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2ª Parte - Libro Quinto

LIBRO V

PRO Y CONTRA

CAPÍTULO PRIMERO

LOS ESPONSALES

Esta vez, Aliocha fue recibido por la señora Khokhlakov, que estaba atareadísima. La crisis de Catalina Ivanovna había terminado con un desvanecimiento, seguido de una profunda extenuación. En aquel momento estaba delirando, presa de alta fiebre. Se había enviado en busca de sus tías y el doctor Herzenstube. Éstas habían llegado ya. La enferma yacía sin conocimiento. En torno de ella reinaba una ansiosa expectación.

Mientras explicaba todo esto, la dama tenía una expresión grave a inquieta. «Es algo serio; esta vez es algo serio», repetía a cada palabra, como si nada de lo que había ocurrido anteriormente tuviera importancia alguna. Aliocha la escuchaba con visible pesar. Quiso contarle su aventura con el capitán, pero ella le interrumpió en seguida. No podía escucharle; se tenía que marchar. Le rogó que, entre tanto, hiciera compañía a Lise.

‑Mi querido Alexei Fiodorovitch ‑le murmuró casi al oído‑, hace un momento, Lise me ha sorprendido y enternecido. Por eso, porque me enternece, mi corazón se lo perdona todo. Apenas se ha marchado usted, ha empezado a lamentarse sinceramente de haberle hecho blanco de sus burlas ayer y hoy. Sin embargo, sólo han sido bromas inocentes. Incluso lloraba, cosa que me ha sorprendido de veras. Nunca se había arrepentido de veras de sus burlas, de las que soy su víctima a cada momento. Pero ahora habla en serio. Su opinión le importa mucho, Alexei Fiodorovitch. Trátela con solicitud, si le es posible, y no le guarde rencor. Yo tengo con ella toda clase de miramientos. ¡Es tan inteligente! Hace un momento me decía que usted es su mejor amigo de la infancia. Tiene sentimientos y recuerdos conmovedores, frases, expresiones que surgen cuando menos se espera. Hace un momento ha dicho una verdadera sutileza a propósito de un pino. Cuando ella era muy pequeña todavía, había un pino en nuestro jardín. Pero sin duda aún está allí: no sé por qué hablo de él como de una cosa del pasado. Los pinos no son como las personas; viven mucho tiempo sin hacer ningún cambio. «Mamá ‑me ha dicho‑, me acuerdo de ese pino como en sueños, sosna kak so sna ...». Pero no, debe de haber dicho otra cosa, porque esto no tiene sentido. Estoy segura de que ha dicho algo original a ingenioso que yo no he sabido interpretar. Además, no me acuerdo de lo que ha dicho... Bueno, adiós; esto es para perder la cabeza. Sepa usted, Alexei Fiodorovitch, que he estado loca dos veces y me han curado. Vaya al lado de Lise. Reconfórtela como sólo usted sabe hacerlo. ¡Lise ‑gritó acercándose a la puerta‑, lo envío a tu víctima Alexei Fiodorovitch! No está enojado contigo, palabra. Por el contrario, le sorprende que hayas podido creer eso de él.

‑Merci, maman. Pase, Alexei Fiodorovitch.

Aliocha entró. Lise le miró, confusa, y enrojeció hasta las orejas. Como suele hacerse en casos semejantes, empezó por abordar un tema que le era indiferente, pero por el que fingió gran interés.

‑Mamá acaba de explicarme, Alexei Fiodorovitch, la historia de los doscientos rublos y la misión que le han confiado a usted respecto a ese pobre capitán... Me ha contado la humillante y horrible escena de la taberna, y aunque mamá cuenta muy mal las cosas, de un modo deshilvanado, me ha hecho llorar. Bueno, explíqueme: ¿qué ha hecho ese desgraciado al ver el dinero?

‑No se lo ha quedado ‑repuso Aliocha‑. Ha ocurrido algo extraordinario.

Alexei Fiodorovitch simulaba también tener concentrado su interés en este asunto. Sin embargo, Lise leía en su mirada que su pensamiento estaba en otra parte.

Aliocha se sentó y empezó su relato. Apenas pronunció las primeras palabras, dejó de sentirse cohibido y logró cautivar a Lise. Hallándose aún bajo la influencia de las emociones que acababa de experimentar, refirió su visita con gran número de detalles impresionantes. En Moscú, cuando Lise era todavía una niña, a él le encantaba ir a verla para contarle su última aventura, algo que había leído y le había impresionado, o para recordar algún episodio de la infancia. A veces soñaban al unísono y componían verdaderas novelas, generalmente alegres. En aquel momento estaban reviviendo escenas de su vida de dos años atrás. Lise se sintió profundamente impresionada ante el relato de Aliocha. Éste pintó a Iliucha con vigorosos rasgos, y cuando le describió con todo detalle la escena en que el desgraciado había pisoteado los billetes, Lise enlazó las manos y exclamó:

‑Entonces, ¿no le ha dado el dinero, lo ha dejado usted que se fuera? Debió usted correr detrás de él, alcanzarlo...

‑No, Lise: es mejor que haya ocurrido así ‑replicó Aliocha levantándose y empezando a pasear por la estancia con un gesto de preocupación.

‑¿Cómo puede haber sido mejor? ¿Por qué? Se van a morir de hambre.

‑No, no se morirán, pues tendrán los doscientos rublos. Ese hombre los aceptará mañana.

Aliocha se detuvo de pronto ante la joven.

‑He cometido un error ‑dijo‑, pero esta equivocación ha tenido felices consecuencias.

‑¿Por qué?

‑Ahora mismo se lo voy decir. Ese hombre es un cobarde, un ser débil, un corazón agotado. No ceso de preguntarme por qué razón se ha sulfurado tan de repente. Pues estoy seguro de que hasta el último momento no le ha pasado por la imaginación pisotear el dinero. Pues bien, creo haber descubierto más de una explicación a su conducta. Ante todo, no ha sabido disimular la alegría que ha sentido al ver el dinero. Si hubiera hecho remilgos, como es corriente en tales casos, al fin se habría resignado a aceptarlo; pero después de haber manifestado tan francamente su alegría, no ha podido menos de dar un respingo. Como ve usted, en tales casos la sinceridad no tiene utilidad alguna. El infeliz hablaba con voz tan débil y con tal rapidez, que daba la impresión de estar llorando sin cesar. Ciertamente, ha llorado de alegría... Me ha hablado de sus hijas, de cierto empleo que podrían darle en otra ciudad, y, después de haberse expansionado, ha sentido una repentina vergüenza de haber mostrado su alma al desnudo. Inmediatamente me ha detestado. Es uno de esos seres que se avergüenzan de cualquier cosa, pero que tienen un orgullo excesivo. Sobre todo, le ha mortificado el hecho de haberme considerado en seguida como amigo. Después de haberse arrojado sobre mi para intimidarme, me ha abrazado y cubierto de amabilidades al ver los billetes. Y cuando, pensando en esto, se sentía profundamente humillado, yo he cometido un grave error: le he dicho que si no tenía bastante dinero para trasladarse a otra ciudad, le darían más y que yo mismo contribuiría a ello con mis propios recursos. Esto le ha herido. ¿Por qué acudía yo también en su socorro? Pues ha de saber, Lise, que nada hay más molesto para un desgraciado que ver que todos sus semejantes se consideran bienhechores. Se lo he oído decir al starets. No sé qué explicación puede tener esto, pero lo he observado muchas veces, e incluso yo mismo lo siento. Aunque él ha ignorado hasta el último momento que pisotearía los billetes, lo presentía. Y esto acrecentaba su júbilo. Pero, por enojoso que esto parezca, es lo mejor que ha podido ocurrir.

‑Esto es incomprensible ‑exclamó Lise mirando a Aliocha con gesto de estupor.

‑Oiga, Lise: si en vez de pisotear los billetes los hubiera aceptado, es casi seguro que una hora después, al llegar a casa, habría llorado de humillación. Y mañana hubiese venido a arrojármelos a la cara, y tal vez los habría pisoteado como acaba de hacer. Ahora, en cambio, se ha marchado triunfalmente, aun sabiendo que va a su perdición. Pues bien, nada es más fácil en estos momentos que obligarle a aceptar esos doscientos rublos, y mañana mismo, no más tarde, pues ha satisfecho su honor pisoteando el dinero. Necesita urgentemente esta cantidad y, por orgulloso que sea, no dejará de pensar en la ayuda de que él mismo se ha privado. Sobre todo, pensará en ello, a incluso lo soñará, esta noche. Tal vez mañana por la mañana venga a verme y a excusarse. Entonces yo le diré: «Es usted un hombre digno, bien lo ha demostrado. Ahora acepte el dinero y perdónenos.» Y él lo aceptará.

Aliocha pronunció estas últimas palabras ‑«y él lo aceptará»‑ con una especie de embriaguez. Lise batió palmas.

‑¡Es verdad! ¡Lo he comprendido todo de golpe! ¿Cómo sabe usted esas cosas, Aliocha? Tan joven, y ya conoce el corazón humano. Nunca lo hubiera creído.

‑Hay que convencerle de que está en un plano de igualdad con nosotros aunque acepte el dinero ‑dijo Aliocha, exaltado‑. Y no sólo en un plano de igualdad, sino de superioridad.

‑¡Un plano de superioridad! ¡Eso es encantador, Alexei Fiodorovitch! ¡Continúe, continúe!

‑No, no me he expresado bien... Eso del plano... Pero no importa, pues...

‑¡Claro que no importa! No importa lo más mínimo. Perdóneme, querido Aliocha. Hasta ahora no había sentido el menor respeto por usted. Mejor dicho, lo respetaba, pero no en un plano de igualdad. De ahora en adelante le respetaré, situándole en un plano de superioridad. ¡Ah, mi querido Aliocha! No se enfade si me hago la ingeniosa ‑exclamó con vehemencia‑. Soy un poco burlona, pero usted... Oiga, Alexei Fiodorovitch, ¿no hay en nosotros cierto desdén hacia ese desgraciado? Estamos analizando su alma con cierta presunción, ¿no le parece?

‑No, Lise, no hay ningún desdén ‑repuso Aliocha con tanta firmeza que parecía tener prevista esta pregunta‑. Ya he pensado en ello cuando venía hacia aquí. ¿Cómo podemos desdeñarlo cuando somos como él? Pues nosotros no valemos más. Aunque fuéramos mejores, seríamos iguales si estuviéramos en su situación. Ignoro lo que usted creerá, Lise, pero yo juzgo que tengo un alma mezquina para muchas cosas. Su alma no es mezquina, sino delicada en extremo. No, Lise; mi starets me dijo una vez: «Muchas veces hay que tratar a las personas como si fueran niños, y en ciertos casos como se trata a los enfermos.»

‑Mi querido Alexei Fiodorovitch, ¿quiere usted que tratemos a las personas como se trata a los enfermos?

‑Estoy dispuesto, Lise, pero no del todo. A veces peco de impaciente y no me detengo a observar bien las cosas. Usted no es así.

