaparecido ya. Corrió como un rayo a casa de Gruchegnka. Ésta había partido para Mokroie hacía un cuarto de hora. Fenia estaba en la cocina con la cocinera cuando llegó el «capitán». Al verle, Fenia lanzó un grito.

‑¿Por qué gritas? ‑preguntó Mitia‑. ¿Dónde está tu dueña?

Y sin esperar la respuesta de Fenia, que estaba paralizada por el terror, cayó de rodillas a sus pies.

‑¡Fenia, por Dios, por nuestro Señor Jesucristo, dime dónde está tu ama!

‑No lo sé, querido Dmitri Fiodorovitch; no lo sé en absoluto. Aunque me matara usted, no podría decírselo, porque no lo sé. Usted salió con ella de aquí...

‑Pero ha vuelto.

‑No, no ha vuelto: se lo juro por todos los santos.

‑¡Mientes! ‑rugió Mitia‑. Me basta verte temblar, para saber dónde está.

Y echó a correr. Fenia, que aún temblaba de espanto, se felicitó de haber salido tan bien librada, pues comprendía que la cosa habría sido mucho peor para ella si Mitia hubiera dispuesto de tiempo.

Cuando Dmitri se marchó, hizo algo que asombró a las dos mujeres. En la mesa había un mortero con su mano de cobre. Mitia, cuando ya había abierto la puerta, cogió la mano y se la guardó en el bolsillo.

Fenia gimió:

‑¡Dios mío! Ese hombre va a matar a alguien.

CAPITULO IV

TINIEBLAS

¿Hacia dónde corría? No es difícil suponerlo.

‑¿Adónde puede haber ido sino a casa del viejo? Es evidente que desde el domicilio de Samsonov se ha trasladado al de mi padre. Toda esta intriga salta a la vista.

Las ideas entrechocaban en su mente. No pasó por el patio de María Kondratievna.

‑No conviene sembrar la alarma. Esa mujer debe de ser cómplice, lo mismo que Smerdiakov. ¡Todos están comprados!

Había tomado una resolución y no se volvería atrás. Dio un gran rodeo, pasó por el puentecillo y desembocó en una callejuela de la parte posterior. La calleja, deshabitada y desierta, estaba limitada por un lado por la cerca de un campo de cereales, y por el otro, por la empalizada que rodeaba el jardín de Fiodor Pavlovitch.

Para escalar esta empalizada, Mitia escogió el mismo sitio que había utilizado muchos años atrás, según se contaba, Elisabeth Smerdiachtchaia.

‑Si ella pudo saltar por aquí ‑se dijo Mitia‑, ¿por qué no he de poder yo?

De un salto, consiguió aferrarse a lo alto de la empalizada. Trepó y pronto se vio sentado a horcajadas sobre las maderas.

Cerca estaban las estufas, pero Mitia sólo observaba las ventanas iluminadas de la casa.

‑Hay luz en el dormitorio del viejo. Gruchegnka está alli.

Y saltó al jardín. Sabía que Grigori y Smerdiakov estaban enfermos, que nadie podía oírlo. Sin embargo, con instintivo impulso permaneció inmóvil y aguzó el oído. Un silencio de muerte le rodeaba. La calma era absoluta; no se movía ni una hoja... «Sólo se oye el silencio...» Este verso acudió a su memoria. Luego se dijo:

‑Con tal que no me haya oído nadie... Creo que, en efecto, nadie me ha oído.

Se deslizó por el césped con paso felino, aguzando el oído, sorteando los árboles y la maleza. Se acordó de que había debajo de las ventanas densos macizos de saúcos y viburnos. La puerta que daba acceso al jardín por el lado izquierdo estaba cerrada: lo comprobó al pasar. Al fin, llegó a los macizos y allí se escondió. Contenía la respiración. «Hay que esperar. Si me han oído, estarán escuchando. Quiera Dios que no me entren ganas de toser o estornudar. »

Esperó un par de minutos. El corazón le latía con violencia. Respiraba con dificultad.

