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LIBRO IIUNA REUNIÓN FUERA DE LUGAR CAPITULO PRIMERO LLEGADA AL MONASTERIO Terminaba el mes de agosto. El tiempo era excelente: temperatura agradable y cielo despejado. La reunión en la celda del starets se tenía que celebrar inmediatamente después de la última misa, a las once y media. Los conferenciantes llegaron a la hora fijada, en dos vehículos. El primero, una elegante calesa tirada por dos magníficos caballos, lo ocupaban Piotr Alejandrovitch Miusov y un pariente lejano suyo, Piotr Fomitch Kalganov. Éste era un joven de veinte años que se preparaba para ingresar en la universidad. Miusov, que lo tenía en su casa, le propuso llevarlo a Zurich o a Jena para que completara sus estudios; pero él no se había decidido aún. Era un joven pensativo y distraído, de fisonomía agradable, constitución robusta, aventajada estatura y mirada impasible, como es propio de las personas que no prestan atención a nada. Podía estar mirándonos durante largo rato sin vernos. Era un ser taciturno que a veces, cuando dialogaba a solas con alguien, se mostraba de pronto locuaz, vehemente, alborozado, sabe Dios por qué. Pero su imaginación era como un relámpago, como un fuego que se encendía y apagaba en un segundo. Vestía bien y con cierto atildamiento. Poseía una modesta fortuna y tenía esperanzas de aumentarla. Sostenía con Aliocha amistosas relaciones. Fiodor Pavlovitch y su hijo llegaron en un coche de alquiler deteriorado, aunque bastante espacioso, tirado por dos viejos caballos que seguían a la calesa a una respetuosa distancia. A Dmitri se le había anunciado el día anterior la hora de la reunión, pero aún no había llegado. Los visitantes dejaron sus coches en la posada, inmediata a los muros del recinto, y cruzaron a pie la gran puerta de entrada. Excepto Fiodor Pavlovitch, ninguno de ellos había visto el monasterio. Miusov, que no había entrado en una iglesia desde hacía treinta años, miraba a un lado y a otro con una mezcla de curiosidad y despreocupación. Aparte la iglesia y las dependencias ‑y éstas eran bastante vulgares‑, el monasterio no ofreció nada de particular a su espíritu observador. Los últimos fieles que salían de la iglesia se descubrían y se santiguaban. Entre la gente del pueblo había algunas personas de más altas esferas: dos o tres damas y un viejo general, que habían dejado también sus coches en la posada. Los mendigos rodeaban a los visitantes, pero nadie les daba nada. Sólo Kalganov sacó diez copecs de su monedero y, turbado no se sabía por qué, los entregó rápidamente a una buena mujer, a la que dijo en voz baja: ‑Para que os lo repartáis. Ninguno de sus compañeros hizo el menor comentario, y esto aumentó su confusión. Parecía lógico que alguien hubiera acudido a recibir a nuestros visitantes, a incluso a testimoniarles cierta consideración. Uno de ellos había entregado en fecha reciente mil rublos al monasterio; otro era un rico propietario que tenía a los monjes bajo su dependencia en lo referente a la pesca y a la tala de árboles, y los tendría hasta que se fallara el pleito. Sin embargo, allí no había ningún elemento oficial para recibirlos. Miusov miraba con expresión distraída las losas sepulcrales diseminadas en torno de la iglesia. Estuvo a punto de hacer la observación de que los ocupantes de aquellas tumbas debían de haber pagado un alto precio por el derecho de ser enterrados en un lugar tan santo, pero guardó silencio: su irritación se había impuesto a su ironía habitual. Luego murmuró como si hablara consigo mismo: ‑¿A quién diablos hay que dirigirse en esta casa de tócame Roque? Necesitamos saberlo, porque el tiempo pasa. De pronto se presentó ante ellos un personaje de unos sesenta años, que llevaba una amplia vestidura estival, calvo, de mirada amable. Con el sombrero en la mano, se presentó. Dijo ceceando que era el terrateniente Maximov, de la provincia de Tula. Se había compadecido del desconcierto de los visitantes. ‑El starets Zósimo habita en la ermita que está a cuatrocientos metros de aquí, al otro lado del bosquecillo. ‑Ya lo sé ‑respondió Fiodor Pavlovitch‑, pero hace tiempo que no he estado aquí y no me acuerdo del camino. ‑Salgan por esa puerta y atraviesen en línea recta el bosquecillo. Permítanme que les acompañe. Yo también... Por aquí, por aquí. Salieron del recinto y se internaron en el bosque. El hacendado Maximov avanzaba, mejor dicho, corría al lado del grupo, examinándolos a todos con una curiosidad molesta. Al mirarlos, abría desmesuradamente los ojos. Miusov dijo fríamente: ‑Hemos de ver al starets para un asunto particular. Hemos obtenido, por decirlo así, audiencia de ese personaje. Por lo tanto, y a pesar de lo muy agradecidos que le estamos a usted, no podemos invitarle a que entre con nosotros. ‑Yo lo he visto ya ‑repuso el modesto hidalgo‑. Un chevalier parfait. ‑¿Quién es ce chevalier? ‑preguntó Miusov. ‑El starets, el famoso starets Zósimo, gloria y honor del monasterio. Ese starets... Su locuacidad fue interrumpida por la llegada de un monje con cogulla, bajito, pálido, débil. Fiodor Pavlovitch y Miusov se detuvieron. El religioso los saludó con extrema cortesía y les dijo: ‑Caballeros, el padre abad les invita a almorzar después de la visita de ustedes a la ermita. El almuerzo será exactamente a la una. Usted también está invitado ‑dijo a Maximov. ‑Iré ‑afirmó Fiodor Pavlovitch, encantado de la invitación‑. Me guardaré mucho de faltar. Ya sabe que todos hemos prometido portarnos correctamente... ¿Usted vendrá, Piotr Alejandrovitch? ‑Desde luego. ¿Para qué estoy aquí sino para observar las costumbres del monasterio? Lo único que lamento es estar en compañía de usted. ‑Y Dmitri Fiodorovitch sin llegar. ‑Lo mejor que puede hacer es no venir. Ni usted ni su pleito familiar me divierten. Y añadió, dirigiéndose al monje: ‑Iremos a almorzar. Dé las gracias al padre abad. ‑Perdone, pero he de conducirlos a presencia del starets ‑dijo el monje. ‑En tal caso, yo voy a reunirme con el padre abad ‑dijo Maximov‑. Sí, estaré con él hasta que ustedes vayan. ‑El padre abad está muy ocupado en estos momentos ‑manifestó el monje, un tanto confundido‑, pero haga usted lo que le parezca. ‑Este viejo es un plomo ‑dijo Miusov cuando Maximov se hubo marchado camino del monasterio. ‑Se parece a Von Sohn ‑afirmó inesperadamente Fiodor Pavlovitch. ‑¡Vaya una ocurrencia! ¿En qué se parece a Von Sohn? Además, ¿acaso ha visto usted a Von Sohn? ‑Sí, en fotografía. Las facciones no son iguales, pero tienen una semejanza oculta. Sí, es un segundo Von Sohn; basta verle la cara para comprenderlo. ‑Es posible. Sin embargo, Fiodor Pavlovitch, acaba usted de recordar que hemos prometido portarnos correctamente. ¿Lo ha olvidado? Procure dominarse. Si le gusta hacer el payaso, a mi me molestaría que se creyera que yo era igual que usted. ‑Ya está usted viendo cómo es este hombre. Me inquieta presentarme con él ante personas respetables. En los pálidos labios del monje apareció una leve sonrisa impregnada de cierto matiz irónico. Pero el religioso no dijo palabra, evidentemente por respeto a su propia dignidad. Miusov frunció todavía más las cejas. «¡Que el diablo se lleve a todos estos hombres de cara modelada por los siglos y que sólo llevan dentro charlatanismo y falsedad!», se dijo en su fuero interno. ‑¡He aquí la ermita! ‑exclamó Fiodor Pavlovitch‑. ¡Hemos llegado! Y empezó a hacer la señal de la cruz con desaforados movimientos de brazo ante los santos pintados en la parte superior y a ambos lados del portal. ‑Cada uno vive como le place ‑continuó‑. Hay un proverbio ruso que dice atinadamente: «Al religioso de otra orden no se le impone en modo alguno tu regla.» Aquí hay veinticinco padres que siguen el camino de la salvación, comen coles y se miran los unos a los otros. Lo que me sorprende es que ninguna mujer franquee estas puertas. Sin embargo, he oído decir que el starets recibe mujeres. ¿Es cierto? ‑preguntó dirigiéndose al monje. ‑Las mujeres del pueblo le esperan allí, junto a la galería. Mírelas, allí están, sentadas en el suelo. Para las damas distinguidas se han habilitado dos habitaciones en la galería, pero que quedan fuera del recinto. Son aquellas ventanas que ve usted allí. El starets se traslada a la galería por un pasillo interior, cuando su salud se lo permite. Ahora hay en estas habitaciones una dama, la señora de Khokhlakov, propietaria de Kharkhov, que quiere consultarle sobre una hija suya que está anémica. Sin duda le ha prometido que irá, aunque en estos últimos tiempos está muy débil y apenas se deja ver. ‑Por lo tanto, en la ermita hay una puerta entreabierta a la parte de las damas. Me guardaré mucho de pensar mal, padre. En el monte Athos..., usted debe de saberlo..., no solamente no se permiten visitas femeninas, sino que no se admite ninguna clase de mujer ni de hembra, ni gallina, ni pava, ni ternera. ‑Le dejo, Fiodor Pavlovitch. A usted le van a echar: eso se lo digo yo. ‑¿Pero en qué le he molestado, Piotr Alejandrovitch? Y cuando entraron en el recinto, exclamó de súbito: ‑¡Mire, mire! Viven en un verdadero mar de rosas. No se veían rosas, porque entonces no las había, pero sí gran difusión de flores de otoño, magníficas y raras. Sin duda las cuidaba una mano experta. Había macizos alrededor de la iglesia y de las tumbas. También estaba cercada de flores la casita de madera (una simple planta baja precedida de una galería) donde se hallaba la celda del starets. ‑¿Estaba todo lo mismo en la época de Barsanufe, el precedente starets? Dicen que era un hombre poco fino y que, cuando se enfurecía, la emprendía a bastonazos incluso con las damas. ¿Es esto verdad? ‑indagó Fiodor Pavlovitch mientras subían los escalones del pórtico. ‑Barsanufe ‑repuso el monje‑ se comportaba a veces como si hubiese perdido la razón, pero ¡cuántas falsedades se cuentan de él! Nunca dio bastonazos a nadie... Ahora, caballeros, tengan la bondad de esperar unos instantes. Voy a anunciarlos. Entonces Miusov murmuró una vez más: ‑Se lo repito, Fiodor Pavlovitch: recuerde lo convenido. Si no, allá usted. ‑Me gustaría saber qué es lo que le preocupa tanto ‑dijo, burlón, Fiodor Pavlovitch‑. ¿Son sus pecados lo que le inquietan? Dicen que el starets Zósimo lee en el alma de las personas con sólo una mirada. Pero no comprendo que usted, un parisiense, un progresista, haga caso de estas cosas. Me sorprende profundamente. Miusov no pudo tener la satisfacción de contestar a este mordaz comentario, pues en ese momento los invitaron a pasar. Estaba furioso, y, en su irritación, se decía: «Sé que, con lo nervioso que soy, voy a discutir, a acalorarme..., a rebajarme y a rebajar mis ideas.» CAPÍTULO II UN VIEJO PAYASO Entraron casi