‑Eso creo. Alexei Fiodorovitch, ¡qué feliz soy!

‑¡Cuánto me complace oírselo decir, Lise!

‑Alexei Fiodorovitch, es usted un hombre de una bondad extraordinaria, pero a veces parece un tanto pedante. Sin embargo, se ve que no lo es. Vaya sin hacer ruido a abrir la puerta y vea si mamá está escuchando ‑musitó rápidamente.

Aliocha hizo lo que Lise le pedía y dijo que nadie los escuchaba.

‑Venga, Alexei Fiodorovitch ‑dijo Lise con un rubor que crecía por momentos‑. Déme su mano. Así. Escuche, he de hacerle una importante confesión. Lo que le dije ayer en mi carta no fue una broma, lo dije en serio.

Se cubrió los ojos con una mano. Era evidente que la declaración le costaba un gran esfuerzo. De súbito se llevó la mano de Aliocha a los labios y estampó en ella tres fuertes besos.

‑¡Magnífico, Lise! ‑exclamó Aliocha gozosamente‑. Ya sabía yo que lo había dicho en serio.

‑¡El muy presuntuoso!

Alejó de si la mano de Aliocha, aunque sin soltarla, enrojeció y tuvo una risita de felicidad.

‑Le beso la mano y esto le parece magnífico.

Pero el reproche no era justo: Aliocha estaba también profundamente turbado.

‑Yo quisiera serle siempre agradable, Lise ‑murmuró Alexei enrojeciendo‑, pero no sé qué hacer para conseguirlo.

‑Mi querido Aliocha, es usted un hombre frío y presuntuoso. ¡Habráse visto! Se ha dignado elegirme por esposa y está tan tranquilo. El hombre estaba seguro de que le había hablado en serio en mi carta. Eso es presunción.

‑¿Habré hecho mal en sentirme seguro? ‑exclamó Aliocha riendo.

‑No, todo lo contrario.

Lise le miró con ternura. Aliocha retenía la mano de ella en la suya. De pronto, Alexei se inclinó y la besó en la boca.

‑¿Qué es eso? ¿Qué hace usted? ‑exclamó Lise.

Aliocha estaba visiblemente trastornado.

‑Perdóneme... He hecho una tontería... Usted me ha acusado de ser frio, y por eso la he besado... He sido un estúpido.

Lise se echó a reír y se cubrió la cara con las manos.

‑¡Lo que parece con ese hábito!

Pero de pronto se detuvo y se puso sería.

‑No, Aliocha; dejemos los besos para más adelante. Ni usted ni yo sabemos todavía nada de estas cosas. Hay que esperar aún mucho tiempo. Ante todo, dígame por qué ha escogido por esposa a una muchacha ridícula y enferma como yo, siendo usted un hombre tan inteligente, de tanta penetración y tan aficionado a meditar. Aliocha, soy muy feliz, porque estoy indignada con usted.

‑No, Lise; no se enoje conmigo. Pronto dejaré el monasterio. Y cuando vuelva al mundo, tendré que casarme. Lo haré, porque el starets me lo ha ordenado. ¿A quién puedo encontrar que sea mejor que usted y que me acepte como usted me acepta? Ya he pensado en todo esto. Ante todo, usted me conoce desde la infancia. Además, usted tiene muchas cualidades que me faltan a mi. Usted es más alegre que yo, y sobre todo más ingenua, pues yo he penetrado ya en muchas cosas... ¡Ah, hay algo que no sabe, y es que soy un Karamazov! ¿Qué importa que usted se ría y se burle, aunque la víctima sea yo...? Usted se ríe como una niña ingenua, pero se atormenta pensando.

‑¿Que yo me atormento? ¿Qué quiere usted decir?

‑Sí, Lise; se atormenta. Usted me ha preguntado hace un momento si no es un acto de desdén hacia ese desgraciado analizar su alma a fondo, y ésta es una pregunta dolorosa... No sé explicar el motivo, pero los que se hacen esas preguntas son propicios al sufrimiento. Usted debe de pensar mucho en su sillón.

‑Aliocha, déme la mano. ¿Por qué la ha retirado? ‑murmuró Lise con voz ahogada por la felicidad‑. Oiga: ¿cómo se vestirá cuando deje el monasterio? No se ría. Tampoco quiero que se enfade. Esto es muy importante para mí.

‑No he pensado en eso todavía. Pero me vestiré como usted prefiera.

‑Me gustaría que llevara una chaqueta de terciopelo azul oscuro, un chaleco de piqué blanco y un sombrero de fieltro gris... Dígame: hace un rato, cuando le he dicho que no era verdad lo que le dije en mi carta de ayer, ¿ha creído usted que no le amaba?

‑No, no lo he creído.

‑Es usted insoportable, incorregible.

‑Yo sabía que usted me amaba, pero he fingido creer lo contrario para complacerla.

‑Eso es peor todavía... Peor y mejor... Aliocha, le adoro. Antes de que usted llegara, me he dicho: «Le pedirás la carta que le enviaste ayer, y si te la da, como es propio de él, esto te demostrará que no lo quiere, que es insensible, que es una criatura, un tonto, y entonces estarás perdida.» Pero usted se ha dejado la carta en su celda, y esto me ha animado. ¿No lo ha hecho porque esperaba que se la pidiese y quería tener un pretexto para no devolvérmela?

‑Pues no, Lise, ya que llevo la carta encima y la llevaba cuando usted me la ha pedido. La llevo en este bolsillo. Mírela. Aliocha sacó la carta y se la mostró, riendo y manteniéndola fuera de su alcance.

‑Pero no se la daré. Se tendrá que conformar con mirarla.

‑¿De modo que ha mentido usted, un monje?

‑Sí, he mentido, pero lo he hecho para no devolverle la carta.

Volvió a enrojecer y añadió con vehemencia:

‑¡Y no se la entregaré a nadie!

Lise le miró embelesada.

‑Aliocha ‑susurró‑, vaya a ver si mamá nos está escuchando.

‑Bien, Lise; lo veré. ¿Pero no sería preferible no hacerlo?

¿Cómo puede sospechar que su madre sea capaz de semejante bajeza?

‑Yo no veo en ello ninguna bajeza. Mi madre tiene derecho a velar por su hija. Le aseguro, Alexei Fiodorovitch, que cuando yo sea madre y tenga una hija como yo, también la vigilaré.

‑Pues eso no está bien.

‑¿Pero qué mal puede haber en ello, Dios mío? Escuchar una conversación de otros sería una vileza, pero se trata de una hija que está hablando a solas con un joven... Sepa usted, Aliocha, que le vigilaré cuando nos casemos. Abriré todas las cartas para leerlas... Ya le he avisado.

‑Si tanto le importa... Pero no estará bien.

‑Aliocha, querido, no empecemos a discutir ya. Sin embargo, prefiero hablarle francamente. Sé que está mal escuchar detrás de las puertas; usted tiene razón y yo no la tengo; pero esto no me impedirá escuchar.

‑Puede hacerlo, pero le aseguro que no me atrapará ‑dijo Aliocha riendo.

‑Otra cosa: ¿me obedecerá usted en todo? Esto también hay que decidirlo por anticipado.

‑Le obedeceré de buen grado, Lise, pero no en las cosas fundamentales. En este caso, aunque usted no esté de acuerdo conmigo, sólo me someteré a mi conciencia.

‑Así debe ser. Sepa usted que yo estoy decidida a obedecerle, no sólo en los casos graves, sino en todo. Se lo juro: en todo y siempre ‑exclamó Lise apasionadamente‑. Y lo haré con alegría. También le juro que no escucharé nunca detrás de las puertas ni leeré sus cartas, pues comprendo que time usted razón. Por mucha que sea mi curiosidad, me contendré, ya que a usted le parece una vileza. Desde ahora será usted mi providencia... Oiga, Alexei Fiodorovitch: ¿por qué está usted tan triste estos días? Yo sé que time usted ciertos pesares, pero, además, observo en usted una tristeza oculta.

‑Sí, Lise: tengo una tristeza oculta. Ya veo que me ama: que lo haya adivinado es una buena prueba de ello.

‑¿Y cuál es la causa de esa tristeza, si puede saberse? ‑preguntó tímidamente Lise.

Aliocha se turbó.

‑Ya se la diré más adelante, Lise. Ahora no lo comprendería. Y vo no sabría explicarme.

‑Sé también que sufre usted a causa de sus hermanos y de su padre.

‑Sí, mis hermanos... ‑murmuró Aliocha, pensativo.

‑A mí no me es simpático su hermano Iván.

Esta observación sorprendió a Aliocha, pero no lo manifestó.

‑Mis hermanos se perderán ‑continuó‑, y mi padre también. Y arrastrarán a otros tras ellos. Es la «fuerza de la tierra», algo característico de los Karamazov, según dice el padre Paisius; una fuerza violenta y bruta... Ni siquiera sé si el espíritu de Dios domina esa fuerza... Yo sólo sé que soy también un Karamazov... Soy un monje, un monje... Usted ha dicho hace un momento que soy un monje.

‑Sí, lo he dicho.

‑Pues bien, no sé si creo en Dios.

‑¿Qué dice usted? ¿Cómo es posible? ‑murmuró Lise.

Aliocha no respondió. En sus inauditas palabras había un algo misterioso, demasiado subjetivo tal vez, que ni él mismo comprendía y que le atormentaba.

‑Además ‑dijo al fin‑, mi amigo se está muriendo. El más eminente de los hombres va a dejar este mundo. ¡Si supiera usted, Lise, los lazos que me unen a ese hombre! Voy a quedarme solo... Volveré a venir a verla, Lise... Desde ahora estaremos siempre juntos.

‑Sí, juntos, juntos. Desde ahora y para toda la vida. Béseme, se lo permito.

Aliocha le dio un beso.

‑Ahora váyase ‑dijo Lise‑. ¡Que Dios no le abandone! ‑e hizo la señal de la cruz‑. Vaya a ver a su amigo, ya que todavía hay tiempo. No he debido retenerle: he sido despiadada. Hoy rogaré por él y por usted. Aliocha, ¿verdad que seremos felices?

‑Yo creo que si, Lise.

Aliocha no tenía intención de ver a la señora de Khokhlakov al dejar a Lise, pero se encontró con ella en la escalera. Apenas empezó ésta a hablar, el joven comprendió que la dama le estaba esperando.

‑Eso es horrible, Alexei Fiodorovitch: un infanticidio y una necedad. Confío en que usted no se hará ilusiones... ¡Tonterías y nada más que tonterías! ‑exclamó, irritada.

‑Pero no se lo diga a ella. La trastornaría, le haría daño.

‑Así habla un joven prudente y razonable. ¿Debo entender que usted le ha llevado la corriente sólo por compasión, porque está enferma, por no irritarla al contradecirla?

‑Nada de eso: le he hablado sinceramente ‑repuso Aliocha con firmeza.