‑Estas palpitaciones no cesarán. No puedo seguir esperando.

Permanecía en la sombra, tras un macizo iluminado a medias.

‑¡Qué rojas son las bayas de los viburnos! ‑murmuró maquinalmente.

Deslizándose como un lobo, se acercó a la ventana y se levantó sobre las puntas de los pies. Entonces pudo ver el dormitorio de Fiodor Pavlovitch. Era una habitación pequeña y dividida en dos por biombos rojos, «chinos», como les llamaba su propietario.

«Gruchegnka está detrás de los biombos», pensó Mitia.

Y se dedicó a observar a su padre. Éste llevaba una bata que Dmitri no había visto nunca. Era de seda, listada, y de su cintura pendían cordones rematados por borlas. El cuello, doblado y abierto, dejaba ver una elegante camisa de fina holanda y botones de oro. En la cabeza llevaba el pañuelo rojo con el que le había visto Aliocha. Mitia pensó: «Se ha puesto guapo.» Fiodor Pavlovitch estaba cerca de la ventana, pensativo. De pronto, se acercó a la mesa, se sirvió medio vaso de coñac y se lo bebió. Después lanzó un hondo suspiro y otra vez estuvo inmóvil unos instantes. Después se acercó, distraído, al espejo, y levantó el pañuelo para examinar los cardenales y las costras que tenía en la cabeza.

«Seguramente está solo.»

Fiodor Pavlovitch se separó del espejo y se acercó de nuevo a la ventana. Mitia retrocedió para refugiarse en la oscuridad.

«¿Estará Gruchegnka durmiendo detrás de los biombos?»

Fiodor Pavlovitch se retiró de la ventana.

«La espera a ella ‑se dijo Mitia‑. No hay razón para que aceche en la oscuridad. O sea, que ella no está aquí. La impaciencia devora al viejo.»

Mitia volvió a mirar por la ventana. Fiodor Pavlovitch estaba sentado ante la mesa. Su tristeza era evidente. Apoyó el codo en la mesa y la cara en la mano. Mitia lo observaba ávidamente.

«Está solo, completamente solo. Si Gruchegnka estuviera aquí, no estaría tan triste.»

Y, aunque parezca mentira, le molestó que Gruchegnka no estuviera allí.

«No es su ausencia lo que me inquieta ‑se explicó a sí mismo‑, sino no saber qué hacer.»

Posteriormente, Mitia recordó que discurría con perfecta lucidez en aquellos momentos y que se daba cuenta de todo.

Su ansiedad procedía de la incertidumbre que se había apoderado de él y que iba en continuo aumento.

« ¿Está aquí o no está?»

De pronto, tomó una resolución. Extendió el brazo y dio unos golpes en la ventana: primero dos golpes espaciados, después tres golpes que se sucedieron rápidamente: era la señal convenida con Smerdiakov para que éste anunciara al viejo la llegada de Gruchegnka. Fiodor Pavlovitch se estremeció, levantó la cabeza y corrió a la ventana. Mitia volvió a ocultarse en las sombras. Fiodor Pavlovitch abrió la ventana y se asomó.

‑Gruchegnka, ¿eres tú? ‑preguntó con voz alterada‑. ¿Dónde estás, querida, ángel mío? ¿Dónde estás?

Jadeaba de emoción. «Está solo», se dijo Mitia.

‑¿Dónde estás? ‑repitió el viejo, con todo el busto fuera de la ventana para poder mirar en todas direcciones‑. Ven. Tengo un regalo para ti. Ven y lo verás.

«El sobre con los tres mil rublos», pensó Dmitri.

‑¿Pero dónde estás? ¿Acaso en la puerta? Voy a abrir.