al mismo tiempo que el starets, el cual había salido de su dormitorio apenas llegaron los visitantes. Éstos entraron en la celda precedidos por dos religiosos de la ermita: el padre bibliotecario y el padre Pasius, hombre enfermizo a pesar de su edad poco avanzada, pero notable por su erudición, según decían. Además, había allí un joven que llevaba un redingote y que debía de frisar en los veintidós años. Era un antiguo alumno del seminario, futuro teólogo, al que protegía el monasterio. Era alto, de tez fresca, pómulos salientes y ojillos oscuros y vivos. Su rostro expresaba cortesía, pero no servilísmo. No saludó a los visitantes como un igual, sino como un subalterno, y permaneció de pie durante toda la conferencia. El starets Zósimo se presentó en compañía de un novicio y de Aliocha. Los religiosos se pusieron en pie y le hicieron una profunda reverencia, tocando el suelo con las puntas de los dedos. Después recibieron la bendición del starets y le besaron la mano. El starets les contestó con una reverencia igual ‑hasta tocar con los dedos el suelo‑ y les pidió lo bendijesen. Esta ceremonia, revestida de grave solemnidad y desprovista de la superficialidad de la etiqueta mundana, no carecía de emoción. Sin embargo, Miusov, que estaba delante de sus compañeros, la consideró premeditada. Cualesquiera que fuesen sus ideas, la simple educación exigía que se acercara al starets para recibir su bendición, aunque no le besara la mano. El día anterior había decidido hacerlo así, pero ante aquel cambio de reverencias entre los monjes había variado de opinión. Se limitó a hacer una grave y digna inclinación de hombre de mundo y fue a sentarse. Fiodor Pavlovitch hizo exactamente lo mismo, o sea que imitó a Miusov como un mono. El saludo de Iván Fiodorovitch fue cortés en extremo, pero el joven mantuvo también los brazos pegados a las caderas. En lo concerniente a Kalganov, estaba tan confundido, que incluso se olvidó de saludar. El starets dejó caer la mano que había levantado para bendecirlos y los invitó a todos a sentarse. La sangre afluyó a las mejillas de Aliocha. Estaba avergonzado: sus temores se cumplían. El starets se sentó en un viejo y antiquísimo sofá de cuero a invitó a sus visitantes a instalarse frente a él, en cuatro sillas de caoba guarnecidas de cuero lleno de desolladuras. Los religiosos se colocaron uno junto a la puerta y el otro al lado de la ventana. El seminarista, Aliocha y el novicio permanecieron de pie. La celda era poco espaciosa, y su atmósfera, densa y viciada. Contenía lo más indispensable: algunos muebles y objetos toscos y pobres; dos macetas en la ventana; en un ángulo, numerosos cuadritos de imágenes y una gran Virgen, pintada, con toda seguridad, mucho antes del raskol. Ante la imagen ardía una lamparilla. No lejos de ella había otros dos iconos de brillantes vestiduras, dos querubines esculpidos, huevos de porcelana, un crucifijo de marfil, al que abrazaba una Mater dolorosa, y varios grabados extranjeros, reproducciones de obras de pintores italianos famosos de siglos pasados. Junto a estas obras de cierto valor se exhibían vulgares litografías rusas: esos retratos de santos, de mártires, de prelados, que se venden por unos cuantos copecs en todas las ferias. Miusov paseó una rápida mirada por todas estas imágenes y después observó al starets. Creía poseer una mirada penetrante, debilidad excusable en un hombre que tenía ya cincuenta años, mucho mundo y mucho dinero. Estos hombres lo toman todo demasiado en serio, a veces sin darse cuenta. Desde el primer momento, el starets le desagradó. Ciertamente, había en él algo que podía despertar la antipatía no sólo de Miusov, sino de otras personas. Era un hombrecillo encorvado, de piernas débiles, que tenía sólo unos sesenta años, pero que parecía tener diez más, a causa de sus achaques. Todo su rostro reseco estaba surcado de pequeñas arrugas, especialmente alrededor de los ojos, que eran claros, pequeños, vivos y brillantes como puntos luminosos. Sólo le quedaban unos mechones de cabello gris sobre las sienes. Su barba, rala y de escasas dimensiones, terminaba en punta. Sus labios, delgados como dos cordones, sonreían a cada momento. Su puntiaguda nariz parecía el pico de un ave. «Según todas las apariencias, es un hombre malvado, mezquino, presuntuoso», pensó Miusov, que sentía una creciente aversión hacia él. Un pequeño reloj de péndulo dio doce campanadas, y esto rompió el hielo. ‑Es la hora exacta ‑afirmó Fiodor Pavlovitch‑, y mi hijo Dmitri Fiodorovitch no ha venido todavía. Le presento mis excusas por él, santo starets. Al oír estas dos últimas palabras, Aliocha se estremeció. ‑Yo soy siempre puntual ‑continuó Fiodor Pavlovitch‑. Nunca me retraso más de un minuto, pues no olvido que la exactitud es la cortesía de los reyes. ‑Pero usted no es rey, que yo sepa ‑gruñó Miusov, incapaz de contenerse. ‑¡Pues es verdad! Y crea que lo sabía, Piotr Alejandrovitch: le doy mi palabra. Pero, ¿qué quiere usted?, la lengua se me va. De pronto se encaró con el starets y exclamó en un tono patético: ‑Reverendísimo padre, tiene usted ante sí un payaso. Siempre hago así mi presentación. Es una antigua costumbre. Si digo a veces despropósitos, lo hago con toda intención, a fin de hacer reír y ser agradable. Hay que ser agradable, ¿no es cierto? Hace siete años fui a una pequeña ciudad para tratar pequeños negocios que hacia a medias con pequeños comerciantes. Fuimos a ver al ispravnik, al que teníamos que pedir algo a invitar a una colación. Apareció el ispravnik. Era un hombre alto, grueso, rubio y sombrío. Estos individuos son los más peligrosos en tales casos, pues la bilis los envenena. Le dije con desenvoltura de hombre de mundo: «Señor ispravnik, usted será, por decirlo así, nuestro Napravnik.» Él me contestó: «¿Qué Napravnik?» Vi inmediatamente, por lo serio que se quedó, que no había comprendido. Expliqué: «Ha sido una broma. Mi intención ha sido alegrar los ánimos. El señor Napravnik es un director de orquesta conocido, y para la armonía de nuestra empresa necesitamos precisamente una especie de director de orquesta...» Tanto la explicación como la comparación eran razonables, ¿no le parece? Pero él dijo: «Perdón, yo soy ispravnik y no permito que se hagan chistes sobre mi profesión.» Nos volvió la espalda. Yo corrí tras él gritando: «Si, sí; usted es ispravnik y no Napravnik.» Total, que se nos vino abajo el negocio. Siempre me pasa lo mismo. Ser demasiado amable me perjudica. Otra vez, hace ya muchos años, dije a un personaje importante: «Su esposa es una mujer muy cosquillosa.» Quise decir que tenía una sensibilidad muy fina. Entonces él me preguntó: «¿Usted lo ha comprobado?» Yo decidí ser amable y respondí: «Sí, señor: lo he comprobado.» Y entonces las cosquillas me las hizo él a mi... Como hace de esto mucho tiempo, no me importa contarlo. Así es como siempre me estoy perjudicando. ‑Es lo que está usted haciendo en este momento ‑dijo Miusov, contrariado. El starets los miró en silencio a los dos. ‑Le aseguro que lo sabía, Piotr Alejandrovitch –repuso Fiodor Pavlovitch‑. Presentía que diría cosas como éstas apenas abriese la boca, y también estaba seguro de que usted sería el primero en llamarme la atención... Reverendísimo starets, al ver que mi broma no ha tenido éxito me doy cuenta de que he llegado a la vejez. Esta costumbre de hacer reír data de mi juventud, de cuando era un parásito entre la nobleza y me ganaba el pan de este modo. Soy un payaso auténtico, innato, lo que equivale a decir inocente. Reconozco que un espíritu impuro debe de alojarse en mí, pero sin duda es muy modesto. Si fuera más importante, habría buscado otro alojamiento. Pero no se habría refugiado en usted, Piotr Alejandrovitch, porque usted no es una persona importante. Yo, en cambio, creo en Dios. Últimamente tenía mis dudas, pero ahora sólo me falta oír una frase sublime. En esto me parezco al filósofo Diderot. ¿Sabe usted, santísimo starets, cómo se presentó al metropolitano Platón, cuando reinaba la emperatriz Catalina? Entra y dice sin preámbulos: «¡Dios no existe!» A lo que el alto prelado responde: « ¡El insensato ha dicho de todo corazón que Dios no existe!» Inmediatamente, Diderot se arroja a sus pies y exclama: «¡Creo y quiero recibir el bautismo!» Y se le bautizó en el acto. La princesa Dachkhov fue la madrina, y Potemkin, el padrino... ‑Esto es intolerable, Fiodor Pavlovitch ‑exclamó Miusov con voz trémula, incapaz de contenerse‑. Está usted mintiendo. Y sabe muy bien que esa estúpida anécdota es falsa. No se haga el pícaro. ‑Siempre he creído que era una solemne mentira ‑aceptó Fiodor Pavlovitch con vehemencia‑. Pero ahora, señores, les diré toda la verdad. Eminente starets, perdóneme: el final, lo del bautismo de Diderot, ha sido invención mía. Jamás me había pasado por la imaginación: se me ha ocurrido para sazonar la anécdota. Si me hago el pícaro, Piotr Alejandrovitch, es por gentileza. Bien es verdad que muchas veces ni yo mismo sé por qué lo hago. En lo que concierne a Diderot, he oído contar repetidamente eso de: «El insensato ha dicho... » Me lo decían en mi juventud los terratenientes del país en cuyas casas habitaba. Una de las personas que me lo contaron, Piotr Alejandrovitch, fue su tía Mavra Fominichina. Hasta este momento todo el mundo está convencido de que el impío Diderot visitó al metropolitano‑para discutir sobre la existencia de Dios. Miusov se puso en pie. Había llegado al límite de la paciencia y estaba fuera de sí. Se sentía indignado y sabía que su indignación lo ponía en ridículo. Lo que estaba ocurriendo en la celda del starets era verdaderamente intolerable. Desde hacía cuarenta o cincuenta años, los visitantes que entraban en ella se comportaban con profundo respeto. Casi todos los que conseguían el permiso de entrada comprendían que se les otorgaba un favor especialísimo. Muchos de ellos se arrodillaban y así permanecían durante toda su estancia en la celda. Personas de elevada condición, eruditos, a incluso librepensadores que visitaban el monasterio por curiosidad o por otra causa cualquiera, consideraban un deber testimoniar al starets un profundo respeto durante toda la entrevista, fuera pública o privada, y más no tratándose de ningún asunto de dinero. Allí no existía más que el amor y la bondad en presencia del arrepentimiento y del anhelo de resolver un problema moral y complicado, una crisis de la vida sentimental. De aquí que las payasadas de Fiodor Pavlovitch, impropias del lugar, hubieran provocado la inquietud y el estupor de los testigos, por lo menos de la mayoría de ellos. Los religiosos permanecían impasibles, pendientes de la respuesta del starets, pero parecían dispuestos a levantarse como