‑¿Sinceramente? Pues será inútil. Primero le cerraré la puerta de mi casa; después me la llevaré lejos de aquí.

‑¿Por qué? ‑exclamó Aliocha‑. Piense que hay que esperar mucho tiempo, año y medio tal vez.

‑Es verdad, Alexei Fiodorovitch. En año y medio pueden reñir ustedes mil veces. ¡Pero soy tan desgraciada! Esto son estupideces, de acuerdo; pero estoy consternada. Me siento como Famusov en la última escena de la comedia de Griboidov. Usted es Tchatski, y ella, Sofía. He venido aquí para encontrarme con usted. En la comedia también ocurre todo en la escalera. Lo he oído y no sé cómo he podido contenerme. Así se explican sus malas noches y las recientes crisis nerviosas. El amor por la hija, la muerte para la madre. Ahora otro punto importante. ¿Qué carta es esa que Lise le ha escrito? Enséñemela en seguida.

‑No, ¿para qué? ¿Cómo está Catalina Ivanovna? Me interesa mucho saberlo.

‑Sigue delirando y no ha recobrado el conocimiento. Sus tías han venido y no han cesado de lamentarse ni de hacer aspavientos. Herzenstube ha venido y se ha asustado tanto, que yo no sabía qué hacer. Incluso he pensado en enviar en busca de otro médico. Se la han llevado en mi coche. Y para colmo de desdichas, esa carta. Verdad es que en año y medio pueden ocurrir muchas cosas. Alexei Fiodorovitch, en nombre de lo más sagrado, en nombre de su starets que se está muriendo, enséñeme la carta, a mí, que soy su madre. Téngala en sus manos si quiere. Yo la leeré sin tocarla.

‑No, no se la puedo enseñar, Catalina Osipovna. Aunque ella me lo permitiese, no se la enseñaría. Volveré mañana, y entonces hablaremos si usted quiere. Ahora, adiós.

Y Aliocha se marchó precipitadamente.

CAPÍTULO II

SMERDIAKOV Y SU GUITARRA

No había tiempo que perder. Al despedirse de Lise, una idea había acudido a su imaginación. ¿Cómo componérselas para encontrar en seguida a su hermano Dmitri, que parecía huir de él? Eran ya las tres de la tarde. Aliocha estaba ansioso de regresar al monasterio para ver al ilustre moribundo, pero el deseo de ver a Dmitri fue más fuerte: el presentimiento de que iba a ocurrir muy pronto una catástrofe tomaba cuerpo en su alma. ¿Qué catástrofe era ésta y qué quería él decir a su hermano? No lo sabía exactamente. «Es lamentable que mi bienhechor muera sin que yo esté a su lado; pero, por lo menos, no tendré que estar reprochándome toda la vida no haber procurado salvar un alma cuando tenía la oportunidad de hacerlo, haber desperdiciado esta oportunidad, en mi prisa por regresar al monasterio. Por otra parte, obrando así cumplo su voluntad...»

Su plan era sorprender a Dmitri con su presencia. Escalaría la valla como el día anterior, entraría en el jardín y se instalaría en el pabellón. «Si él no está allí, permaneceré oculto, sin decir nada a Foma ni a las propietarias, hasta la noche. Si Dmitri está aún al acecho de la llegada de Gruchegnka, vendrá al pabellón...» Aliocha no se detuvo a estudiar detenidamente los detalles del plan, pero decidió ponerlo en ejecución aunque no pudiera regresar aquella tarde al monasterio.

Todo se desarrolló sin obstáculos. Aliocha franqueó la valla casi por el mismo sitio que el día anterior y se dirigió furtivamente al pabellón. No quería que le viesen. Tanto la propietaria como Foma podían estar de parte de su hermano y seguir sus instrucciones, en cuyo caso, o le expulsarían o advertirían de su presencia a Dmitri apenas le viesen llegar.

Se sentó en el mismo sitio que el día anterior y esperó. El día era igualmente hermoso, pero el pabellón le pareció más destartalado que la víspera. El vasito de coñac había dejado una señal redonda en la mesa verde. A su mente empezaron a acudir ideas extrañas, como ocurre siempre en el tedio de las esperas. ¿Por qué se había sentado en el mismo sitio que el día anterior y no en otro cualquiera? Se apoderó de él una vaga inquietud. Llevaba no más de un cuarto de hora, cuando, desde el matorral que había a unos veinte pasos del pabellón, llegaron a él los acordes de una guitarra. Aliocha se acordó de que el día anterior había visto cerca de la valla, a la izquierda, un banco rústico. De él salían los sonidos musicales. Acompañándose con los acordes de la guitarra, una voz de tenorino cantó con floreos de gañán:

‑Una fuerza implacable
me ata a mi bienamada.
 Señor, ten piedad
de ella y de mí,
de ella y de mí. 

El cantante enmudeció. Otra voz, ésta de mujer, acariciadora y tímida, murmuró:

‑¿Cómo es que le vemos tan poco, Pavel Fiodorovitch? Nos tiene usted olvidadas.

‑Eso no ‑repuso la voz de hombre, firme pero cortésmente.

Se vela que era el hombre el que dominaba y que la mujer se sometía gustosa a este dominio.

«Debe de ser Smerdiakov ‑pensó Aliocha‑. Por lo menos, ésa es su voz. La mujer es sin duda la hija de la propietaria, esa que ha vuelto de Moscú y va con vestido de cola a buscar sopa a casa de Marta Ignatievna.»

‑Los versos me encantan cuando son armoniosos ‑prosiguió la voz de mujer‑. Continúe.

La voz del tenor siguió cantando:

‑La corona no me importa
si mi amiga se porta bien.
Señor, ten piedad
de ella y de mí,
de ella y de mí. 

‑Estaría mejor ‑opinó la mujer‑ decir, después de eso de la corona, «si mi amada se porta bien». Resultaría más tierno.

‑Los versos son verdaderas simplezas ‑afirmó Smerdiakov.

 ‑¡Oh, no! Yo adoro los versos.

‑No hay nada más tonto. En seguida me dará la razón. ¿Acaso nosotros hablamos en rimas? Si las autoridades nos obligaran a hablar en verso, ¿duraría esto mucho? Los versos no son cosa sería, María Kondratievna.

‑¡Qué inteligente es usted! ¿Dónde ha aprendido todo eso? ‑dijo la voz de mujer con acento cada vez más acariciador.

‑Pues aún sabría mucho más si la suerte no me hubiera sido adversa. Y, en este caso, habría matado en duelo a todo el que me llamara desgraciado por no tener padre y haber nacido de una mujer hedionda. Esto me lo echaron en cara en Moscú, donde lo sabían por Grigori Vasilievitch. Grigori me reprocha que me rebele contra mi nacimiento. «Destrozaste las entrañas a tu madre.» Cierto, pero habría preferido morir en su vientre que venir al mundo. En el mercado se decía, como me ha contado su madre con su falta de delicadeza, que la mía era una tiñosa que apenas medía metro y medio de altura... Odio a Rusia, María Kondratievna.

‑Si fuese usted húsar, no hablaría así, sino que desenvainaría su sable para defender a Rusia.

‑No solamente no quiero ser húsar, María Kondratievna, sino que deseo la supresión de todo el ejército.

‑Y si viene el enemigo, ¿quién nos defenderá?

‑¿Para qué queremos que nos defiendan? En mil ochocientos doce, Rusia fue víctima de la gran invasión de Napoleón primero, el padre del actual. Fue una lástima que los franceses no nos conquistasen, que una nación inteligente no sojuzgara a un pueblo estúpido. Si nos hubiesen conquistado, ¡qué distinto habría sido todo!

‑¿O sea que valen más que nosotros? Pues yo no cambiaría uno de nuestros buenos mozos por tres ingleses ‑dijo María Kondratievna con voz dulce y sin duda acompañando sus palabras de la mirada más lánguida.

‑Eso va en gustos.

‑Usted es como un extranjero entre nosotros, el más noble de los extranjeros: no me da vergüenza decírselo.

‑Verdaderamente, en la maldad, la gente de allí y de aquí se parece. Todos son unos granujas, con la diferencia de que el bribón extranjero lleva botas lustradas y el bribón ruso vive sumergido en la miseria sin lamentarse. Convendría fustigar al pueblo ruso, como decía ayer Fiodor Pavlovitch, con sobrada razón, aunque esté tan loco como sus hijos.

‑Sin embargo, a usted le infunde un gran respeto Iván Fiodorovitch: usted mismo me lo ha dicho.

‑No obstante, me ha llamado ganapán maloliente. Me considera un revolucionario, pero está equivocado. Si yo tuviese dinero, haría tiempo que me habría marchado de Rusia. Dmitri Fiodorovitch se conduce peor que un lacayo, es un manirroto, un inútil. Sin embargo, todo el mundo se inclina ante él. Yo no soy más que un marmitón, desde luego, pero, con un poco de suerte, podría abrir un restaurante en Moscú, en la calle de San Pedro. Yo guiso platos a la carta, y en Moscú eso sólo lo saben hacer los extranjeros. Dmitri Fiodorovitch es un desharrapado, pero si desafía a un conde, éste acudirá al campo del honor. Pues bien, ¿qué tiene ese hombre que no tenga yo? El es mucho más ignorante. ¡Cuánto dinero ha despilfarrada!

‑¡Un duelo! ¡Qué interesante! ‑observó María Kondratievna.

‑¿Por qué?

‑Es impresionante tanta bravura, sobre todo si se enfrentan dos oficiales jóvenes, pistola en mano, por una mujer hermosa. ¡Qué cuadro! Si se permitiera asistir a las mujeres, yo no faltaría.

‑Para mirarlo no está mal, pero cuando el blanco es la cabeza de uno, el espectáculo carece de atractivo. Usted echaría a correr, María Kondratievna.

‑¿Y usted? ¿Saldría corriendo?

Smerdiakov no se dignó contestar. Tras una pausa, se oyó un nuevo acorde y la voz de falsete entonó la última copla.

‑Aunque me pese,
me voy a ir de aquí
para gozar de la vida.
Me estableceré en la capital
y no me lamentaré,
no, no me lamentaré. 

En este momento se produjo un incidente. Aliocha estornudó. En el banco se hizo el silencio. Alexei se levantó y fue hacia la pareja. Entonces pudo ver que, en efecto, el cantante era Smerdiakov. Iba vestido de punta en blanco, con el pelo abrillantado, a incluso rizado, al parecer, y relucientes las botas. María Kondratievna, la hija de la propietaria, no era fea, pero tenía la cara redonda y sembrada de pecas. Llevaba un vestido azul claro con una cola que no se acababa nunca.

‑¿Vendrá pronto mi hermano Dmitri? ‑preguntó Aliocha con toda la calma que pudo aparentar.

Smerdiakov se levantó lentamente. Su compañera hizo lo mismo.

‑Yo no estoy enterado de las idas y venidas de Dmitri Fiodorovitch, porque no soy su guardián ‑repuso Smerdiakov con gran aplomo y cierto matiz de desdén.