Fiodor Pavlovitch estuvo a punto de caer al exterior al mirar hacia la puerta que daba al jardín. Escrutaba las tinieblas. Se dispuso a ir a abrir sin esperar la respuesta de Gruchegnka. Mitia no vaciló. La luz interior permitía ver claramente el perfil detestado del viejo, con su prominente nuez, su nariz curvada, sus labios que sonreían en una espera voluptuosa. Una cólera infernal hirvió de pronto en el corazón de Mitia. «He aquí mi rival, mi verdugo.» Sintió un impulso irresistible: el arrebato de que le había hablado a Aliocha cuando conversaron en el pabellón.

‑¿Pero serías capaz de matar a tu padre? ‑había preguntado Aliocha.

‑No lo sé ‑había contestado Mitia‑. Tal vez lo mate, tal vez no. Temo no poder soportar la visión de su cara en algún momento. Detesto su nuez, su nariz, sus ojos, su sonrisa impúdica. Me repugnan. Esto es lo que me inquieta. No podré contenerme.

La repugnancia llegó a lo intolerable. Mitia, fuera de si, sacó del bolsillo la mano de cobre del mortero.

«Dios me salvó en aquel momento», dijo más tarde Mitia. Y así fue, pues en aquel preciso instante el dolor despertó a Grigori. Antes de acostarse se había aplicado el remedio de que Smerdiakov hablara a Iván Fiodorovitch. Después de haberse frotado, ayudado por su mujer, con una mezcla de aguardiente y una infusión secreta fortísima, se bebió el resto del brebaje mientras Marta Ignatievna murmuraba una oración. Ella también tomó algunos sorbos, y, como no tenía costumbre de beber, se durmió profundamente al lado de su marido. De pronto, éste se despertó, estuvo pensativo un momento y, aunque sentía un dolor agudo en los riñones, se levantó y se vistió a toda prisa. Tal vez le parecía vergonzoso estar durmiendo cuando la casa no tenía guardián en «momentos de peligro». Smerdiakov permanecía inmóvil, agotado. «No tiene ninguna resistencia», pensó Grigori mientras le dirigía una mirada. Y, gimiendo, salió al soportal. Sólo quería echar una mirada desde allí, pues no tenía fuerzas para ir más lejos, a causa del tremendo dolor que sentía en los riñones y en la pierna derecha. De pronto, se acordó de que no había cerrado con llave la puertecilla del jardín. Era un hombre minucioso, esclavo del orden establecido y de los hábitos inveterados. Cojeando y entre contorsiones de dolor, bajó las gradas del porche y se dirigió al jardín. La puerta estaba abierta de par en par. Entró maquinalmente. Había creído oír o ver a alguien. Pero miró a la izquierda y sólo vio la ventana abierta: en ella no había nadie. «¿Por qué la habrá dejado abierta? No estamos en verano», pensó Grigori.

En este momento vio frente a él, a unos cuarenta pasos, una sombra que corría velozmente. Alguien huía en la oscuridad. Grigori lanzó una exclamación y, olvidándose de su lumbago, emprendió la persecución del fugitivo. Como conocía el jardín mejor que el intruso, pudo ganar tiempo atajando. Mitia se dirigió a las estufas, las contorneó y llegó a la empalizada. Grigori, que no lo había perdido de vista, lo alcanzó en el momento en que empezaba a trepar por la cerca. Fuera de sí, Grigori profirió un grito y se aferró a una pierna de Dmitri. Su presentimiento se había cumplido. Reconoció al intruso en el acto: era él, el «miserable parricida».

‑¡Parricida! ‑gritó el viejo.

Pero no pudo decir nada más: un certero golpe, y Grigori se desplomó como fulminado. Mitia saltó de nuevo al jardín y se inclinó sobre el cuerpo inerte. Maquinalmente, se deshizo de la mano del mortero, que arrojó cayera donde cayese, y que quedó a dos pasos de él, en el sendero, expuesto a la vista de todos.