Miusov. Aliocha sentía deseos de llorar y tenía la cabeza baja. Todas sus esperanzas se concentraban en su hermano Iván, el único que tenía influencia sobre su padre, y le sorprendía sobremanera verle inmóvil en su asiento, con los ojos bajos, esperando con curiosidad el desenlace de la escena, como si fuese ajeno al debate por completo. Aliocha no se atrevía a mirar a Rakitine (el seminarista), con el que tenía cierta intimidad. Él era el único del monasterio que conocía sus pensamientos. ‑Perdóneme ‑dijo Miusov al levantarse, dirigiéndose al starets‑ por participar, aunque sólo sea con mi presencia, en estas bromas indignas. Me he equivocado al creer que incluso un individuo de la índole de Fiodor Pavlovitch sabría comportarse como es debido en presencia de una persona tan respetable como usted... Nunca creí que tendría que excusarme por haber venido en su compañía. Piotr Alejandrovitch no pudo continuar. En el colmo de la confusión, se dispuso a dirigirse a la puerta. ‑No se inquiete, por favor ‑dijo el starets, levantándose sobre sus débiles piernas. Cogió a Piotr Alejandrovitch de las manos y le obligó a sentarse de nuevo. ‑Cálmese. Es usted mi huésped. Piotr Alejandrovitch hizo una reverencia y volvió a sentarse. ‑Eminente starets ‑exclamó de pronto Fiodor Pavlovitch‑, le ruego que me diga si, en mi vehemencia, le he ofendido. Y sus manos se aferraban a los brazos del sillón, como si estuviese dispuesto a saltar si la respuesta era afirmativa. ‑También a usted le suplico que no se inquiete ‑dijo el starets con acento y ademán majestuosos‑. Esté tranquilo, como si estuviese en su casa. Y, sobre todo, no se avergüence de sí mismo, pues de ahí viene todo el mal. ‑¿Que esté como en mi casa?, ¿que me muestre como soy? Esto es demasiado; me conmueve usted con su amabilidad. Pero le aconsejo, venerable starets, que no me anime a mostrarme al natural: es un riesgo demasiado grande. No, no iré tan lejos. Le diré sólo lo necesario para que sepa a qué atenerse; lo demás pertenece al reino de las tinieblas, de lo desconocido, aunque algunos se anticipen a darme lecciones. Esto lo digo por usted, Piotr Alejandrovitch. A usted, santa criatura ‑añadió, dirigiéndose al starets‑, he aquí lo que le digo: Estoy desbordante de entusiasmo ‑se levantó, alzó los brazos y exclamó‑: ¡Bendito sea el vientre que lo ha llevado dentro y los pechos que lo han amamantado, los pechos sobre todo! Al decirme usted hace un momento: «No se avergüence de sí mismo, pues todo el mal viene de ahí», su mirada me ha taladrado y leído en el fondo de mi ser. Efectivamente, cuando me dirijo a alguien, me parece que soy el más vil de los hombres y que todo el mundo ve en mi un payaso. Entonces me digo: «Haré el payaso. ¿Qué me importa la opinión de la gente, si desde el primero hasta el último son más viles que yo?» He aquí por qué soy un payaso, eminente starets: por vergüenza, sólo por vergüenza. No alardeo por timidez. Si estuviera seguro de que todo el mundo me había de recibir como a un ser simpático y razonable, ¡Dios mío, qué bueno sería! Se arrodilló ante el starets y preguntó: ‑Maestro, ¿qué hay que hacer para conseguir la vida eterna? Era difícil dilucidar si estaba bromeando o si hablaba con emoción sincera. El starets le miró y dijo sonriendo: ‑Hace mucho tiempo que usted mismo sabe lo que hay que hacer, pues no le falta inteligencia: no se entregue a la bebida ni a las intemperancias del lenguaje; no se deje llevar de la sensualidad y menos del amor al dinero; cierre sus tabernas, por los menos dos o tres si no puede cerrarlas todas. Y, sobre todo, no mienta. ‑¿Lo dice por lo que he contado de Diderot? ‑No, no lo digo por eso. Empiece por no mentirse a si mismo. El que se miente a si mismo y escucha sus propias mentiras, llega a no saber lo que hay de verdad en él ni en torno de él, o sea que pierde el respeto a sí mismo y a los demás. Al no respetar a nadie, deja de querer, y para distraer el tedio que produce la falta de cariño y ocuparse en algo, se entrega a las pasiones y a los placeres más bajos. Llega a la bestialidad en sus vicios. Y todo ello procede de mentirse continuamente a sí mismo y a los demás. El que se miente a si mismo, puede ser víctima de sus propias ofensas. A veces se experimenta un placer en autoofenderse, ¿verdad? Un hombre sabe que nadie le ha ofendido, sino que la ofensa es obra de su imaginación, que se ha aferrado a una palabra sin importancia y ha hecho una montaña de un montículo; sabe que es él mismo el que se ofende y que experimenta en ello una gran satisfacción, y por esta causa llega al verdadero odio... Pero levántese y vuelva a ocupar su asiento. Ese arranque también es falso. ‑¡Déjeme besar su mano, bienaventurado padre! Y Fiodor Pavlovitch se levantó y posó sus labios en la mano descarnada del starets. ‑Tiene usted razón ‑siguió diciendo‑. Ofenderse a uno mismo es un placer. Nunca había oído decir eso tan certeramente. Sí, durante toda mi vida ha sido para mí un placer ofenderme. Por una cuestión de estética, pues recibir ofensas no sólo deleita, sino que, a veces, es hermoso. Se ha olvidado usted de este detalle, eminente starets: el de la belleza. Lo anotaré en mi carné. En cuanto a mentir, no he hecho otra cosa en toda mi vida. He mentido diariamente y a todas horas. En cierto modo, yo mismo soy una mentira y padre de la mentira. Pero no, no creo que pueda llamarme padre de la mentira. ¡Me armo unos líos! Digamos que soy hijo de la mentira: es más que suficiente... Pero mentir acerca de Diderot no perjudica a nadie. En cambio, hay ciertas mentiras que hacen daño. Por ejemplo, eminente starets, recuerdo que hace tres años me propuse venir aquí, pues deseaba ávidamente conocer, descubrir la verdad. Le ruego que diga a Piotr Alejandrovitch que no me interrumpa. Dígame, reverendísimo padre: ¿es cierto que en los «Mensuales» se habla de un santo taumaturgo que sufrió el martirio y, una vez decapitado, levantó su propia cabeza, la besó y la llevó en brazos largo tiempo? ¿Es eso verdad, padres? ‑No, dijo el starets‑, eso no es verdad. ‑No se cuenta nada semejante en ningún «Mensual» ‑afirmó el padre bibliotecario‑. ¿A qué santo se aplica eso? ‑No lo sé. Es una cuestión que desconozco. El error viene de otros. Lo oí decir. ¿Y saben ustedes a quién? A este mismo Piotr Alejandrovitch Miusov que acaba de enfurecerse por lo que he contado de Diderot. ‑Yo no le he contado eso jamás, por la sencilla razón de que nunca hablo con usted. ‑Cierto que usted no me lo ha contado a mi directamente, pero lo dijo, hace cuatro años, a un grupo de personas en el que yo figuraba. Si he recordado el hecho es porque usted quebrantó mi fe con este relato cómico. Aunque no lo crea, volví a mi casa con la fe aniquilada. Desde entonces, cada vez dudé más. Sí, Piotr Alejandrovitch, usted me hizo mucho daño. Aquello fue muy distinto de mi invención sobre Diderot. Fiodor Pavlovitch se exaltó patéticamente, aunque todos se dieron cuenta de que de nuevo adoptaba una actitud teatral. Pero Miusov se sentía herido en lo más vivo. ‑¡Qué absurdo! ‑exclamó‑. Tan absurdo como todo lo demás que usted ha contado. Desde luego, yo no le dije eso a usted. Lo ocurrido fue que yo oí en Paris contar a un francés que, en una misa dicha en nuestro país, se leyó este episodio en los «Mensuales». El francés era un erudito que permaneció largo tiempo en Rusia, dedicado especialmente al estudio de cuestiones de estadística. En lo que a mí concierne, no he leído los «Mensuales» ni los leeré nunca... En la mesa se dicen muchas cosas. Y entonces estábamos comiendo. ‑Si ‑dijo Fiodor Pavlovitch para mortificarle‑. Usted comía mientras yo perdía la fe. «¿Qué me importa a mi su fe?», estuvo a punto de exclamar Miusov. Pero se contuvo y dijo con un gesto de desprecio: ‑Usted mancha todo lo que toca. El starets se levantó de súbito. ‑Perdónenme, señores, que les deje solos unos momentos ‑dijo, dirigiéndose a todos los visitantes‑, pero me esperan desde antes de la llegada de ustedes. Y añadió alegremente y dirigiéndose a Fiodor Pavlovitch: ‑Y usted procure no mentir. Se dirigió a la puerta. Aliocha y el novicio corrieron tras él para ayudarle a bajar la escalera. Aliocha estaba sofocado. Se sentía feliz ante la interrupción, y también al ver al starets contento y no con cara de hombre ofendido. El starets iba a trasladarse a la galería para bendecir a las mujeres que allí le esperaban, pero Fiodor Pavlovitch lo detuvo en la puerta de la celda. ‑Bienaventurado starets ‑exclamó, conmovido‑, permítame que vuelva a besarle la mano. Con usted se puede hablar y se puede vivir. Usted cree, sin duda, que yo miento continuamente y que siempre estoy haciendo el payaso. Pues bien, sólo lo he hecho para ver si se puede vivir a su lado, si hay un puesto para mi humildad junto a su elevada posición. Certifico que es usted un hombre sociable. Durante su ausencia no diré palabra. Permaneceré sentado y en silencio. Ahora, Piotr Alejandrovitch, puede usted hablar cuanto quiera. Durante diez minutos será usted el personaje principal de la reunión. CAPITULO III LAS MUJERES CREYENTES Al pie de la galería de madera que se abría en la parte exterior del muro del recinto había unas veinte mujeres del pueblo. Se les había anunciado que el starets iba al fin a salir, y se habían agrupado para esperarle. Las Khokhlakov le esperaban también, pero en una habitación de la galería reservada para las visitantes de calidad. Eran dos: madre a hija. La primera, rica propietaria, vestía con gusto. Tenía un aspecto todavía sumamente agradable y unos ojos vivos y casi negros. Sólo contaba treinta y tres años y era viuda desde hacía cinco. Su hija, una jovencita de catorce años, tenía las piernas paralizadas. La pobre criatura no andaba desde hacía seis meses y había que transportarla en un sillón de ruedas. Tenía una carita encantadora, un tanto enflaquecida por la enfermedad, pero alegre. Sus grandes y oscuros ojos sombreados por largas pestañas brillaban con destellos juguetones. Su madre estaba decidida desde la primavera a llevarla al extranjero, pero ciertos trabajos emprendidos en sus dominios las retenían. Hacía ocho días que estaban en el pueblo, más por cuestiones de negocios que por devoción. Sin embargo, habían visitado ya al starets tres días atrás. Ahora habían vuelto, aun sabiendo que el starets apenas salía de su celda, para suplicar se les concediera «la dicha de ver al gran salvador de enfermos». Durante la espera, la madre estaba sentada junto al sillón de su hija. A dos pasos de ellas, de pie, había un viejo monje llegado de un monasterio del norte para recibir la bendición del starets. Pero éste, al parecer, avanzó hacia el grupo de mujeres del pueblo. Las creyentes acudieron