‑Lo he preguntado por si acaso usted lo sabía ‑dijo Aliocha.

‑Ni sé dónde está ni quiero saberlo.

‑Mi hermano me ha dicho que usted le informa de todo lo que sucede en la casa y que, además, le ha prometido avisarle si llega Agrafena Alejandrovna.

Smerdiakov, impasible, alzó la vista y la fijó en Aliocha.

‑¿Cómo se las ha arreglado usted para entrar? Hace una hora que el cerrojo está echado.

‑He saltado la valla. Perdóneme, María Kondratievna. Deseo ver a mi hermano cuanto antes.

‑¿Habrá alguien capaz de quererle mal? ‑murmuró la joven, halagada‑. Así suele introducirse Dmitri Fiodorovitch en el pabellón. Cuando uno lo ve, ya está instalado.

‑Voy en su busca. Necesito verle. ¿No podrían decirme dónde está en este momento? Se trata de un asunto importante y que le interesa.

‑Nunca nos dice adónde va ‑balbuceó María Kondratievna.

‑Incluso aquí, en esta casa amiga, su hermano me acosa con sus preguntas sobre mi amo. Qué pasa en su casa, quién viene, quién sale, si hay alguna novedad... Dos veces me ha amenazado de muerte.

‑¿Es posible? ‑exclamó Aliocha, atónito.

‑Un hombre de su carácter no se detiene ante nada. ¡Si lo hubiese oído ayer! «Si Agafrena Alejandrovna logra burlarme y pasar la noche en casa con el viejo, no respondo de tu vida», me dijo. Me da tanto miedo su hermano, que si me atreviera lo denunciaría. Es capaz de todo.

‑El otro día ‑añadió María Kondratievna‑ le dijo: «Te machacaré en un mortero.»

‑Eso es hablar por hablar ‑respondió Aliocha‑. Si pudiera verle, le diría algo sobre esto.

‑Le voy a decir lo que sé ‑dijo Smerdiakov, después dé reflexionar un momento‑. Vengo aquí con frecuencia como vecino. No hay ningún mal en ello. Iván Fiodorbvitch me ha enviado hoy, a primera hora, a casa de Dmitri Fiodorovitch, calle del Lago, para decirle que acudiese sin falta a la taberna de la plaza, donde comerian juntos. He ido, pero ya no le he encontrado. Eran las ocho. Su patrón me ha dicho textualmente: «Ha venido y se ha marchado.» Cualquiera diría que están de acuerdo. En este momento tal vez esté en la taberna con Iván Fiodorovitch, que no ha venido a comer a casa. Fiodor Pavlovitch hace ya una hora que ha comido y ahora está durmiendo la siesta. Pero le ruego encarecidamente que no diga nada de esto. Es capaz de matarme por cualquier nimiedad.

‑¿De modo ‑dijo Aliocha‑ que mi hermano Iván ha citado a Dmitri en la taberna?

‑Sí.

‑¿En esa taberna que hay en la plaza y que se llama «La Capital »?

‑Exactamente.

Aliocha daba muestras de gran agitación.

‑Gracias, Smerdiakov. La noticia es importantísima. Voy ahora mismo a la taberna.

‑No me descubra.

‑Descuide. Me presentaré allí como por casualidad.

‑¿Adónde va por ahí? ‑exclamó María Kondratievna‑. Voy a abrirle la puerta.

‑No, por aquí es más corto el camino. Saltaré la valla.

Impresionado por la noticia de la cita, Aliocha corrió a la taberna. No le parecía prudente entrar tal como iba vestido; preguntaría en la escalera por sus hermanos y los haría salir. Cuando se acercaba a la taberna, se abrió una ventana y desde ella le gritó Iván:

‑¡Aliocha!, ¿puedes venir para estar conmigo un rato? Te lo agradeceré de veras.

‑No sé si con este hábito...

‑Estoy en un comedor particular. Entra en la escalera. Voy a tu encuentro.

Un momento después, Aliocha estaba sentado a la mesa en que Iván comía solo.

CAPITULO III

LOS HERMANOS SE CONOCEN

El comedor particular consistía simplemente en que la mesa de Iván, próxima a la ventana, estaba protegida por un. biombo de las miradas indiscretas. Se hallaba al lado del mostrador, en la primera sala, por la que circulaban los camareros continuamente. El único cliente era un viejo militar que tomaba el té en un rincón. De las otras salas llegaba el rumoreo propio de esta clase de establecimientos: llamadas, estampidos de botellas al descorcharse, el choque de las bolas en las mesas de billar. Se oía un organillo. Aliocha sabía que a su hermano no le gustaban estos locales, y no iba a ellos casi nunca. Por lo tanto, su presencia allí no tenía más explicación que la cita que había dado a Dmitri.

‑Voy a decir que traigan una sopa de pescado a otra cosa. No vas a vivir de té solamente ‑dijo Iván, que parecía encantado de la presencia de Aliocha. Había terminado ya de comer y estaba tomando el té.

‑De acuerdo. Y después de la sopa, té ‑dijo alegremente Aliocha‑. Tengo apetito.

‑Y cerezas en dulce, ¿no? ¿Te acuerdas de cómo te gustaban cuando eras niño y estabas en casa de Polienov?

‑¿Conque te acuerdas? Sí, quiero cerezas: todavía me gustan.

Iván llamó al camarero y pidió una sopa de pescado, té y cerezas en dulce.

‑Me acuerdo de todo, Aliocha. Entonces tú tenías once años y yo quince. A esta edad, y con cuatro años de diferencia, la camaradería entre los hermanos es imposible. Ni siquiera sé si te quería. Durante los primeros años de mi estancia en Moscú no pensaba en ti. Luego, cuando tú llegaste, creo que sólo nos vimos una vez. Y ahora, en los tres meses que llevo aquí, hemos hablado muy poco. Mañana me voy, y hace un momento estaba pensando cómo podría verte para decirte adiós. O sea que has llegado oportunamente.

‑¿De veras deseabas verme?

‑Lo anhelaba. Quiero que nos conozcamos mutuamente. Pronto nos separaremos. A mi juicio, conviene que tú me conozcas a mí y yo a ti antes de separarnos. Durante estos tres meses no has cesado de observarme. En tus ojos leía una físcalización continua, y esto es lo que me mantenía a distancia. Al fin, comprendía que merecías mi estimación. He aquí un hombrecito de carácter firme, pensé. Te advierto que, aunque me ría, hablo muy seriamente. Me gustan los que demuestran poseer un carácter firme, sea como fuere, a incluso teniendo tu edad. Al fin, tu mirada escudriñadora dejó de contrariarme, a incluso me resultó agradable. Cualquiera diría que me tienes afecto, Aliocha. ¿Es así?

‑Así es, Iván. Dmitri dice que eres una tumba; a mí me pareces un enigma. Incluso ahora me lo pareces. Sin embargo, esta mañana te he empezado a comprender.

‑¿Qué quieres decir? ‑preguntó Iván entre risas.

‑¿No te enfadarás si te lo digo? ‑preguntó a su vez, y también riendo, Aliocha.

‑Habla.

‑Pues bien, he advertido que tú eres un joven semejante a todos los que andan por los veintitrés años, que son los que tú tienes; un muchacho rebosante de simpática ingenuidad. ¿De veras no te hieren mis palabras?

‑Nada de eso ‑exclamó Iván con calor‑. Por el contrario, veo en ello una sorprendente coincidencia. Desde nuestra entrevista de esta mañana, sólo pienso en la candidez de mis veintitrés años, y ahora esto es lo primero que me dices, como si hubieras adivinado mi pensamiento. ¿Sabes lo que me estaba diciendo hace un instante? Que si hubiera perdido la fe en la vida, si dudara de la mujer amada y del orden universal y estuviera convencido de que este mundo no es sino un caos infernal y maldito, por muy horrible que fuera mi desilusión, desearía seguir viviendo. Después de haber gustado el elixir de la vida, no dejaría la copa hasta haberla apurado. A los treinta años, es posible que me hubiera arrepentido, aunque no la hubiera apurado del todo, y entonces no sabría qué hacer. Pero estoy seguro de que hasta ese momento triunfaría de todos los obstáculos: desencanto, desamor a la vida y otros motivos de desaliento. Me he preguntado más de una vez si existe un sentimiento de desesperación lo bastante fuerte para vencer en mí este insaciable deseo de vivir, tal vez deleznable, y mi opinión es que no lo hay, ni lo habrá, por lo menos hasta que tenga treinta años. Ciertos moralistas desharrapados y tuberculosos, sobre todo los poetas, califican de vil esta sed de vida. Este afán de vivir a toda costa es un rasgo característico de los Karamazov, y tú también lo sientes; ¿pero por qué ha de ser vil? Todavía hay mucha fuerza centrípeta en el planeta, Aliocha. Uno quiere vivir y yo vivo incluso a despecho de la lógica. No creo en el orden universal, pero adoro los tiernos brotes primaverales y el cielo azul, y quiero a ciertas personas no sé por qué. Admiro el heroísmo; ya hace tiempo que no creo en él, pero te sigo admirando por costumbre... Mira, ya te traen la sopa de pescado. Buen provecho. Aquí la hacen muy bien... Oye, Aliocha: quiero viajar por Europa. Sé que sólo encontraré un cementerio, pero qué cementerio tan sugeridor. En él reposan ilustres muertos; cada una de sus losas nos habla de una vida llena de noble ardor, de una fe ciega en el propio ideal, de una lucha por la verdad y la ciencia. Caeré de rodillas ante esas piedras y las besaré llorando, íntimamente convencido de hallarme en un cementerio y nada más que en un cementerio. Mis lágrimas no serán de desesperación, sino de felicidad. Mi propia ternura me embriaga. Adoro los tiernos brotes primaverales y el cielo azul. La inteligencia y la lógica no desempeñan en esto ningún papel. Es el corazón el que ama..., es el vientre... Amamos las primeras fuerzas de nuestra juventud... ¿Entiendes algo de este galimatías, Aliocha? ‑terminó con una carcajada.

‑Lo comprendo todo perfectamente, Iván: desearíamos amar con el corazón y con el vientre: lo has expresado a la perfección. Me encanta tu ardiente amor a la vida. A mi entender, se debe amar la vida por encima de todo.

‑¿Incluso más que al sentido de la vida?

‑Desde luego. Hay que amarla antes de razonar, sin lógica, como has dicho. Sólo entonces se puede comprender su sentido. He aquí lo que hace ya mucho tiempo que he entrevisto. La mitad de tu misión está cumplida, Iván: ya amas la vida. Dedícate a realizar la segunda parte: en ella está tu salvación.

‑No te apresures tanto a salvarme. Acaso no esté todavía perdido. ¿En qué consiste esa segunda parte?

‑En resucitar a tus muertos, que acaso tienen aún algo de vida. Dame una taza de té. Me encantada esta conversación, Iván.

‑Veo que estás hablador. Me seducen estas professions de foi en un novicio. Eres un carácter enérgico, Alexei. ¿Es verdad que te propones dejar el monasterio?