Grigori tenía la cabeza llena de sangre. Mitia le palpó el cráneo, preguntándose con ansiedad si se lo habría roto, o si el viejo sufriría una simple conmoción. La sangre tibia fluía, impregnando los dedos temblorosos del agresor. Mitia sacó del bolsillo el inmaculado pañuelo que había cogido para ir a visitar a la señora de Khokhlakov y lo aplicó a la herida con la insensata esperanza de contener la sangre. El pañuelo se empapó en seguida. «Bueno, ¿y qué? ¡Cualquiera sabe lo que tiene! Pero eso poco importa ahora... Desde luego, lleva lo suyo. Si lo he matado, peor para él.»

Dijo esto en voz alta. Acto seguido, trepó por la empalizada y saltó a la callejuela. Echó a correr, al mismo tiempo que se guardaba en el bolsillo de la levita el pañuelo ensangrentado que llevaba en su mano derecha. Algunos transeúntes recordaron más tarde que aquella noche se habían cruzado con un hombre que corría como alma que lleva el diablo.

Se dirigió de nuevo a casa de la señora de Morozov. Cuando se había marchado después de su primera visita, Fenia se había apresurado a hablar con el portero, Nazario Ivanovitch, para suplicarle que no dejara entrar a Dmitri ni aquel día ni el siguiente. Una vez enterado de todo, el portero prometió hacer lo que se le decía, pero hubo de subir a casa del propietario, que en aquel momento le llamó. Dejó al cuidado de la portería a un sobrino suyo, muchacho de veinte años, recién llegado del campo, pero se le olvidó advertirle que no debía permitir la entrada al capitán. El muchacho, que guardaba buen recuerdo de las propinas de Mitia, lo reconoció y le abrió la puerta. Con amable sonrisa, se apresuró a informarle de que Agrafena Alejandrovna no estaba en casa. Mitia se quedó clavado en el suelo.

‑Entonces, ¿dónde está?

‑Pronto hará unas dos horas que ha partido para Mokroie con Timoteo.

‑¿Para Mokroie? ‑exclamó Mitia‑. ¿Y a qué ha ido a Mokroie?

‑No lo sé exactamente, pero creo que a reunirse con un oficial que le ha enviado un coche.

Mitia irrumpió en la casa como un loco.

CAPÍTULO V

UNA RESOLUCIÓN REPENTINA

Fenia estaba en la cocina con su abuela. Las dos se disponían a acostarse. Confiando en el portero, no habían cerrado la puerta del piso. Apenas entró, Mitia cogió a Fenia del cuello.

‑¡Dime en seguida con quién está ella en Mokroie! ‑rugió. Las dos mujeres lanzaron un grito.

‑Se lo diré todo, querido Dmitri Fiodorovitch; se lo diré todo ‑farfulló Fenia, aterrada‑. No le ocultaré nada. La señorita ha ido a ver a un oficial.

‑¿A qué oficial?

‑Al que la abandonó hace cinco años.

Dmitri soltó a Fenia. Estaba pálido como un muerto y se había quedado sin voz. Las pocas palabras de Fenia habían sido suficientes para que lo comprendiera todo, para que adivinara incluso el menor detalle. La pobre Fenia era incapaz de darse cuenta de nada. Se había sentado en un cajón y alli permanecía temblorosa, con los brazos tendidos como para defenderse, sin hacer el menor movimiento. Con las pupilas dilatadas por el espanto, miraba a Mitia y a sus manos manchadas de sangre. Por el camino debía de habérselas llevado a la cara para limpiarse el sudor, pues tenía manchas de sangre en la frente y en el carrillo derecho. Fenia estaba a punto de sufrir un ataque de nervios. La vieja cocinera parecía que iba a perder el conocimiento. Tenía los ojos desorbitados como una loca. Dmitri se sentó maquinalmente al lado de Fenia.

Estaba sumido en una especie de estupor. Sus pensamientos erraban. Pero todo estaba claro para él. La misma Gruchegnka le había hablado de aquel oficial y de la carta suya que había recibido un mes atrás. Así, desde hacía un mes, la intriga amorosa se había urdido sin que él se diera cuenta. El oficial había llegado antes de que él le hubiera vuelto a dedicar un solo pensamiento. ¿Cómo se explicaba esto? La pregunta surgió ante él como un monstruo y lo dejó helado de espanto.