a la escalinata de tres escalones que enlazaba la galería con el suelo. El starets se detuvo en el escalón más alto. De sus hombros pendía la estola. Después de bendecir a las mujeres que le rodeaban, atendió a una posesa que le presentaron. La sujetaban por las dos manos. Cuando vio al starets fue acometida por un violento hipo y comenzó a gemir, mientras su cuerpo era presa de espasmos y sacudidas, como si sufriera un ataque epiléptico. El starets le cubrió la cabeza con la estola, dijo una breve oración y la enferma se calmó en el acto. Ignoro lo que ocurre ahora, pero en mi infancia tuve ocasión de ver y oír a estos posesos en las aldeas y en los monasterios. Cuando las llevaban a misa emitían en la iglesia agudos chillidos, pero tan pronto como tenían cerca el santo sacramento, el ataque «demoníaco» cesaba en el acto y las enfermas se tranquilizaban y permanecían en calma algún tiempo. Como yo era todavía un niño, esto me sorprendía y me impresionaba profundamente. Respondiendo a mis preguntas, oí decir a algunos hacendados y, sobre todo, a los profesores de la localidad, que aquello era una ficción para no trabajar y que se podía reprimir tratando a los supuestos enfermos con dureza. Y me explicaban diversos casos que lo demostraban. Pero después me enteré, por boca de médicos y especialistas, de que no se trataba de una simulación, sino de una grave enfermedad que demostraba las duras condiciones en que vivía la mujer, sobre todo en Rusia. El mal procedía de trabajos agotadores realizados después de curaciones incompletas y sin intervención de la medicina, y también de la desesperación, los malos tratos, etcétera, etcétera, vida que algunas naturalezas femeninas no pueden sufrir, aunque la soporte la mayoría. La curación súbita y sorprendente de las convulsas endemoniadas, apenas se les acercaba algún objeto sagrado, lo cual se atribuía a una ficción y, sobre todo, a ardides de los sacerdotes, era seguramente también un fenómeno natural. Las mujeres que conducían a la enferma, y especialmente la enferma misma, estaban completamente convencidas de que el espíritu impuro que se había posesionado de ella no podría resistir la presencia del santo sacramento, ante el cual inclinaban a la desgraciada. Entonces, en la paciente de nervios enfermos, dominada por una afección psíquica, se producía un trastorno profundo y general, ocasionado por la espera del milagro de la curación y por la seguridad completa de que el milagro se realizaría. Y, en efecto, se realizaba, aunque sólo fuera momentáneamente. Esto es lo que ocurrió cuando el starets cubrió a la enferma con la estola. Algunas de las mujeres que se apiñaban en torno de él derramaban lágrimas de ternura y entusiasmo, otras se arrojaban sobre él para besarle aunque sólo fuera el borde del hábito; otras, en fin, se lamentaban. Él las bendecía a todas y charlaba con ellas. Conocía a la posesa, que vivía en una aldea situada a legua y media del monasterio. No era la primera vez que se la habían traído. ‑He aquí una que viene de lejos ‑dijo el starets, señalando a una mujer todavía joven, pero exhausta y muy delgada, y de rostro tan curtido que parecía negro. Esta mujer estaba arrodillada y fijaba en el starets una mirada inmóvil. En sus ojos había un algo de extravío. ‑Sí, padre; vengo de lejos. Vivo a cuatrocientas verstas de aquí. De lejos, padre, de muy lejos. Dijo esto una y otra vez mientras balanceaba la cabeza de derecha a izquierda, con la cara apoyada en la palma de la mano. Hablaba como lamentándose. En el pueblo hay un dolor silencioso y paciente, que se concentra en sí mismo y enmudece. Pero también hay un dolor ruidoso, que se traduce en lágrimas y lamentos, sobre todo en las mujeres. Este dolor no es menos profundo que el silencioso. Los lamentos sólo calman desgarrando el corazón. Este dolor no quiere consuelo: se nutre de la idea de que es inextinguible. Los lamentos no son sino el deseo de abrir aún más la herida. ‑Usted es ciudadana, ¿verdad? ‑preguntó el starets, mirándola con curiosidad. ‑Sí, padre: somos campesinos de nacimiento, pero vivimos en la ciudad. He venido sólo para verte. Hemos oído hablar de ti, padre mío. He enterrado a mi hijo, que era un niño pequeño: Para rogar a Dios, he visitado tres monasterios, y me han dicho: «Ve allí, Nastasiuchka», es decir, a verle a usted, padre mío, a verle a usted. Y vine. Ayer fui a la iglesia y hoy he venido aquí. ‑¿Por qué lloras? ‑Por mi hijo. Le faltaban tres meses para cumplir tres años. El recuerdo de este hijo me atormenta. Era el menor. Nikituchka y yo hemos tenido cuatro, pero no nos ha quedado ninguno, mi bienamado padre, ninguno. Enterré a los tres primeros y no sentí tanta pena. Pero a este último no puedo olvidarlo. Me parece tenerlo delante. No se va. Tengo el corazón destrozado. Contemplo su ropita, su camisa, sus zapatitos y me echo a llorar. Pongo, una junto a otra, todas las cosas que han quedado de él, las miro y lloro. Dije a Nikituchka, mi marido: «Oye, déjame ir en peregrinación...» Es cochero, padre mío. Tenemos bienes. Los caballos y los coches son nuestros. Pero ¿para qué los queremos ahora? Mi Nikituchka debe de estar bebiendo desde que le dejé. Lo ha hecho otras veces: cuando lo dejo pierde los ánimos. Pero ahora no pienso en él. Ya hace tres meses que he dejado la casa, y lo he olvidado todo, y no quiero acordarme de nada. ¿Para qué me sirve mi marido ahora? He terminado con él y con todos. No quiero volver a ver mi casa ni mis bienes. Ojalá me hubiese muerto. ‑Oye ‑dijo el starets‑, un gran santo de la antigüedad vio en el templo a una madre que lloraba como lloras tú, porque el Señor se le había llevado a su hijito. Y el santo le dijo: «Tú no sabes lo atrevidos que son estos niños ante el trono de Dios. En el reino de los cielos no hay nadie que tenga el atrevimiento que tienen esas criaturas. Le dicen a Dios que les ha dado la vida, pero que se la han vuelto a quitar apenas han visto la luz. Y tanto insisten y reclaman, que el Señor los hace ángeles. Por eso debes alegrarte en vez de llorar, ya que tu hijito está ahora con el Señor, en el coro de ángeles.» Esto es lo que dijo en la antigüedad un santo a una mujer que lloraba. Era un gran santo y lo que decía era la pura verdad. Así, tu hijo está ante el trono del Señor, y se divierte y ruega a Dios por ti. Llora si quieres, pero alégrate. La mujer lo escuchaba con la cabeza inclinada y la cara apoyada en la mano. ‑Lo mismo me decía mi Nikituchka para consolarme: «No hay motivo para que llores. Seguro que nuestro hijo está cantando ahora en el coro de ángeles ante el Señor.» Y mientras me decía esto, lloraba. Yo le decía: « Sí, ya lo sé: está con el Señor, porque no puede estar en otra parte. Pero no está aquí, cerca de nosotros, como estaba antes...» ¡Oh, si yo pudiera volver a verlo una vez, aunque sólo fuera una vez, sin acercarme a él, sin decirle nada, escondida en un rincón! ¡Si pudiera verle un instante, oírle jugar y verle llegar de pronto, gritando con su vocecita: «¿Dónde estás, mamá?», como hacía tantas veces! ¡Si yo pudiera oírle corretear por la habitación, venir a mí corriendo, riendo y gritando, como recuerdo que solía hacer! ¡Si pudiese aunque sólo fuera oírle! ¡Pero no está en la casa, padre mío, y no podré oírle nunca más! Mira su cinturón. Pero él no está, no volverá a estar nunca. Sacó de su pecho un diminuto cinturón. Apenas lo vio, empezó L sollozar, cubriéndose el rostro con las manos, entre cuyos dedos fluían las lágrimas a torrentes. ‑¡Mirad! ‑exclamó el starets‑. Es la antigua Raquel que llora a sus hijos, sin que haya para ella consuelo, porque ya no están en el mundo. Esta es la suerte que se reserva aquí abajo a las madres. No te consueles, no hace falta que tengas consuelo. Llora. Pero cada vez que llores, acuérdate que tu hijo es un ángel de Dios, que desde allá arriba lo mira y lo ve, y que tus lágrimas le complacen y las muestra al Señor. Derramarás lágrimas todavía mucho tiempo, pero, al fin, sentirás una serena alegría, y las lágrimas que ahora son amargas serán entonces purificadoras lágrimas de ternura que borran los pecados. Rogaré por el descanso del alma de tu hijo. ¿Cómo se llamaba? ‑Alexei, padre mío. ‑Es un bonito nombre. Su patrón era el varón de Dios Alexei, ¿verdad? ‑Sí, padre: Alexei, varón de Dios. ‑¡Qué gran santo! Rogaré por tu hijito: no olvidaré tu aflicción en mis oraciones. Y también rogaré por la salud de tu marido. Pero ten en cuenta que es un pecado abandonarle. Vuelve a su lado y cuida de él. Desde allá arriba tu hijo ve que has abandonado a su padre, y esto le aflige. ¿Por qué turbas su paz? Tu hijito vive, pues el alma tiene vida eterna; no está en la casa, pero lo tienes cerca de ti, aunque no lo veas. Sin embargo, no esperes que vaya a tu casa si te oye decir que la detestas. ¿Para qué ha de ir, si en la casa no hay nadie, si en ella no puede encontrar a su madre y a su padre juntos? Ahora llegaría, te vería atormentada y te enviaría apacibles sueños. Vuelve hoy mismo al lado de tu esposo. ‑Te obedeceré, padre mío, iré. Has leído en mi corazón. ¡Espérame, Nikituchka; espérame, querido! La mujer continuó lamentándose, pero el starets se había vuelto ya hacia una viejecita que no vestía de peregrina, sino que llevaba un vestido de calle corriente. Se leía en sus ojos que tenía algo que decir. Era viuda de un suboficial y habitaba en nuestro pueblo. Su hijo Vasili, empleado en una comisaría, se había trasladado a Irkutsk (Siberia). Le había escrito dos veces. Luego, desde hacía un año, no había dado señales de vida. Había intentado informarse, pero no sabía adónde dirigirse. ‑El otro día, Estefanía Ilinichna Bedriaguine, rica tendera, me dijo: «Lo que debes hacer, Prokhorovna, es escribir en un papel el nombre de tu hijo. Entonces vas a la iglesia y encargas oraciones por el descanso de su alma. Así, él se sentirá inquieto y te escribirá. Es un procedimiento seguro que se ha empleado muchas veces.» Yo no me he atrevido a hacerlo sin consultarte. Tú que en todo nos iluminas, dime: ¿está eso bien? ‑Te guardarás mucho de hacerlo. Sólo que lo hayas preguntado es vergonzoso. Nadie puede orar por el descanso de un alma viviente, y menos aún una madre. Eso es tan gran pecado como la hechicería. Sólo por tu ignorancia se te puede perdonar. Ruega por su salud a la Reina de los Cielos, rápida mediadora y auxiliadora de los pecadores, y pídele que perdone tu error. Y entonces, Prokhorovna, verás como tu hijo, o regresa o te escribe. Ve tranquila: tu hijo vive, te lo digo yo. ‑Que Dios te premie, padre bienamado, bienhechor nuestro, que ruegas por nosotros, por la redención de nuestros pecados. El starets miraba ya unos ojos ardientes que se fijaban en él. Eran