‑Sí, mi starets me ha enviado al mundo.

‑Entonces, no nos volveremos a ver hasta que yo tenga treinta años y empiece a dejar la copa. Nuestro padre no quiere privarse de ella hasta que tenga setenta a ochenta años. Lo ha dicho con toda seriedad, aunque sea un payaso. Está aferrado a su sensualidad como a una roca. Ciertamente, acaso la vida no tenga otro atractivo para él desde hace treinta años, pero es una vileza que un hombre siga entregado a la sensualidad a los setenta. Es preferible poner término a ello a los treinta. Así se conserva una apariencia de dignidad, aunque uno se engañe a sí mismo. ¿No has visto a Dmitri hoy?

‑No, pero he visto a Smerdiakov.

Y Aliocha hizo a su hermano un relato detallado de su encuentro con el sirviente.

Iván le escuchó pensativo y se hizo repetir algunos detalles.

‑Me ha pedido ‑añadió Aliocha‑ que no cuente a Dmitri lo que me ha dicho de él.

Iván frunció las cejas: estaba visiblemente preocupado.

‑¿Es Smerdiakov quien te preocupa?

‑Sí. ¡Que se lo lleve el diablo! Quería ver a Dmitri ‑dijo Iván, y añadió contra su voluntad‑: Pero ya es inútil.

‑¿De veras te vas en seguida?

‑Sí.

‑¿Cómo terminará la querella entre Dmitri y nuestro padre? ‑preguntó Aliocha, inquieto.

‑Esa idea te tiene obsesionado ‑replicó Iván sin ocultar su irritación‑. ¿Qué puedo hacer en este asunto? ¿Acaso soy el guardián de Dmitri? ‑sonrió amargamente y añadió‑: Es la respuesta de Caín a Dios. Esto estabas pensando, ¿verdad? Pero, ¡qué diablo!, yo no puedo quedarme aquí para vigilarlos. He terminado mis asuntos y me voy. Supongo que no creerás que envidio la suerte de Dmitri, ni que he estado intentando quitarle la novia durante estos tres meses. No, no; yo tenía aquí mis asuntos. Los he terminado y me voy. ¿Te has fijado en lo que ha ocurrido?

‑¿Con Catalina Ivanovna?

‑Sí. Me he deshecho de ella en un momento. No he tenido que preocuparme por Dmitri, porque esto no le afecta lo más mínimo. Yo tenía asuntos personales con Catalina Ivanovna. Ya sabe que Dmitri se ha conducido como si estuviera en connivencia conmigo. Yo no le he pedido nada. El mismo Dmitri me la cedió con su bendición. Es algo que mueve a risa. Tengo la sensación de que me han quitado un peso de encima. He estado a punto de pedir una botella de champán para celebrar estos primeros momentos de libertad. Casi seis meses de esclavitud, y de pronto me veo libre. Ayer no me imaginaba que fuera tan fácil terminar.

‑¿Te refieres a tu amor, Iván?

‑Llamémosle amor si quieres. La verdad es que me enamorisqué de una pensionista y esto representaba un sufrimiento para ella y para mí. Yo sólo pensaba en ella, y, de pronto, todo se viene abajo. Hace un rato he hablado con grave exaltación, pero te aseguro que después me reía a carcajadas. Ésta es la pura verdad.

‑Todavía estás alborozado ‑dijo Aliocha, mirando el semblante de Iván.

‑¿Cómo podía yo saber que no la quería? Sin embargo, así era. Pero es lo cierto que ayer, cuando pensaba en ella, me gustaba. E incluso ahora me gusta. Sin embargo, la dejo alegremente. ¿Crees que hablo así por jactancia?

‑No; lo que creo es que tú no estabas enamorado.

Iván se echó a reír.

‑Aliocha, no razones sobre el amor. Eso no te conviene. ¡Cómo saliste en mi defensa! Te mereces un abrazo. Ella me atormentaba, era para mí una verdadera tortura. Y es que sabía que me cautivaba. Es a mí y no a Dmitri a quien quiere ‑afirmó alegremente Iván‑. Dmitri sólo le da disgustos. Lo que le dije es la pura verdad. Pero tal vez necesite quince o veinte años para darse cuenta de que me quiere a mí y no a Dmitri. A lo mejor, no lo comprende nunca, a pesar de la elección de hoy. Es lo mejor que ha podido suceder. La he dejado para siempre. A propósito, ¿qué ha ocurrido después de marcharme yo?

Aliocha le explicó que Catalina Ivanovna había sufrido un ataque de nervios y que estaba delirando.

‑¿No mentirá la señora de Khokhlakov?

‑No lo creo.

‑Tenemos que enterarnos de cómo está. Nadie muere de una crisis nerviosa. Dios ha sido demasiado generoso con la mujer al dotarla de sus encantos. No iré a verla. ¿Para qué?

‑Sin embargo, le has dicho que no te ha amado nunca.

‑Lo he hecho deliberadamente, Aliocha. Voy a pedir champán. Bebamos por mi libertad. ¡Si supieras lo contento que estoy!

‑No, Iván; no bebamos. Estoy triste.

‑Sí, ya lo he observado: hace tiempo que estás triste.

‑Entonces, ¿estás decidido a marcharte mañana por la mañana?

‑Me marcharé mañana, pero no he dicho que me vaya a ir por la mañana... No obstante, puede ser que me vaya por la mañana. Aunque te cueste creerlo, hoy he comido aquí solamente para no ver al viejo, tan ingrata me es su compañía. Si estuviera él solo aquí, ya hace tiempo que me habría marchado. ¿Por qué te inquieta tanto que me vaya? Todavía nos queda mucho tiempo, casi una eternidad.

‑¿Una eternidad, marchándote mañana?

‑Eso no importa. Nos sobrará tiempo para tratar del asunto que nos interesa. ¿Por qué me miras con esa cara de asombro? Respóndeme a esto: ¿para qué nos hemos reunido aquí? ¿Para hablar del amor de Catalina Ivanovna, del viejo o de Dmitri? ¿Para hacer comentarios sobre la política extranjera, la desastrosa situación de Rusia, o el emperador francés? ¿Nos hemos reunido para esto?

‑No.

‑Entonces ya sabes para qué nos hemos reunido. Somos dos candorosos jovenzuelos cuya única finalidad es resolver las cuestiones eternas. Actualmente, toda la juventud rusa se dedica a disertar sobre estos temas, mientras los viejos se limitan a tratar de cuestiones prácticas. ¿Para qué me has estado observando durante tres meses sino para preguntarme si tenía fe o no? Esto es lo que decían tus miradas, Alexei Fiodorovitch, ¿verdad?

‑Bien podría ser ‑dijo Aliocha sonriendo‑. Pero oye: ¿no te estás burlando de mí?

‑¿Burlarme de ti? Por nada del mundo causaría un pesar a un hermano que me ha estado escudriñando ansiosamente durante tres meses. Aliocha, mírame a los ojos. Soy un jovenzuelo como tú. La única diferencia es que tú eres novicio y yo no. ¿Cómo procede la juventud rusa o, por lo menos, buena parte de ella? Va a un cafetucho caliente, como éste, y se agrupa en un rincón. Estos jóvenes no se habían visto antes y estarán cuarenta años sin volverse a ver. ¿De qué hablan en el rato que pasan juntos? Sólo de cuestiones importantes: de si Dios existe, de si el alma es inmortal. Los que no creen en Dios hablan del socialismo, de la anarquía, de la renovación de la humanidad, o sea, de las mismas cuestiones enfocadas desde otros puntos de vista. Buena parte de la juventud rusa, la más singular, está fascinada por estas cuestiones, ¿no es verdad?

‑Sí; para los verdaderos rusos, la existencia de Dios, la inmortalidad del alma, o, como tú has dicho, estas mismas cuestiones enfocadas desde otros puntos de vista, están en primer término. Afortunadamente.

Y al decir esto, Aliocha miraba a su hermano escrutadoramente y le sonreía.

‑Aliocha, ser ruso no significa siempre ser inteligente. No hay nada más necio que las ocupaciones actuales de la juventud rusa. Sin embargo, hay un adolescente ruso que merece todo mi afecto.

‑¡Qué bien has expuesto la cuestión! ‑dijo Aliocha riendo.

‑Bien, dime por dónde debemos empezar. ¿Por la existencia de Dios?

‑Como quieras. También puedes empezar por el otro punto de vista. Ayer afirmaste que Dios no existe.

Y Aliocha fijó su mirada en la de su hermano.

‑Lo dije para irritarte. Vi como relampagueaban tus ojos. Pero ahora estoy dispuesto a hablar en serio contigo, pues no tengo amigos y quiero tener uno.

Iván se echó a reír y añadió:

‑Admito que es posible que Dios exista. No lo esperabas, ¿verdad?

‑Desde luego. A menos que hables en broma.

‑Nada de eso. Aunque ayer, al reunirnos con el starets, se creyera que no hablaba en serio. Oye, querido Aliocha: en el siglo dieciocho hubo un pecador que dijo: Si Dieu n'existait pas, il faudrait l’inventer. En efecto, es el hombre el que ha inventado a Dios. Lo asombroso es, no que Dios exista, sino que esta idea de la necesidad de Dios acuda al espíritu de un animal perverso y feroz como el hombre. Es una idea santa, conmovedora, llena de sagacidad y que hace gran honor al hombre. En lo que a mí concierne, ya hace tiempo que he dejado de preguntarme si es Dios el que ha creado al hombre o el hombre el que ha creado a Dios. Desde luego, no pasaré revista a todos los axiomas que los adolescentes rusos han deducido de las hipótesis europeas, pues lo que en Europa es una hipótesis se convierte en seguida en axioma para nuestros jovencitos, y no sólo para ellos, sino también para sus profesores, que suelen parecerse a los alumnos. Así, yo renuncio a todas las hipótesis y me pregunto cuál es nuestro verdadero designio. El mío es explicar lo más rápidamente posible la esencia de mi ser, mi fe y mis experiencias. Por eso me limito a declarar que admito la existencia de Dios. Sin embargo, hay que advertir que si Dios existe, si verdaderamente ha creado la tierra, la ha hecho, como es sabido, de acuerdo con la geometría de Euclides, puesto que ha dado a la mente humana la noción de las tres dimensiones, y nada más que tres, del espacio. Sin embargo, ha habido, y los hay todavía, geómetras y filósofos, algunos incluso eminentes, que dudan de que todo el universo, todos los mundos, estén creados siguiendo únicamente los principios de Euclides. Incluso tienen la audacia de suponer que dos paralelas, que según las leyes de Euclides no pueden encontrarse en la tierra, se pueden reunir en otra parte, en el infinito. En vista de que ni siquiera esto soy capaz de comprender, he decidido no intentar comprender a Dios. Confieso humildemente mi incapacidad para resolver estas cuestiones. En esencia, mi mentalidad es la de Euclides: una mentalidad terrestre. ¿Para qué intentar resolver cosas que no son de este mundo? Te aconsejo que no te tortures el cerebro tratando de resolver estas cuestiones, y menos aún el problema de la existencia de Dios. ¿Existe o no existe? Estos puntos están fuera del alcance de la inteligencia humana, que sólo tiene la noción de las tres dimensiones. Por eso yo admito sin razonar no sólo la existencia de Dios, sino también su sabiduría y su finalidad para nosotros incomprensible. Creo en el orden y el sentido de la vida, en la armonía eterna, donde nos dicen que nos fundiremos algún día. Creo en el Verbo hacia el que tiende el universo que está en Dios, que es el mismo Dios; creo en el infinito. ¿Voy por el buen camino? Imagínate que, en definitiva, no admita este mundo de Dios, aunque sepa que existe. Observa que no es a Dios a quien rechazo, sino a la creación: esto y sólo esto es lo que me niego a aceptar. Me explicaré: puedo admitir ciegamente, como un niño, que el dolor desaparecerá del mundo, que la irritante comedia de las contradicciones humanas se desvanecerá como un miserable espejismo, como una vil manifestación de una impotencia mezquina, como un átomo de la mente de Euclides; que al final del drama, cuando aparezca la armonía eterna, se producirá una revelación tan hermosa que conmoverá a todos los corazones, calmará todos los grados de la indignación y absolverá de todos los crímenes y de la sangre derramada. De modo que se podrá no sólo perdonar, sino justificar todo lo que ha ocurrido en la tierra. Todo esto podrá suceder, pero yo no lo admito, no quiero admitirlo. Si las paralelas se encontraran ante mi vista, yo diría que se habían encontrado, pero mi razón se negaría a admitirlo. Ésta es mi tesis, Aliocha. He comenzado expresamente nuestra conversación del modo más tontó posible, pero la he conducido a mi confesión, pues sé que es esto lo que tú esperas. No es el tema de Dios lo que te interesa, sino la vida espiritual de tu querido hermano.