De pronto, olvidándose de que acababa de maltratar y horrorizar a Fenia, empezó a hablarle con gran amabilidad, a interrogarla con una precisión impropia del estado de turbación en que se hallaba. Aunque miraba con estupor las manos ensangrentadas del capitán, Fenia respondió a sus preguntas sin vacilar. Poco a poco, fue sintiendo cierta satisfacción al darle toda clase de detalles, y no para aumentar su pena, sino porque sentía un sincero deseo de prestarle un servicio. Le habló de la visita de Rakitine y Aliocha, mientras ella vigilaba, y le repitió el saludo que su dueña le había enviado a él, a Mitia, por medio de su hermano menor. «Dile que no olvide nunca que lo he querido durante una hora.»

Mitia sonrió. Sus mejillas se tiñeron de rojo. Fenia, en la que el temor había cedido el puesto a la curiosidad, se aventuró a decirle:

‑Tiene las manos manchadas de sangre, Dmitri Fiodorovitch.

‑Sí ‑dijo Mitia, mirándose las manos distraídamente.

Hubo un largo silencio. Mitia ya no estaba asustado. Acababa de tomar una resolución irrevocable. Se levantó, pensativo.

‑¿Qué le ha pasado, señor? ‑insistió Fenia, señalando las ensangrentadas manos.

La joven hablaba con acento compasivo, como le habría hablado una persona de la familia que compartiera su pesar.

‑Es sangre, Fenia, sangre humana... ¿Por qué la habré derramado, Dios mío?... Allí hay una barrera ‑dijo, mirando a la muchacha como si le planteara un enigma‑, una barrera alta y temible. Pero mañana, al salir el sol, Mitia la franqueará. Tú no sabes, Fenia, de qué barrera te hablo. No importa. Mañana lo sabrás todo. Ahora, adiós. No seré un obstáculo para ella: sé retirarme a tiempo... ¡Vive, adorada mía! Me has amado durante una hora. Acuérdate siempre de Mitia Karamazov.

Salió como un rayo, dejando a Fenia más asustada que poco antes, cuando se había arrojado sobre ella.

Diez minutos después estaba en casa de Piotr Ilitch Perkhotine, el funcionario al que había empeñado las pistolas por diez rubios. Eran ya las ocho y media, y Piotr Ilitch, después de haber tomado el té, acababa de ponerse la levita para ir a jugar una partida de billar. Al ver a Mitia con la cara manchada de sangre, exclamó:

‑¡Dios mío! ¿Qué quiere usted?

‑Se lo diré en dos palabras ‑farfulló Dmitri‑. He venido a desempeñar mis pistolas. Gracias. Démelas en seguida, Piotr Ilitch. Tengo mucha prisa.

Piotr Ilitch estaba cada vez más asombrado. Mitia tenía en su mano derecha un fajo de billetes. Lo hacía de un modo insólito, con el brazo extendido, como para mostrarlo a todo el mundo. Sin duda, lo había llevado así por la calle. Esto se deducía de lo dicho después por la joven sirvienta que le había abierto la puerta. Los billetes que exhibía con sus dedos ensangrentados eran de cien rublos. Piotr Ilitch explicó algún tiempo después a los curiosos que no pudo calcular con una simple ojeada cuántos billetes eran, que la suma lo mismo podía ser de mil que de tres mil rublos. Y de Dmitri dijo que «aunque no bebido, no se hallaba en estado normal. Daba muestras de agitación y estaba distraído, absorto, como si tratase de resolver algún problema sin conseguirlo. Todo lo hacía apresuradamente y sus respuestas eran rápidas y extrañas. En ciertos momentos no mostraba la menor aflicción, sino que, por el contrario, su semblante irradiaba alegría.»