los ojos de una campesina todavía joven, pero extenuada y con aspecto de enferma del pecho. Permanecía muda y, mientras dirigía al starets una mirada de imploración, parecía temer aproximarse a él. ‑¿Qué deseas, querida? ‑Que alivies mi alma ‑murmuró con voz ahogada. Se arrodilló lentamente a sus pies y añadió‑: He pecado, padre mío, y esto me llena de temor. El starets se sentó en el escalón más bajo. La mujer se acercó a él, avanzando de rodillas. ‑Soy viuda desde hace tres años ‑empezó a decir la mujer a media voz‑. La vida no era para mí agradable al lado de mi marido, que estaba viejo y me azotaba duramente. Una vez que estaba en cama, enfermo, yo pensé, mirándole: «Si se cura y se levanta de nuevo, ¿qué será de mi?» Y esta idea ya no se apartó de mi pensamiento. ‑Espera ‑dijo el starets. Acercó el oído a los labios de la mujer y ella continuó con voz apenas perceptible. Pronto terminó. El starets preguntó: ‑¿Hace tres años? ‑Sí, tres años. Al principio no pensaba en ello, pero desde que me puse enferma, vivo en una angustia continua. ‑¿Vienes de muy lejos? ‑He hecho quinientas verstas de camino. ‑¿Te has confesado? ‑Dos veces. ‑¿Han accedido a recibir la comunión? ‑Sí... Tengo miedo, miedo a la muerte. ‑No temas nada; no tengas miedo ni te aflijas. Con tal que el arrepentimiento subsista, Dios lo perdona todo. No hay pecado en la tierra que Dios no perdone al que se arrepiente de corazón. No existe pecado humano capaz de agotar el amor infinito de Dios. Porque ¿qué pecado puede superar en magnitud el amor de Dios? Piensa siempre en tu arrepentimiento y destierra todo temor. Tú no puedes imaginarte cómo te ama Dios, aunque tenga que amarte como pecadora. En el cielo habrá más alegría por un pecador que se arrepiente que por diez justos. No te aflijas por lo que puedan decir los demás y no te irrites por sus injurias. Perdona de todo corazón al difunto las ofensas que te infirió y reconcíliate con él de verdad. Si te arrepientes, es que amas. Y si amas, estás en Dios. El amor todo lo redime, todo lo salva. Si yo, pecador como tú, me he conmovido al oírte, con más razón tendrá el Señor piedad de ti. El amor es un tesoro tan inestimable, que, a cambio de él, puedes adquirir el mundo entero y redimir, no sólo tus pecados, sino los pecados de los demás. Vete y no temas nada. Hizo tres veces la señal de la cruz sobre la enferma, se quitó una medalla que pendía de su cuello y la colgó en el de la pecadora, que se inclinó en silencio hasta tocar la tierra. El starets se levantó y miró alegremente a una mujer bien parecida que llevaba en brazos un niño de pecho. ‑Vengo de Vichegoria, padre mío. ‑Has recorrido casi dos leguas con tu hijito en brazos. ¿Qué quieres? ‑He venido a verte. Pero no es la primera vez que vengo, ¿lo has olvidado? Poca memoria tienes si no te acuerdas de mí. Oí decir que estabas enfermo y entonces decidí venir a verte. Y ahora veo que no tienes nada. Vivirás todavía veinte años: estoy segura. Tú no puedes ponerte enfermo, habiendo tanta gente que ruega por ti. ‑Gracias de todo corazón, querida. ‑Ahora voy a pedirte un favor. Toma estos sesenta copecs y dalos a otro que sea más pobre que yo. Por el camino venía pensando: «Lo mejor será entregarlos a él, pues él sabrá a quién debe darlos.» ‑Gracias, gracias, querida. Haré lo que deseas. Me gusta tu modo de ser. ¿Es una niña lo que llevas en brazos? ‑Sí, una niña, padre mío. Se llama Elisabeth. ‑Que el Señor os bendiga a las dos, a ti y a tu Elisabeth. Has alegrado mi corazón... Adiós, queridas hijas mías. Las bendijo a todas y les hizo una profunda reverencia. CAPITULO IV UNA DAMA DE POCA FE Durante esta conversación con las mujeres del pueblo, la dama que esperaba en la habitación de la galería derramaba dulces lágrimas que enjugaba con su pañuelo. Era una mujer de mundo, muy sensible y con inclinaciones virtuosas. Cuando el starets le habló al fin, se desbordó el entusiasmo de la dama: ‑¡Cómo me ha impresionado esta conmovedora escena! La emoción le cortó el habla, pero en seguida pudo continuar: ‑Comprendo que el pueblo le adore. Yo también amo al pueblo. ¿Cómo no amar a nuestro excelente pueblo ruso, tan ingenuo en su grandeza? ‑¿Cómo está su hija? Usted ha enviado a decirme que quería verme. ‑Sí, lo he pedido con insistencia lo he implorado. Estaba dispuesta a permanecer tres días de rodillas ante sus ventanas para que usted me recibiera. Hemos venido a expresarle nuestro entusiasta agradecimiento. Pues usted curó a Lise el jueves, la curó por completo, orando ante ella y aplicándole las manos. Anhelábamos besarlas y testimoniarle nuestra gratitud y nuestra veneración. ‑¿Dice usted que la he curado? ¡Pero si está todavía en su sillón! ‑La fiebre nocturna ha desaparecido por completo desde hace dos días, desde el jueves ‑repuso la dama con nervioso apresuramiento‑. Y esto no es todo: sus piernas se han fortalecido, sus ojos brillan, y mire usted el color de su cara. Antes lloraba sin cesar; ahora está contenta y se ríe a cada momento. Hoy ha pedido que la pusiéramos de pie y se ha sostenido un minuto sola, sin ninguna clase de apoyo. Ha apostado conmigo a que dentro de quince días baila un rigodón. He llamado al doctor Herzenstube y se ha quedado perplejo. «Es sorprendente; no te comprendo en absoluto», ha dicho. ¿Cómo no íbamos a venir a molestarlo? ¿Cómo no hablamos de apresurarnos a venir a darle las gracias? Lise, da las gracias. La carita de Lise se puso sería repentinamente. La enferma se levantó de su sillón tanto como pudo y, mirando al starets, enlazó las manos. De pronto y sin poder contenerse se echó a reír. ‑Me río de ese joven ‑dijo señalando a Aliocha. Las mejillas de Aliocha, que estaba de pie detrás del starets, se cubrieron de un súbito rubor. El joven bajó los ojos, que habían brillado intensa a instantáneamente. ‑Tiene un encargo para usted, Alexei Fiodorovitch ‑dijo la madre a Aliocha. Y le tendió la mano, elegantemente enguantada‑. ¿Cómo está usted? El starets se volvió y fijó su mirada en Aliocha. El joven se acercó a Lise sonriendo torpemente. Lise volvió a ponerse sería. ‑Catalina Ivanovna me ha rogado que le entregue esto ‑dijo ofreciéndole una carta‑. Le ruega que vaya a verla lo antes posible y sin falta. ‑¿Me ruega que vaya a verla? ¿Para qué? ‑preguntó Aliocha, profundamente asombrado y con un gesto de preocupación. ‑Se trata de algo relacionado con Dmitri Fiodorovitch y... con todos esos asuntos que ahora llevan ustedes entre manos ‑dijo apresuradamente la madre‑. Catalina Ivanovna ha encontrado una solución, mas, para ponerla en práctica, necesita verle imprescindiblemente. ¿Por qué? Lo ignoro. El caso es que le ruega que vaya a verla lo antes posible. Y espero que usted no dejará de ir: sus convicciones cristianas se lo impiden. ‑Sólo he visto a Catalina Ivanovna una vez ‑dijo Aliocha, todavía perplejo. ‑¡Es una criatura tan noble, tan recta!... Lo merece todo, aunque sólo sea por sus sufrimientos... ¿Usted sabe lo que ha pasado..., y lo que está pasando .... y lo que le espera?... ¡Es horrible, horrible!... ‑Iré ‑dijo Aliocha después de haber echado una ojeada a la nota, breve y enigmática, que no explicaba nada y que se limitaba a pedirle encarecidamente que fuera. ‑¡Qué bueno es usted! ‑exclamó Lise, animándose‑. Yo le decía a mi mamá: «No irá, porque está entregado enteramente a Dios.» Es usted muy bueno. Siempre he pensado que es muy bueno, y estoy muy satisfecha de podérselo decir ahora. ‑¡Lise! ‑la reprendió su madre, aunque sonriendo‑. Nos tiene usted olvidadas, Alexei Fiodorovitch: nunca viene a vernos. Y Lise me ha dicho más de una vez que sólo se siente bien cuando está a su lado. Aliocha levantó la cabeza, enrojeció de nuevo y sonrió sin sabe¡ por qué. El starets ya no le miraba. Estaba hablando con el monje que le esperaba, como ya hemos dicho, junto al sillón de Lise. Era un humilde religioso, obtuso y de ideas rígidas, pero con una fe que rayaba en la obstinación. Dijo que vivía lejos, en el norte, cerca de Obdorsk, en un pequeño monasterio que sólo tenía nueve monjes. El starets le bendijo y le invitó a ir a su celda cuando le pareciese. ‑¿Cómo puede usted conseguir estas cosas? ‑preguntó el monje señalando gravemente a Lise. Aludía a su curación. ‑Es todavía demasiado pronto para hablar de eso. Que se sienta aliviada no quiere decir que esté curada por completo. El alivio puede obedecer a otras causas. En fin de cuentas, todo lo que haya pasado es obra de la voluntad de Dios. Todo procede de Él... Venga a verme, padre. Algún día me será imposible recibirle. Estoy enfermo y sé que tengo los días contados. ‑¡Oh, no! ‑exclamó la dama‑. Dios no nos lo quitará. Usted vivirá aún mucho tiempo, mucho tiempo. ¿Cómo puede estar enfermo, con el buen aspecto que tiene? ¡Parece tan contento, tan feliz! ‑Hoy me siento mucho mejor que otros días, pero yo sé que esto no durará mucho. Conozco bien mi enfermedad. Si mi aspecto es alegre, no puede usted figurarse lo que me complace oírselo decir. Pues la felicidad es el objetivo del ser humano. El que ha sido perfectamente feliz tiene derecho a decir: «He cumplido la ley divina en la tierra.» Los justos, los santos, los mártires han sido felices. ‑¡Qué palabras tan audaces, tan sublimes! ‑exclamó la madre‑. Penetran a través de nuestro ser. Sin embargo, ¿dónde está la felicidad? Ya que ha tenido usted la bondad de permitirnos verlo hoy, escuche lo que no le dije en mi anterior visita, lo que no me atreví a decirle, lo que me atormenta desde hace mucho tiempo. Pues me siento atormentada, si, atormentada. Y en un arranque de fervor enlazó las manos. ‑¿Cuál es su tormento? ‑No creer. ‑¿No creer en Dios? ‑¡Oh, no! En eso ni siquiera me atrevo a pensar. ¡Pero qué enigma es la vida futura! Nadie sabe de ella una palabra. Escúcheme, padre, usted que conoce el alma humana y el modo de curarla. No le pido que me crea enteramente, pero le doy mi palabra de honor de que le hablo con toda seriedad. La idea de la vida de ultratumba me conmueve hasta atormentarme, hasta aterrarme. No sé a quién preguntar, ni me he atrevido a hacerlo en toda mi vida... Ahora me permito dirigirme a usted... ¡Qué pensará de mi, Dios mío! Y se quedó mirándole, con las manos enlazadas. ‑No se preocupe por mi opinión ‑repuso el starets‑. Creo en la sinceridad de su inquietud. ‑¡Cuánto se lo agradezco! Oiga: cierro los ojos y pienso: «Todos creen. ¿Por qué?» Se dice que la religión tiene su origen en el terror que inspiran ciertos fenómenos de la naturaleza, pero que todo es una falsa apariencia. Y me digo que he creído toda la vida, que moriré y no encontraré nada, que entonces «sólo la hierba crecerá sobre mi tumba», como dice un escritor. Esto es horrible. ¿Cómo recobrar la fe? En mi