lván acabó su discurso con una emoción singular, inesperada. ‑¿Por qué has empezado «del modo más tonto posible»: ‑preguntó Aliocha, mirándolo pensativo.

‑En primer lugar, por dar a la charla un tono típicamente ruso. En Rusia las conversaciones sobre este tema se inician siempre tontamente. Pero muy pronto la tontería llega al fin y desemboca en la claridad. La tontería deja la astucia y adquiere concisión, mientras que el ingenio empieza a dar rodeos y se esconde. El ingenio es innoble; en la tontería hay honradez. Cuanto más estúpidamente confiese la desesperación que me abruma, mejor para mí.

‑¿Quieres explicarme por qué « no admites el mundo»?

‑Desde luego. Esto no es ningún secreto, y te lo iba a explicar. Hermanito, mi propósito no es pervertirte ni quebrantar tu fe. Al contrario, lo que deseo es purificarme con tu contacto.

Iván dijo esto con una sonrisa infantil. Aliocha no le había visto nunca sonreír de este modo.

CAPITULO IV

REBELDÍA

‑Voy a hacerte una confesión ‑empezó a decir Iván‑. Yo no he comprendido jamás cómo se puede amar al prójimo. A mi juicio es precisamente al prójimo a quien no se puede amar. Por lo menos, sólo se le puede querer a distancia. No sé dónde, he leído que «San Juan el Misericordioso», al que un viajero famélico y aterido suplicó un día que le diera calor, se echó sobre él, lo rodeó con sus brazos y empezó a expeler su aliento en la boca del desgraciado, infecta, purulenta por efecto de una horrible enfermedad. Estoy convencido de que el santo tuvo que hacer un esfuerzo para obrar así, que se engañó a sí mismo al aceptar como amor un sentimiento dictado por el deber, por el espíritu de sacrificio. Para que uno pueda amar a un hombre, es preciso que este hombre permanezca oculto. Apenas ve uno su rostro, el amor se desvanece.

‑El starets Zósimo ha hablado muchas veces de eso ‑dijo Aliocha‑. Decía que las almas inexpertas hallaban en el rostro del hombre un obstáculo para el amor. Sin embargo, hay mucho amor en la humanidad, un amor que se parece algo al de Cristo. Lo sé por experiencia, Iván.

‑Pues yo no lo conozco todavía y no lo puedo comprender. Hay muchos en el mismo caso que yo. Hay que dilucidar si esto procede de una mala tendencia o si es algo inseparable de la naturaleza humana. A mi juicio, el amor de Cristo a los hombres es una especie de milagro que no puede existir en la tierra. Él era Dios y nosotros no somos dioses. Supongamos, para poner un ejemplo, que yo sufro horriblemente. Los demás no pueden saber cuán profundo es mi sufrimiento, puesto que no son ellos los que lo sufren, sino yo. Es muy raro que un individuo se preste a reconocer el sufrimiento de otro, pues el sufrimiento no es precisamente una dignidad. ¿Por qué ocurre así? ¿Tú qué opinas? Tal vez sea que el que sufre huele mal o tiene cara de hombre estúpido. Por otra parte, hay varias clases de dolor. Mi bienhechor admitirá el sufrimiento que humilla, el hambre por ejemplo, pero si mi sufrimiento es elevado, como el que procede de una idea, sólo por excepción creerá en él, pues, al observarme, verá que mi cara no es la que su imaginación atribuye a un hombre que sufre por una idea. Entonces dejará de protegerme, y no por maldad. Los mendigos, sobre todo los que no carecen de cierta nobleza, deberían pedir limosna sin dejarse ver, por medio de los periódicos. En teoría, y siempre de lejos, uno puede amar a su prójimo; pero de cerca es casi imposible. Si las cosas ocurrieran como en los escenarios, en los ballets, donde los pobres, vestidos con andrajos de seda y jirones de blonda, mendigan danzando graciosamente, los podríamos admirar. Admirar, pero no amar...

»Basta ya de esta cuestión. Sólo pretendía exponerte mi punto de vista. Te iba a hablar de los dolores de la humanidad en general, pero será preferible que me refiera exclusivamente al dolor de los niños. Mi argumentación quedará reducida a una décima parte, pero vale más así. Desde luego, salgo perdiendo. En primer lugar, porque a los niños se les puede querer aunque vayan sucios y sean feos (dejando aparte que a mí ningún niño me parece feo). En segundo lugar, porque si no hablo de los adultos, no es únicamente porque repelen y no merecen que se les ame, sino porque tienen una compensación: han probado el fruto prohibido, han conocido el bien y el mal y se han convertido en seres “semejantes a Dios”. Y siguen comiendo el fruto. Pero los niños pequeños no han probado ese fruto y son inocentes. Tú quieres a los niños, Aliocha. Sí, tú quieres a los niños, y, como los quieres, comprenderás por qué prefiero hablar sólo de ellos. Ellos también sufren, y mucho, sin duda para expiar la falta de sus padres, que han comido el fruto prohibido... Pero estos razonamientos son de otro mundo que el corazón humano no puede comprender desde aquí abajo. Un ser inocente no es capaz de sufrir por otro, y menos una tierna criatura. Aunque te sorprenda, Aliocha, yo también adoro a los niños. Observa que entre los hombres crueles, dotados de bárbaras pasiones, como los Karamazov, abundan los que quieren a los niños. Hasta los siete años, los niños se diferencian extraordinariamente de los hombres. Son como seres distintos, de distinta naturaleza. Conocí un bandido, un presidiario, que había asesinado a familias enteras, sin excluir a los niños, cuando se introducía por las noches en las casas para desvalijarlas, y que en el penal sentía un amor incomprensible por los niños. Observaba a los que jugaban en el patio y se hizo muy amigo de uno de ellos, que solía acercarse a su ventana... ¿Sabes por qué digo todo esto, Aliocha? Porque me duele la cabeza y estoy triste.

‑Tienes un aspecto extraño ‑dijo el novicio, inquieto‑. Tu estado no es el normal.

‑Por cierto ‑dijo Iván como si no hubiera oído a su hermano‑, que un búlgaro me ha contado hace poco en Moscú las atrocidades que los turcos y los cherqueses cometen en su país. Temiendo un levantamiento general de los eslavos, incendian, estrangulan, violan a las mujeres y a los niños. Clavan a los prisioneros por las orejas en las empalizadas y así los tienen toda la noche. A la mañana siguiente los cuelgan. A veces, se compara la crueldad del hombre con la de las fieras, y esto es injuriar a las fieras. Porque las fieras no alcanzan nunca el refinamiento de los hombres. El tigre se limita a destrozar a su presa y a devorarla. Nunca se le ocurriría clavar a las personas por las orejas, aunque pudiera hacerlo. Los turcos torturan a los niños con sádica satisfacción; los arrancan del regazo materno y los arrojan al aire para recibirlos en las puntas de sus bayonetas, a la vista de las madres, cuya presencia se considera como el principal atractivo del espectáculo. He aquí otra escena que me horrorizó: un niño de pecho en brazos de su temblorosa madre y, en torno de ambos, los turcos. A éstos se les ocurre una broma. Empiezan a hacer carantoñas al bebé hasta que consiguen hacerle reír. Entonces uno de los soldados le encañona de cerca con su revólver. El niño intenta coger el «juguete» con sus manitas, y, en este momento, el refinado bromista aprieta el gatillo y le destroza la cabeza. Dicen que los turcos aman los placeres.

‑¿Para qué hablar de eso, hermano?

‑Mi opinión es que si el diablo no existe, si ha sido creado por el hombre, éste lo ha hecho a su imagen y semejanza.

‑¿Como a Dios?