‑¿Pero qué le ha pasado? ‑repitió Piotr Ilitch, que seguía mirándole con estupor‑. ¿Cómo se ha ensuciado de ese modo? ¿Se ha caído? Mire cómo va.

Lo llevó ante un espejo. Al ver su sucio rostro, se estremeció y frunció el entrecejo.

‑¡Esto me faltaba!

Pasó los billetes de su mano derecha a la izquierda y sacó el pañuelo. La sangre se había coagulado y pegado, de modo que el pañuelo era una bola compacta. Mitia lo arrojó al suelo.

‑¿Puede darme un trapo para que me limpie la cara?

‑¿De modo que no está herido? Lo mejor que puede hacer es lavarse. Venga; le daré agua.

‑Buena idea. ¿Pero dónde dejo esto?

Y señalaba, turbado, el fajo de billetes, como si Piotr Ilitch tuviera la obligación de decirle dónde debía ponerlos.

‑Guárdeselos en el bolsillo. O déjelos en la mesa. Nadie los tocará.

‑¿En el bolsillo? Es verdad... En fin, esto no tiene importancia. Ante todo, terminemos el asunto de las pistolas. Devuélvamelas: aquí tiene el dinero. Las necesito. Y tengo mucha prisa.

Separó del fajo el primer billete y se lo ofreció.

‑No tengo cambio ‑dijo Piotr Ilitch‑. ¿No lleva los diez rubios sueltos?

‑No.

Pero, de pronto, tuvo un gesto de duda y empezó a repasar los billetes del fajo.

‑Todos son iguales ‑dijo mientras dirigía a Piotr Ilitch una mirada interrogadora.

‑¿De dónde ha sacado usted esa fortuna? ‑preguntó el funcionario. Y añadió‑: Enviaré al muchacho a casa de los Plotnikov. Cierran tarde. Allí nos darán cambio. ¡Micha! ‑llamó, dirigiendo su voz al vestíbulo.

Mitia exclamó:

‑¡Buena idea! ¡A casa de los Plotnikov!

Y, encarándose con el muchacho, que acababa de llegar, continuó:

‑Mitia, corre a casa de los Plotnikov. Diles que Dmitri Fiodorovitch les envía un saludo a irá en seguida. Otra cosa. Di que me preparen champán, tres docenas de botellas, embaladas como la otra vez, cuando partí para Mokroie... Entonces me llevé cuatro docenas ‑continuó, dirigiéndose a Piotr Ilitch‑. De modo que ellos están al corriente, Micha. Que pongan también queso, pastas de Estrasburgo, tímalos ahumados, jamón, caviar y, en fin, todo lo que tengan. Un paquete de cien o ciento veinte rublos. Que no se olviden de poner bombones, peras, dos o tres sandías..., no, con una habrá bastante...; chocolate, caramelos...; en fin, como la otra vez. Todo esto y el champán debe de subir unos trescientos rublos... No te olvides de nada, Micha... Se llama Micha, ¿verdad? ‑preguntó a Piotr Ilitch.

‑Oiga ‑dijo el funcionario, inquieto‑, será mejor que vaya usted mismo a hacer esos encargos. Micha se armará un lío.

‑Tengo miedo... ¡Micha, te ganarás una buena propina! Si me haces bien el encargo, te daré diez rublos... Anda, ve en seguida... Que no se olviden del champán y que pongan también coñac, vino tinto y vino blanco..., en fin, todo como la última vez... Ellos ya saben lo que pusieron.

‑Escuche ‑dijo Piotr Ilitch, perdida la paciencia‑: el muchacho irá sólo a cambiar y a decir que no cierren. Después irá usted a hacer. sus encargos. Déle el billete. ¡Anda, Micha; ve a cambiarlo!

Piotr Ilitch tenía prisa en que se marchara, pues el muchacho miraba a Mitia con la boca abierta y los ojos más abiertos aún, al ver las manchas de sangre y el fajo de billetes en las manos temblorosas de Dmitri. Seguramente, apenas había comprendido las instrucciones de Mitia.