infancia, yo creí mecánicamente, sin pensar en nada. ¿Cómo convencerme? He venido a inclinarme ante usted y a suplicarle que me ilumine. Si pierdo esta ocasión, ya no encontraré a nadie que me responda. ¿Cómo convencerme? ¿Con qué pruebas? ¡Qué desgraciada soy! Las personas que me rodean no se preocupan de esto, y yo sola no puedo soportar mis dudas. Estoy abrumada. ‑Lo comprendo. Pero estas cosas no pueden probarse. Uno tiene que convencerse por sí mismo. ‑¿Cómo? ‑Por medio del amor, que es el que lo hace todo. Procure amar al prójimo con un ardor inextinguible. A medida que vaya usted progresando en el amor al prójimo, se irá convenciendo de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma. Si alcanza la abnegación completa en su amor al prójimo, creerá ciegamente y la duda no podrá siquiera rozar su alma. Esto está demostrado por la experiencia. ‑¿El amor que lo hace todo? He aquí otro problema..., ¡y qué problema! Mire: yo amo de tal modo a la humanidad, que, aunque usted no lo crea, he pensado a veces en abandonarlo todo, incluso a Lise, y convertirme en hermana de la Caridad. Cierro los ojos, pienso, sueño, y en esos momentos me asiste una fuerza invencible. Ninguna herida, ninguna llaga purulenta me inquietará: las lavaré con mis propias manos y seré una enfermera presta a besar las úlceras de los pacientes. ‑No es poco que haya tenido tales pensamientos. Algún día realizará usted, por obra del azar, una buena acción. ‑¿Pero podré soportar durante mucho tiempo semejante vida? ‑siguió diciendo la dama con vehemencia‑. Ésta es la cuestión más importante, la que más me atormenta. Cierro los ojos y me pregunto: «¿Permanecerás mucho tiempo en este camino? Si el enfermo al que lavas las úlceras lo paga con la ingratitud, si te atormenta con sus caprichos, sin apreciar ni advertir siquiera tu devoción; si grita, se muestra exigente a incluso presenta quejas sobre ti, como pueden hacer las personas atormentadas por el sufrimiento, ¿perdurará tu amor?» Y sepa usted que yo me he dicho ya con profunda desazón: «La ingratitud es lo único que puede enfriar, a inmediatamente, mi amor activo por la humanidad.» En una palabra, que, al amar, trabajo por un salario y exijo recibirlo inmediatamente en forma de elogios y de un amor como el mío. De otro modo, no me es posible amar a nadie. Después de haberse fustigado a si misma con este arrebato de sinceridad, se quedó mirando al starets con una fijeza provocadora. Y el starets repuso: ‑Eso mismo me dijo hace ya mucho tiempo un médico amigo mío, hombre inteligente y de edad madura. Se expresaba tan francamente como usted, aunque bromeando con cierta amargura. Me decía: «Amo a la humanidad, pero, para sorpresa mía, cuanto más quiero a la humanidad en general, menos cariño me inspiran las personas en particular, individualmente. Más de una vez he soñado apasionadamente con servir a la humanidad, y tal vez incluso habría subido el calvario por mis semejantes, si hubiera sido necesario; pero no puedo vivir dos días seguidos con una persona en la misma habitación: lo sé por experiencia. Cuando noto la presencia de alguien cerca de mí, siento limitada mi libertad y herido mi amor propio. En veinticuatro horas puedo tomar ojeriza a las personas más excelentes: a una porque permanece demasiado tiempo en la mesa, a otra porque está acatarrada y no hace más que estornudar. Apenas me pongo en contacto con los hombres, me siento enemigo de ellos. Sin embargo, cuanto más detesto al individuo, más ardiente es mi amor por el conjunto de la humanidad.» ‑¿Qué hacer, qué hacer en tal caso? Hay para desesperarse. ‑No. Basta con que se sienta usted desolada. Haga todo cuanto pueda, y se le tendrá en cuenta. Usted ya ha hecho mucho por conseguir conocerse a sí misma profundamente, tal como realmente es. Si me ha hablado con tanta franqueza sólo para oír mis alabanzas a su sinceridad, no conseguirá nada, seguramente, en los dominios del amor activo: todo quedará reducido a un sueño, y como un sueño transcurrirá su vida. Entonces, claro es, se olvidará de la vida futura y, en fin de cuentas, se tranquilizará de un modo de otro. ‑Me abruma usted. Ahora me doy cuenta de que, al hablarle de mi horror a la ingratitud, daba por descontados los elogios que me valdría mi franqueza. Usted me ha llevado a leer en mí misma. ‑¿De veras? Pues bien, tras esta confesión, creo que es usted buena y sincera. Aunque no alcance la felicidad, recuerde siempre que está en el buen camino y procure no salir de él. Sobre todo, no mienta, y menos aún a sí misma. Observe sus propias falsedades, examínelas continuamente. Evite también la aversión hacia los demás y hacia sí misma. Lo que le parezca malo en usted, queda purificado por el hecho de que haya visto que es malo. Rechace también el temor, aunque éste sea únicamente la consecuencia de la mentira. No tema jamás a su propia cobardía en la persecución del amor. Tampoco debe asustarse de sus malas acciones en este terreno. Lamento no poder decirle nada más consolador, pues el amor activo, comparado con el amor contemplativo, es algo cruel y espantoso. El amor contemplativo está sediento de realizaciones inmediatas y de la atención general. Uno está incluso dispuesto a dar su vida con tal que esto no se prolongue demasiado, que termine rápidamente y como en el teatro, bajo las miradas y los elogios del público. El amor activo es trabajo y tiene el dominio de sí mismo; para algunos es una verdadera ciencia. Pues bien, le anuncio que en el momento mismo en que vea, horrorizada, que, a pesar de sus esfuerzos, no solamente no se ha acercado a su objetivo, sino que se ha alejado de él, en ese momento habrá alcanzado su fin y verá sobre usted el poder misterioso del Señor, que la habrá guiado con amor sin que usted se haya dado cuenta. Perdone que no pueda dedicarle más tiempo: me esperan. Adiós. La señora de Khokhlakov lloraba. ‑¿No se acuerda de Lise? ‑preguntó ansiosamente‑. Bendígala. ‑No merece que se la quiera ‑repuso el starets en broma‑. Ha estado muy juguetona mientras hablábamos. ¿Por qué te burlas de Alexei? En efecto, Lise había estado enfrascada en un curioso juego. En la visita anterior había advertido que Aliocha se turbaba en su presencia, y esto la divirtió sobremanera. La encantaba mirarlo fijamente y ver como él, dominado por esa mirada persistente y como impulsado por una fuerza irresistible, la miraba a su vez. Entonces Lise sonreía triunfalmente, y esta sonrisa aumentaba el despecho y la confusión de Aliocha. Al fin, el joven eludió francamente las miradas de Lise, ocultándose detrás del starets. Pero minutos después, como hipnotizado, asomó la cabeza para ver si ella lo miraba. Lise, que estaba casi fuera del sillón, le observaba de soslayo y esperaba, impaciente, que los ojos de Aliocha se levantaran y la mirasen, y al ver que él, en efecto, volvió a mirarla, se echó a reír tan ruidosamente, que el starets no pudo contenerse y le dijo: ‑¡Qué revoltosa eres! Te gusta ponerlo colorado, ¿eh? Lise enrojeció hasta las orejas. Sus ojos brillaron intensamente. Su carita se puso sería. Y la enfermita, nerviosa, indignada, se lamentó: ‑¿Por qué se olvida de todo? Cuando yo era una niña pequeña, me llevaba en brazos y jugaba conmigo. Él me enseñó a leer. Hace dos años, cuando se marchó, me dijo que no me olvidaría nunca, que éramos amigos para siempre. Y ahora me tiene miedo como si me lo fuera a comer. ¿Por qué no se acerca a mi? ¿Por qué no quiere hablarme? ¿Por qué no viene a vernos? Usted no lo retiene, pues yo sé que puede ir a donde quiera. No estaría bien que yo le invitara. Él debe ser el primero en acordarse de mi. Pero no: ¡el señor hace vida de religioso! ¿Por qué le ha puesto ese hábito de largos faldones? ¿No ve que caerá si tiene que correr? De pronto, no pudiendo contenerse, se cubrió la cara con la mano y prorrumpió en una risa nerviosa, reprimida, prolongada, que sacudía todo su cuerpo. El starets, que la había escuchado en silencio, la bendijo. Ella le besó la mano, la apretó contra sus ojos y se echó a llorar. ‑No se enfade conmigo. Soy una tonta; no sirvo para nada. Aliocha tiene razón al no querer nada con una chica tan ridícula... El starets la interrumpió: ‑Te lo enviaré, te lo enviaré sin falta. CAPITULO V ¡ASÍ SEA! El starets había estado ausente unos veinticinco minutos. Eran más de las doce y media, y aún no había llegado Dmitri Fiodorovitch, por quien se había convocado la reunión. Ya casi se le habla olvidado. Cuando el starets reapareció en la celda encontró a sus visitantes enzarzados en una conversación animadísima en la que participaban especialmente Iván Fiodorovitch y los dos religiosos. Miusov intervino con calor, pero con escaso éxito: permanecía en un segundo plano y apenas se le contestaba, lo que le producía una creciente indignación. Antes había librado un combate de erudición con Iván Fiodorovitch y se rebelaba ante cierta falta de consideración que había advertido en el joven. «Yo ‑se decía‑ estoy al corriente de todo lo que hay de progresista en Europa, pero esta nueva generación nos ignora por completo. » Fiodor Pávlovitch, que se había jurado permanecer de espectador sin decir nada, guardaba silencio, observando con una sonrisita sarcástica a su vecino Piotr Alejandrovitch, cuya irritación le producía gran regocijo. Hacía rato que acechaba el momento de desquitarse, y al fin encontró la ocasión. Se inclinó ante el hombro de su vecino y le dijo a media voz: ‑¿Por qué no se ha marchado usted después de la anécdota del santo, en vez de quedarse con esta ingrata compañía? Sin duda, usted, sintiéndose ofendido y humillado, ha permanecido aquí para demostrar su carácter, y no se irá sin demostrarlo. ‑No empiece otra vez, o me voy ahora mismo. ‑Usted será el último en marcharse ‑le dijo Fiodor Paviovitch. Fue en ese momento cuando llegó el starets. La discusión se interrumpió, pero el starets, después de volver a ocupar su puesto, paseó su mirada por los reunidos como invitándoles a continuar. Aliocha, que leía en su rostro, comprendió que estaba agotado. A causa de su enfermedad, su debilidad había llegado al extremo de que últimamente le producía desmayos. La palidez que anunciaba estos desvanecimientos cubría ahora su semblante. En sus labios tampoco había color. Pero era evidente que no quería disolver la asamblea. ¿Qué razones tendría para ello? Aliocha lo observaba atentamente. El padre bibliotecario dijo, señalando a Iván Fiodorovitch: ‑Estábamos comentando un articulo sumamente interesante de este señor. Tiene puntos de vista nuevos, pero la tesis parece tender a dos fines. Es una réplica a un sacerdote que ha publicado una obra sobre los tribunales eclesiásticos y la extensión de sus derechos. ‑Sintiéndolo