‑¡Qué bien sabes «devolver las palabras»!, como dice Polonio en Hamlet ‑dijo Iván riendo‑. Te has aprovechado de las mías. Ciertamente, tu Dios es bello, aunque el hombre lo haya hecho a su imagen y semejanza. Me has preguntado hace un momento que por qué hablo de estas cosas. Te lo diré: me encanta coleccionar hechos y anécdotas. Los recojo en los periódicos, anoto lo que otros cuentan, y tengo una bonita colección. Naturalmente, los turcos no faltan en ella, y tampoco otros extranjeros, pero he anotado también casos nacionales que superan a todos. En Rusia, las vergas y el látigo ocupan un puesto de honor. No clavamos a las personas por las orejas, desde luego, porque somos europeos, pero tenemos la experiencia de azotar: en esto nadie nos aventaja. En el extranjero estos sistemas de castigo han desaparecido casi por completo a consecuencia de una mejora en las costumbres, o porque las leyes naturales impiden a un hombre azotar a su prójimo. En cambio, existe en ciertos paises un hábito tan peculiar, que aunque se ha implantado también aquí, es impropio de Rusia, especialmente después del movimiento religioso que se ha producido en la alta sociedad. Poseo un interesante folleto traducido del francés, en el que se refiere la ejecución, realizada en Ginebra hace cinco años, de un asesino llamado Ricardo, que se convirtió al cristianismo antes de morir. Tenía entonces veinticuatro años y era un hijo natural al que, cuando tenía seis años, habían entregado sus padres a unos pastores suizos, que lo criaron con vistas a la explotación. El niño creció como un salvaje, sin estudiar ni aprender nada. Cuando tenía siete años lo enviaron a apacentar el ganado bajo el frío y la humedad, medio desnudo y hambriento. Sus protectores no experimentaban ningún remordimiento por tratarlo así. Por el contrario, creían ejercer un derecho, ya que les habían dado a Ricardo como quien da un objeto. Ni siquiera consideraban un deber alimentarlo. El mismo Ricardo declaró que de buena gana se habría comido entonces el amasijo que daban a los cerdos para engordarlos, lo mismo que el hijo pródigo del Evangelio, pero que no lo podía hacer porque se lo tenían prohibido y le pegaban si se atrevía a robar la comida de los animales. Así pasó su infancia y su juventud, y cuando fue hombre se dedicó al robo. Este salvaje se ganaba la vida en Ginebra como jornalero, se bebía el jornal, vivía como un monstruo y acabó por asesinar a un viejo para desvalijarlo. Lo detuvieron, lo juzgaron y lo condenaron a muerte. En Ginebra no se andan con sentimentalismos. En la prisión se ve en seguida rodeado de pastores protestantes, miembros de asociaciones religiosas y damas de patronatos. Entonces aprende a leer y escribir, le explican el Evangelio y, a fuerza de adoctrinarlo y catequizarlo, acaban por conseguir que confiese solemnemente su crimen. Dirigió al tribunal una carta en la que decía que era un monstruo, pero que el Señor se había, dignado iluminarlo y enviarle su gracia. Toda Ginebra se conmovió, toda la Ginebra filantrópica y santurrona. Todo lo que había de noble y recto en la capital acudió a la prisión. Lo abrazaban, lo estrujaban.

»‑Eres nuestro hermano. Dios te ha concedido la gracia.

»Ricardo llora, enternecido.

»‑Sí, Dios me ha iluminado. En mi infancia y en mi juventud deseaba la comida de los cerdos. Ahora se me ha otorgado la gracia y muero en el Señor.

»‑Sí, Ricardo: has derramado sangre y debes morir. No es tuya la culpa si ignorabas la existencia de Dios cuando robabas la comida de los cerdos y te pegaban por obrar así (sin embargo, no procedías bien, pues está prohibido robar); pero has derramado sangre y debes morir.

» Llega el último día. Ricardo, abatido, llora y no cesa de repetir:

»‑Hoy es el día más hermoso de mi vida, pues me voy al lado de Dios.

»‑¡Sí ‑exclaman los religiosos y las damas de los patronatos‑, es el día más bello de tu vida, pues vas a reunirte con Dios!

»La multitud se dirige al patíbulo, siguiendo al carro que transporta a Ricardo ignominiosamente. Todos llegan al lugar del suplicio.

»‑¡Muere, hermano! ‑gritan a Ricardo‑. ¡Muere en el Señor! ¡Su gracia está contigo!

»Y Ricardo sube al patíbulo entre besos. Lo tienden y cae su cabeza en nombre de la gracia divina.

»Es un suceso típico. Los luteranos de la alta sociedad han traducido el folleto al ruso y lo distribuyen como suplemento gratuito para instruir al pueblo.

»La aventura de Ricardo es interesante como rasgo nacional. En Rusia resultaría absurdo decapitar a un hermano por la única razón de que se ha convertido en uno de los nuestros, al haberle concedido el Señor la gracia, pero tenemos también nuestras cosas. En nuestro país, torturar golpeando constituye una tradición histórica, un placer que puede satisfacerse en el acto. Nekrasov nos habla en uno de sus poemas de un mujik que fustiga a su caballo en los ojos. Todos hemos visto esto, pues es una costumbre muy rusa. El poeta nos describe un caballo que tira de un carro cargado excesivamente y que se ha atascado, sin que el animal pueda sacarlo del atolladero. El mujik lo azota con encarnizamiento, sin darse cuenta de lo que hace, prodigando los latigazos en una especie de embriaguez. “Aunque no puedas tirar, tirarás. Muérete, pero tira.” El indefenso animal se debate desesperadamente, mientras su dueño fustiga sus dos ojos, de los que brotan las lágrimas. Al fin, logra salir del atolladero y avanza tembloroso, sin aliento, con paso vacilante, lamentable, premioso. En el poema de Nekrasov esto resulta verdaderamente horrible. Sin embargo, se trata solamente de un caballo, y ¿acaso Dios no ha creado a los caballos para que se les fustigue? Así piensan los que nos han legado el knut. Sin embargo, también se puede fustigar a las personas. He aquí un caso: cierto señor culto y su esposa se deleitan azotando a una hija suya que sólo tiene siete años. Al papá le complace que la verga tenga espinas. “Asl le hará más daño”, dice. Hay personas que se enardecen hasta el sadismo a medida que van dando golpes. Pegaban a la niña durante un minuto y seguían pegándole durante dos, durante cinco, durante diez, cada vez más fuerte. Al fin, la niña, agotadas sus fuerzas, con voz sofocada, grita: “¡Clemencia, papá! ¡Clemencia, papaíto!” El suceso se convierte en escándalo público y llega a los tribunales de justicia. Los padres entregan el asunto a un abogado, a esas “conciencias que se alquilan”. El letrado defiende a su cliente.

»‑El asunto no puede estar más claro. Es una escena de familia como tantas otras que se ven a diario. Un padre que azota a una hija. Es vergonzoso perseguir a un hombre por obrar así.

»El jurado acepta la tesis del defensor. Se retira y emite un veredicto negativo. El público se alegra al ver que dejan en libertad a semejante verdugo. Yo no presencié el juicio. De haber estado allí, habría propuesto hacer una recolecta en honor de aquel buen padre de familia... Es un hermoso cuadro. Sin embargo, Aliocha, puedo ofrecerte otros mejores, también relacionados con los niños rusos. He aquí uno de ellos. Se refiere a una niñita de cinco años a la que sus padres detestan, sus padres, que son “honorables funcionarios instruidos y bien educados”. Hay muchas personas mayores que se complacen en torturar a los niños, pero sólo a los niños. Con los adultos, tales individuos se muestran cariñosos y amables, como europeos cultos y humanitarios, pero experimentan un placer especial en hacer sufrir a los niños: es su modo de amarlos. La confianza angelical de estas indefensas criaturas seduce a las personas crueles. Estas personas no saben adónde ir ni a quién dirigirse, y ello excita sus malos instintos. Todos los hombres llevan un demonio en su interior, hijo de un carácter colérico, del sadismo, de un desencadenamiento de pasiones innobles, de enfermedades contraídas en un régimen de libertinaje, de la gota, del mal funcionamiento del hígado... Pues bien, aquellos cultos padres desahogaban de varios modos su crueldad sobre la pobre criatura. La azotaban, la golpeaban sin motivo. Su cuerpo estaba lleno de cardenales. Y aún extremaron más su crueldad: en las noches glaciales de invierno, encerraban a la niña en el retrete, con el pretexto de que no pedía a tiempo que se la sacara de la cama para llevarla allí, sin hacerse cargo de que una niña de esta edad que está profundamente dormida, nunca puede pedir estas cosas a tiempo. Le embadurnaban la cara con sus excrementos y su misma madre la obligaba a que se los comiera. Y esta madre dormía tranquilamente, sin conmoverse ante los gritos de la pobre niña encerrada en un lugar tan repugnante. ¿Te imaginas a esa infeliz criatura, a merced del frío y la oscuridad, sin saber lo que le ocurre, golpeándose con los puños el pecho anhelante, derramando inocentes lágrimas y pidiendo a Dios que la socorra? ¿Comprendes este absurdo? ¿Puede tener todo esto algún fin? Contéstame, hermano; respóndeme, piadoso novicio. Se dice que todo esto es indispensable para que en la mente del hombre se establezca la distinción entre el bien y el mal. ¿Pero para qué queremos esta distinción diabólica pagada a tan alto precio? Toda la sabiduría del mundo es insuficiente para pagar las lágrimas de los niños. No hablo de los dolores morales de los adultos, porque los adultos han saboreado el fruto prohibido. ¡Que el diablo se los lleve! ¡Pero los niños...! Veo en tu cara que te estoy hiriendo, Aliocha. ¿Quieres que me calle?

‑No, yo también quiero sufrir. Continúa.

‑Te voy a presentar otro cuadro típico. Lo he leído en los «Archivos Rusos» o en «La Antigüedad Rusa»: no puedo precisar en cuál de estas dos revistas. Fue en la época más triste de la esclavitud, en los comienzos del siglo diecinueve. ¡Viva el zar liberador!. Un antiguo general, rico terrateniente que tenía poderosas relaciones, vivía en uno de sus dominios, que contaba con dos mil almas. Era uno de esos hombres (a decir verdad, ya poco numerosos en aquel tiempo) que, una vez retirados del servicio, creían tener derecho a disponer de la vida y la muerte de sus siervos. Siempre malhumorado, trataba con altivo desdén a sus humildes vecinos, considerándolos como parásitos o bufones a su servicio. Tenía un centenar de monteros, todos uniformados, y varios cientos de lebreles. Un día, el hijo de una de sus siervas, un niño de ocho años, que se entretenía tirando piedras, hirió en la pata a uno de sus lebreles favoritos. Al ver que el perro cojeaba, el general inquirió el motivo y se le explicó todo, señalándole al culpable. Inmediatamente, el general ordenó que encerraran al niño, al que arrancaron de los brazos de su madre y que pasó la noche en el calabozo. Al día siguiente, al amanecer, se pone su uniforme de gala, monta a caballo y se va de caza, rodeado de sus parásitos, monteros y lebreles. Se reúne a toda la servidumbre para dar un ejemplo y se conduce al lugar de la reunión al chiquillo con su madre. Era una mañana de otoño, brumosa y fría, excelente para la caza. El general ordena que se desnude completamente al niño, lo que se hace al punto. El rapaz tiembla, muerto de miedo, sin atreverse a pronunciar palabra.

»‑¡Hacedlo correr! ‑ordena el general.

»‑¡Hala! ¡Corre! ‑le dicen los monteros.

»El niño echa a correr.

»El general profiere el grito con que acostumbra lanzar a la jauría en pos de las presas, y los perros se arrojan sobre el niño y lo destrozan ante los ojos de su madre.

»Al parecer, el general fue sometido a vigilancia. ¿Qué crees tú que merecía? ¿Se le debía fusilar? Habla, Aliocha.

‑Si ‑respondió Aliocha a media voz, pálido, con una sonrisa crispada.

‑¡Bravo! ‑exclamó Iván, encantado‑. Cuando tú lo dices... ¡Ah, el asceta! En tu corazón hay un diablillo, Aliocha Karamazov.

‑He dicho una tontería, pero...

‑Sí, pero... Has de saber, novicio, que las tonterías son indispensables en el mundo, que está fundado sobre ellas. Si no se hicieran tonterías, no pasaría nada aquí abajo. Cada cual sabe lo suyo.