‑Y ahora va usted a lavarse ‑dijo enérgicamente Piotr Ilitch‑. Deje el dinero en la mesa o guárdeselo en el bolsillo... Así. Quítese la levita.

Le ayudó a quitársela y exclamó:

‑¡Mire! Su levita está manchada de sangre.

‑¡Bah! Una manchita en la manga y otra aquí, en el sitio del pañuelo. La sangre habrá atravesado el forro del bolsillo; al sentarme en casa de Fenia. Sin duda, me he sentado sobre el pañuelo.

Mitia hablaba en tono confiado. Piotr Ilitch lo escuchaba, ceñudo.

‑Pronto se le ha pasado a usted el disgusto. Porque ha habido pelea, ¿verdad? ‑preguntó el funcionario.

Tenía en la mano un jarro de agua que iba vertiendo poco a poco. Mitia se lavaba precipitadamente y mal. Sus manos temblaban. Piotr Ilitch le dijo que se volviera a enjabonar y que se frotara bien. Había cobrado sobre Mitia un ascendiente que aumentaba por momentos. Debemos advertir que el funcionario no tenía temor a nada ni a nadie.

‑Lávese bien las uñas... Y ahora la cara... Aquí, cerca de la sien... Y la oreja... ¿Con esa camisa va a salir a la calle? Tiene manchada toda la manga derecha.

‑Es verdad ‑dijo Mitia, mirándola.

‑Póngase otra.

‑No tengo tiempo... Pero verá lo que voy a hacer.

Dmitri hablaba en el mismo tono confiado. Se secó y se puso la levita.

‑Me doblaré el puño... Así. ¿Ve usted? Ya no se ve la mancha.

‑Ahora dígame qué le ha pasado. ¿Se ha vuelto a pelear en la taberna? ¿Ha vuelto a pegarle al capitán?

Piotr Ilitch dijo esto último en un tono de reproche. Añadió:

‑¿A quién ha vapuleado ahora?... ¿O ha matado?...

‑Eso no tiene importancia.

‑¿Usted cree?

Mitia se echó a reír.

‑No vale la pena. Acabo de liquidar a una vieja.

‑¿A una vieja? ¿Dice usted que la ha... liquidado?

‑No, a un viejo ‑rectificó Mitia, que miraba a Piotr Ilitch, riendo y gritando como si hablara con un sordo.

‑Sea viejo o vieja, el caso es que ha matado usted a una persona.

‑Después de luchar, nos hemos reconciliado. Hemos quedado buenos amigos... ¡Qué imbécil! Seguramente, a estas horas me ha perdonado. Si se hubiera vuelto a levantar, no me habría perdonado nunca.

Mitia guiñó un ojo y exclamó:

‑¡Que se vaya al diablo! ¿Oye, Piotr Ilitch?

Y terminó con acento tajante:

‑Dejemos esto. No quiero hablar por ahora de este asunto.

‑Permítame que le diga que usted está siempre dispuesto a pelearse con cualquiera, como se peleó aquella vez, por cosas insignificantes, con el capitán. Acaba usted de librar una de sus batallas, y sólo piensa en pasar una noche de jarana. Eso lo retrata... ¡Tres docenas de botellas de champán! ¿Para qué tanta bebida?

‑¡Bueno! Déme usted las pistolas. El tiempo apremia. Me encanta hablar con usted, querido, pero se me ha echado el tiempo encima... ¿Dónde he dejado el dinero, qué he hecho de él?

Se registraba los bolsillos.

‑Lo ha dejado en la mesa. ¿Ya no se acuerda? ¡Qué poca atención presta usted al dinero! Aquí tiene sus pistolas. Es extraño: a las cinco las empeña por diez rublos, y ahora tiene en su poder dos o tres mil.

‑Tres mil ‑dijo Mitia riendo. Y se guardó los billetes en un bolsillo.

‑Si los lleva ahí, los perderá. ¿Acaso ha encontrado usted una