mucho ‑manifestó el starets mirando atentamente a Iván Fiodorovitch‑, no he leído su artículo, pero he oído hablar de él. El padre bibliotecario continuó: ‑Este señor enfoca la cuestión desde un punto de vista interesantísimo. Al parecer, rechaza la separación de la Iglesia y el Estado en este terreno. ‑Muy interesante, en efecto ‑dijo el starets a Iván Fiodorovitch‑. ¿Pero con qué argumentos defiende usted su opinión? Iván Fiodorovitch le respondió no con un aire altanero y pedante, como el que Aliocha recordaba haberle oído emplear el mismo día anterior, sino con un tono modesto, discreto, franco. ‑Yo parto del principio de que esta confusión de los elementos esenciales de la Iglesia y el Estado, considerados separadamente, subsistirá siempre, aunque afecte a algo irrealizable, ya que descansa sobre una mentira. Un compromiso entre la Iglesia y el Estado en ciertas cuestiones, como la justicia, por ejemplo, es, a mi juicio, completamente imposible. El sacerdote al que respondo en mi articulo sostiene que la Iglesia ocupa en el Estado un puesto determinado, definido. Yo le contesto que la Iglesia y lejos de ocupar simplemente un lugar en el Estado, debe absorber al Estado enteramente y que, si esto hoy es imposible, por lo menos debería ser el objetivo principal del desenvolvimiento de la sociedad cristiana. ‑Eso es perfectamente justo ‑declaró con voz enérgica y nerviosa el padre Paisius, religioso erudito y taciturno. ‑Eso es ultramontanismo puro ‑exclamó Miusov, poniendo una pierna sobre la otra con un movimiento de impaciencia. ‑No hay montes en nuestro país ‑dijo el padre José dirigiéndose al starets‑. Este señor refuta los principios fundamentales de su adversario, que, cosa digna de mención, es un eclesiástico. He aquí esos principios. Primero: «Ninguna asociación pública puede ni debe atribuirse el poder ni disponer de los derechos civiles y políticos de sus miembros.» Segundo: «El poder en materia civil y criminal no debe pertenecer a la Iglesia, pues es incompatible con su naturaleza de institución divina y agrupación que persigue un fin religioso.» Y tercero: «La Iglesia no es un reino de este mundo. » ‑Todo esto es un juego de palabras indigno de un eclesiástico ‑dijo el padre Paisius sin poderse contener‑. He leído la obra que usted refuta ‑añadió volviéndose hacia Iván Fiodorovitch‑, y quedé sorprendido ante la afirmación de ese sacerdote de que la Iglesia no es un reino de este mundo. Si no fuera de este mundo, no podría existir en la tierra. En el santo Evangelio, la expresión « no de este mundo» está empleada en otro sentido. No se debe jugar con estas palabras. Nuestro Señor Jesucristo vino precisamente a fundar la Iglesia en la tierra. El reino de los cielos no es, desde luego, un reino de este mundo, pero en el cielo sólo se entra por medio de la Iglesia, que está fundada en la tierra. Por lo tanto, los juegos de palabras sobre estas cuestiones son inadmisibles a indignos. La Iglesia es verdaderamente un reino. Su destino es reinar. Y, al fin, este reino se extenderá por todo el universo: así se nos ha prometido. Se detuvo de pronto, como conteniéndose. Iván Fiodorovitch, después de haberle escuchado atenta y cortésmente y con toda calma, continuó, dirigiéndose al starets, en el mismo tono sencillo de antes: ‑La idea esencial de mi artículo es que el cristianismo, en los tres primeros siglos de su existencia, se condujo en el mundo corno una Iglesia y, en realidad, no fue otra cosa. Cuando el Estado romano pagano adoptó el cristianismo, se incorporó a la Iglesia, pero siguió siendo un Estado pagano en multitud de atribuciones. En el fondo, esto era inevitable. El Estado romano había heredado demasiadas cosas de la civilización y la sagacidad paganas, entre ellas las bases y los fines mismos del Estado. Era evidente que la Iglesia de Cristo, al introducirse en el Estado, no podía suprimir nada de sus propias bases, de la piedra sobre la cual descansaba: tenía que ir hacia sus fines, firmemente señalados y establecidos por Jesucristo. Uno de estos fines era convertir en Iglesia, regenerándola, el mundo entero y, en consecuencia, el Estado pagano antiguo. De este modo, y atendiendo a sus planes para el futuro, la Iglesia no debe buscar un puesto determinado en el Estado, como «toda asociación pública» o como «una agrupación que persigue fines religiosos», para emplear los mismos términos del autor cuyas ideas refuto, sino que todo el Estado terrestre debería convertirse en Iglesia o, por lo menos, renunciar a todos sus fines incompatibles con los de la Iglesia. Esto no humilla, no reduce el honor ni la gloria de ningún gran Estado, ni tampoco la gloria de sus gobernantes, sino que los lleva a dejar el falso camino, todavía pagano y erróneo, y seguir el camino justo, el único que conduce a fines eternos. Por eso el autor del libro sobre las Bases de la justicia eclesiástica hubiera procedido certeramente si, al exponer y proponer estas bases, las hubiera considerado únicamente como un compromiso provisional, todavía necesario en nuestra época pecadora a imperfecta. Pero desde el momento en que el autor osa declarar que las bases que propone, alguna de las cuales acaba de enumerar el padre José, son primordiales, inquebrantables, permanentes, se opone al destino santo a inmutable de la Iglesia. Esto es lo que expongo en mi artículo. ‑Dicho de otro modo ‑continuó el padre Paisius, recalcando las palabras‑, que ciertas teorías que no se han abierto paso hasta nuestro siglo diecinueve, afirman que la Iglesia debe convertirse, regenerándose, en Estado, pasar de una posición inferior a otra superior, dejándose absorber por él, después de haber cedido a la ciencia, al espíritu de la época, a la civilización. Si se niega a esto, sólo tendrá un papel insignificante y fiscalizado dentro del Estado, que es lo que ocurre en la Europa de nuestros días. Por el contrario, según las concepciones y las esperanzas rusas, no es la Iglesia la que debe transformarse en Estado, pasando de un plano inferior a otro superior, sino que es el Estado el que debe mostrarse digno de ser únicamente una Iglesia y nada más que una Iglesia. ¡Así sea! ¡Así sea! ‑Le confieso que me ha reconfortado un poco ‑dijo Miusov sonriendo y volviendo a cruzar las piernas‑. Por lo que he entendido, habla usted de la realización de un ideal que no se cumplirá hasta fecha muy lejana, hasta la vuelta de Cristo. Esto es todo lo que ustedes desean. La utopía de la desaparición de las guerras, de la diplomacia, de las casas de banca, etcétera: algo que se parece al socialismo. Yo creía que hablaban en serio, de cosas inmediatas, que desde hoy mismo la Iglesia iba, por ejemplo, a juzgar a los criminales, a condenarlos al látigo, al presidio a incluso a la pena de muerte. Iván Fiodorovitch repuso pausadamente: ‑Si hubiera sólo tribunales eclesiásticos, la Iglesia no enviaría a nadie a presidio ni a la horca. El crimen y el modo de considerarlo se tendrían seguramente que modificar. Esto se habría de hacer poco a poco, no de golpe, pero lo más rápidamente posible. ‑¿Habla usted en serio? ‑le preguntó Miusov mirándole a la cara. ‑Si la Iglesia lo absorbiera todo, excomulgaría al criminal y al desafecto ‑dijo Iván Fiodorovitch‑, pero no cortaría cabezas. ¿Qué sería del excomulgado, me quiere usted decir? Pues no quedaría separado solamente de los hombres, sino también de Cristo. Con su crimen no se habría rebelado únicamente contra la humanidad, sino también contra la Iglesia de Cristo. Bien mirado, así sucede ya. Lo que ocurre es que la conciencia del criminal de hoy se desvía, diciéndose: «He robado, pero no me he rebelado contra la Iglesia. Yo no soy enemigo de Cristo.» Esto es lo que suele decirse el criminal de hoy. Pero cuando la Iglesia haya sustituido al Estado, al criminal le será difícil hablar así, a menos de que vaya contra la Iglesia imperante en todo el mundo. Entonces tendría que decir: «Todos están equivocados, todos se han desviado del buen camino. Su Iglesia es falsa. Sólo yo, ladrón y asesino, soy la verdadera Iglesia cristiana.» Es una posición difícil de mantener, pues requiere condiciones extraordinarias, circunstancias que sólo existen excepcionalmente. Por otra parte, ¿no hay un resto de paganismo en el punto de vista actual de la Iglesia respecto al crimen? En vez de preservar a la sociedad cercenando un miembro gangrenado, ¿no sería mejor que acometiera francamente la regeneración y la salvación del culpable? ‑¿Qué quiere decir esto? ‑intervino Miusov‑. De nuevo no le comprendo. Eso es otro sueño disparatado, incomprensible. ¿Qué significa esa excomunión? Francamente, Iván Fiodorovitch: parece que usted no habla en serio. ‑Observen ustedes ‑dijo el starets, hacia el que todos se volvieron‑ que si la Iglesia de Cristo no existiera, el criminal no tendría freno para sus fechorías ni recibiría un verdadero castigo..., no un castigo mecánico que, como el señor acaba de decir, sólo produce generalmente irritación, sino un castigo real, el único que atemoriza y aplaca, el que consiste en la confesión que descarga la conciencia. ‑Permítame que le pregunte cómo es eso posible ‑dijo Miusov con viva curiosidad. ‑Se lo explicaré ‑respondió el starets‑. Las condenas a trabajos forzados, agravadas años atrás con castigos corporales, no enmiendan a nadie y, sobre todo, no atemorizan a casi ningún criminal. Convenga usted en que cuanto más tiempo pasa, más aumenta el número de crímenes. De ello resulta que la sociedad no queda preservada en modo alguno, pues aunque el miembro nocivo sea cercenado mecánicamente y enviado muy lejos, donde queda oculto a la vista de los demás, aparece otro criminal, o tal vez dos, para cubrir el puesto vacío. Lo único que hasta ahora protege a la sociedad, enmienda al criminal y lo convierte en otro hombre es la ley de Cristo, expresada por la voz de la conciencia. Sólo después de haber reconocido su falta como hijo de la sociedad de Cristo, es decir, de la Iglesia, el criminal la reconocerá ante la sociedad misma. Así, sólo ante la Iglesia puede reconocer su falta: no ante el Estado. Si la justicia dependiera de la sociedad como Iglesia, sabría a quién relevar de la excomunión, a quién admitir en su seno. Como hoy la Iglesia sólo puede condenar moralmente, renuncia castigar materialmente al criminal. Y no lo excomulga: lo envuelve en sus paternales métodos de curación. Es más, se esfuerza en mantener con el criminal todas las relaciones que mantiene con el cristiano inocente: lo admite en los oficios, le da la comunión, lo trata con caridad, más como a un extraviado que como a un delincuente. ¿Qué sería de él, Señor, si la sociedad cristiana, es decir, la Iglesia, lo rechazara, como lo rechaza y lo