‑¿Qué sabes tú?

‑No comprendo nada de lo que te he dicho ‑dijo Iván como soñando‑. Y no quiero comprender nada: me atengo a los hechos. Si los analizo, los transformo.

‑¿Por qué me atormentas? ‑se lamentó Aliocha‑. ¿Quieres decírmelo de una vez?

‑Sí, te lo voy a decir. Te quiero demasiado para abandonarte en manos del starets Zósimo.

Iván se detuvo. En su semblante había aparecido de pronto una sombra de tristeza.

‑Oye, Aliocha: me he limitado a hablar de los niños para ser más claro. No he hablado de las lágrimas humanas que saturan la tierra, para ser más breve. Confieso humildemente que no comprendo la razón de este estado de cosas. La culpa es sólo de los hombres. Se les dio el paraíso y codiciaron la libertad, aun sabiendo que serían desgraciados. Por lo tanto, no merecen piedad alguna. Mi pobre mente terrenal me permite comprender solamente que el dolor existe, que no hay culpables, que todo se encadena, que todo pasa y se equilibra. Éstas son las pataratas de Euclides, y yo no puedo vivir apoyándome en ellas. ¿En qué me puede satisfacer todo esto? Lo que necesito es una compensación; de lo contrario, desapareceré. Y no una compensación en cualquier parte, en el infinito, sino aquí abajo, una compensación que yo pueda ver. Yo he creído, y quiero ser testigo del resultado, y si entonces ya he muerto, que me resuciten. Sería muy triste que todo ocurriese sin que yo lo percibiera. No quiero que mi cuerpo, con sus sufrimientos y sus faltas, sirva tan sólo para contribuir a la armonía futura en beneficio de no sé quién. Quiero ver con mis propios ojos a la cierva durmiendo junto al león, a la víctima besando a su verdugo. Sobre este deseo reposan todas las religiones, y yo tengo fe. Quiero estar presente cuando todos se enteren del porqué de las cosas. ¿Pero qué papel tienen en todo esto los niños? No puedo resolver esta cuestión. Todos han de contribuir con su sufrimiento a la armonía eterna, ¿pero por qué han de participar en ello los niños? No se comprende por qué también ellos han de padecer para cooperar al logro de esa armonía, por qué han de servir de material para prepararla. Comprendo la solidaridad entre el pecado y el castigo, pero ésta no puede aplicarse a un niño inocente. Que éste sea culpable de las faltas de sus padres es una cuestión que no pertenece a nuestro mundo y que yo no comprendo. El malintencionado afirmará que los niños irán creciendo y llegarán a la edad de los pecados, pero el chiquillo que murió destrozado por los perros no tuvo tiempo de crecer... No estoy blasfemando, Aliocha. Comprendo cómo se estremecerá el universo cuando el cielo y la tierra se unan en un grito de alegría, cuando todo lo que vive o haya vivido exclame: « ¡Tienes razón, Señor! ¡Se nos han revelado tus caminos!»; cuando el verdugo, la madre y el niño se abracen y digan con lágrimas en los ojos: «¡Tienes razón, Señor!» Sin duda, entonces se hará la luz y todo se explicará. Lo malo es que yo no puedo admitir semejante solución. Y procedo en consecuencia durante mi estancia en este mundo. Créeme, Aliocha: acaso viva hasta ese momento o resucite entonces, tal vez grite con todos los demás, cuando la madre abrace al verdugo de su hijo: «¡Tienes razón, Señor!», pero lo haré contra mi voluntad. Ahora que puedo, me niego a aceptar esta armonía superior. Opino que vale menos que una lágrima de niño, una lágrima de esa pobre criatura que se golpeaba el pecho y rogaba a Dios en su rincón infecto. Sí, esa armonía vale menos que estas lágrimas que no se han pagado. Mientras sea así, no se puede hablar de armonía. Borrar esas lágrimas es imposible. «Los verdugos padecerán en el infierno», me dirás. ¿Pero qué valor puede tener este castigo, cuando los niños han tenido también su infierno? Por otra parte, ¿qué armonía es esa que requiere el infierno? Yo deseo el perdón, el beso universal, la supresión del dolor. Y si el tormento de los niños ha de contribuir al conjunto de los dolores necesarios para la adquisición de la verdad, afirmo con plena convicción que tal verdad no vale un precio tan alto. No quiero que la madre perdone al verdugo: no tiene derecho a hacerlo. Le puede perdonar su dolor de madre, pero no el de su hijo, despedazado por los perros. Aunque su hijo concediera el perdón, ella no tiene derecho a concederlo. Y si el derecho de perdonar no existe, ¿adónde va a parar la armonía eterna? ¿Hay en el mundo algún ser que tenga tal derecho? Mi amor a la humanidad me impide desear esa armonía. Prefiero conservar mis dolores y mi indignación no rescatados, ¡aunque me equivoque! Además, se ha enrarecido la armonía eterna. Cuesta demasiado la entrada. Prefiero devolver la mía. Como hombre honrado, estoy dispuesto a devolverla inmediatamente. Ésta es mi posición. No niego la existencia de Dios, pero, con todo respeto, le devuelvo la entrada.

‑Eso es rebelarse ‑dijo Aliocha con suave acento y la cabeza baja.

‑¿Rebelarse? Habría preferido no oírte pronunciar esa palabra. ¿Acaso se puede vivir sin rebeldía? Y yo quiero vivir. Respóndeme con franqueza. Si los destinos de la humanidad estuviesen en tus manos, y para hacer definitivamente feliz al hombre, para procurarle al fin la paz y la tranquilidad, fuese necesario torturar a un ser, a uno solo, a esa niña que se golpeaba el pecho con el puñito, a fin de fundar sobre sus lágrimas la felicidad futura, ¿te prestarías a ello? Responde sinceramente.

‑No, no me prestaría.

‑Eso significa que no admites que los hombres acepten la felicidad pagada con la sangre de un pequeño mártir.

‑Efectivamente, hermano mío, yo no estoy de acuerdo con eso ‑dijo Aliocha con ojos fulgurantes‑. Antes has preguntado si hay en el mundo un solo ser que tenga el derecho de perdonar. Pues si, ese ser existe. Él puede perdonarlo todo y puede perdonar a todos, pues ha vertido su sangre inocente por todos y para todos. Te has olvidado de Él, es Ése al que se grita: «¡Tienes razón, Señor! ¡Tus caminos se nos han revelado!»

‑¡Ah, sí! El único libre de pecado, el que ha vertido su sangre... No, no lo había olvidado. Es más, me sorprendía que no lo hubieras sacado ya a relucir, pues vosotros soléis empezar vuestras discusiones mencionándolo... No te rías. ¿Sabes que compuse un poema el año pasado? Si me concedes diez minutos más, te contaré el asunto.

‑¿Cómo? ¿Tú has escrito un poema?

Iván se echó a reír.

‑¡Oh, no! En mi vida he escrito dos versos seguidos. Pero compuse con la imaginación ese poema, y lo recuerdo. Tú serás mi primer lector, mejor dicho, mi primer oyente. Quiero aprovecharme de tu presencia. ¿Me lo permites?

‑Soy todo oídos.

‑Mi poema se titula «El Gran Inquisidor». Es disparatado, pero quiero que lo conozcas.

CAPITULO V

«EL GRAN INQUISIDOR»

‑Desde el punto de vista literario, es indispensable un preámbulo. La acción se desarrolla en el siglo dieciséis, época en que, como sabes, existía la costumbre de hacer intervenir en los poemas a los poderes celestiales. No me refiero a Dante. En Francia, los cleros de la basoche y los monjes daban representaciones teatrales en las que aparecían la Virgen, los ángeles, los santos, Cristo y Dios Padre. Estos espectáculos eran por demás ingenuos. Según nos cuenta Víctor Hugo en su Notre‑Dame de Paris, durante el reinado de Luis XI, para celebrar el nacimiento del delfín, se ofreció en Paris una representación gratuita del misterio Le bon jugement de la tres sainte et gracieuse Vierge Marie. En esta obra aparece la Virgen y emite su bon jugement. En Moscú se daban de vez en cuando representaciones de este tipo, tomadas especialmente del Antiguo Testamento, antes de Pedro el Grande. Además, circulaban una serie de relatos y poemas en los que aparecían los santos, los ángeles y todo el ejército celestial. En nuestros monasterios se traducían y se copiaban esos poemas, a incluso se componían algunos originales, todo ello durante la dominación tártara. Uno de tales poemas, sin duda traducido del griego, es «La Virgen entre los condenados», que nos ofrece escenas de una audacia dantesca. La Virgen visita el infierno, conducida por el arcángel San Miguel. La Virgen ve a los condenados y sus tormentos. Le llama la atención una categoría de pecadores muy interesante que está en un lago de fuego. Algunos se hunden en este lago y no vuelven a aparecer. «Éstos son los olvidados incluso por Dios»: he aquí una frase profunda y vigorosa. La Virgen, desconsolada, cae de rodillas ante el trono de Dios y pide gracia para todos los pecadores sin distinción que ha visto en el infierno. Su diálogo con Dios es interesantísimo. La Virgen implora, insiste, y cuando Dios le muestra los pies y las manos de su Hijo horadados por los clavos y le pregunta: « ¿Cómo puedo perdonar a esos verdugos?», la Virgen ordena a todos los santos, a todos los mártires y a todos los ángeles que se arrodillen como ella a imploren la gracia para todos los pecadores. Al fin consigue que cesen los tormentos todos los años desde el Viernes Santo a Pentecostés, y los condenados dan las gracias a Dios desde las profundidades del infierno y exclaman: «¡Señor, tu sentencia es justa!»... Mi poema habría sido algo así si lo hubiese concebido en aquella época. Dios aparecería y se limitaría a pasar sin decir nada. Han transcurrido quince siglos desde que prometió volver a su reinado, desde que su profeta escribió: «Volveré pronto. El día y la hora ni siquiera el Hijo la sabe, sólo mi Padre que está en los cielos», repitiendo las palabras de Cristo en la tierra. Y la humanidad le espera con la misma fe de antaño, una fe más ardiente todavía, pues hace ya quince siglos que el cielo no ha cesado de conceder gajes al hombre.

‑Cree lo que te dicte tu corazón,
pues los cielos ya no dan gajes

»Verdad es que se producían entonces numerosos milagros: los santos realizaban curaciones maravillosas, la Reina de los Cielos visitaba a ciertos justos, según cuentan los libros. Pero el diablo no dormía: la humanidad empezaba a dudar de la autenticidad de tales prodigios. Entonces nació en Alemania una terrible herejía que negaba los milagros. «Una gran estrella, ardiente como una antorcha (la Iglesia, sin duda), cayó sobre los manantiales a hizo amargas sus aguas». Con ello se acrecentó la fe de los fieles. Las lágrimas de la humanidad se elevaban a Dios como en otras épocas: se le esperaba, se le