aísla la sociedad civil? ¿Qué sería de él si la Iglesia lo excomulgara a la vez que se aplica la ley del Estado? No existiría en el mundo mayor desesperación, por lo menos para los criminales rusos, que conservan la fe. Por otra parte, podría ocurrir algo horrible: que el corazón lacerado del criminal perdiera la fe. No, la Iglesia, como una tierna madre, renuncia al castigo material, pues considera que el delincuente, castigado con sobrada dureza por los tribunales seculares, necesita que alguien se compadezca de él. Además, y sobre todo, renuncia a ello porque la justicia de la Iglesia, única que conoce la verdad, no puede unirse, ni esencial ni moralmente, a ninguna otra, aunque la unión sea provisional. No es posible transigir sobre este punto. »Según dicen, es muy raro que el criminal extranjero se arrepienta, ya que las doctrinas contemporáneas confirman su idea de que el crimen no es un crimen, sino un simple acto de rebeldía contra un poder que le oprime injustamente. La sociedad lo excluye con una fuerza que se le impone de un modo puramente mecánico, y a esta exclusión añade el odio. Así, por lo menos, se cuenta que ocurre en Europa. Y además de añadir el odio, lo acompaña de la mayor indiferencia y de un olvido absoluto del destino ulterior del culpable. Todo ocurre, pues, sin que la Iglesia dé muestra alguna de piedad, pues en muchos casos allí ya ni siquiera hay Iglesia: sólo quedan eclesiásticos y edificios magníficos. Aquellas Iglesias luchan desde hace tiempo por pasar del plano inferior al superior: por convertirse en Estados. Así, por lo menos, parece ocurrir en las zonas luteranas. En Roma, hace ya mil años que la Iglesia se erigió en Estado. Con esto, el criminal no se considera miembro de la Iglesia. Se ve excomulgado y cae en la desesperación. Si vuelve a la sociedad, suele hacerlo con tal odio, que ella misma lo arroja de su seno. Ya pueden ustedes suponer cómo termina esto. En la mayoría de los casos parece que ocurre lo mismo en nuestro país, pero en realidad, en muchos de nuestros tribunales contamos con la Iglesia, y esta Iglesia no pierde el contacto con el criminal, que sigue siendo para ella un hijo querido. Además, existe, subsiste, aunque sólo sea en teoría, la justicia de la Iglesia, que si ahora no es efectiva, lo será en el porvenir, y que el criminal admite por un impulso instintivo de su alma. »Aquí se acaba de decir algo de cuya exactitud no hay duda: que si la justicia de la Iglesia entrara en vigor, es decir, si la sociedad en masa se convirtiese en Iglesia, no solamente la justicia de la Iglesia influiría en la enmienda del criminal de modo muy distinto de como ocurre ahora, sino que el número de crímenes disminuiría en proporciones incalculables. Y no hay duda de que la Iglesia trataría en la mayoría de los casos el crimen y a los criminales de un modo completamente distinto de como lo hace actualmente: atraería a ella al excomulgado, prevendría los propósitos criminales, regeneraría al caído. Y el starets terminó, con una sonrisa: ‑Verdad es que la sociedad cristiana no está todavía cerca de conseguir esa posición. Sólo reposa sobre siete justos. Pero como éstos no desfallecen, esperan tranquilamente la transformación absoluta, de asociación casi pagana, en la Iglesia única, universal y reinante. Así ocurrirá, aunque dentro de muchos siglos, pues está predestinada a ello. No hay que inquietarse por las dilaciones, ya que este proceso misterioso depende de la sabiduría de Dios y de la presencia de su amor. Lo que para los ojos del hombre parece muy lejano, está tal vez a punto de cumplirse para la predestinación divina. ¡Así sea! ‑¡Así sea! ‑repitió respetuosamente el padre Paisius. ‑Es extraño, sumamente extraño ‑dijo Miusov en un tono de indignación reprimida. ‑¿Qué es lo que le parece extraño? ‑preguntó el padre José. ‑Se lo diré francamente ‑exclamó Miusov, con una agresividad repentina‑. ¿Qué significa todo esto? ¡Se elimina al Estado para poner en su lugar a la Iglesia! Esto es ultramontanismo elevado al cuadrado. ¡Ni Gregorio séptimo hubiera tenido una idea semejante! ‑Su interpretación es completamente errónea ‑observó severamente el padre Paisius‑. No es la Iglesia la que se convierte en Estado, fíjese bien. Esto es el sueño romano, la tercera tentación del demonio. Por el contrario, es el Estado el que se convierte en Iglesia, el que se eleva hasta ella y llega a ser una Iglesia sobre todo el mundo. Esto es diametralmente opuesto a Roma, al ultramontanismo, a la interpretación de usted; esto es la misión sublime reservada a la ortodoxia en el mundo entero. Esta estrella empezará a resplandecer en Oriente. Miusov guardó un silencio significativo. De toda su persona emanaba un algo de extrema dignidad. En sus labios apareció una sonrisa de indulgencia. Aliocha lo observaba con el corazón palpitante. La conversación le había impresionado profundamente. Su mirada tropezó con Rakitine, que permanecía inmóvil y escuchaba atentamente, con la cabeza baja. Del vivo color de su tez, Aliocha dedujo que estaba tan impresionado como él, y sabía el motivo. ‑Permítanme, señores, que les refiera una anécdota ‑empezó a decir Miusov con una gravedad presuntuosa‑. Hallándome en París, tuve ocasión, después del golpe de Estado de diciembre, de visitar a uno de mis conocidos, personaje importante que entonces estaba en el poder. Era un individuo sumamente curioso que, sin ser del cuerpo de policía, dirigía una brigada de agentes políticos, puesto de gran importancia. Aproveché la ocasión para hablar con él y satisfacer mi curiosidad. Fui recibido como subalterno que presenta un informe, y, al ver que yo estaba en buenas relaciones con su jefe, me trató con una franqueza relativa, es decir, con más cortesía que franqueza, como es costumbre en los franceses, en lo que influyó mi calidad de extranjero. Pero yo le comprendí perfectamente. Entonces se perseguía a los socialistas revolucionarios. Prescindiendo del resto de la conversación, les transmitiré una observación sumamente interesante que se le escapó a aquel caballero: «No tememos demasiado a todos esos socialistas, anarquistas, ateos y revolucionarios. Los vigilamos y estamos al corriente de todos sus movimientos. Pero hay entre ellos un grupo especial, por fortuna poco numeroso, que nos inquieta de verdad: el de los que creen en Dios a pesar de ser socialistas. Es una agrupación francamente temible. El socialista cristiano es mucho más peligroso que el socialista ateo.» Estas palabras me impresionaron entonces, y ahora ustedes me las han recordado. ‑Es decir, que nos las aplica usted a nosotros porque nos considera socialistas, ¿no es eso? ‑preguntó sin rodeos el padre Paisius. Pero antes de que Piotr Alejandrovitch acertara a responder, la puerta se abrió y entró Dmitri Fiodorovitch, que llegaba con gran retraso. Como ya no se le esperaba, su repentina aparición produjo cierta sorpresa. CAPITULO VI. ¿POR QUÉ EXISTIRÁ SEMEJANTE HOMBRE? Dmitri Fiodorovitch era un joven de veintiocho años, de estatura media y figura bien proporcionada, pero que parecía bastante mayor de lo que era. Se deducía que su musculoso cuerpo estaba dotado de una fuerza extraordinaria, pero su enjuto rostro, de carrillos hundidos, y su amarilla tez le daban un aspecto de enfermo. Sus ojos, negros, algo saltones, tenían una mirada vaga, aunque parecía obstinada. Cuando estaba agitado y hablaba con indignación, su mirada no correspondía a su estado de ánimo. «Es muy difícil saber lo que piensa», decían a veces sus interlocutores. Algunos días sus risas inopinadas, que denotaban regocijo o pensamientos alegres, sorprendían a los que, viendo sus ojos, le creían pensativo y triste. Por otra parte, era natural que tuviera una expresión algo atormentada. Todo el mundo estaba al corriente de los excesos a que se entregaba en los últimos tiempos, así como de la indignación que se apoderaba de él en las disputas que sostenía con su padre por cuestiones de dinero. Por la localidad circulaban anécdotas sobre este particular. Verdaderamente, era un hombre irascible, «un alma oscura y extraña», como dijo de él en una reunión el juez de paz Simón Ivanovitch Katchalnikov. Iba irreprochable y elegantemente vestido: la levita abrochada, guantes negros y el alto sombrero en la mano. Como oficial retirado hacia poco, en su cara no se veía más pelo que el del bigote. Su cabello, corto y peinado hacia delante, era de color castaño. Andaba a grandes pasos y con aire resuelto. Se detuvo un instante en el umbral, recorrió con la mirada a los asistentes y se fue derecho al starets, comprendiendo que era la figura principal de la reunión. Le saludó profundamente y le pidió que le bendijera. El starets se puso en pie para bendecirle. Dmitri Fiodorovitch le besó la mano respetuosamente y dijo con cierta irritación: ‑Perdóneme por haberle hecho esperar. Pregunté repetidamente la hora de la conferencia a Smerdiakov, el criado que me envió mi padre, y él me contestó dos veces y de modo categórico que se había fijado para la una. Sin embargo, ahora veo... ‑No se preocupe ‑le interrumpió el starets‑. Ha llegado un poco tarde, pero eso no tiene importancia. ‑Muy agradecido. No esperaba menos de su bondad. Dicho esto, Dmitri Fiodorovitch se inclinó nuevamente, y después, volviéndose hacia su padre, le hizo un saludo igualmente profundo y respetuoso. Se veía que tenía premeditado este saludo, considerando un deber manifestar su cortesía y sus buenas intenciones. Fiodor Pavlovitch, aunque no esperaba este saludo de su hijo, supo salir del paso, levantándose y respondiéndole con una reverencia igual. Su semblante cobró una expresión de imponente gravedad, pero sin perder su matiz maligno. Después de haber correspondido en silencio a los saludos de todos los asistentes, Dmitri Fiodorovitch se dirigió con su paso firme a la ventana y ocupó el único asiento que había vacío, cerca de la silla del padre Paisius. Se inclinó hacia delante y se dispuso a escuchar la interrumpida conversación. La entrada de Dmitri Fiodorovitch sólo había distraído a los presentes durante dos o tres minutos. Luego se reanudó el debate general. Pero Piotr Alejandrovitch no creyó necesario responder a la pregunta apremiante a irritada del padre Paisius. ‑Dejemos este asunto ‑dijo con mundana desenvoltura‑. Es demasiado delicado. Mire a Iván Fiodorovitch. Nos observa y sonríe. Seguramente tiene algo interesante que decirnos. ‑No es nada de particular ‑repuso en el acto Iván Fiodorovitch‑. Sólo quiero decirles que, desde hace mucho tiempo, el liberalismo europeo en general, a incluso el diletantismo liberal ruso, suelen confundir los objetivos del socialismo con los del cristianismo. Esta absurda conclusión es u |